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lunes, 17 de diciembre de 2018

La corrupción política



No es un tema nuevo, pero últimamente no ha habido día en que los españoles no nos desayunáramos con la noticia de otro escándalo económico en torno al poder. En estos últimos años, más o menos los que abarcan la última década, han venido estando a la orden del día los compadreos entre políticos y empresarios, las contabilidades extracontables, el saqueo de las arcas del estado, los tres por ciento que se quedaban cortos y, en fin, los más varios tipos de chanchullos a gran escala, que los periódicos nos contaban con todo lujo de detalles para que pudiéramos saborear nuestro estupor y nuestra indefensión ante una ristra de gobiernos, central, autonómicos y locales, todos ellos salpicados por el escándalo y ninguno capaz de parar y poner remedio.


Todos a la cárcel (Berlanga, 1993)
Estrenamos democracia con la inocente esperanza de haber dejado atrás con el franquismo  el abuso de poder que ingenuamente atribuíamos a estructuras dictatoriales. Le dijimos adiós con esa espléndida trilogía que Berlanga alumbró en los primeros años de la transición: La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1983), que desnudaba con gracia y desenfado las miserias que escondían las malas prácticas de los políticos en nuestra realidad diaria, pero el mismo Berlanga nos avisaba enseguida de que el monstruo de la corrupción seguía gozando de buena salud, que no se había disipado con la dictadura, y ahí seguía vivito y coleando en las nuevas estructuras de gobierno. No otra cosa fue Todos a la cárcel (1993), sátira fresca, lúcida y divertida sobre los mangoneos del poder. Estaba claro, pero no le dimos demasiada importancia.

Tuvo que llegar una feroz crisis económica para que empezáramos a indignarnos con la impunidad del delito, porque la crisis levantó las alfombras y destapó el abuso de poder pero no acabó con él, que muchos de los casos más graves hechos públicos y probados siguen ahí, inmunes al castigo. Así que desde ese momento no se puede asegurar que hayamos ido a mejor, más bien parece que nos fuéramos acostumbrando a vivir con ello. No obstante el cine no parece resignarse con que simplemente nos hayamos quedado de piedra y toca el tema una y otra vez por si es que no nos hemos acabado de enterar.

B, la película (2015), El hombre de las mil caras (2016) y El reino (2018) son tres realizaciones de nuestro cine más reciente que se acercan a este asunto tan rico en perfiles para abordarlo desde diferentes ángulos.


La primera, B, la película, dirigida por David Ilundaín en 2015, lo hace como una crónica del juicio a Luis Bárcenas, tesorero del Partido Popular durante largos años, acusado de haberse lucrado en el ejercicio de su cargo y de haberlo ejercido fraudulentamente, de una manera que comprometía la honestidad de su partido: doble contabilidad, sobresueldos en negro para altos dirigentes del organismo en cuestión, oscuras donaciones ilegales de empresarios… La película se desarrolla en la sala del juicio y se centra en las declaraciones del tesorero que, hasta ese momento y desde su larga condición de preso preventivo, venía negando los cargos para finalmente decidirse a declarar contra su partido.

Concebida casi como un documental, nos presenta un duelo interpretativo entre los dos protagonistas, reo y juez, excelentemente encarnados por Pedro Casablanc y Manolo Soto. Cine austero, que recoge el juicio en su integridad. Gozó de buenas críticas, pero de mala distribución, durando poco tiempo en cartel, de manera que no fueron muchos lo que pudieron visionarla en salas de cine.

Eduard Fernández en El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016)

Más éxito de crítica y de público tuvo la excelente El hombre de las mil caras, película de Alberto Rodríguez estrenada en 2016, que contó con brillantes interpretaciones, en especial la de Eduard Fernández, siempre espléndido en todos sus papeles, pero especialmente en éste, muy difícil, en que tiene que encarnar a un individuo tan inquietante e impenetrable como Paesa, un aventurero sin escrúpulos, inteligente, impasible e imperturbable, que paseó su sangre fría y su descaro por la escena nacional e internacional saliendo libre durante décadas de las muchas intrigas en que participó. 

