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domingo, 27 de octubre de 2019

La Caza de Brujas


En ocasiones, bajo aparentes libertades democráticas se viven situaciones de auténtica intransigencia para con aquellos que no responden a lo considerado como correcto. Una de estas situaciones se sufrió en los Estados Unidos recién acabada la segunda guerra mundial, cuando, derrotado el nazismo, el comunismo empezó a ser visto como el mayor enemigo de Occidente

La marcha a Washington en 1947
Bruscamente la Unión Soviética queda señalada como un peligro letal para la sociedad capitalista y en Estados Unidos en particular se desata una histérica persecución de todo aquel sospechoso de veleidades marxistas. El fenómeno ha pasado a la historia como la Caza de Brujas, la impulsó el senador McCarthy y consistió en la búsqueda y detección de comunistas, señalados como enemigos públicos de la nación.

El asunto no se limitó al mundo del cine, pero la fama que conlleva ese ambiente hizo que enseguida trascendiera un episodio delirante que se vivió en Hollywood: la purga de numerosos profesionales del séptimo arte, caídos en esa campaña implacable que el paranoico senador alimentara en su afán por desenmascarar y liquidar el comunismo en su país.

Juzgados ante el Comité de Actividades Antiamericanas, numerosos directores, guionistas, intérpretes… fueron condenados y obligados a buscarse la vida fuera del sistema, marchándose al extranjero o recurriendo a ese exilio interior de vivir como a escondidas. Pero el daño no fue sólo a los represaliados, sino a gentes de todo su entorno, que se vieron en la tesitura de tener que pronunciarse a favor o en contra de los acosados. Algunos, los menos, protestaron por el atropello que esto suponía para su libertad de conciencia, liderando una marcha en 1947 a Washington, pero, fuertemente desacreditados enseguida, la iniciativa de protesta fue languideciendo y disolviéndose en la nada. Otros, menos valientes o más en la línea del pensamiento maccarthista, optaron por colaborar con el poder, confesándose culpables o, con más frecuencia, denunciando a compañeros, amigos y conocidos, que inmediatamente se incluían en listas negras y eran represaliados.

Estas listas negras envenenaron el mundillo del cine estadounidense. Crisis nerviosas, ataques de ansiedad, e incluso suicidios se llegaron a atribuir a la presión que el poder político ejerció sobre estos centenares de ciudadanos, pero la persecución afectó a muchos más si pensamos en el daño moral causado sobre unas personas abocadas a jugarse su seguridad o envilecerse con la delación.


Como ya avanzamos, no es que en el mundo del cine la presión fuera mayor que en el resto de la sociedad, probablemente fuera incluso menor, pero resultó el ejemplo más visible de lo que ese clima exacerbado de confrontación, que supuso el inicio de la guerra fría, afectara a ciudadanos que ningún peligro suponían para el sistema. Ciudadanos a los que el poder mal ejercido obligó a enfrentarse con sus propios valores morales y, seguramente en bastantes ocasiones, a traicionarse para resguardar su seguridad personal.

Películas como La  tapadera (The front, Martin Ritt, 1976) o Buenas noches y Buena suerte, (Good night and good luck, George Clooney, 2005) han aludido a este oscuro episodio de agobiante clima policial. Otras, como Trumbo (Jay Roach, 2015), nos han contado con detenimiento lo ocurrido con algún afectado en concreto; ésta en particular nos narra un típico caso de exilio interior, el del guionista Dalton Trumbo, obligado a escribir bajo seudónimos y, lo que es peor, ocultarse tras hombres pantalla que firmaran sus trabajos.

Dalton Trumbo
Dalton Trumbo (1905-1976), novelista y guionista, uno de los más cotizados en el Hollywood de los años cuarenta, fue víctima de la caza de brujas comenzando la década siguiente. Tras casi un año en prisión se vio rechazado en su ámbito social y profesional hasta el punto de tener que ocultar su identidad para vender sus trabajos durante toda una década. Suyos son los guiones de Vacaciones en Roma (Roman Hollyday, Willliam Willer, 1953)  y El Bravo (The Brave One, Irving Rapper, 1955), ambos distinguidos con sendos Oscars, galardones que no pudo recoger personalmente toda vez que no podía hacerse pública su autoría. Diez años pasó en esta especie de clandestinidad hasta que en 1960 Kirk Douglas y Oto Preminger arrostraran el valor de hacer constar la autoría de Trumbo como guionista de sus recientes y exitosas películas, Espartaco y Éxodo, respectivamente.

