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miércoles, 16 de junio de 2010

Stefan Zweig (1881-1942) y Max Ophüls (1902-1957)































Stefan Zweig, nacido en 1881 a la sombra protectora del imperio austrohúngaro, pertenece a esa generación de centroeuropeos de entreguerras (Joseph Roth, Robert Musil, Rainer María Rilke, Kafka, Franz Werfel…) que tuvieron que presenciar el derrumbe de todo su mundo.

Judío en un ámbito infectado de antisemitismo, pacifista en tiempos de guerras, este intelectual enamorado de Europa influyó enormemente en la formación del gusto literario occidental. Editor, traductor, poeta, ensayista y novelista, dedicó especial atención a la biografía, deteniéndose en las vidas de personajes tan dispares como Magallanes, María Estuardo, Balzac, Dostoievski, Erasmo, Fouché  o María Antonieta, biografía la de esta última que Hollywood adaptaría al cine.  

Nos ha dejado también una obra póstuma de enriquecedora lectura, El mundo de ayer, valorada entre las grandes autobiografías del siglo XX. Escrita en plena guerra mundial, constituye una defensa ardorosa de la rica y varia cultura europea entendida como un todo, y una enérgica denuncia del carácter desintegrador que las exaltaciones nacionalistas están entonces ejerciendo sobre los europeos. 

Aunque había conseguido alejarse del escenario bélico fijando su residencia en Brasil, la evolución de la guerra a favor de la Alemania nazi, en estos primeros años en que está escribiendo su biografía, le convence de que su mundo está definitivamente perdido. Y seguramente ello será determinante en la decisión que toma de suicidarse, lo que por desgracia acaba haciendo, junto con su esposa, pocos meses después de concluir el trabajo, convertido así éste en su testamento político. 

Louis Jourdan y Joan Fontaine en Carta de una desconocida
























Sobre la base de una de sus novelas más conocidas y con el mismo título, Max Ophuls, otro judío, alemán en este caso, obligado como él al exilio, realiza en 1948 una de sus obras de arte, Carta de una desconocida. Recrea aquí con su personalísimo estilo de largos, barrocos y elaborados planos un mundo ya desaparecido, el de antes de la Gran Guerra, que hace revivir en su evocación, con la música como elemento determinante. Claro que Ophuls es un maestro en resucitar esos ambientes del cambio de siglo; lo haría de nuevo con La ronda (La ronde, 1950), brillante adaptación de la obra teatral del también judío austríaco de entreguerras, Arthur Schnittzler; con El placer (Le plaisir, 1952), sobre tres cuentos de Guy de Maupassant; con Madame de…, (1953), soberbia adaptación de la novela de Louise de Vilmorin; y con Lola Montes (1955), basada en la histórica de Cecil Saint-Laurent. Y ello siempre desde una perspectiva muy centroeuropea que ilustra la tragedia bajo la óptica de la ironía y en un estilo visual, el suyo, preciosista aunque nunca gratuito, intimista, elegante y sumamente efectivo.  

Max Oppenheimer, conocido como Max Ophüls, era, al decir de sus colaboradores, intuitivo, delicadísimo de sentimientos, seductor, elegante y cautivador. Hombre de teatro empeñado en llevar las tablas al cine había empezado en los años veinte como actor en el Burgtheater de Viena, llegando a convertirse en un formidable director de actores. Supo además rodearse de un equipo homogéneo, perfectamente identificado con su estética de corte clasicista, donde la belleza formal se perseguía tenazmente, cuidando el detalle de manera minuciosa y respetuosa en extremo. Mimaba a sus actores, con quienes preparaba concienzudamente los ensayos a plató vacío antes del rodaje. Cuidaba especialmente los movimientos de cámara, (se hicieron famosos sus largos travellings), y a la hora del montaje suprimía sin vacilación todo lo que consideraba superfluo hasta quedarse con la pura esencia. 

