jueves, 14 de junio de 2018

El grupo de Bloomsbury


Sir Leslie Stephen, distinguido miembro de la aristocracia londinense y eminente victoriano muere en 1904. Al quedar huérfanos, y como primer signo de rebeldía, sus hijos, los cuatro hermanos Stephen, (Thoby, Alexandre, Vanessa y Virginia), trasladan su residencia del señorial Hyde Park Gate a Bloomsbury, barrio entonces de estudiantes de costumbres más relajadas, donde comenzaron a vivir sin ataduras con los nuevos amigos que Thoby había hecho en Cambridge, veinteañeros como él y, como él, desenfadados, cultos, seductores y amantes de la libertad de costumbres.


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Allí, en una confortable casa de estilo georgiano donde las mujeres se encuentran en un plano de igualdad con los hombres, sin puritanos controles, se respiran unos aires de libertad, que, en el marco de una sociedad puntillosa como era aquella del Londres de entonces, escandaliza. Ellos, deliberadamente provocadores, se reafirman en su inconformismo, ajenos a la moral convencional y trazando un nuevo estilo más acorde con lo que más tarde serán las señas de identidad de la cultura contemporánea.

Siendo muy jóvenes los cuatro hermanos viajan a Italia y Grecia en pos de la belleza, algo casi inexcusable en la alta sociedad inglesa de aquellos tiempos. Thoby y Vanessa enfermaron en el viaje; ella se recuperó pero el hermano moriría de tifus en Londres al regreso de su aventura cultural. Sólo tenía 26 años. Esto sucede en 1906, antes de que el grupo hubiera propiamente cuajado, aunque Thoby siguió siendo para sus hermanas una figura central del mismo, como el Perceval de The Waves, apuntaría Quentin Bell, el hijo de Vanessa, en su libro sobre el grupo, aludiendo al personaje silente en la novela de su tía Virginia.

Lytton Strachey y Virginia Woolf
A este núcleo inicial, una combinación de alta sociedad e intelectuales de vanguardia, de espíritu snob y elitista, entre los que se encuentran los pintores Duncan Grant y Roger Fry, los hermanos Strachey (Lytton, biógrafo, y James, psicoanalista), y el crítico de arte Clive Bell, enseguida se unirían otros más, y entre ellos, el escritor, político y editor Leonard Woolf. Bell y Woolf casarían con las hermanas Stephenson, Vanessa y Virginia, respectivamente. La primera, pintaba, la segunda, escribía.

Los Woolf actuarán como aglutinantes de un variado grupo de jóvenes brillantes y creativos: pintores, escritores, filósofos, economistas… en general gentes cultivadas y talentosas. Claro que en los primeros años de existencia del grupo sólo Roger Fry, el mayor en edad, era ya un personaje afamado.

Vanessa Bell, de soltera Stepenson
Al círculo inicial se sumaron después el novelista E. Morgan Forster, el economista Maynard Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. También el hispanista Gerald Brenan había pertenecido a ese grupo antes de trasladarse a vivir a España y seguiría manteniendo contactos con sus miembros. Asimismo la frágil y delicada novelista neozenlandesa Katherine Mansfield, que había publicado alguna de sus obras en Hogarth Press, la editorial fundada y regentada por Leonard Woolf, los frecuentaría, y, excéntrica, irónica y buena conversadora como ellos, a menudo compartirían tertulias en su casa durante sus diversas estancias en Londres.

