Mostrando entradas con la etiqueta Gene Kelly. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gene Kelly. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de diciembre de 2019

Bellezones: Hedy Lamarr (1914-2000) y Rita Hayworth (1918-1987)

Aun cuando hoy en día la imagen está supervalorada, una apariencia hermosa ya no ejerce la fascinación que antaño ejerciera entre las gentes, al menos en el cine, porque es un medio que no nos hace soñar hoy como entonces. Por eso si queremos hablar de belleza física en la pantalla viene bien remontarnos a tiempos pasados y elegir alguna figura de los años dorados del cine, cuando éste ya había empezado a hablar y antes de que la televisión le fuera peligrosamente arrinconando, esto es, más o menos entre las décadas de los 30 a los 50.

Hedy Lamarr, (1914-2000)
Y poner la mirada en alguna de las actrices incontestablemente guapas. A una actriz no le bastaba con ser guapa, claro, incluso aun cuando de lo que se tratara fuera de hacer brillar su imagen. Para triunfar en algo, además de la suerte y el azar, requisitos siempre indispensables, es imprescindible también el talento, la inteligencia, el atractivo, la sensibilidad, la creatividad, la personalidad, el estilo… un sinfín de cualidades y aptitudes variopintas, así como una combinación afortunada de las mismas. Pero cuando estas mujeres aparecían en la pantalla era como si su sensacional belleza lo eclipsara todo. Claro que esto estaba estudiado, buscado y resaltado, pero el caso es que se conseguía y el espectador parecía no ser consciente de todo lo que acompañaba a esa apariencia.

Hedy Lamarr en Éxtasis, (Machatý, 1933)
Y detrás de la imagen?... Observemos a un par de ellas, consideradas en su día sin discusión dos diosas de la belleza y que hoy, a pesar de los cambios de gustos estéticos nos siguen pareciendo mujeres fascinantes.

La primera, Eva Maria Kiesleredi, protagonizó el primer desnudo integral en la historia del cine. Fue en Éxtasis (Machatý, 1933), una película checa donde apareció sin ropa, escandalizando al personal. Y el escándalo, rebasando fronteras, la llevaría hasta Hollywood. Allí, rebautizada como Hedy Lamarr, llenaría las salas de cine en los años treinta y cuarenta con películas donde brillaba su deslumbrante belleza.

Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida” es frase que se atribuye a esta mujer que era pura inteligencia. Y esa consigna fue quizá la que siguió Marilyn Monroe, otro mito erótico del cine que se muestra así en sus apariciones, como una chica tonta, que, claro, no tiene nada de tonta, aunque, paradójicamente, tal vez algo asustada de su tan reiterado papel, ella siempre buscara con ansia el reconocimiento de su valía profesional.


Volviendo a Hedy Lamarr sus perfiles son sorprendentes, tanto que merece la pena asomarse en detalle a su biografía.

Nacida en 1914, en lo que todavía era el imperio  austrohúngaro, ya en su infancia fué calificada por sus profesores como niña superdotada.


Estudiante de ingeniería,  deja pronto su carrera para  dedicarse por completo a la dramaturgia, trabajando a la vez  en teatro y en  cine. En teatro con lo mejor del momento, Max Reinhardt, y en cine con diferentes cineastas (alemanes, checos, rusos). En 1933 con tan solo diecinueve años se casa con Friedrich Mandl, un individuo patológicamente celoso en lo personal, y en lo social cercano a Hitler y Musolini. En 1937 consigue escapar de las garras del marido en una fuga de película. Hasta entonces, durante sus años de casada, mientras acumula información sobre tecnología armamentística a través de los amigos de su marido, retoma sus estudios de ingeniería. Después, libre del yugo marital, París, Londres y Estados Unidos serán el escenario de sus pasos hasta su primer contrato en Hollywood para actuar en un largometraje, Algiers (Cromwell, 1938) junto a Charles Boyer. En los siguientes veinte años intervendría en una treintena de películas, dirigidas por diferentes realizadores, algunos de la talla de King Vidor, Tourneur, Stevenson o de Mille y aunque en general no tuvo mucho acierto con la calidad de sus films, sí logró en cambio una enorme popularidad. 

