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jueves, 12 de diciembre de 2019

Como la vida misma: Amor, Historia de un matrimonio, La hija del ladrón


Hay películas que son como retratos, trozos de vida que cualquiera puede haber experimentado,  reflejos desapasionados de una situación. Se suelen clasificar como dramas, pero el drama solía buscar la lágrima y éstas están tan apegadas a la realidad que no parecen querer conmover sino solo poner ante los ojos cómo se desarrolla un determinado asunto, ayudar a su comprensión sin manipular sentimientos, manteniendo la distancia emocional que permite objetivar lo narrado.

Emmanuelle Riva y Jean Louis Trigtignant en Amor (Hanecke, 2013)



Tal vez sea una nueva concepción del género, que ya no busca la identificación emocional del espectador, sino su comprensión intelectual del asunto, cosa que en la pantalla empezó a suceder con las películas de Michael Hanecke, seguramente el verdadero renovador del drama. Su obra desde luego plantea historias sin desenlace. Él mismo, experto conocedor por otra parte de la condición humana, reconoce huir de planteamientos facilones y explicita que no quiere dar falsas soluciones, sino que sea el espectador quien reflexione sobre el tema, se cuestione lo que ha visto y trate de ir más allá. Todo su cine resulta así de alguna manera difícil, como inacabado. Historias que ponen sobre la mesa preguntas sin resolver; conflictos que quedan abiertos, sin desenlace. Un buen ejemplo podría ser su película Amor (Amour, 2013), drama intimista donde un matrimonio en la ancianidad tiene que hacer frente a la enfermedad que ha atrapado a la mujer y la ha sumido en un estado catatónico. Esa situación da pie a un profundo análisis del amor que entre ambos se profesan y que vemos desplegarse en una lucha cotidiana, batalla perdida de antemano contra la enfermedad, situación dolorosa, con sus contrapuestos componentes de amor, impotencia, crueldad y compasión aflorando a lo largo del relato. Jean Louis Trintignant y Emmanuelle Riva nos cuentan ese drama con elegancia y sobriedad, de manera minuciosa y auténtica y de un modo tan contenido que colocan lo narrado más allá de cualquier sentimentalismo. 

Esto pasa también de alguna manera con dos extraordinarias películas recientes: Historia de un matrimonio (Marriage Story, Noah Baumbach, 2019) y La hija del ladrón (Belén Funes, 2019). 

Historia de un matrimonio (Baumbach, 2019)


La primera, Historia de un matrimonio, cuenta al detalle el final de una relación de pareja. Ese momento en que dos no han dejado de quererse, pero ya no quieren seguir juntos. Y lo cuenta tan bien, con tanta hondura y veracidad que la historia resulta completamente creíble. Y el espectador entra en lo que pasa en escena y lo comprende y lo hace suyo porque es real como la vida misma. Podría estar pasándole a un vecino, un amigo, o incluso le puede llegar a pasar o haberle pasado ya a uno mismo. Pero la película nos lo cuenta con veracidad y precisión, sin ahorrarnos el fondo de dolor que subyace en los personajes aunque manteniendo la distancia para no implicarnos afectivamente, con delicadeza pero sin sentimentalismo. Paso a paso vemos como todo se complica, como se deterioran las buenas intenciones del principio, el no querer hacerse daño para acabar alcanzando momentos de verdadera crueldad. Y lo inevitable de que esto suceda. 

Pero todo ello dejándonos fuera de la historia que dos actores excepcionales (Scarlett Johanson y Adam Driver) nos reproducen con verdadera genialidad. Los diálogos, profundos y certeros, la solidez del guión y un buen hacer en la realización conducen la película por sus cauces, sin que desborde. Y salimos, sí, con la sensación de haber asistido a un fragmento de la vida de esos dos seres y de haber comprendido a fondo su problema, pero sin implicarnos emocionalmente en su drama.

Greta y Eduard Fernández en La hija del ladrón (Belen Funes, 2019)