Bertrand Russell, Maynard Keynes y Lytton Strachey
Como grupo, este círculo de amigos no ejercerá ningún influjo social que justifique su paso a la historia antes de los años veinte; ni siquiera ante un asunto tan trascendental como la gran guerra manifestaron una postura común, aunque la mayoría se declarara pacifista. Pero en la década siguiente sí experimentan en tanto que tal una etapa de floración, a medida que gran parte de sus características comunes: rechazo de las actitudes dogmáticas, tolerancia sexual, feminismo, individualismo antiheróico, y racionalismo, (el sueño de la razón produce monstruos de violencia), han ido calando ya en la burguesía cultivada, que avanza en la asunción de estos elementos como valores. La avalancha de lo irracional en los años treinta con la ascensión de los fascismos y el estallido de la segunda gran guerra después barrerían estas corrientes. Claro que para entonces el grupo ya estaba disuelto. Lytton Strachey había muerto en el 32, Roger Fry en el 34, Vanessa Bell en el 37, su hermana Virginia se suicidaría en 1941, Keyness moriría en el 46… En este año la Segunda Guerra Mundial ya ha finalizado y la sociedad occidental ha consolidado una vuelta al conservadurismo, de manera que sólo será en el último tercio del siglo XX, tras el contestatario mayo del 68, cuando en los ambientes culturales se revaloricen de nuevo sus presupuestos.  
  
Virginia Wolf, de soltera Stephenson
Y será la figura de Virginia Woolf no la única pero sí la que despierte mayor interés: su actitud desprejuiciada en torno al sexo, (Orlando), así como su feminismo (Una habitación propia; Tres guineas), conectan muy bien con los valores de una sociedad que está reaccionando contra el conservadurismo de postguerra.

Su novela Orlando, surge de la reflexión de Virginia sobre lo vivido con Vita Sackville-West, una aristócrata que su cuñado le había presentado, nunca aceptada en el grupo pero con quien Virginia mantuvo una apasionada relación que Vita acabaría cortando. Publicada en 1928 es una fantasía novelesca que recorre la historia de Inglaterra desde fines del XVI hasta el siglo XX a través de un personaje que cambia de sexo sin que su personalidad experimente más diferencias que aquellas derivadas de cómo los demás la vayan tratando, algo que viene determinado en realidad por su apariencia, según se muestre vestida con ropas de hombre o de mujer.

Un año después, en 1929, en Una habitación propia, (A Room of One’s Own), denunciará cómo la autonomía de la mujer viene condicionada porque ésta tenga o no independencia económica y un ámbito de privacidad que le permita manifestarse sin cortapisas externas. En 1938 volvería en su ensayo Tres guineas, y en un tono más radical, a reivindicar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Dos películas nos acercan especialmente al mundo de Virginia Woolf, la primera, Las horas, a su persona; la segunda, Orlando, a su visión del sexo.

Nicole Kidman como Virginia Wolf
En Las horas (The hours, 2002), Stephen Daldry lleva a cabo a través de la novela de Virginia Woolf, Miss Dalloway, la semblanza de tres figuras femeninas en tres momentos diferentes del siglo XX: la de la propia Virginia en su proceso de escribir ese relato en los años 20; la de una lectora de su novela en 1949, y, una versión de la propia Miss Dalloway trasplantada a los años 90. Aunque parece abordar diferentes problemáticas vitales, en realidad subyace un mismo fondo: la vida, la muerte, la soledad, la necesidad de amor, y, en definitiva,  el difícil oficio de vivir. 

En Orlando, (1992), su directora, Sally Potter, nos perfila una criatura melancólica e independiente, un ser ambiguo e inmortal que cambiando de sexo a través del tiempo constata como los demás la perciben distinta, mientras ella es consciente de que no varía en su mismidad; que es tan solo un puro prejuicio social lo que la hace ser captada como diferente.

También la figura de Lytton Strachey, menos conocida entre nosotros que entre sus compatriotas, ha tenido su reflejo en el cine. En su ópera prima Carrington (1995), Christopher Hampton nos desvela su relación con la pintora Dora Carrington, personaje ajeno al grupo de Bloomsbury, pero al que se la asocia tanto por sus actitudes bohemias y extravagantes como por su pasión desmesurada y su fatal enamoramiento del mencionado escritor, a quien parece dedicar fervorosamente su vida y con quien comienza una relación asexuada en 1917 para acabar formando con él y con su esposo una inusual relación a tres. La película se centra en el personaje de la pintora, impecablemente interpretada por Emma Thompson, y nos cuenta la vida en común del trío formado por Lytton Strachey, Dora Carrington y Ralph Patrick, con quien ella contrajo matrimonio por amor a Lytton. Su obsesión con Lytton Strachey fué tan desaforada que, cuando éste muere de cáncer en 1932, Dora intenta por dos veces suicidarse. Y a la segunda lo consigue.  

