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sábado, 19 de mayo de 2018

Los cinco de Cambridge


1951. Una noticia en la prensa conmociona a la sociedad occidental, y muy particularmente a los británicos: Dos altos cargos de la clase dirigente del Reino Unido, Donald McLean y Guy Burguess, dos diplomáticos con destino en Estados Unidos, han desertado de sus puestos y pedido refugio en la Unión Soviética.

Alan Bates como Guy Burgess en An Englishman Abroad
Insólito. La sociedad británica no salía de su asombro, pero la noticia no dejaba lugar a dudas y en la atmósfera de guerra fría que permeaba todas la capas y estratos sociales del llamado mundo libre esto era una enormidad todavía mayor que la traición a la patria, ya de por sí monstruosa; era una bofetada a todo un estilo de vida, el de la Europa occidental y la América anglosajona.

Tras las primeras investigaciones enseguida quedó claro cómo había estallado el escándalo: las indagaciones que se estaban llevando a cabo en el proyecto Venona, una colaboración secreta de las agencias inglesa y americana de espionaje en la  descodificación de documentos cifrados, estaban casi a punto de desenmascarar a Donald McLean, y éste, avisado a tiempo, se dio a la fuga junto a Guy Burguess.

La huida de Guy Burgess, en estrecha colaboración hasta entonces con Kim Philby, con quien vivía en pareja, colocaba también a éste bajo sospecha. Y Philby ocupaba nada menos que el cargo de Jefe de la Sección Antisoviética en esa red de espionaje de la postguerra. ¿Sería Philby el verdadero tercer hombre?...

Dos años antes, en 1949, se había estrenado con gran éxito la película de Carol Reed El tercer hombre, sobre un guión de Graham Greene, antiguo agente secreto y amigo personal de Philby. Graham Greene no puede eludir la pregunta con que le van a acosar los periodistas, y aunque él siempre negará, a la postre muchos dudaron de si no habría abandonado su oficio para no tener que delatar a su amigo, de quien seguramente tendría sobrados motivos para sospechar.

En cualquier caso y aunque todo le acuse, no aparecen pruebas convincentes en aquellos momentos. Ni tampoco un año después, cuando caiga John Cairncross, también amigo personal del trío desde su época de estudiantes en Cambridge. Kim Philby, que hábilmente ha conseguido mantener la confianza de sus jefes, logra capear el temporal y sostenerse en la cuerda floja durante once años más, hasta 1962.

Estaba entonces destinado en Beirut y, después de un primer interrogatorio porque habían aparecido nuevas pruebas que ahora sí le incriminaban, se daría a la fuga, huyendo probablemente a Odesa en un buque ruso.

Nuevo escándalo: el Foreign Office tiene que profundizar en ese grupo de agentes enrolados tanto tiempo atrás cuando eran recientes sus lazos de amistad, y, encuentra un quinto sospechoso, Anthony Blunt, en aquel momento experto crítico de arte, que había abandonado hacía años el servicio secreto y ya no estaba en activo, pero del que no quedaba claro ni cuándo ni hasta qué punto se había desvinculado totalmente de estas actividades. Y para colmo llevaba casi dos décadas ocupando el cargo de asesor artístico nada menos que de la reina, y estaba en posesión del título de Sir desde 1956.



El espionaje británico no sabe ya por dónde tirar. Su prestigio, más que tocado, va a quedar bajo mínimos cuando se haga pública la condición de espía de Sir Anthony Blunt, ese tipo exquisito tan cercano a la cúpula del poder político de su país. Se establece entonces que no hay pruebas suficientes que demuestren su deslealtad y, para bien de todos, se sella un pacto de silencio. El asunto se tapará hasta 1979 en que Margaret Thatcher, contraria a semejante componenda, desmienta la inexistencia de pruebas, revele que es más, que él mismo confesó su culpa, y lo destituya de su cargo de conservador de la Pinacoteca Real, cargo que desempeñaba desde 1945. La reina por su parte le retira el título de sir.

Sorprendente, sí, pero irrefutable; estos amigos, conocidos después como Los cinco de Cambridge, fueron los responsables de una de las mayores redes de espionaje del siglo XX.                  
                                             
Nos cuenta cómo acaecieron estos hechos una muy exitosa y premiada serie inglesa de la BBC: Cambride Spies, (Los cinco de Cambridge, 2003), escrita por Peter Moffat y dirigida por Tim Fywell.

