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viernes, 23 de agosto de 2019

Cine argentino


Llegó tarde a las pantallas españolas el cine argentino. Vinieron primero algunos de sus intérpretes, empujados al exilio por la tremenda dictadura militar que sembró de horror la vida cotidiana en la Argentina de aquellos años; las grandes crisis económicas que sufrieron después (inflación, corralitos…) tampoco fueron ajenas a la salida de otros muchos ciudadanos de su país. El caso es que aquí, por unos u otros motivos, fueron aterrizando escalonadamente a lo largo del último cuarto del siglo XX grandes intérpretes como Héctor Alterio, Marilina Ros, Darío Grandinetti, Norma Aleandro, Cecilia Roth, Miguel Ángel Solá, Federico Luppi, Leonardo Sbaraglia… felizmente incorporados enseguida al cine español.



El descubrimiento de las películas argentinas vino después, en la última década. Y fue también un gratísimo hallazgo. Un cine en gran parte de historias intimistas que conectaban muy bien con la sentimentalidad española. Historias tratadas con profundidad, que sonaban sinceras y cercanas, que reflejaban una sociedad, la argentina, con la que no costaba nada identificarse porque de alguna manera se percibía tan familiar. Un cine además de guiones inteligentes, hecho con talento y eficacia.

Así fuimos teniendo noticia de directores como Torres Nilson (Boquitas pintadas, 1974) o Luis Puenzo, (La historia oficial, 1985). Y empezamos a disfrutar de películas de Eliseo Subiela, (El lado oscuro del corazón, 1992), Eduardo Mignogna (Sol de otoño, 1996), Juan José Campanella, (El mismo amor la misma lluvia, 1999) o Fabián Bielinski (Nueve reinas, 2000)… Con Bielinski llegarían hasta nosotros nuevos actores excelentes como Ricardo Darín, del que ya ni pudimos ni quisimos prescindir.

Desde los años noventa veníamos asistiendo a un natural y fructífero hermanamiento de energías: argentinos en el cine español, españoles en el cine argentino, títulos como: Un lugar en el mundo, La ley de la frontera y Martin Hache, de Eliseo Subiela o Tango (1998) de Saura y muchos otros que seguirían después como Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002) o Elsa y Fred (Marcos Carnevale, 2005) y tantas producciones hispanoargentinas que vimos aparecer.

Y con el nuevo siglo, por fortuna, aluvión de títulos de estupendas películas de allá: El hijo de la novia (2001), Historias mínimas (2002), Luna de Avellaneda (2004), El abrazo partido (2004), El aura (2005), El secreto de sus ojos (2009), El clan (Pablo Trapero, 2015), El ciudadano ilustre (Duprat, 2016), Relatos salvajes, (2017), El amor menos pensado (Juan Vera 2018) y tantas y tantas otras.

Ricardo Darín ,y Soledad Villamil en El sercreto de tus ojos, Campanella,, 2009
Pero el cine argentino tiene una larga trayectoria y nuestro conocimiento del mismo empezó tan tarde que no ha habido ocasión de ver prácticamente nada anterior a los años noventa y, a pesar de lo mucho que han gustado las pocas películas que lograron llegar hasta aquí, no parece que sea fácil disfrutar en salas de cine de ese enorme caudal de títulos prometedores que no vimos en su día. Así que queda mucho por descubrir. Nos vendría bien una retrospectiva de cine argentino; creo que no defraudaría.

La casa de América nos rescató el pasado mes de abril La tregua, una película de Sergio Renan de 1974 recién remasterizada. Una joyita salvada del olvido. Ojalá que esta iniciativa se convirtiera en algo cotidiano. Y recuperar por ejemplo títulos como Plata dulce (Ayala, 1982), Esperando la carroza, (Doria, 1985), Miss Mary (María Luisa Bemberg, 1986)… por citar algunos entre tantos. Ello nos permitiría disfrutar de esos excelentes actores que descubrimos tarde, como la gran China Zorrilla a quien vimos por primera vez, cuando ya era octogenaria, en Elsa y Fred. O de interesantes actuaciones de otros como Federico Luppi o Norma Aleandro, que por fortuna hemos conocido en plena madurez, pero de quienes nos encantaría recuperar también sus trabajos anteriores.

Curiosidad por un cine tan tardíamente descubierto y tan fascinante. Tan nuestro, como el nuestro es suyo en tanto que expresiones todos de una lengua y unas raíces culturales comunes que se enriquecen con el contacto. Y lo mismo podría decirse de otras cinematografías que sin duda ocultan también interesantes aportaciones, cómo las de México, que pasamos de conocer las películas de Indio Fernández, la etapa mejicana de Buñuel y algunos musicales de entonces, (años cincuenta), a las películas de los Cuaron (Alfonso y Jonás), sin apenas más transición que algunas, pocas, coproducciones hispanomexicanas dirigidas por Ripstein. O el cine cubano, del que aquí apenas tuvimos más noticias que un par de excelentes películas de Gutiérrez Alea (Fresa y chocolate, 1993; Guantanamera, 1995) y poco más. O del colombiano, del que no tenemos más muestras que aquella cinta de Sergio Cabrera, La estrategia del caracol (1993) una comedia que resultó muy premiada en nuestros festivales. Por no hablar de creaciones de otras cinematografías hispanoamericanas todavía ignoradas y que con seguridad tienen mucho que ofrecer al acerbo común.