Dora Carrington, Ralph Kilpatrick y Lytton Strachey
Tiempo atrás Dora Carrington había mantenido también una relación amorosa con otro amigo del grupo: Gerald Brenan, según nos lo cuenta él mismo en sus memorias, libremente interpretadas por Fernando Colomo en una comedia ágil y divertida, Al sur de Granada, (2003), donde entre otras cosas relata las visitas que sus amigos ingleses le harían a Yegen, el pueblo de la Alpujarra granadina que había elegido para vivir en 1920 y que no abandonaría del todo a pesar de sus frecuentes viajes y escapadas hasta el inicio de nuestra guerra civil. Seguiría después residiendo con frecuencia en distintos pueblos y ciudades de Andalucía y, aunque viajero impenitente, nunca se cortarían del todo sus lazos con España, por lo demás tan presente en su obra.

El cine ha contribuido también en gran medida a divulgar si no su vida al menos sí la novelística de otro componente del círculo, Morgan Forster, ofreciéndonos una nutrida cosecha de buenas películas basadas en sus narraciones como Pasaje a la India (A Passage to India, David Lean, 1984), Una habitación con vistas, (A Room with a View, Ivory, 1986),  Maurice, (Ivory, 1987), o Regreso a Howards Ends, (Howards Ends, Ivory, 1992), que ponen al descubierto tanto la sociedad inglesa en que le tocó vivir como sus principales obsesiones, girando siempre sus argumentos en torno a los conflictos derivados de las barreras de clase, así como de la severa condena que la sociedad occidental y especialmente la inglesa imponía a la homosexualidad.

Interesante esta generación de británicos que inauguraron siglo XX en plena juventud; les tocaría sufrir la gran guerra, con su rosario de muertes, en un momento de floráción creativa y la mayoría de los supervivientes no sospechaba que dos décadas después asistirían a otra aún más mortífera. Algunos no llegaron a vivirla; otros la vieron venir como Keyness, quien, aunque sin éxito, advirtió de ello. Entre tantos millones de muertos cuánto talento se fue por los desagües de la historia, cuánta creatividad abortada y cuántos cambios insospechados que dejarían para muchos su mundo irreconocible. Ellos fueron algunos testigos de esto.




jueves, 31 de mayo de 2018

Dos ejemplos de cine sueco: Hamsun y The Square


Cuando Jan Troell acomete la realización en 1996 de una película sobre Knut Hamsun no está simplemente abordando la biografía de un escritor noruego célebre, el de mayor alcance internacional después de Ibsen; está también lanzando un mensaje al público escandinavo: ¿No va siendo ya hora de recuperar esta gloria literaria nórdica?...

Jan Troell
Porque la película de Troell es un relato biográfico delimitado al invierno de la vida del escritor noruego, a aquellos años de su pasado que resultan ingratos de revisitar, pero también quizá acto de obligado cumplimiento para poder pasar página. 

Protagonizada por Max Von Sidow y Ghita Norby, la obra arrasó en 1997 en los paises nórdicos, alzándose con los Premios Guldbage de la Academia Sueca a mejor dirección, mejor guión, mejo actor y mejor actriz. Prueba evidente de su calidad, pero seguramente también de que su mensaje resultaba oportuno.

La historia pues se centra en los años conflictivos de la segunda guerra mundial y la inmediata postguerra para contarnos un episodio incómodo: Hamsun, admirado y venerado literato de fama mundial, orgullo de la nación noruega, se ha mostrado en la guerra decidido partidario de Hitler.

