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lunes, 1 de abril de 2019

El Berlin de entreguerras: Cabaret


Un lugar y un período de la historia que despierta mucho interés y curiosidad en el mundo occidental de hoy, porque Berlín está experimentando en aquellos momentos, en paralelo con una enorme conflictividad social y política, una etapa de gran creatividad artística y literaria.

Kirchner, Fragmento de escena berlinesa callejera, 1914-1922
Es este un paréntesis de dos décadas entre dos gigantescas conflagraciones, y, en sus comienzos, se experimenta allí, junto al peso de la condena material y moral por haber perdido la llamada gran guerra, el alivio, la alegría y las ganas de vivir que trae la paz. En la primera década que sucede a la caída del imperio alemán, los años veinte, a pesar de los conflictos extremadamente serios que se viven, como el levantamiento espartaquista y el primer golpe de Estado de Hitler, las cosas parecen evolucionar hacia terrenos de esperanza. El golpe fracasó y gracias a la "Ley del Gran Berlín" de 1 de octubre de 1920, la capital se convierte en la mayor ciudad industrial de Europa, telón de fondo de un florecimiento de la vida cultural, facilitada por las libertades que la recién estrenada Republica de Weimar propiciaba. Y las ganas de disfrute y diversión refrenadas por los largos años de la contienda estallan también.

En fin todo parecía acabar confluyendo a favor de esa explosión de creatividad que atraía a las gentes a Berlín y convertía a la ciudad en centro de la vida artística; arte y cultura experimentan un auge hasta entonces desconocido y la vida nocturna berlinesa se dispara también hasta cotas nunca alcanzadas. Sin embargo, gradualmente, acontecimientos tan serios como el crack del 29, decisivo para el hundimiento económico alemán, y la vertiginosa ascensión del nazismo, irán agravando la situación a lo largo de los años treinta y precipitándola finalmente otra vez en la tragedia de la guerra. Así que pronto se acabarán las razones para el optimismo. Pero el caso es que, visto hoy con la distancia del tiempo, este período aparece a nuestro ojos como particularmente interesante, despierta nuestra curiosidad y, en la medida en que veamos reflejado el presente, nuestras alarmas también.

Babylon Berlin, (Tom Tykwer, 2017)
El cine, como no, se ocupa de recrearlo y nos facilita el reflexionar sobre aquella sociedad y sus gentes, centradas en vivir su presente y ajenas a la tragedia que les aguardaba a la vuelta de la esquina. Muchas películas nos darán una estampa ajustada de aquel período y a veces lograrán hacerlo con notable brillantez, como es el caso de la series alemanas Berlín Alexanderplatz, (realizada en 1980 por Fassbinder a partir de la novela homónima de Alfred Döblin y restaurada hace unos diez años) y de la muy reciente Babylon Berlin (basada en una trilogía de novelas policíacas de Volker Kutscher, estrenada en octubre de 2017, y que de momento ya va por su segunda temporada). O también de la película que ahora centra nuestra atención: Cabaret.

Liza Minnelli y Bob Fosse en el rodaje de Cabaret
Realizada por Bob Fosse en 1972, se trata de un musical lanzado cuando ya este género era sólo un recuerdo del pasado. En común con aquel de la edad dorada tendrá muchos puntos: la calidad de su acabado, sus espléndidas escenografías, su buen repertorio musical, sus muy  brillantes interpretaciones … y es que detrás de todo ello está el talento de Robert Louis Fosse, bailarín y coreógrafo perfeccionista y apasionado, que logra aquí su mejor creación.

Pero a la vez la película aporta singularidades más en consonancia con los nuevos tiempos, en especial la amargura de la historia, también muy propia de Fosse; la magnífica recreación ambiental, a cargo de Rolf Zehetbauer, estilizada a la vez que realista y verosímil;  la elegancia de su desarrollo argumental; el acierto con que nos va mostrando el nacimiento y crecimiento del nacional socialismo, que lo vemos agrandarse amenazante a medida que avanza la trama que el film desarrolla.




