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jueves, 26 de septiembre de 2019

El cine negro y la literatura de Cornell Woolrich


Hammett y Chandler son sus contemporáneos, pero Cornell Woolrich no alcanzó tanto reconocimiento como ellos. Fue sin embargo muy leído desde muy pronto y su obra retrata como ninguna los efectos del crack de 1929, porque está impregnada de aquella atmósfera que arrastró consigo la depresión. Está también impregnada de soledad y de pesadillas, de ansiedad y de angustia, de impotencia y desamparo. Y está escrita en un estilo rápido y directo, que resulta muy visual y muy cinematográfico.

Thelma Ritter, Grace Kelly y James Steward en La ventana indiscreta (Rear Window, Hitchcock, 1954 
Grandes directores como Tourneur, Siodmak, Leisen, Hitchcock, Truffaut, Fassbinder han recurrido a sus relatos para contarnos una historia potente consiguiendo a veces resultados tan buenos o mejores que el original; ahí está, por ejemplo La ventana indiscreta, basada en su cuento  It had to be Murder, publicado en 1942; Hitchcock, el grande del suspense en el cine, consigue a partir de ella una obra redonda; también Cornell WooIrich, más conocido tal vez por su seudónimo William Irish, es en su campo, otro gran exponente del suspense, el máximo seguramente del suspense literario.
Cornell Woolrich

Quizá no sobre aquí algún apunte sobre su vida: Cornell Woolrich, (1903-1968), hijo de padres separados, vive la mayor parte de su infancia en México con su progenitor y de su adolescencia en Nueva York con su señora madre. “Pelirrojo, endeble, enfermizo… de rostro grisáceo y amargado… parecía demasiado frágil”. Así lo describe Steve Fisher en su novela I Wake Up Screaming, cuando Woolrich aún no ha cumplido los cuarenta años

Empieza a escribir el año 1926 y en 1929 ya se ha llevado al cine su segunda novela. Ha pasado por Hollywood, se ha casado y divorciado y ha vuelto a Nueva York con mamá. Seguiría escribiendo novelas y cuentos hasta bien iniciada la década de los treinta, narraciones sentimentales y en tono poético, muy influidas por Scott Fitzgerald y de las que más tarde abominaría.

  A partir de 1934 hay un cambio definitivo en su estilo y aparecen sus historias policíacas y de misterio, a menudo ambientadas en el Nueva York de la depresión y a menudo también extravagantes. Y al finalizar la década pasan del centenar sus relatos, de crimen y castigo, de suspense y terror, de situaciones insólitas y espantosas, de carreras contra reloj para evitar lo irreparable... 

Escribe tanto que recurre al uso de seudónimos y tiene un éxito tan abrumador que en los años cuarenta, además de las constantes ediciones y reediciones de sus obras, sus relatos figuran a cientos en los Pulp Magazines de entonces como Black Mask, Dime Detective, Detective Fiction Weekly o Argosy. Y algunos de ellos se han dado también por radio. En cuanto al cine en 1950 se han rodado ya al menos 15 películas sobre sus narraciones.

Pero en la década de los cincuenta se registra un bajón en su producción literaria, que sólo retomará tras la muerte de su madre en 1957. Después se sume en una depresión y, diabético, alcoholizado e insociable, pasará duramente sus últimos años, años en los que, aunque sigue escribiendo, sus obras ya no alcanzan la fuerza de antaño, conservando sin embargo su intensa carga de amargura y dolor.

Barbara Stanwick y John Lund en
Mentira Latente ( M. Leisen, 1952)
No parece pues que Woolrich disfrutara de una existencia envidiable. Apegado, como Lovecraft y tantos otros escritores, enfermizamente a la madre, por la que experimenta sentimientos muy encontrados, vivirá condicionado por su fuerte influencia y acabará dedicando su fortuna a una fundación bautizada con su nombre: Claire Attalie Hopley Wooolrich. 