Remontémonos un poco: Hamsun había nacido en 1859 cerca del Círculo Polar Ártico. En su juventud, algo anarquista, bohemio y aventurero, emigró a América y de allí volvería manifestando un fuerte desagrado por los Estados Unidos, desagrado al que no serían ajenas sus inclinaciones racistas, coincidentes con un momento en que en Europa estaba en boga un racismo seudocientífico. La fama le llega en 1888 con la publicación de Hambre, una de las novelas más influyentes de su siglo. Hamsun, entusiasta de la vida bucólica, pasa grandes temporadas en el campo, un entorno que le inspiraría gran parte de sus obras más famosas como Pan o La bendición de la tierra, verdaderos cantos a la naturaleza.

Su difusión mundial la alcanzaría con la concesión del Nobel en 1920. Años después, en 1929, con motivo de su 70 cumpleaños, Tomas Mann, Gorki, André Gide y Galsworthy y otros importantes escritores del momento le dedican un emocionado homenaje. Singer le señala como padre de la literatura moderna y otros muchos se han pronunciado en su favor, en términos elogiosos valorando, el peso indiscutible de su obra. En definitiva, Knut Hamsun es universalmente estimado como escritor y su calidad literaria queda fuera de discusión.

Sus ideas políticas le van a jugar no obstante una mala pasada. Manifiestamente admirador de la cultura alemana desde siempre, en las dos guerras mundiales se confesó ardiente germanófilo, postura por otra parte bastante común en la primera guerra entre las clases conservadoras de media Europa, por lo que todavía seguiría siendo muy respetado en los años treinta. La deriva de los acontecimientos haría que su estrella se fuese apagando conforme fueran siendo más conocidas sus simpatías políticas por el régimen nazi.

Tras la derrota alemana, el escritor, señalado como traidor a la patria, se volvió maldito en su país natal. Cuando llega la paz, el gobierno noruego no puede mirar para otro lado, pero tampoco quiere renunciar a una gloria nacional. Knut Hamsun tiene que ser juzgado; para evitarlo se le envía a un sanatorio psiquiátrico donde será sometido contra su voluntad a un proceso de desnazificación. El escritor exige ser juzgado. El proceso se cierra con una fuerte multa y la declaración oficial de que sus facultades intelectuales están mermadas, algo que él desmentiría con la publicación en 1948 de Sobre senderos invadidos por la hierba, donde explicaba su denostada postura. De momento su nombre es borrado de calles y plazas y bajo un manto de olvido se pretende ocultar su memoria, de manera que durante años en su país se leerá a escondidas.

Las dos últimas décadas de su vida es lo que nos cuenta la película de Troell: las actitudes públicas de Hamsun durante la ocupación alemana de Noruega, su desastrosa entrevista con Hitler, sus escasas simpatías por el gobierno títere proalemán de Quisling instalado en su país, pero su persistente fervor pronazi. Nos cuenta también su carácter huraño, su vida familiar, la postura de entusiasta hitleriana de su esposa, sus desencuentros con ella, el ambiente hostil que le rodea y la honda soledad en que él se mueve, así como la reconciliación final con Marie, su mujer.

Lenta y tímidamente se ha ido recuperando su recuerdo y medio siglo después de estos acontecimientos, Troell parece querer decirnos si no habrá llegado ya el momento de olvidar rencores y recuperar a Hamsun para los nórdicos, sin negar nada de lo que pueda hacer odiosa a su figura, pero tratando de separarlo de su obra. De acuerdo, el fue un racista y un nazi convencido, pero eso no invalida su espléndida creación literaria, que supone una contribución determinante a la literatura universal. Algo que parece obvio ha tardado décadas en poder ser asumido en su tierra. 

