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domingo, 1 de septiembre de 2019

Cine checo


No conocemos muchos directores de cine checos; el autor de películas como Isadora, Morgan o, La mujer del teniente francés, Karel Reisz, es checo, sí, pero aunque nació en Checoslovaquia, llegó a Gran Bretaña en 1939 como uno de los centenares de niños judíos que el filántropo Nicholas Winton lograra rescatar de la barbarie nazi y allí es donde desarrollaría su carrera, asociada en sus inicios al "free cinema" y a directores como Tony Richardson, con quien firma su primer trabajo cinematográfico. En esa nueva patria crearía toda su obra, así que su cine queda encuadrado en el británico.

Las margaritas (Sedmikrásky, Vera Tchytilova, 1966)                         

Nuestro descubrimiento del cine checo llega más tarde; será con Vera Tchytilova y Las margaritas (1966), aquella película traviesa y transgresora con la que esta brillante realizadora acudiera al festival de Cannes y se diera así a conocer en la Europa Occidental, con la consecuencia de verse censurada después en su país y prohibida su actividad profesional hasta 1975. Ella formaba parte de lo que se llamó la nueva ola checa, con Juraj Herz, cuyo film El incinerador de cadáveres (1969) se estrenaría en España en 1974; Jiri Mentzel, autor de Trenes rigurosamente vigilados (1966), Oscar de Hollywood aquel año a la mejor película extranjera, y Milos Forman de quien conocíamos su deliciosa Los amores de una rubia (1965). Milos Forman estaba en París en la primavera del sesenta y ocho, cuando la Unión Soviética invade Praga, y entonces toma la decisión de no regresar a su país, trasladándose a Estados Unidos, para acabar nacionalizándose y desarrollando allí el resto de su exitosa carrera.




En cuanto a Mentzel, tras los avatares de su segunda película, Alondras en el alambre (1969), inmediatamente prohibida por la censura oficial de su país, tampoco volvería a dirigir hasta 1974. Y con respecto al cine de Juraj Herz, éste iría llegando con cuentagotas mucho más tarde.

Así que apenas media docena de películas checas o poco más se habían proyectado en nuestras pantallas antes de 1989, fecha en que la llamada revolución de terciopelo parece que va a abrir un camino de esperanza para la difusión del cine checo. No se materializó esto en resultados numerosos, pero sí es cierto que a partir de la década de los 90 empiezan a llegar a nuestros cines, lentamente, algunas de sus creaciones y se produce, además de un reencuentro con cineastas antes descubiertos, la revelación de otros nuevos, tampoco demasiados, sin embargo.

Y en esta panorámica nos llama la atención la figura de Jan Sverak (1965), actor, director y productor de cine checo formado en la Academia de las Artes de Praga de quien nos han llegado separadas por el tiempo tres preciosas películas cargadas de ternura pero nada sensibleras.  Películas con niño, lo que de entrada nos pone en guardia, toda vez que no son raras las historias ñoñas con niños repipis, pero al momento comprobamos que no es el caso.

La primera de ellas, Kolya, presentada en 1996 en el Festival de Cannes, y muy premiada (Oscar, Globo de Oro…), es un esplendido melodrama, cuya exhibición en aquel festival propició su difusión por los países de la Europa Occidental, y con ello dar a conocer además de esta bellísima película la existencia de un excelente cineasta.

Kolya cuenta una bonita historia, tierna y sentimental, profunda y emotiva, con elegancia, sencillez y sin caer en excesos.



Con guion de su padre, Zdenek Sverak, que es también el protagonista, Jan Sverak realiza una obra intimista que sin tratar de resultar un film de denuncia no esconde la falta de libertad en esa Praga ocupada por los soviéticos. El personaje central, un concertista de chelo represaliado por sus ideas políticas, sobrevive tocando en entierros y, soltero impenitente, acosado por las deudas, se ve en la tesitura de casarse por dinero con una mujer rusa necesitada de obtener la nacionalidad checa.

