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martes, 18 de diciembre de 2012

Cole Porter y “De-Lovely”


Sus canciones nos han acompañado siempre, con frecuencia quizá ignoremos que son suyas pero están en la banda musical de nuestra vida y hasta puede que algunas ocupen un lugar especial en nuestro imaginario sentimental. 



Las compuso mayoritariamente a lo largo de cuatro décadas del siglo pasado, entre 1920 y 1960, décadas especialmente creativas en la música popular americana. Canciones sofisticadas, de gran complejidad musical y argumental. Temas románticos, cínicos, irónicos o deliciosamente divertidos; casi siempre con un trasfondo biográfico y siempre geniales. Canciones que dicen cosas profundas, aunque a veces lo disimulen bajo esa capa de alegría y despreocupación que a menudo las envuelve.



Más de mil temas que integraban algunas de las más exitosas comedias representadas primero en aquel Broadway mítico y glamuroso, y después también en el Hollywood de los optimistas musicales. Muchas pensadas para Fred Astaire que en los años de la depresión constituían un escape de las duras condiciones de vida; que siguieron alegrando a las gentes en los conflictivos años cuarenta y haciéndolas soñar a lo largo de la década siguiente, la edad de oro del musical americano. Y que entonces y después continuaron cosechando éxitos en las voces de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald... y tantos otros, hasta nuestros días, en que numerosos cantantes vuelven a interpretarlas, seguros de que otra vez nos entusiasmarán.

¿Quién no disfruta escuchando I Love Paris, You're the Top, Begin the Beguine, So in Love, Let's do it...?, ¿Quién no recuerda a Marilyn Monroe entonando My Heart Belongs tu Daddy?; ¿a Ginger y Fred enamorándose con Night and Day en La alegre divorciada (Sandrick, 1934)?



¿a Cyd Charysse transformándose en elegante dama burguesa al compás de una de sus melodías en La bella de Moscú (Silk stockings, Mamoulian, 1957)?...



Por recordar sólo alguno de los muchos momentos mágicos que sus temas han hecho posible.

Se trata de Cole Porter, uno de los grandes compositores de la música popular norteamericana en la primera mitad del siglo XX. En su país es un clásico y en Europa, al menos, también. No fue como manda el cliché un músico recluido en oscuros aposentos luchando contra la miseria; lo tenía casi todo, inteligencia, ingenio, gracia, y, desde sus inicios, fortuna.

Nacido en el seno de una familia perteneciente a la buena sociedad americana: abuelo millonario,  madre fervorosa que le introduce en la música desde muy niño, educación esmerada en Yale, donde ya componía para el equipo de fútbol de la universidad..., tras un breve paso por Harvard para estudiar Leyes decide concentrarse en la música y en 1916 asistimos a su primer estreno en Broadway, que constituye un rotundo fracaso.

Marcha entonces a París, donde, acostumbrado al lujo y la riqueza, lleva una vida alegre y despreocupada, moviéndose en los círculos de la alta sociedad. Conocía a todo el mundo: Stravinsky, Cocteau, Picasso, Fitzgerald, Hemingway, Noel Coward... son alguno de los personajes que allí frecuentó. Declaradamente homosexual, conoce a Linda Lee Thomas, una rica divorciada ocho años mayor que él y en 1919 contraen matrimonio en París. Linda le abriría aún más su esfera de contactos sociales y se convertiría en un elemento decisivo para su carrera de compositor.

Sin abandonar completamente su residencia francesa, regresa con su esposa a los Estados Unidos, dividiendo su vida entre París y New York. Quiere triunfar en Broadway, llegar a ser tan famoso como George Gershwin o Irving Berlin, quien le abriría las puertas del mundillo teatral neoyorkino. Y aterriza allí cuando el crack del 29 ha sumido al país en el pesimismo y la depresión. No será una barrera; tal vez sus canciones atrevidas y optimistas fueran un tónico para una nación en apuros, porque sus comedias "Anything goes", (1934), y "Gay divorced", (1932), alcanzan enorme éxito. Y esta última se adaptará al cine dos años después.

