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lunes, 3 de octubre de 2011

Balzac y el cine: los Birotteau

Tuvo que ser inmensa la energía empleada por Balzac para levantar ese variadísimo edificio de historias que nos regaló y que encierra toda una época, pero la primera impresión que produce la lectura de sus obras es de facilidad, como si se tratase de algo logrado sin esfuerzo por quien, más que servirse de la vida, la derrochara a manos llenas.

Porque vida es lo que habita en sus novelas, la vida francesa de su tiempo, de esa Francia que es para él el centro del mundo. Su mirada alcanza allí a todos los rincones y los puebla de seres de todo tipo y condición. Son sus criaturas formas elementales de una sociedad en la que no existen medias tintas ni perfiles intermedios; personajes, esquemáticos, pero que ganan en intensidad lo que pierden en riqueza de matices. De su mente van saliendo a miles sus héroes, pero no se mueven ya en un mundo heroico, que la sociedad francesa ha abandonado sus sueños de conquista, olvidados tras la aventura napoleónica; son otras sus ambiciones y, con ellas, otras también sus conductas, aunque no por eso menos graves sus desgracias. "Mis novelas burguesas son más trágicas que vuestras tragedias heróicas" responde Balzac al desdén de los románticos.

Y, en efecto, sus personajes desbordan pasión, una pasión, cualquiera que sea. No importa lo que puedan ambicionar: amor, poder, lujo, placer.... siempre hay una pasión dominante y dominadora en sus vidas. Y entre todas, una se agiganta: la pasión por el dinero. Su presencia es abrumadora, aflora debajo de cada sentimiento y de cada acción... y es también la más recóndita del novelista, a quien el destino, con esa ironía que a veces se reserva, decretó una ruina infamante. Él, que había conquistado fortunas para sus criaturas, no supo retener riquezas y vivió eternamente agobiado por las deudas.

Pero compensa sus carencias con las emociones de sus personajes; las experimentaba todas. No tenía una filosofía de vida estable, sus creencias oscilaban; primero liberal y luego legitimista, asumía y abandonaba todas las ideas con las que dotaba de vida sus sueños, dejándose arrastrar por los anhelos y emociones de esos seres que engendraba, confundiéndolos casi con su realidad; Balzac llamando en su lecho de muerte al doctor Bianchon, personaje de la Comedia Humana, es anécdota de un hecho que "se non  e vero e ben trovato", porque refleja la intensa identificación del autor con sus criaturas. Desvelar las vivencias de estos seres que le habitan, alentar sus deseos, estimularlos... ese es su trabajo. Y el trabajo para Balzac es como una droga que aplaca su hambre de vida; un esfuerzo inmenso para componer una obra desmesurada y desordenada, que no necesita de armonía para lograr belleza. Encerrado en los muros de su fantasía, pues no es de los que bucean en bibliotecas, asombra la variedad de conocimientos que abarca su obra. Por qué caminos misteriosos se hizo con ese saber enciclopédico quizá sólo lo explique su insólita capacidad de observación y de retentiva, pero ese saber intuitivo, inmenso, incomparable singulariza su genio.

Dos productos de ese genio singular, dos historias de las que el cine también se ha ocupado, son las que relatan las desdichas de los hermanos Birotteau: César y François. La historia del primero nos la cuenta en una de las más famosas novelas de ese fresco que constituye La comedia humana, Grandeza y decadencia de César Birotteau, publicada en 1837 e incluida en la serie de Escenas de la vida parisina. La del segundo, François, es algo anterior, pues ve la luz en 1832, y forma parte del ciclo de Escenas de la vida de provincias, bajo el título El cura de Tours.

César Birotteau, propietario de la perfumería "La reina de las rosas" en el corazón de París es un hombre sencillo y de acrisolada honradez que, por una combinación de suerte y trabajo, ha llegado a alcanzar una prosperidad envidiable, lo que, dicho sea de paso, acentúa un rasgo antipático de su carácter, la vanidad. Un asunto en apariencia menor dará al traste con toda su fortuna. Y  ahogándose bajo una montaña de deudas luchará, con tenaz esfuerzo, para pagar hasta el último céntimo, aunque ello acabe con su salud y su vida.

