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miércoles, 3 de octubre de 2018

Maupassant en el cine


Guy de Maupassant (1850-1893) gran novelista y cuentista insuperable. Un filón para el cine que justo comenzó su andadura cuando él tempranamente moría. Apenas habían pasado quince años de su desaparición y ya la cinematografía francesa, con Firmin Gemier, nos regalaba una versión muda de su cuento Le père Milon (El compadre Milon, 1908) y un año después, 1909, la estadounidense, otra del relato La parure (El collar), esta vez realizada por Griffith y con Mary Pickford como protagonista.


Bel-Ami, su novela más celebrada, se ha llevado al cine no menos de cinco veces, la primera en 1939; la última, de momento, en 2011. También Buñuel hizo una película de otra de sus novelas: Pierre et Jean (Pedro y Juan) en 1951 y la tituló Una mujer sin amor. Y Ripstein en 1998 adaptó, bajo el título La mujer del puerto, otra novela de Maupassant, Le port, que ya había sido objeto de anteriores versiones en 1934 y 1949. Y cabe mencionar todavía otra más, Une vie (Una vida), la primera que Maupassant escribió y que Stéphane Britzé ha realizado en 2016 bajo el mismo título de la obra literaria, que aquí caprichosamente se ha dado en llamar El jardín de Jeanette.

Pero lo que más juego da en la pantalla, tanto en la grande como en la pequeña, son sus cuentos: decenas de cuentos (los escribió a centenares) han sido adaptados al cine una y otra vez y nunca se cansa uno de verlos, tampoco de leerlos y releerlos. Hay tantos y tan buenos que se puede volver sobre los mismos sin dejar de disfrutarlos. Claro que en la pantalla ya no sólo dependen de su maestría y una misma historia tiene diferente sabor según el cineasta que la reelabore. En algunos casos las versiones son tan libres, que tenemos que fiarnos de lo que nos dicen sus directores, como Joseph von Stenberg o John Ford que aseguran ambos haber partido de Boule de suif (Bola de sebo) para contarnos El expreso de Shanghai (1932) y La diligencia, (1939) respectivamente. También Godard afirma que su película Masculino y femenino (1966) se inspiró en los cuentos La femme de Paul, (La mujer de Paul) y Le signe, (La seña). La mayoría sin embargo son más fieles a los relatos originales y aunque entre ellos, además de los ya nombrados, hay otros directores muy reconocidos (Robert Wise, Christian Jacques…), nos vamos a detener solo en dos en particular, especial e indiscutiblemente geniales recreando los mundos narrativos del autor, porque sus historias parecen estar rebosando el perfume que los cuentos destilan, su sensualidad, su erotismo, su gracia.

Une partie de campagne (Jean Renoir, 1936)
Nos referimos a Jean Renoir y a Max Ophüls. El primero, en Une partie de campagne (1936), un mediometraje donde el cineasta francés homenajea a su famosísimo padre con varios guiños visuales e interpreta el cuento de Maupassant con frescura y espontaneidad, con soltura y encanto y tal vez también con un punto de amargura, tal como pide el relato. Todo ello en perfecta sintonía con la obra literaria que parece respirar en cada una de sus imágenes.

Por su parte, Max Ophuls alcanza casi la perfección con Le plaisir, (1952) amalgama de tres diferentes cuentos de Maupassant: La masque (La máscara), La maison Tellier (la Casa Tellier) y La modèle (La modelo), ingeniosamente trabados y trabajados para pasar de uno a otro con agilidad y desenvoltura y conseguir un resultado que solo se puede calificar de verdadera joya. En realidad como todo el cine de Ophüls, que parece tocado de una gracia especial. Su ritmo ondulante y armonioso, su elegancia y minuciosidad al abordar las historias, su manera sugerente de rozar las más variadas emociones: el erotismo, la ternura, el temor a envejecer, el ansia de vivir… cualquier tema siempre tratado con una finura y un hacer leve y sutil que nos seduce y nos arrastra suavemente a sus mundos armónicos, minuciosos, complejos, cargados a veces de ironía o de humor y siempre de vida.  