Ocho premios Oscar obtuvo Cabaret, verdadera hazaña si además recordamos que competía con El padrino de Coppola y que, por si fuera poco, se trataba tan solo de un musical, un género que parecía ya totalmente pasado de moda.

Liza Minnelly como Sally Bowles en Cabaret, (Fosse, 1972)
La historia está basada en la obra autobiográfica del británico Christopher Isherwood, Adios a Berlín, relato novelado de sus vivencias durante los tiempos transcurridos como profesor de inglés en el Berlín de los primeros años treinta, y nos dibuja, con fuertes colores, sobre el fondo de una sociedad en creciente conflicto, el personaje de su amiga Sally Bowles, una bohemia americana que lucha por hacerse famosa en el mundo de la farándula berlinesa. Sus carencias afectivas, sus amores desprejuiciados, su carrera profesional y en definitiva, su lucha por sobrevivir en un país arruinado y sin futuro donde el miedo y la violencia se van adueñando de todo. Y los espectadores seguimos la trama desde los ojos de este profesor inglés, su mirada algo pasmada sobre las complejas relaciones de sus extravagantes amigos, seres marginales que asisten, incrédulos como él, al ascenso del nazismo.

Y nos interesamos en lo que nos cuenta, conmocionados por la habilidad con que se nos retrata el contexto histórico, pero sobre todo fascinados por el mundo de ese decadente y hedonista cabaré, el Kit Kat Klub, al que acude la gente para escapar de una dura realidad que irónicamente aflora, porque se cuela, inevitable, en sus espectáculos con toda la carga de la pesadilla diaria: la inflación, el antisemitismo, el miedo… Un cabaré que desborda de libertinaje, en el que la alocada Sally florece y donde a su lado brilla ese impactante maestro de ceremonias con quien comparte escenario. Lo interpretó con singular talento Joel Grey y su figura, aparentemente secundaria en la trama, crece a primer plano por la fuerza de su creación. También Liza Minnelli está en su mejor momento y logra darnos la estampa de una mujer vital y frágil, amoral y tierna, llena de fuerza y contradicciones, que tampoco nos deja indiferentes. Ambos lograrían sendos merecidísimos Oscars por sus interpretaciones.

Joel Grey en Cabaret (Bob Fosse, 1972)
Entre novela y película, Cabaret se ha estrenado ya en teatro en el Broadway de 1966, y ese cabaré teatral servirá también de inspiración para la película a Bob Fosse, quien, hijo de actor teatral, y bailarín sobre las tablas desde los trece años, venía de este medio cuando comenzó a adaptar al cine los éxitos musicales del teatro neoyorkino. Lo había hecho ya, sin demasiado éxito, con la versión teatral de Las noches de Cabiria, en Sweet Charity (1969) y después de Cabaret dirigiría otros tres musicales más (Lenny, All that´s jazz y Star 80), pero ésta fue sin duda su mayor creación.

Su talento para hacer de este Kit Kut Klub, de su atmósfera y de sus números musicales, un reflejo de esa sociedad que camina irremediablemente hacia la guerra, le revela como coreógrafo genial, pero también como estupendo cineasta. Y aquellas canciones que  seleccionó y coreografió tan sabiamente, Cabaret, Welcome, Money, money… han pasado ya al acerbo cultural de todos. Una película que hizo, claro, historia en el cine musical, pero que, al margen de consideraciones de géneros, constituye sin duda una gran película.

martes, 18 de diciembre de 2012

Cole Porter y “De-Lovely”


Sus canciones nos han acompañado siempre, con frecuencia quizá ignoremos que son suyas pero están en la banda musical de nuestra vida y hasta puede que algunas ocupen un lugar especial en nuestro imaginario sentimental. 



Las compuso mayoritariamente a lo largo de cuatro décadas del siglo pasado, entre 1920 y 1960, décadas especialmente creativas en la música popular americana. Canciones sofisticadas, de gran complejidad musical y argumental. Temas románticos, cínicos, irónicos o deliciosamente divertidos; casi siempre con un trasfondo biográfico y siempre geniales. Canciones que dicen cosas profundas, aunque a veces lo disimulen bajo esa capa de alegría y despreocupación que a menudo las envuelve.