También La hija del ladrón (Belén Funes, 2019) nos muestra un pedazo de realidad, esta vez un momento en la vida de Sara Guerrero, una veinteañera que lucha por salir adelante en un medio duro y difícil. Trabaja tenazmente por labrarse un futuro autónomo, y lo hace casi en soledad con su bebé. No tiene madre; su padre, un desastre, acaba de salir de la cárcel y la relación emocional con él deja mucho que desear, su hermano está impedido y en un centro asistencial del que ella quiere rescatarlo pidiendo su custodia… pero de momento tampoco Sara tiene un hogar, que vive en una casa de acogida, compartida, en buena armonía, con otra joven a punto de abandonarla para cambiar de ciudad. El padre de su hijo, su otro anclaje emocional, es un buen muchacho que la ayuda, pero no la quiere y rechaza cualquier proyecto de vida en común con ella, así que tampoco resulta un asidero sólido. Este es el panorama en que la vemos moverse sin rendirse, demasiado sola, demasiado necesitada de afecto. Y como en el caso de la película anterior aquí tampoco se busca jugar con nuestros sentimientos, sino sólo retratar la situación, sin denuncias, sin una explícita crítica social. Sólo mostrando las cosas como son, en toda su dureza, que a la vista está todo. Las estupendas interpretaciones de los actores, en especial de la protagonista, excepcional Greta Fernández, el alma de la película, subrayan el tono realista de la historia. La presencia de uno de los pesos pesados de nuestro cine Eduard Fernández, su padre, encarnando con sabiduría y en un perfecto segundo plano al de la protagonista, sirve de eficaz contrapunto a un relato serio y contenido.

lunes, 17 de diciembre de 2018

La corrupción política



No es un tema nuevo, pero últimamente no ha habido día en que los españoles no nos desayunáramos con la noticia de otro escándalo económico en torno al poder. En estos últimos años, más o menos los que abarcan la última década, han venido estando a la orden del día los compadreos entre políticos y empresarios, las contabilidades extracontables, el saqueo de las arcas del estado, los tres por ciento que se quedaban cortos y, en fin, los más varios tipos de chanchullos a gran escala, que los periódicos nos contaban con todo lujo de detalles para que pudiéramos saborear nuestro estupor y nuestra indefensión ante una ristra de gobiernos, central, autonómicos y locales, todos ellos salpicados por el escándalo y ninguno capaz de parar y poner remedio.


Todos a la cárcel (Berlanga, 1993)
Estrenamos democracia con la inocente esperanza de haber dejado atrás con el franquismo  el abuso de poder que ingenuamente atribuíamos a estructuras dictatoriales. Le dijimos adiós con esa espléndida trilogía que Berlanga alumbró en los primeros años de la transición: La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1983), que desnudaba con gracia y desenfado las miserias que escondían las malas prácticas de los políticos en nuestra realidad diaria, pero el mismo Berlanga nos avisaba enseguida de que el monstruo de la corrupción seguía gozando de buena salud, que no se había disipado con la dictadura, y ahí seguía vivito y coleando en las nuevas estructuras de gobierno. No otra cosa fue Todos a la cárcel (1993), sátira fresca, lúcida y divertida sobre los mangoneos del poder. Estaba claro, pero no le dimos demasiada importancia.

Tuvo que llegar una feroz crisis económica para que empezáramos a indignarnos con la impunidad del delito, porque la crisis levantó las alfombras y destapó el abuso de poder pero no acabó con él, que muchos de los casos más graves hechos públicos y probados siguen ahí, inmunes al castigo. Así que desde ese momento no se puede asegurar que hayamos ido a mejor, más bien parece que nos fuéramos acostumbrando a vivir con ello. No obstante el cine no parece resignarse con que simplemente nos hayamos quedado de piedra y toca el tema una y otra vez por si es que no nos hemos acabado de enterar.

B, la película (2015), El hombre de las mil caras (2016) y El reino (2018) son tres realizaciones de nuestro cine más reciente que se acercan a este asunto tan rico en perfiles para abordarlo desde diferentes ángulos.


La primera, B, la película, dirigida por David Ilundaín en 2015, lo hace como una crónica del juicio a Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular durante largos años, acusado de haberse lucrado en el ejercicio de su cargo y de haberlo ejercido fraudulentamente, de una manera que comprometía la honestidad de su partido: doble contabilidad, sobresueldos en negro para altos dirigentes del organismo en cuestión, oscuras donaciones ilegales de empresarios… La película se desarrolla en la sala del juicio y se centra en las declaraciones del tesorero que, hasta ese momento y desde su larga condición de preso preventivo, venía negando los cargos para finalmente decidirse a declarar contra su partido.

Concebida casi como un documental, nos presenta un duelo interpretativo entre los dos protagonistas, reo y juez, excelentemente encarnados por Pedro Casablanc y Manolo Soto. Cine austero, que recoge el juicio en su integridad. Gozó de buenas críticas, pero de mala distribución, durando poco tiempo en cartel, de manera que no fueron muchos lo que pudieron visionarla en salas de cine.

Eduard Fernández en El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016)

Más éxito de crítica y de público tuvo la excelente El hombre de las mil caras, película de Alberto Rodríguez estrenada en 2016, que contó con brillantes interpretaciones, en especial la de Eduard Fernández, siempre espléndido en todos sus papeles, pero especialmente en éste, muy difícil, en que tiene que encarnar a un individuo tan inquietante e impenetrable como Paesa, un aventurero sin escrúpulos, inteligente, impasible e imperturbable, que paseó su sangre fría y su descaro por la escena nacional e internacional saliendo libre durante décadas de las muchas intrigas en que participó. 

