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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Free Cinema y Nouvelle vague


Casi contemporáneos, dos nuevos estilos de hacer cine comienzan a desarrollarse en Gran Bretaña y Francia a mediados de los cincuenta y a dar sus frutos a lo largo de los años sesenta, dos estilos destinados ambos a hacer historia: Free Cinema y Nouvelle Vague. 


El primero en el tiempo, el Free Cinema, se daría a conocer en 1956 con la lectura, en el Instituto Británico del Cine, del Manifiesto de los Jóvenes Airados (Angry Young Men) y el visionado a continuación de tres películas, dirigidas respectivamente por tres de sus máximos representantes, Lindsay Anderson, Karel Reisz y Tony Richardson. Todas ellas, muestras de un cine realista y sombrío que, muy influido por el documental y el neorrealismo italiano, denuncia con amarga ironía el aislamiento del ser humano y la tristeza de la vida cotidiana, poniendo su acento generalmente en las vivencias de la clase media baja o del proletariado urbano.

Aporta además este movimiento una clara renovación temática, deteniéndose en asuntos como la homosexualidad y la emancipación femenina, (Un sabor a miel -Taste of Honey-, Richardson, 1961), la enfermedad mental, (Morgan, un caso cínico -Morgan. A Suitable Case for Treatment- Reisz, 1966), los  cambios en las conductas sexuales, (Esa clase de amor -A Kind of Loving- Schlesinger, 1962), la alienación laboral (Saturday night, Sunday morning, Reisz, 1960) asuntos difíciles de abordar por las películas hasta aquel momento.

Es un cine de denuncia, que pretende expresarse libre de toda coacción moral y política del pensamiento entonces dominante para desarrollar un claro inconformismo social, de crítica de los valores burgueses establecidos, que tendrá su continuación, cuando decaiga, en las películas de  Ken Loach o Mike Leigh.

También se quiere libre de toda coacción formal, funcionando independiente de las estructuras en las que tradicionalmente se movía la realización de películas, y por ello se desarrollará al margen de los estudios, rodando en la calle, con pequeños equipos que permiten acercarse al ciudadano anónimo y filmar su cotidianidad como si de un documental se tratara.


Cosechó un buen número de películas interesantes, y entre las más emblemáticas: Saturday nigth, Sunday morning (Reisz, 1960), que refleja la insatisfacción de un obrero sin otra posible aspiración que divertirse los fines de semana; La soledad del corredor de fondo (Richardson, 1962), narración sobre las experiencias de un individuo en un reformatorio; o  If (Anderson, 1969), que cuenta la rebelión de un grupo de alumnos en un internado, resultando una ácida y violenta crítica de estos centros escolares y por extensión de la sociedad británica en su conjunto.


Dick Bogarde y James  Fox en El sirviente (Losey, 1963)
Sin pertenecer al grupo, pero respondiendo bastante a sus presupuestos formales, son de destacar cuatro excelentes películas que por las mismas fechas, el norteamericano Joseph Losey realiza en el Reino Unido cuando, perseguido por el Comité de Actividades Norteamericanas y huyendo de los Estados Unidos, se establece en Gran Bretaña. Se trata de Eva (1962), El sirviente (1963), Accidente (1967), y El mensajero (1971).

También Blow Up, (1966) película que Antonioni lleva a cabo en coproducción italobritánica y con protagonistas ingleses (Vanesa Redgrave y David Hemmings) sobre un cuento de Julio Cortázar, responde totalmente a las características de este movimiento.

Y, con un estilo espontáneo y desenfadado en la crítica de costumbres e instituciones inglesas, cabe citar también al norteamericano afincado en Gran Bretaña Richard Lester, que realiza con los Beatles en el Reino Unido, Qué noche la de aquel día (1965), película cercana al free cinema en su estética, aunque no en su tono, divertido y humorístico, que tendría su continuación en otras producciones de grupos de rock europeos.

Por su parte, la nouvelle vague se gesta en las páginas de algunas revistas cinematográficas francesas, Cahiers de Cinema sobre todo, donde una serie de críticos, que también ejercen de guionistas deciden dar el salto a la dirección. Truffaut, Godard, Rohmer y Chabrol se encuentran entre ellos. Son verdaderos cinéfilos, han teorizado mucho sobre el cine y son adictos a cineclubs a los que asisten con regularidad y a veces los crean y dirigen. Por otro lado, la presencia de André Malraux al frente del Ministerio de Cultura desde 1958 va a impulsar en Francia una legislación proteccionista que les será muy favorable en su desarrollo. Como movimiento estos realizadores empiezan a tomar forma ese mismo año y al siguiente se estrenan Los 400 golpes (Les 400 coups) película que puede considerarse como fundacional del grupo: la nouvelle vague.

