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viernes, 8 de marzo de 2019

Directoras de cine: europeas rompedoras


El nacimiento del cine corre casi paralelo al despertar del movimiento feminista y con alegría se constata la presencia de la mujer en la dirección cinematográfica desde sus inicios. Claro que en las primeras décadas de su andadura son pocas las dedicadas a este menester. No tiene por qué extrañar; son años en que la mujer ya lucha por hacerse un hueco fuera del hogar, pero la resistencia es grande.


Alice Guy
Sólo su imprescindible incorporación al trabajo durante la primera guerra mundial, porque los hombres están en el frente, hace realidad su integración decisiva en el ámbito laboral. Con el discurrir del tiempo irá siendo gradualmente más aceptado su derecho al trabajo, pero aun así, haciendo balance, en determinadas profesiones, y en ésta en concreto, hasta fechas muy cercanas casi se pueden contar con los dedos las mujeres que han alcanzado un reconocimiento social. Habrá que esperar a las generaciones nacidas después de la segunda guerra mundial para poder confirmar una incorporación decidida de la mujer a esta profesión. Las anteriores se abrirán camino gradualmente con dificultad, que los muros irían cayendo despacio.


Las pioneras eran en su mayoría ignoradas e incluso eliminadas de los títulos de crédito de las películas, así que es difícil seguirles el rastro. Pero aún con todo nos han llegado algunos nombres del cine mudo, como el de la francesa Alice Guy (1873-1968), la primera en realizar un film narrativo, El hada de los repollos (La fée aux Choux, 1896), la primera película, por tanto de la historia del cine. Aunque perteneciente al círculo de los Lumière, no trabajaría con ellos, toda vez que estos entonces minimizaban el posible futuro de su flamante invento en la narración de historias. El éxito de su iniciativa les haría cambiar de opinión, pero ella continuaría su carrera en Estados Unidos no volviendo a Francia hasta los años veinte con más de 600 películas en su haber. Fundamental también en la historia del cine fue la alemana Lotte Reiniger (1899-1981), quien después de varios cortos y de trabajar en publicidad, introdujo el cine de animación en un largometraje.


A escala nacional merecen destacarse al menos, Elena Jordi (1882-1945) actriz, directora y productora de la que, por desgracia, no se conservaron sus películas y Helena Cortesina (1904-1984) bailarina y actriz, que tiene el mérito de haber sido la primera directora de cine española cuyas películas sí se conservan. Y tan sólo tenía 18 años cuando en 1922 dirigió Flor de España. Así estaban las cosas en tiempos del cine mudo.

Elena Jordi                                                                              Helena Cortesina 

Con la llegada del sonoro el cine empezó a convertirse en un espectáculo de masas y se multiplicó el número de creadores. Pero seguíamos en un mundo de hombres. Y hasta 1948, en que la ONU incorporara a los Derechos del Hombre el sufragio femenino, la sociedad no parecía sentir la necesidad de hacerle a la mujer un hueco en la vida pública, así que pongamos la segunda mitad del siglo veinte como límite para que la condición femenina dejara de ser obstáculo, al menos oficialmente, de su reconocimiento social. Esto significa que tendremos que esperar a las nacidas en los años treinta y cuarenta, que habrán alcanzado su mayoría de edad superada la mitad de la centuria, para entender que ya no se les discute su condición de ciudadanas, aunque algunos países, pocos, se hayan adelantado a este reconocimiento y otros muchos tardaran aún en hacerlo.


Teniendo esta fecha como referencia son de destacar por su contribución a esta actividad algunas europeas nacidas en la primera mitad del veinte. 

Lenny Riefenstahl
Casi con el cambio de siglo nace la alemana Leny Riefenstahl (1902-2002) un caso excepcional de prestigio rápidamente reconocido, pero cuyo nombre tenemos fatalmente asociado al régimen hitleriano por los diferentes documentales propagandísticos que para aquel realizara, en especial Olimpia, el magnífico trabajo sobre los Juegos Olímpicos del Berlín de 1938. Su identificación con el nazismo funcionó como un estigma que, tras el resultado de la guerra, perjudicará seria y definitivamente a su carrera. En activo desde el año 1924 su última película Tiefland, adaptación al cine de una ópera alemana comenzada a rodar en 1940, no se estrenaría hasta 1954. Y después, casi medio siglo de silencio, porque no se le conoce otro trabajo hasta 2002 en que hace público Impresiones bajo el agua, un documental compuesto por filmaciones que había rodado en Papúa, Nueva Guinea, entre 1970 y 2000. Falleció en su casa de Baviera a orillas del Danubio a los 101 años de edad.

