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jueves, 1 de agosto de 2019

Cine de episodios

Estuvo muy de moda en la Italia de los años 60 y muchos de los grandes de entonces realizaron en ocasiones estas películas de historias cortas (De Sica, Visconti, Fellini, Monicelli, Dino Risi…). Pero no solo los italianos, también otros directores europeos, los franceses o los nuestros sin ir más lejos, probarían fortuna con este género.

Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi en Monstros de hoy (I mostri, Dino Risi, 1963)

Ya existían antes ejemplos de este tipo de cine que parece surgir con la postguerra: se trata de contar en poco tiempo diferentes historias que lo único que suelen tener en común es la frescura de sus planteamientos. Suelen ser críticas con las conductas sociales, sarcásticas a veces, irónicas y divertidas siempre. Y a menudo conforman un mosaico de personajes y situaciones donde los espectadores reconocen fácilmente los fallos de su sociedad o las debilidades de la condición humana, pero siempre desde una óptica festiva que huye de la moralina más o menos solemne y trascendente.

Otra cosa también tuvieron desde el principio en común, el talento de sus autores: directores, guionistas, intérpretes… lo que convierte su visionado en una verdadera fiesta. Autores como De Sica, Visconti o Fellini en la realización, Zavattini o Italo Calvino en el guión, y la presencia de un plantel de actores consagrados: Sofía Loren, Marcello Mastroiani, Ana Magnani entre los italianos, Jean Gabin, Daniele Darrieux o Gérard Philipe entre los franceses; José Isbert, Fernán Gómez y Toni Leblanc entre los nuestros Y tantos otros que podríamos citar, empezando por ese mano a mano entre Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi en la divertidísima Monstruos de hoy. O de Antonio Vico e Irene Caba en el estupendo episodio de La ironía del dinero que ellos defienden.



Antonio Vico e Irene Cava en La ironía del dinero, Edgard Neville, 1957)

También los directores y guionistas se encuentran entre lo más granado de las cinematografías francesa y española; valgan Marcel Ophuls, austríaco nacionalizado francés, o nuestro Edgard Neville para acreditarlo. 

Las francesas La ronda (La ronde, Ophuls, 1950) y El placer (Le plaisir, Ophuls, 1953), la italiana El oro de Nápoles (L’oro di Napoli, De Sica, 1953), las españolas Historias de la radio (Sáenz de Heredia, 1956) o La ironía del dinero (Neville, 1957) son buenos ejemplos de estas primeras películas de episodios. Pero es la década de los sesenta del cine italiano la que registra el apogeo del género. Películas como Boccacio 70, (1962, Monicelli, Fellini, Visconti y De Sica);  Monstruos de hoy, (I mostri, Dino Risi, 1963); Ayer hoy y mañana, (Ieri, Oggi, Domani, De Sica, 1964); Amor y rabia (Amore e rabbia, Pasolini, Bellochio, Bertolucci… 1969) hicieron las delicias del público, no sólo de Italia, también de todos aquellos países donde se proyectaron.

La cosa tendría su continuación pero, sin alcanzar la gracia y frescura de éstas obras, la fórmula acabaría marchitándose para renacer de tarde en tarde con algún título espléndido en lugares dispares.

Este es el caso de tres películas en las que proyectar ahora el foco de atención: la estadounidense Historias de Nueva York (1989), la española Ataque verbal (1999), y la argentina Relatos salvajes (2014).

La primera, Historias de Nueva York, está compuesta por tres relatos cortos dirigidos respectivamente por Martin Scorsese, Apuntes al natural (Life Lessons); Francis Ford Coppola, Vida sin Zoe (Life Without Zoe); y Woody Allen, Edipo Reprimido (Oedipus Wrecks).

                                                  Edipo Reprimido, (Oedipus Wrecks, Woody Allen, 1989).
En la primera Scorsese nos cuenta la conflictiva vida y habituales peleas de una pareja compuesta por un pintor egocéntrico y su ayudante, una joven insatisfecha en su doble relación, amorosa y profesional, con el artista. En la segunda, Coppola desarrolla el día a día de una niña alegre y divertida, creciendo y madurando en un lujoso apartamento en la compañía casi única de los criados, que sus padres brillan casi siempre por su ausencia. Y la tercera desarrolla un complejo de Edipo en versión neoyorkina.


 Edipo Reprimido, (Oedipus Wrecks, Woody Allen, 1989).

