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miércoles, 8 de abril de 2020

Hitchcock y el cine de espías


Amor, humor, intriga, momentos de tensión irrepetibles… de todo hay en las numerosas películas de espionaje que Hitchcock nos ofreció. También en los entornos que las envuelven hay de todo: escenarios de callejones estrechos y oscuros o amplias llanuras peladas a pleno sol, porque no tiene que ceñirse a los cánones acostumbrados, todo le vale a este genio del cine, único en su capacidad de asombrar, para contarnos sus historias.


Escena de Con la muerte en los talones (North by northwest, 1959

De estas historias, las cuatro primeras, todas, claro, en blanco y negro, corresponden a su etapa inglesa, las demás están realizadas en los Estados Unidos; en blanco y negro, las rodadas en los años cuarenta; en color, las restantes, con excepción de Psicosis, donde vuelve al blanco y negro. Todas entretenidas, interesantes, que te mantienen en vilo y con ese aire genial e inconfundible del cine de Hitchcock.

La primera que realiza de este género, El hombre que sabía demasiado, (The Man Who Knew Too Much) acumula ya casi todas las claves habituales del maestro:                

el amor, (una pareja desgarrada por el rapto del hijo); la intriga, (¿por qué?, ¿qué quieren?); el suspense (la angustia y ansiedad de la búsqueda); el inocente enredado a su pesar (¿por qué yo?, por qué a mí?... En este caso, una inofensiva familia anónima envuelta en una trama de espionaje internacional)… 

Una película interesante, entretenida y con un Peter Lorre en el papel de malo malísimo, inolvidable. La volvería a hacer en América veintidós años después, también con excelentes resultados, incluso aún mejores que la primera… Y entre las aportaciones de la segunda versión no fue la menor el descubrimiento de una espléndida Doris Day en el que sin duda resultó uno de sus mejores papeles, demostrando estar mejor dotada para el drama que para la comedia donde habitualmente se la acabó encasillando.

Su siguiente historia de espías, 39 escalones (The 39 Steps), aparecería un año después y resultó, si cabe, aún más entretenida. Por puro azar del destino un anónimo canadiense de paso por Londres se ve sin querer implicado en asunto espinoso: una joven desconocida le ha desvelado la existencia de un complot para robar importantes secretos militares del Reino Unido y él no tendrá más opción que tratar de evitarlo. Para ello habrá de localizar y desactivar a Los 39 escalones, una peligrosa red de espionaje que está detrás del siniestro proyecto. Otra vez un inocente víctima azarosa del destino.

En 1936 realiza La mujer solitaria (Sabotage), basada en la novela de Joseph Conrad, El agente secreto, donde una esposa, inquieta con la conducta de su marido empieza a sospechar que éste le es infiel para luego descubrir que se trata de algo aún peor, algo que afecta a la seguridad nacional. En realidad lo que él pretende es colocar una bomba en Londres.


Este es el planteamiento de una trama de impecable realización, que nos mantiene con los nervios a flor de piel a lo largo de toda la proyección, sufriendo sobre todo ansiosamente durante el tiempo, interminable en que un niño, ignorante del peligro, cruza la ciudad, con la bomba lista para estallar, en ese paquete que le han encargado entregar…

La última incursión en el espionaje durante su etapa inglesa, Alarma en el expreso, (The Lady Vanish, 1938) fue un divertidísimo enredo que nos hizo vivir dentro de un tren y por mediación de un variopinto grupo de personajes. Una anciana ha desaparecido ¿será posible?, ¿pero, seguro? ¿alguien la ha visto antes?, ¿lo habremos soñado?... Un misterio que se desarrolla entre situaciones de pura comedia donde la aventura, la intriga, el asesinato, el humor y el amor se entrelazan de manera sorprendente para encandilarnos. Un lenguaje afilado y punzante es la nota complementaria que los diálogos añaden al divertimento.

Y ya en Hollywood dos de sus primeras películas serán también historias de espías. La primera, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) está muy en la línea con muchas de las que se hicieron por entonces, verdadero cine militante, justo antes de que los Estados Unidos entrasen en la segunda guerra mundial. De hecho, bordea el género propagandístico, pero Hitchcock lo soslaya con habilidad. El protagonista, un corresponsal americano interpretado por Joel McCrea (que Gary Cooper, para su pesar después, había rechazado interpretar), es enviado a Europa para informar de la inminente contienda, viéndose enseguida implicado en una intriga en que tiene que tomar partido: el rapto de un político holandés por parte de agentes nazis. Como era de esperar la trama se va complicando en situaciones llenas de fuerza y tensión dramática. La elegante puesta en escena, las originales soluciones con que el director resuelve las sucesivas acciones, la sabia combinación de humor y suspense más las indispensables gotas de amor convierten esta película casi propagandística en una deliciosa trama de aventuras.

