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martes, 14 de agosto de 2018

Tres películas de Louis Malle: Le souffle au coeur, Lacombe Lucien, Au revoir les enfants


Contemporáneo de la nouvelle vague, no puede decirse que Louis Malle, (1932-1995), formara parte de ella, porque este cineasta francés fue siempre un espíritu libre, ajeno a cualquier tipo de escuelas o corrientes.

Louis Malle
Nacido en el norte de Francia, en un medio muy acomodado, estudió en diversos  internados católicos, que luego retratará  en su más celebrada película, (Au revoir les enfants), y a continuación se inscribe en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos, en donde conocerá a Cousteau y con quien empieza muy pronto a rodar documentales. En 1958 pasa a contar historias con la realización de dos películas extremadamente románticas, Ascensor para el cadalso, un excelente thriller a ritmo del jazz de Miles Davis y Dizy Gillespie, y Los amantes, un alegato antiburgués extremadamente romántico; ambas a cargo de sus dos actores fetiches: Maurice Ronet y Jeanne Moreau.

Vendrían luego Zazie dans le metro (1960), pintoresca mirada sobre el mundo de la infancia en clave de comedia, y Fuego fatuo, (1963), filosófica reflexión, acentuadamente pesimista, sobre el sentido de la vida. Tampoco abandona su faceta de documentalista a la que volverá para filmar Calcuta en 1968 y que, de nuevo en Francia, practicaría en sucesivas ocasiones a lo largo de la década siguiente, siempre alternando documental y ficción.

En aquellos años setenta realiza también sus dos películas más conflictivas y que por distintos motivos levantan en su día oleadas de indignación: Un soplo en el corazón (1971) y Lacombe Lucien (1974). La primera, porque sacude nuestros tabúes más interiorizados; la segunda, cuando ya se ha olvidado la contestación que desencadenó la primera, porque presenta ante sus compatriotas una imagen muy poco halagüeña de los franceses durante la Ocupación, provocando con ello escándalo y desasosiegos.

En plena polémica decide emigrar a Estados Unidos y allí realizaría antes de volver a su país natal al menos otras dos películas interesantes, La pequeña, (Pretty Baby, 1978), y la muy premiada Atlantic City, (1980), particularmente brillante, con un veterano Burt Lancaster y una Susan Sarandon despuntando como famosa. A mediados de los 80 regresa a Francia y realiza todavía, antes de su temprana muerte, cuatro películas más, entre ellas Au revoir les enfants, considerada su consagración.

El mundo de la infancia y los estragos de la segunda guerra mundial son los temas desarrollados en ella, y son también dos de las más hondas preocupaciones que afloran persistentemente en su cine. De hecho esas son las claves que desarrolla en sus dos películas polémicas: Le souffle au coeur y Lacombe Lucien.

En Le souffle au coeur, (Un soplo en el corazón, 1971), nos cuenta, con delicadeza y sensibilidad, en un tono alegre y desenfadado, y envuelta en la música de Charlie Parker, la espinosa historia de iniciación sexual de un adolescente, ambientada en los años 50, con una esplendida Lea Massari en el papel de madre del protagonista. La película, llena de detalles autobiográficos, de personajes, situaciones y diálogos de su propia infancia, sorprendió enormemente por esa manera que tiene Louis Malle tan singular de volver sobre el pasado. La forma en que nos presenta la relación incestuosa entre madre e hijo el verano en que el joven convalece de una lesión de corazón, con ligereza, humor, sin consecuencias traumáticas ni dramatismo alguno, desconcertó al espectador, que, aunque seguramente algo inquieto y escandalizado, respondió con verdadero interés al relato. La película obtuvo así gran éxito de taquilla y de crítica, en paralelo con los dardos y reproches que le llovieron.

El malestar del público se haría aun más evidente en su siguiente película, Lacombe Lucien (1974) que abriría heridas en la autoestima de los franceses, enfrentados a una visión de sus conductas ciudadanas bajo la ocupación alemana que casi todos preferirían olvidar.

Lucien Lacombe tiene 18 años en 1944. Vive en la Francia de Vichy, o mejor, malvive, ejerciendo tareas insignificantes, pero quiere mejorar su status, aunque no tiene oficio ni beneficio. Ha tratado de ingresar en la resistencia donde militó su padre y ha sido rechazado, así que opta por unirse a los que trabajan para los alemanes, una forma rápida de escapar de su miseria y sentirse en una posición de poder con respecto a sus compatriotas. 