También suyos fueron entre otros los guiones de El demonio de las armas (Gun Crazy, J. H. Lewis, 1950), The Sandpiper (Castillos en la arena, Vincente Minelli, 1965), El hombre de Kiev, (The Fixer, John Frankenheimer,1968), Johnny cogió su fusil (Johnny got his gun, Dalton Trumbo, 1971)… y tantos más.

En cuanto al exilio exterior, el caso de Joseph Losey puede ser también un ejemplo apropiado.

Joseph Losey (1909-1984) comenzó en los años treinta, abandonada su iniciada carrera de medicina, a dedicarse al periodismo, la radio y el teatro. En 1935 había realizado un viaje de estudios a la URSS y además era amigo del dramaturgo alemán Bertold Brecht, a quien consideraba su maestro; con él y con Charles Laughton había realizado la versión inglesa de su Vida de Galileo (Leben des Galilei) que Brecht escribiera en 1939, para su adaptación a las tablas. Todos estos asuntos de sus años jóvenes le hacían sospechoso de comunismo. En 1947, además, ayudó a Brecht en su defensa frente al Comité de Actividades Antiamericanas, así que pocos años después sería el propio Losey el convocado por este mismo organismo acusado de relacionarse con presuntos enemigos del sistema. Losey se declaró comunista y ahí terminó para él la posibilidad de seguir trabajando en los Estados Unidos.

Joseph Losey

En 1952 se trasladó a Gran Bretaña y allí continuó su brillantísima carrera. Y allí también, y en fructífera colaboración con Harold Pinter, realizaría su espléndida trilogía El sirviente, (The Servant. 1963), Accidente (Accident, 1967), y El mensajero (The go-between. 1971). Y en Gran Bretaña continuaría asimismo desarrollando su muy interesante obra (El asesinato de Trotsky, 1972; Galileo,1975; Una inglesa romántica, 1975, Don Giovanni, 1979 u tantas otras). A principios de los años ochenta, al final casi de su vida, estuvo a punto de volver a su país natal pero el proyecto profesional que allí le iba a llevar acabó frustrándose. No obstante, ya desde los primeros años sesenta y a lo largo de las siguientes décadas, Joseph Losey alcanzaría el reconocimiento internacional con numerosos premios y distinciones honoríficas que sin duda dulcificarían su condición de exiliado.

Ambos casos, el de Dalton Trumbo y el de Joseph Losey tuvieron final feliz, en la medida en que el abusivo poder policial que les agredió, aunque les condicionara profundamente su vida, no logró acabar con ellos. Claro está que hubo muchos más y que algunos salieron bastante peor parados.

En cualquier caso, sucesos como estos, ejemplos de indefensión del ciudadano frente al poder despótico, nos enfrentan al hecho de que quizá las sociedades democráticas no son tan firmes como presuponíamos en la defensa de los valores de libertad e igualdad, sino que a menudo toleran e incluso aceptan y secundan por pura debilidad política atropellos cometidos en función de prejuicios asumidos como valores. Conviene tomar conciencia de ello para que los diferentes sectarismos que con frecuencia se despiertan y campean sobre nuestras conciencias no nos cojan tan desprevenidos ni tan vulnerables como solemos estar ante sus desaguisados.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Biografías de pintores

La biografía se configura como excelente cantera de historias para la pantalla; seres reales de todo tipo y condición han servido de pretexto para que el cine nos cuente los acontecimientos que en sus vidas se sucedieron. Muchos destacaron en la pintura; unas cuantas buenas películas desarrollan la peripecia vital de algunos de ellos: Rembrandt, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Modigliani y Jackson Pollock, que tienen en común su condición de genios en conflicto con su medio; los directores que las realizaron coinciden en haberlo hecho con talento y sensibilidad.  

La primera en el tiempo, Rembrandt, dirigida en 1936 por el húngaro afincado en Inglaterra  Alexander Korda, constituye una interesante reflexión sobre la vanidad de la fama y la complejidad del alma humana. El relato, intensamente dramático, centra la atención en alguno de los acontecimientos claves en la vida del pintor, poniendo el acento en su espíritu luchador. Contó con brillantes interpretaciones, sobre todo por parte de Charles Laughton, que consigue crear un Rembrandt sobresaliente, incluso en el parecido físico. Una excelente fotografía, con predominio del claroscuro, en una rica gama de grises y negros intensos, nos ofrece composiciones de gran belleza. La música, barroca, interpretada con instrumentos de la época, resulta acertadísima. Y una dirección de talento nos sorprende en la recreación de ambientes y en el desarrollo argumental, contenido y elegante. Todo ello hace de esta película una obra que resiste el paso de los años, manteniendo su frescura.