Las desventuras de su hermano François, El cura de Tours acontecen en un entorno provinciano, donde el abate Birotteu nos es presentado como un plácido sacerdote, satisfecho de sí mismo y de la vida, un alma cándida que, en virtud de un imprudente contrato, se verá metido en pleitos y reducido a un final miserable. Con su finura de análisis Balzac se mueve por la trama del relato, que a partir de una nimiedad va adquiriendo proporciones insospechadas, desvelándonos cómo un tejido de chismes, mezquindades y enredos pueden, sabiamente manejados, entretejerse con intereses políticos, de manera que el poder acabe descargando su mano fría sobre un incauto e inocente ciudadano.

Con precisión cruel, Balzac va describiendo el laberinto de intrigas en que ambos hermanos se ven envueltos, desplegando, en diferentes entornos unas historias bastante paralelas. Si César, que había conseguido hacerse rico, cae en manos de especuladores inmorales que le precipitan en la quiebra, François, ese humilde vicario, se ve despojado también de todo, sin que llegue a entender las razones de su ruina. El cura de Tours, de cortos alcances como su hermano pero más débil de carácter y algo mezquino, verá su vida desbaratada cuando, despojado de su rutina y sus comodidades domésticas que son todo su horizonte, se encuentre enfrentado a las maquinaciones del terrible abate Troubert.

Entre películas y series de televisión pasan del centenar los títulos que se ocupan de llevar a imágenes las historias de Balzac. Podríamos habernos detenido en otras, La duquesa de Langeais, frecuentemente adaptada a la pantalla, (la última ocasión, en 2007 por Jacques Rivette), La prima Bette (dirigida por Des McAnuff en 1998), Eugenia Grandet (que Pilar Miró realizara para la serie Los libros de TVE en 1996), El coronel Chabert, (Yves Angelo, 1994)... por citar sólo algunas,  pero las peripecias de los Birotteau nos ponen en contacto con dos aspectos interesantes de la personalidad de Balzac. El primero, su apego a las cosas materiales, las constantes deudas a que le lleva esa pasión y la persecución de que por ello es objeto. Sin duda ha puesto mucho de su experiencia personal en los apuros de César frente a sus acreedores; no podría ser de otra forma cuando él mismo cargó sobre sus hombros con una montaña de deudas.

El segundo, su visión del poder temporal de la iglesia, que como integrista defiende, y que paradójicamente le lleva en sus novelas a enormes contradicciones.  El ambiente clerical que envuelve a El cura de Tours, los enredos de sacristía y de salón que aquí desarrolla, confieren a esta narración un carácter especial. Y vemos en ella al pobre abate Birotteau inerme ante una sociedad que no quiere enfrentarse con el poder de la iglesia, un poder formidable, que esta misma sociedad acaba de restaurar y con el que no osa entrar en conflicto. Porque la trama se desarrolla en la Francia de la Restauración Borbónica, que, obligada a aceptar algunas realidades surgidas de la Revolución, como la monarquía constitucional y el parlamentarismo, está intentando, resentida, una vuelta al Antiguo Régimen desde las posturas más intransigentes y revanchistas.

El cura de Tours de Gabriel Axel (1980)
Claro que la obra está escrita en los años treinta, cuando ya la mayoría liberal había dado al traste con la Restauración Borbónica y Francia se encontraba en plena monarquía de Luis Felipe, donde las posturas legitimistas gozaban de poco predicamento. Y, por otra parte, también Balzac sabía jugar con la ambigüedad para adaptar lo político a sus propios intereses, aunque siempre abrazando causas perdidas y siempre a la contra de lo establecido.

La historia de César resulta por su parte un fiel reflejo del momento histórico en que está escrita y ambientada, un tiempo de prosperidad económica y enriquecimiento rápido, cuando sin embargo no son raros los cambios de fortuna y el encarcelamiento por deudas amenaza implacable a los que pasan apuros pecuniarios. Bien lo conocía Balzac que en 1835 hasta tuvo que disfrazarse de mujer para eludir el asedio de los recors, los agentes que efectuaban las detenciones de los deudores morosos.