Entretenidas las dos primeras, la trama de la tercera no puede ser más divertida y genial y nos descubre un Woody Allen en estado puro. En ella, asistimos a la atormentada peripecia sufrida por un hombre talludito, abogado cincuentón, fatalmente dominado por su madre. Una madre omnipresente en su vida hasta el punto de que su imagen acabará tomando forma corpórea en el cielo de Nueva York para pregonar desde esas alturas las debilidades de su hijo. Y esta presencia persecutoria e insoslayable de la madre dominadora plasmada de una manera tan ocurrente y regocijante es uno de esos rasgos de ingenio únicos e impagables en la obra de Woody Allen. La historia por otra parte parece contener todas las constantes de su cine: la ciudad de Nueva York, tan presente en sus películas, el psicoanálisis, la familia judía, los conflictos de pareja, la magia y su choque con lo racional… todo ello perfectamente amalgamado en un argumento disparatado y un punto surrealista que funciona a la perfección.

Roberto Álvarez y Adriana Ozores en Ataque verbal, (Albaladejo, 1999)
La española Ataque Verbal, dirigida en 1999 por Miguel Albaladejo, resulta también muy fresca y graciosa en sus siete episodios. Pero si hubiera que destacar alguno, tal vez fuera el de esa viuda que insiste en visitar al enfermo salvado por un trasplante de hígado (el hígado de su difunto esposo) para continuar su imposible diálogo con el finado. Espléndidos, Adriana Ozores y su oponente, Roberto Álvarez, en este relato tan desternillante. 

Pero también las otras seis historias están llenas de gracia: desde la que abre la serie, una pareja de amigos treintañeros enredados en una charla de impredecible final, hasta el diálogo entre esas dos pintorescas empleadas de limpieza que cierra el conjunto. Pasando desde luego por la maligna visita de Susi a su amiga Virgi, convaleciente de un atropello; o por las confidencias nocturnas entre esos dos monitores de boy scouts, recogidos en su tienda de campaña. Y también la conversación telefónica entre el ejecutivo al que no le llega agua a su vivienda y la empleada de la empresa responsable del aprovisionamiento. Todos ellos episodios debidos a la pluma ágil y fluida de Elvira Lindo en uno de sus mejores momentos creativos. No es lo único que hicieron juntos, La primera noche de mi vida (1998) y Manolito Gafotas (1999) son también productos notables del trabajo de ambos en comandita; lástima que hasta ahora no hayan vuelto a repetir.


Y por último, Relatos salvajes, película argentina realizada por Daniel Szifron en 2014, que, como anuncia su título, desarrolla una serie de historias breves de singular violencia. Aunque estupendos también en su conjunto, los episodios se muestran más desiguales en sus resultados. Los argumentos, que van de la tragicomedia a la intriga, narran una serie de sucesos bárbaros contados con tales dosis de humor negro que alcanzan a veces perfiles extremadamente crueles. Sus personajes, ciudadanos aparentemente pacíficos, se verán llevados por acontecimientos frustrantes de la vida cotidiana a situaciones tan límites que les harán explotar en reacciones iracundas de resultados descomunales y disparatados. Realizada con talento e ingenio, cuenta además con un estupendo reparto, un ramillete de actores argentinos soberbios entre los que figuran algunos muy conocidos en nuestro cine como Ricardo Darín, Darío Sanguineti o Leonardo Sbaraglia.

Recapitulando, no está mal esta idea de contarnos distintas historietas independientes en una misma película, a juzgar por el número de buenos resultados así obtenidos. No se ha hecho demasiado, pero resulta interesante que de vez en cuando prueben los cineastas este juego, ya sea a título individual, como ejercicio de estilo, o bien para compartir marco con otros directores.


domingo, 11 de noviembre de 2018

La gran guerra (1914-1918)



La Gran Guerra. Así la llamaron sus contemporáneos, porque después de ese horror parecía que ya no podría llegar nada peor, que Europa se había curado de espanto y no volvería a pasar por otra. El tiempo demostraría enseguida todo lo contrario; o bien que la herida se había cerrado en falso y se reanudaba el conflicto o que los humanos no tenemos enmienda. O ambas cosas.

En 2014 conmemoramos el centenario de su estallido, (28 de junio de 1914),  que no conviene olvidar lo que no hay que repetir, pero ahora celebramos el centenario de su término acontecido cuatro largos años después. El día 11 del 11 a las 11 se firma el armisticio: final o tregua, según se considere la segunda como continuación o no de la primera.

Pero sea cual sea el enfoque, lo cierto es que después de esos más de cuatro años de locura feroz, el mundo ya no volvió a ser el mismo y Europa en particular se desangró para perderlo todo: su poderío hegemónico, su ilusa confianza en el progreso ininterrumpido, su visión triunfalista de la historia y casi su autoestima. Cuando pararon las balas, muerte y destrucción fueron la primera cosecha. Cuando empezó la reflexión, el horror de lo vivido supuso un aldabonazo en las conciencias tan sonoro que urgía entender todo aquello y advertir del peligro para no reincidir.