En 2009, 150 años después de su nacimiento, el arquitecto estadounidense de ascendencia noruega Steven Holl terminó de levantar, en pleno Círculo Polar Ártico, cerca de la aldea en que el escritor pasó su infancia, el Centro Knut Hamsun. Ha tenido que pasar mas de medio siglo para que su patria, Noruega, en reconocimiento de su valor literario vuelva a manifestar pública estimación por su obra, algo que sus simpatías nazis no permitían considerar políticamente aceptable. Tampoco puede sorprendernos mucho cuando en nuestros días ponemos en tela de juicio la obra de diferentes creadores en virtud de su moral personal, cierta o pretendida, confundiendo calidad artística con condición individual, preocupados por no incurrir en incorrecciones políticas.

No es el caso del director de The Square, el cineasta sueco Ruben Östlund, (1974) quien no se va a preocupar en modo alguno de obedecer a lo políticamente correcto, y sí se va a ocupar, en cambio, de jugar con ello para enfrentarnos a los numerosos prejuicios con que la moral social de nuestro mundo de hoy nos atosiga. Esto es lo que hace en The Square,(2017), una sátira inteligente de la sociedad europea a través de la figura de un tipo bien integrado. Un hombre joven, guapo, elegante, exquisito, culto y rico: un alto ejecutivo de la cultura. Divorciado con dos hijas, vive en una preciosa casa, conduce un coche eléctrico para no contaminar y trabaja en un museo de arte contemporáneo. Un hombre en perfecta sintonía con su mundo, defensor de grandes causas humanitarias, y sin nada que reprocharse en lo personal. La película nos lo presenta andando despreocupadamente por la calle de camino a su trabajo donde le espera rematar una instalación concebida como espacio de reflexión sobre el altruismo.


Una pequeñez, el robo del móvil y la cartera, va a precipitar una serie de reacciones en cadena que nos mostrarán al personaje desde una óptica muy distante y distinta de la imagen a la que socialmente cree responder. Este triunfador que parece tenerlo todo ni quiere renunciar ni sabe cómo recuperar su móvil y se va enredando en un rosario de torpezas que dejan cada vez más al descubierto su absoluta indefensión. Cuando las circunstancias le sacan de su medio donde todo parece rodar solo, la realidad le agrede, despertando su mala conciencia y su culpa con respecto a los más desfavorecidos: los sin techo, los emigrantes y, en fin, cualquiera que no forme parte de ese sector de privilegiados al que él pertenece. No digamos cuando su desacierto en una gestión le lleva a ser despedido de su cargo. O cuando la tensión por verse atrapado en situaciones insalvables le hace perder la paciencia con sus hijas, o su suspicacia ante esa joven con quien mantiene un encuentro amoroso desconfiado y estrafalario… La película está llena de momentos hilarantes que ponen en evidencia el contraste entre su verdadera naturaleza y la imagen que juega a proyectar, perfectamente ahormada con lo que la sociedad demanda.

Östlund compone una sátira fresca y atrevida donde se burla con gracia de la burguesía europea, de su buena conciencia y su buenismo, y de paso también, del esnobismo en que se mueve el mundo del arte; una comedia divertida y provocadora que sorprende por su desparpajo, su agudeza y su lucidez al señalar las contradicciones de la moral social que nuestra cultura nos impone.

Ruben Östlund
No es su primera película, es la quinta que ha dirigido. Las otras cuatro, The Guitar Mongoloid (2004), Involuntary (2008), Play (2011) y Force Majeure (2014). En cada una de ellas analiza diferentes aspectos sociales o familiares, desnudándolos de hipocresías y prejuicios y sacando a la luz los elementos ridículos ocultos en las rutinas diarias. Siempre en un estilo muy personal, ácido y mordaz, pero también contenido. La presión del grupo en Involuntary, la cuestión racial en Play, el rol patriarcal en la familia en Force Majeure diferentes elementos de la conducta humana puestos en la picota por un cine crítico desde dentro, que nos incomoda obligándonos a cuestionarnos ese falso bienestar moral del que nuestra sociedad presume.