Sus relaciones de pareja, escasas y poco duraderas tampoco pudieron rescatarle de la infelicidad y su temor a una posible homosexualidad, entonces tan reprobada, acentuó aún más su rechazo de las relaciones personales, así que taciturno y bastante insociable parece volcar en la botella el escepticismo que los humanos le inspiran.

Sus obras que muchos asocian con Poe no alcanzan la perfección formal de éste, pero su estilo preciso, seco, directo y claro atrapa al lector y lo mantiene en vilo, cautivado por la intensidad y la fuerza que sus tramas destilan; argumentos obsesionantes de personajes que se mueven en un mundo maligno.


En 1940 lanzó con su primera novela de suspense, The Bride Wore Black, su llamada serie negra (The Black Courtain; The Black Path of Fear; Black alibi; Black Angel; Rendevous in Black…) que influyó en el roman noir francés y que a su vez daría lugar a todas esas películas policíacas del Hollywood de los cuarenta que los franceses bautizaron como film noir, denominación que hizo fortuna hasta hoy.
Además de I Had to be murder que Alfred Hitchcock adaptaría como La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) muchas de sus obras se han llevado al cine, algunas en más de una ocasión; este es el caso de Waltz into the Darkness que M. Cristofer titularía como Pecado Original (Original Sin, 2001) y François Truffaut, La sirena del Mississipi en 1969, un par de años después de que versionara  La novia vestía de negro (La mariée était en noir), relato que, involuntariamente, acabaría por dar título a todo un género.

Y a veces también algún director ha utilizado más de uno de sus cuentos para formar una película de episodios, como hizo el argentino Carlos Hugo Christensen en 1952 en su film No abras nunca esa puerta. 

El hombre leopardo (The Leopard Man, Tourneur, 1943); La dama desconocida (Phantom Lady, Siodmak, 1944); La noche tiene mil ojos (Night has a Thousdand Eyes, Hopley 1945); En el nombre del amor (Deadline at Dawn, Harold Clurman, 1946); Ángel negro, (Black Angel, Roy William Neill, 1946), Me casé con un muerto (I married a dad men, 1948); No quisiera estar en tus zapatos (Wouldn't Be in Your Shoes (Nigh, 1948); La ventana (The Window, Ted Tettlaff, 1949; Mentira latente (No Man of her Own, Leisen, 1950); El pendiente (León Klimovsky, 1951); Si muero antes de despertar (Carlos Hugo Christensen, 1952); El ojo de cristal (Antonio Santillán, 1955); Noche de pesadilla (Nightmare, Maxwell Shane 1956) son otras tantas películas que tienen detrás novelas o cuentos de Woolrich manteniendo el título original del relato. Hay otras muchas bajo títulos diferentes, pero también basadas en sus narraciones. Hemos citado ya tres; a título de curiosidad aquí van otras tres: Street of Chance (Hiveli, 1942), basada en The black courtain; Sette orchidee macchiate di rosso (Lenzi, 1972), en Rendezvous in black y Martha (Fassbinder, 1974) en Fort the Rest of her Life.

Y están también tres episodios memorables de "Alfred Hitchcock presents", basados en relatos suyos: The big Switch (8-1-1956), Momentum (24-6-1956) o Post Mortem (18-5-1958). Y algún otro de otras series televisivas como "Suspicion", para quien también Hitchcock versionó en 1956 una de sus historias más celebradas, Three O'Clock, titulándola caprichosamente Four O'Clock.


El pendiente (Klimovsky, 1951)

Asi que parece claro que los aficionados al cine negro tienen con este singular escritor de novelas de crímenes una deuda impagable.


















sábado, 5 de mayo de 2018

Hellman y Hammett


Lillian Hellman (1905-1984) y Dashiel Hammett (1894-1961) se conocieron en 1930 y desde entonces mantuvieron una accidentada relación amorosa que, con grandes altibajos, duraría hasta la muerte de Hammett en 1961.
Dashiell Hammett y Lillian Hellman



Dashiell Hammett ya era famoso en el momento de su encuentro, Lillian Hellman todavía no. Durante las décadas de los treinta y cuarenta formarían una brillante pareja a caballo entre el Hollywood dorado y los bares de moda de Nueva York. Tenían mucho en común, inquietudes políticas, sociales, literarias; pasarían juntos y distanciados años de luces y sombras.

