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sábado, 5 de mayo de 2018

Hellman y Hammett


Lillian Hellman (1905-1984) y Dashiel Hammett (1894-1961) se conocieron en 1930 y desde entonces mantuvieron una accidentada relación amorosa que, con grandes altibajos, duraría hasta la muerte de Hammett en 1961.
Dashiell Hammett y Lillian Hellman



Dashiell Hammett ya era famoso en el momento de su encuentro, Lillian Hellman todavía no. Durante las décadas de los treinta y cuarenta formarían una brillante pareja a caballo entre el Hollywood dorado y los bares de moda de Nueva York. Tenían mucho en común, inquietudes políticas, sociales, literarias; pasarían juntos y distanciados años de luces y sombras.

Hammett había empezado a beber al parecer a consecuencia de vivencias traumáticas en la primera guerra mundial, así que su adicción al alcohol era ya un hecho cuando ambos se encontraron. Otra huella nefasta que la guerra le dejó fue una tuberculosis pulmonar que arrastraría toda su vida. Todo ello es lo que le habría llevado a principios de los años veinte, tras un agravamiento de su enfermedad, a abandonar su anterior trabajo en la agencia de detectives Pinkerton, separarse de su mujer y sus dos hijas, y empezar una vida solitaria, dedicado a escribir historias relacionadas con las experiencias vividas en sus años de trabajo como detective. Esto sucede en 1922, y en 1928 ya es un escritor famoso, así que las mieles del éxito le llegan bastante pronto, y, saboreándolas está cuando ambos coinciden en una fiesta en la que según cuenta Lillian Hellman acabaron, completamente bebidos en un coche comentando la poesía de Thomas Stern Elliot.   

Así que, cuando coinciden por primera vez, Hammett ya había publicado tres exitosas novelas, Cosecha roja (1928), La maldición de los Dain (1929), y El halcón maltés (1930), que le habían situado como el creador del género negro, una nueva forma de enfocar el policíaco desde ángulos más acordes con la sociedad del momento. Y, aparte de La llave de cristal (1931) y El hombre delgado (1934), prácticamente no volvería a publicar nada más de verdadero interés, así que su carrera literaria se estaba extinguiendo cuando despega la de Hellman. 


La calumnia, 1961
Porque Hellman obtiene su primer éxito como dramaturga en 1934 con The children hour, una historia de dos maestras acusadas de lesbianismo por una de sus alumnas, historia que el reputado director William Wellman llevó en dos ocasiones al cine; la primera, algo cambiada por imperativo de la censura, con el título de These Three, (Esos tres), en el año 1937, y de nuevo en 1961, esta vez completamente fiel a la obra de teatro, como The children hour, (La calumnia), con dos espléndidas protagonistas, Audrey Herpburn y Shirley McLaine. 

William Wellman es también quien adapta a la pantalla otro de sus dramas, Little foxes, (La loba, 1939), un gran éxito de Bette Davis, ya en la cima de su carrera. 

Humphrey Bogart como Sam Spade
En cuanto a Hammett, también se había llevado al cine en diferentes ocasiones su novela El halcón maltés.(en 1931, 1939, 1941) La última versión, dirigida por John Houston se convirtió en paradigma del cine negro tal como la novela lo había hecho en la literatura. Y Humphrey Bogart, como Sam Spade, compone ese individuo inventado por Hammett solitario, desengañado e incorruptible bajo su gabardina y su sombrero, con tanto acierto, que crea un nuevo icono del cine mundial.

El alcoholismo de Hammett y su condición de mujeriego incorregible convertiría en tormentosa la relación de la pareja, que alternaba períodos de proximidad con otros de alejamiento de modo intermitente. Les unían en cambio sus ideales políticos. Los dos vivieron con enorme interés la evolución de la guerra en España y se implicaron de algún modo en ella; Lillian Hellman sobre todo, tanto de cerca, viniendo a nuestro país como corresponsal del bando republicano, y colaborando con Hemingway en el guión de The Spanish Earth,  (La tierra Española, Joris Ivens, 1937), como a distancia, apoyando con su amiga Dorothy Parker iniciativas para recaudar fondos a favor de la República  Española.


