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jueves, 14 de junio de 2018

El grupo de Bloomsbury


Sir Leslie Stephen, distinguido miembro de la aristocracia londinense y eminente victoriano muere en 1904. Al quedar huérfanos, y como primer signo de rebeldía, sus hijos, los cuatro hermanos Stephen, (Thoby, Alexandre, Vanessa y Virginia), trasladan su residencia del señorial Hyde Park Gate a Bloomsbury, barrio entonces de estudiantes de costumbres más relajadas, donde comenzaron a vivir sin ataduras con los nuevos amigos que Thoby había hecho en Cambridge, veinteañeros como él y, como él, desenfadados, cultos, seductores y amantes de la libertad de costumbres.


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Allí, en una confortable casa de estilo georgiano donde las mujeres se encuentran en un plano de igualdad con los hombres, sin puritanos controles, se respiran unos aires de libertad, que, en el marco de una sociedad puntillosa como era aquella del Londres de entonces, escandaliza. Ellos, deliberadamente provocadores, se reafirman en su inconformismo, ajenos a la moral convencional y trazando un nuevo estilo más acorde con lo que más tarde serán las señas de identidad de la cultura contemporánea.

Siendo muy jóvenes los cuatro hermanos viajan a Italia y Grecia en pos de la belleza, algo casi inexcusable en la alta sociedad inglesa de aquellos tiempos. Thoby y Vanessa enfermaron en el viaje; ella se recuperó pero el hermano moriría de tifus en Londres al regreso de su aventura cultural. Sólo tenía 26 años. Esto sucede en 1906, antes de que el grupo hubiera propiamente cuajado, aunque Thoby siguió siendo para sus hermanas una figura central del mismo, como el Perceval de The Waves, apuntaría Quentin Bell, el hijo de Vanessa, en su libro sobre el grupo, aludiendo al personaje silente en la novela de su tía Virginia.

Lytton Strachey y Virginia Woolf
A este núcleo inicial, una combinación de alta sociedad e intelectuales de vanguardia, de espíritu snob y elitista, entre los que se encuentran los pintores Duncan Grant y Roger Fry, los hermanos Strachey (Lytton, biógrafo, y James, psicoanalista), y el crítico de arte Clive Bell, enseguida se unirían otros más, y entre ellos, el escritor, político y editor Leonard Woolf. Bell y Woolf casarían con las hermanas Stephenson, Vanessa y Virginia, respectivamente. La primera, pintaba, la segunda, escribía.

Los Woolf actuarán como aglutinantes de un variado grupo de jóvenes brillantes y creativos: pintores, escritores, filósofos, economistas… en general gentes cultivadas y talentosas. Claro que en los primeros años de existencia del grupo sólo Roger Fry, el mayor en edad, era ya un personaje afamado.

Vanessa Bell, de soltera Stepenson
Al círculo inicial se sumaron después el novelista E. Morgan Forster, el economista Maynard Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. También el hispanista Gerald Brenan había pertenecido a ese grupo antes de trasladarse a vivir a España y seguiría manteniendo contactos con sus miembros. Asimismo la frágil y delicada novelista neozenlandesa Katherine Mansfield, que había publicado alguna de sus obras en Hogarth Press, la editorial fundada y regentada por Leonard Woolf, los frecuentaría, y, excéntrica, irónica y buena conversadora como ellos, a menudo compartirían tertulias en su casa durante sus diversas estancias en Londres.

