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domingo, 8 de marzo de 2020

Mitos con sabor hispano

Que sí, que la sociedad era muy machista, que la mujer estaba muy arrinconada, pero con ellas parece que no pudo; se impusieron con su gracia, su fuerza, su belleza, su personalidad, su genio o con todo esto y mucho más, rebasando fronteras. Hoy, casi olvidadas, recordemos a algunas de aquellas con las que compartimos raíces y que, de seguir vivas, ya hubieran superado el siglo.



Ese ramillete de mujeres cuyas vidas nos viene contando la copla desde los años treinta: Tani, Triniá, la Lirio, La Zarzamora, Rocío, Maricruz… nos llegaron tempranamente en las voces de estupendos artistas, en especial en la voz de Imperio Argentina, (1910-2003) una de las más grandes.


Con Gardel
Ya nos había cantado tangos, nada menos que con Gardel, que esta argentina de familia española había empezado de niña su brillante carrera en su tierra natal y era ya bien famosa cuando recaló en España en 1926. Aquí transcurriría el resto de su vida, con algunas escapadas en los años treinta, primero a Hollywood para rodar con Gardel un par de musicales y después a la Alemania de Hitler también para hacer dos películas: Carmen la de Triana y La canción de Aixa. Excelente cantante y bailarina, demostró enseguida sus dotes de actriz en unos musicales, que, coincidiendo con el apogeo de la copla, dejarían en el cine español un rosario de muestras de este género maravillosamente interpretadas por esta mujer, tan brillante, que demostró además ser una actriz magnífica. Con el cambio de gustos estéticos, su estrella se fue lentamente apagando en los cincuenta y sesenta para ser totalmente ignorada tras el cambio de régimen; al menos hasta el año 1987 en que el cineasta José Luis Borau la rescata para el cine en Tata mía, una estupenda película que vino a recordarnos que seguía viva y que era una actriz excepcional. Aunque escasas, hubo algunas reapariciones más, la última en 1992, en el contexto de la Expo de Sevilla, cuando de nuevo se subió a las tablas, ya octogenaria, para cantarnos en el espectáculo Azabache una de sus coplas imperecederas.



Veinte películas e infinidad de discos nos ha dejado como enriquecedor testimonio de su paso por la vida.

Concha Piquer (1906-1990)


Concha Piquer
Algo antes había nacido ya Concha Piquer y también en su voz nos llegaron los dramas de esas protagonistas de la canción andaluza, una moda nacida en los años veinte, (La Parrala, Yo soy esa, La Dolores, Lola Puñales, La niña de la Estación y tantas y tantas) y que indiscutiblemente reinara en las radios españolas desde casi sus inicios hasta bien avanzados los años 50.  Niña precoz, ya cantaba a los 8 años y con tan solo 11 debutó en un teatro de su tierra chica, Valencia. Seguiría actuando los años siguientes en algunos más, pero en 1922 está ya en Broadway y, con la Piquer interpretando una copla, se conserva un cortometraje From far Seville, datado en 1923. Se convertiría así en la primera filmación sonora de la historia, pero parece que la fecha es discutible y no ha sido suficientemente probada. Su aventura americana duró varios años, pero en 1930 ella y sus baúles, (que es fama su enorme equipaje donde nunca faltaba el aceite de oliva) estaban ya de vuelta en España. Después de la guerra conoce a Rafael de León quien, con Quintero y Quiroga, le compone un gran número de nuevas y bellísimas canciones.  



La Piquer, que hasta entonces venía interpretando también canción francesa y americana, se centra a partir de entonces exclusivamente en la copla, alcanzando un éxito arrollador por la maestría y perfección de sus interpretaciones. Realizó además un cierto número de películas, con Benito Perojo, Florián Rey, Luis Marquina, Luis César Amadori en la dirección… aunque su verdadera valía más que como actriz fue sin duda como cantante, reconocida sin discusión como una de las más grandes de la canción española. Se retiró de las tablas en 1958, aunque siguió grabando discos durante varios años más y su leyenda aún no se ha apagado del todo.