Sabotaje (Saboteur), que rueda en 1942, es muy conocida porque se hizo célebre su secuencia final del hombre encaramado a la estatua de la libertad. Tiene, además de esta idea de recurrir a monumentos como marcos insólitos para el desarrollo de la acción, otras muchas semejanzas con títulos posteriores. Este es su argumento: un ciudadano anónimo, un hombre de la calle, es sospechoso de cometer un terrible acto de sabotaje en la fábrica en que trabaja y ello le obligará a huir por todo el país, tratando a la vez de desenmascarar a los culpables para demostrar su inocencia.

Sorpresa y tensión en una trama que vista en perspectiva resulta sin duda un precedente de su obra más madura, Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), película que debió de realizar en estado de gracia, porque es con certeza una obra maestra.












Empezando por el acierto en el reparto, sobre todo en la elección de Cary Grant para el papel del protagonista; perfecto él en una historia redonda que no podía estar mejor contada y en la que su estampa, distinguida y elegante, fijaría para siempre el perfil del agente 007, esa serie que vino después y que seguiría viniendo en sucesivas entregas hasta hoy, resurgiendo una y otra vez de sus cenizas, siempre respetando la apariencia pulcra y bien vestida del modelo inicial. Otra vez aquí las constantes del cine de Hitchcock: intriga, aventura, amor, humor (y de nuevo en el humor, irrepetible Cary Grant) para un argumento que gira en torno a una figura también muy querida del director, la del falso culpable.

No es la única historia que nos cuenta dos veces, también El hombre que sabía demasiado la había vuelto a filmar en 1956 y en esa ocasión aún con mayor fidelidad a la versión anterior.

Y tampoco era la primera vez que Cary Grant se movía en una trama de espías de Hitchcock, lo había hecho ya en 1946 con brillantez en Encadenados (Notorious) interpretando con Ingrid Bergman a una pareja de agentes que se enamoran mientras cumplen su misión de vigilar, apenas acabada la guerra, a un grupo de nazis que tratan de reorganizarse en Brasil.


Cortina rasgada (Torn Curtain, 1966) y Topaz (1969) fueron sus dos últimas incursiones en el género. A pesar de coincidir con un momento de apogeo del cine de espías no alcanzaron las alturas de las anteriores, especialmente la última, cuyo estreno coincidió con un momento de máxima popularidad de Fidel Castro, por lo que el declarado anticomunismo del guión, que se desarrollaba en la Cuba de la revolución, no fue bien recibido por todos. Con respecto a la primera, quizá la elección de Paul Newman, encasillado siempre en papeles de bueno, no resultara el perfil más adecuado para la historia y desde luego su personalidad no parece encajar con la del director como sin duda lo habían hecho las de intérpretes de anteriores generaciones. Newman, como todos los actores del método, insiste en entender las motivaciones del personaje y parece que esto contrariaba bastante al director, constantemente importunado con preguntas al efecto. Tal vez el cine estaba cambiando y el tiempo de Hitchcock quedando irremediablemente atrás, aunque todavía realizaría un par de películas estupendas. O puede que fuera el género de espías el que había variado sus enfoques.













Y hasta aquí hablábamos de espías funcionando en entornos internacionales y en temas de seguridad nacional, pero Alfred Hitchcock también trato otro tipo de espía: el cotilla, el voyer, que no otra cosa es sin duda su protagonista de La ventana indiscreta, (Rear Window, 1954) un mirón invirtiendo su forzado tiempo de ocio (que un accidente le ha inmovilizado temporalmente), en vigilar a sus vecinos y curiosear en sus vidas. Una estupenda historia que Hitchcock logra recrear maravillosamente en cine a partir de un cuento de Cornell Woolrich.

Espías, mirones, ladrones, asesinos o cualquier otra clase de individuos, hasta el ser más corriente, anónimo y gris; todos le valen a este genio del cine para tejer a partir de alguna de sus peripecias y sucedidos una historia emocionante.


jueves, 31 de enero de 2019

Actores: Cary Grant y Phillip Seymour Hoffman


Cary Grant (1904-1986). Empezó en el cine de chico guapo, como boy de la entonces superfamosa Mae West en aquellas películas de los primeros treinta en que ésta escandalizaba al público más gazmoño y divertía a todos con sus ocurrencias picaronas.