Bertrand Russell, Maynard Keynes y Lytton Strachey
Como grupo, este círculo de amigos no ejercerá ningún influjo social que justifique su paso a la historia antes de los años veinte; ni siquiera ante un asunto tan trascendental como la gran guerra manifestaron una postura común, aunque la mayoría se declarara pacifista. Pero en la década siguiente sí experimentan en tanto que tal una etapa de floración, a medida que gran parte de sus características comunes: rechazo de las actitudes dogmáticas, tolerancia sexual, feminismo, individualismo antiheróico, y racionalismo, (el sueño de la razón produce monstruos de violencia), han ido calando ya en la burguesía cultivada, que avanza en la asunción de estos elementos como valores. La avalancha de lo irracional en los años treinta con la ascensión de los fascismos y el estallido de la segunda gran guerra después barrerían estas corrientes. Claro que para entonces el grupo ya estaba disuelto. Lytton Strachey había muerto en el 32, Roger Fry en el 34, Vanessa Bell en el 37, su hermana Virginia se suicidaría en 1941, Keyness moriría en el 46… En este año la Segunda Guerra Mundial ya ha finalizado y la sociedad occidental ha consolidado una vuelta al conservadurismo, de manera que sólo será en el último tercio del siglo XX, tras el contestatario mayo del 68, cuando en los ambientes culturales se revaloricen de nuevo sus presupuestos.  
  
Virginia Wolf, de soltera Stephenson
Y será la figura de Virginia Woolf no la única pero sí la que despierte mayor interés: su actitud desprejuiciada en torno al sexo, (Orlando), así como su feminismo (Una habitación propia; Tres guineas), conectan muy bien con los valores de una sociedad que está reaccionando contra el conservadurismo de postguerra.

Su novela Orlando, surge de la reflexión de Virginia sobre lo vivido con Vita Sackville-West, una aristócrata que su cuñado le había presentado, nunca aceptada en el grupo pero con quien Virginia mantuvo una apasionada relación que Vita acabaría cortando. Publicada en 1928 es una fantasía novelesca que recorre la historia de Inglaterra desde fines del XVI hasta el siglo XX a través de un personaje que cambia de sexo sin que su personalidad experimente más diferencias que aquellas derivadas de cómo los demás la vayan tratando, algo que viene determinado en realidad por su apariencia, según se muestre vestida con ropas de hombre o de mujer.

Un año después, en 1929, en Una habitación propia, (A Room of One’s Own), denunciará cómo la autonomía de la mujer viene condicionada porque ésta tenga o no independencia económica y un ámbito de privacidad que le permita manifestarse sin cortapisas externas. En 1938 volvería en su ensayo Tres guineas, y en un tono más radical, a reivindicar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Dos películas nos acercan especialmente al mundo de Virginia Woolf, la primera, Las horas, a su persona; la segunda, Orlando, a su visión del sexo.

Nicole Kidman como Virginia Wolf
En Las horas (The hours, 2002), Stephen Daldry lleva a cabo a través de la novela de Virginia Woolf, Miss Dalloway, la semblanza de tres figuras femeninas en tres momentos diferentes del siglo XX: la de la propia Virginia en su proceso de escribir ese relato en los años 20; la de una lectora de su novela en 1949, y, una versión de la propia Miss Dalloway trasplantada a los años 90. Aunque parece abordar diferentes problemáticas vitales, en realidad subyace un mismo fondo: la vida, la muerte, la soledad, la necesidad de amor, y, en definitiva,  el difícil oficio de vivir. 

En Orlando, (1992), su directora, Sally Potter, nos perfila una criatura melancólica e independiente, un ser ambiguo e inmortal que cambiando de sexo a través del tiempo constata como los demás la perciben distinta, mientras ella es consciente de que no varía en su mismidad; que es tan solo un puro prejuicio social lo que la hace ser captada como diferente.

También la figura de Lytton Strachey, menos conocida entre nosotros que entre sus compatriotas, ha tenido su reflejo en el cine. En su ópera prima Carrington (1995), Christopher Hampton nos desvela su relación con la pintora Dora Carrington, personaje ajeno al grupo de Bloomsbury, pero al que se la asocia tanto por sus actitudes bohemias y extravagantes como por su pasión desmesurada y su fatal enamoramiento del mencionado escritor, a quien parece dedicar fervorosamente su vida y con quien comienza una relación asexuada en 1917 para acabar formando con él y con su esposo una inusual relación a tres. La película se centra en el personaje de la pintora, impecablemente interpretada por Emma Thompson, y nos cuenta la vida en común del trío formado por Lytton Strachey, Dora Carrington y Ralph Patrick, con quien ella contrajo matrimonio por amor a Lytton. Su obsesión con Lytton Strachey fué tan desaforada que, cuando éste muere de cáncer en 1932, Dora intenta por dos veces suicidarse. Y a la segunda lo consigue.  