Sobre la figura de Kim Philby, la más tratada, la BBC había emitido en 1971, Traitor (Traidor), un film también muy premiado de Alan Bridges. En 1977 aparecía Philby, Burgess y Maclean, de Gordon Fleming; en 1983 y en 2004, el film A different loyalty, (Tercera identidad), de Marck Kanievska, protagonizado por Sharon Stone y Rupert Everett.

Sobre la juventud de Guy Burguess había alcanzado ya veinte años antes un gran éxito Another country, (1984), también dirigida por Marck Kanievska y protagonizada por dos jovencísimos Rupert Everett y Colin Firth.

Allan Benett, que se ha ocupado de estos individuos en distintas ocasiones, realizó para la BBC un retrató sobrio y desesperanzado de Burgess en Moscú en su soberbia An Englishman Abroad, interpretada magistralmente por Alan Bates.

Y sobre Blunt, también para la BBC y también Allan Benett, dirigió en 1991 A question of Attribution, que repasaba la vida de Blunt como guardián de las pinturas de la reina.

Hay además otro drama para televisión, que arrasó en el Reino Unido, Blunt, el cuarto hombre, con  Anthony Hopkins como Guy Burgess y Ian Richardson como Anthony Blunt.

Por su parte, las películas basadas en novelas de John le Carré nos ayudan asimismo a entender esta historia, porque aunque no lo traten de una manera declarada, sí nos consta que Le Carré, espía como Greene, también como él había conocido a Kim Philby. De hecho su novela Tinker Tailor Soldier Spy, llevada a la pantalla en 2011 por Tomas Alfredson y titulada en España El topo, hace aflorar en su protagonista perfiles que retratan a este espía real. Pero sobre todo las novelas de Le Carré, como las de Greene, nos desvelan ese mundo en que se mueven estos agentes infiltrados por escenarios donde nunca está claro quién es quién y donde cualquiera puede ser otro, personajes que, si no sirven para entender sus motivaciones, sí sugieren al menos su complejidad psicológica.

Y a vueltas con sus motivaciones, ¿por qué estos niños bien, en la cima de la pirámide y teniéndolo todo, tratan de destruir ese mundo que a ellos precisamente, miembros de la clase dominante, les dispensa un trato tan de favor? ¿Es que no era como destruirse a sí mismos?...

Para tratar de comprenderlas hay que ponerse en su piel en aquellos años treinta de su juventud estudiantil. El crack de la bolsa de Nueva York en 1929 había dado al traste con la economía mundial y acabado también con el equilibrio político y social de Occidente. En  Europa y por tanto en Gran Bretaña, la sociedad está sufriendo una crisis económica brutal, y, agravados y potenciados por la crisis, unos procesos de cambio que los políticos no están sabiendo afrontar.

Ellos son jóvenes con fuerte espíritu crítico y enemigos de esa sociedad gazmoña y débil, rígida en las costumbres e ineficaz en lo político para dar respuesta a todo lo que está pasando. Están asistiendo al auge vertiginoso de los fascismos en Italia, en Alemania, en España… y sus gobiernos miran para otro lado sin resolverse a enfrentarlo. Sólo la Unión Soviética parece plantar cara a esta amenaza. Estos jóvenes se indignan con sus políticos ineptos, incapaces de reaccionar ante el peligro, pero también con esas normas sociales, severas y trasnochadas, que tiranizan la vida sexual de los individuos con convencionalismos estúpidos. Y parece que en este aspecto en el partido comunista de entonces también se goza de más libertades. O al menos esa es su percepción cuando participan en Viena de unos encuentros con asociaciones comunistas. Este será otro punto a favor, no sólo para los homosexuales del grupo, asfixiados en una sociedad que considera delito su opción sexual, sino para todos ellos, absolutamente hostiles al envarado puritanismo inglés.

Por otro lado la imagen que proyecta entonces la Rusia de Stalin, la única en ayudar a la República Española a luchar contra la agresión que está sufriendo, fortalece aún más su convencimiento de que allí y solo allí se está dando un movimiento activo en defensa de la democracia. De hecho más de uno vendrá a España como corresponsal de guerra, Blunt por ejemplo. Y Philby también, éste al parecer enviado por los rusos con la misión de asesinar a Franco, proyecto abandonado luego por Stalin, pero que a él le trajo a nuestra guerra bajo el disfraz de cronista a favor del bando rebelde y, paradojas del destino, aquí fue distinguido con una medalla que el propio Franco le impuso. Pero esta es otra historia.  