Siempre sin renunciar a moverse por el mundo, se traslada entonces a Hollywood y empieza su colaboración con el cine, compaginándolo con su actividad teatral y su vida cosmopolita y viajera. En 1937 se parte las piernas en un accidente que le dejó dolores crónicos y le obligó a someterse a más de cuarenta operaciones; nunca se recuperaría de aquello que iría agravando su estado y sumergiéndole en graves depresiones, pero que no le impidió seguir creando.

Kiss me, Kate (1948)

Su carrera seguiría siendo una sucesión de éxitos, tanto en Broadway como en Hollywood. Consiguió su mayor logro teatral con una adaptación de "La fierecilla domada" de Shakespeare, titulada "Kiss me Kate", (1948). Pero antes y después otras muchas de sus comedias musicales alcanzaron gran fortuna y un buen número de ellas se llevaría  también al cine.



Hollywood nos ha regalado adaptaciones inolvidables. Ya hemos citado "Gay divorced", ("La alegre divorciada", Mark Sandrich, 1934), pero también Rouben Mamoulian acomete en 1957 la versión para el cine de otro éxito teatral de Porter, "Silk Stockings", una nueva mirada sobre la "Ninotchka" de Lubitch de 1939. Y están otras, "El pirata" (Vincent Minnelli, 1948), "High Society", ("Alta sociedad", Charles Walters, 1953), "Les girls", (Cukor, 1956), "Can-Can", (Walter Lang, 1960)...

The girls (Cukor, 1956)
Su mundo fue muy frívolo, pero muy rico en estímulos intelectuales. Su estilo de vida refleja la personalidad de un dandy caprichoso y exquisito en todo: sus atuendos, sus gustos, sus diversiones, su trabajo también..., aunque él supo combinar esos entornos frívolos y alocados de fiestas disparatadas y dolce far niente con su quehacer de compositor melódico, dejándonos una obra imperecedera.   

Hay al menos dos películas biográficas sobre su trayectoria vital. La primera, falsa e hipócrita, se realizó en vida de Porter, bajo el título de una de sus canciones más famosas, "Night and day" (Michael Curtiz, 1946) y ofrece un perfil dulzón y extremadamente engañoso del personaje y su historia; la época no permitía más. Sin embargo hay otra sumamente interesante, al menos para aquellos amantes de sus canciones, "De-Lovely", un musical realizado en 2004, que, injustamente, pasó por nuestras carteleras casi desapercibido.


Su director, Irwin Winkler, se rodeó de profesionales brillantes; técnicos, actores, bailarines, cantantes... para realizar una obra seria y honesta. Contó, por ejemplo, con excelentes intérpretes como Kevin Kline, que compone aquí uno de los mejores personajes de su carrera, y con un elenco de figuras relevantes del rock, jazz y pop actuales como Robbie Williams, Elvis Costello, Sheryl Crow, Diana Krall o Natalie Cole, para interpretar versiones exquisitamente orquestadas de diferentes temas del compositor, salpicadas con otras, antiguas, en la propia voz de Cole Porter.

El film, con un enfoque parecido al que Bob Fosse empleara en "All that Jazz" (1979) para contarnos su autobiografía, pero sin la amargura que éste desprende, elude de manera deliberda la exposición lineal. No la necesita para darnos una acabada visión del personaje, mostrando con acierto sus vivencias en un entorno teatral consustancial a lo que fue la vida, no siempre fácil y especialmente traumática desde su accidente, de este hombre tan intensamente dedicado al teatro.

La trama abarca desde sus años parisinos hasta su vejez, cuando ya septuagenario el personaje se enfrenta, con sorpresa, alegría y dolor, a ese desfile de momentos pasados. Así, su técnica narrativa estructura el film como una mirada que el compositor ya en declive dirigiera a su pasado, mientras éste se despliega ante sus ojos sobre el escenario del primer teatro en que actuó. Emocionado interrumpe a veces la representación para apostillar o quejarse de lo representado. Pero el film avanza, entrando y saliendo para detenerse en diferentes momentos del recorrido vital del personaje, apoyando siempre la narración en sus canciones, que nos van dando la trama argumental de su acontecer.