El cine volvió sobre los hechos para contarnos lo sucedido, el cómo, el por qué, las consecuencias y la infinidad de aspectos interesantes de un asunto en verdad inagotable por los miles de enfoques que ofrece. No sólo negativos, que aunque nada compense los horrores de la guerra, llegado su fin muchas innovaciones surgidas al calor de la contienda fueron positivas en la paz, como la incorporación de la mujer al trabajo remunerado o la infinidad de avances científicos y técnicos, desarrollados primero para la guerra, pero que luego se aplicarían a los tiempos de paz y dulcificarían la vida cotidiana: avances en la aviación, la radio, la fotografía, la medicina y tantos más.

Numerosas películas han retratado esta época certeramente desde los ángulos más dispares: el estallido del conflicto, el sufrimiento de la guerra, el juicio moral o los innumerables cambios sociales. Películas que nos ayudan a entender la vida, la de entonces y la de hoy, porque el tiempo vive en la imagen y la imagen en el tiempo.

Chaplin en Armas al hombro, (1918)
Algunas, desde muy pronto, utilizando el humor de antídoto frente a lo siniestro, como hizo Charles Chaplin con Armas al hombro, (1918), estrenada incluso antes de terminar el conflicto. No hay que olvidar que son los films de Chaplin, en el mercado desde 1914, los que hacen reír a los soldados en el frente y que Europa, aún sin industria cinematográfica propia, los distribuye con celeridad.

Otras rezuman nostalgia por el mundo irremediablemente perdido, como De Mayerling a Sarajevo, (1940), donde Max Ophüls recrea, con mirada añorante, unos modos de vivir que la guerra barrería para siempre. El mismo asunto, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, es el argumento de Sarajevo, (2014), pero aquí el austríaco Andreas Prochaska, su director, desmenuza el atentado, que sirvió de espoleta impredecible para la conflagración, en clave de crónica para nada nostálgica.
Sarajevo de Andreas Prochaska, (2014)
Gran número de películas atienden a sucesos o personajes del conflicto en escenarios ajenos a Europa como Lawrence de Arabia, (David Lean, 1962), en torno a aquel enigmático oficial británico y su singular participación en la contienda, o La reina de África, (John Huston, 1951), esa historia inolvidable en que una extraña pareja, encarnada por Bogart y la Herpburn, remonta en una barcaza destartalada el río Ulanda huyendo de los alemanes.

Las hay que ponen el acento en la condición no europea de los contendientes como Gallipoli, (1981), donde Weir narra la pérdida de inocencia de una pareja de soldados australianos en una campaña que supuso el traumático bautismo de fuego para el ejército de su país.
Senderos de gloria, Stanley Kubrik, 1957
Las que inciden en la condena moral de la guerra han dado lugar a títulos tan impactantes como Paths of Glory, (Senderos de gloria, Stanley Kubrick, 1957), denuncia de un escandaloso hecho real ocurrido en el frente del Marne; King and Country, (Rey y patria, Joseph Losey, 1964), durísima crítica de la rigidez y arbitrariedad que puede imperar en el ejército; Johnny cogió su fusil, (Dalton Trumbo, 1971), alegato antibelicista de extremada crueldad, o la excelente La Gran Guerra, (Mario Monicelli, 1959), con ese par de genios que fueron Alberto Sordi y sobre todo Vittorio Gasmann, encarnando, en clave tragicómica, a dos reclutas del frente italiano; dos personajes en las antípodas del ardor guerrero, atentos solo a sobrevivir en plena batalla del Piave, que sin embargo les costará la vida. Verdaderas herramientas, eficaces todas ellas, de toma de conciencia frente a lo monstruoso, estúpido e inmoral de las guerras.
Tom Courtenay y Dirk Bogarde en King and Country, de Losey, 1964
Otras historias se ocupan de la población en general, especialmente la civil, para contarnos los efectos de la guerra sobre ellos: el entusiasmo colectivo en los inicios de la contienda, prejuzgada desde la óptica de corta aventura patriótica. El cambio de actitud de las gentes conforme se va alargando el conflicto y se va asistiendo a las muertes de seres queridos. La escasez, la desesperación y el cansancio frente a la duración interminable de la contienda y, en fin, tantas y tantas consecuencias.


Hay una serie inglesa, de esas que nunca defraudan, que dibujó todos estos aspectos de la trastienda de la guerra integrándolos sabiamente en una trama que evoluciona en el acontecer diario de la población civil, desvelando como de refilón la aparición de nuevas necesidades, inquietudes, modos y modas de vivir. Se trata de Upstairs, Downstairs (Arriba y abajo), una producción de la BBC, rodada entre 1971 y 1975, de excelente guión e interpretaciones y que, con el pretexto de contarnos la vida de una encopetada familia de aristócratas en paralelo a la de sus sirvientes, nos muestra con detalle cómo se comportaban las gentes de entonces, en qué creían, cuáles eran sus usos y costumbres, cómo enfrentaron las desgracias sobrevenidas y de qué fueron testigos. La serie, inglesa, se refiere a sus compatriotas, pero no es difícil extrapolarlo a cualquiera de los restantes países europeos implicados en la contienda.