A Philby le habíamos dejado en Odessa en 1962. Sin duda él esperaba un gran recibimiento en la Unión Soviética y desde luego fue acogido con honores, pero muy por debajo de sus expectativas. Creía que le concederían rango oficial de la KGB, y sin embargo las autoridades soviéticas ni lo han considerado. En realidad nunca se habían fiado demasiado de estos británicos, motivo por el cual nunca sacaron todo el partido que sus talentos prometían. Le aseguraron sí, un pasar, bastante gris y  tampoco demasiado confortable. Es de suponer que se sentiría muy defraudado tanto en lo personal como en cuanto a la realidad soviética, muy por debajo sin duda de la soñada. Parece que los primeros años en su nuevo hogar fueron duros y difíciles, aunque más adelante lograra recomponer su figura y al morir en 1988 fuera enterrado con todos los honores por el gobierno ruso, más dispuesto ya a reconocer los servicios que este ciudadano había prestado a la Unión Soviética.

Su amigo Guy Burgess jamás aprendería ruso, seguiría encargando su ropa a su sastre inglés de Savile Road, se mantendría apegado a sus gustos británicos e iría incrementando su dependencia del alcohol. Moriría a los 52 años, sin llegar a adaptarse a su nueva vida.

Donald Maclean por el contrario se convirtió en un respetado ciudadano soviético hasta 1983 en que murió.

Anthony Blunt, que al quedar en evidencia se retiró discretamente de la vida social, pasó sus últimos años oscurecido, muriendo de infarto en 1985, todavía en posesión de dos honrosas distinciones del gobierno del Reino Unido: Caballero Comendador de la Real Orden Victoriana y  Comendador de la Legión de Honor.

Y por último John Cairncross, que jamás confesaría su condición de espía doble, murió en el Reino Unido en 1995.

Desde aquellos primeros años treinta en que se fueron enrolando como espías lo arriesgaron todo. Al principio seguramente en total armonía con sus ideales, pero cuando, todavía en los años de la guerra, los líderes occidentales empezaron a mirar con desconfianza a su aliado soviético, y, sobre todo, cuando el estallido en la inmediata postguerra de la llamada guerra fría agravó aún más el significado de sus acciones, la presión de llevar una doble vida tuvo que resultar tremendamente insoportable y más conociendo la gravedad del castigo que sus actos podrían acarrearles, pero sin duda, quisieran o no, era ya tarde para volverse a atrás.


miércoles, 30 de junio de 2010

Patricia Highsmith y el cine negro, Graham Greene y el cine de espías

Patricia Plangman, conocida como Highsmith, apellido que adoptará de su padrastro, nace en Forth Worth (Texas) en 1921 y muere en Locarno (Suiza) en 1995. No parece que tuviera una infancia demasiado feliz: se crió con su abuela; hasta la adolescencia no conocería a su padre, y con su madre iba a mantener una intermitente relación de amor y odio a lo largo de la vida. 

Alain Delon en A pleno sol, 1960
Solitaria y de un carácter tan introvertido que acabarían acusándola de misantropía, no se identificaba con la sociedad estadounidense que le tocó vivir, quien por su parte, tampoco le perdonaba sus simpatías por la ideología comunista.

Desde fechas tempranas se sintió atraída por los mundos fronterizos de la mente y de la ética, donde más tarde se moverán sus ambiguos personajes, de moral indefinida, cuando no abiertamente amorales. Criaturas que tan pronto parecen normales como manifiestan inquietantes rasgos de locura, asustándonos con su verdadera personalidad, al principio insospechada.

Empezó a publicar en 1945, y cinco años más tarde la adaptación al cine de su novela Extraños en un tren por Hitchcock la consagra, en plena juventud, como un clásico del suspense.

Como su compatriota Henry James, también ella acabaría abandonando Estados Unidos para vivir en Europa: primero en Inglaterra, en Francia después y, por último y hasta su muerte, en Suiza; Europa supo en cierto modo corresponderla, ya que siempre gozó aquí de mayor consideración literaria que en su América natal.