Ida Lupino
En la siguiente generación, aparece otra de estas adelantadas a su tiempo. Se llamó Ida Lupino (1918-1995), inglesa trabajando en Estados Unidos, que además de notable actriz ejerció como brillante directora en el Hollywood de los años cincuenta. Hija de artistas comenzó en la interpretación en 1931 y enseguida se revelaría como actriz sólida y segura de sus papeles. Aunque sin llegar a la categoría de estrella, ya en los cuarenta es muy solicitada para protagonizar numerosos films. En 1949 se atreve por primera vez con la dirección y a partir de entonces compaginaría ambas tareas hasta su retirada a fines de los setenta. Como actriz iba a trabajar con directores de la talla de Hathaway, Walsh, Vidor, Lang, Mamoulian, Ray o Negulesco, entre otros. Y con frecuencia en películas de cine negro. Como directora funcionó más para televisión que para el cine, pero en ambos medios nos dejaría un buen ramillete de títulos. De sus películas las más conocidas en España fueron probablemente Ultraje (1950) y El bígamo (1953). De sus realizaciones para televisión sus trabajos se inscriben en series como Bonanza; Alfred Hitchcock presenta; El fugitivo; Los ángeles de Charlie… y unas cuantas más.

Entre las nacidas en la década de los 20 las hay que entran ya pisando fuerte, como la cineasta checa Vera Tchytilova (1929-2014), perteneciente a la nueva ola de cine checo, y considerada una de sus integrantes más radicales. Con su película Las margaritas rebasó fronteras y marcó la ruptura con la estética soviética.
Ana Mariscal                                                                          Vera Tchitilova
La española Ana Mariscal, (1923-1995) debuta en el cine en 1940 por casualidad, siendo todavía estudiante de Ciencias Exactas. Y lo hace con tanta fortuna que ya no abandonaría la pantalla, compaginándola pronto con las tablas y, desde mediados de los cincuenta, con la producción, la dirección y el guión de sus propias películas. El Camino (1966), su primer gran éxito, la sitúa según los críticos entre las mejores directoras europeas del siglo veinte.

                         Agnes Varda                                                                         Lina Wertmuller                                                           
Y además de éstas, ya desaparecidas, otras dos realizadoras todavía en activo, la francesa Agnes Varda y la italiana Lina Wertmuller. 

Agnes Varda (1928) se daría a conocer en los años sesenta como miembro de la nouvelle vague y desarrollaría una carrera plagada de éxitos. El muy premiado documental Rostros y lugares (Visages villages) realizado en 2017 es, de momento, su última y esplendida aportación. 

Lina Wertmuller (1928) actriz, guionista y ayudante de dirección con Fellini, debutaría como directora en 1972, alcanzando una gran difusión con sus primeras películas, una de las cuales, Pascualino siete bellezas, le supuso el reconocimiento internacional. Anarquista y feminista militante, sus películas reflejan sus inquietudes y compromisos político sociales.

                Liliana Cavani                                                        Liv Ullman                                    Josefina Molina

Nacidas en la década de los treinta, la italiana Liliana Cavani (1933), la noruega Liv Ullman (1938)  y la española Josefina Molina (1938), que nos darán interesantes trabajos en la dirección.


Liliana Cavani, era ya muy conocida en Italia cuando saltó a la fama en 1974 con su controvertida Portero de noche, (Portiere di notte, 1974), y desde entonces ha realizado unas cuantas películas más de difusión internacional como Francesco, (1989), o Ripley´s Game, (2002), alternando su dedicación al cine con la dirección de óperas.


Liv Ullmann, actriz de teatro desde 1957 y de cine desde 1966, última musa de Ingmar Bergman y protagonista de muchas de sus películas, se iniciará en la dirección en 1992, compaginando desde entonces con sus trabajos de interpretación los de realización. Sofie, Encuentros privados, Kristin Lavransdatter, Infiel y La señorita Julia son hasta ahora sus logros como realizadora.