Son dos obras que figuran entre lo mejor de su producción. La historia de César cuenta con dos adaptaciones en cine mudo, ya que fue versionada en fechas tan tempranas como 1911 y 1921. Y de nuevo la lleva a la pantalla en 1977, René Lucot, en una adaptación de Jacques Remy, bajo el título César Birotteau. De la de su hermano François hay una estupenda versión para la televisión francesa, realizada en 1980 por Gabriel Axel, bajo el mismo título del relato, Le cure de Tours, con una certera puesta en escena, extremadamente fiel al original.

También de la biografía del novelista se ha ocupado el medio televisivo. Josée Dayan realizó, en 1999,  Balzac, una vida entregada a la pasión, magnífica serie, con un reparto excelente, donde figuras de la talla de Gerard Depardieu, Fanny Ardant, Jeanne Moreau y Virna Lisi encarnan con sabiduría y buen hacer los principales personajes de una narración biográfica más que convincente.

lunes, 14 de marzo de 2011

Las amistades peligrosas: una mirada libertina

Los intrincados caminos recorridos por el término "libertino" para acabar significando hombre de costumbres depravadas han enredado la madeja sin necesidad, porque este sentido estaba ya latente en el vocablo desde su aparición. Libertino era el nombre que Roma había dado al hijo del liberto o esclavo manumitido, y desde sus comienzos ya quería señalar al que no sabe usar la libertad de que goza.

En el discurrir de los tiempos el término va engrosando su contenido semántico y cargándose de matices y a partir del siglo XVI en su significado predominan ya, confundidos, dos conceptos: libertino es el impío, el ateo, el incrédulo; y también, el depravado, el licencioso, el disoluto. A lo largo del XVIII se va abriendo paso cierta concepción hedonista de la vida, que convierte el goce sensual en valor preferente, y esa moral se irá afirmando conforme nos acerquemos a 1789, cuando la Revolución Francesa liquide el sistema de valores sociales y religiosos del Antiguo Régimen.
Entonces, en medio de una atmósfera de carpe diem, frente a un mundo que se derrumba (caos económico, deterioro de la imagen del poder, rechazo del orden constituido...) y  a la entronización de nuevos valores, (razón, naturaleza, libertad), el libertino, en su doble vertiente de incrédulo y depravado, se irá descargando en gran medida de su rebeldía religiosa para enaltecer su búsqueda del placer,  nuevo dios y única meta de la existencia.
Se trata de una atmósfera moral que al principio se insinúa solamente en Versalles, pero que lentamente va a ir salpicando a toda la sociedad, francesa primero y europea después. Y en este contexto se mueven los personajes de la novela que nos ocupa, deudora, claro, de su tiempo y su reflejo.
El autor de la obra, Choderlos de Laclos, (1741-1803)  es un militar, frustrado en su carrera, tal vez también en su vida amorosa y fracasado además en su actividad como escritor,  hasta que le llega el éxito con la publicación en 1782 de esta joya. La estampa que nos ofrece de una aristocracia frívola y egocéntrica, ajena y despreocupada de las miserias de su entorno, paseando su vida ociosa por lujosas villas y palacios rococós, fue juzgada con severidad por sus superiores, que, conscientes enseguida del contenido incendiario de la obra, sancionaron al autor. Pero la novela obtuvo desde el primer momento un éxito abrumador y rescató definitivamente del olvido a su creador.
Echemos un vistazo a sus principales personajes, a sus andanzas y fechorías: El vizconde de Valmont, un libertino que pulula en ese ambiente prerrevolucionario, uno de tantos si no se tratara de un antiguo amante de la Marquesa de Merteuil a quien ésta enredará en un juego peligroso; y, la propia marquesa, una especie de Casanova femenino, diabólica, maquiavélica y astuta, poseída por una avasallante obsesión erótica y una ira contenida que desfoga corrompiendo tiernas e inocentes jovencitas; Valmont será el instrumento oportuno para su cínico ejercicio, una marioneta en sus manos.
La lectura de las cartas que ambos se cruzan desvela sus intrigas y su voluntad corruptora. En ellas brilla, nítida, la figura de sagaz y malvada de la marquesa, su mente racionalista, la frialdad de su carácter, su autodominio, el análisis lúcido y distante de sus más íntimos impulsos, dominando abrumadoramente la narración.
El perfil de su contrapunto, Valmont, es el de un profesional del erotismo dieciochesco, vanidoso, mas depravado que malo y con un punto de inconsciente ingenuidad. Valmont, a quien ella persuade y obliga a entrar en su pérfido juego, con la misión de seducir y corromper a la incauta doncella blanco de su venganza, que venganza parece su afán de corromperla y despojarla de la inocencia tan valorada en esa sociedad que ella desprecia y secretamente burla, tras una hipócrita apariencia de sumisión a sus valores.
Esta pareja despliega sus artes del disimulo, moviéndose con elegancia  y aparente honestidad por ese mundo, mientras urden sus maquinaciones y se lanzan sobre sus inexpertas víctimas, conscientes de que sus privilegios de cuna les garantizarán un alto grado de impunidad. 