María Montez, (1912-1951)

Más escondida en los arcanos de nuestra memoria está sin duda María Móntez (1912-1951), que no fueron duraderos sus triunfos, así que seguramente pocos recuerdan ya a esta hermosa mujer que Hollywood nos mostrara como ejemplo de belleza exótica en aquellas peregrinas historias de lujo oriental en cartón piedra, que fascinaron a grandes y chicos en la postguerra. En ellas experimentó María su breve pero fulgurante, momento de esplendor.



María África Gracia Vidal, dominicana, hija de español, se educó en Santa Cruz de Tenerife. A mediados de los 30 su padre fue nombrado cónsul en Belfast y allí o quizá antes en Barahona (República Dominicana) donde nació, conocería María a su primer marido, el banquero William G. McFeeters, con quien estuvo casada durante siete años. Pronto se trasladaría a Nueva York, iniciando allí una carrera de modelo que le sirvió de trampolín para el cine. Y en el cine alcanzó una gran popularidad protagonizando exóticas historias entonces muy de moda. Hollywood la lanzó como Sherezade y la mantuvo interpretando personajes de ese porte en infinidad de films de ambientes orientalistas haciendo valer su título de reina del technicolor, como acabaron llamándola. Y aunque sus últimos trabajos fueran en blanco y negro, ella mantendría también allí su imagen de diva inalcanzable, con la misma fotogenia y la misma brillantez que lo hiciera antes en el más colorista y brillante technicolor.

Finalizada la segunda guerra mundial se trasladaría a Francia con su segundo marido, el actor francés Jean Pierre Aumont, su partenaire en alguna de sus películas. Y allí, en Suresnes, moriría, con sólo 39 años, de un ataque al corazón. Pero la década de los cuarenta difundiría su imagen de diva inalcanzable por todos los rincones a donde llegara el imperio de Hollywood.

María Félix, (1914-2002)

María Félix sigue en cambio más presente en el recuerdo, al menos en Méjico, su país natal, donde esta mujer de rompe y rasga fue el verdadero mito erótico de la época de oro del cine nacional. También conocida como María Bonita por la famosa canción que Agustín Lara, su segundo marido, le compusiera como regalo de bodas, lo fue todo en el cine mexicano, pero también se hizo notar fuera de él, que actuaría en películas españolas, francesas, italianas, argentinas…

Comenzó su carrera en 1942 con un drama romántico, dirigido por Miguel Zacarías y titulado El peñón de las ánimas, que protagonizó con Jorge Negrete, pero su primer título importante será Doña Bárbara, adaptación de una novela de Rómulo Gallegos que interpretó un año después. Bautizada desde entonces por su papel como la Doña, inició con esta historia la representación de una serie de personajes de mujer dura que contribuyeron a forjar su leyenda de vampiresa. Tres películas con Indio Fernández internacionalizan su imagen, y a fines de los cuarenta, contratada por el productor español de cine Cesáreo Gonzalez, comienza en Europa su carrera internacional con la realización de todo un rosario de films rodados en España, Italia y Argentina. Vuelve luego a México, pero muerto su tercer marido, Jorge Negrete, en 1953, se decidió a trabajar de nuevo en Europa, realizando entre otras, a las órdenes de Jean Renoir, French Can Can. En 1955, convertida ya en figura mítica del cine mundial regresa definitivamente a México donde se mantendría profesionalmente activa hasta 1970.                                              


Encarnó como nadie la imagen de mujer altiva y desdeñosa, rebelde al poder del hombre arrogante y dominador; un perfil de belleza inalcanzable y peligrosa, de gran éxito en los años de la postguerra cuando la imagen de vampiresa devoradora de hombres que tanto había gustado en los años veinte volvía a ejercer una enorme fascinación.