Upstairs, Downstairs no se limita a los años de guerra, sino que abarca las tres primeras décadas del siglo XX, pero el hecho de tratar el antes y el después ayuda aún más a empaparse de lo que supuso el conflicto, porque nos refresca cómo era previamente la vida y nos evidencia hasta qué punto ya no podrá ser igual, porque las cosas nunca vuelven al punto de partida.

He aquí algunos ejemplos del modo en que los personajes de la serie se ven condicionados por la guerra, en qué manera ésta los hiere y determina sus cambios profundos y externos, conductuales, emocionales, y hasta la duración de sus propias vidas.
Arriba y abajo, 1971-1975
La muerte de Hazel, la esposa del capitán James Bellamy (el hijo de la familia), por ejemplo, nos enfrenta con la terrible pandemia que la guerra difundió y que la historia recoge como gripe española. La epidemia fue tan grave, fueron tantos los millones de vidas que segó, que se considera con mucho la mayor causa de muerte en toda la contienda. Se conoció con ese nombre porque España fue quien dio la voz de alarma, pero vino a Europa en los barcos de tropas estadounidenses que atracaban en Brest y ya se habían conocido en Estados Unidos y en Francia infinidad de casos cuando estalló en nuestro país. Sin embargo la censura militar de los estados beligerantes lo mantenía secreto para no minar la moral de la tropa. España, como país neutral, no censuró las noticias sobre la epidemia y de ahí que cargará con ese oscuro galardón de adjetivarla.

En cuanto a la moral de la tropa un episodio nos habla del sufrimiento del soldado en la persona del propio James. Su enfermedad al regreso del frente encara el tema de las psicosis de guerra, suceso que afectó a tantos combatientes, incapaces de sobreponerse al horror de lo vivido: cuatro interminables años en la sordidez de las trincheras. El pánico a la muerte, a las amputaciones o las deformidades monstruosas e irreparables no infrecuentes en una guerra tan cruel sobrepasaba la solidez emocional de muchos.

La mirada sobre la población civil nos da también varias claves de la época. Por ejemplo, el oficio de conductora de autobuses, que por falta de personal masculino realiza la primera doncella, como aportación solidaria a la sociedad, es una muestra de incorporación de las mujeres al trabajo remunerado hasta entonces reservado a los hombres. Y este terreno así conquistado ya no consentirán ellas en perderlo.

La serie, que empieza en 1903, también toca el asunto de las sufragistas. Sufragistas militantes serán Elizabeth Bellamy, la hija de familia, y su doncella. A ambas las veremos manifestarse y ser encarceladas en la defensa de sus ideales, así que quizá también sea oportuno recordar que será este año de 1918 cuando consigan su objetivo de acceder al voto. En Inglaterra, claro, que el resto de Europa tendría que esperar mucho más.

Por su parte, el noviazgo de Rose, una de las doncellas, con un soldado canadiense de permiso en Londres nos introduce también en otro asunto interesante: la participación de las colonias en defensa de sus metrópolis. Canadá, que seguía siendo colonia inglesa, se vio así involucrado en el conflicto europeo, sacrificio que al terminar la guerra se esgrimiría como incontestable argumento para la concesión de autogobierno, lograda al fin en 1929.

Películas como Adios a las armas, (Borzage, 1932), nos enseñaron a asociar para siempre esta guerra con otro tema, el de la mujer como abnegado socorro del soldado. En esta serie, la dedicación de la duquesita a los heridos alude al trascendental papel que tantas mujeres desempeñaron entonces como enfermeras, algunas como profesionales, porque desde la guerra de los Boers ya existía el cuerpo de enfermeras, y otras, las más, como voluntarias, papel no excesivamente reconocido, pero que transformó radicalmente y para bien la profesión. Muchas de estas voluntarias pertenecían a familias aristocráticas o eran sus sirvientas tal como nos muestran en Arriba y abajo.

Y además de introducirnos todos estos elementos que condicionan sus aconteceres, la narración va cambiando el decorado de su existir conforme transcurre el tiempo. Y presenciamos la eliminación de barreras que dificultan el nuevo estilo de vida femenino: se suprime el corsé, la falda se acorta, la melena también… y se aflojan gradualmente las rígidas convenciones entre clases sociales y entre personas de distinto sexo, tan características de aquella sociedad envarada y tradicional. Estos usos son asimismo elementos que llegan con la guerra para quedarse y que la historia sutilmente señala.

La serie es tan buena y está tan magníficamente ambientada que transcurridas varia décadas aún no ha sido superada. Tuvo tanto éxito que en los años 2010-2012 se rodó una continuación, alargando el argumento hasta la segunda guerra mundial.