Otras facetas de su proyección pública quedaron durante mucho tiempo eclipsadas por la del cine aun cuando resultan todavía más fascinantes, desde sus actividades en tareas de espionaje como lo relativo a su invento, dos asuntos de gran interés en aquel momento de conflicto bélico. El primero porque su anterior posición social le había procurado información privilegiada que ella, al estallar la guerra, pondría en conocimiento del gobierno de los EEUU; el segundo porque ideó, junto con su amigo el compositor George Antheil, un sistema de detección de torpedos teledirigidos que ambos ofrecieron al ejército estadounidense. Este, aunque en su momento lo arrinconó, acabaría utilizándolo en 1962, cuando la crisis de los misiles cubanos. Y hoy es determinante para los sistemas de posicionamiento por satélite, como el GPS, además de haber resultado precursor del wifi.


Durante años luchó denodadamente y con escaso éxito por el reconocimiento de su trabajo de inventora, que con tozudez permanecían ninguneando; hoy su autoría en el invento es una realidad por completo reconocida y cada vez más difundida. Entre otras pruebas de ello, en su honor, su Austria natal ha fijado la fecha de su nacimiento para conmemorar el Día del Inventor.

Rita Hayworth, (1918-1987)
Otro personaje que fascinó con su belleza fue el de Rita Hayworth. Nacida en Nueva York en 1918, Margarita Cansinos Hayworth, comenzó una temprana carrera de bailarina actuando desde los 13 años junto a su padre, el actor y bailarín español Eduardo Cansinos.

Con Fred Astaire
Muy ducha en la danza, llegó a Hollywood en 1933 como miembro del Spanish Ballet y en 1935 empezó a aparecer en películas de la Columbia Pictures interpretando diferentes papeles secundarios, casi siempre con alguna escena de baile donde Rita era extraordinaria. Al parecer Joseph Cotten llegó a decir que por malo que fuese el resto de la película, cuando Rita se ponía a bailar era como ver un fenómeno de la naturaleza. Y es que ella sin duda había heredado el talento para la danza no sólo por vía paterna, sino además de su madre Volga Hayworth, bailarina también, una de las artistas de Ziegfeld Folliesh, las famosas revistas musicales del Broadway de los treinta primeros años del siglo XX. Y Hollywood por fortuna supo explotar su talento para la danza y mostrárnosla con frecuencia en números de baile con los mejores del momento como los inolvidables  Fred Astaire o Gene Kelly.

Pero la notoriedad no le llegará como bailarina, sino como mito erótico. En 1941 contratada por 20th Century Fox, interpreta a la doña Sol de la novela de Blasco Ibáñez
En Gilda (Vidor, 1946)
Sangre y Arena en una adaptación que Robert Mamoulian hace de esta historia para el cine. Y este personaje significó su lanzamiento como mujer de bandera, condición que mantendría durante toda la década. Tras Sangre y arena vendrían otros musicales, comedias y dramas hasta que en 1946 consolidara su fama con Gilda (Charles Vidor), interpretando un personaje a caballo entre la mujer fatal y la joven frágil e insegura, una mezcla que causó sensación, sobre todo por el impacto que produjeron un par de escenas, que escandalizaron y fascinaron a medio mundo: la del guante y la del guantazo; la primera especialmente, un strip-tease que sin desnudar más allá de un brazo, elevaba la temperatura de la sala a extremos hoy impensables. El boca a boca escandalizó a las mentes más gazmoñas y publicitó la película a escala mundial en una época, la de la inmediata postguerra, que empezaba a volverse extremadamente puritana. Y ese momento de fama internacional, coincidente con una de sus crisis matrimoniales, le hizo decir ante la prensa una frase que se haría celebre: los hombres que conozco se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo”.




Sea como fuere, Gilda la hizo inmortal. A continuación rodaría bajo las órdenes de su entonces marido, Orson Welles, La dama de Shanghai (1947), otra estupenda película de cine negro que en su momento tuvo poca fortuna con la crítica y donde prescindiendo de la hermosa melena pelirroja que lucía en la película anterior, ofrecería de nuevo una imagen de mujer perversa, esta vez de rubia peligrosa, igualmente atrayente y letal para los hombres, que inermes ante su hechizo caen enredados en su irresistible poder de

Con Orson Welles en La dama de Sanghai, (Welles,1947)
seducción, tal como la literatura misógina del momento aseguraba. Diálogos impagables, estupenda fotografía e iluminación, una puesta de escena brillante, arriesgados movimientos de cámara… hacen de esta película sin duda una muestra de buen cine; como corresponde a lo que era: un producto excelente del genio de Welles en uno de sus mejores momentos creativos. Y donde Rita volvía a estar soberbia. Por fortuna, el tiempo ha acabado por hacer justicia a esta extraordinaria película.