La historia nos vuelve a traer a la memoria el sonado escándalo que estalló en torno a la figura de Luis Roldán, director general de la guardia civil durante el gobierno socialista de Felipe González. El aumento desmesurado del patrimonio de este individuo levantó las primeras sospechas sobre su rectitud en el cargo y, cuando le fueron abiertas diligencias de juicio por presuntas actividades delictivas, se fugó de España con el botín. En su huida solicitó la ayuda de Francisco Paesa, personaje intrigante, con hechuras de playboy y hechos de estafador actuando a escala internacional, quien se ocupó primero de esconderle, de entregarlo después, y como remate final, de quedarse al parecer con el producto de su robo, aunque este extremo nunca pudo ser probado. En 1996 fingió su muerte en Tailandia, pero las autoridades españolas pensaron más bien que había escapado con los dos mil millones de pesetas que Roldan le había entregado para su custodia. Hombre habilidoso, a pesar de una hoja de servicios plagada de actividades oscuras, reapareció más tarde y en la actualidad, que se sepa, sigue viviendo tranquilamente sin que instancias judiciales le requieran por cuentas pendientes que pudieran probarse. En 2004 su nombre volvería a aparecer en los medios y hace un par de años Vanity Fair le hizo una entrevista que seguramente supone su último asomo a la prensa hasta el momento.

La película, excelente, nos refresca una historia de pícaros algo olvidada y nos viene a recordar que esto de la corrupción política no es sólo cosa de hoy, que ya había saltado en la España confiada de los tiempos de Felipe González y que lo había hecho de una forma rotunda, manchando las más altas esferas del poder, sólo que la memoria del ciudadano es ligera y propensa a olvidar si nadie le mantiene fresca la ofensa. Y como la justicia es lenta cuando llega el castigo la opinión pública ya está en otra cosa y no se va a parar a considerar si le parece justa, benévola o revanchista la condena.

Antonio de la Torre en El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018)
Por último, El reino (2018) de Rodrigo Sorogoyen, dura crítica que cuestiona desde dentro al sistema y retrata situaciones que al espectador español le serán familiares. No hace falta poner nombres a los partidos políticos ni a los medios de comunicación implicados en la trama de corrupción, todo lo que le sucede al personaje central de la historia y su manera de afrontarlo es tan inequívocamente nuestro que inmediatamente lo reconocemos como propio.

La historia está magníficamente contada; acertada en su ritmo obsesionante y compulsivo, que la banda sonora acentúa. Perfecta la ambientación y  los diálogos; estupendos los intérpretes… nos creemos todo y especialmente a ese político ambicioso y sin conciencia que Antonio de la Torre nos presenta con tanto poder de convicción.

El tema: la alarmante situación de un alto cargo del gobierno autonómico a punto de dar el salto a la política nacional, cuando inesperadamente y a partir de un soplo que le implica en un asunto feo, sus correligionarios cierran filas dejándolo fuera del paraguas del partido, mientras los medios de comunicación empiezan a airear el escándalo. Su desesperación le llevará a perder los papeles, y como no se resigna a caer solo y se siente capaz de todo si se le escapa su mundo de privilegios, tratará como última carta de, al menos, salpicar a otros igualmente implicados, ciego ante la realidad de que la maquinaria del partido y del propio sistema, siempre más fuertes que él, le acabarán aplastando.

Desde su arranque la película se acerca mucho a nuestra realidad, que Sorogoyen nos va desvelando sin caer en la exageración, manteniendo el pulso de la historia, asentada sobre unos personajes muy reconocibles en su mediocridad, pero sin derivar hacia el costumbrismo. La trama avanza a ritmo rápido, acelerándose la acción conforme crece en el protagonista la sensación de peligro. La música y los diálogos subrayan la ansiedad del personaje principal e imprimen a la acción un estilo que convierte la obra en un estupendo ejemplo de cine negro.

Cierta crítica le ha reprochado al director que no explicite ninguna condena moral, pero, muy al contrario, ello puede verse también como otro atractivo de la película, que nos mete en la piel de este hombre sin escrúpulos, inconsciente de la gravedad de sus actos, y por supuesto para nada avergonzado de su comportamiento delictivo, mostrándonos la situación desde la óptica del personaje. Y nos hace así participar de su paranoia y de su loca y angustiosa carrera hacia ninguna parte en esa defensa de su persona, por más que desesperada, imposible.


viernes, 2 de febrero de 2018

El cine negro español hoy


Aunque ha costado reconocerlo casi siempre se ha hecho buen cine negro en España, claro que durante el franquismo bastante condicionado por la censura. Pero aun así, y con la carga de tremenda limitación que ello suponía, son muy numerosos los títulos de interés que ese largo período nos ha dejado

Contra todo pronóstico y con pocas excepciones, (El Crack de Garci, por ejemplo), en los años ochenta se produce un parón en el género, como si la sociedad anduviera entonces algo desorientada para reconocerse en sus miserias. Por fortuna en la siguiente década se vuelve a abordar un cine capaz de mirarse en los aspectos más oscuros de la España del momento. Y ahí están como prueba Días contados, (1994), de Imanol Uribe, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, (1995), de Agustín Díaz Yanes, Adosados, (1996), de Mario Camus, o Tesis, (1996), de Amenábar. Con todo, será con el cambio de milenio cuando el género experimente el salto definitivo. Y lo hará de la mano de una generación que ya había comenzado a hacer cine antes, pero que ahora es cuando cosecha resultados verdaderamente sólidos.