Hammett había empezado a beber al parecer a consecuencia de vivencias traumáticas en la primera guerra mundial, así que su adicción al alcohol era ya un hecho cuando ambos se encontraron. Otra huella nefasta que la guerra le dejó fue una tuberculosis pulmonar que arrastraría toda su vida. Todo ello es lo que le habría llevado a principios de los años veinte, tras un agravamiento de su enfermedad, a abandonar su anterior trabajo en la agencia de detectives Pinkerton, separarse de su mujer y sus dos hijas, y empezar una vida solitaria, dedicado a escribir historias relacionadas con las experiencias vividas en sus años de trabajo como detective. Esto sucede en 1922, y en 1928 ya es un escritor famoso, así que las mieles del éxito le llegan bastante pronto, y, saboreándolas está cuando ambos coinciden en una fiesta en la que según cuenta Lillian Hellman acabaron, completamente bebidos en un coche comentando la poesía de Thomas Stern Elliot.   

Así que, cuando coinciden por primera vez, Hammett ya había publicado tres exitosas novelas, Cosecha roja (1928), La maldición de los Dain (1929), y El halcón maltés (1930), que le habían situado como el creador del género negro, una nueva forma de enfocar el policíaco desde ángulos más acordes con la sociedad del momento. Y, aparte de La llave de cristal (1931) y El hombre delgado (1934), prácticamente no volvería a publicar nada más de verdadero interés, así que su carrera literaria se estaba extinguiendo cuando despega la de Hellman. 


La calumnia, 1961
Porque Hellman obtiene su primer éxito como dramaturga en 1934 con The children hour, una historia de dos maestras acusadas de lesbianismo por una de sus alumnas, historia que el reputado director William Wellman llevó en dos ocasiones al cine; la primera, algo cambiada por imperativo de la censura, con el título de These Three, (Esos tres), en el año 1937, y de nuevo en 1961, esta vez completamente fiel a la obra de teatro, como The children hour, (La calumnia), con dos espléndidas protagonistas, Audrey Herpburn y Shirley McLaine. 

William Wellman es también quien adapta a la pantalla otro de sus dramas, Little foxes, (La loba, 1939), un gran éxito de Bette Davis, ya en la cima de su carrera. 

Humphrey Bogart como Sam Spade
En cuanto a Hammett, también se había llevado al cine en diferentes ocasiones su novela El halcón maltés.(en 1931, 1939, 1941) La última versión, dirigida por John Houston se convirtió en paradigma del cine negro tal como la novela lo había hecho en la literatura. Y Humphrey Bogart, como Sam Spade, compone ese individuo inventado por Hammett solitario, desengañado e incorruptible bajo su gabardina y su sombrero, con tanto acierto, que crea un nuevo icono del cine mundial.

El alcoholismo de Hammett y su condición de mujeriego incorregible convertiría en tormentosa la relación de la pareja, que alternaba períodos de proximidad con otros de alejamiento de modo intermitente. Les unían en cambio sus ideales políticos. Los dos vivieron con enorme interés la evolución de la guerra en España y se implicaron de algún modo en ella; Lillian Hellman sobre todo, tanto de cerca, viniendo a nuestro país como corresponsal del bando republicano, y colaborando con Hemingway en el guión de The Spanish Earth,  (La tierra Española, Joris Ivens, 1937), como a distancia, apoyando con su amiga Dorothy Parker iniciativas para recaudar fondos a favor de la República  Española.