https://www.youtube.com/watch?v=sjqQ1c9EJkY

La película está especialmente lograda en su aspecto musical, y mantiene en todo su desarrollo el interés del espectador, que, si es aficionado al género, agradecerá muy mucho la iniciativa, ya que últimamente se realizan pocas películas musicales y, entre ellas, se pueden contar con los dedos de la mano las que alcanzan un nivel comparable a las geniales que nos dieron las décadas del 30 al 50. Claro que aquellos años dorados del musical contaron con compositores tan brillantes como Cole Porter, cuyas obras siguen emocionándonos hoy.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Radiguet y Rimbaud: rebeldes y provocadores


Hacia 1920 un joven francés de 17 años, Raymond Radiguet, visionario y trágico, compone su primera novela, El diablo en el cuerpo, (Le diable au corps). Se trata de un relato autobiográfico donde describe su iniciación amorosa, una relación con la esposa de un soldado durante la primera guerra mundial cuando él contaba tan sólo 15 años de edad.

Raymond  Radiguet por Modigliani
Un año después, Radiguet abandona la escuela para llevar una vida bohemia. En seguida conoce y frecuenta a pintores como Modigliani, Picasso o Juan Gris; compositores como Milhaud y Poulenc; escritores como Max Jacob y sobre todo Jean Cocteau, que, fascinado con la personalidad del joven adolescente, se convirtió en su amigo inseparable, difundiendo sus poemas y contribuyendo de manera decisiva a su inmediato reconocimiento por la vanguardia intelectual y artística. 

Corrían los años veinte, años extravagantes y tensos de la postguerra reciente que el joven autor, de repente rico y famoso, quemó en un desorden febril. Le nouveau Rimbaud, como se le apodó a veces, se sumergió de lleno en el mundillo intelectual parisino, publicando algunos cuentos en el periódico satírico Le Canard enchaîné, y poemas y artículos en la revista Le Coq, que fundara con Cocteau y donde colaboraron también talentos de la talla de Paul Morand o Tristan Tzara. 


Lamentablemente no tuvo tiempo para saborear las mieles del éxito, sino que pasaría por aquellos círculos vanguardistas como una exhalación, ya que, con tan sólo veinte años de edad, unas fiebres tifoideas acabaron bruscamente con su vida. 

Le diable au corps, (El diablo en el cuerpo), su famosa novela -sólo alcanzó a escribir dos- se publicaría un año después de su muerte, suscitando desde el principio entusiasmos y rechazos encontrados. La guerra está aún reciente, las heridas siguen abiertas y el clima moral dominante desborda ardor patriótico. En semejante contexto la aventura de este adolescente, aromada de desencanto, irreverencia y amargura, es percibida como un desafío a los valores imperantes. Y el estilo cínico y exhibicionista en que el protagonista narra los hechos, el desprecio manifiesto por el conflicto bélico, dibujado sólo como un telón de fondo, más miserable que épico, para el desarrollo de su aventura amorosa... todo ello es juzgado por muchos como algo extremadamente transgresor y escandaloso. 

La obra, de lectura rápida y fácil, está escrita en un lenguaje elegante, seco y preciso, que desvela influencias literarias bien asimiladas, con ecos del cinismo de Laclos, la crueldad de Lautréamont, la lucidez destructiva de Rimbaud, la precisión emocional de Proust... y sólo tiene 17 años cuando la escribe.

El enfant terrible que narra en primera persona esta historia se da el lujo de vivirla y diseccionar al mismo tiempo lo vivido, porque lo que importa para él no son tanto los sucesos que acontecen sino el efecto que producen en su alma, que le marcan para siempre. Y lo hace exponiendo lo narrado en un estilo frío y cruel como un desafío a los convencionalismos de la época.

Casi un cuarto de siglo después, en 1946, recién terminada la segunda guerra mundial, se estrena en Francia, con el mismo título, una excelente versión de la novela, Le diable au corps, (El diablo en el cuerpo), dirigida por Autant-Lara.

Claude Autant Lara
Claude Autant-Lara, familiarizado desde niño con la vanguardia teatral, se había iniciado en el cine como escenógrafo, trabajando como tal para Jean Renoir y como asistente de dirección para René Clair, fundamental en su formación. Llegó la guerra y la ocupación alemana alejó de Francia a casi todos los directores consagrados de la cinematografía francesa aunque paradójicamente permitió la revelación de un buen número de realizadores nuevos: Robert Bresson, Henri-George Clouzot, Jacques Becker, René Clément... Y, de todos ellos, tal vez Autant-Lara fue quien mejor supo adaptarse a las exigencias de la Ocupación: temas sin contenido político, alejados en el tiempo o limitados a la aparentemente inofensiva comedia de costumbres.