La segunda, Moulin Rouge, dirigida por John Huston en 1952, reproduce la difícil andadura de Toulouse-Lautrec en los últimos diez años de su existencia, cuando lleva una vida bohemia, fuera del privilegiado hogar familiar. Huston incide en el carácter atormentado del personaje, espléndidamente interpretado por José Ferrer, contrastándolo con esas escenas de "la vida alegre" que el pintor reflejó en sus obras.

https://www.youtube.com/watch?v=ba6Z40b3U1Y

La película, que goza de una ambientación muy cuidada, se inicia con secuencias de gran brillo formal, y avanza cronológicamente, interrumpiéndose a base de flahsbacks para acercarnos a la traumática infancia de Lautrec, hasta describirnos el sufrimiento que su inferioridad física le causa en la relación con los demás, su dependencia de amantes que le tratan con brutalidad o esa historia de amor correspondido que llega tarde, cuando su proceso de autodestrucción es irreversible; y finalmente, su muerte en plena juventud, en paralelo a su indiscutible reconocimiento social.

El objetivo del realizador de ofrecer un retrato del personaje que conmueva a nivel dramático está conseguido con creces, pero logra algo más, una iluminación y una gama cromática que en todo momento nos sugieren en pantalla las obras de Toulouse-Lautrec, recreando, en una excelente paleta, diferentes imágenes de sus cuadros, insertadas con gracia en su vida y sus ambientes. Nos muestra además un aspecto de interés documental, el litografiado que hiciera de anuncios para los cabarets parisinos, carteles que tanta fama le dieran al pintor y que tan gráficamente evocan el mundillo de la farándula.

También Renoir, casi a continuación nos invita a respirar el aire de la bohemia finisecular en su deliciosa French Can Can, estrenada tres años después, una obra personalísima sobre la vida del propio cabaret, el Moulin Rouge, inmortalizado por su padre y tantos otros pintores impresionistas y postimpresionistas.

En 1955, Vincent Minnelli dirige Lust for life (El loco del pelo rojo), donde narra con gran delicadeza la vida de  Van Gogh, en sucesión cronológica, pero recurriendo a la voz en off para las cartas cruzadas entre Vincent y su hermano Theo, y efectuando grandes elipsis que le permiten jugar a su antojo con el tiempo. El resultado es una historia de alto contenido dramático y gran belleza plástica. Cuenta con la música de Miklos Rosza, excelente compositor maltratado por la caza de brujas, con Kirk Douglas como acertado protagonista, un despliegue imponente de medios técnicos, y un concienzudo trabajo de investigación sobre la vida del pintor.

https://www.youtube.com/watch?v=c2DVHXjzp7w

Minnelli, muy bien documentado ya cuando llega a Europa para empezar la película, modificará el guión sobre la marcha para ajustarlo a la verdad histórica y a los escenarios reales donde pasó el pintor sus últimos años de vida. Remodela sus peripecias con Gauguin para reforzar la autenticidad de sus complejas relaciones. Visita el manicomio donde el pintor estuvo internado; lee su historial clínico y rueda en el propio manicomio... En Arlés recorre los alrededores, deteniéndose a filmar aquellos paisajes que recuerdan a los pintados por Van Gogh. Rueda además en las localizaciones que todavía se conservan de la época del pintor y reconstruye las destruidas por el paso del tiempo; filma algún breve episodio en París, también en escenarios auténticos, y, por supuesto, en Holanda, en su pueblo natal, en su casa familiar e incluso en la iglesia donde oficiaba su padre como predicador. Descubre tipos parecidos a los de sus cuadros y los integra en las escenas que los reproducen. Realiza, en fin, un trabajo de hondura y profundidad para ser lo más fiel a la historia.

Aunque, con el tiempo y por razones técnicas, se ha perdido bastante el minucioso cuidado puesto en la reproducción de los colores originales de los cuadros, éstos se integran excelentemente en la película, que se terminó en el plazo previsto y con la calidad deseada por Minnelli, obteniendo buenas críticas y  convirtiéndose en la preferida del director.