Dora Carrington, Ralph Kilpatrick y Lytton Strachey
Tiempo atrás Dora Carrington había mantenido también una relación amorosa con otro amigo del grupo: Gerald Brenan, según nos lo cuenta él mismo en sus memorias, libremente interpretadas por Fernando Colomo en una comedia ágil y divertida, Al sur de Granada, (2003), donde entre otras cosas relata las visitas que sus amigos ingleses le harían a Yegen, el pueblo de la Alpujarra granadina que había elegido para vivir en 1920 y que no abandonaría del todo a pesar de sus frecuentes viajes y escapadas hasta el inicio de nuestra guerra civil. Seguiría después residiendo con frecuencia en distintos pueblos y ciudades de Andalucía y, aunque viajero impenitente, nunca se cortarían del todo sus lazos con España, por lo demás tan presente en su obra.

El cine ha contribuido también en gran medida a divulgar si no su vida al menos sí la novelística de otro componente del círculo, Morgan Forster, ofreciéndonos una nutrida cosecha de buenas películas basadas en sus narraciones como Pasaje a la India (A Passage to India, David Lean, 1984), Una habitación con vistas, (A Room with a View, Ivory, 1986),  Maurice, (Ivory, 1987), o Regreso a Howards Ends, (Howards Ends, Ivory, 1992), que ponen al descubierto tanto la sociedad inglesa en que le tocó vivir como sus principales obsesiones, girando siempre sus argumentos en torno a los conflictos derivados de las barreras de clase, así como de la severa condena que la sociedad occidental y especialmente la inglesa imponía a la homosexualidad.

Interesante esta generación de británicos que inauguraron siglo XX en plena juventud; les tocaría sufrir la gran guerra, con su rosario de muertes, en un momento de floráción creativa y la mayoría de los supervivientes no sospechaba que dos décadas después asistirían a otra aún más mortífera. Algunos no llegaron a vivirla; otros la vieron venir como Keyness, quien, aunque sin éxito, advirtió de ello. Entre tantos millones de muertos cuánto talento se fue por los desagües de la historia, cuánta creatividad abortada y cuántos cambios insospechados que dejarían para muchos su mundo irreconocible. Ellos fueron algunos testigos de esto.




jueves, 2 de agosto de 2012

Una Venecia de cine

En su próximo aniversario el festival de Venecia cumplirá sus setenta otoños, así que asociar esta ciudad al cine no es algo gratuito, que Venecia ha sido y es pionera como escaparate privilegiado del cine internacional.

Pero además. se constituye con frecuencia en escenario para infinidad de películas de todo género y estilos. La vemos como telón de fondo de diferentes musicales, desde aquel inolvidable Top Hat, (Sombrero de copa, Mark Sandrich, 1935), con Ginger y Fred danzando en una delirante Venecia de cartón piedra muy modern art, hasta Everyone Says I Love You, (Todos dicen I love you), que Woody Allen realizara en 1996, salpicando además la anécdota por Nueva York y Paris. La vemos también en comedias, como The Honey Pot, (Mujeres en Venecia), adaptación de una obra teatral de Frederic Kmott llevada a la pantalla por Mankiewicz en 1967. En dramones lacrimógenos, como aquel en su día tan exitoso Anónimo veneciano que Enrico Maria Salerno rodara en 1970. Por supuesto en tragedias, como la espléndida Senso, (comentada en Amores de perdición), donde Visconti nos recrea una bellísima Venecia decimonónica. Y sin duda en series de Televisión; ahí está ese Comisario Bruneti de las novelas de Donna Leon, a quien vemos desplazarse por la ciudad en nuestros días, caminar por sus campi y sus calli y navegar por sus canales mientras sigue las pistas que resuelvan sus casos.