Las cosas son como son y él no las juzga, simplemente trata de sacar el mejor partido. Y todo marcha bien para él hasta que tropieza con dos judíos, padre e hija que sobreviven ocultándose de los alemanes y Lucien se implica en el dramatismo de su situación al prendarse de la joven y establecer con ella una relación amorosa. A partir de aquí ya nada será fácil para él.

Parece que se trata de un caso real que Louis Malle utiliza para enfrentarse a la que fue postura frecuente de los franceses ante la Ocupación, un asunto espinoso que no deja demasiado bien a sus compatriotas y que en las primeras décadas de la postguerra se trató de soslayar, al menos hasta 1969 en que Marcel Ophuls presentó su documental sobre el colaboracionismo Le chagrín et la pieté, (La pena y la piedad), que en su momento levantó ronchas. Estaban bien las películas sobre la resistencia, dejaban alta la moral de los franceses, héroes luchando por la libertad. Pero nadie se quería plantear cómo había sido mayoritariamente esa sociedad civil francesa ni como valoraba las actitudes de los ocupantes. Simplemente se aceptaba que la derrota llevaba sin más a la prudente sumisión, desde luego involuntaria y vivida como frustración.

Esta película de Louis Malle nos deja entrever otra Francia, la que no está tan lejos del antisemitismo nazi, desvelando unos prejuicios bastante arraigados y extendidos también en la sociedad francesa. El director no quiere tomar partido; se limita a mostrar un tejido de acciones y reacciones que lleven al espectador a percibir el amasijo de nexos contradictorios a que la situación daba lugar, para que sea él quien se enfrente a su propio juicio moral.
   
Bien ambientada, buenas interpretaciones de actores desconocidos, excelente iluminación, canciones de la época sabiamente elegidas… todo contribuye a hacer de ella una historia muy creíble que impacta tanto por su valentía en el tratamiento del tema, abordado desde una óptica tan atrevida, como por su buena factura.

Ambas películas escandalizaron con esa manera tan suya de desarrollar el relato sin implicarse en juicios de valor, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones y mostrando, eso sí, que la realidad es siempre mucho más compleja de lo que a primera vista parece.

Au revoir les enfants (Louis Malle, 1987)

Aunando estas inquietudes, infancia y segunda guerra mundial, Louis Malle consigue en 1987 exorcizar sus demonios familiares en una película madura y bellísima, Au revoir les enfants, que supone su consagración definitiva. En ella desarrolla una historia vivida en su niñez y que según confesaba le había perseguido siempre.

Estamos en 1944, en un internado católico que da refugio a niños judíos. Cuando el curso ya ha comenzado aparece un nuevo alumno y asistimos a la entrañable amistad que surge entre el recién llegado y otro escolar del centro, en quien no es difícil adivinar el retrato del propio Louis Malle niño; la vida transcurriendo durante la Ocupación a través de la mirada de esos escolares; el tiempo de permanencia allí escondido de este alumno nuevo hasta que la Gestapo fatalmente llega para llevárselo… No hay juicios de valor explícitos, las cosas sucedieron como sucedieron y el dramatismo de lo expuesto está más en lo que se adivina que en lo que se ofrece a nuestros ojos, pero la culpa de Europa en el Holocausto sí se desprende de sus imágenes.

La película emotiva, dura y tierna a la vez, sutil y contenida, constituye un hermoso retrato de la adolescencia sobre el fondo duro y trágico de la Francia ocupada.

Louis Malle consigue en ella cuajar una historia dolorosa y conmovedora que le afecta personalmente, (hasta el punto de confesar haber llorado durante su primera proyección), manteniendo esa particular actitud que le define; esa voluntad de mirar el mundo con curiosidad y sorpresa, pero sin emitir juicios de valor, porque no pretende dar lecciones y porque las imágenes ya dicen bastante incluso en lo que callan para que el espectador saque sus propias conclusiones.

lunes, 3 de octubre de 2011

Balzac y el cine: los Birotteau

Tuvo que ser inmensa la energía empleada por Balzac para levantar ese variadísimo edificio de historias que nos regaló y que encierra toda una época, pero la primera impresión que produce la lectura de sus obras es de facilidad, como si se tratase de algo logrado sin esfuerzo por quien, más que servirse de la vida, la derrochara a manos llenas.