Lillian Hellamn y Dorothy Parker
La figura de Dorothy Parker (1893-1967), fina escritora de cuentos mordaces, aguda y ocurrente, merece también algún detenimiento. Por cronología  pertenece como Hemingway, Fitzgerald o Dos Passos a esa generación que Gertrud Stein bautizó como generación perdida, sólo que formaba parte de los escritores que, como el propio Hammett, no se fueron a Paris. Ella representa más bien a la joven neoyorkina, moderna, frívola, ingeniosa, elegante y desprejuiciada; que disfruta de la vida bohemia y literaria, frecuentando los garitos durante la ley seca y después, y actuando como alma de las famosas tertulias del Algonquin. Fumadora, bebedora, independiente, feminista, izquierdista y a la par culta y refinada. Amante del lujo y de la vida alegre, pero también políticamente comprometida y defensora de causas nobles. Y además inestable y depresiva. Como a su amiga Lillian Hellman, su izquierdismo le trajo brevemente a España, lo que a la larga le ocasionaría problemas cuando el senador McCarthy empezara a buscar rojos entre sus amigos y, aunque la cosa no llegara a mayores, estuvo como tantos otros en su punto de mira, situación nada tranquilizadora en los Estados Unidos de los años cincuenta, Alan Rudolph le dedicaría una interesante película en 1994, Mrs. Parker and Vicious Circle (La señora Parker y el Círculo Vicioso), - Vicious Circle era el nombre que se daba a las tertulias del hotel Algonquin-.

No muy diferente sería el perfil de Lilian Hellman: asimismo feminista, intelectualmente brillante, y socialmente comprometida. Ya adelantamos cómo en la década de los treinta desarrolla un enorme trabajo intelectual sin abandonar sus compromisos ideológicos. Por su parte Dashiell Hammett desde 1937, en la cumbre de su fama, se distancia de la literatura para dedicarse más intensamente al activismo político, y, en cuanto estalla la segunda guerra insiste en alistarse y sorprendentemente lo consigue, a pesar de su malísima salud y de su avanzada edad para el servicio activo.       

Lillian Hellmann y Dashiel Hammett
De modo que la pareja, muy comprometida en lo político con la realidad de su tiempo y muy neoyorquina en lo social, estaba también en lo laboral muy vinculada a Hollywood, donde se adaptaban sus obras al cine y donde además también participaban ellos como guionistas en obras propias o ajenas. Todo se vendría abajo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas se ocupara de ambos y les hiciera centro de sus dardos: seis meses de cárcel para Hammett en 1951 y el veto como guionista para Hellman en 1952 fueron los resultados.

Afiliados al partido comunista, simpatizantes o simplemente liberales de izquierda, los años de histeria macarthista en los Estados Unidos de la guerra fría, les afectarían tanto a ellos como a otros miles de profesionales, absorbidos en una pesadilla que tardó unos cuantos años en desvanecerse, lo impregnó todo de miedo y se llevó la presencia de ánimo y la autoestima de muchos.

Superada la Caza de Brujas, las cosas volverían más o menos a su ser. Dashiell, cada vez más enfermo, no lograría terminar ningún trabajo significativo; Lillian, separada ya de él, volvería a su lado para cuidarle hasta su muerte en 1961.

La figura de Hammett inspiró una original iniciativa de homenaje al escritor, una película, basada en la novela de Joe Gores, Hammett, producida por Coppola y dirigida por Win Wenders,  El hombre de Chinatown, (1982), con Frederic Forrest, esplendido encarnando al escritor. Las diferencias entre productor y director, más atento el primero a hacer una película de género y el segundo a ahondar en la figura de un novelista que le fascinaba, afectaron negativamente al proyecto, pero el resultado en cualquier caso fue una interesante película, que discurre envuelta en una estética notable y nos sumerge acertadamente en esos mundos enredados, oscuros y calientes hasta la asfixia de la novelística de Hammett. El argumento sitúa al escritor en  el San Francisco de los años veinte, alejado ya de la agencia Pinkerton y escribiendo novelas baratas, pero convertido en protagonista de una historia digna de su pluma para ayudar a un compañero de sus tiempos de detective a resolver un sucio asunto de chantaje y pornografía. Y ese juego tan logrado entre realidad y ficción  en que la película se mueve atrapa al espectador.

También sobre la pareja hay una coproducción angloamericana realizada para televisión en 1999, Dash and Lilly, dirigida por Kathy Bates, que recrea sin demasiado acierto su turbulenta relación amorosa.

Muerto Hammett, la Hellman continuaría escribiendo y, entre 1969 y 1976 publicaría tres autobiografías: Unfinished woman, Pentimento y Scoundrel Time, a partir de una de las cuales, Pentimento, Fred Zinnemann realiza en 1977 una hermosa película, Julia, con Jane Fonda premiada con un David de Donatello por su trabajo como protagonista, y Vanessa Redgrave y Jason Robards distinguidos con sendos Oscars como secundarios interpretando a Dashiell y Julia. La película se centra en un capítulo de Petimento que narra una dolorosa historia de amistad más o menos veraz: el reencuentro de la escritora con una amiga de infancia en la ciudad de Viena en pleno apogeo del nazismo.