Algo más joven debía de ser Carmen Amaya, (1918?-1963) una gitana del desaparecido barrio barcelonés de Somorrostro, zona de barracas donde vivían los desheredados de la fortuna. No se sabe con certeza la fecha de su nacimiento, pero según su biografía, desde los cuatro años actuaba ya como La Capitana, acompañando a su padre, El Chino, que se ganaba la vida tocando en las tabernas. Parece que debutó en el Paralelo allá por el año 1924 y no mucho después en el teatro Palace de París. Allí la vería Benito Perojo, bailando con su tía y su prima y decidiría  incluirla en una secuencia de su película La Bodega (1929), donde no representa más de 11 años de edad. Sus primeras críticas son también de entonces, pero su auténtica consagración a escala nacional llegaría en 1935 cuando fue presentada con gran éxito en el teatro Coliseum de Madrid. Y también por entonces empieza a fijarse en ella el mundo del cine, con películas creadas en torno a su figura.


Escena de Los Tarantos (Rovira Beleta, 1963)
Los años de la Segunda República coinciden bastante con los de sus primeros éxitos, cuando comparte escenario con los más famosos artistas españoles del momento: Concha Piquer, Miguel de Molina, Angelillo, Pastora Imperio, La niña de los Peines… Meses antes de dejar España, en 1936, rueda María de la O (Francisco Elías) y, al estallar la guerra se encuentra actuando en Valladolid, con un contrato pendiente en Lisboa. Desde Lisboa embarca para América y en diciembre está ya bailando en Buenos Aires, con tan gran éxito que se le abren las puertas para Uruguay, Cuba, México y de allí, al Carnegie Hall de Nueva York. Luego, Paris, Londres… y, tras once años girando por el mundo, en 1947 vuelve a España a revalidar sus triunfos en casa. Vendrían después nuevas giras mundiales hasta 1963, cuando, ya enferma, rodara con Rovira Beleta Los Tarantos. Morirá ese mismo año, siendo aún muy joven. La noticia causó verdadera conmoción y los maestros León y Solano le compusieron una copla muy sentida que todavía resuena y que decía se murió Carmen Amaya y España entera lloró… 




Su baile, instintivo, genial, lleno de fuerza, revolucionó el flamenco; las películas que de ella quedan lo prueban. Artista inimitable, toda temperamento, alma y pasión dejó una huella imborrable.


Rita Hayworth  (1918-1987)
Margarita Cansinos, tan internacional, parece que quedara algo más lejos de ese perfil común. Y su fama, la fama de Rita, así como sus grandes éxitos resuenan aún a escala mundial. Estadounidense nacida en Nueva York, española por parte de padre y bailarina por sus cuatro costados: abuelo paterno bailarín, padre bailarín, madre bailarina… empieza su carrera en el Spanish Ballet de su progenitor, Eduardo Cansinos, con quien desde los 12 o 14 años de edad forma ya pareja de baile.

Con su padre en el Spanish Ballet
Una vez llegada a Hollywood le costará bastantes años vencer prejuicios y remontar ese reducto que la meca del cine imponía a los hispanos: un sector de películas en español para sus vecinos del sur al que ella se veía fatalmente restringida por nacimiento. Pero es tal su fuerza en pantalla que enseguida alguien comprende que no puede quedar solo como una exótica latina. Y la tiñen de pelirroja y la lanzan a seducir a todos, hispanos y no hispanos, con su genio, su belleza y su espléndida personalidad de gran actriz y gran bailarina. Y aborda el mito de Carmen (Los amores de Carmen –The Loves of Carmen-, Vidor, 1948) enfrentándose valiente a ese don José que la cree suya, y asume también otros estereotipos femeninos como la estupenda Doña Sol de Sangre y Arena (Blood and Sand, Mamoulian, 1941), toreando al torero; mujeres dispuestas a enfrentarse a los hombres y a lo que hiciera falta para fascinarnos a todos, hispanos, anglos, y mundo mundial, saltando prejuicios y localismos.