301 cuentos recoge en 2011 la edición en dos volúmenes para Cuentos completos de Guy de Maupassant de Páginas de Espuma Editorial, preparada por Mauro Armiño, con abundante aparato crítico, índices e información sobre sus diferentes adaptaciones a cine y teatro. Y ese número nos da ya idea de lo que puede significar como fuente inagotable de argumentos la portentosa imaginación de este grande de las letras francesas. Cuentos de amor, de guerra, de miedo, de pequeñas miserias o de grandes rencores; divertidos, amargos, irónicos, ácidos, turbadores, inquietantes, terroríficos, pavorosos, espeluznantes… tantos y tan varios: de todo hay. Algunos de ellos no han sido nunca adaptados, pero otros muchos, sí, y con frecuencia, en diferentes ocasiones.
La televisión francesa abordó en los años 2007, 2008 y 2011, la serie Chez Maupassant, en tres entregas que contenían cada una de las temporadas un número notable de sus cuentos, en una realización de gran calidad, que es una delicia visionar. Suponemos que derivada de su éxito o simplemente en el contexto de difundir su literatura, han ido produciendo en la misma línea otra serie en dos temporadas, 2009 y 2010, bajo el título Contes et nouvelles du XIXe siècle, con obras de otros escritores franceses como Balzac. Y ahora que las series están superando al cine en poder de convocatoria no parece una mala recomendación.
Giancarlo Giannini  (Racconti neri, 2007)
Sumamente destacables también son esos excelentes monólogos que Giancarlo Giannini, realizó en 2007 para la serie de la televisión italiana Racconti neri, (Cuentos negros), serie que no tiene desperdicio, compuesta por catorce capítulos de unos cinco minutos, en la que figuran tres relatos escalofriantes de Guy de Maupassant: Pazzo,  (Loco), La morta, (La muerta) y Lettera di un pazzo, (La carta de un loco). La genialidad de Giancarlo Giannini, su maravillosa voz, su excelente dicción, su dominio del gesto y de los ritmos verbales, combinado con una puesta en escena de una acertada sobriedad, centrada en unos primerísimos planos del actor resaltados por la iluminación en soberbio claroscuro, y el eficaz acompañamiento musical… todo en fin sobrecoge al espectador y potencia el relato hasta alturas insospechadas. No hay que perdérselo y se encuentra fácilmente en las redes.

Estos cuentos de terror que figuran entre los escritos en la última fase de su vida responden en gran medida a las pesadillas del autor, que acabó sus días despeñado en la locura, y aún así manteniendo la fortaleza de objetivar sus alucinaciones y narrarlas. A ellos debe esa negrura que flota sobre su imagen, pero hay otro Maupassant también lleno de alegría de vivir, de sensualidad, de lucidez para reflejar la vida alrededor y el goce de estar vivo: el parisino, que allí, en París, pasó la mayor parte de su etapa adulta, protegido por Flaubert a quien desde pequeño conocía y trataba; o el normando, el de la tierra de su infancia, vivida en Étretat, bajo la positiva influencia de su madre, quien le orientaría hacia la creación literaria. Y todavía nos queda otra faceta más de este genio, la patriótica, que le tocó vivir como soldado la guerra francoprusiana, (1870-1871), marcándole hondamente, y que, en consecuencia, aborda a menudo en sus cuentos. Cada una de ellas será punto de partida para infinidad de relatos ricos en tramas, profundidad de observación, variedad de tonos y colores… Y en fin, cualquier contexto o momento de su vida, que de todos ellos sabía generar argumentos y contárnoslos con esa habilidad para captar el interés del lector y  acaparar su atención, propias del buen narrador.

¡Gracias, Guy de Maupassant!  



martes, 19 de julio de 2011

Algunos remakes de obras literarias

"Nunca segundas partes fueron buenas" dice el refrán, pero no parece que esto sea siempre aplicable a las diferentes versiones cinematográficas de una misma historia. Por el contrario, en muchas ocasiones de una nueva adaptación ha surgido una obra tan buena o mejor que la anterior y en cualquier caso siempre algo distinto, porque es en la mirada de quien nos cuenta la historia, no tanto en lo que nos cuenta, donde radica la originalidad de la creación.
Billy Wilder y Jack Lemmon en el rodaje de Primera plana, (1974)
Veamos algún ejemplo de cómo, partiendo de una misma narración, el sello personal y propio de sus diferentes adaptadores puede producir resultados sobresalientes y extremadamente diversos sin que necesariamente desmerezcan en calidad unos de otros.