También la española Josefina Molina, aunque menos conocida fuera de nuestras fronteras, merece especial mención pues cuenta en su haber con obras tan destacadas como Función de noche (1981) o Esquilache (1988) y series de TV tan brillantes como Teresa de Jesús (1984).


Margarette Von Trotta

Pilar Miró

Respecto de las nacidas en los años cuarenta, rompiendo moldes y fronteras y alcanzando fama internacional, ahí están algunos nombres como los de la alemana Margarette Von Trotta, (1942), la polaca Agneszca Holland, (1948), la francesa Coline Serrau, (1947), la británica Sally Potter, (1949), y, un poquito menos conocida por su temprana muerte, la española Pilar Miró (1940-1997), que nos regalan un montón de trabajos inteligentes e interesantes y nos acostumbran a la idea de que tras una buena película puede estar la mirada de una mujer.


Habría que esperar a las nacidas de los cincuenta en adelante para que la presencia femenina empezara a hacerse bastante más frecuente en esta actividad. Hoy esto felizmente es un hecho, y así aunque aún está lejos de alcanzarse la paridad, son ya centenares las europeas que dirigen cine y la mujeres cineastas en general son ya tantas, y tanto el talento que aportan al acerbo común que afortunadamente va dejando de ser noticia si detrás de la cámara es un hombre o una mujer quien nos está contando una historia.


No ha sido un camino fácil; nuestro reconocimiento a su valor y a su valía.


viernes, 13 de julio de 2018

Mujeres de armas tomar


Da pereza el cine mudo, pero si se consigue vencer para enfrentarse a una buena película, siempre ese pequeño esfuerzo habrá compensado. Si la película es la Juana de Arco de Dreyer quedamos tan fascinados que queremos más. Tal es la belleza y sugestión de sus imágenes.

La pasión de Juana de Arco, una de las primeras grandes películas de la historia del cine, nos deja subyugados con esos primeros planos de rostros singulares que destilan verdad, con esos interiores bellísimos en su desnudez y esa desgarradora interpretación de Jeanne Falconetti en la única película que hizo, tan impactante y tan veraz, transmitiéndonos angustia, indefensión, fragilidad y fuerza, determinación y espiritualidad.

La película se apoya en la historia de Juana de Arco, líder militar y personaje clave a favor del delfín de Francia en la Guerra de los Cien Años, heroína que antes de ver consumado el triunfo por el que luchó, fue capturada por el enemigo y condenada a muerte. Pero esto se da por sabido; lo que nos cuenta el film es primero el juicio a que fue sometida, recurriendo para ello a las actas originales del proceso, y la quema de Juana en la hoguera después.

Realizada en 1928 será la segunda (De Mille se adelantó en 1916) de un rosario de películas sobre la figura de la doncella de Orleans (Victor Fleming, 1948;  Roberto Rossellini, 1954; Otto Preminger, 1957;  Robert Bresson, 1962; Jacques Rivette, 1994; Luc Besson, 1999; Christian Duguay 1999). Correctas algunas, inspiradas otras, interesantes todas, pero ninguna ha logrado hasta hoy alcanzar el nivel al que Dreyer llegó con La pasión de Juana de Arco, indiscutible obra maestra que a los noventa años de su realización nos sigue estremeciendo como el primer día aunque el cine todavía no dispusiera de los muchos avances tecnológicos de los que el tiempo le fue dotando.

Dreyer cuenta que eligió el personaje en una terna donde figuraban también María Antonieta y Catalina de Medecis. Y, según dice, fue el azar el que decidió, pero la verdad es que la figura de Juana estaba entonces muy de actualidad, ya que había sido recientemente canonizada (en 1920), y elegida patrona de Francia. Está aún fresca en el recuerdo la exitosa película de Cecil B. De Mille, de grandes escenarios y gloriosas batallas sobre la vida de la santa francesa, pero Dreyer no quiere contarnos la gesta de Juana, sino sólo su indefensión frente a los jueces crueles e insensibles, su espiritualidad y su sufrimiento, así que se centra en las actas del proceso, también hechas públicas pocos años antes, y en su tormento en la hoguera.