Los años cincuenta registran en la carrera de Rita Hayworth todavía unos cuantos títulos de interés como Pal Joey (George Sidney, 1957) su último musical, y Mesas separadas (Separate Tables, Delbert Mann, 1958), donde  vuelve a dar vida a una de esas femmes fatales paradójicamente frágiles que ella bordaba. Después, su estrella iría declinando suavemente, en paralelo a su también declinar físico, que, aquejada de una dolencia aun desconocida, el mal de Alzheimer, su mente empezó pronto a fallar. También su belleza se marchitó pronto y ese impresionante personaje de sus películas iba quedando a años luz de su auténtica personalidad, que en su vida privada no tenía nada de vampiresa, al contrario, poca suerte tuvo con los hombres, empezando por su padre y siguiendo con sus sucesivos cinco maridos. Y la naturaleza, que tanta belleza y talento le había regalado acabó castigándola cruelmente con esa terrible enfermedad que oscureciera sus últimos años.

Pero a nosotros nos dejó una imagen imperecedera de diosa inalcanzable que supo crear para el cine y que generaciones y generaciones de espectadores podemos seguir contemplando con admiración.



jueves, 25 de enero de 2018

La magia de la danza en el cine

Las zapatillas rojas (The Red Shoes) estrenada en Londres en 1948, es la primera película de la historia con el ballet como tema central. Powell y Pressburguer, sus directores, lograron con ella un éxito insospechado. La historia se apoya en un cuento de Hans Christian Andersen para, a partir de una muy libre interpretación del mismo, reflexionar sobre el arte y la fuerza irrefrenable de la pasión creadora.


Moira Shearer en Las zapatillas rojas

La película, con un tratamiento visual exquisito, resultó un espectáculo deslumbrante capaz de ejercer enorme fascinación en los espectadores de entonces, recién salidos de una espantosa guerra.

“Nos habían dicho durante diez años que debíamos ir a morir por la libertad y la democracia; ahora que la guerra había terminado, nos decía que debíamos salir a morir por el arte”.  

Esta cita de uno de sus directores refleja muy bien el estado de ánimo en que podría encontrarse su público cuando la obra se estrenó y, por lo mismo, explicar en parte su excelente acogida. Pero sin duda su éxito se debió a algo más:el exquisito tratamiento visual (impagable la fotografía de Jack Cardiff); las fastuosas composiciones de Brian Easdale; las brillantes coreografías de Robert Helpmann y Leonide Massine, que actúan también como bailarines; y dos espléndidas bailarinas, Ludmilla Tcherina y Moira Shearer. Esta última, la protagonista, que, tras algunas vacilaciones por temor a destruir con ello su carrera profesional debutaba entonces en el cine, acabaría contribuyendo con su decisión, a divulgar en gran manera el gusto por el ballet.



La obra, un drama musical sin canciones donde las emociones se expresan a través de la danza, mezcla baile y melodrama en un todo tan bien integrado que dota al conjunto de una dimensión cinematográfica ensoñadora y de un poder de sugestión que permanece en el espectador, haciendo del espectáculo algo inolvidable. El argumento del ballet, un cuento de Andersen, gira en torno a unas zapatillas embrujadas que obligan a su dueña a bailar infinitamente hasta la extenuación; la historia para el cine empuja a la joven a elegir entre el placer del arte y el de la vida, exigencia imposible que la llevará al desastre.

Moira Shearer en Los cuentos de Hofmann

Victoria Page, una joven bailarina que sólo vivía para su arte se enamora de un compositor, y anuncia su decisión de contraer matrimonio, levantando con ello las iras de su empresario, quien la obliga a elegir entre su vida amorosa y su vida profesional. Y todo el conflicto evoluciona alrededor de un ballet que Victoria ansía interpretar: las zapatillas rojas. La película desarrolla esta historia donde se despliegan en paralelo el argumento del cuento y las vivencias de la bailarina hasta desembocar en un trágico final.

Las zapatillas rojas supuso para sus directores la culminación formal de una colaboración iniciada en 1943 en la realización de numerosas películas de diferentes géneros, muchas de ellas memorables. Sólo después de este gran éxito se atreven a abordar de nuevo el musical, llevando al cine en 1951 la ópera de Jacques Offenbach y Jules Barbie Los cuentos de Hoffmann (The Tales of Hoffman), repitiendo en gran parte equipo (Moira Shearer, Leonide Massine; Robert Helpmann, Ludmila Tcherina…) y de nuevo con excelentes resultados.