Los 400 golpes, (Les 400 coups, Truffaut, 1959)
El término que les define es acuñado en una encuesta sobre la juventud francesa realizada en 1957, y pronto hará fortuna para nombrarlos a ellos, un puñado de jóvenes que defienden una nueva manera de hacer cine. Se trata de un cine realista, donde el director es autor indiscutible. Rodajes baratos, iluminación natural, espontaneidad, libertad narrativa… son los rasgos inequívocos de esta corriente que parece contar las historias de una manera más fresca y cercana al espectador.

Al igual que el free cinema, está surgiendo en un contexto de crisis del sector, ya que la televisión le está quitando espectadores al cine de forma alarmante. Además, las cinematografías nacionales tienen muy difícil rivalizar con la industria que viene de Hollywood. Van a contar por ello con el respaldo oficial; del Instituto Británico del Cine, el primero, del Ministerio de Cultura francés, el segundo. Asimismo, en su afán de resultar más auténticos y convincentes en sus historias, ambos rechazan los decorados y escenografías de estudio y recurren al manejo de pequeños equipos que permiten rodar cámara al hombro en escenarios naturales, al tiempo que el uso del magnetófono potencia el sonido directo; procedimientos todos ellos que abaratan la producción. Se inclinan además por la fotografía en blanco y negro aplicando nuevas técnicas que logran esplendidos matices en los interiores.

Jean Paul Belmondo y Jean Seberg en  Al final de la escapada (À bout de souffle, Godard, 1960)
Con Los 400 golpes  À bout de souffle (Godard, 1960) es la otra película emblemática de la nouvelle vague y la que mejor responde a esta nueva estética. Si Los 400 golpes estrena esa manera de filmar casi como si se tratara de un documental y lo hace con una desenvoltura narrativa que parece contar la historia libre de prejuicios y corsés morales, À bout de souffle consigue ir aún más lejos en la forma de acercarse a los personajes y desentenderse de sus conductas. Un aire de libertad parece soplar sobre cada escena; todo es fresco y ligero, casi como improvisado capricho en el relato.

Al final de la escapada (que así se llamó en España aunque la traducción literal del título original, Sin aliento, respondería mejor a su contenido) es sin duda la película clave de este movimiento de directores que compartieron otra forma peculiar de entender el cine; amigos muchos de ellos, jóvenes todos y en rebeldía con gran parte de los cineastas franceses consagrados.  Película clave porque contiene ya muchas de las constantes de este estilo y además porque de alguna manera reúne a parte de los más destacados componentes del grupo: Godard la dirige;  Godard y Truffaut la escriben, Chabrol ejerce como operador de cámara, Melville y el propio Godard hacen cameos en el film, Rohmer está influyendo con sus opiniones en el rodaje... pero sobre todo porque no hay película que mejor defina lo que significó este movimiento de renovación generacional, también.

Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda, 1962)
Contemporáneamente y muy cercanos a la nouvelle vague están trabajando en Francia otros realizadores muy creativos, inteligentes y renovadores como Jean Pierre Melville, algo mayor generacionalmente, Agnès Varda, belga de nacimiento pero criada en Francia o Louis Malle, tres cineastas difíciles de encasillar pero que también van a enriquecer con sus realizaciones el cine francés y por lo mismo el cine mundial.

En resumen, tanto el free cinema como la nouvelle vague son dos estilos paralelos de innovación cinematográfica con muchas características comunes y cuyo resultado es el surgimiento de un nuevo lenguaje que enriquece al cine, añadiendo otra manera de percibir la realidad; nuevas técnicas, otra estética, otras miradas y formas de decir e incluso otra moral, que aportan su granito de arena en el devenir de la realización cinematográfica.

viernes, 26 de octubre de 2012

Simenon, sus historias y el cine

Son tantas las películas cuyo punto de partida es una historia de Simenon y tantas las historias que Simenon llegó a inventar... Algunas se han adaptado al cine en repetidas ocasiones. Y es que Simenon da mucho juego; de entrada, por el ingente número de relatos que llegó a producir y además porque sus tramas nunca pierden interés.