Este es el planteamiento, a partir del cual la vida de este solterón se verá radicalmente modificada cuando un buen día aparezca en escena un niño, un niño ruso, delicioso y encantador, que no habla una palabra de su idioma. Y la relación entre estas dos individualidades de mundos tan ajenos y edades tan dispares será el mano a mano por donde se deslice esta emotiva historia.

Jan Sverak logra mantener el equilibrio de la narración sin despeñarse por precipicios de blandenguería, lo que no siendo fácil en este tipo de melodramas, él consigue, dirigiendo con tacto y mano segura una historia conmovedora, sobria y contenida, desde luego muy lejos de resultar sentimental en exceso. La delicadeza y elegancia con que desarrolla el asunto que trata consigue emocionarnos profundamente sin resbalar por terrenos fáciles.

Su ritmo, la profundidad del relato, la  belleza de sus imágenes, la estupenda banda sonora que incluye temas de grandes compositores checos como  Dvorak y Smetana magníficamente interpretados por la Orquesta Filarmónica de Praga... todo esto bien manejado junto a unas interpretaciones extraordinarias, especialmente por parte de sus dos protagonistas, Zdenek Sverak y el sorprendente niño Andrej Chalimon, hacen de Kolja una película inolvidable, que nos dejó un hermoso recuerdo.

Bastante más tarde nos llegó Escuela Primaria (Obecna skola), su ópera prima, realizada en 1991 en torno a las memorias de su padre, y que nos cuenta las vivencias de éste durante su primer curso escolar una vez terminada la guerra.

Y de nuevo, casi 26 años después, retoma Jan Sverak los recuerdos de su padre para ofrecernos otra historia nostálgica sobre la infancia. Esta vez se trata de Lejos de Praga (Po strnisti bos aka, 2017), ambientada ahora en la segunda guerra mundial y narrada desde la mirada de un niño de ocho años, que huyendo de la Gestapo con sus padres se refugia en el campo, en la casa familiar de los abuelos. Una película inocente que se aleja mucho de las barbaridades de la guerra y que tiene claras vinculaciones también con Kolja: su condición de melodrama, la presencia actoral de su padre, Zenek Sverak, y de nuevo un niño como protagonista. Pero tiene aún más vinculaciones con La escuela primaria, que continuaba la historia aquí contada de la infancia de su progenitor, cuando, finalizada la guerra, la familia regresa a Praga.

Ambas, pues, constituyen diferentes episodios de la infancia de su padre, extraordinario actor y escritor que con frecuencia trabaja en las películas de su hijo ejerciendo como guionista y actor. Y ambas son historias agridulces y amables, divertidas y serias, y delicadamente emotivas.

Sin alcanzar la excelencia de Kolya, están también muy bien contadas y resultan muy gratas de ver. Narraciones, aparentemente sencillas pero cargadas de profundidad de sentimientos, cuyos personajes, de sabia humanidad, nos transmiten sus problemas sin exhibir el desgarro del dolor.

Escuela primaria, Sverak, 1991
En Escuela primaria, la figura de un nuevo profesor, héroe de guerra, le sirve al protagonista para confrontar con este nuevo personaje la imagen que tenía de su padre y modificar su visión; una visión, que por otra parte, nos devuelve las historias de los adultos deformadas por los ojos de los niños.