Y se sirve para emocionarnos de su maestría de realizador genial: cuidadísimos escenarios de sobriedad espartana y una muy acertada iluminación natural, que subraya el dramatismo del relato; la fuerza visual de esas caras sin maquillar de los inquisidores, sus actitudes de acoso, subrayadas con contrapicados y la habilidad con que nos desvela el ensañamiento con la víctima, la perversa misoginia de sus jueces, al servicio de conveniencias políticas; todo ello acentuado por el ritmo pausado de la narración. Sin olvidar, la carga expresiva de la actriz, única transmitiendo el misticismo y el dolor de la joven. En fin una obra ejecutada y conseguida con un conocimiento de los medios que deslumbra y desarma.




Si la lucha de Juana la llevó a los altares, a Lucrecia su fama de mala la situó en el reverso de la moneda: de santa a pecadora, pero también mujer de armas tomar si hacemos caso a todas las maldades que de ella ha divulgado la leyenda.

Porque su persona ha sido casi siempre abordada desde una óptica sensacionalista, especialmente desde que Víctor Hugo la hiciera objeto de uno de sus dramas, que además sirvió de base para la famosa ópera de Donizetti, que lleva su nombre, y, que resultó asimismo vehículo eficaz para extender su mala imagen. Alejandro Dumas, Mario Puzzo,  Dario Fo y otros muchos han novelado también su vida y hasta en tebeos nos han contado sus peripecias (recordemos Los Borgia de Alejandro Jodorowski), pero no todos han dado una visión amable del personaje, sino que la mayoría han insistido en divulgar su fama de envenenadora, ninfómana… y otros epítetos por el estilo.

Lucrecia Borgia (1480-1519)por Bartolometo Veneto
Eran sus tiempos, tiempos de sobornos y de orgías; de ambiciones desmedidas, puñaladas y venenos. Y en aquella Roma donde los suyos moraban, los Borgia resultaban unos extranjeros demasiado poderosos y, por ello, fácil pasto de injurias, propagadas por familias nativas envidiosas de sus éxitos sociales.

Isolda Dichauk como Lucrecia Borgia
Porque Lucrecia pertenecía a una influyente familia española, oriunda de Valencia, los Borja que dio dos papas a la iglesia, (su padre uno de ellos, y su tío abuelo el otro), y que dos generaciones después darían también un santo, Francisco de Borja. Sus hermanos, bien situados socialmente por su todopoderoso progenitor, fueron hombres de mando temibles y crueles, sobre todo César que ha pasado a la historia como asesino sanguinario, con documentos que parecen acreditarlo, lo que no sucede con Lucrecia, acusada de conducta disoluta, incestuosa y hasta asesina sin que ninguna prueba lo confirme. Lo más probable es que fuera tan solo una dama noble e instruida, amante del arte y de la cultura, que paseó su persona por diferentes cortes italianas codeándose con lo más brillante y granado del renacimiento: Leonardo, Miguel Angel, Rafael, Copernico …; utilizada sin duda por su poderosa familia como moneda de cambio para sus intereses, y pasto de la maledicencia que con ella se cebó, aunque con toda probabilidad inocente de las barbaridades que se la han achacado y ajena a los tintes sombríos con que se ha adornado su imagen.

Pero cualquiera que fuese la realidad todos esos colores con que se ha pintado su existir resultan tentadores para el cine, que ha vuelto sobre su figura y la de su novelesca familia en diferentes ocasiones: 1922, Richard Oswald; 1935, Abel Gance; 1940, Hans Hinrich; 1947, Bayon Herrera; 1953, Christian Jaque; 1968, Osvaldo Civirani; 1982, Bianchi Montero; 2006, Antonio Hernández.

The Borgias, (Neil Jordan, 2011) 
Y también la TV que en 2011 registra dos series interesantes sobre su familia: la del canadiense Neil Jordan, The Borgias, y la coproducción franco italiana Borgia, dirigida por Oliver Hirschbiegel.

Si Juana, la doncella de Orleans, era una iluminada convencida de tener una misión en la vida y decidida a cumplirla a cualquier precio, y la bella Lucrecia nos ha llegado, con razón o sin ella, como un personaje peligroso por su capacidad para el mal, la voluntad de mando de Isabel Tudor y su falta de escrúpulos para manejar su inmenso poder, la convierten asimismo en una mujer de cuidado.