Östlund ha cosechado ya con sus películas numerosos y merecidos premios. Esta que nos ocupa, The Square (2017), fue distinguida con la Palma de Oro en Cannes y con el Goya en Madrid a la mejor película europea de 2017. No es difícil convencerse de que estamos ante un ejemplo del mejor cine europeo; una revelación este director sueco cargada de promesas.


sábado, 19 de mayo de 2018

Los cinco de Cambridge


1951. Una noticia en la prensa conmociona a la sociedad occidental, y muy particularmente a los británicos: Dos altos cargos de la clase dirigente del Reino Unido, Donald McLean y Guy Burguess, dos diplomáticos con destino en Estados Unidos, han desertado de sus puestos y pedido refugio en la Unión Soviética.

Alan Bates como Guy Burgess en An Englishman Abroad
Insólito. La sociedad británica no salía de su asombro, pero la noticia no dejaba lugar a dudas y en la atmósfera de guerra fría que permeaba todas la capas y estratos sociales del llamado mundo libre esto era una enormidad todavía mayor que la traición a la patria, ya de por sí monstruosa; era una bofetada a todo un estilo de vida, el de la Europa occidental y la América anglosajona.

Tras las primeras investigaciones enseguida quedó claro cómo había estallado el escándalo: las indagaciones que se estaban llevando a cabo en el proyecto Venona, una colaboración secreta de las agencias inglesa y americana de espionaje en la  descodificación de documentos cifrados, estaban casi a punto de desenmascarar a Donald McLean, y éste, avisado a tiempo, se dio a la fuga junto a Guy Burguess.

La huida de Guy Burgess, en estrecha colaboración hasta entonces con Kim Philby, con quien vivía en pareja, colocaba también a éste bajo sospecha. Y Philby ocupaba nada menos que el cargo de Jefe de la Sección Antisoviética en esa red de espionaje de la postguerra. ¿Sería Philby el verdadero tercer hombre?...

Dos años antes, en 1949, se había estrenado con gran éxito la película de Carol Reed El tercer hombre, sobre un guión de Graham Greene, antiguo agente secreto y amigo personal de Philby. Graham Greene no puede eludir la pregunta con que le van a acosar los periodistas, y aunque él siempre negará, a la postre muchos dudaron de si no habría abandonado su oficio para no tener que delatar a su amigo, de quien seguramente tendría sobrados motivos para sospechar.

En cualquier caso y aunque todo le acuse, no aparecen pruebas convincentes en aquellos momentos. Ni tampoco un año después, cuando caiga John Cairncross, también amigo personal del trío desde su época de estudiantes en Cambridge. Kim Philby, que hábilmente ha conseguido mantener la confianza de sus jefes, logra capear el temporal y sostenerse en la cuerda floja durante once años más, hasta 1962.

Estaba entonces destinado en Beirut y, después de un primer interrogatorio porque habían aparecido nuevas pruebas que ahora sí le incriminaban, se daría a la fuga, huyendo probablemente a Odesa en un buque ruso.

Nuevo escándalo: el Foreign Office tiene que profundizar en ese grupo de agentes enrolados tanto tiempo atrás cuando eran recientes sus lazos de amistad, y, encuentra un quinto sospechoso, Anthony Blunt, en aquel momento experto crítico de arte, que había abandonado hacía años el servicio secreto y ya no estaba en activo, pero del que no quedaba claro ni cuándo ni hasta qué punto se había desvinculado totalmente de estas actividades. Y para colmo llevaba casi dos décadas ocupando el cargo de asesor artístico nada menos que de la reina, y estaba en posesión del título de Sir desde 1956.