Lillian Hellamn y Dorothy Parker
La figura de Dorothy Parker (1893-1967), fina escritora de cuentos mordaces, aguda y ocurrente, merece también algún detenimiento. Por cronología  pertenece como Hemingway, Fitzgerald o Dos Passos a esa generación que Gertrud Stein bautizó como generación perdida, sólo que formaba parte de los escritores que, como el propio Hammett, no se fueron a Paris. Ella representa más bien a la joven neoyorkina, moderna, frívola, ingeniosa, elegante y desprejuiciada; que disfruta de la vida bohemia y literaria, frecuentando los garitos durante la ley seca y después, y actuando como alma de las famosas tertulias del Algonquin. Fumadora, bebedora, independiente, feminista, izquierdista y a la par culta y refinada. Amante del lujo y de la vida alegre, pero también políticamente comprometida y defensora de causas nobles. Y además inestable y depresiva. Como a su amiga Lillian Hellman, su izquierdismo le trajo brevemente a España, lo que a la larga le ocasionaría problemas cuando el senador McCarthy empezara a buscar rojos entre sus amigos y, aunque la cosa no llegara a mayores, estuvo como tantos otros en su punto de mira, situación nada tranquilizadora en los Estados Unidos de los años cincuenta, Alan Rudolph le dedicaría una interesante película en 1994, Mrs. Parker and Vicious Circle (La señora Parker y el Círculo Vicioso), - Vicious Circle era el nombre que se daba a las tertulias del hotel Algonquin-.

No muy diferente sería el perfil de Lilian Hellman: asimismo feminista, intelectualmente brillante, y socialmente comprometida. Ya adelantamos cómo en la década de los treinta desarrolla un enorme trabajo intelectual sin abandonar sus compromisos ideológicos. Por su parte Dashiell Hammett desde 1937, en la cumbre de su fama, se distancia de la literatura para dedicarse más intensamente al activismo político, y, en cuanto estalla la segunda guerra insiste en alistarse y sorprendentemente lo consigue, a pesar de su malísima salud y de su avanzada edad para el servicio activo.       

Lillian Hellmann y Dashiel Hammett
De modo que la pareja, muy comprometida en lo político con la realidad de su tiempo y muy neoyorquina en lo social, estaba también en lo laboral muy vinculada a Hollywood, donde se adaptaban sus obras al cine y donde además también participaban ellos como guionistas en obras propias o ajenas. Todo se vendría abajo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas se ocupara de ambos y les hiciera centro de sus dardos: seis meses de cárcel para Hammett en 1951 y el veto como guionista para Hellman en 1952 fueron los resultados.

Afiliados al partido comunista, simpatizantes o simplemente liberales de izquierda, los años de histeria macarthista en los Estados Unidos de la guerra fría, les afectarían tanto a ellos como a otros miles de profesionales, absorbidos en una pesadilla que tardó unos cuantos años en desvanecerse, lo impregnó todo de miedo y se llevó la presencia de ánimo y la autoestima de muchos.

Superada la Caza de Brujas, las cosas volverían más o menos a su ser. Dashiell, cada vez más enfermo, no lograría terminar ningún trabajo significativo; Lillian, separada ya de él, volvería a su lado para cuidarle hasta su muerte en 1961.

La figura de Hammett inspiró una original iniciativa de homenaje al escritor, una película, basada en la novela de Joe Gores, Hammett, producida por Coppola y dirigida por Win Wenders,  El hombre de Chinatown, (1982), con Frederic Forrest, esplendido encarnando al escritor. Las diferencias entre productor y director, más atento el primero a hacer una película de género y el segundo a ahondar en la figura de un novelista que le fascinaba, afectaron negativamente al proyecto, pero el resultado en cualquier caso fue una interesante película, que discurre envuelta en una estética notable y nos sumerge acertadamente en esos mundos enredados, oscuros y calientes hasta la asfixia de la novelística de Hammett. El argumento sitúa al escritor en  el San Francisco de los años veinte, alejado ya de la agencia Pinkerton y escribiendo novelas baratas, pero convertido en protagonista de una historia digna de su pluma para ayudar a un compañero de sus tiempos de detective a resolver un sucio asunto de chantaje y pornografía. Y ese juego tan logrado entre realidad y ficción  en que la película se mueve atrapa al espectador.