En ese contexto, Autant-Lara desarrolló una manera de decir refinada y transparente, sin arriesgar demasiado ni buscar la sorpresa del espectador. Progresivamente fue perfeccionando su estilo y al acabar la contienda había alcanzado una madurez que se pondría de manifiesto en esta película, Le diable au corps


Gérard Philipe y Micheline Preles en El diablo en el cuerpo
Desde el principio todos los que participaron en el proyecto fueron conscientes de que la obra podía levantar ampollas y se aprestaron a bregar con la censura para sacarlo adelante. El film modificaba el enfoque de la novela, transformándolo en una obra distinta. Fiel a sus aspectos emocionales, conservaba del original la pasión adolescente, el amor acechado por la muerte, el pueril desafío al mundo de los mayores, aunque envejeciendo algo al protagonista para suavizar su impacto. En cambio el peso de la guerra, alusión más que presencia en la novela, se refuerza en la película como marco obsesionante de una historia desarrollada con la sobriedad, la finura de narrar y el buen gusto que caracteriza al cine de Autant-Lara. El resultado fue que mientras la novela es deliberadamente cínica y cruel, el film es tierno y sentimental, pero atrevidamente antibelicista. 

La estructura del relato, muy sutil, con delicadas simetrías a lo largo de todo el film que facilitan la exposición; la recreación del mundo de 1918, exquisitamente estilizada. Los intérpretes, también magníficos, muy especialmente Gérard Philipe, quien, con su maestría para el juego escénico, nos regala un perfil de adolescente tierno, caprichoso y un poco cruel bastante fiel al personaje de Raymond Radiguet. Y, arropándolo todo, la música de René Cloerec subraya la intencionalidad dramática de lo narrado.

Aun con todas las matizaciones que paliaban la carga transgresora de la novela, de nuevo la obra provocó el escándalo. Se estrenaba también en un clima de postguerra, terreno abonado para levantar posturas de santa indignación. Atacada por la iglesia y los militares, pero también por el partido comunista, que le reprochaba haber retratado una juventud apolítica y descomprometida; contestada además por famosos del momento como el actor Noel-Noel, ofendido en su condición de excombatiente, la película se vio acosada desde los más variados y opuestos sectores. Visto con la perspectiva del tiempo el film supone un paso adelante en la cinematografía francesa; resulta una obra muy avanzada para el momento histórico en que se produce y de una modernidad que se manifiesta tanto en la interpretación suelta y fresca de los actores como en el tratamiento de los temas que plantea, que se anticipan en más de una década a la nouvelle vague

https://www.youtube.com/watch?v=d-rlAD13FrM

Resumiendo, Le diable au corps, independientemente de la novela de Raymond Radiguet, resultó también una obra vanguardista y provocadora, pero sobre todo constituye una película valiosa. Había un mundo que recrear, la Francia de la Gran Guerra, una historia interesante que contar y unos personajes con suficiente profundidad psicológica para emocionar, y Autant-Lara asumió el reto consiguiendo realizar un trabajo más que notable; casi una obra maestra. El sentimentalismo del enfoque, muy en consonancia con el momento de su creación, no la ha hecho envejecer y aunque la trama es frágil la autenticidad de los personajes y la excelente realización la sostienen con delicada firmeza.

Volviendo al autor de la historia, Raimond Radiguet, tan comparado en su momento con Arthur Rimbaud, sí presenta tanto en su perfil personal como en la atmósfera de sensibilidad y crueldad en que desarrolla su destructivo relato autobiográfico, rasgos del malditismo que habitualmente se atribuye al poeta simbolista. También como él Radiguet tuvo mucho de niño prodigio, de adolescente insolente y furioso. Y como él dejó tempranamente la escritura, aunque en su caso por una muerte solitaria y precoz. Además, así como Radiguet hechizó a Jean Cocteau, Rimbaud fascinó a Paul Verlaine. 
Radiguet dormido, dibujado por Cocteau

Estos son los elementos que perfilan el paralelismo entre ambas figuras, y al señalarlos resulta inevitable la mención de otra película interesante, en este caso de signo biográfico, que sobre la amistad Rimbaud/Verlaine filmara la polaca Agneska Holland en 1995 con el título Total Eclipse, en España Vidas al límite. Se trata de una excelente película, bien fotografiada, contada e interpretada, a la que sin embargo se le reprochó que no insistiera más en la trascendencia que sus protagonistas, dos de los grandes, tienen para las literaturas francesa y mundial, focalizando la atención en lo puramente vital de la historia. 