En fin, infinidad de títulos, imposible citarlos todos; historietas amables y algo anodinas como Venecia, la luna y tú, que Dino Risi realizara en 1959, o creaciones más consistentes como el Casanova, (1976), de Fellini o el formidable Don Giovanni de Mozart, cuyas aventuras ambienta Losey en 1979 en alguna de las villas palladianas asomadas al canal del Brenta que discurre entre Padua y Venecia... De todo hay en los relatos que han buscado la belleza veneciana para servir de marco a sus argumentos, porque Venecia obviamente es muy fotogénica.

Por eso tal vez resulte interesante recordar un par de excelentes películas donde la ciudad no sólo sirve de escenario, sino que adquiere un gran protagonismo en las historias que respectivamente nos cuentan: Summertime (Locuras de Verano, David Lean, 1954)  y Morte a Venezia (Muerte en Venecia, Luchino Visconti, 1971)

La primera es una comedia romántica de sabor agridulce, que David Lean desarrolla con sensibilidad, gracia y penetración psicológica. Se trata del relato de unas vacaciones, las de una solterona norteamericana ilusionada con su viaje a Venecia, en el que ha invertido todos sus ahorros, deseosa de conocer la ciudad y vivirla intensamente.

https://www.youtube.com/watch?v=VKfLomA_DqM

Su heroína, una puritana secretaria de Ohio, genialmente encarnada por Catherine Hepburn, se nos presenta llena de expectativas, pero tímida, comedida y discreta. Tras el entusiasmo de la llegada la veremos recorrer Venecia, ávida de llenarse con todo lo que la belleza del lugar promete, de empaparse de la atmósfera sensual y distendida de la ciudad, de sus colores, sus olores, el sonido de sus campanas, el bullicio de sus gentes, la humedad de sus canales, el vuelo de sus palomas, los arrullos de las parejas que encuentra a su alrededor... quiere atraparlo todo con su cámara, guardar las imágenes que fluyen ante sus ojos deslumbrados.

Y en medio de tanta euforia la conciencia de ser sólo espectadora irrumpe de golpe, llenándola de tristeza. Ella está allí, entre todo eso, viendo cómo el amor brota por todas partes mientras se sabe excluida, y su deseo más escondido, la búsqueda de ese mismo amor tan ansiado, se le hace urgente y omnipresente, pero irrealizable, y, por lo mismo, frustrante.

La acompañamos en sus paseos solitarios por una Venecia brillantemente fotografiada por Jack Hildyard; nos reímos con los juicios llenos de tópicos de otros turistas americanos que allí encuentra y que David Lean nos señala con mordacidad; somos testigos de sus difusos anhelos de plenitud, sus limitaciones y sus prejuicios; asistimos a sus dificultades de relación y a sus esfuerzos por disimular el vacío que siente... hasta que surge al fin la aventura amorosa y la vemos florecer, abandonar sus atuendos pacatos y embellecerse con otros que realzan su atractivo, mientras su mirada se llena de brillo y su alma de esperanza. Claro que todo no se resuelve en un sueño rosa; la realidad se impone con sus claroscuros y asoman espinas, vacilaciones y escollos insalvables.

Este excelente director inglés a quien debemos la película, David Lean, más conocido por sus grandes superproducciones como El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia Doctor Zivago tenía sin embargo un habilidad especial para retratar los amores imposibles, esos que aparecen de improviso como un ciclón trastocándolo todo y haciendo tras su partida que nada vuelva a ser lo mismo que antes. Lo había demostrado ya en otra de sus películas intimistas, su estupenda Breve Encuentro (Brief Encounter) una intensa y fugaz historia de amor que rodara en 1945 con inteligencia y sobriedad. Y, como entonces, en este caso acomete también la narración sin sensiblería, con una delicadeza y un humor no exento de pinceladas amargas, consiguiendo realizar una obra contenida y elegante cuyo visionado sigue siendo un placer.