También sobre la pareja hay una coproducción angloamericana realizada para televisión en 1999, Dash and Lilly, dirigida por Kathy Bates, que recrea sin demasiado acierto su turbulenta relación amorosa.

Muerto Hammett, la Hellman continuaría escribiendo y, entre 1969 y 1976 publicaría tres autobiografías: Unfinished woman, Pentimento y Scoundrel Time, a partir de una de las cuales, Pentimento, Fred Zinnemann realiza en 1977 una hermosa película, Julia, con Jane Fonda premiada con un David de Donatello por su trabajo como protagonista, y Vanessa Redgrave y Jason Robards distinguidos con sendos Oscars como secundarios interpretando a Dashiell y Julia. La película se centra en un capítulo de Petimento que narra una dolorosa historia de amistad más o menos veraz: el reencuentro de la escritora con una amiga de infancia en la ciudad de Viena en pleno apogeo del nazismo.

Lillian Hellman seguiría publicando hasta poco antes de su muerte, producida por un ataque cardíaco el 1 de julio de 1984, tras una vida intensa, comprometida e independiente. Había sido dramaturga, periodista, guionista, memorialista, docente en Harvard y Yale y había obtenido reconocimiento social con dos premios prestigiosos, el New York Drama Critics Circle Award y la medalla de oro de la Academy of Arts and Letters for Distinguished Achievement in the Theater. Pero sobre todo había sido coherente consigo misma y siempre fiel a sus ideas.

Como colofón a la semblanza de esta pareja, sirva la siguiente anécdota, recogida en algún momento y en algún lugar perdidos en la memoria: Unos pocos meses antes de morir el escritor Dashiell Hammett, Lillian Hellman le comenta: “Nos ha ido muy bien, ¿no crees?”. A lo que Hammet responde: “Muy bien es una expresión excesiva para mí. ¿Por qué no decimos simplemente que nos ha ido mejor que a la mayoría?”.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Scott Fitzgerald y su gran Gatsby

 


En 1925 Francis Scott Fitzgerald publica El gran Gatsby, considerada hoy por muchos como su novela más lograda. Es todavía un veinteañero pero lleva ya perteneciendo a esa clase de seres conocidos como ricos y famosos los últimos cinco años de su existencia.

Francis Scot Fitzgerald

Sólo los últimos cinco, que no le venía de familia la riqueza. Hasta entonces iba tirando, trabajando en publicidad, escribiendo… Ni siquiera había conseguido terminar su carrera, abandonada en 1917 para alistarse en el ejército, en uno de cuyos campos de entrenamiento, por cierto, había conocido a Zelda Sayre, una joven de la mejor sociedad de quien se había enamorado locamente y con quien se había comprometido. Pero al fin Zelda, considerando insuficiente el status social del pretendiente, rompió el compromiso y él volvió al hogar paterno.

Zelda Sayre y Francis Scot Fitzgerald
Estando así las cosas, una casa editorial accede a publicarle su primera novela This side of Paradise, (A este lado del paraíso), convertida en superventas desde que ve la luz en marzo de 1920.  Este golpe de fortuna acaba de la noche a la mañana con todos sus problemas. Se casa con Zelda y en la euforia del triunfo se embarcan ambos en una escalada de fiestas y ginebra, de lujo y diversión. Dos años después su segunda novela, The Beautiful and the Bad, (Hermosos y malditos) es recibida también con las mejores críticas. Y The Great Gatsby, (El gran Gatsby), la tercera, resulta una nueva prueba, la más madura, del dominio expresivo del narrador.

Las tres reflejan el mundo alocado de aquella década que salida de la Gran Guerra parece afrontar la vida con alegre irresponsabilidad. Las tres son intensamente románticas y sentimentales. Y, de alguna manera, las tres giran en torno al éxito como puerta del placer y el fracaso como anticipo de la muerte.