Lejos de Praga, Sverak, 2017
En Lejos de Praga captamos la dureza de la guerra y cómo ésta condiciona la vida de todos. Y nos llega esta áspera realidad sin percibir ni una queja: la huida de la familia antes de que sea demasiado tarde, el sufrimiento silencioso del maestro frente a la ocupación, el comportamiento de los niños, fiel reflejo de lo que viven. Y también las relaciones interpersonales, la lealtad, los odios, los amores, las pequeñas alegrías, el dolor de la pérdida… la mirada del niño nos muestra todo esto sin juzgarlo; somos nosotros, los espectadores quienes tenemos que llegar al fondo emocional de lo narrado. Esta es la manera de hacer de Jan Sverak, sobria y profunda. Y tener la oportunidad de reencontrarnos con su cine es siempre un placer.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Vidas de músicos y cantantes

Que en la biografía encuentra el cine un verdadero filón de temas ya quedó anteriormente ejemplificado con algunas excelentes películas sobre las vidas de diversos pintores consagrados.
Podría haber sido cualquier otro el campo de la actividad humana elegido, porque abundan las historias de interés bien llevadas al cine: vidas de escritoras, (Memorias de África,Sidney Pollack, 1985; Las hermanas Bronte, André Techiné, 1979); o de criminales (Scarface, Howard  Hawks, 1932; Bonnie and CLyde, Arthur Penn, 1967). De toreros, (Belmonte, Juan Bollaín 1995); o de aventureras (Lola Montes, Max Ophuls, 1955). Vidas de políticos, (Le promeneur du Champ du Mars -Presidente Miterrand, Robert Guediguian, 2005; John Adams, Tom Hooper, 2008) o de bailarinas (Isadora, Karel Reisz, 1968)... En fin, es inacabable el muestrario de actividades, benéficas o maléficas, en que algunos se han destacado del común de los mortales y cuyas peripecias vitales hemos revivido en pantalla.

Quizá resulte interesante insistir en esta fuente y dirigir ahora la mirada al mundo de la música para contemplar a personajes que han brillado en ella tanto en la interpretación vocal o instrumental como en la composición.

La vida de un cantante es lo que nos cuenta la primera historia seleccionada, Gayarre, película dirigida por Domingo Viladomat en 1959, que tiene el encanto de ofrecernos a un jovencísimo Alfredo Krauss dando vida a aquel magnífico tenor que alumbró la música española de la segunda mitad de XIX, Julián Gayarre. Esta discreta realización sin grandes pretensiones se convierte hoy en todo un documento sentimental para quienquiera que siga añorando la maravillosa presencia de aquel genio de la lírica que fue Alfredo Krauss. Verlo aquí, casi en los inicios de su carrera, es un privilegio que nos ayuda a pasar por alto los resabios patrioteriles de casticismo rancio que se cuelan en el guión, tan consustanciales, por otra parte, a la época en que se rodó. No es la única película sobre la vida de Gayarre; Forqué volvería sobre el personaje en 1986 con su Romanza final, donde encontramos a José Carreras encarnando al tenor navarro, acompañado en el reparto nada menos que por Montserrat Caballé.

De factura más cuidada, pero desilusionante en sus resultados Callas for ever es un homenaje que Zeffirelli, gran director artístico de óperas, quiso rendir a María Callas, a quien conoció, trató, apreció y dirigió en diversas ocasiones. Estrenada en 2002, se trata de una ficción  ambientada en los últimos años de la vida de la cantante, cuando ya ha perdido la voz y parece interesarse en actividades complementarias. Con un reparto de primera y una buena realización, esta fantasía histórica no logra sin embargo emocionar al espectador.

Tal vez injustamente olvidada, Song without end (Sueño de Amor, 1960), que Charles Vidor comenzara a dirigir y Georges Cukor finalizara tras la muerte del primero, nos muestra algunos momentos de la vida del compositor húngaro Franz Liszt, deteniéndose especialmente en sus amores y en su condición de virtuoso del piano. Maravillosamente interpretada por Dirk Bogarde, que nos ofrece una acabada estampa de seductor músico romántico, fue una película que gozó en su momento de gran éxito de público y obtuvo el Oscar a la mejor banda sonora.

Mucho más cercana en el tiempo, La vida de Verdi es una serie dirigida con oficio en 1982 para la televisión italiana por Renato Castellani. En elIa se reconstruye a lo largo de ocho capítulos la peripecia vital de este enorme compositor, genio indiscutido e indiscutible de la ópera. La serie, bien ambientada, bien interpretada y narrada sin fisuras, capta la atención del espectador y logra mantener su interés en todo su desarrollo.