Más de mil temas que integraban algunas de las más exitosas comedias representadas primero en aquel Broadway mítico y glamuroso, y después también en el Hollywood de los optimistas musicales. Muchas pensadas para Fred Astaire que en los años de la depresión constituían un escape de las duras condiciones de vida; que siguieron alegrando a las gentes en los conflictivos años cuarenta y haciéndolas soñar a lo largo de la década siguiente, la edad de oro del musical americano. Y que entonces y después continuaron cosechando éxitos en las voces de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald... y tantos otros, hasta nuestros días, en que numerosos cantantes vuelven a interpretarlas, seguros de que otra vez nos entusiasmarán.

¿Quién no disfruta escuchando I Love Paris, You're the Top, Begin the Beguine, So in Love, Let's do it...?, ¿Quién no recuerda a Marilyn Monroe entonando My Heart Belongs tu Daddy?; ¿a Ginger y Fred enamorándose con Night and Day en La alegre divorciada (Sandrick, 1934)?



¿a Cyd Charysse transformándose en elegante dama burguesa al compás de una de sus melodías en La bella de Moscú (Silk stockings, Mamoulian, 1957)?...



Por recordar sólo alguno de los muchos momentos mágicos que sus temas han hecho posible.

Se trata de Cole Porter, uno de los grandes compositores de la música popular norteamericana en la primera mitad del siglo XX. En su país es un clásico y en Europa, al menos, también. No fue como manda el cliché un músico recluido en oscuros aposentos luchando contra la miseria; lo tenía casi todo, inteligencia, ingenio, gracia, y, desde sus inicios, fortuna.

Nacido en el seno de una familia perteneciente a la buena sociedad americana: abuelo millonario,  madre fervorosa que le introduce en la música desde muy niño, educación esmerada en Yale, donde ya componía para el equipo de fútbol de la universidad..., tras un breve paso por Harvard para estudiar Leyes decide concentrarse en la música y en 1916 asistimos a su primer estreno en Broadway, que constituye un rotundo fracaso.

Marcha entonces a París, donde, acostumbrado al lujo y la riqueza, lleva una vida alegre y despreocupada, moviéndose en los círculos de la alta sociedad. Conocía a todo el mundo: Stravinsky, Cocteau, Picasso, Fitzgerald, Hemingway, Noel Coward... son alguno de los personajes que allí frecuentó. Declaradamente homosexual, conoce a Linda Lee Thomas, una rica divorciada ocho años mayor que él y en 1919 contraen matrimonio en París. Linda le abriría aún más su esfera de contactos sociales y se convertiría en un elemento decisivo para su carrera de compositor.

Sin abandonar completamente su residencia francesa, regresa con su esposa a los Estados Unidos, dividiendo su vida entre París y New York. Quiere triunfar en Broadway, llegar a ser tan famoso como George Gershwin o Irving Berlin, quien le abriría las puertas del mundillo teatral neoyorkino. Y aterriza allí cuando el crack del 29 ha sumido al país en el pesimismo y la depresión. No será una barrera; tal vez sus canciones atrevidas y optimistas fueran un tónico para una nación en apuros, porque sus comedias "Anything goes", (1934), y "Gay divorced", (1932), alcanzan enorme éxito. Y esta última se adaptará al cine dos años después.

Siempre sin renunciar a moverse por el mundo, se traslada entonces a Hollywood y empieza su colaboración con el cine, compaginándolo con su actividad teatral y su vida cosmopolita y viajera. En 1937 se parte las piernas en un accidente que le dejó dolores crónicos y le obligó a someterse a más de cuarenta operaciones; nunca se recuperaría de aquello que iría agravando su estado y sumergiéndole en graves depresiones, pero que no le impidió seguir creando.

Kiss me, Kate (1948)

Su carrera seguiría siendo una sucesión de éxitos, tanto en Broadway como en Hollywood. Consiguió su mayor logro teatral con una adaptación de "La fierecilla domada" de Shakespeare, titulada "Kiss me Kate", (1948). Pero antes y después otras muchas de sus comedias musicales alcanzaron gran fortuna y un buen número de ellas se llevaría  también al cine.