Muy pronto, en 2002, coincidirán en cartelera dos espléndidos relatos criminales: El alquimista impaciente, de Patricia Ferreira y La caja 507 de Enrique Urbizu. La primera, adaptación de la novela de Lorenzo Silva del mismo título, nos muestra a sus habituales agentes, Bevilacqua y Chamorro, desentrañando crímenes en un recorrido policial que va despejando intrigas conforme el relato avanza por una trama bien urdida sobre mafias, especulación inmobiliaria, corrupción política y otras complejidades. Estupendos el guión y la dirección y estupendos también los actores que hacen del todo creíble una historia en la que, claro está, tampoco faltan componentes de crítica social. 

Enrique Urbizu, por su parte nos sorprendió muy  favorablemente también con La caja 507. Una trama contada con seriedad y concisión sobre aspectos inquietantes de la realidad de hoy. El relato se inicia con el atraco a una sucursal bancaria en un pueblo de la Costa del Sol. Allí, por azar, el director de la sucursal bancaria víctima del atraco descubre entonces que el incendio en que años antes había muerto su hija no había sido fortuito, sino intencionado. A partir de ese momento pondrá sus cinco sentidos en vengarse y siguiendo sus pasos nos iremos adentrando en un mundo alarmante y aterrador. La calidad tanto del guión de Michel Gaztambide como de la interpretación a cargo de José Coronado, el malo malísimo, y Antonio Resines, el justiciero, hacen todavía más creíble una historia muy bien contada.

Un año después, con el mismo guionista, Gaztambide, y el mismo intérprete, Coronado, Urbizu realiza La vida mancha, intimista historia de perdedores, que elude el pasado oscuro de los personajes, moviéndose con delicadeza por lo más hondo de sus sentimientos y mostrando su presente como algo a punto de quebrarse. Quizá sólo en parte se pueda considerar policiaca esta película tan sobria, tan triste y tan ambigua; de una ambigüedad calculada que desborda romanticismo.





Pero será con No habrá paz para los malvados con la que Enrique Urbizu nos conquistará definitivamente en 2011. Y lo hará otra vez de la mano de Michel Gaztambide y José Coronado con una historia muy negra, la que iremos destejiendo en torno a Santos Trinidad, un  inspector de policía involucrado en un triple asesinato. 

Hay un testigo a quien Santos Trinidad tratará de encontrar para eliminarlo. Y, en paralelo, una juez quien, al investigar el triple crimen, empezará a vislumbrar algo mucho más hondo que un simple ajuste de cuentas en lo que se le va desvelando.


Una trama compleja, contenida, bien contada, con un ritmo soberbio desde los primeros momentos y un final desolador. Urbizu logra darnos con esta película una prueba de buen cine. A Coronado, por su parte, lo encontramos en estado de gracia, en un papel que sin duda marcó un antes y un después en su trayectoria de actor.

Daniel Monzón nos había impactado dos años antes, en 2009, con su estupenda Celda 212, sobre novela homónima de Francisco Pérez Gandul, con guión propio y de Jorge Guerricaechevarria, además de  un acertado reparto, donde destaca Luis Tosar, de sobra ya conocido como excelente actor, y que ahora nos atrapa con la fuerza de su personaje. Mejor película del año, ganadora de un montón de Goyas y a partir de la cual ya no se podía dudar de la calidad de nuestro cine negro. 

Monzón revalidaría su título dos años después con El niño, sobre el tráfico de cocaína en las aguas del estrecho: “El niño” y “el compi” saben que no es un juego, que arriesgan la vida, pero si sale bien se hacen de oro. Claro que la policía no es tonta y trabaja para cerrar esa vía a la droga. Ésta es la trama. Monzón la desarrolla de manera brillante, en pantalla panorámica, con espléndidos efectos visuales y un aire muy cosmopolita en la realización.