También digna de mención resulta Inmortal beloved, (Amor inmortal), dirigida por Bernard Rose en 1994, que nos muestra diferentes momentos de la vida de Beethoven: aspectos de su infancia, pleitos familiares, la aparición de la sordera y el sufrimiento que le ocasiona... todo ello acompañando al núcleo central de la trama que gira en torno a la búsqueda de una misteriosa mujer, que a la muerte de Beethoven su abogado se viera forzado a realizar para cumplir el mandato testamentario del compositor. La historia aunque algo rebuscada y tortuosa se sigue con curiosidad.

Y cierra esta serie de personajes relacionados con la música clásica la versión que de Mozart nos da Milos Forman, en su Amadeus de 1984, considerada entonces uno de los mejores estrenos de la década y profusamente premiada. En ella se enfoca a nuestro genio desde la óptica de su pretendido rival, Salieri, enfermo de celos ante el talento abrumador de un jovencísimo Mozart. La película, aun contando con unos niveles excelentes en la dirección artística, la fotografía, el montaje y la banda sonora y aunque plagada de momentos memorables de buen cine, se quiebra en la visión extremadamente caricaturesca y excesivamente histriónica que nos ofrece de Mozart, presentándole como una especie de cretino infantiloide para subrayar la mirada envidiosa del compositor rival. Es éste un aspecto que resulta cargante y por momentos al espectador se le hace insufrible, rebajando el resultado final, aunque sorprendentemente no le pasara factura en el momento de su estreno.


Cambiando de ámbitos musicales también el riquísimo mundo del jazz nos ofrece títulos dignos de ser recordados. He aquí algunos: The Glenn Miller Story (Música y lágrimas, 1954) donde Anthony Mann nos hace gozar con temas inolvidables interpretados por grandes estrellas como Gene Krupa o Louis Armstrong, mientras nos da una dulcificada versión de la vida de este gran compositor de la era del swing que fue Glenn Miller. Ray (2005), sobre la figura de Ray Charles, con la que su director, Taylor Hackford,obtuvo, contra todo pronóstico, un resultado brillante. Y sobre todo, Bird, que Clint Eastwood dirige en 1988 sobre la carrera del genial saxofonista y compositor, Charlie Parker, amigo y compañero de Dizzie Gillespie y una de las figuras más grandes del género, a pesar de que sólo contaba 34 años cuando le llegó la muerte.

El mismo año en que se estrena Bird, Chet Baker, trompetista genial y cantante de voz dulce y estilo intimista se tiraba por la ventana de un hotel de Amsterdam. Un año después, en 1989, estrena Bruce Weber su documental sobre este intérprete convertido ya en leyenda, Let's get lost, con el que obtendría el Premio de la Crítica del Festival de Venecia. El excelente documental recoge materiales de la última gira del intérprete así como entrevistas al propio Baker y sus allegados, reflejando brillantemente lo que resultarían sus últimos días de vida.

Si la mirada se dirige a la música popular ahí está La mome, (La vida en rosa, 2007), de Oliver Dahan, que constituye a día de hoy la última de las numerosas biografías en cine de Edith Piaff; una película configurada como retrato impresionista de esta mujer de vida trágica y procedencia humilde que llegó a ser mundialmente famosa y a convertirse en un verdadero icono de la música  francesa.

Y por último dos producciones más recientes que giran en torno al mundo de los Beatles, Nowhere boy, dirigida en 2009 por Sam Taylor-Wood sobre la adolescencia y primeros pasos musicales de John Lenon y el documental de Scorsese, George Harrison: Living in the material world, estrenada en España en diciembre de 2011.