El espionaje británico no sabe ya por dónde tirar. Su prestigio, más que tocado, va a quedar bajo mínimos cuando se haga pública la condición de espía de Sir Anthony Blunt, ese tipo exquisito tan cercano a la cúpula del poder político de su país. Se establece entonces que no hay pruebas suficientes que demuestren su deslealtad y, para bien de todos, se sella un pacto de silencio. El asunto se tapará hasta 1979 en que Margaret Thatcher, contraria a semejante componenda, desmienta la inexistencia de pruebas, revele que es más, que él mismo confesó su culpa, y lo destituya de su cargo de conservador de la Pinacoteca Real, cargo que desempeñaba desde 1945. La reina por su parte le retira el título de sir.

Sorprendente, sí, pero irrefutable; estos amigos, conocidos después como Los cinco de Cambridge, fueron los responsables de una de las mayores redes de espionaje del siglo XX.                  
                                             
Nos cuenta cómo acaecieron estos hechos una muy exitosa y premiada serie inglesa de la BBC: Cambride Spies, (Los cinco de Cambridge, 2003), escrita por Peter Moffat y dirigida por Tim Fywell.

Sobre la figura de Kim Philby, la más tratada, la BBC había emitido en 1971, Traitor (Traidor), un film también muy premiado de Alan Bridges. En 1977 aparecía Philby, Burgess y Maclean, de Gordon Fleming; en 1983 y en 2004, el film A different loyalty, (Tercera identidad), de Marck Kanievska, protagonizado por Sharon Stone y Rupert Everett.

Sobre la juventud de Guy Burguess había alcanzado ya veinte años antes un gran éxito Another country, (1984), también dirigida por Marck Kanievska y protagonizada por dos jovencísimos Rupert Everett y Colin Firth.

Allan Benett, que se ha ocupado de estos individuos en distintas ocasiones, realizó para la BBC un retrató sobrio y desesperanzado de Burgess en Moscú en su soberbia An Englishman Abroad, interpretada magistralmente por Alan Bates.

Y sobre Blunt, también para la BBC y también Allan Benett, dirigió en 1991 A question of Attribution, que repasaba la vida de Blunt como guardián de las pinturas de la reina.

Hay además otro drama para televisión, que arrasó en el Reino Unido, Blunt, el cuarto hombre, con  Anthony Hopkins como Guy Burgess y Ian Richardson como Anthony Blunt.

Por su parte, las películas basadas en novelas de John le Carré nos ayudan asimismo a entender esta historia, porque aunque no lo traten de una manera declarada, sí nos consta que Le Carré, espía como Greene, también como él había conocido a Kim Philby. De hecho su novela Tinker Tailor Soldier Spy, llevada a la pantalla en 2011 por Tomas Alfredson y titulada en España El topo, hace aflorar en su protagonista perfiles que retratan a este espía real. Pero sobre todo las novelas de Le Carré, como las de Greene, nos desvelan ese mundo en que se mueven estos agentes infiltrados por escenarios donde nunca está claro quién es quién y donde cualquiera puede ser otro, personajes que, si no sirven para entender sus motivaciones, sí sugieren al menos su complejidad psicológica.

Y a vueltas con sus motivaciones, ¿por qué estos niños bien, en la cima de la pirámide y teniéndolo todo, tratan de destruir ese mundo que a ellos precisamente, miembros de la clase dominante, les dispensa un trato tan de favor? ¿Es que no era como destruirse a sí mismos?...

Para tratar de comprenderlas hay que ponerse en su piel en aquellos años treinta de su juventud estudiantil. El crack de la bolsa de Nueva York en 1929 había dado al traste con la economía mundial y acabado también con el equilibrio político y social de Occidente. En  Europa y por tanto en Gran Bretaña, la sociedad está sufriendo una crisis económica brutal, y, agravados y potenciados por la crisis, unos procesos de cambio que los políticos no están sabiendo afrontar.