Cuando empieza a escribir representa un curioso y brillante ejemplo de originalidad en el género. Hasta entonces el protagonista viene siendo un detective o un policía que trata de descubrir al criminal. Ella va a poner el acento en la personalidad del asesino, esforzándose por penetrar en sus interioridades anímicas y sus motivaciones. Hay un antecedente en este interés por la psicología del criminal, Vera Gaspary, la autora de la famosa Laura, con la que Otto Preminger realiza en 1944 una película de culto, pero va a ser la Highsmith quien consiga poner de manifiesto el terrible desfase que nos enfrenta con la autentica realidad de nuestra naturaleza humana. Ella es también quien rescata al relato policíaco del estrecho planteamiento de "novela-acertijo", lo renueva, apartándolo también del carácter sociológico de la serie negra, y lo revaloriza con su estilo agudo, penetrante y de gran calidad literaria.

En otras palabras, Patricia Highsmith encarna un estilo de novela negra extremadamente personal. No nos hace tratar de averigüar la identidad del asesino ni nos sumerge en mundos exóticos o violentos plagados de circunstancias enrevesadas; nos muestra a sus criaturas en situaciones aparentemente comunes y corrientes para ir desvelándonos poco a poco lo insólito de sus respuestas. Sin apenas percatarnos del tránsito, nos adentra en el universo claustrofóbico de sus protagonistas, dominados por la culpa y la mentira hasta un punto en que ya es imposible el retorno. Y entonces no podemos ya dejar de leer ni ellos de enfrentarse a ese entorno amenazador con una violencia que les destruye.

O a veces no, a veces salen cínicamente impunes de sus crímenes, como en el caso de Tom Ripley, personaje por el que debió de sentir especial predilección, ya que sobre él volvió una y otra vez hasta hacerle protagonista de cinco de sus novelas.

También el cine se ha dejado encandilar por la figura de Tom Ripley. En 1960 René Clement lleva a la pantalla, con resultados brillantes, la primera adaptación cinematográfica de esta serie de novelas (precisamente la primera de la serie), A pleno soluno de los films más logrados, a pesar de incluir, por imperativo del momento en que se rodó, un desenlace moralizante. Mas tarde El amigo americano de Wim Wenders, (1977), El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella (1999) o El juego de Ripley de Liliana Cavani (2002) constituirán nuevos e interesantes acercamientos a la figura ambigua, inquietante y escurridiza de este personaje, que nos seduce y fascina y nos lleva a sospechar que acaso nuestra moral no sea tan sólida como creíamos.

El cuchilloEl grito de la lechuza o La celda de cristal son otros tantos títulos de la novelística de Patricia Highsmith llevados al cine; otras tantas posibilidades de aproximación a su obra, que tal vez despierten, entre aquellos que aún no la hayan leído, el interés en abordar directamente sus novelas. No es fácil que salgan defraudados, porque su estilo, deliciosamente seco, de absorbente y amena lectura, entusiasma incluso al más exigente en lo literario.

Graham Greene dijo de ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".

En justa correspondencia, Patricia Highsmith, en su monografía Suspense, después de adelantarnos que no suele gustar de la lectura de otros escritores de novela de intriga, confiesa que Graham Greene es la excepción, que le lee con gusto y que envidia "su talento para le mot juste".

Y, a propósito de Greene, (1904-1991), pocos escritores resultan tan cinematográficos. La personalidad de Graham Greene, pariente de Robert Louis Stevenson, se nos presenta enseguida como atormentada: un carácter depresivo, tendencias suicidas y, desde muy pronto, una conciencia habitada por conflictos morales. Ya en el colegio tiene que optar entre la lealtad a sus iguales o a la autoridad, la dirección del Centro, que es además su padre. En su juventud se interesa por el catolicismo, la religión de su novia y también la suya a partir de 1926. Y en 1940, apenas terminada la guerra mundial ingresa en el Servicio Secreto de su país.

Decimos que está muy próximo al mundo del cine por su trabajo como guionista y como crítico también, pero, sobre todo, por la frecuencia con que su obra se lleva a la pantalla. Pasan de cuarenta las historias de Greene adaptadas al cine o a la televisión, y algunas en más de una ocasión, como El fin del romanceque Edward Dmytryk rodara en 1954 con el título Vivir un gran amor y Neil Jordan en 1999 con el mismo de la novela. Es el caso también de El americano tranquilo, versionada por Mankiewicz en 1958  y de nuevo en 2002 por Philip Noyce.