La novela de Georges de La Fouchardiere, "La Chienne" fue llevada al cine en 1931 por Jean Renoir y en 1945 por Fritz Lang, consiguiendo ambos realizar dos verdaderas joyas, cada uno desde luego desde su propia manera de hacer y su particular concepción del lenguaje cinematográfico.

En La chienne, como también se titula su película, (en España, La golfa), Renoir introduce al espectador en las vidas de los personajes que conforman el eje central de la historia, un triángulo amoroso, haciéndole sentirse como un voyeur que descubriera a hurtadillas las miserias y los anhelos de esos seres, en definitiva unos infelices, que despiertan en nosotros la compasión; incluso los menos inocentes. Sus vidas, mostradas con sencillez en una estética que tiene aún mucho de cine mudo, se entrecruzan hasta finalizar en tragedia. Pero no hay verdaderos malvados: él es un hombre maduro y tímido, ninguneado en su ambiente; ella una mujer joven e inconsciente, con cierto encanto vulgar; el otro, un vividor y un desaprensivo, pero víctima inopinada de sus actos; y los cuadros, que el protagonista pinta como vía de escape a una vida gris en un hogar infeliz, los instrumentos que los mantengan unidos hasta que el drama estalle.


Ésta es también la historia que el austríaco Fritz Lang, maestro del expresionismo alemán, desarrolla en Scarlet Street, (Perversidad, 1945), pero aquí, a partir de la inicial candidez y apocamiento del personaje principal, el director acentúa los tintes de maldad, mostrándonos el descenso a los infiernos del engañado, la perfidia de la engañadora y la brutalidad de su amante, un tipo despiadado. La historia es la misma, la mirada del director muy otra. La estética en que nos la envuelve, también. No suscita nuestra indulgencia para con sus personajes como nos pasaba con Renoir porque el asunto no está tratado como entonces con ternura.

No sería la última vez que Fritz Lang realizara una segunda versión de alguna película de Renoir. Lo volvería a hacer con  Human Desire (Deseos Humanos, 1954), revisitación de La bête humaine (La bestia humana), adaptación que Renoir efectúa en 1938 sobre la novela homónima de Emile Zola.



Estamos de nuevo ante un trío -él, ella y el otro- que cada director lleva a su terreno desde su personalísimo estilo. Mientras Jean Renoir pone el acento en el amante, interpretado con acierto por Jean Gabin, Fritz Lang concentra en la pareja de casados toda la fuerza de un melodrama de altura, ejemplo además del mejor cine negro, terreno en que tan bien se movía. (No es casual que Glenn Ford y Gloria Grahame fueran los protagonistas de su anterior film, el policíaco Los sobornados, de resultados tan brillantes que repite ahora con los mismos actores).



Renoir, más fiel a la novela de Zola, se detiene especialmente en la misoginia del amante, un ferroviario marcado por el estigma hereditario de la locura; Lang prefiere turbarnos con el malestar del matrimonio, una pareja imposible. Y así carga las tintas sobre ese marido celoso, lleno de rencor y rabia contenida; a su lado la mujer, una Gloria Grahame desbordando morbo y seducción. Y un poco en segundo término, el amante, componiendo un trío que nos desvela aspectos sombríos de una misma pasión, sentimientos entrelazados como las vías del ferrocarril que le sirven de metáfora, Una película magistral, poderosa, como casi todos los films de su autor.
Detengámonos ahora en la novela de James M. Cain El cartero siempre llama dos veces, frecuentemente versionada. Fijémonos en dos adaptaciones interesantes, la realizada, con el mismo título, The postman always rings twice, por Tay Garnett en 1946, y la menos conocida, Ossessione, (Obsesión) que Luchino Visconti había dirigido en 1943.



La de Visconti, anterior en el tiempo, contextualiza la historia en el entorno desolador de una Italia en guerra, enmarcando el drama dentro de un drama aún mayor, un ámbito donde el amor pasional, destructivo, obsesivo de la pareja enamorada arrastra, casi sin remedio, a estos dos desgraciados a cometer un acto horrendo de consecuencias irreversibles. En ese clima hasta el sentimiento amoroso parece haberse contagiado de muerte y destrucción. Visconti nos lo narra con su visión pesimista, sin miramientos, con sequedad, logrando una obra cargada de fatalismo y poesía, paradójicamente considerada por la mayoría como el inicio del cine neorrealista italiano.