Abundante en escenas de exteriores y con un acentuado tono documental, la película es lo opuesto al proceder habitual en el cine de Minnelli, maestro en la creación en estudio de mundos ideales y  que por primera vez ahora parece interesarse por el real, pero demuestra en los resultados su madurez y capacidad para trabajar en nuevos registros. Y en cuanto a la filosofía que subyace en la historia, Minnelli no ha cambiado; Vincent Van Gogh no deja de ser uno de sus característicos héroes debatiéndose entre sueño y realidad en la dramática lucha del creador por lograr expresar su mundo interior.

Muchos años después, en 1991, Maurice Pialat vuelve a ocuparse de la figura de Van Gogh, realizando otro relato biográfico de interés, esta vez centrado sobre todo en su período de Auvers, los últimos meses de su vida, sus relaciones con el doctor Gachet y su familia. Se trata de una obra también de excelente factura, con buena ambientación, interpretación y adecuado ritmo narrativo.

La siguiente película, Montparnasse 19, (Los amantes de Montparnasse), dirigida por Jacques Becker en 1958, retrata los últimos años de vida de Amadeo Modigliani, derrochando talento y arrastrando enfermedad y pobreza mientras se dejaba destruir por la absenta, que tantos estragos causó entonces entre las gentes de vida bohemia. Gérard Philipe, personificando a Modigliani, con quien guardaba un parecido asombroso, nos encoje el corazón metido en la piel de este fuera de serie tan desgraciado. Y sufrimos además viendo como el genio del artista será rápidamente reconocido a su muerte, en cruel contraste con sus dificultades para sobrevivir, cuando ya es tarde para poder redimirlo de la miseria. El film, extremadamente romántico, que nos desgarra con el drama de soledad y desamparo del artista incomprendido, de su dolor y su dura existencia, se centra sobre todo en esa desesperada historia de amor fou que fue su vida con Jeanne Hébuterne, desde que se conocen hasta después de muerto, cuando, con una hija pequeña y otro en camino, Jeanne no vacile en lanzarse al vacío incapaz de continuar viviendo sin él.

Gérard Philipe en Los amantes de Montparnasse, (1958)



















                                  https://www.youtube.com/watch?v=wndw2l6yUrs

Pensada para ser realizada por Max Ophuls, esta película tiene el inconfundible perfume de sus historias, pero fue finalmente dirigida por Jacques Becker que lleva adelante un drama delicado y de intensa emotividad, con ayuda de unos actores excelentes en sus interpretaciones; hoy en día es un clásico indiscutible del cine francés.

Y por último, Pollock, la vida de un creador", dirigida e interpretada en 2000 por Ed Harrys, nos presenta al pintor a partir de los años '40, cuando se ha interesado ya por la abstracción. Asistimos a su abandono de caballete y pinceles y a su adopción del dripping, esa particular técnica de trabajo que le consagraría como uno de los pintores fundamentales del expresionismo abstracto. Le seguimos también en otros episodios importantes de su vida: su relación con la pintora Lee Krasner, el mecenazgo de Peggy Gugenheim, su difícil encaje en ese entorno de pintores de primerísima fila que están simultáneamente trabajando en América, a alguno de los cuales, y a pesar de sus dificultades de socialización, trató incluso casi estrechamente, como a Willem de Kooning. Y le vemos sumergido en el proceso creador hasta su prematuro final; Pollock moría en 1956 a los 44 años de edad en un accidente de automóvil, cuando era ya un pintor de enorme influencia en las jóvenes generaciones.

https://www.youtube.com/watch?v=z0xiovbDML0

Pasaría a la historia del arte como uno de los primeros artistas plásticos en abandonar el concepto de composición, y, a pesar de que frecuentemente volviera a la figuración, su imagen irá siempre asociada a los grandes lienzos abstractos de vivo colorido, donde los trazos se entrelazan hasta formar una trama densa, compacta y enmarañada de gran impacto visual y emocional.

La idea de una película sobre su figura le surge a Ed Harris de la lectura de Jackson Pollock, an american saga de Steven Naifeh y Gregory White Smith, una biografía que en algún momento su padre le remitiera y que empezó a interesarle más y más hasta decidirse a llevarla al cine. Dedicaría casi diez años a madurar el proyecto para acabar efectuando un trabajo espléndido, donde demuestra un profundo conocimiento del personaje y gran competencia en la recreación de su medio y su manera de hacer y de estar. La película se centra fundamentalmente en el proceso creativo del pintor, dándonos de refilón una imagen certera del individuo, inadaptado, asocial, alcoholizado, de rasgos destructivos y con ese componente de malditismo que tanta leyenda ha tejido en torno a multitud de genios.