Un buen número de títulos evocando figuras de compositores e intérpretes que nos enriquecen y conmueven, geniales todos ellos, cualquiera que sean sus universos musicales... Sirvan las películas mencionadas sobre sus vidas como nuevos botones de muestra de lo que para el cine comporta el género biográfico.

lunes, 14 de marzo de 2011

Las amistades peligrosas: una mirada libertina

Los intrincados caminos recorridos por el término "libertino" para acabar significando hombre de costumbres depravadas han enredado la madeja sin necesidad, porque este sentido estaba ya latente en el vocablo desde su aparición. Libertino era el nombre que Roma había dado al hijo del liberto o esclavo manumitido, y desde sus comienzos ya quería señalar al que no sabe usar la libertad de que goza.

En el discurrir de los tiempos el término va engrosando su contenido semántico y cargándose de matices y a partir del siglo XVI en su significado predominan ya, confundidos, dos conceptos: libertino es el impío, el ateo, el incrédulo; y también, el depravado, el licencioso, el disoluto. A lo largo del XVIII se va abriendo paso cierta concepción hedonista de la vida, que convierte el goce sensual en valor preferente, y esa moral se irá afirmando conforme nos acerquemos a 1789, cuando la Revolución Francesa liquide el sistema de valores sociales y religiosos del Antiguo Régimen.
Entonces, en medio de una atmósfera de carpe diem, frente a un mundo que se derrumba (caos económico, deterioro de la imagen del poder, rechazo del orden constituido...) y  a la entronización de nuevos valores, (razón, naturaleza, libertad), el libertino, en su doble vertiente de incrédulo y depravado, se irá descargando en gran medida de su rebeldía religiosa para enaltecer su búsqueda del placer,  nuevo dios y única meta de la existencia.
Se trata de una atmósfera moral que al principio se insinúa solamente en Versalles, pero que lentamente va a ir salpicando a toda la sociedad, francesa primero y europea después. Y en este contexto se mueven los personajes de la novela que nos ocupa, deudora, claro, de su tiempo y su reflejo.
El autor de la obra, Choderlos de Laclos, (1741-1803)  es un militar, frustrado en su carrera, tal vez también en su vida amorosa y fracasado además en su actividad como escritor,  hasta que le llega el éxito con la publicación en 1782 de esta joya. La estampa que nos ofrece de una aristocracia frívola y egocéntrica, ajena y despreocupada de las miserias de su entorno, paseando su vida ociosa por lujosas villas y palacios rococós, fue juzgada con severidad por sus superiores, que, conscientes enseguida del contenido incendiario de la obra, sancionaron al autor. Pero la novela obtuvo desde el primer momento un éxito abrumador y rescató definitivamente del olvido a su creador.
Echemos un vistazo a sus principales personajes, a sus andanzas y fechorías: El vizconde de Valmont, un libertino que pulula en ese ambiente prerrevolucionario, uno de tantos si no se tratara de un antiguo amante de la Marquesa de Merteuil a quien ésta enredará en un juego peligroso; y, la propia marquesa, una especie de Casanova femenino, diabólica, maquiavélica y astuta, poseída por una avasallante obsesión erótica y una ira contenida que desfoga corrompiendo tiernas e inocentes jovencitas; Valmont será el instrumento oportuno para su cínico ejercicio, una marioneta en sus manos.
La lectura de las cartas que ambos se cruzan desvela sus intrigas y su voluntad corruptora. En ellas brilla, nítida, la figura de sagaz y malvada de la marquesa, su mente racionalista, la frialdad de su carácter, su autodominio, el análisis lúcido y distante de sus más íntimos impulsos, dominando abrumadoramente la narración.
El perfil de su contrapunto, Valmont, es el de un profesional del erotismo dieciochesco, vanidoso, mas depravado que malo y con un punto de inconsciente ingenuidad. Valmont, a quien ella persuade y obliga a entrar en su pérfido juego, con la misión de seducir y corromper a la incauta doncella blanco de su venganza, que venganza parece su afán de corromperla y despojarla de la inocencia tan valorada en esa sociedad que ella desprecia y secretamente burla, tras una hipócrita apariencia de sumisión a sus valores.
Esta pareja despliega sus artes del disimulo, moviéndose con elegancia  y aparente honestidad por ese mundo, mientras urden sus maquinaciones y se lanzan sobre sus inexpertas víctimas, conscientes de que sus privilegios de cuna les garantizarán un alto grado de impunidad. 