Hollywood nos ha regalado adaptaciones inolvidables. Ya hemos citado "Gay divorced", ("La alegre divorciada", Mark Sandrich, 1934), pero también Rouben Mamoulian acomete en 1957 la versión para el cine de otro éxito teatral de Porter, "Silk Stockings", una nueva mirada sobre la "Ninotchka" de Lubitch de 1939. Y están otras, "El pirata" (Vincent Minnelli, 1948), "High Society", ("Alta sociedad", Charles Walters, 1953), "Les girls", (Cukor, 1956), "Can-Can", (Walter Lang, 1960)...

The girls (Cukor, 1956)
Su mundo fue muy frívolo, pero muy rico en estímulos intelectuales. Su estilo de vida refleja la personalidad de un dandy caprichoso y exquisito en todo: sus atuendos, sus gustos, sus diversiones, su trabajo también..., aunque él supo combinar esos entornos frívolos y alocados de fiestas disparatadas y dolce far niente con su quehacer de compositor melódico, dejándonos una obra imperecedera.   

Hay al menos dos películas biográficas sobre su trayectoria vital. La primera, falsa e hipócrita, se realizó en vida de Porter, bajo el título de una de sus canciones más famosas, "Night and day" (Michael Curtiz, 1946) y ofrece un perfil dulzón y extremadamente engañoso del personaje y su historia; la época no permitía más. Sin embargo hay otra sumamente interesante, al menos para aquellos amantes de sus canciones, "De-Lovely", un musical realizado en 2004, que, injustamente, pasó por nuestras carteleras casi desapercibido.


Su director, Irwin Winkler, se rodeó de profesionales brillantes; técnicos, actores, bailarines, cantantes... para realizar una obra seria y honesta. Contó, por ejemplo, con excelentes intérpretes como Kevin Kline, que compone aquí uno de los mejores personajes de su carrera, y con un elenco de figuras relevantes del rock, jazz y pop actuales como Robbie Williams, Elvis Costello, Sheryl Crow, Diana Krall o Natalie Cole, para interpretar versiones exquisitamente orquestadas de diferentes temas del compositor, salpicadas con otras, antiguas, en la propia voz de Cole Porter.

El film, con un enfoque parecido al que Bob Fosse empleara en "All that Jazz" (1979) para contarnos su autobiografía, pero sin la amargura que éste desprende, elude de manera deliberda la exposición lineal. No la necesita para darnos una acabada visión del personaje, mostrando con acierto sus vivencias en un entorno teatral consustancial a lo que fue la vida, no siempre fácil y especialmente traumática desde su accidente, de este hombre tan intensamente dedicado al teatro.

La trama abarca desde sus años parisinos hasta su vejez, cuando ya septuagenario el personaje se enfrenta, con sorpresa, alegría y dolor, a ese desfile de momentos pasados. Así, su técnica narrativa estructura el film como una mirada que el compositor ya en declive dirigiera a su pasado, mientras éste se despliega ante sus ojos sobre el escenario del primer teatro en que actuó. Emocionado interrumpe a veces la representación para apostillar o quejarse de lo representado. Pero el film avanza, entrando y saliendo para detenerse en diferentes momentos del recorrido vital del personaje, apoyando siempre la narración en sus canciones, que nos van dando la trama argumental de su acontecer.

https://www.youtube.com/watch?v=sjqQ1c9EJkY

La película está especialmente lograda en su aspecto musical, y mantiene en todo su desarrollo el interés del espectador, que, si es aficionado al género, agradecerá muy mucho la iniciativa, ya que últimamente se realizan pocas películas musicales y, entre ellas, se pueden contar con los dedos de la mano las que alcanzan un nivel comparable a las geniales que nos dieron las décadas del 30 al 50. Claro que aquellos años dorados del musical contaron con compositores tan brillantes como Cole Porter, cuyas obras siguen emocionándonos hoy.