Georges Simenon


No fue considerado un gran escritor, aunque sin duda lo pretendiera, poniendo en algunas de sus obras toda su voluntad de estilo, y lo mereciera, pero fue sin discusión un novelista extremadamente hábil. No logró el Nobel ni consiguió ingresar en la Academia Francesa y, aunque figuras prestigiosas como André Gide alabaran su trabajo, en general más que como escritor se le ha venido juzgando como un fenómeno de feria por su ingente producción literaria -centenares de novelas y un millar de cuentos-, sus records de ventas, sus múltiples reediciones en tantas lenguas e incluso por el pintoresco anecdotario -cargado de miles de amantes- de su propia vida. 

Pero al margen de valoraciones de críticos y frivolidades chismosas lo que entusiasma en su trabajo es su especial manera de enfocar la sustancia del mundo. Simenon, siempre espectador, penetra su realidad circundante sin juzgarla, ofreciendo más bien comprensión y silencio. Sus novelas nos sumergen desde el primer párrafo en un mundo sensorial rico de formas, olores y sabores; sus personajes o sus objetos parecen transmitirnos cómo son al tocarlos; a qué huelen; los sonidos que los envuelven... y todo ello se perfila en un universo casi estático, donde la pintura de caracteres es mejor que las acciones que nos narra, porque las intrigas de sus obras en cambio son siempre simples, de argumento sencillo y personajes definidos.

En su inmensa mayoría se trata de historias de crímenes, en las que este escritor belga bordea a veces la genialidad, haciéndonos sentir la espesa soledad del criminal, con frecuencia desde la visión de su personaje fetiche, Maigret, que, estoico, parece contemplar el mundo y sus miserias a través del humo de su pipa.

Aparte de la serie del comisario Maigret, que por otra parte constituye lo más leído de su producción, sus mejores novelas están a menudo basadas en intrigas ambientadas en pequeñas ciudades de provincia en las que incuba sombríos personajes de apariencia respetable, moviéndose en una atmósfera hipócrita y agobiante mientras quizá se dedican a empresas oscuras. Y Simenon parece fijar su mirada en ellos conteniendo el aliento para no perder la emoción de lo que pueda sucederles, de lo que puedan hacer: ¿en qué parará esa vida que observa?,  ¿qué suceso excepcional llegará a producirse en ella?... Y lo excepcional, lo emocionante de la historia resulta que casi siempre es lo más simple.

Empieza a publicar en los años veinte del pasado siglo y a principios de la década siguiente se está ya llevando al cine una de sus novelas del ciclo de Maigret, editada justo el año anterior, La nuit du Carrefour. El título, el mismo de la novela; el director, Jean Renoir; y, representando a Maigret, el hermano del director, Pierre Renoir, probablemente su mejor intérprete, aunque los ha tenido tan inspirados como Jean Gabin, que en sucesivas ocasiones ha encarnado en el cine francés al famoso comisario. Y es que, desde esta primera ocasión de 1932 hasta hoy, entre películas y series de televisión sobrepasan con mucho el centenar las que nos recrean el mundo de Simenon y, con preferencia, aquel que desarrolla en su ciclo de Maigret.

Por supuesto han recurrido a este mundo gran número de directores franceses de todas las generaciones, Desde Carné a Cédric Kahn, pasando por Duvivier, Clouzot, Tourneur, Verneuil, Autant Lara, Jac Deray..., pero también extranjeros como Béla Tarr, cuyo The Man from London, (El hombre de Londres) de 2007, aún tenemos fresca en la memoria.

Y a menudo con resultados más que notables, como es el caso de Le voyageur de la Toussaintdirigida en 1943 por Louis Daquin, con diálogos de Marcel Aymé; o Maigret et l'affaire Saint Fiacreen España titulada tan sólo Maigret (1959, Jean Delannoy). También se podría afirmar lo mismo de La mort de Bellerodada en 1961 por Édouard Molinaro, con adaptación y diálogos de Jean Anouilh; o de Les inconnus dans la maison, (1942)realización de Henri Decoin, considerada como una verdadera obra de arte. Y en fin de tantas otras.