Lillian Hellman seguiría publicando hasta poco antes de su muerte, producida por un ataque cardíaco el 1 de julio de 1984, tras una vida intensa, comprometida e independiente. Había sido dramaturga, periodista, guionista, memorialista, docente en Harvard y Yale y había obtenido reconocimiento social con dos premios prestigiosos, el New York Drama Critics Circle Award y la medalla de oro de la Academy of Arts and Letters for Distinguished Achievement in the Theater. Pero sobre todo había sido coherente consigo misma y siempre fiel a sus ideas.

Como colofón a la semblanza de esta pareja, sirva la siguiente anécdota, recogida en algún momento y en algún lugar perdidos en la memoria: Unos pocos meses antes de morir el escritor Dashiell Hammett, Lillian Hellman le comenta: “Nos ha ido muy bien, ¿no crees?”. A lo que Hammet responde: “Muy bien es una expresión excesiva para mí. ¿Por qué no decimos simplemente que nos ha ido mejor que a la mayoría?”.

martes, 18 de diciembre de 2012

Cole Porter y “De-Lovely”


Sus canciones nos han acompañado siempre, con frecuencia quizá ignoremos que son suyas pero están en la banda musical de nuestra vida y hasta puede que algunas ocupen un lugar especial en nuestro imaginario sentimental. 



Las compuso mayoritariamente a lo largo de cuatro décadas del siglo pasado, entre 1920 y 1960, décadas especialmente creativas en la música popular americana. Canciones sofisticadas, de gran complejidad musical y argumental. Temas románticos, cínicos, irónicos o deliciosamente divertidos; casi siempre con un trasfondo biográfico y siempre geniales. Canciones que dicen cosas profundas, aunque a veces lo disimulen bajo esa capa de alegría y despreocupación que a menudo las envuelve.



Más de mil temas que integraban algunas de las más exitosas comedias representadas primero en aquel Broadway mítico y glamuroso, y después también en el Hollywood de los optimistas musicales. Muchas pensadas para Fred Astaire que en los años de la depresión constituían un escape de las duras condiciones de vida; que siguieron alegrando a las gentes en los conflictivos años cuarenta y haciéndolas soñar a lo largo de la década siguiente, la edad de oro del musical americano. Y que entonces y después continuaron cosechando éxitos en las voces de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald... y tantos otros, hasta nuestros días, en que numerosos cantantes vuelven a interpretarlas, seguros de que otra vez nos entusiasmarán.

¿Quién no disfruta escuchando I Love Paris, You're the Top, Begin the Beguine, So in Love, Let's do it...?, ¿Quién no recuerda a Marilyn Monroe entonando My Heart Belongs tu Daddy?; ¿a Ginger y Fred enamorándose con Night and Day en La alegre divorciada (Sandrick, 1934)?



¿a Cyd Charysse transformándose en elegante dama burguesa al compás de una de sus melodías en La bella de Moscú (Silk stockings, Mamoulian, 1957)?...



Por recordar sólo alguno de los muchos momentos mágicos que sus temas han hecho posible.

Se trata de Cole Porter, uno de los grandes compositores de la música popular norteamericana en la primera mitad del siglo XX. En su país es un clásico y en Europa, al menos, también. No fue como manda el cliché un músico recluido en oscuros aposentos luchando contra la miseria; lo tenía casi todo, inteligencia, ingenio, gracia, y, desde sus inicios, fortuna.

Nacido en el seno de una familia perteneciente a la buena sociedad americana: abuelo millonario,  madre fervorosa que le introduce en la música desde muy niño, educación esmerada en Yale, donde ya componía para el equipo de fútbol de la universidad..., tras un breve paso por Harvard para estudiar Leyes decide concentrarse en la música y en 1916 asistimos a su primer estreno en Broadway, que constituye un rotundo fracaso.

Marcha entonces a París, donde, acostumbrado al lujo y la riqueza, lleva una vida alegre y despreocupada, moviéndose en los círculos de la alta sociedad. Conocía a todo el mundo: Stravinsky, Cocteau, Picasso, Fitzgerald, Hemingway, Noel Coward... son alguno de los personajes que allí frecuentó. Declaradamente homosexual, conoce a Linda Lee Thomas, una rica divorciada ocho años mayor que él y en 1919 contraen matrimonio en París. Linda le abriría aún más su esfera de contactos sociales y se convertiría en un elemento decisivo para su carrera de compositor.

Sin abandonar completamente su residencia francesa, regresa con su esposa a los Estados Unidos, dividiendo su vida entre París y New York. Quiere triunfar en Broadway, llegar a ser tan famoso como George Gershwin o Irving Berlin, quien le abriría las puertas del mundillo teatral neoyorkino. Y aterriza allí cuando el crack del 29 ha sumido al país en el pesimismo y la depresión. No será una barrera; tal vez sus canciones atrevidas y optimistas fueran un tónico para una nación en apuros, porque sus comedias "Anything goes", (1934), y "Gay divorced", (1932), alcanzan enorme éxito. Y esta última se adaptará al cine dos años después.