Escena de El Gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1972)
En definitiva, Fitzgerald en ellas despliega un mundo fastuoso de abundancia y desenfreno: el de los ricos de vida vertiginosa, derrochando energía y dilapidando fortunas. Y es que ése es el medio en que él se mueve: un entorno de millonarios hermosos y malditos, de rubias excéntricas y sofisticadas, de charlestón y descapotables, de americanos ociosos a caballo entre Long Island y la Riviera Francesa. Es su mundo, aquel que había soñado y tempranamente alcanzado. Y lo apuraría a lo largo de toda esa década que pasó a la historia como la Era del Jazz.

Tender is the night, (Suave es la noche), su cuarta novela, editada en 1934, es de todas la más autobiográfica. Y es también la más amarga. Con el cambio de década a la alegría de vivir ha seguido una ola de desesperanza. Ahora el público, que sin duda le asocia con ambientes rutilantes y frívolos, acoge su obra con indiferencia. Pero se engañan; esta vez no nos ofrece burbujas de champán, sino una desoladora historia de las miserias y trampas del amor, donde nos desnuda su bancarrota moral y material, en perfecta sintonía con la depresión colectiva que arrancara del crac del ’29.

Porque su vida también ha cambiado de una manera trágica: las dificultades económicas que han sucedido a su irreflexivo despilfarro, la esquizofrenia de Zelda, manifiesta desde fines de 1929, el alcohol que le va minando progresivamente… todo le va hundiendo en su noche oscura y sumiendo en un estado de infelicidad.

Sus últimos años, años duros, los pasa en Hollywood escribiendo guiones para la Metro y componiendo, en medio de graves problemas financieros, su postrer novela, The Last Tycoon, (El último magnate), una descripción de la mítica fábrica de sueños en que se ha convertido Hollywood; obra que no llega a terminar porque un ataque al corazón acaba antes con su vida. Corría 1940. 

Y si Fitzgerald, arruinado y alcoholizado en esos años negros de su fracaso pone sus miras en Hollywood para sobrevivir, también Hollywood se va a ocupar de mostrarnos a Fitzgerald después, tanto recurriendo a la biografía como a través de su obra, que rezuma en gran medida trasuntos de su existir.

Gregory Peck y Deborah Kerr en Días sin vida (Belover Infidel, King 1959)
Con el primer procedimiento nos recreó los últimos años en la vida del escritor en Beloved infidel, (Días sin vida) realizada por Henry King en 1959, con Gregory Peck y Deborah Kerr, como protagonistas. Y a través de su obra, profundamente autobiográfica recrea también retazos de su vida. En La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris) un conmovedor melodrama dirigido por Richard Brooks, basado en su relato corto Babylon revisited, seguramente el más autobiográfico de todos sus escritos, refleja sus vivencias en Europa, y en otras narraciones, sobre todo en sus grandes novelas, las que más se adaptaron al cine, otros aspectos de su peripecia vital.

Van Johnson y Liz Taylor en La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris, Brooks, 1959)
Pero entre todas ellas la favorita de este medio fue claramente El gran Gatsby, tal vez la más lograda, un libro fresco y hermoso que el tiempo ha convertido en símbolo de aquella época de locura festiva e irresponsable alegría. Su argumento, una historia romántica y melodramática: el amor imposible entre un muchacho modesto, Jay Gatsby, y una hermosa heredera, Daysy Buchanan, en un marco de decadente encanto.

Mia Farow y Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
En sus últimos años Fitzgerald nos dejó esta confesión respecto de su personaje de Gatsby:

Es lo que siempre fui, un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en un club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.”

Y sí, hay sin duda en esta novela un componente autobiográfico lacerante, pero, además, un acertadísimo retrato de época y por encima de todo un muy personal modo de narrar que la hace única y la llena de atractivo.