Quizá las más conocidas en nuestro país, donde no todas se han proyectado, sean, por orden cronológico, La viuda Couderc, (La veuve Couderc), y El tren (Le train), dos excelentes films que Pierre Granier-Deferre realiza en fechas cercanas entre sí, 1971 y 1973, respectivamente;  El relojero de San Paul, (L'horloger de Saint-Paul), dirigida en 1974 por Bertrand Tavernier; Monsieur Hire, (1989), de Patrice Leconte,  tratada detenidamente con anterioridad; y, por último, Betty,(1992), segundo intento de Claude Chabrol que ya había versionado con bastante menor fortuna otro Simenon en 1982, Les fantômes du chapelier.

También la televisión ha elegido a su comisario Maigret en numerosas ocasiones y países. En Francia han sido rodadas al menos un par series; en Italia tenemos noticia de otra, y en Inglaterra y Estados Unidos nos consta que se han efectuado varias más. La inglesa, Inspector Maigret, realizada en los primeros '90, con Michael Gambon de protagonista, es sin duda la más conocida en España.

https://es-es.facebook.com/leCaviarduCinema/videos/le-chat-1971-pierre-granier-deferre/1643561029287503/

Y entre toda esta ingente masa de telefilms y películas, nos viene a la memoria un film en particular de entre los cuatro Simenon que adaptara al cine Pierre Granier-Deferre y que constituye quizá la obra más conocida de este director. Nos referimos a Le chat, (El gato, 1971). Partía de una novela de Georges Simenon editada con ese mismo título en 1967 y contó para su desarrollo con dos grandes del cine francés, Jean Gabin y Simone Signoret, dos personalidades totalmente opuestas, ambos ya en su declive físico pero no de sus facultades intelectuales, que están espléndidos en este mano a mano magistral, con que hipnotizan al espectador.

La historia, pesimista y descorazonadora, desmenuza a nuestros ojos el proceso destructivo de una pareja instalada en el desamor. Se han querido, pero después de treinta años las cosas cambian. No tienen hijos y se detestan y, aún a pesar del enfrentamiento cotidiano, se necesitan, aunque ya no tengan nada que decirse si no es para hacerse daño. Los dos, a solas en su universo casero, con ese gato que él ha recogido en la calle y en el que irá volcando toda la ternura que ya no siente por ella. Celos, envidias, egoísmos, y deslealtades van ennegreciendo este relato devastador, que el director nos ambienta en un barrio de la periferia de París, un barrio de casas antes bajas y que ahora se derrumba para levantar edificios modernos, altísimos y ajenos. El ruido constante de las obras que están cambiando la fisionomía del barrio agudiza el espantoso silencio de la casa donde ya sólo se respira una atmósfera densa, inquietante y turbadora, en la que tensión e intriga crecen a ritmo lento, conforme el odio de la pareja se hace más y más intenso. No es un policíaco, como a primera vista se puede esperar de una novela de Simenon; es una historia triste sobre la condición humana. Y es, desde luego, una gran película. 

miércoles, 4 de julio de 2012

Cine negro francés

Un género tan inequívocamente americano como el cine negro tiene sin embargo también mucho de europeo; de entrada gran parte de sus creadores, que en el Hollywood de los años cuarenta, cuando el género cristaliza, están allí trabajando.



Sirvan de ejemplo un buen puñado de títulos de entonces que se cuentan entre los mejores de este tipo: Deseos Humanos, Laura, Perdición, Forajidos, Detour... Detrás de ellos, por este orden, Fritz Lang, Otto Preminger, Billy Wilder, Robert Siodmak, Edgar Ulmer, todos en América, pero todos alemanes o judíos austríacos huyendo del nazismo... Así que ¿raíces europeas? Sin duda, pues si no son estos directores los únicos grandes del género, sí figuran entre los mejores. Sin embargo no deja de ser justo que cuando se hable de cine negro se piense sobre todo en el americano, ya que allí, por quien quiera que fuere, se realizaron en calidad y cantidad el mayor número de títulos de proyección mundial.

Pero el género no se agota en Estados Unidos; cada cinematografía nacional tiene sus títulos inolvidables y sus diferentes formas de abordar los relatos. Francia, por ejemplo; su producción en películas de esta clase es abundante y variadísima en enfoques y desarrollos. No por casualidad el nombre con que se bautiza mundialmente al género, film noir, proviene de allí; de las tapas negras de una serie de novelas de crímenes allí editadas, difundidas y de gran aceptación. Novelas que mostraban, en fuerte claroscuro, una sociedad violenta amenazando fatalmente al héroe; constantes que marcarán para siempre al género.