No había que ser un gran actor para ello, bastaba con dar el tipo de galán. Y su buena planta se lo ponía fácil, de manera que salió airoso en un par de películas junto a semejante diva que por aquellos días arrasaba. Después lograría mantenerse en su papel de tipo seductor aun no siéndolo demasiado. Desde luego no podía competir en atractivo físico con otros famosos de su tiempo como Gary Cooper. Y menos todavía con algunos llegados inmediatamente después como Gregory Peck, por no hablar de Paul Newman, otro actor que también sabría envejecer y que despuntaba en la pantalla como guapo incontestable mientras Cary Grant defendía airoso su condición de galán maduro en su declinar. Pero aun así él se mantendría con fortuna en ese cliché hasta en sus últimas películas. Claro que era mucho más que lo que se desprende de esa imagen; era un gran actor, versátil y con infinidad de registros, sobre todo para la comedia, capaz de hacernos reír aparentemente sin esfuerzo. Su pasado circense le había dejado una batería de recursos que él sabía utilizar con acierto cuando hacía falta, pero sus múltiples aptitudes le facultaban también para el drama, el suspense, el espionaje o cualquier género de papeles, que en todos estaba espléndido.

Con Mae West en I´m No Angel (1933)
En contraste con su aspecto elegante, procedía de un entorno social poco propicio para dar esa imagen; nacido en Inglaterra, en el seno de una familia extremadamente humilde, en Hollywood resultaría sorprendentemente un dandy, de modales exquisitos y dicción singular y refinada. Había empezado todavía niño en el circo, para ir experimentando gradualmente todos los ámbitos del mundo del espectáculo. En 1920 cruzaría el Atlántico para hacerse un hueco en el vodevil del Broadway neoyorquino de aquellos años llamados locos, saltando al cine a continuación, en los albores de los treinta.

Con Katharine Hepburn en La fiera de mi niña  (1938)
Allí, en Hollywood, el éxito le sonríe muy pronto y enseguida le rescata de su rol de figurón vacío frente a la descarada vampiresa que Mae West bordaba con su humor cáustico y atrevido, para convertirle en el tipo divertido de tantas comedias de enredo del fin de esa década, como las que hizo con otra esplendida payasa, Catherine Hepburn, con quien protagoniza La fiera de mi niña (Bringing up your baby) e Historias de Filadelfia (the Philadelphia Story). O también otras hilarantes películas de los primeros cuarenta como Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace), muy exitosas en su momento y años después, cuando, desempolvadas y rescatadas del olvido, volvieron a hacer reír al público con su humor disparatado y estrafalario.

Con Randolph Scott
Eran sus años de soltero de oro, aquellos de cuando vivía con su amigo Randolph Scott, otro galán popular del momento, éste sí, decididamente guapo. Entonces concedían entrevistas al alimón, posando juntos en la piscina y los jardines de la fastuosa mansión que compartían. Y se divertían sugiriendo mensajes sexualmente ambiguos, sin pasarse de la raya, claro; sólo lo que permitían aquellos años, en definitiva bastante más libres que los que vendrían tras la inmediata postguerra, años pacatos, en que habría que borrar ciertas libertades sexuales anteriores para dar otra imagen más acorde con la moral social imperante. Y por esos nuevos tiempos pasaron sus cinco esposas desmintiendo con su sola existencia y presencia su fama de gay. Y por ellos transcurriría también su vida de familia en sus diferentes hogares, su tardía paternidad…

Con Ingrid Bergman en Encadenados (Notorious, Hitckcock, 1946)

Con Audrey Hepbourn en Charada (Stanley Donen, 1963)
Pero lo que nos importa no es su faceta personal, sino su excelente trabajo. Buscando su mejor momento profesional lo primero que viene a la mente es su último Hitchcock, Con la muerte en los talones (North by Northwest) y su primer Donen: Indiscreta (Indiscreet), donde quizá realizara sus papeles más cuajados. Pero enseguida sus películas con Leo Mac Carey: La pícara puritana (The awful truth) o Tú y yo, (An affair to remember); con Howard Hawks: Me siento rejuvenecer (Monkey business) o Luna nueva (His girl Friday); más todo su anterior Hitchcock: Sospecha (Suspicion), Encadenados (Notorious), Atrapa un ladrón (To catch a thief), y posterior Donen: Página en blanco (The grass is greener) o Charada, se rebelan ante nuestro desconsiderado descuido, porque en todas ellas, y en tantas otras más, estuvo excepcional.