La atmósfera de ensoñación que flota en la historia, la manera sutil de desvelarnos el relativismo moral de sus personajes, de dibujar el mundo de bellas apariencias en que sus conductas monstruosas se suceden… son quizá alguno de los elementos que explican el por qué de semejante predilección, el porqué de haber sido la más versionada de sus obras. Y ello desde 1926 en que Herbert Brenon dirige en pleno cine mudo su visión de la novela (lástima que de ésta sólo nos hayan llegado escenas sueltas), hasta la de 2013 en que Baz Luhrmann nos la vuelve a contar en una adaptación que ni la presencia del excelente Leonardo DiCaprio logró salvar del fracaso comercial, Entre medias, se realizan otras dos más interesantes, la de Eliot Nugent de 1949 con Alan Ladd como protagonista y la de Clayton de 1974.

Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
La versión de Clayton, la más lograda, parte de un guión que inicia Truman Capote y termina Francis Ford Coppola. Con Robert Redford y Mia Farrow como protagonistas, contó con una exagerada campaña de lanzamiento que paradójicamente perjudicó a la película: se bombardeó con una moda Gatsby de peinados, ropa, zapatos… en una promoción tan desbordante que creó expectativas desmesuradas e hizo que en su estreno defraudara un tanto al público, abrumado con semejante alarde publicitario, y también a la crítica del momento, que estuvo injustamente durísima. Pero lo cierto es que la imagen enigmática de Gatsby quedó desde entonces asociada a Redford, y vista con perspectiva es sin duda una bella película sugerente y sugeridora.

Se vuelve a su argumento en el 2000 con una interesante serie televisiva, The Great Gatsby, (El gran Gatsby: su historia), dirigida por Robert Markowitz, con Mira Sorvino y Toby Stephens en los papeles de Daysy y Gatsby.

Jenifer Jones en Suave es la noche, (Tender is the Night, Henry King,1962)
De su novela Suave es la noche, también trufada de experiencias personales, hay asimismo dos versiones, la de 1962 realizada por Henry King, con Jennifer Jones y Jason Robards, que a pesar de tratarse de un film narrado con densidad e inteligencia, al igual que sucediera en 1934 con la novela no logró despertar demasiado interés, y la dirigida en 1985 por Robert Knight para la TV americana, también bajo el mismo título de la novela, con Peter Strauss, Mary Steenburgen y Sean Young.

En 1976 se estrena The Last Tycoon (El último magnate), adaptación de su novela homónima que Harold Pinter versionó y Elia Kazan dirigió, donde desentraña ese mundo de Hollywood en que él malvivía al final escribiendo guiones. No es su historia, desde luego, pero sí es su personaje, su afán de gloria, su ambición desmedida, su fracaso amoroso… De alguna manera otra vez Gatsby con quien tanto se identificaba. La película contó con una espléndida música de Maurice Jarre, excelente fotografía, y un plantel de actores estupendos como Robert de Niro, Robert Mitchum, Jack Nicholson, Tony Curtis, Jeanne Moreau … a pesar de lo cual tampoco resultó la obra redonda que cabía esperar.

El último magnate (The last Tycoon, Elia Cazan, 1976)
Y por último en 2008 David Fincher llevó a la pantalla uno de sus cuentos, quizá el único relato de Fitzgerald en cine donde no se encuentran elementos biográficos, El curioso caso de Benjamin Button, (The courious case of Benjamin Button), con Brad Pitt como protagonista. Y esta vez, sí, alcanza un éxito clamoroso, tal vez inexplicablemente clamoroso.

Interesantes cada una de ellas, algunas geniales, salpicadas siempre de fragmentos de su vida, ricas casi todas en personajes sugestivos,  pero ninguno como esa figura de Gatsby que el cine fijó con la imagen de Redford para el recuerdo, una criatura James Gatz, alias Jay Gatsby que el talento de Scott Fitzgerald ha colocado por derecho en la nómina de las figuras literarias inmortales.

El genio precoz de Scott Fitzgerald que tanto prometía cuando se conoció A este lado del paraíso brilló por poco tiempo y su enorme talento de alguna manera se frustró. Dejó una obra importante, sí, pero también, como en sus novelas, una vaga sensación de añoranza por lo que pudo llegar a ser. Y el cine ha sabido reflejarlo.