Algunas policiacas francesas, cinco en particular que seguramente se cuentan entre las mejores, servirán en esta ocasión para evocarlo: Le quai des brumes, À boût de souffle, Samuraï, Monsieur Hire y La ceremonie. Todos ellas, salpicadas en el tiempo, tienen en común la singularidad de su estilo, su enorme capacidad de impacto emocional, su habilidad para atrapar al espectador y sumergirle en mundos propios. Y por si fuera poco, ninguna se parece más que en la excelencia, que todas ofrecen resultados radicalmente distintos.

Le quai des brumes (El muelle de las brumas) es una de las que dieron nombre al género. Una tristeza difusa, irremediable, flota en esa historia que Marcel Carné desarrolla en 1938, a partir de una novela de Pierre Mac Corlan y diálogos de Jacques Prévert, para contarnos el encuentro entre un hombre y una mujer víctimas de un destino ciego. Son ellos seres marginales, desarraigados, imbuidos de tristeza, moviéndose en ambientes oscuros y sórdidos de mundos impregnados de fatalidad. Dos perdedores huyendo de su pasado, que se saben en un presente sin futuro, y que son sin embargo, contra toda esperanza, capaces de amar y de amarse. El resultado es un cine más hondo y más amargo que el americano que nos arrastra tras sus personajes, habitantes de climas densamente poéticos de un romanticismo desesperado.

https://es-la.facebook.com/FilmsdeComedie/videos/1715276185201020/

En 1960, sobre guión de François Truffaut, que acababa de presentar con gran éxito su primer largometraje, Les 400 coups (Los cuatrocientos golpes), Jean-Luc Godard realiza À bout de souffle, (literalmente, Sin aliento, aunque aquí se tituló Al final de la escapada), una película que se percibe en su momento como una nueva forma de hacer cine y que hoy con más de medio siglo a sus espaldas sigue resultando extremadamente actual, hasta el punto de permanecer como un icono de modernidad.

Es una historia contada en blanco y negro; con diálogos misteriosos e irreverentes; de montaje incoherente y lógico a la vez; filmada en escenarios naturales con una tecnología que abre otra forma de decir. Cargada de guiños de cinéfilo, (alusiones a Casablanca, Ciudadano Kane, Viaggio in Italia...; también a Renoircameos a lo Hitchcock del propio Godard...), À boût de souffle pronto se convertiría en una de las películas más rompedoras de esa corriente fresca e innovadora que se llamó nouvelle vague. Y hoy la imagen de Jean Seberg, pelo cortísimo, pantalón pitillo, suéter anuncio del Herald Tribune y manojo de periódicos bajo el brazo mientras pasea por los Campos Elíseos con Jean-Paul Belmondo, (éste, cigarrillo en boca y sombrero a lo Bogart), es todo un símbolo del cine mundial.

https://www.youtube.com/watch?v=-laut8_69dk

Godard, Truffaut..., tal vez Chabrol. Cuando se piensa en el cine francés de los años sesenta son estos nombres de la nouvelle vague los primeros que acuden a la mente, mientras otros de interés no menor quedan injustamente postergados, como el de Melville, hacedor de un cine tan personal, extremadamente elegante, profundo y rico en lecturas

Frente a su película Le Samurai, (El silencio de un hombre, 1967), nos encontramos situados ante un clásico del género negro trazado con un estilo propio y diferenciado. Se trata de una obra de peculiar grandeza y densa gravedad. Nada que ver por supuesto con el vanguardismo de Godard; el cine de Melville es de una pureza clasicista. Tampoco se trata ya como en el de Marcel Carné de historias de amor; las suyas hablan de soledad y soledades; perseguidos y perseguidores presentados en paralelo, viviendo a veces en estrecha dependencia

La que nos cuenta en Samurai es la de un criminal, un pistolero con cara de niño y aires de huérfano. De aspecto impenetrable, taciturno, metódico y triste, cuyo oficio es asesinar. Profesional impecable que engañado por sus socios tendrá que defenderse en dos frentes: de la policía y de sus cómplices, enzarzados todos en la caza implacable de un hombre solo. Y la película nos relata el camino hacia la muerte de este "samurai" urbano, que no entiende más códigos que el suyo propio y lo cumple con severa gravedad hasta su inevitable final.