Se trata de la opera prima de Ed Harris como director y queda en ella patente el entusiasmo que puso en su realización; es difícil implicarse más en un proyecto, ya que además de dirigirla e interpretarla, la produjo, supervisó el guión... en fin, que su presencia asoma por todas sus costuras. Aunque comercialmente no ha tenido el éxito que merece no se puede negar que constituye un trabajo de calidad y desde luego uno de los mejores biopics sobre genios de la pintura.

lunes, 11 de octubre de 2010

Dos mujeres rebeldes: Emma Bovary y Ana Karenina,

Dos obras capitales de la literatura universal se ocupan de mujeres enfrentadas a su medio. La primera, Madame Bovary, publicada en 1857 por Gustav Flaubert, es una de las novelas que dieron principio a la narrativa moderna; la segunda, Ana Karenina, publicada por Tolstoi en 1887, está encuadrada entre las obras señeras del realismo.

Jenifer Jones en Madame Bovary, (Minelli, 1949)
Entre ambas median treinta años de distancia. La primera provocó tal controversia en la sociedad de su tiempo que su autor, tachado de inmoral, tuvo incluso que comparecer a juicio. Cuando se publica la segunda los peores críticos del momento la consideran sólo un romance de la alta sociedad. Parece, pues, que en ese intervalo de tiempo la sociedad ha ido suavizando sus juicios morales; pero no hay que hacerse ilusiones, en ambos casos las heroínas se ven impelidas, irremediablemente, al suicidio, ya que el clima social en que transcurren sus historias no ofrece vías de escape a sus conductas fuera de norma.

Emma y Ana, enfrentadas con su sociedad, están solas, así que su rebeldía está abocada al fracaso. Pero sus posturas ante la vida son radicalmente distintas: Emma es una novelera que se ha creído el mundo ideal de sus lecturas. Casada con un médico rural, no le gusta la vida que le ha tocado vivir y sueña una realidad distinta, toda goces y emociones. Su historia es un rechazo desesperado y tenaz de su ambiente, de su clase social de gentes cuya mediocridad y prejuicios desprecia; rechazo en definitiva de su vida provinciana, trufada de pequeñeces y miserias, pero aún más de su condición femenina consciente de vivir en un mundo en el que todo le está vedado a la  mujer. Emma sabe de su hiriente
Greta Garbo en Ana Karenina (Brown, 1935)
inferioridad social. Vive siempre insatisfecha y siempre en rebeldía. Ambiciona amor y lujo y placer, las claves de su visión del éxito. Y lucha infatigable contra una realidad muy por debajo de sus ansias, tratando de llenar ese vacío con objetos. Y este afán de riquezas que confunde con sus amores, sus desengaños y su aburrimiento es el que acabará por destruirla.

Ana, en cambio, se mueve como pez en el agua bajo fórmulas aprendidas en su refinado entorno aristocrático finisecular. No cuestiona su medio, sino que acepta su juego. Ha nacido en ese ambiente y, acostumbrada a imponer su voluntad, se sabe autorizada a ejercer ciertas excentricidades en ese dificilísimo equilibrio entre un mundo de apariencias rígidamente codificado y otro libre al que su elevado status le brinda acceso. Su aventura casi parece un deber mundano y una contribución al juego de transgresiones de esa sociedad refinada y ávida de emociones intensas. Pero el juego consiste en acercarse al peligro sin caer en él, porque quien caiga estará perdido. Ana cae y pierde. Su drama surge por verse expulsada de su medio, pero no es verdaderamente rebelde como Emma, ella sigue siendo una figura del gran mundo. Por eso, cuando éste le de la espalda, se sabrá sin lugar y aniquilada.   

Ambas obras han sido objeto de diferentes adaptaciones cinematográficas. 

Louis Jourdan y Jenifer Jones en Madame Bovary (Minnelli, 1949)
Con respecto a la novela de Flaubert, después de las versiones de Renoir en 1933 y Schlieper en 1946, Vincent Minnelli realiza, en 1949 y en su estilo siempre elegante, una estupenda adaptación de Madame Bovary. Su original enfoque, el ritmo que consigue imprimir a la narración y, sobre todo, las brillantes escenas del baile, en las que se alcanza el clímax de la historia, resultan inolvidables.