También pudo influir en el éxito abrumador de estas películas el lugar privilegiado que el ballet había alcanzado en consideración social, gracias a la compañía de Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, que en las primeras décadas del siglo había catapultado esta disciplina a primer plano dentro del mundo del arte y de la cultura. Porque Diaghilev en 1909 había fundado en París los Ballets Rusos, compañía que aglutinó a los mejores bailarines y coreógrafos (Balanchine, Fokine, Karsavina, Massine, Nijinska, Nijinsky), pintores (Bakst, Benois, Braque, Derain, Matisse, Picasso) y compositores (Debussy, Falla, Prokofiev, Ravel, Satie, Strauss) del momento. Y con esos mimbres, como era de esperar, logró unos espectáculos asombrosos que entusiasmaron al público.

De aquella compañía, extinguida en 1929 con la muerte de Diaghilev, y de su continuación, la de los Ballets Rusos de Montecarlo, saldrían, pues, numerosos coreógrafos, bailarinas y bailarines que acabarían trabajando en el cine, primero en Europa, en América después, y haciendo que el ballet fuera un éxito en ese medio. Europa, en guerra desde 1939, no era el mejor escenario para vivir y América se mostraba como tierra de esperanza. 

Moira Shearer en Los cuentos de Hofmann
Leónidas Massine, que encontramos en estos musicales de Powell y Pressburger, había sido entre 1915 y 1921 el coreógrafo principal de la Compañía de Sergei Diaguilev. Por su parte, bailarinas que harían carrera en el celuloide como Tamara Toumanova y Ludmilla Tcherina darían también sus primeros pasos en los Ballets Rusos de Montecarlo. E incluso Cyd Charisse fue en los inicios de su carrera, fines de los años 30, integrante de los Ballets Rusos de Nijinski, trabajando con Leónidas Massine y Michael Fokine, miembros regulares que habían sido todos ellos de los ballets de Diaghilev como ya avanzamos.
Tamara Tourmanova con Gregory Peck en Días de gloria

A Tamara Toumanova (1919-1996) la llevaría a los Ballets rusos de Montecarlo George Balanchine en 1932. En el cine debutaría, junto a un principiante Gregory Peck, en una película de Jacques Tourneur, Días de Gloria (Days of Glory), de 1943, en plena Guerra Mundial. Y volvería a aparecer en la pantalla diez años después con Tonight we sing, un musical de Mitchell Leisen. Stanley Donen la dirigiría al año siguiente, en Deep in my heart y dos años más tarde Gene Kelly en Invitación a la danza (Invitation to the dance). En 1966, Toumanova aparecerá en un thriller de Hitchcock, Cortina rasgada (Torn Curtain) y en 1970 participará en su último film, La vida privada de Sherlock Holmes (The Private life of Sherlock Holmes), de Billy Wilder.

En cuanto a Ludmila Tcherina (1924-2004), debuta en el cine en 1946 con Un revenant, de Christian-Jaque, pero su aparición más famosa llegaría en 1948, junto a Moira Shearer en nuestras comentadas Las zapatillas rojas (The Red Shoes). Con su primer marido, un bailarín de los Ballets de Montecarlo, aparecería en películas como Fandango (1949), La Nuit s’achève (1950) o La Belle que voila (1950). En 1951 Tcherina participó también en una película española, Parsifal, codirigida por Carlos Serrano de Osma y Daniel Mangrané, y ese mismo año, al igual que la Shearer, repetiría éxito con Powell y Pressburger en Los cuentos de Hoffmann (The Tales of Hoffman). La opereta de esta misma pareja, Oh… Rosalinda (1955), y Luna de miel (1959), sólo de Michael Powell, serían sus últimas películas. Luna de miel, por cierto, rodada en España con Antonio el bailarín, Leónidas Massine, y música de Falla y Teodorakis. Durante la década de los sesenta y los setenta, Tcherina participó ocasionalmente en telefilmes franceses, pero prácticamente abandonó el cine, dedicándose a su carrera en los escenarios, a la pintura,  la escultura y la literatura.

Massine, Balanchine, Fokine y tantos otros coreógrafos de gran talento acabarían recalando en América, porque el éxito del musical en Hollywood abriría para cualquier profesional del ballet todo un mundo de  posibilidades. Cyd Charisse siempre afirmó que su sólida formación de ballet le había hecho fácil su adaptación a cualquier tipo de baile, y, desde luego, su técnica clásica asoma siempre en sus movimientos. 