En su estructura nada se aleja de lo usual en este tipo de cine; es la mirada del director la que lo hace distinto; su interés por el universo de aislamiento y ausencia de valores en que el criminal se mueve; su morosidad al reflejarnos los actos cotidianos de este tipo solitario, ejecutados todos como un rito; el modo en que nos obliga a fijarnos en sus objetos habituales: gabardina, sombrero, su cuarto, impersonal y gris... destacados todos ellos por la cámara, como ahondando en el vacío afectivo del personaje, que se mueve en entornos tan desnudos como su propia vida: apartamento anodino, calles desangeladas, ciudades desiertas...

https://www.youtube.com/watch?v=oIac5eVNcek

Con resultados que nada tienen que ver, pero también de soledad y aislamiento, de arrastrar una existencia sin afectos, nos habla Monsieur Hire (1989), una historia que desarrolla Patrice Lecont a partir de la novela de George Simenon La fiançaille de monsieur Hire, consiguiendo una película extraordinaria, muy por encima de lo que hasta entonces había realizado.

Esta vez se trata de un personaje con un hábito malsano: es un voyeur. No tiene amigos, no cae simpático a nadie. Sus quehaceres cotidianos, realizados en radical aislamiento, ocupan la tediosa rutina de su vida. Y en la soledad de su casa, a oscuras, su mirada acecha a la vecina de enfrente. Así se pasa las horas muertas. Controla todo lo que le sucede ante sus ojos, deduce lo que no puede ver; se obsesiona con ella; se enamora perdidamente de ella. Llega un momento en que la vecina se percata de ser espiada y a partir de ahí la trama irá entrelazando sus vidas y llevándolas por derroteros insospechados.

https://www.youtube.com/watch?v=elNCMX8EzAM

La manera en que el director desde el primer momento nos hace cómplices del mirón; la atmósfera casi de culpa que respiramos mientras le miramos mirar, protegidos como él por la oscuridad de la sala; la sutileza además con que nos acerca a este personaje tortuoso y triste, sumergiéndonos en un malestar confuso y un inquietante desconcierto hasta que experimentamos compasión por su infelicidad... todo ello está conseguido con mano maestra.

Las miradas, los gestos y los diálogos entre los protagonistas, cada elemento está tratado de una forma delicada y sobria para desvelarnos el misterio de un crimen cometido, (¿por quién?),  y unas historias de amor, (que no es una, que son dos), cargadas con toda la profundidad y complejidad que esa pasión puede presentar: el espejismo del enamoramiento; la necesidad de ser querido; la torpeza en la elección del objeto amoroso; la infelicidad de no ser correspondido y el goce de serlo o de creer serlo; la generosidad, la abnegación o la crueldad de que parece hacernos capaces ese sentimiento poderoso; la traición a que puede inducirnos... Todo ello envuelto en un acertadísimo minimalismo musical, obra de Michael Nyman y apoyado en el buen hacer de dos actores, Sandrine Bonnaire y Michael Blanc, que están soberbios, él sobre todo, construyendo un personaje oscuro y turbador, capaz de impresionarnos tanto que ya no se nos borrará de la retina.

Y, por último, La ceremonie, (La ceremonia), una película de Claude Chabrol de 1995, basada en la novela de Ruth Rendell A Judgement in Stone, que se tradujo entre nosotros como La mujer de piedra. Se desarrolla en las proximidades de Saint-Malo, en una elegante casa solariega, aislada y solitaria, donde habita una familia de acomodados burgueses. Su criada, eficiente y discreta ha entablado amistad con una empleada de correos fisgona, atrevida y manipuladora, que va tomando cada vez más ascendiente sobre ella. La historia se inicia apacible y serena para irse complicando a medida que se nos van desvelando interioridades de los diferentes personajes implicados en la trama. Los vemos desenvolverse en su medio y Chabrol nos va descubriendo sus manías y mezquindades, sus debilidades, sus secretos más guardados. Todo ello con ironía a veces, con maestría siempre, haciendo avanzar la narración que se va cargando de tensión y se va condensando en un universo cada vez más pequeño hasta alcanzar un clima de catástrofe y violencia insospechadas.