Pero el talento de Minnelli se puso de manifiesto en todos los géneros y es tan desbordante que cuesta pasarlo por alto sin apuntar a otros dramas dentro de su producción como Cautivos del malCon el llegó el escándalo, o Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ésta sobre novela de Blasco Ibáñez. Y sin mencionar alguna de sus comedias, como la risueña El padre de la novia, con esa curiosa colaboración de Dalí para el episodio de la pesadilla. Imposible olvidar además su aportación a la biografía de Van Gogh en la espléndida El loco del pelo rojo... Y, por encima de todo su contribución al musical, porque Vincent Minnelli es reconocido y admirado como padre del musical americano (eternas e irrepetibles sus geniales Melodías de Broadway, Un americano en París, Cita en San Louis, El pirataBrigadoon o la deliciosa Gigi).

Isabelle Huppert Madame Bovary (Chabrol, 1991)

Volviendo a la Bovary, ahora de la mano de Mario Vargas Llosa, autor de un penetrante estudio sobre esta novela, La orgía perpetua, cuya lectura es una fiesta, nos adentramos en la condición de Emma. Vargas Llosa confiesa que este personaje le removió estratos profundos de su ser. Y analiza "...su personalidad atormentada y su mediocre peripecia vital... (su carácter) ...capaz de fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas...(su) insatisfacción.. audacia...(su entrega al) ... consumismo como desfogue de la angustia..." 

Así, insatisfecha, audaz, consumista... nos la pinta, en 1991, el gran maestro del cine negro Claude Chabrol, Su  Madame Bovary, encarnada por una de sus actrices predilectas, Isabel Huppert fue sin duda adaptación fiel, rigurosa e impecable de la novela, y aunque no tuvo demasiada suerte con la crítica vista con la perspectiva del tiempo es indiscutible su valía, el cuidado con que está tratada la recreación de ambientes y la belleza y perfección del resultado final.

Haciendo también justicia a Claude Chabrol, exponente en sus inicios de la nouvelle vague, y  en activo casi hasta su reciente desaparición, no sobra precisar cómo fue cuajando a lo largo de su carrera una estructura de relato cinematográfico muy personal. Aunque en este caso se ocupó de una de las obras capitales de la literatura francesa y mundial, en general sus historias solían partir de los clásicos de la novela policíaca (Ellery Queen, Simenon, Patricia Highsmith, Ruth Rendell...) y se desarrollaban con brillantez y un punto de ironía. Como muestra ahí están creaciones tan logradas como El carnicero, La mujer infiel, Un asunto de mujeres o La ceremonia.

Respecto a Madame Bovary, habrá que esperar a 2002 para contar con una nueva puesta en escena, porque en aquel año Fywell vuelve a llevarla a la pantalla, consiguiendo un resultado que se sigue con interés, pero que no alcanza la fuerza y elegancia de la versión de Minnelli ni el nervio de la de Chabrol.

En lo que atañe a la obra de Tolstoi hay diferentes adaptaciones cinematográficas, desde la mítica Ana Karenina del año 1935 a la serie británica que David Blair en 2000 dirige y desarrolla en cuatro episodios.

La  Karenina de 1935 fue producida, derrochando lujo, por O'Selznicquien tanto poder ejerciera en el Hollywood del momento y tan famoso le hiciera su peso como productor de sobre Lo que el viento se llevó. La realizó, con gran competencia, Clarence Brownconsiguiendo en su versión envolvernos en una atmósfera de desdicha, que va intensificando progresivamente el drama hasta su abrupto final. Y la interpretó, de manera sublime, Greta Garbo que consolida aquí su estrellato.

Vivian Leight en Ana Karenina, (Julien Duvivier, 1945)

Interesantes también son otras dos adaptaciones: la de Julien Duvivier, en 1945, con Vivian Leight, (la inolvidable Escarlata O'Hara de Lo que el viento se llevó), en una recreación muy convincente del personaje, y la de Bertrand Rosse en 1997, con Sofie Marceau como Ana Karenina. Este último film fue muy controvertido, obteniendo críticas contrapuestas, desde las que lo exaltan como hermosa película de bellos paisajes rusos, cuidada ambientación y adecuada música de Tchaikovski, a las que lo reducen a versión academicista, fría y aburrida de la novela. 
  
Y por aproximación, puesto que de alguna manera se trata de Tolstoi y el cine, señalar además las numerosas y magníficas adaptaciones cinematográficas de Guerra y paz (las de King Vidor, 1963; Sergei Bondarchuk, 1965/1968; John Howard Davies, 1972; Robert Dornhelm, 2007), así como recordar la interesante novela histórica de Jay Parini, La última estación, que nos relata los años finales de la vida de Tolstoi y que ha sido llevada a la pantalla con el mismo título por Michael Hoffman en 2009, logrando una película llena de talento.