Y un deseo: subtitulen, que los acentos desorientan y uno tarda en adaptar el oído a musicalidades que no disgustan, son gratas de oír, pero dificultan la comprensión. Y más cuando, como sucede a veces, están trufadas de modismos locales diferentes de los que por aquí se gastan. Alegría de compartir una lengua tan rica y capaz de integrar tanta terminología, tantos giros sorprendentes y tantos matices. Pero ayudémonos a captarla en su totalidad para no perdernos la profundidad o la gracia que puede haber en los guiones. Cierto que con el habla de los argentinos estamos ya muy familiarizados, pero no así con los acentos y modismos de muchos otros países de lengua española cuyas películas están por llegar. Facilitémonos la comprensión para gozar de sus aportaciones y allanar el camino.

jueves, 13 de octubre de 2011

Pícaros, tramposos, estafadores


Hay dos películas que a primera vista no parecen tener nada que las aproxime: ni el qué, ni el dónde, ni el cuándo, ni el cómo, ni el por qué de lo que nos cuentan; nada en torno a sus protagonistas parece acercarlos, y, sin embargo, sí tienen estos dos seres tan dispares algo fundamental en común: su habilidad para la estafa, su destreza para asumir falsas identidades y su decisión de convertir esas dotes en oficio. 


Leonardo Di Caprio como Frank Abagnale en Atrápame si puedes (2002)

Se trata, claro, de dos timadores; el primero, Vittorio Emanuele Bertone, es una criatura real aunque  embellecida por la fantasía de Indro Montanelli quien, condenado a muerte por los nazis, compartió con él prisiones, antes de lograr por fortuna, escaparse; el otro, Frank Abagnale es un ser totalmente de carne y hueso, que hoy día sigue paseando su existencia por el mundo. Sus andanzas están narradas además en dos películas magníficas: la del personaje novelado por Montanelli en El general de la Róvere (Il generale della Rovere), dirigida por Roberto Rossellini en 1959, y la otra en Atrápame si puedes, (Catch Me if you Can), que Steven Spilberg emprendiera en 2002 tomando como punto de partida el relato autobiográfico que el propio Frank Abagnale publicara poco después de haberlo vivido a cerca de esos cinco años de su vida.

El estafador descrito por Montanelli nos lo va a mostrar un cine que nos ha dado infinidad de perfiles de vividores, casi siempre dibujados en un tono ligero, no en este caso, y representados por actores de calidad superlativa, como aquí. Nos referimos al cine italiano, pródigo, sobre todo en aquellos mediados del veinte de apogeo de su comedia, en perfiles de sinvergüenzas, caraduras, granujas, tramposos y otras gentes dispuestas a delinquir sin llegar al asesinato y a sacar partido de la buena fe de los otros. Personajes que nos creemos gracias a sus intérpretes, tan grandes, tan auténticos, que, con su buen hacer, los dotaron de vida y verdad.

Infinidad de tipos, tipos inolvidables, le debemos por ejemplo a Vittorio Gassman, (¡inmenso Vittorio!). Con qué sarta de canallas, buscavidas, bocazas, fatuos, y pícaros sin cuento, tan ricos en matices, tan creíbles en toda su mezquindad y su ternura, nos ha sorprendido y divertido una y otra vez en aquellas películas a la vez cómicas y trágicas, tiernas y amargas que Mario Monicelli, Dino Risi, Pietro Germi y otras gentes de talento realizaban entonces sin quizá pretender mucho más que hacernos reír.

Claro que aquellos fueron momentos de oro para el cine italiano, donde parecía que todos se habían confabulado para ser más que buenos. En la interpretación hemos aludido a Gassman, pero es que había tantas figuras extraordinarias: Totó, Sordi, Mastroianni, Tognazi, Manfredi…o un inolvidable Vittorio de Sica, doblemente bueno como actor y como director. Y no era fácil destacar, de tan espléndido como era aquel conjunto.

Pero apenas hemos empezado a nombrarlos y ya ha aparecido nuestro protagonista, Vittorio De Sica; él es quien encarna al estafador contado por Montanelli, Vittorio Emanuele Bertone, un hombre al que le ha tocado en suerte vivir momentos muy negros y en lugar entonces muy peligroso. Le encontramos en Génova en 1943; es un hombre de mediana edad. El cambio de siglo le cogió en la niñez, así que es la segunda vez que ha visto enloquecer a Europa. Pero no parece muy preocupado con esta nueva guerra. Hay que vivir y él se adapta a lo que hay; lo que cuenta es discurrir la forma de seguir trampeando para salir adelante como se pueda.