Muerte en Venecia, dirigida por Luchino Visconti en 1971, y protagonizada por Dick Bogarde, es una adaptación de la novela corta de Thomas Mann La muerte en Venecia, publicada en 1912, conteniendo, según afirmaciones del propio escritor, algunos aspectos autobiográficos. La acción transcurre en los albores del siglo XX en una Venecia adonde ha acudido a refugiarse temporalmente el protagonista, Aschenbach, un compositor de ficción, que también recuerda la figura de Mahler, tratando de escapar del dolor que siente por la reciente muerte de una de sus hijas, de los desencuentros con su esposa, del fracaso de su última obra, de la severidad de su medio... en fin, de su vida toda.

https://www.youtube.com/watch?v=dsQ4PghxNms

Solitario y enfermo, pasa sus días en un lujoso balneario del Lido, enfrascado en profundas reflexiones sobre la muerte y la vida, la vejez y la juventud, la fealdad y la belleza, encarnada ésta en la figura de Tadzio, un adolescente que le fascina y le va obsesionando por momentos, generando sentimientos perturbadores para su moral declaradamente rígida y convencional. Su tiempo transcurre silencioso, entre la inalcanzable belleza de ese adolescente con el que no cambia una palabra, tan solo miradas, y la constatación de su propia decadencia física, acentuada por el hecho de saberse enfermo.

La hermosura de Venecia se nos muestra en paralelo a la del muchacho. Y cuando se perciba la decadencia de la ciudad, invadida por una epidemia de cólera, la fealdad ambiente será interpretada por el protagonista como reflejo de su propia decadencia. Y al igual que la Venecia "oficial" niega la peste para no perder su atractivo turístico él tratará de esconder su ruina corporal con afeites, que sólo consiguen acentuar su declive.

Bajo un calor pegajoso y asfixiante, vemos a nuestro compositor avanzar por calles y plazas siguiendo los pasos de Tadzio. A través de sus ojos descubrimos el abandono y la suciedad en que el cólera ha sumido a esta ciudad desbordada por la desgracia. Algunos cadáveres yacen en la calles y grupos enloquecidos bailan a la desesperada una especie de danza macabra. En medio de tanto horror uno de los danzantes le asusta con su mueca feroz, enfrentándole a su propia imagen, donde las pinturas con que ha querido enmascarar su aspecto demacrado se han corrido, convirtiendo su rostro en el de un espantajo semejante a la abominable aparición.

Tras esta vivencia de pesadilla, su reflexión sobre la belleza y su deseo imposible de alcanzarla va tomando tintes ya no sólo filosóficos, también morales, y nuestro compositor se va juzgando cada vez con más dureza mientras avanza en paralelo su declinar físico. En un momento dado, en la bellísima playa del Lido, le vemos sufrir un ataque al corazón y, mientras se acerca la muerte, observa cómo el sol ilumina la hermosura adolescente de Tadzio alejándose hacia el mar.

La belleza del balneario, de sus gentes adineradas, bien vestidas y de refinados ademanes, su vivir cotidiano en ese entorno lujosamente impecable... todo parece asegurar un mundo a salvo de destrucción. Pero la destrucción ha comenzado ya. La propia hermosura de Venecia se ha rendido al cólera. Es un mundo que se precipita irremediablemente a su final.

Visconti está de nuevo contándonos sus obsesiones: la decadencia de un mundo hermoso, lo inevitable de su pérdida, sus pulsiones eróticas, su conocimiento del medio aristocrático, su amor por la belleza, por la música que es parte de esa belleza... ¡la música! .Fundamental en casi todas sus películas en ésta es crucial, revistiendo un protagonismo tan absoluto que parece obligado remarcarlo; de hecho, si el personaje del compositor está vagamente basado en la figura de Mahler, el adagietto de su quinta sinfonía resulta inseparable de esta historia que Visconti nos cuenta, formando con la imagen un todo de gran presencia dramática