El cine  y la televisión se han interesado con frecuencia en recrear esta novela e incluso hay una composición operística, The dangereous liasons de Conrad Sousa, estrenada en San Francisco en 1994. En televisión la historia ha sido objeto de diferentes series : una colombiana, estrenada en 1998, bajo el título de Perro amor, y dos francesas, con el mismo de la novela, Las relaciones peligrosas; la primera dirigida por Claude Barma en 1980 y la segunda por Josée Dayan en 2003, con Catherine Deneuve, Rupert Everett y Nastassja Kinski en sus papeles principales.

Y en cuanto al cine propiamente dicho existen al menos cinco versiones en los últimos cincuenta años. La más lejana en el tiempo, una adaptación titulada, Las relaciones peligrosas, realizada en 1959 por Roger Vadim, con un grande de la escena francesa, Gérard Philipe, en el papel del vizconde.Ya había asumido este inolvidable actor la apariencia de un personaje dieciochesco en la deliciosa Si Versalles pudiera hablar (1952), de Sacha Guitry, todo un icono del cine francés. Y  reencarnó también con arte y asombroso parecido físico la figura de Modigliani en una delicada versión que de su vida efectuara Jacques Bécquer, en 1957, Montparnasse 19. Inolvidable además en otras muchas, su interpretación de Valmont constituyó su penúltima aparición ante las cámaras, ya que desgraciadamente moriría, en plena juventud, a poco de terminar el rodaje de La Fièvre monte al Pao en 1959.  

Volviendo a las amistades peligrosas y sus adaptaciones al cine, las más recientes son Scandal (2003) de Je Yong Lee, versión muy libre de la obra, y Crueles intenciones (1999), que Roger Kumble, siguiendo en lo esencial su línea argumental, traslada al Nueva York de hoy, ambientando la historia en un círculo de jóvenes adinerados. Su película, entretenida, fue bien recibida por crítica y público. Pero sería en la década de los ochenta cuando el cine lograra sus más brillantes adaptaciones de esta penetrante novela epistolar, en sendas películas que se estrenan casi a un tiempo: Las amistades peligrosas, (1988), del inglés Stephen Frears, y Valmont, (1989), del checo Milos Forman. Se trata en ambos casos de dos estupendas recreaciones de la novela bien contadas, bien ambientadas y bien interpretadas. La de Milos Forman cuenta desde luego con dos actores de primerísima fila, Anette Bening y Colin Firth, y, sin duda, es una buena película. Pero la de Frears en particular no sólo convence y emociona, porque se trata de una obra redonda, sino que acierta de lleno al recurrir además a dos monstruos del cine para dar vida a estos dos pérfidos: Glenn Close como la marquesa, y John Malkovich como Valmont, y ambos consiguen realizar un trabajo de altos vuelos, alcanzando niveles interpretativos de una profundidad y riqueza más que notables. También Michelle Pfeiffer, reencarnando a la devota y virtuosa señora de Tourvel, inocente víctima de sus intrigas, estuvo a la altura de las circunstancias, consiguiendo con ello consolidar su carrera que ya se anunciaba exitosa.   

Si hubiéramos de quedarnos con una sola de entre tantas versiones, sin duda recomendaríamos la de Stephen Frears, tan fiel al espíritu de la obra de Choderlos de Laclos. Pero como no es el caso animamos a ver además la de Milos Forman, que constituye asimismo un disfrute. Eso sí, no se pierdan la novela; si no la han leído todavía, no lo demoren más, que es lectura que te atrapa y no te suelta hasta el final.