Isabel I de Inglaterra por George Gower, 1588
Su figura descuella también entre las favoritas del cine a juzgar por el gran número de películas y series de TV que se han inspirado en su vida. Celebrada como mujer independiente por un feminismo no muy riguroso, engrandecida y embellecida por la propaganda protestante en su papel de represora de papistas, o calificada, desde planteamientos más novelescos, de siniestra y malvada, por los actos más crueles de su reinado, su figura ha sido abordada desde diferentes y hasta opuestos ángulos, pero siempre mitificada como la dama poderosa, respetada y temida que sin duda llegó a ser.



Así que tratada con fiereza o con comprensión, querida u odiada, su tumultuosa biografía ha dado mucho juego para volver repetidamente sobre el personaje. Y el cine lo ha hecho una y otra vez recurriendo a actrices tan grandes como Bette Davis, Glenda Jackson, Vanessa Redgrave, Judy Dench, Helen Mirren, Kate Blanche, entre otras, y es un placer confrontar sus trabajos.

Bette Davis en La Reina Virgen, (1955)
La televisiva serie Los Tudor, (The Tudors, 2007), nos cuenta su infancia, pero en casi todas las restantes ocasiones se nos relatan sus amores. Así lo hace Henri Desfontaines en fechas tan tempranas como 1912 con Les Amours de la reine Elisabeth, cortometraje protagonizado, todavía en la infancia del cine, por la gran Sarah Bernhardt; Michael Curtiz en 1939 con La vida privada de Elisabeth y Essex, (The Private Lives of Elizabeth and Essex), donde Bette Davis y Errol Flynn encarnan a la reina y a su amante, el infortunado Robert Devereux (cantados también por Donizetti en su famosa ópera); George Sidney con La reina virgen (Young Bess, 1953), en la que una juvenil y dulce Jean Simmons da vida a Isabel en sus primeros años;  Henri Coster también con La Reina Virgen (The Virgin Queen, 1955), de nuevo con Bette Davis, ahora en el relato de sus amores con Sir Walter Raleigh, el pirata que asaltaba barcos españoles con el beneplácito real para robar el oro de la América Hispana; y, dando un gran salto en el tiempo, Tom Hooper con Elizabeth I (2005), donde Hellen Mirren en el papel de la reina interpreta sus últimas aventuras amorosas, tanto con el Conde de Essex primero, como con Robert Dudley después, quien, ennoblecido como duque de Leicester,  es retenido en la corte por la reina, abrumado con cargos y prebendas.
Helen Mirren como Isabel I de Inglaterra, (2005)
Amoríos aparte, otro aspecto interesante de su biografía, la relación con su prima María, la reina de Escocia, fue llevada a la pantalla por John Ford en 1936 con el título María Estuardo  (Mary of Scotland), Aquí se cambian las tornas con una puesta en escena a favor de una bellísima y pura María frente a una malvada y poco agraciada Isabel. Y en 1972 Charles Jarrot vuelve sobre el tema con María reina de Escocia, confíándole a Glenda Jackson la responsabilidad de interpretar de nuevo a Isabel I, repitiendo un papel que el año anterior le había proporcionado un Emmy por su trabajo en la serie Elizabeth R., y asignándole el de María a Vanessa Redgrave, regalándonos así un interesante dúo interpretativo.

Aspectos tangenciales de su reinado se tratan en Shakespeare in love, (John Madden 1998) donde se recrea la época del teatro isabelino y en la pseudohistórica Anonymous (Roland Emmerich, 2011), sobre la falsa autoría de William Shakespeare. En ambos filmes el personaje, interpretado por Judy Dench y Vanessa Redgrave, respectivamente, presenta a una reina que utiliza el teatro como  refuerzo de su imagen.



Judy Dench como Isabel I en 1988
A Judy Dench, su aparición en Shakespeare in love le haría merecedora de un Oscar como mejor actriz de reparto por esos espléndidos ocho minutos en que encarnó con tanta fuerza a este mítico personaje histórico.

También en el film Orlando (Sally Potter, 1993) aparece puntualmente la figura de Isabel I, esta vez interpretada por el conocido icono gay Quentin Crisp en una personificación de la reina muy elogiada en su día por la crítica y el público.