Hizo un cine romántico y sentimental, en el que los personajes llegan a perecer por la frustración de no lograr lo que anhelan, dominados por un deseo, tal vez un capricho, que los atrapa con la fuerza de una pasión obsesionante y avasalladora sentida como la esencia ardiente de la vida. Y esta emoción invencible se expresa como algo en incesante movimiento: sus criaturas se desplazan por interiores o paisajes eludiendo en lo posible el primer plano y escondiéndose casi tras los objetos, precisos y preciosos. Suben y bajan escaleras, giran, se marean, caen, danzan y danzan, (componía sus películas como valses), e, incansables, evolucionan en movimientos circulares y envolventes, hasta el desenlace, haciéndonos girar con ellos y atrapándonos en el ritmo de su historia.. 

Sus primeros éxitos cinematográficos los obtuvo en Berlín con un intenso drama, Amoríos (Liebelei, 1932). Después, el ascenso de Hitler le impele a abandonar Alemania y durante años trabaja en diferentes países de Europa: en Italia realiza con gran éxito La mujer de todos (La signora di tutti, 1934), en Francia, varios títulos más como Divina, (1935, sobre novela homónima de Colette), en Bélgica, en Suiza… hasta que el estallido de la segunda guerra mundial le obliga como a tantos cineastas centroeuropeos (Billy Wilder, Fritz Lang, Otto Preminger o Ernst Lubitsch…) a trasladarse a Estados Unidos. 

Allí pasa casi toda la década de los cuarenta realizando películas como La conquista del reino (1947), un tema de capa y espada bastante alejado de sus verdaderas motivaciones; el film de cine negro Almas desnudas (1949), y sobre todo, Carta de una desconocida, (1948), melodrama romántico donde desarrolla, por medio de una brillante puesta en escena, una hermosa historia de amor no correspondido, que comienza con un flechazo en un encuentro fortuito y precipita en drama. La fatalidad del encuentro y el dominio destructor del amor son, por otra parte, temas recurrentes en las historias de Ophüls. En 1949 regresa a Europa, se instala en Francia y realiza allí su cine más acabado. 

Su mejor creación es probablemente “Madame de…” retrato de una parisina coqueta, frívola, superficial y frágil, que actúa con esa ligereza con que la mujer de la alta burguesía finisecular responde a la consideración del hombre, quien oscila en verla como a una niña o considerarla solo como objeto de deseo, pero que nunca la trata como una igual. Y con esas armas de encanto y fragilidad intenta sobrellevar nuestro personaje su aventura emocional, ignorante del profundo dolor que ha de causar y causarse. 

Su última película, Lola Montes, sobre la vida aventurera de la famosa bailarina, amante de Luis I de Baviera, de Chopin y de tantos otros personajes ricos y famosos de su tiempo, le da pretexto para abordar el perfil de esta femme fatale desde una perspectiva poco convencional; no en sus momentos de esplendor, sino exhibida como espectáculo de feria, en el declive ya de su carrera. La visión desde este ángulo monstruoso convierte la historia en un alegato contra la curiosidad malsana sobre la intimidad de los otros, en una denuncia de la banalización que la publicidad ejerce sobre las vidas de los que caen bajo su mirada.

Ophüls y Zweig, dos inolvidables grandes de la cultura europea que han enriquecido nuestro mundo.

viernes, 28 de mayo de 2010

Visconti y la literatura


Luchino Visconti (1906-1976), director de cine italiano y, durante años, director de escena de la ópera de Milán, hace sus primero pinitos de cineasta en los años 30 como ayudante de Renoir en Una partie de campagne (1935) sobre un relato de Guy de Maupassant).

Su primera obra en la dirección de cine fué Ossesione, (1942), a partir de la novela de James M. Cain, El cartero siempre llama dos veces. Con ella marca el inicio del movimiento neorrealista italiano, en cuya estética realizaría títulos como Rocco y sus hermanos, (1958), considerada por la crítica como una de sus mejores películas.