Margarita Cansinos, la extraordinaria Rita Hayworth, inolvidable actriz, inolvidable bailarina, inolvidable mujer, hermosa y genial, que encarnó ese mito erótico de vampiresa frágil que hoy no nos parece tan dócil ni sometida sino más bien valiente, rebelde, libre y dueña de sí misma. Y nos dio además tantas otras pruebas de su gran talento interpretativo cuando pudo salir de ese estereotipo que el exitazo de Gilda hacía tan difícil abandonar.

Imperio Argentina, Concha Piquer, María Montez, Carmen Amaya, María Félix, Rita Hayworth todas ellas nacidas hace un siglo o algo más, todas mujeres irrepetibles, admiradas y famosas. Todas de raíces hispanas, integrantes de esa koiné que es la lengua y la cultura nuestra. A su personalidad para seguir deslumbrándonos y al cine que guarda su arte les debemos el poder continuar recordándolas y admirándolas a contracorriente de las modas y del tiempo.

Que sí, que la sociedad era muy machista, pero no pudo con ellas, ni con tantas otras que supieron remontar escollos y seguir adelante imponiéndose con la fuerza de su personalidad y su talento.

lunes, 22 de abril de 2019

Superproducciones: Lawrence de Arabia, Titanic


Hoy se trata de evocar ese tipo de películas que hicieron (y siguen haciendo) nuestras delicias, aquellos grandes novelones, hermosas epopeyas, o historias en fin tratadas con un punto de grandiosidad que nos seducen desde el principio y que, siendo generalmente de larga duración, nunca queremos que terminen, porque nos sumergimos en ellas sin prisas, encandilados con el arte que sus realizadores saben infundir a la narración.

Lawrence de Arabia (David Lean, 1962)
Películas como Gigante (Stevens, 1952), Guerra y Paz (War and Peace, King Vidor, 1956), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Doctor Zhivago (David Lean, 1965), Ghandi (Attemborugh, 1982), Memorias de Africa (Out of Africa, Sydney Pollack, 1986), Regreso a Howards End (James Ivory, 1993), Titanic (James Cameron, 1997)… y tantas otras que desarrollan historias del gusto de casi todos y lo hacen sin escatimar medios, seguros de su triunfo. Grandes producciones que en efecto cosechan premios en cantidad y alcanzan en taquilla cifras descomunales de recaudación. Películas deslumbrantes algunas y de grato recuerdo todas porque no suelen defraudar a su muy numeroso público.

El cine acierta muy pronto con este género, que lo hace casi en los principios del sonoro con Lo que el viento se llevó, (1939), novelón que en su versión cinematográfica supera las tres horas de duración. Y esto de la larga duración parece también ser un requisito de casi todas las que responden a este perfil y desde luego así es al menos en el par de realizaciones elegidas para comentar: Lawrence de Arabia (222 minutos) y Titanic (195 minutos).

Lean y O`Toole en el rodaje de Lawrence de Arabia
La primera, Lawrence de Arabia, constituye una gran película salida de las manos de un director que si era magnífico contándonos historias intimistas, (inolvidables esas joyas de Breve Encuentro –Brief Encounter- o Locuras de verano -Summertime-), en este otro tipo de cine se reveló también como un fuera de serie. Nos referimos a David Lean, director, productor, guionista y editor de nacionalidad británica, que había desarrollado una interesante carrera en su país haciendo cine en blanco y negro. Tras la llegada del color, hacia 1955, se pasa a la industria de Hollywood, para dedicarse a la realización de grandes producciones. Lean llega a crear un cine espectacular de hermosos paisajes y estupendas ambientaciones, donde se encuadra esta película que nos ocupa así como otras suyas, también muy merecidamente premiadas, como El puente sobre el río Kwai (1957), Doctor Zhivago (1964), La hija de Ryan (1970) o Pasaje a la India, (1984).