Garnett, mucho más fiel a la novela, enfocó el material de James M. Cain desde la perspectiva de un thriller, consiguiendo realizar un absorbente ejercicio de suspense que permanece como un clásico del cine negro. Los amantes no son aquí dos desgraciados empujados al crimen por la fatalidad. No hay justificantes que amortigüen sus actos, saben perfectamente lo que hacen y son por completo libres de no hacerlo; es la combinación de ambición y lujuria sin atenuantes lo que les mueve. Aunque, claro, como en toda novela de James M. Cain, ella sea siempre la verdadera desalmada y el hombre tenga mucho de juguete en sus manos.



Busquemos ahora en otro género. Un nuevo ejemplo de lo que diferentes visiones de un mismo original pueden suponer lo encontramos en la comedia de Ben Hecht y Charles MacArthur, The Front Page, ampliamente aclamada en los teatros de Broadway antes de ser llevada al cine en diferentes ocasiones, dos de ellas, al menos, afortunadísimas.

La personalidad de Ben Hecht, guionista, dramaturgo, novelista y periodista está detrás de muchos grandes guiones del cine de Hollywood de los años dorados; en este caso se trata de una obra de teatro, imaginativa, de ingeniosos diálogos y extraordinariamente divertida, sobre el poder de la prensa, las corruptelas políticas y la problemática de la pena de muerte.

No son las únicas versiones cinematográficas que se hicieron de esta comedia, pero sí dos adaptaciones geniales que subrayan nuestra afirmación de cómo cada puesta en escena de un texto puede producir un nuevo resultado a la altura tanto del original como de anteriores miradas. Cierto que en este caso hablamos de teatro, cuyos títulos se han escrito para ser interpretados, no sólo leídos. Pero también en estos casos una puesta en escena de talento significa una nueva creación: Howard Hawks en 1940 con Luna nueva y Billy Wilder en 1974 con Primera plana lo consiguen con creces.



La película de Hawks, His Girl Friday (Luna nueva), divertida, ácida y cínica, avanza a ritmo frenético y en un tono enloquecido, con diálogos superpuestos y veloces, que tanto influirían en directores más modernos como Woody Allen. Para mayor comicidad, en el guión se ha cambiado el sexo de los protagonistas que entablan una delirante batalla de pareja apoyada en el talento interpretativo de Cary Grant y Rosalind Russel, sensacionales en medio de un reparto también más que notable. Hawks consigue realizar una extraordinaria comedia, conceptuada entre las mejores películas de este genio del cine que nos dejó tantos títulos insignes.
Cary Grant y Rosalind Russel en Luna nueva, (1940)








The Front Page, (Primera plana), la versión que Billy Wilder haría un cuarto de siglo después, es también otra obra maestra de la sátira y la comedia. Igual de divertida e incluso quizá más ácida y más cínica. Más fiel al original y desarrollada con un perfecto pulso narrativo, avanza como un hilarante duelo entre Jack Lemmon y Walter Matthau, genial pareja del cine cómico, que están espléndidos sacando todo el jugo a una prosa mordaz y caústica por demás; saltando veloces de agudeza en agudeza, mientras el ingenio y la gracia de Billy Wilder parece tener siempre escondida otra carta preparada para volver a sorprendernos y seguir haciéndonos reír.

La versión de Billy Wilder no tuvo demasiado éxito de entrada, quizá porque, al estrenarse en un momento en que la comedia no estaba muy de moda, se la juzgó como algo anticuada para la época; justo lo contrario de lo que le sucedería a Hawks con la suya, tan moderna al convertir a los protagonistas en pareja cuando el trabajo femenino cualificado era todavía una rareza de vanguardia.

La golfa, Perversidad, La bestia humana, Los sobornados, Deseos humanos, Obsesión, El cartero siempre llama dos veces, Luna nueva, Primera plana... títulos geniales. Pero es que detrás de ellos se esconde mucho talento: en la narración, en el guión, la dirección, la técnica, la interpretación... Todas ellas son películas que no hay que perderse, porque se trata de joyas del cine que nos enriquecen y nos dicen algo más cada vez que volvemos a visitarlas.