En 1957 consigue el León de Plata del Festival de Cine de Venecia con Noches blancas, sobre la novela homónima de Fiodor Dostoievski.  En 1962 participa en un proyecto colectivo sobre distintos aspectos de la moralidad y el amor en los tiempos modernos, Bocaccio '70. Y lo hace con el episodio ll lavoro, basado en los cuentos Au bard du lit, de Guy de Maupassant y La señorita Else, de Arthur Schnitzler. En 1967 adapta, con el mismo título, “El extranjero”, la novela donde Albert Camus logró expresar la angustia existencial del europeo de postguerra. 

Aunque en todas sus películas están presentes sus preocupaciones, intereses y  particular estilo, es en Senso donde nos revela por primera vez casi todas las constantes de su complejo mundo interior: la degradación moral, la destrucción del núcleo familiar y la decadencia de la aristocracia, así como sus pasiones: la belleza, la música y la ópera.  

Porque Visconti es sobre todo un maestro en la descripción minuciosa y exacta de ambientes decimonónicos, recreando con acierto en algunas de sus películas mejores, (Senso, El gatopardo, Muerte en Venecia, El inocente), el perfume de tiempos pasados: su música, su arte, sus costumbres, sus valores morales, deslizando siempre un algo de nostalgia por esos universos irremediablemente perdidos. 

Senso, (1954), parte de un cuento de Camillo Boito, una historia de amor fou entre una aristócrata veneciana y un oficial austríaco durante la convulsa Italia del Rissorgimento. Moviéndose en un clima casi operístico, la película nos conduce, de la mano de Alida Valli, a presenciar cómo una pasión desesperada empuja a la protagonista hasta la tragedia. 

En 1958 se publica, con un éxito inmediato, la novela póstuma de Giuseepe di Lampedusa, El gatopardo, que pocos años después Visconti llevará al cine. El adjetivo lampedusiano ha pasado desde entonces a definir el cinismo con el que los partidarios del antiguo régimen se pasaron a la revolución; el contexto, la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi.  “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” es la frase con que el protagonista, el príncipe de Salinas, resume su postura ante la situación y en ella está condensada la filosofía de la historia que El gatopardo nos cuenta. Visconti nos hace asistir al derrumbe de todo ese mundo aristocrático en que consiste el cambio para que nada cambie, atrapándonos con la belleza y la verdad que se desprenden de sus imágenes. 

Su poética sobre un mundo bello que se extingue de manera irremediable es también evidente en Muerte en Venecia (1971), basada en la novela homónima de Thomas Mann. La fascinación que el personaje central siente por la belleza, encarnada aquí en un adolescente, se desenvuelve en paralelo con el que ejerce en el ánimo de todos la deslumbradora Venecia, así como el deterioro progresivo físico y moral del personaje es simultáneo al que sufre la ciudad, atacada por una epidemia de cólera. La música, importante en todas sus películas, alcanza en ésta un protagonismo decisivo.   

En 1976 se estrena El inocente, su obra póstuma. Ha elegido para la ocasión una novela de Gabriele d'Annuncio, escritor cuya reputación literaria se vio empañada con la sombra del fascismo, por la enorme influencia que sus escritos políticos ejercieron sobre Mussolini. A Gabriele d’Annuncio, diputado un tiempo en el parlamento italiano, su carácter aventurero y su fuerte nacionalismo le llevaron a posturas extremadamente radicales, que desembocaron en el insólito episodio de Fiume. En lo personal era un esteta obsesionado por vivir su vida como una obra de arte y como escritor destacó por su extraordinaria habilidad para traducir a palabras las sensaciones. Poeta, novelista y dramaturgo de renombre, sus escritos, impregnados de un cierto decadentismo, ejercieron gran influencia en escritores italianos de las siguientes generaciones. 

Al adaptar al cine su novela, Visconti vuelve a sus temas de siempre: la familia, la aristocracia, la degradación moral y lo hace, también como de costumbre, a través de una hermosa, lúcida y barroca reflexión, que constituye su particular manera, refinada y exigente de hacer cine. Lástima que esta vez la muerte le impidiera terminar su obra y no pudiera responder del resultado final, que en cualquier caso, no decepciona.