Glenda Jackson en Elizabeth R, (1971)
La televisión británica ha recogido, asímismo, como ya avanzamos, el retrato de Isabel en la teatral producción de la BBC, Elizabeth R (Roderick Graham, 1971), con Glenda Jackson interpretando, a lo largo de seis capítulos, la etapa más significativa de la vida de la reina, desde su llegada al trono hasta la proclamación de Jacobo VI como su sucesor. Serie tan exitosa que dio lugar a una parodia de Graham Chapman en un sketch del programa Monthy Python’s Flying Circus. 

Y abarcando también todo su reinado, pero desde una óptica beatamente hagiográfica, el hindú Shekhar Kapur realizó en 1998 Elizabeth y, veinte años después, Elizabeth, la Edad de Oro, (Elizabeth, the Golden Age, 2008), donde, en su afán de elogiar la figura de la reina, el realizador cede a la tentación simplista de contarnos una historia de buenos y malos alentando la leyenda negra de Felipe II y su malvada corte española, oscurantista y cruel; visión maniquea y simplona de la historia que resta méritos al relato. Tolerado este enfoque edulcorado y reductor, la apropiada recreación de vestuario y decorados y la buena interpretación de Kate Blanchett salvan una película que prometía más.

Kate Blanchett como Isabel I de Inglaterra (2008)
Entre medias de las dos realizaciones de Kapur, en 2005 otra soberbia actriz británica tomaría el testigo de Blanchett y Dench, en el papel de la reina, la extraordinaria Helen Mirren esta vez para la miniserie: Elizabeth I.

Y a continuación, Anne Marie-Duff volvería a encarnar a la reina en otra miniserie más, El Favorito de la Reina, lanzada en 2006 por la BBC, para que no coincidiera con la anterior.

Resumiendo,  tres impactantes figuras: por la capacidad de entrega a su causa, la de Juana de Orleans, que levantó todo un ejército victorioso en defensa del delfín de Francia; la de Lucrecia Borgia, por esa imagen de mujer peligrosa, perversa y degenerada que de ella han divulgado, tal vez injustamente, el tiempo y la historia; y la de Isabel I de Inglaterra, por su poder omnímodo y tiránico, y su voluntad férrea de ejercerlo. Personajes que no parecen tener demasiado en común pero que sin duda responden totalmente al enunciado.

jueves, 14 de junio de 2018

El grupo de Bloomsbury


Sir Leslie Stephen, distinguido miembro de la aristocracia londinense y eminente victoriano muere en 1904. Al quedar huérfanos, y como primer signo de rebeldía, sus hijos, los cuatro hermanos Stephen, (Thoby, Alexandre, Vanessa y Virginia), trasladan su residencia del señorial Hyde Park Gate a Bloomsbury, barrio entonces de estudiantes de costumbres más relajadas, donde comenzaron a vivir sin ataduras con los nuevos amigos que Thoby había hecho en Cambridge, veinteañeros como él y, como él, desenfadados, cultos, seductores y amantes de la libertad de costumbres.


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Allí, en una confortable casa de estilo georgiano donde las mujeres se encuentran en un plano de igualdad con los hombres, sin puritanos controles, se respiran unos aires de libertad, que, en el marco de una sociedad puntillosa como era aquella del Londres de entonces, escandaliza. Ellos, deliberadamente provocadores, se reafirman en su inconformismo, ajenos a la moral convencional y trazando un nuevo estilo más acorde con lo que más tarde serán las señas de identidad de la cultura contemporánea.

Siendo muy jóvenes los cuatro hermanos viajan a Italia y Grecia en pos de la belleza, algo casi inexcusable en la alta sociedad inglesa de aquellos tiempos. Thoby y Vanessa enfermaron en el viaje; ella se recuperó pero el hermano moriría de tifus en Londres al regreso de su aventura cultural. Sólo tenía 26 años. Esto sucede en 1906, antes de que el grupo hubiera propiamente cuajado, aunque Thoby siguió siendo para sus hermanas una figura central del mismo, como el Perceval de The Waves, apuntaría Quentin Bell, el hijo de Vanessa, en su libro sobre el grupo, aludiendo al personaje silente en la novela de su tía Virginia.