A lo largo de toda la etapa del sonoro, desde los años ‘30 a esta primera década del 2000, son muchas las ocasiones en que nos encontramos sus narraciones, luminosas y agobiadoras, adaptadas a la pantalla. Mencionemos algunas de las que abordan sus inquietudes morales: la lealtad, la compasión, la bondad... y sus contrarios, siempre bajo una mirada político-religiosa, más política que religiosa a partir de los años '50. Y a menudo en ambientes cosmopolitas, como corresponde al impenitente viajero que fue Graham Greene. Títulos como El agente confidencial, sobre la novela homónima inspirada en la guerra civil española y rodada por  Herman Sumlin en 1945 ; El fugitivo, por John Ford en 1947, basada en El poder y la gloria, que se desarrolla en Méjico y reflexiona sobre sus obsesiones religiosas. O las premonitorias Nuestro hombre en la Habana, de Carol Reed (1959), sobre la obra del mismo título publicada en 1958 y que parece anunciar la inminente revolución cubana, y la ya antes mencionada El americano impasible, ambientada en la Indochina francesa, cuando está a punto de producirse el relevo de esa guerra colonial que los americanos continúan como guerra de Vietnam. O también, en fin, El cónsul honorario, rodada por John Mackenzie en 1983, que fabula un chapucero secuestro en torno a la figura del embajador norteamericano, de visita en la ciudad argentina de Corrientes.

Graham Greene se mostraba particularmente contento de la película El ídolo caído, dirigida por Carol Reed en 1947, considerando que era la más lograda de sus historias en el cine. Pero en general sus narraciones, a pesar de contar con excelentes directores, no han tenido demasiada suerte en este medio. A veces porque sus complejos personajes han resultado planos en pantalla, (El ministerio del miedo, Fritz Lang ,1944); otras, porque los guiones se han alejado del original hasta el punto incluso de traicionarlos, (la primera versión de El americano impasible, donde el latente antiamericanismo de la novela se convierte por decisión del director en pura hagiografía del agente de la CIA); a causa de un reparto inadecuado, (El factor humano, Otto Preminger,1979); porque la historia ha envejecido, (Viajes con mi tía, Georges Cukor, 1972); o simple y llanamente porque el resultado no ha estado a la altura de las expectativas despertadas, (Los Comediantes, Peter Glenville, 1967).

Pero hay una excepción, ¡y qué excepción!, la mítica e imperecedera El tercer hombre de 1949, una de las pocas que, aunque luego hizo relato, empezó siendo guión precisamente. Un guión que baraja pocas pero complejas variables, las derivadas del dónde, el quien y el cómo.

El dónde, la Viena de los primeros años cuarenta, una ciudad destruida por las bombas y convertida en escombros, repartida entre los cuatro países vencedores, en la que el mercado negro opera a sus anchas y la vida parece haber perdido su sentido. El quien, un trío: el bueno, un antihéroe, vulnerable y contradictorio, a remolque siempre de los acontecimientos en una realidad mucho más negra de lo que podía sospechar.  El malo, un tipo envuelto en un aura de misterio y fascinación, adornado con una corteza de simpatía y brillantez; solitario cínico y perverso, criminal despiadado, prepotente y megalómano, que juega con los que le quieren y los maneja a su antojo. La chica, contrapunto romántico que humaniza la historia, dotándola de profundidad; un personaje pasivo y fatalista que sólo le pide a la vida que proteja al que ama, sin importarle lo que haya podido hacer. Y el clima emocional, una atmósfera, que desborda nostalgia de paraíso perdido y sólo conduce a la resignación: la guerra ha barrido los valores, llenándolo todo de desesperanza, destapando el lado oscuro de algunos y la impotencia de los más.

Y con esos mimbres, Carol Reed nos pasea, en un hermoso blanco y negro expresionista, por la sombría y caótica Viena de postguerra, llevándonos, de la mano de Joseph Cotten tras los pasos de Orson Welles, desde las alturas de la noria del Prater hasta las profundidades de las tenebrosas cloacas de la ciudad. O situándonos, impregnados de melancolía, frente a Alida Valli para verla avanzar entre cipreses y alejarse después, imperturbable, a los acordes de la bellísima melodía de Anton Karas, que nos ha mecido a lo largo de toda la película y que ya no nos abandonará.