El cine  y la televisión se han interesado con frecuencia en recrear esta novela e incluso hay una composición operística, The dangereous liasons de Conrad Sousa, estrenada en San Francisco en 1994. En televisión la historia ha sido objeto de diferentes series : una colombiana, estrenada en 1998, bajo el título de Perro amor, y dos francesas, con el mismo de la novela, Las relaciones peligrosas; la primera dirigida por Claude Barma en 1980 y la segunda por Josée Dayan en 2003, con Catherine Deneuve, Rupert Everett y Nastassja Kinski en sus papeles principales.

Y en cuanto al cine propiamente dicho existen al menos cinco versiones en los últimos cincuenta años. La más lejana en el tiempo, una adaptación titulada, Las relaciones peligrosas, realizada en 1959 por Roger Vadim, con un grande de la escena francesa, Gérard Philipe, en el papel del vizconde.Ya había asumido este inolvidable actor la apariencia de un personaje dieciochesco en la deliciosa Si Versalles pudiera hablar (1952), de Sacha Guitry, todo un icono del cine francés. Y  reencarnó también con arte y asombroso parecido físico la figura de Modigliani en una delicada versión que de su vida efectuara Jacques Bécquer, en 1957, Montparnasse 19. Inolvidable además en otras muchas, su interpretación de Valmont constituyó su penúltima aparición ante las cámaras, ya que desgraciadamente moriría, en plena juventud, a poco de terminar el rodaje de La Fièvre monte al Pao en 1959.  

Volviendo a las amistades peligrosas y sus adaptaciones al cine, las más recientes son Scandal (2003) de Je Yong Lee, versión muy libre de la obra, y Crueles intenciones (1999), que Roger Kumble, siguiendo en lo esencial su línea argumental, traslada al Nueva York de hoy, ambientando la historia en un círculo de jóvenes adinerados. Su película, entretenida, fue bien recibida por crítica y público. Pero sería en la década de los ochenta cuando el cine lograra sus más brillantes adaptaciones de esta penetrante novela epistolar, en sendas películas que se estrenan casi a un tiempo: Las amistades peligrosas, (1988), del inglés Stephen Frears, y Valmont, (1989), del checo Milos Forman. Se trata en ambos casos de dos estupendas recreaciones de la novela bien contadas, bien ambientadas y bien interpretadas. La de Milos Forman cuenta desde luego con dos actores de primerísima fila, Anette Bening y Colin Firth, y, sin duda, es una buena película. Pero la de Frears en particular no sólo convence y emociona, porque se trata de una obra redonda, sino que acierta de lleno al recurrir además a dos monstruos del cine para dar vida a estos dos pérfidos: Glenn Close como la marquesa, y John Malkovich como Valmont, y ambos consiguen realizar un trabajo de altos vuelos, alcanzando niveles interpretativos de una profundidad y riqueza más que notables. También Michelle Pfeiffer, reencarnando a la devota y virtuosa señora de Tourvel, inocente víctima de sus intrigas, estuvo a la altura de las circunstancias, consiguiendo con ello consolidar su carrera que ya se anunciaba exitosa.   

Si hubiéramos de quedarnos con una sola de entre tantas versiones, sin duda recomendaríamos la de Stephen Frears, tan fiel al espíritu de la obra de Choderlos de Laclos. Pero como no es el caso animamos a ver además la de Milos Forman, que constituye asimismo un disfrute. Eso sí, no se pierdan la novela; si no la han leído todavía, no lo demoren más, que es lectura que te atrapa y no te suelta hasta el final.