Lytton Strachey y Virginia Woolf
A este núcleo inicial, una combinación de alta sociedad e intelectuales de vanguardia, de espíritu snob y elitista, entre los que se encuentran los pintores Duncan Grant y Roger Fry, los hermanos Strachey (Lytton, biógrafo, y James, psicoanalista), y el crítico de arte Clive Bell, enseguida se unirían otros más, y entre ellos, el escritor, político y editor Leonard Woolf. Bell y Woolf casarían con las hermanas Stephenson, Vanessa y Virginia, respectivamente. La primera, pintaba, la segunda, escribía.

Los Woolf actuarán como aglutinantes de un variado grupo de jóvenes brillantes y creativos: pintores, escritores, filósofos, economistas… en general gentes cultivadas y talentosas. Claro que en los primeros años de existencia del grupo sólo Roger Fry, el mayor en edad, era ya un personaje afamado.

Vanessa Bell, de soltera Stepenson
Al círculo inicial se sumaron después el novelista E. Morgan Forster, el economista Maynard Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. También el hispanista Gerald Brenan había pertenecido a ese grupo antes de trasladarse a vivir a España y seguiría manteniendo contactos con sus miembros. Asimismo la frágil y delicada novelista neozenlandesa Katherine Mansfield, que había publicado alguna de sus obras en Hogarth Press, la editorial fundada y regentada por Leonard Woolf, los frecuentaría, y, excéntrica, irónica y buena conversadora como ellos, a menudo compartirían tertulias en su casa durante sus diversas estancias en Londres.

Bertrand Russell, Maynard Keynes y Lytton Strachey
Como grupo, este círculo de amigos no ejercerá ningún influjo social que justifique su paso a la historia antes de los años veinte; ni siquiera ante un asunto tan trascendental como la gran guerra manifestaron una postura común, aunque la mayoría se declarara pacifista. Pero en la década siguiente sí experimentan en tanto que tal una etapa de floración, a medida que gran parte de sus características comunes: rechazo de las actitudes dogmáticas, tolerancia sexual, feminismo, individualismo antiheróico, y racionalismo, (el sueño de la razón produce monstruos de violencia), han ido calando ya en la burguesía cultivada, que avanza en la asunción de estos elementos como valores. La avalancha de lo irracional en los años treinta con la ascensión de los fascismos y el estallido de la segunda gran guerra después barrerían estas corrientes. Claro que para entonces el grupo ya estaba disuelto. Lytton Strachey había muerto en el 32, Roger Fry en el 34, Vanessa Bell en el 37, su hermana Virginia se suicidaría en 1941, Keyness moriría en el 46… En este año la Segunda Guerra Mundial ya ha finalizado y la sociedad occidental ha consolidado una vuelta al conservadurismo, de manera que sólo será en el último tercio del siglo XX, tras el contestatario mayo del 68, cuando en los ambientes culturales se revaloricen de nuevo sus presupuestos.  
  
Virginia Wolf, de soltera Stephenson
Y será la figura de Virginia Woolf no la única pero sí la que despierte mayor interés: su actitud desprejuiciada en torno al sexo, (Orlando), así como su feminismo (Una habitación propia; Tres guineas), conectan muy bien con los valores de una sociedad que está reaccionando contra el conservadurismo de postguerra.

Su novela Orlando, surge de la reflexión de Virginia sobre lo vivido con Vita Sackville-West, una aristócrata que su cuñado le había presentado, nunca aceptada en el grupo pero con quien Virginia mantuvo una apasionada relación que Vita acabaría cortando. Publicada en 1928 es una fantasía novelesca que recorre la historia de Inglaterra desde fines del XVI hasta el siglo XX a través de un personaje que cambia de sexo sin que su personalidad experimente más diferencias que aquellas derivadas de cómo los demás la vayan tratando, algo que viene determinado en realidad por su apariencia, según se muestre vestida con ropas de hombre o de mujer.

Un año después, en 1929, en Una habitación propia, (A Room of One’s Own), denunciará cómo la autonomía de la mujer viene condicionada porque ésta tenga o no independencia económica y un ámbito de privacidad que le permita manifestarse sin cortapisas externas. En 1938 volvería en su ensayo Tres guineas, y en un tono más radical, a reivindicar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Dos películas nos acercan especialmente al mundo de Virginia Woolf, la primera, Las horas, a su persona; la segunda, Orlando, a su visión del sexo.