Y así se mantuvo, más de treinta años haciendo de chico guapo que es algo más que un chico guapo y ganando enteros en su papel de seductor conforme pasaban los años, cosa tan admirada que hasta a él mismo se le oyó decir: “¡Y yo!”, “¡Yo también querría ser como Cary Grant!”, respuesta genial a las muchas veces que sin duda se lo habrían confesado tantos hombres con entregada admiración e indisimulada envidia.

Philip Seymour Hoffman (1967-2014) pertenece por el contrario a una generación en que la belleza física ha dejado de ser tan importante en el cine y en que las historias se han vuelto mucho más amargas. No sé si puede verse como una contrafigura del anterior, pero sí que hace un cine que corresponde a una época menos dispuesta a soñar, donde los personajes nos cuentan otro tipo de asuntos, mas desengañados y turbios tal vez. Y lo hacen desde presupuestos quizá más duros. Y en esas historias poco proclives al optimismo, los tipos que él recrea los carga de hondura y verdad. En eso seguramente reside su talento.


Aunque ya había participado en papeles secundarios en otras muchas, le vimos por primera vez en El talento de Mr. Ripley, (The Talented Mr. Ripley, Anthony Minghella, 1999) interpretando al gordito patoso, el amigo de Dickie, que se hará matar por inoportuno e indiscreto. Y su pequeña aparición no nos dejó fríos. Se notaba ya que estábamos ante un grande del cine. Todo lo que vino después sería una fiesta, porque verle actuar en la pantalla es siempre gratificante. Hizo pocos papeles principiales, no le dio tiempo, que la muerte se lo llevó pronto, pero encontrarlo en cualquier aparición aunque fuera breve resultaba siempre un regalo de buen cine. Cuanto más en aquellas películas que protagonizó. Inolvidable está en Capote, (Bennet Miller, 2005) recreando con acierto y sorprendente semejanza la figura y personalidad del famoso escritor. O en Antes de que el diablo sepa que has muerto, (Before the Devil Knows You’re Deads, Sidney Lumet, 2007), dando vida a un tipo prepotente y degenerado que esconde fragilidad y rencores infantiles, aflorando inesperados desde lo más recóndito de su ser. También resultaba profunda y compleja su interpretación en La familia Savages (The Savages, Tamara Jenkins, 2007) del joven desarraigado a quien la situación obliga a asumir deberes familiares con los que no contaba. Intrigante y ambiguo se mostró desde luego en La duda, (Doubt, John Patrick Shanley, 2008) encarnando a ese cura sospechoso de conducta perversa frente a una también espléndida Meryl Streep, en el papel de severa madre abadesa. Y prepotente en su enérgica creación de líder de la secta en The Master, (Anderson, 2012), un drama sobre la iglesia de la cienciología donde volvió a impresionarnos con esa capacidad suya para meterse en la piel de un megalómano. El hombre más buscado (A most wanted Man Official, 2014), donde interpretaba a un agente secreto alemán en una adaptación de la novela homónima de Le Carré, fue la última de sus películas que llegara a estrenarse antes de su desaparición.


Tuvo ocasión de trabajar con una amplia variedad de cineastas notables, como, además de los ya citados, los hermanos Coen, Spike Lee, David Mamet o Robert Benton y de compaginar también su labor cinematográfica con el teatro, su otra gran vocación. E incluso de participar en la fundación de una compañía de actores, Labirynth, con teatro abierto, el Bank Street  Theater, en el West Village de Nueva York. Su carrera parecía mostrar un futuro en alza, pero en febrero del 2014 una sobredosis de cocaína y heroína se lo llevó inesperadamente, interrumpiendo su vida y con ella, claro, su extraordinario y valioso potencial de actor, privándonos para siempre de tantos personajes que sin duda hubiera llegado a encarnar, enriqueciéndonos con ellos. Fuimos muchos los que sentimos su pérdida tan temprana, pero por encima de todo nos felicitamos por haber disfrutado de su trabajo y celebramos su paso por el mundo, sembrando de talento y creatividad aquellas historias donde puso su esfuerzo dotando de vida a unos personajes que no dejarán indiferentes a quienes tengan la fortuna de verlas.

Sin duda uno de los grandes talentos del cine de hoy.