Ellos son jóvenes con fuerte espíritu crítico y enemigos de esa sociedad gazmoña y débil, rígida en las costumbres e ineficaz en lo político para dar respuesta a todo lo que está pasando. Están asistiendo al auge vertiginoso de los fascismos en Italia, en Alemania, en España… y sus gobiernos miran para otro lado sin resolverse a enfrentarlo. Sólo la Unión Soviética parece plantar cara a esta amenaza. Estos jóvenes se indignan con sus políticos ineptos, incapaces de reaccionar ante el peligro, pero también con esas normas sociales, severas y trasnochadas, que tiranizan la vida sexual de los individuos con convencionalismos estúpidos. Y parece que en este aspecto en el partido comunista de entonces también se goza de más libertades. O al menos esa es su percepción cuando participan en Viena de unos encuentros con asociaciones comunistas. Este será otro punto a favor, no sólo para los homosexuales del grupo, asfixiados en una sociedad que considera delito su opción sexual, sino para todos ellos, absolutamente hostiles al envarado puritanismo inglés.

Por otro lado la imagen que proyecta entonces la Rusia de Stalin, la única en ayudar a la República Española a luchar contra la agresión que está sufriendo, fortalece aún más su convencimiento de que allí y solo allí se está dando un movimiento activo en defensa de la democracia. De hecho más de uno vendrá a España como corresponsal de guerra, Blunt por ejemplo. Y Philby también, éste al parecer enviado por los rusos con la misión de asesinar a Franco, proyecto abandonado luego por Stalin, pero que a él le trajo a nuestra guerra bajo el disfraz de cronista a favor del bando rebelde y, paradojas del destino, aquí fue distinguido con una medalla que el propio Franco le impuso. Pero esta es otra historia.  

A Philby le habíamos dejado en Odessa en 1962. Sin duda él esperaba un gran recibimiento en la Unión Soviética y desde luego fue acogido con honores, pero muy por debajo de sus expectativas. Creía que le concederían rango oficial de la KGB, y sin embargo las autoridades soviéticas ni lo han considerado. En realidad nunca se habían fiado demasiado de estos británicos, motivo por el cual nunca sacaron todo el partido que sus talentos prometían. Le aseguraron sí, un pasar, bastante gris y  tampoco demasiado confortable. Es de suponer que se sentiría muy defraudado tanto en lo personal como en cuanto a la realidad soviética, muy por debajo sin duda de la soñada. Parece que los primeros años en su nuevo hogar fueron duros y difíciles, aunque más adelante lograra recomponer su figura y al morir en 1988 fuera enterrado con todos los honores por el gobierno ruso, más dispuesto ya a reconocer los servicios que este ciudadano había prestado a la Unión Soviética.

Su amigo Guy Burgess jamás aprendería ruso, seguiría encargando su ropa a su sastre inglés de Savile Road, se mantendría apegado a sus gustos británicos e iría incrementando su dependencia del alcohol. Moriría a los 52 años, sin llegar a adaptarse a su nueva vida.

Donald Maclean por el contrario se convirtió en un respetado ciudadano soviético hasta 1983 en que murió.

Anthony Blunt, que al quedar en evidencia se retiró discretamente de la vida social, pasó sus últimos años oscurecido, muriendo de infarto en 1985, todavía en posesión de dos honrosas distinciones del gobierno del Reino Unido: Caballero Comendador de la Real Orden Victoriana y  Comendador de la Legión de Honor.

Y por último John Cairncross, que jamás confesaría su condición de espía doble, murió en el Reino Unido en 1995.

Desde aquellos primeros años treinta en que se fueron enrolando como espías lo arriesgaron todo. Al principio seguramente en total armonía con sus ideales, pero cuando, todavía en los años de la guerra, los líderes occidentales empezaron a mirar con desconfianza a su aliado soviético, y, sobre todo, cuando el estallido en la inmediata postguerra de la llamada guerra fría agravó aún más el significado de sus acciones, la presión de llevar una doble vida tuvo que resultar tremendamente insoportable y más conociendo la gravedad del castigo que sus actos podrían acarrearles, pero sin duda, quisieran o no, era ya tarde para volverse a atrás.