En 2016 Daniel Calpalsoro volvería a confirmar la altura alcanzada por nuestro cine negro con Cien años de perdón, una historia con la crisis económica como telón de fondo y plagada de alusiones a la situación política del momento. El guión, bien trabado, es también de Jorge Guerricaechevarría y en el reparto volvemos a encontrarnos a Luis Tosar, esta vez en un papel completamente distinto del anterior. En la trama nada es lo que parece: un puñado de hombres, mandados por “el uruguayo” y su segundo “el gallego”, asaltan un banco en Valencia. El plan parece concebido como un golpe rápido, pero una serie de circunstancias hace que se vean rodeados de policías y desde ese momento se desvelarán nuevos y más peligrosos aspectos de la intriga. No es un relato de buenos y malos, como ya el título advierte, sino que todo está más matizado. Y el resultado es una película ingeniosa, inteligente, llena de crítica social y desalentadora en su mensaje. 

Por su parte Alberto Rodríguez ya había hecho otro policiaco en 2012, Grupo 7, pero será en 2014 con La isla mínima cuando consiga un sonado reconocimiento general. La isla mínima cuenta la historia de una pareja de policías, bien dispares en sus mentalidades y procedimientos, enviados, de alguna manera como castigo, a las Marismas del Guadalquivir para aclarar la desaparición de dos chicas adolescentes en las fiestas de su pueblo del año 1980.



Estamos en plena Transición, en un escenario de una belleza paisajística deslumbrante, contando una historia brutal, desplegando un análisis inteligente y sutil tanto de la sociedad que los policías encuentran como de sus propias personalidades: un policía demócrata y otro de la vieja guardia, paradojas no infrecuentes en los momentos de cambio. Un guión perfecto, unos intérpretes perfectos y una realización perfecta. La película es, sencillamente, redonda

Pero poco después, en 2016, todavía nos ofrecería algo tan bueno o mejor: El hombre de las mil caras, donde, basándose en los hechos reales nos cuenta el acuerdo sellado entre Luis Roldán, exdirector general de la Guardia Civil huido entonces de la justicia, y Francisco Paesa, aventurero, espía y fabulador insigne. 

Seguramente la mejor película de espías española y, desde luego, una historia de esas en que la realidad supera a la ficción. 



Raul Arévalo, con una trayectoria consolidada como actor se nos ha revelado recientemente también en su faceta de director. Su ópera prima, Tarde para la ira, (2016), ha alcanzado todo un éxito de crítica y público y se ha visto merecidamente recompensada en los Goyas. Se trata de una historia áspera y brutal, con un fuerte color local, que está rezumando rencor y violencia contenida hasta que todo estalla en una furibunda venganza. Bien narrada y bien interpretada por un Antonio de la Torre, inspiradísimo en el papel principal, y unos muy acertados secundarios.

Rodrigo Sorogoyen es el más joven de este grupo de creadores de buen cine negro. Que Dios nos perdone constituye su tercera película y su primera incursión en el thriller. Dirigida también en 2016, año de buenas cosechas en el género, y también con Antonio de la Torre como protagonista, junto a Roberto Álamo, Javier Pereira y Luis Zahera, todos ellos notables en sus interpretaciones. 

La película, moviéndose por el Madrid del 15 M y la visita del Papa, desarrolla una historia muy negra centrada en tres personajes a cual más oscuro, tanto el asesino como la pareja de policías. Sorogoyen construye con este título una obra muy sólida y personal.

Todo esto ocurre en casa. Mientras tanto otro español, Jaume Collet Serra sigue creando espectaculares  thrillers en América, con Liam Neeson, su actor fetiche de protagonista. Con él lleva ya realizados varios policiacos oscuros y claustrofóbicos, Unknown, (Sin identidad. 2011), Non Stop, (Sin escalas, 2014), Run all night, (Una noche para sobrevivir, 2015) y ahora estrena The Commuter, (El pasajero, 2017), siempre en la línea del cine comercial que él quiere hacer, pero siempre bien hecho y muy entretenido. Parece que el talento español para el cine negro desborda fronteras.

Recapitulando, los quince años que median entre El alquimista impaciente y Que dios nos perdone han supuesto el aterrizaje en nuestro cine de nuevos nombres con mucho que contar, la consagración de otros ya conocidos, y la aparición de un ramillete de policiacos tan buenos que si la tendencia no cambia, y nada hace presagiar que cambie, estamos asistiendo a la edad de oro del policiaco español.

Para los que estén en Madrid es un buen momento de repasar alguna de estas películas, ya que la Filmoteca Nacional dedica uno de sus ciclos de este mes al “Noir ibérico”, con la proyección de unas cuantos títulos entre los que figuran buena parte de los aquí citados. Y casi con toda probabilidad, como suele hacer el Doré con su programación, el ciclo se continúe en marzo. Que lo disfruten.