Downton Abbey
También por los mismos años se empezó a rodar otra serie inglesa, Downton Abbey, que guarda con ésta grandes paralelismos no sólo argumentales, (el lugar, la época, la familia de clase alta, sus sirvientes), sino también lo acertado de su realización ya que está maravillosamente documentada, contextualizada, interpretada y dirigida.

La serie, que abarca seis temporadas, dedica la segunda a los años de la primera guerra mundial e introduce también en los diferentes episodios numerosos elementos alusivos al conflicto. Uno en particular especialmente amargo, el que hace referencia a las deserciones, asunto espinoso que aquí se aborda en el relato de lo que aconteció con el sobrino de la cocinera, donde al dolor de la pérdida se une la humillación del castigo y la vergüenza del honor familiar mancillado. Asunto tabú durante mucho tiempo, en esta ocasión está tratado con generosidad y comprensión.

Excelentes ambas series. La primera tiene sin embargo doble mérito con respecto a la segunda, el de haberse anticipado tanto en el tiempo, y, el fuerte influjo que ejerce sobre Downton Abbey, incapaz de desprenderse del peso de su ascendiente. Aún con todo, ambas merecen el aplauso más caluroso.

miércoles, 4 de abril de 2018

Familia



Desde aquella película inolvidable, La famiglia, (1987), en que Ettore Scola nos dibujó una típica familia burguesa romana para, a través de ella, contarnos el paso del tiempo en la Italia del siglo XX, hasta hoy, han transcurrido más de treinta años. 

Scola nos dejó en ella una visión de la familia que trasciende lo romano e incluso lo italiano para reflejar un ámbito fácilmente traspasable a cualquier país, al menos a grandes trazos, y particularmente cualquier país del área latina. En aquel personaje, que encarnaba en su condición de patriarca la columna vertebral de esa familia retratada, (maravillosamente interpretado por Vittorio Gasmann, por cierto), era fácil reconocer los condicionantes sociales que actuaban sobre él, los lazos familiares que le fijan a la tierra, sus miedos, sus cobardías, sus realidades, sus renuncias, los vínculos de sangre que le atan a los suyos, le cortan las alas y le dan solidez y pertenencia. A través de su vida y en tanto que con él ensamblados, se barajan sus parientes; varias generaciones de parientes formando una red espesa que los mantiene unidos en un espacio común donde todos dependen de los demás y cada uno es prisionero de su historia y sus particulares condicionamientos.

Cierto que no en todas partes es igual de fuerte la institución familiar, pero a grandes rasgos funciona en casi todas las culturas como factor de cohesión. Y en nuestro caso, europeos del sur, la sociedad ha ido cambiando lo suficiente como para que esa visión que nos es tan cercana ya no nos sirva para explicar el presente. Sí, el pasado; sí podemos reconocer en ella la sociedad de nuestros mayores, con sus valores y sus miserias, pero la nuestra ha cambiado en tantos elementos que ya no nos reconocemos plenamente en esas realidades.

Juan Luis Galiardo con su singular parentela en Familia (1996)
Cuando León de Aranoa nos propuso una década después en Familia, (1996), esa opción de familia de pega, familia alquilada para rellenar la soledad radical del personaje que por un día quiere, con cierta perversidad, hacerse la ilusión de no estar solo, (y que al director le da pie para una lúcida crítica social y a Juan Luis Galiardo para componer un protagonista con brillantez), nos sorprendimos con la genial ocurrencia, precisamente por lo irreal de la propuesta. Pero hoy, veinte años más tarde, ya sabemos que hay agencias encargadas de proporcionarte amigos inexistentes para celebrar cumpleaños solitarios, consortes falsos para acudir a fiestas sociales simulando matrimonios felices. Es decir, la familia reducida a un puro convencionalismo, perdida en su realidad emocional y aceptando su supervivencia exclusivamente formal. Ya no parece una ocurrencia, sino un toque de atención, una lúcida visión de lo que le está pasando a ese pilar de la sociedad.

Así que ese retrato tan bien articulado que nos ofrece Scola donde, bajo un telón de fondo histórico social y político fluctuante, el sistema perdura mientras los años pasan y se cruzan la vidas y cambian las generaciones sin que la recia solidez de la institución familiar se inmute, ya no resulta tan obvio ni tan creíble.  

Hoy, cuando es bastante habitual que la gente se aleje de los suyos al menos físicamente, necesitamos otras miradas sobre la realidad de la familia.

Y en esa búsqueda de otras miradas se encuentra la que nos ofrece La familia Savages, (2002), de la directora Tamara Jenkins, apoyada en tres actores excepcionales que saben cargar de profundidad y riqueza de matices a sus personajes, para convertirlos en seres absolutamente creíbles.