Nicole Kidman como Virginia Wolf
En Las horas (The hours, 2002), Stephen Daldry lleva a cabo a través de la novela de Virginia Woolf, Miss Dalloway, la semblanza de tres figuras femeninas en tres momentos diferentes del siglo XX: la de la propia Virginia en su proceso de escribir ese relato en los años 20; la de una lectora de su novela en 1949, y, una versión de la propia Miss Dalloway trasplantada a los años 90. Aunque parece abordar diferentes problemáticas vitales, en realidad subyace un mismo fondo: la vida, la muerte, la soledad, la necesidad de amor, y, en definitiva,  el difícil oficio de vivir. 

En Orlando, (1992), su directora, Sally Potter, nos perfila una criatura melancólica e independiente, un ser ambiguo e inmortal que cambiando de sexo a través del tiempo constata como los demás la perciben distinta, mientras ella es consciente de que no varía en su mismidad; que es tan solo un puro prejuicio social lo que la hace ser captada como diferente.

También la figura de Lytton Strachey, menos conocida entre nosotros que entre sus compatriotas, ha tenido su reflejo en el cine. En su ópera prima Carrington (1995), Christopher Hampton nos desvela su relación con la pintora Dora Carrington, personaje ajeno al grupo de Bloomsbury, pero al que se la asocia tanto por sus actitudes bohemias y extravagantes como por su pasión desmesurada y su fatal enamoramiento del mencionado escritor, a quien parece dedicar fervorosamente su vida y con quien comienza una relación asexuada en 1917 para acabar formando con él y con su esposo una inusual relación a tres. La película se centra en el personaje de la pintora, impecablemente interpretada por Emma Thompson, y nos cuenta la vida en común del trío formado por Lytton Strachey, Dora Carrington y Ralph Patrick, con quien ella contrajo matrimonio por amor a Lytton. Su obsesión con Lytton Strachey fué tan desaforada que, cuando éste muere de cáncer en 1932, Dora intenta por dos veces suicidarse. Y a la segunda lo consigue.  

Dora Carrington, Ralph Kilpatrick y Lytton Strachey
Tiempo atrás Dora Carrington había mantenido también una relación amorosa con otro amigo del grupo: Gerald Brenan, según nos lo cuenta él mismo en sus memorias, libremente interpretadas por Fernando Colomo en una comedia ágil y divertida, Al sur de Granada, (2003), donde entre otras cosas relata las visitas que sus amigos ingleses le harían a Yegen, el pueblo de la Alpujarra granadina que había elegido para vivir en 1920 y que no abandonaría del todo a pesar de sus frecuentes viajes y escapadas hasta el inicio de nuestra guerra civil. Seguiría después residiendo con frecuencia en distintos pueblos y ciudades de Andalucía y, aunque viajero impenitente, nunca se cortarían del todo sus lazos con España, por lo demás tan presente en su obra.

El cine ha contribuido también en gran medida a divulgar si no su vida al menos sí la novelística de otro componente del círculo, Morgan Forster, ofreciéndonos una nutrida cosecha de buenas películas basadas en sus narraciones como Pasaje a la India (A Passage to India, David Lean, 1984), Una habitación con vistas, (A Room with a View, Ivory, 1986),  Maurice, (Ivory, 1987), o Regreso a Howards Ends, (Howards Ends, Ivory, 1992), que ponen al descubierto tanto la sociedad inglesa en que le tocó vivir como sus principales obsesiones, girando siempre sus argumentos en torno a los conflictos derivados de las barreras de clase, así como de la severa condena que la sociedad occidental y especialmente la inglesa imponía a la homosexualidad.

Interesante esta generación de británicos que inauguraron siglo XX en plena juventud; les tocaría sufrir la gran guerra, con su rosario de muertes, en un momento de floráción creativa y la mayoría de los supervivientes no sospechaba que dos décadas después asistirían a otra aún más mortífera. Algunos no llegaron a vivirla; otros la vieron venir como Keyness, quien, aunque sin éxito, advirtió de ello. Entre tantos millones de muertos cuánto talento se fue por los desagües de la historia, cuánta creatividad abortada y cuántos cambios insospechados que dejarían para muchos su mundo irreconocible. Ellos fueron algunos testigos de esto.