Porque vida es lo que habita en sus novelas, la vida francesa de su tiempo, de esa Francia que es para él el centro del mundo. Su mirada alcanza allí a todos los rincones y los puebla de seres de todo tipo y condición. Son sus criaturas formas elementales de una sociedad en la que no existen medias tintas ni perfiles intermedios; personajes, esquemáticos, pero que ganan en intensidad lo que pierden en riqueza de matices. De su mente van saliendo a miles sus héroes, pero no se mueven ya en un mundo heroico, que la sociedad francesa ha abandonado sus sueños de conquista, olvidados tras la aventura napoleónica; son otras sus ambiciones y, con ellas, otras también sus conductas, aunque no por eso menos graves sus desgracias. "Mis novelas burguesas son más trágicas que vuestras tragedias heróicas" responde Balzac al desdén de los románticos.

Y, en efecto, sus personajes desbordan pasión, una pasión, cualquiera que sea. No importa lo que puedan ambicionar: amor, poder, lujo, placer.... siempre hay una pasión dominante y dominadora en sus vidas. Y entre todas, una se agiganta: la pasión por el dinero. Su presencia es abrumadora, aflora debajo de cada sentimiento y de cada acción... y es también la más recóndita del novelista, a quien el destino, con esa ironía que a veces se reserva, decretó una ruina infamante. Él, que había conquistado fortunas para sus criaturas, no supo retener riquezas y vivió eternamente agobiado por las deudas.

Pero compensa sus carencias con las emociones de sus personajes; las experimentaba todas. No tenía una filosofía de vida estable, sus creencias oscilaban; primero liberal y luego legitimista, asumía y abandonaba todas las ideas con las que dotaba de vida sus sueños, dejándose arrastrar por los anhelos y emociones de esos seres que engendraba, confundiéndolos casi con su realidad; Balzac llamando en su lecho de muerte al doctor Bianchon, personaje de la Comedia Humana, es anécdota de un hecho que "se non  e vero e ben trovato", porque refleja la intensa identificación del autor con sus criaturas. Desvelar las vivencias de estos seres que le habitan, alentar sus deseos, estimularlos... ese es su trabajo. Y el trabajo para Balzac es como una droga que aplaca su hambre de vida; un esfuerzo inmenso para componer una obra desmesurada y desordenada, que no necesita de armonía para lograr belleza. Encerrado en los muros de su fantasía, pues no es de los que bucean en bibliotecas, asombra la variedad de conocimientos que abarca su obra. Por qué caminos misteriosos se hizo con ese saber enciclopédico quizá sólo lo explique su insólita capacidad de observación y de retentiva, pero ese saber intuitivo, inmenso, incomparable singulariza su genio.

Dos productos de ese genio singular, dos historias de las que el cine también se ha ocupado, son las que relatan las desdichas de los hermanos Birotteau: César y François. La historia del primero nos la cuenta en una de las más famosas novelas de ese fresco que constituye La comedia humana, Grandeza y decadencia de César Birotteau, publicada en 1837 e incluida en la serie de Escenas de la vida parisina. La del segundo, François, es algo anterior, pues ve la luz en 1832, y forma parte del ciclo de Escenas de la vida de provincias, bajo el título El cura de Tours.

César Birotteau, propietario de la perfumería "La reina de las rosas" en el corazón de París es un hombre sencillo y de acrisolada honradez que, por una combinación de suerte y trabajo, ha llegado a alcanzar una prosperidad envidiable, lo que, dicho sea de paso, acentúa un rasgo antipático de su carácter, la vanidad. Un asunto en apariencia menor dará al traste con toda su fortuna. Y  ahogándose bajo una montaña de deudas luchará, con tenaz esfuerzo, para pagar hasta el último céntimo, aunque ello acabe con su salud y su vida.

Las desventuras de su hermano François, El cura de Tours acontecen en un entorno provinciano, donde el abate Birotteu nos es presentado como un plácido sacerdote, satisfecho de sí mismo y de la vida, un alma cándida que, en virtud de un imprudente contrato, se verá metido en pleitos y reducido a un final miserable. Con su finura de análisis Balzac se mueve por la trama del relato, que a partir de una nimiedad va adquiriendo proporciones insospechadas, desvelándonos cómo un tejido de chismes, mezquindades y enredos pueden, sabiamente manejados, entretejerse con intereses políticos, de manera que el poder acabe descargando su mano fría sobre un incauto e inocente ciudadano.