Arthur Rimbaud, nacido a mediados del XIX en el seno de una familia de la pequeña burguesía francesa acomodada, conformista y severamente religiosa, fue un estudiante brillante, que ya desde los 14 años escribía buenos poemas, con una despreocupada violencia donde afloraba su rebeldía. Apenas cumplidos los quince, escapa de su casa y vagabundea por Francia y Bélgica, mientras a través de febriles meditaciones va exasperando su rebelión adolescente. 

https://www.youtube.com/watch?v=eQCFhmsWQOE

Rimbaud había nacido a mediados del XIX en el seno de una familia de la pequeña burguesía
Terminada la composición de El barco ebrio, un pequeño poema que llegaría a convertirse en una de las obras capitales de la poesía simbolista, envía el texto a Paul Verlaine, escritor ya consagrado, quien, entusiasmado, inmediatamente le invita a visitarle. Este es el origen de la tormentosa amistad que surgió entre ambos y escandalizó a sus contemporáneos. Verlaine, diez años mayor, seducido por el genio salvaje de ese arcángel demoníaco, se embarca con él en una loca aventura que dura casi un año hasta que Rimbaud, satisfecho ya de su poder corruptor, decide abandonar al amigo, quien desesperado le hiere ligeramente de un pistoletazo, dando con sus huesos en la cárcel. 



En este período compone Rimbaud entre otras Una temporada en el infierno y Verlaine, sus Romanzas sin palabras. En 1873 Rimbaud edita en Bruselas, pero no paga, Saison, que quedó en el almacén del impresor sin distribuirse. Al año siguiente compone todavía nuevas Iluminations y aún otras en 1875 cuando decide romper definitivamente con el ejercicio de la poesía. Contaba tan solo 20 años.

Por entonces se ganaba el sustento como preceptor en Stuttgart lugar que abandona para dirigirse a pie a Milán donde enfermó. Refugiándose entonces en su ciudad natal, Charleville, dedica el año a aprender italiano, español, árabe, griego moderno y holandés. En 1876 se encuentra en Batavia enrolado como voluntario en el ejército colonial de Holanda, pero pronto desertó y en seguida le vemos regresando a Europa. En los años siguientes vagabundea por Austria, Suecia, Dinamarca; vuelve a Italia, se traslada a Chipre… Finalmente en 1880 consigue que le contraten como agente de una compañía comercial y durante la década siguiente intenta hacerse rico en Abisinia.

Detalle de Verlaine y Rimbaud en Un rincon de la mesa,
de Fantin-Latour
Mientras tanto Verlaine, otro enfant terrible, espíritu torturado siempre  en lucha entre el arrepentimiento y el pecado pero siempre fiel a su vocación poética, le consagraba un capítulo de sus Poetas malditos; citaba alguno de sus versos y empezaba a crear leyenda en torno a este escritor apenas conocido, publicando además sus Iluminations, que permanecían hasta entonces inéditas. Estaba, en fin, logrando hacer de él un personaje famoso, cosa que su antiguo amigo menospreciaba.

Un tumor en la rodilla obliga a Rimbaud a volver a Francia. Es atendido en un hospital de Marsella donde, gangrenada ya la herida, se procede como último recurso a amputarle la pierna sin lograr salvarle la vida. Tenía 36 años. 
Arthur Rimbaud

Su impaciencia adolescente y su genio rebelde y aventurero, file reflejo de aquella oleada del nihilismo post-romántico europeo, le llevan a producir una poesía vigorosa de enorme repercusión, que responde exactamente a la estética simbolista de la que Rimbaud es uno de los máximos exponentes. Pero además queda ya en él sugerido también el movimiento surrealista que haría furor en las vanguardias del siglo siguiente; aquella época y aquellos ámbitos en que se movería Raymond Radiguet.