Tula Ellice Finklea, que así se llamaba este prodigio de la danza, nace en Amarillo, Texas, el 8 de marzo de 1922. Se forma como bailarina de ballet y como tal comienza su carrera profesional. A principios de los cuarenta da también su salto al cine apareciendo en una película de 1943 y en 1947 logrará su primer papel protagonista. Hasta mediados de los sesenta florece el musical de Hollywood, y allí estará frecuentemente Cyd Charisse para mayor gloria del género.

Porque si una bailarina de ballet ha dejado huella en la pantalla ésa es ella. Su presencia en el cine en los años dorados del musical de Hollywood son palabras mayores. Su elegancia, su dominio técnico, sus piernas interminables… Cuando ella aparecía cualquier delicioso musical disparaba su calidad hasta las cotas más altas. Sus números con Ricardo Montalbán en Sombrero, En una isla contigo (On an island with you), Fiesta; con Fred Astaire, en Ziegfeld follies, Melodías de the Broadway (The band wagon), La bella de Moscú (Silk Stockings) o con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain), Brigadoon, Siempre hace buen tiempo (It's Always Fair Weather) … por citar sólo algunos de los más conocidos, son un prodigio de perfección y belleza y son, por descontado, inolvidables.





En 1962 vuelve propiamente al ballet filmado en Black tights, película de Terence Joung, coreografiada por Roland Petit con decorados de Salvador Dalí y trajes de Yves Saint Laurent. Allí va a coincidir con Moira Shearer. Moira, la elegancia de la escuela inglesa y Cyd, la elegancia del musical americano, en una estupenda vuelta a sus raíces. A mediados de los sesenta, una década que había nacido con obras de este género tan extraordinarias como West Side Story (1961), asistimos al declive del musical, y Cyd Charisse continuaría en el mundo del cine, demostrándonos sus estimables dotes de actriz, pero su memoria estará para siempre ligada a la danza, su verdadero reino. Moira Shearer, prácticamente retirada de la pantalla desde mediados de los cincuenta, e incluso casi del ballet, seguiría desempeñando muchas actividades públicas: conferencias, radio, periodismo… pero su recuerdo irá siempre asociado a esas zapatillas rojas embrujadas que obligarían a Victoria Page a danzar hasta morir. 



Los años setenta registran todavía algunos musicales con éxito de público, como el excelente Cabaret, de Bob Fosse en 1972, pero cada vez son menos en número y en brillantez. Corazonada (One from de Heart), de Coppola en 1982 o Todos dicen I love you (Everyone Says I Love You), de Woody Allen, de 1996, son quizá los más destacados intentos en las últimas décadas del siglo por volver al género, que sigue languideciendo inexorablemente.

En 2003 el excelente Chicago, de Rob Marshall, nos ilusionó con la idea de que el musical se recuperaba. No fue así. Pero hoy día el interés despertado por una película con el ballet como tema central, Cisne Negro (Black Swan), de 2010, y sobre todo el sorprendente éxito de un musical tan flojito como La la land, (2016), nos hace concebir de nuevo esperanzas de que renazca el cine musical en su antiguo esplendor. 

Y al menos en lo que respecta al ballet, las esperanzas se confirman con el soberbio documental Dancing Beethoven que la española Arantxa Aguirre realiza en 2016. El film se centra en los trabajos preparatorios para volver a poner en pie la mítica coreografía que creara Béjart en 1964 para la Novena Sinfonía de Beethoven, todo un icono del ballet clásico. La reposición, concebida en homenaje a su creador, está interpretada por el Béjart Ballet Lausanne y el Ballet de Tokio, con la orquesta sinfónica de Israel y Zubin Mehta en su dirección. La obra se estrenó en Tokio en 2014 y sigue de gira por diferentes ciudades del mundo.




La película Dancing Beethoven, es un bellísimo trabajo que logra trasladar al cine toda la plasticidad y la armonía tanto de la obra de Beethoven como de la del genial Béjart. Dirigida con talento y sensibilidad y con una fotografía y un sonido plenamente al servicio de lo que nos muestra, de tal manera que su contemplación resulta un verdadero disfrute.

Cuentan que Las zapatillas rojas fueron la causa en su momento de un florecer de vocaciones en torno al ballet. No tendría nada de extraño que este Dancing Beethoven despertara de nuevo el deseo de emular a esos soberbios artistas a los que vemos tan enamorados de su trabajo.