La historia nos vuelve a traer a la memoria el sonado escándalo que estalló en torno a la figura de Luis Roldán, director general de la guardia civil durante el gobierno socialista de Felipe González. El aumento desmesurado del patrimonio de este individuo levantó las primeras sospechas sobre su rectitud en el cargo y, cuando le fueron abiertas diligencias de juicio por presuntas actividades delictivas, se fugó de España con el botín. En su huida solicitó la ayuda de Francisco Paesa, personaje intrigante, con hechuras de playboy y hechos de estafador actuando a escala internacional, quien se ocupó primero de esconderle, de entregarlo después, y como remate final, de quedarse al parecer con el producto de su robo, aunque este extremo nunca pudo ser probado. En 1996 fingió su muerte en Tailandia, pero las autoridades españolas pensaron más bien que había escapado con los dos mil millones de pesetas que Roldan le había entregado para su custodia. Hombre habilidoso, a pesar de una hoja de servicios plagada de actividades oscuras, reapareció más tarde y en la actualidad, que se sepa, sigue viviendo tranquilamente sin que instancias judiciales le requieran por cuentas pendientes que pudieran probarse. En 2004 su nombre volvería a aparecer en los medios y hace un par de años Vanity Fair le hizo una entrevista que seguramente supone su último asomo a la prensa hasta el momento.

La película, excelente, nos refresca una historia de pícaros algo olvidada y nos viene a recordar que esto de la corrupción política no es sólo cosa de hoy, que ya había saltado en la España confiada de los tiempos de Felipe González y que lo había hecho de una forma rotunda, manchando las más altas esferas del poder, sólo que la memoria del ciudadano es ligera y propensa a olvidar si nadie le mantiene fresca la ofensa. Y como la justicia es lenta cuando llega el castigo la opinión pública ya está en otra cosa y no se va a parar a considerar si le parece justa, benévola o revanchista la condena.

Antonio de la Torre en El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018)
Por último, El reino (2018) de Rodrigo Sorogoyen, dura crítica que cuestiona desde dentro al sistema y retrata situaciones que al espectador español le serán familiares. No hace falta poner nombres a los partidos políticos ni a los medios de comunicación implicados en la trama de corrupción, todo lo que le sucede al personaje central de la historia y su manera de afrontarlo es tan inequívocamente nuestro que inmediatamente lo reconocemos como propio.

La historia está magníficamente contada; acertada en su ritmo obsesionante y compulsivo, que la banda sonora acentúa. Perfecta la ambientación y  los diálogos; estupendos los intérpretes… nos creemos todo y especialmente a ese político ambicioso y sin conciencia que Antonio de la Torre nos presenta con tanto poder de convicción.

El tema: la alarmante situación de un alto cargo del gobierno autonómico a punto de dar el salto a la política nacional, cuando inesperadamente y a partir de un soplo que le implica en un asunto feo, sus correligionarios cierran filas dejándolo fuera del paraguas del partido, mientras los medios de comunicación empiezan a airear el escándalo. Su desesperación le llevará a perder los papeles, y como no se resigna a caer solo y se siente capaz de todo si se le escapa su mundo de privilegios, tratará como última carta de, al menos, salpicar a otros igualmente implicados, ciego ante la realidad de que la maquinaria del partido y del propio sistema, siempre más fuertes que él, le acabarán aplastando.

Desde su arranque la película se acerca mucho a nuestra realidad, que Sorogoyen nos va desvelando sin caer en la exageración, manteniendo el pulso de la historia, asentada sobre unos personajes muy reconocibles en su mediocridad, pero sin derivar hacia el costumbrismo. La trama avanza a ritmo rápido, acelerándose la acción conforme crece en el protagonista la sensación de peligro. La música y los diálogos subrayan la ansiedad del personaje principal e imprimen a la acción un estilo que convierte la obra en un estupendo ejemplo de cine negro.

Cierta crítica le ha reprochado al director que no explicite ninguna condena moral, pero, muy al contrario, ello puede verse también como otro atractivo de la película, que nos mete en la piel de este hombre sin escrúpulos, inconsciente de la gravedad de sus actos, y por supuesto para nada avergonzado de su comportamiento delictivo, mostrándonos la situación desde la óptica del personaje. Y nos hace así participar de su paranoia y de su loca y angustiosa carrera hacia ninguna parte en esa defensa de su persona, por más que desesperada, imposible.