Con precisión cruel, Balzac va describiendo el laberinto de intrigas en que ambos hermanos se ven envueltos, desplegando, en diferentes entornos unas historias bastante paralelas. Si César, que había conseguido hacerse rico, cae en manos de especuladores inmorales que le precipitan en la quiebra, François, ese humilde vicario, se ve despojado también de todo, sin que llegue a entender las razones de su ruina. El cura de Tours, de cortos alcances como su hermano pero más débil de carácter y algo mezquino, verá su vida desbaratada cuando, despojado de su rutina y sus comodidades domésticas que son todo su horizonte, se encuentre enfrentado a las maquinaciones del terrible abate Troubert.

Entre películas y series de televisión pasan del centenar los títulos que se ocupan de llevar a imágenes las historias de Balzac. Podríamos habernos detenido en otras, La duquesa de Langeais, frecuentemente adaptada a la pantalla, (la última ocasión, en 2007 por Jacques Rivette), La prima Bette (dirigida por Des McAnuff en 1998), Eugenia Grandet (que Pilar Miró realizara para la serie Los libros de TVE en 1996), El coronel Chabert, (Yves Angelo, 1994)... por citar sólo algunas,  pero las peripecias de los Birotteau nos ponen en contacto con dos aspectos interesantes de la personalidad de Balzac. El primero, su apego a las cosas materiales, las constantes deudas a que le lleva esa pasión y la persecución de que por ello es objeto. Sin duda ha puesto mucho de su experiencia personal en los apuros de César frente a sus acreedores; no podría ser de otra forma cuando él mismo cargó sobre sus hombros con una montaña de deudas.

El segundo, su visión del poder temporal de la iglesia, que como integrista defiende, y que paradójicamente le lleva en sus novelas a enormes contradicciones.  El ambiente clerical que envuelve a El cura de Tours, los enredos de sacristía y de salón que aquí desarrolla, confieren a esta narración un carácter especial. Y vemos en ella al pobre abate Birotteau inerme ante una sociedad que no quiere enfrentarse con el poder de la iglesia, un poder formidable, que esta misma sociedad acaba de restaurar y con el que no osa entrar en conflicto. Porque la trama se desarrolla en la Francia de la Restauración Borbónica, que, obligada a aceptar algunas realidades surgidas de la Revolución, como la monarquía constitucional y el parlamentarismo, está intentando, resentida, una vuelta al Antiguo Régimen desde las posturas más intransigentes y revanchistas.

El cura de Tours de Gabriel Axel (1980)
Claro que la obra está escrita en los años treinta, cuando ya la mayoría liberal había dado al traste con la Restauración Borbónica y Francia se encontraba en plena monarquía de Luis Felipe, donde las posturas legitimistas gozaban de poco predicamento. Y, por otra parte, también Balzac sabía jugar con la ambigüedad para adaptar lo político a sus propios intereses, aunque siempre abrazando causas perdidas y siempre a la contra de lo establecido.

La historia de César resulta por su parte un fiel reflejo del momento histórico en que está escrita y ambientada, un tiempo de prosperidad económica y enriquecimiento rápido, cuando sin embargo no son raros los cambios de fortuna y el encarcelamiento por deudas amenaza implacable a los que pasan apuros pecuniarios. Bien lo conocía Balzac que en 1835 hasta tuvo que disfrazarse de mujer para eludir el asedio de los recors, los agentes que efectuaban las detenciones de los deudores morosos.

Son dos obras que figuran entre lo mejor de su producción. La historia de César cuenta con dos adaptaciones en cine mudo, ya que fue versionada en fechas tan tempranas como 1911 y 1921. Y de nuevo la lleva a la pantalla en 1977, René Lucot, en una adaptación de Jacques Remy, bajo el título César Birotteau. De la de su hermano François hay una estupenda versión para la televisión francesa, realizada en 1980 por Gabriel Axel, bajo el mismo título del relato, Le cure de Tours, con una certera puesta en escena, extremadamente fiel al original.

También de la biografía del novelista se ha ocupado el medio televisivo. Josée Dayan realizó, en 1999,  Balzac, una vida entregada a la pasión, magnífica serie, con un reparto excelente, donde figuras de la talla de Gerard Depardieu, Fanny Ardant, Jeanne Moreau y Virna Lisi encarnan con sabiduría y buen hacer los principales personajes de una narración biográfica más que convincente.