La visión de Jenkins resulta interesante, lúcida y nada tranquilizadora. De entrada nos sitúa en un momento de prueba moral para dos hermanos, física y emocionalmente alejados entre sí y de un padre no demasiado querido, pero aquejado ahora de demencia senil y necesitado por ello de su ayuda. Dos personas estos hermanos que nunca sintieron que tenían familia, obligados ahora por ética a hacer lo correcto y colocados así en una tesitura difícil.

Por un lado está su lucha por vivir su vida cotidiana, con las habituales dificultades y desilusiones; por otro la exigencia de afrontar ese presente, indeseado pero inevitable, manteniendo la autoestima. La reflexión sobre un pasado que se presumía olvidado y que vuelve con todos sus sinsabores, el recuerdo de la crueldad del padre, de las diferencias entre los hermanos que saltan al primer contacto; su afecto, su ira, sus enconos que salen a relucir al primer roce, demostrando lo mucho que se conocen bajo esa capa de aparente distancia afectiva. 

La película se ocupa de una moderna familia estadounidense, de cultura occidental y burguesa como la italiana de Scola, pero sin duda de una sociedad donde el desarraigo familiar ha calado antes y más hondo. Y sin embargo hoy nosotros, europeos del sur, nos reconocemos casi más fácilmente en sus presupuestos que en la italiana, convertida en agridulce mirada nostálgica sobre un pasado ya no tan reciente. Así que nuestro mundo quizá se parece hoy más a ese anglosajón que se distancia de sus mayores que al otro del que veníamos.

Obligados ahora a convivir con la enfermedad del padre en una posición molesta e indefinida, estos hermanos, que tienen necesariamente que acercar posturas, compartir coyunturalmente techo, reconocer su vínculo de sangre y aceptarse a pesar de sus rencores latentes, se nos muestran así, como son, sin dulcificar sus conductas, y nos vemos a nuestro pesar reflejados en ellos, productos también de una sociedad individualista donde prima el interés propio y que no sabe cuando perdió su sentido del deber.

Es una película durísima, despiadada, desasosegante, cómica a veces, que no renuncia al humor ni en situaciones dolorosas; tan conmovedora como desoladora.   
     
Dando un paso más hacia el abismo, Sidney Lumet nos cuenta en Before the Devil Knows You're Dead, (Antes de que el diablo sepa que has muerto, 2007), otro retrato de familia. Terrible y brillante, Lumet nos pinta una historia de atracos sin salir del marco familiar: dos hermanos de familia burguesa que acuciados por necesidades materiales planean un golpe para conseguir dinero rápido. El mayor, un ejecutivo adicto a la heroína, aparentemente seguro de sí mismo, pero secretamente acomplejado por desamores y sentimientos de rechazo infantiles; el pequeño, débil y perdedor, atenazado por responsabilidades familiares que no sabe afrontar. Hay también una hija, lejana, viviendo en otra ciudad. Y los padres, que se supone que se quieren entre sí, pero duros con los hijos, al menos el hombre, poco dado a expansiones afectivas.  Y un negocio familiar. Esos son los elementos de una historia que arranca como cine negro para desembocar en una tremebunda tragedia familiar.   

Un drama duro y seco; una película formidable, sombría, lúcida y trágica sobre el derrumbe de la familia, institución despojada de valores, minada como está ya desde dentro por sus propios componentes.

Y siguiendo en esta línea de familias burguesas, cómodamente instaladas en la sociedad e ignorantes del peligro al que su nihilismo moral puede llevarles, está La cena (The dinner, Oren Movermann, 2017), adaptación de la novela del mismo título del escritor holandés Herman Koch, declarada en 2009 libro del año. El novelista confesó que el punto de partida para su historia se lo dió un hecho repugnante sucedido en Barcelona (el apaleamiento de un mendigo), hecho que le sirvió de base para idear un thriller familiar que Oren Movermann desarrollaría desde su controvertido enfoque.

La cena, su película, señala con ferocidad lo más negro y peor que la familia puede ocultar. Se inicia con una cita de dos parejas en un elegante restaurante. Ellos son hermanos; uno, un político de altos vuelos, el otro, un profesor amargado y sarcástico, abandonado en las manos de una mujer dura y audaz. La agresividad manifiesta entre los hermanos ya empieza a darnos las claves de que no tratamos con una familia bien avenida y uno se pregunta qué hacen ahí reunidos si destilan tanto odio y desprecio mutuo. Tardamos en saberlo y cuando se nos descubre el motivo de la cita, la película ahonda aún más en las miserias y mezquindades que los lazos familiares pueden llegar a tejer. Como el relato se demora en revelar el meollo de la historia, no conviene entrar en el asunto que los convoca, pero sí apuntar que los enfrenta a un terrible dilema ético y nos muestra cómo en medio de esa sociedad permisiva y complaciente, esa familia que parece tenerlo todo carece de lo fundamental, unos principios éticos que orienten sus vidas. La institución familiar, ajena ya a su primitiva función de conformar con valores sólidos ciudadanos de bien, se ha ido vaciando de sentido y sólo parece quedar entre ellos el egoísmo más salvaje.