Una película donde no falta la sátira burlesca de la burguesía de provincias, tan del gusto de Chabrol, pero que trasciende el tema para llevarnos por derroteros aún más perturbadores y escalofriantes. La obra evoluciona a un ritmo perfectamente controlado donde se dosifica el suspense de manera magistral y se crea una atmósfera absorbente en la que Sandrine Bonnaire e Isabelle Huppert, a cual mejor dando vida a esa pareja de psicópatas, nos sobrecogen con unas interpretaciones por demás inteligentes. Chabrol, que tantos títulos espléndidos -El carnicero, La mujer infiel, Un asunto de mujeres, Betty... y muchos más- ha proporcionado al género negro consigue con esta película una de sus obras más logradas.

lunes, 11 de octubre de 2010

Dos mujeres rebeldes: Emma Bovary y Ana Karenina,

Dos obras capitales de la literatura universal se ocupan de mujeres enfrentadas a su medio. La primera, Madame Bovary, publicada en 1857 por Gustav Flaubert, es una de las novelas que dieron principio a la narrativa moderna; la segunda, Ana Karenina, publicada por Tolstoi en 1887, está encuadrada entre las obras señeras del realismo.

Jenifer Jones en Madame Bovary, (Minelli, 1949)
Entre ambas median treinta años de distancia. La primera provocó tal controversia en la sociedad de su tiempo que su autor, tachado de inmoral, tuvo incluso que comparecer a juicio. Cuando se publica la segunda los peores críticos del momento la consideran sólo un romance de la alta sociedad. Parece, pues, que en ese intervalo de tiempo la sociedad ha ido suavizando sus juicios morales; pero no hay que hacerse ilusiones, en ambos casos las heroínas se ven impelidas, irremediablemente, al suicidio, ya que el clima social en que transcurren sus historias no ofrece vías de escape a sus conductas fuera de norma.

Emma y Ana, enfrentadas con su sociedad, están solas, así que su rebeldía está abocada al fracaso. Pero sus posturas ante la vida son radicalmente distintas: Emma es una novelera que se ha creído el mundo ideal de sus lecturas. Casada con un médico rural, no le gusta la vida que le ha tocado vivir y sueña una realidad distinta, toda goces y emociones. Su historia es un rechazo desesperado y tenaz de su ambiente, de su clase social de gentes cuya mediocridad y prejuicios desprecia; rechazo en definitiva de su vida provinciana, trufada de pequeñeces y miserias, pero aún más de su condición femenina consciente de vivir en un mundo en el que todo le está vedado a la  mujer. Emma sabe de su hiriente
Greta Garbo en Ana Karenina (Brown, 1935)
inferioridad social. Vive siempre insatisfecha y siempre en rebeldía. Ambiciona amor y lujo y placer, las claves de su visión del éxito. Y lucha infatigable contra una realidad muy por debajo de sus ansias, tratando de llenar ese vacío con objetos. Y este afán de riquezas que confunde con sus amores, sus desengaños y su aburrimiento es el que acabará por destruirla.

Ana, en cambio, se mueve como pez en el agua bajo fórmulas aprendidas en su refinado entorno aristocrático finisecular. No cuestiona su medio, sino que acepta su juego. Ha nacido en ese ambiente y, acostumbrada a imponer su voluntad, se sabe autorizada a ejercer ciertas excentricidades en ese dificilísimo equilibrio entre un mundo de apariencias rígidamente codificado y otro libre al que su elevado status le brinda acceso. Su aventura casi parece un deber mundano y una contribución al juego de transgresiones de esa sociedad refinada y ávida de emociones intensas. Pero el juego consiste en acercarse al peligro sin caer en él, porque quien caiga estará perdido. Ana cae y pierde. Su drama surge por verse expulsada de su medio, pero no es verdaderamente rebelde como Emma, ella sigue siendo una figura del gran mundo. Por eso, cuando éste le de la espalda, se sabrá sin lugar y aniquilada.   

Ambas obras han sido objeto de diferentes adaptaciones cinematográficas. 

Louis Jourdan y Jenifer Jones en Madame Bovary (Minnelli, 1949)
Con respecto a la novela de Flaubert, después de las versiones de Renoir en 1933 y Schlieper en 1946, Vincent Minnelli realiza, en 1949 y en su estilo siempre elegante, una estupenda adaptación de Madame Bovary. Su original enfoque, el ritmo que consigue imprimir a la narración y, sobre todo, las brillantes escenas del baile, en las que se alcanza el clímax de la historia, resultan inolvidables.

Pero el talento de Minnelli se puso de manifiesto en todos los géneros y es tan desbordante que cuesta pasarlo por alto sin apuntar a otros dramas dentro de su producción como Cautivos del malCon el llegó el escándalo, o Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ésta sobre novela de Blasco Ibáñez. Y sin mencionar alguna de sus comedias, como la risueña El padre de la novia, con esa curiosa colaboración de Dalí para el episodio de la pesadilla. Imposible olvidar además su aportación a la biografía de Van Gogh en la espléndida El loco del pelo rojo... Y, por encima de todo su contribución al musical, porque Vincent Minnelli es reconocido y admirado como padre del musical americano (eternas e irrepetibles sus geniales Melodías de Broadway, Un americano en París, Cita en San Louis, El pirataBrigadoon o la deliciosa Gigi).