Las peripecias de un timador profesional en un momento histórico tan dramático no se prestan a miradas indulgentes; ya es bastante difícil sobrevivir a la dureza del medio como para tener que estar alerta de tipos como éste que sacan partido de las desgracias ajenas. Pero sí, de eso vive nuestro personaje, de aparentar ser quien no es y tener unas influencias que no tiene para resolver los problemas de los que pasan apuros. Y llega un momento en que se encuentra atrapado en su propia mentira, cuando acepta trabajar como espía para el enemigo, un trabajo demasiado feo que hace obligado, porque cree salvar así el pellejo. Su misión, suplantar la personalidad de un preso de prestigio, el general Della Rovere, para facilitar información a la Gestapo sobre los demás prisioneros que sin duda se le confiarán. Della Rovere habia sido ya fusilado por los nazis, pero el hecho no era público y parecía factible para el enemigo explotar su buena imagen; esta sería la función asignada a Bertone. De Sica, magistral, compone un perfil humano extremadamente complejo, cobarde y servil, orgulloso y desvalido, tierno e irónico, un ser que va perdiendo gradualmente su frivolidad y empapándose del drama hasta asumir el destino del verdadero general, ya fusilado, y convertirse inútilmente en un héroe, él, tan antihéroe, alejándose de su infame pacto y recuperando su dignidad con un acto de quijotismo y pundonor que le redime al más alto precio.






Es una historia que Rossellini nos cuenta con sequedad y dureza en toda su negrura, añadiendo nuevos matices al perfil de otros heroicos antihéroes, también conmovedores, como los que simultáneamente están componiendo Vittorio Gassman y Alberto Sordi en la formidable La gran guerra, (La Grande Guerra, Monicelli, 1959), una de las películas más antibelicistas que se hayan realizado.

El tono de drama con tintes de tragedia en que esta historia se desarrolla constituye casi una rareza respecto de lo que es habitual  para el cine cuando trata este tipo de temas en los que suele emplear aires más risueños. Temas, por otro lado nada infrecuentes, que el de estafas forma casi un género, con trayectoria larga y exitosa; un género además amable, como casi siempre que el eje argumental gira en torno a algo que requiere habilidad, aunque se trate de un delito. Porque parece muy probado el fenómeno de identificación positiva que se produce con estos delincuentes brillantes, rápidos y audaces cuyas ocurrencias nos admiran, nos sorprenden y nos ponen emocionalmente de su lado, minimizando la gravedad de sus actos.

Hay una película de referencia obligada cuando tratamos argumentos de esta clase, The Sting (El golpe, George Roy Hill, 1973), un enredo bien contado, a buen ritmo, con un trasfondo musical inolvidable y un par de protagonistas regios, en perfecta sintonía. Una película divertidísima que es un crimen perderse. Pero también de Casa de juegos (House of Games, David Mamet, 1987) o de la argentina Nueve reinas, (Fabián Bielinski, 2002) podríamos hablar en los mismos términos. Nada es lo que parece en estas historias enredadas y enredadoras en que todo el mundo finge ser otro y hay que poner los cinco sentidos para defendernos de caer en el engaño, (¡que caemos!), manipulados con tanto ingenio por la trama y los actores, que tan deliciosamente juegan a embaucar y a embaucarnos. Y todo toma en muchas de ellas un ritmo ligero y alegre, de broma superficial; el ritmo desenfadado de la comedia.

Ése es también el aire que se respira en Atrápame si puedes (Catch Me if you Can, Spilberg, 2002). El tono es de comedia; el ritmo, acelerado, por momentos, trepidante; y el ambiente, luminoso a veces, como el de una aventura de Stanley Donen o Blake Edwards, participando incluso de su glamour. La música, alegre y juguetona, es un hermosa vuelta al jazz de los ‘50/’60, muy en la línea de Charlie Parker, perfecta envoltura para el tono desenfadado y divertido en que se nos cuenta la historia. Y hasta el diseño para sus títulos de crédito resulta brillantísimo.

Su personaje principal se mueve en un entorno que no parece amenazador; de entrada le vemos adolescente en una confortable ciudad norteamericana hacia 1960. La familia, una de clase media, como tantas; los padres, también como tantos, no se entienden entre sí, y el chico, hijo único, es algo mentiroso; en fin, nada grave. Pero poco después ese chico, todavía menor de edad, tendrá en jaque al FBI, rastreando su pista durante años tras un rosario de cheques falsos que él ha ido sembrando por todo el país. Sobre un paisaje años sesenta, cuidadosamente reconstruido, le veremos comportarse con absoluta sangre fría en ambientes que le son ajenos, con una soltura sorprendente. Y cambiar de identidad hasta en ocho ocasiones, asumiendo impasible diferentes vidas prestadas y actuando como piloto, médico, abogado… de pega y como falsificador y ladrón... de verdad.






Un Leonardo Di Caprio deslumbrante nos conduce con desenvoltura por esta historia tan fantástica como real. Nos tiene tan fascinados y lo estamos pasando tan bien, que apenas nos enteramos de las pinceladas empalagosas con que Spielberg suele dulcificar sus argumentos, aunque en honor a la verdad no son aquí abundantes, que está más contenido de lo habitual. En cuanto a la historia que nos cuenta no sabemos hasta qué punto habrán sido adornados los hechos reales, pero salimos del cine, perplejos y asombrados, como si nunca hubiera sido más cierto eso de que la realidad supera a la ficción.