jueves, 13 de octubre de 2011

Pícaros, tramposos, estafadores


Hay dos películas que a primera vista no parecen tener nada que las aproxime: ni el qué, ni el dónde, ni el cuándo, ni el cómo, ni el por qué de lo que nos cuentan; nada en torno a sus protagonistas parece acercarlos, y, sin embargo, sí tienen estos dos seres tan dispares algo fundamental en común: su habilidad para la estafa, su destreza para asumir falsas identidades y su decisión de convertir esas dotes en oficio. 


Leonardo Di Caprio como Frank Abagnale en Atrápame si puedes (2002)

Se trata, claro, de dos timadores; el primero, Vittorio Emanuele Bertone, es una criatura real aunque  embellecida por la fantasía de Indro Montanelli quien, condenado a muerte por los nazis, compartió con él prisiones, antes de lograr por fortuna, escaparse; el otro, Frank Abagnale es un ser totalmente de carne y hueso, que hoy día sigue paseando su existencia por el mundo. Sus andanzas están narradas además en dos películas magníficas: la del personaje novelado por Montanelli en El general de la Róvere (Il generale della Rovere), dirigida por Roberto Rossellini en 1959, y la otra en Atrápame si puedes, (Catch Me if you Can), que Steven Spilberg emprendiera en 2002 tomando como punto de partida el relato autobiográfico que el propio Frank Abagnale publicara poco después de haberlo vivido a cerca de esos cinco años de su vida.

El estafador descrito por Montanelli nos lo va a mostrar un cine que nos ha dado infinidad de perfiles de vividores, casi siempre dibujados en un tono ligero, no en este caso, y representados por actores de calidad superlativa, como aquí. Nos referimos al cine italiano, pródigo, sobre todo en aquellos mediados del veinte de apogeo de su comedia, en perfiles de sinvergüenzas, caraduras, granujas, tramposos y otras gentes dispuestas a delinquir sin llegar al asesinato y a sacar partido de la buena fe de los otros. Personajes que nos creemos gracias a sus intérpretes, tan grandes, tan auténticos, que, con su buen hacer, los dotaron de vida y verdad.

Infinidad de tipos, tipos inolvidables, le debemos por ejemplo a Vittorio Gassman, (¡inmenso Vittorio!). Con qué sarta de canallas, buscavidas, bocazas, fatuos, y pícaros sin cuento, tan ricos en matices, tan creíbles en toda su mezquindad y su ternura, nos ha sorprendido y divertido una y otra vez en aquellas películas a la vez cómicas y trágicas, tiernas y amargas que Mario Monicelli, Dino Risi, Pietro Germi y otras gentes de talento realizaban entonces sin quizá pretender mucho más que hacernos reír.

Claro que aquellos fueron momentos de oro para el cine italiano, donde parecía que todos se habían confabulado para ser más que buenos. En la interpretación hemos aludido a Gassman, pero es que había tantas figuras extraordinarias: Totó, Sordi, Mastroianni, Tognazi, Manfredi…o un inolvidable Vittorio de Sica, doblemente bueno como actor y como director. Y no era fácil destacar, de tan espléndido como era aquel conjunto.

Pero apenas hemos empezado a nombrarlos y ya ha aparecido nuestro protagonista, Vittorio De Sica; él es quien encarna al estafador contado por Montanelli, Vittorio Emanuele Bertone, un hombre al que le ha tocado en suerte vivir momentos muy negros y en lugar entonces muy peligroso. Le encontramos en Génova en 1943; es un hombre de mediana edad. El cambio de siglo le cogió en la niñez, así que es la segunda vez que ha visto enloquecer a Europa. Pero no parece muy preocupado con esta nueva guerra. Hay que vivir y él se adapta a lo que hay; lo que cuenta es discurrir la forma de seguir trampeando para salir adelante como se pueda.