Isabelle Huppert Madame Bovary (Chabrol, 1991)

Volviendo a la Bovary, ahora de la mano de Mario Vargas Llosa, autor de un penetrante estudio sobre esta novela, La orgía perpetua, cuya lectura es una fiesta, nos adentramos en la condición de Emma. Vargas Llosa confiesa que este personaje le removió estratos profundos de su ser. Y analiza "...su personalidad atormentada y su mediocre peripecia vital... (su carácter) ...capaz de fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas...(su) insatisfacción.. audacia...(su entrega al) ... consumismo como desfogue de la angustia..." 

Así, insatisfecha, audaz, consumista... nos la pinta, en 1991, el gran maestro del cine negro Claude Chabrol, Su  Madame Bovary, encarnada por una de sus actrices predilectas, Isabel Huppert fue sin duda adaptación fiel, rigurosa e impecable de la novela, y aunque no tuvo demasiada suerte con la crítica vista con la perspectiva del tiempo es indiscutible su valía, el cuidado con que está tratada la recreación de ambientes y la belleza y perfección del resultado final.

Haciendo también justicia a Claude Chabrol, exponente en sus inicios de la nouvelle vague, y  en activo casi hasta su reciente desaparición, no sobra precisar cómo fue cuajando a lo largo de su carrera una estructura de relato cinematográfico muy personal. Aunque en este caso se ocupó de una de las obras capitales de la literatura francesa y mundial, en general sus historias solían partir de los clásicos de la novela policíaca (Ellery Queen, Simenon, Patricia Highsmith, Ruth Rendell...) y se desarrollaban con brillantez y un punto de ironía. Como muestra ahí están creaciones tan logradas como El carnicero, La mujer infiel, Un asunto de mujeres o La ceremonia.

Respecto a Madame Bovary, habrá que esperar a 2002 para contar con una nueva puesta en escena, porque en aquel año Fywell vuelve a llevarla a la pantalla, consiguiendo un resultado que se sigue con interés, pero que no alcanza la fuerza y elegancia de la versión de Minnelli ni el nervio de la de Chabrol.

En lo que atañe a la obra de Tolstoi hay diferentes adaptaciones cinematográficas, desde la mítica Ana Karenina del año 1935 a la serie británica que David Blair en 2000 dirige y desarrolla en cuatro episodios.

La  Karenina de 1935 fue producida, derrochando lujo, por O'Selznicquien tanto poder ejerciera en el Hollywood del momento y tan famoso le hiciera su peso como productor de sobre Lo que el viento se llevó. La realizó, con gran competencia, Clarence Brownconsiguiendo en su versión envolvernos en una atmósfera de desdicha, que va intensificando progresivamente el drama hasta su abrupto final. Y la interpretó, de manera sublime, Greta Garbo que consolida aquí su estrellato.

Vivian Leight en Ana Karenina, (Julien Duvivier, 1945)

Interesantes también son otras dos adaptaciones: la de Julien Duvivier, en 1945, con Vivian Leight, (la inolvidable Escarlata O'Hara de Lo que el viento se llevó), en una recreación muy convincente del personaje, y la de Bertrand Rosse en 1997, con Sofie Marceau como Ana Karenina. Este último film fue muy controvertido, obteniendo críticas contrapuestas, desde las que lo exaltan como hermosa película de bellos paisajes rusos, cuidada ambientación y adecuada música de Tchaikovski, a las que lo reducen a versión academicista, fría y aburrida de la novela. 
  
Y por aproximación, puesto que de alguna manera se trata de Tolstoi y el cine, señalar además las numerosas y magníficas adaptaciones cinematográficas de Guerra y paz (las de King Vidor, 1963; Sergei Bondarchuk, 1965/1968; John Howard Davies, 1972; Robert Dornhelm, 2007), así como recordar la interesante novela histórica de Jay Parini, La última estación, que nos relata los años finales de la vida de Tolstoi y que ha sido llevada a la pantalla con el mismo título por Michael Hoffman en 2009, logrando una película llena de talento.