Siempre sin renunciar a moverse por el mundo, se traslada entonces a Hollywood y empieza su colaboración con el cine, compaginándolo con su actividad teatral y su vida cosmopolita y viajera. En 1937 se parte las piernas en un accidente que le dejó dolores crónicos y le obligó a someterse a más de cuarenta operaciones; nunca se recuperaría de aquello que iría agravando su estado y sumergiéndole en graves depresiones, pero que no le impidió seguir creando.

Kiss me, Kate (1948)

Su carrera seguiría siendo una sucesión de éxitos, tanto en Broadway como en Hollywood. Consiguió su mayor logro teatral con una adaptación de "La fierecilla domada" de Shakespeare, titulada "Kiss me Kate", (1948). Pero antes y después otras muchas de sus comedias musicales alcanzaron gran fortuna y un buen número de ellas se llevaría  también al cine.



Hollywood nos ha regalado adaptaciones inolvidables. Ya hemos citado "Gay divorced", ("La alegre divorciada", Mark Sandrich, 1934), pero también Rouben Mamoulian acomete en 1957 la versión para el cine de otro éxito teatral de Porter, "Silk Stockings", una nueva mirada sobre la "Ninotchka" de Lubitch de 1939. Y están otras, "El pirata" (Vincent Minnelli, 1948), "High Society", ("Alta sociedad", Charles Walters, 1953), "Les girls", (Cukor, 1956), "Can-Can", (Walter Lang, 1960)...

The girls (Cukor, 1956)
Su mundo fue muy frívolo, pero muy rico en estímulos intelectuales. Su estilo de vida refleja la personalidad de un dandy caprichoso y exquisito en todo: sus atuendos, sus gustos, sus diversiones, su trabajo también..., aunque él supo combinar esos entornos frívolos y alocados de fiestas disparatadas y dolce far niente con su quehacer de compositor melódico, dejándonos una obra imperecedera.   

Hay al menos dos películas biográficas sobre su trayectoria vital. La primera, falsa e hipócrita, se realizó en vida de Porter, bajo el título de una de sus canciones más famosas, "Night and day" (Michael Curtiz, 1946) y ofrece un perfil dulzón y extremadamente engañoso del personaje y su historia; la época no permitía más. Sin embargo hay otra sumamente interesante, al menos para aquellos amantes de sus canciones, "De-Lovely", un musical realizado en 2004, que, injustamente, pasó por nuestras carteleras casi desapercibido.


Su director, Irwin Winkler, se rodeó de profesionales brillantes; técnicos, actores, bailarines, cantantes... para realizar una obra seria y honesta. Contó, por ejemplo, con excelentes intérpretes como Kevin Kline, que compone aquí uno de los mejores personajes de su carrera, y con un elenco de figuras relevantes del rock, jazz y pop actuales como Robbie Williams, Elvis Costello, Sheryl Crow, Diana Krall o Natalie Cole, para interpretar versiones exquisitamente orquestadas de diferentes temas del compositor, salpicadas con otras, antiguas, en la propia voz de Cole Porter.

El film, con un enfoque parecido al que Bob Fosse empleara en "All that Jazz" (1979) para contarnos su autobiografía, pero sin la amargura que éste desprende, elude de manera deliberda la exposición lineal. No la necesita para darnos una acabada visión del personaje, mostrando con acierto sus vivencias en un entorno teatral consustancial a lo que fue la vida, no siempre fácil y especialmente traumática desde su accidente, de este hombre tan intensamente dedicado al teatro.

La trama abarca desde sus años parisinos hasta su vejez, cuando ya septuagenario el personaje se enfrenta, con sorpresa, alegría y dolor, a ese desfile de momentos pasados. Así, su técnica narrativa estructura el film como una mirada que el compositor ya en declive dirigiera a su pasado, mientras éste se despliega ante sus ojos sobre el escenario del primer teatro en que actuó. Emocionado interrumpe a veces la representación para apostillar o quejarse de lo representado. Pero el film avanza, entrando y saliendo para detenerse en diferentes momentos del recorrido vital del personaje, apoyando siempre la narración en sus canciones, que nos van dando la trama argumental de su acontecer.

https://www.youtube.com/watch?v=sjqQ1c9EJkY

La película está especialmente lograda en su aspecto musical, y mantiene en todo su desarrollo el interés del espectador, que, si es aficionado al género, agradecerá muy mucho la iniciativa, ya que últimamente se realizan pocas películas musicales y, entre ellas, se pueden contar con los dedos de la mano las que alcanzan un nivel comparable a las geniales que nos dieron las décadas del 30 al 50. Claro que aquellos años dorados del musical contaron con compositores tan brillantes como Cole Porter, cuyas obras siguen emocionándonos hoy.