Las peripecias de un timador profesional en un momento histórico tan dramático no se prestan a miradas indulgentes; ya es bastante difícil sobrevivir a la dureza del medio como para tener que estar alerta de tipos como éste que sacan partido de las desgracias ajenas. Pero sí, de eso vive nuestro personaje, de aparentar ser quien no es y tener unas influencias que no tiene para resolver los problemas de los que pasan apuros. Y llega un momento en que se encuentra atrapado en su propia mentira, cuando acepta trabajar como espía para el enemigo, un trabajo demasiado feo que hace obligado, porque cree salvar así el pellejo. Su misión, suplantar la personalidad de un preso de prestigio, el general Della Rovere, para facilitar información a la Gestapo sobre los demás prisioneros que sin duda se le confiarán. Della Rovere habia sido ya fusilado por los nazis, pero el hecho no era público y parecía factible para el enemigo explotar su buena imagen; esta sería la función asignada a Bertone. De Sica, magistral, compone un perfil humano extremadamente complejo, cobarde y servil, orgulloso y desvalido, tierno e irónico, un ser que va perdiendo gradualmente su frivolidad y empapándose del drama hasta asumir el destino del verdadero general, ya fusilado, y convertirse inútilmente en un héroe, él, tan antihéroe, alejándose de su infame pacto y recuperando su dignidad con un acto de quijotismo y pundonor que le redime al más alto precio.






Es una historia que Rossellini nos cuenta con sequedad y dureza en toda su negrura, añadiendo nuevos matices al perfil de otros heroicos antihéroes, también conmovedores, como los que simultáneamente están componiendo Vittorio Gassman y Alberto Sordi en la formidable La gran guerra, (La Grande Guerra, Monicelli, 1959), una de las películas más antibelicistas que se hayan realizado.

El tono de drama con tintes de tragedia en que esta historia se desarrolla constituye casi una rareza respecto de lo que es habitual  para el cine cuando trata este tipo de temas en los que suele emplear aires más risueños. Temas, por otro lado nada infrecuentes, que el de estafas forma casi un género, con trayectoria larga y exitosa; un género además amable, como casi siempre que el eje argumental gira en torno a algo que requiere habilidad, aunque se trate de un delito. Porque parece muy probado el fenómeno de identificación positiva que se produce con estos delincuentes brillantes, rápidos y audaces cuyas ocurrencias nos admiran, nos sorprenden y nos ponen emocionalmente de su lado, minimizando la gravedad de sus actos.

Hay una película de referencia obligada cuando tratamos argumentos de esta clase, The Sting (El golpe, George Roy Hill, 1973), un enredo bien contado, a buen ritmo, con un trasfondo musical inolvidable y un par de protagonistas regios, en perfecta sintonía. Una película divertidísima que es un crimen perderse. Pero también de Casa de juegos (House of Games, David Mamet, 1987) o de la argentina Nueve reinas, (Fabián Bielinski, 2002) podríamos hablar en los mismos términos. Nada es lo que parece en estas historias enredadas y enredadoras en que todo el mundo finge ser otro y hay que poner los cinco sentidos para defendernos de caer en el engaño, (¡que caemos!), manipulados con tanto ingenio por la trama y los actores, que tan deliciosamente juegan a embaucar y a embaucarnos. Y todo toma en muchas de ellas un ritmo ligero y alegre, de broma superficial; el ritmo desenfadado de la comedia.

Ése es también el aire que se respira en Atrápame si puedes (Catch Me if you Can, Spilberg, 2002). El tono es de comedia; el ritmo, acelerado, por momentos, trepidante; y el ambiente, luminoso a veces, como el de una aventura de Stanley Donen o Blake Edwards, participando incluso de su glamour. La música, alegre y juguetona, es un hermosa vuelta al jazz de los ‘50/’60, muy en la línea de Charlie Parker, perfecta envoltura para el tono desenfadado y divertido en que se nos cuenta la historia. Y hasta el diseño para sus títulos de crédito resulta brillantísimo.

Su personaje principal se mueve en un entorno que no parece amenazador; de entrada le vemos adolescente en una confortable ciudad norteamericana hacia 1960. La familia, una de clase media, como tantas; los padres, también como tantos, no se entienden entre sí, y el chico, hijo único, es algo mentiroso; en fin, nada grave. Pero poco después ese chico, todavía menor de edad, tendrá en jaque al FBI, rastreando su pista durante años tras un rosario de cheques falsos que él ha ido sembrando por todo el país. Sobre un paisaje años sesenta, cuidadosamente reconstruido, le veremos comportarse con absoluta sangre fría en ambientes que le son ajenos, con una soltura sorprendente. Y cambiar de identidad hasta en ocho ocasiones, asumiendo impasible diferentes vidas prestadas y actuando como piloto, médico, abogado… de pega y como falsificador y ladrón... de verdad.






Un Leonardo Di Caprio deslumbrante nos conduce con desenvoltura por esta historia tan fantástica como real. Nos tiene tan fascinados y lo estamos pasando tan bien, que apenas nos enteramos de las pinceladas empalagosas con que Spielberg suele dulcificar sus argumentos, aunque en honor a la verdad no son aquí abundantes, que está más contenido de lo habitual. En cuanto a la historia que nos cuenta no sabemos hasta qué punto habrán sido adornados los hechos reales, pero salimos del cine, perplejos y asombrados, como si nunca hubiera sido más cierto eso de que la realidad supera a la ficción.