Al igual que otros grandes éxitos internacionales de los años 60, Lawrence de Arabia nos resulta particularmente cercana, porque en nuestros lugares se ambientaron muchas de sus escenas; esos interiores sevillanos rodados en los reales alcázares, la casa de Pilatos, el palacio de Miguel de Mañara o el hotel Alfonso XIII; las secuencias en la también sevillana Plaza de España o los espléndidos paisajes almerienses del Cabo de Gata, resultaron gracias a la magia del cine un marco perfecto para simular los escenarios por donde se movía ese estrafalario inglés que fue Thomas Edward Lawrence. Y cuando Lean tuviera que abordar Doctor Zhivago, satisfecho de su experiencia anterior, y encontrando aquí también nieve de sobra, recurriría de nuevo a España para la mayor parte de sus localizaciones.

Pero, anécdotas aparte, lo importante es la gran calidad de esta película. Brillante la fotografía, hermosísima la música, soberbias las interpretaciones de los actores y perfecto el ritmo de la narración,  parece una obra al borde de alcanzar la perfección, y de hecho muchos la señalaron (el American Film Institute, por ejemplo) como una de las mejores películas de la historia.

Lawrence de Arabia está basada en Los siete pilares de la sabiduría, obra biográfica de Thomas Edward Lawrence donde éste narra sus experiencias durante la primera guerra mundial. Enviado entonces por su país al desierto para participar en una campaña de apoyo a los árabes contra Turquía, Lawrence llevará a cabo su misión a su aire y no siempre en sintonía con sus superiores.

Lawence de Arabia (David Lean, 1962)

La luz en los desnudos parajes del desierto, las interminables arenas, el misticismo que desprende la figura del protagonista, la prodigiosa banda sonora… todo envuelve la singular aventura que David Lean nos cuenta con el pulso adecuado y absoluto acierto, alcanzando tal perfección que nos transporta sin esfuerzo a ese mundo evocado y, por momentos, casi consigue hipnotizarnos.

Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en Titanic, (Cameron, 1997)

Otros, muy otros serán los paisajes en que se mueva Titanic, una romántica historia de amor a bordo del famoso transatlántico británico en su malhadado viaje. La pareja enamorada la integran seres de ficción, pero la película los mezcla con personajes reales que existieron y sufrieron aquel trágico naufragio, haciendo una amalgama de invención y realidad que funcionó estupendamente en pantalla, a pesar de algunos fallos históricos espinosos en los que incurrió el guión. El director, James Cameron, fascinado desde antiguo con la catástrofe del Titanic, buscó con éxito financiación para llevar su historia al cine, y a pesar de que en su tiempo fue considerada la producción más costosa realizada hasta el momento, cosa que haría temblar al proyecto, lograría al fin convertirse también en la más taquillera. Ganó infinidad de premios y su popularidad rebasó fronteras llevando a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet a las más altas cotas de la celebridad; especialmente a ella que era menos conocida, con sólo cuatro películas aún en su haber. DiCaprio era ya famoso, puesto que llevaba en el mundo del espectáculo desde su más tierna infancia, aunque esta película disparó su número de fans a extremos insospechados. En cualquier caso ambos acapararon con Titanic la primerísima línea del  famoseo.

Kate Winslet, James Cameron y Leonardo DiCaprio en los Oscar
La película consiguió once premios Oscar. Su preparación fue profunda, exquisita la reconstrucción histórica, supervisada por decenas de expertos para reproducir con escrupulosa fidelidad cada detalle, y brillantes los efectos especiales, que lograron una espectacular recreación del naufragio. Y esta combinación de conmovedora historia de amor bien contada y despliegue tecnológico deslumbrante para recrear la tragedia del hundimiento del barco, envuelto todo con una acertadísima banda musical, excelente fotografía, sabia interpretación… dio como resultado una obra sobresaliente con cierto sabor a cine de siempre.

Sería superfluo volver sobre su argumento, porque raro fue quien en su día no vio esta película. Y porque, remasterizada en 2012, volvió a reestrenarse, con abrumador éxito de público, para aquella generación llegada después, para los pocos que antes se la hubieran perdido y para tantos otros encantados con reencontrarla y volverla a ver.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Vidas de músicos y cantantes

Que en la biografía encuentra el cine un verdadero filón de temas ya quedó anteriormente ejemplificado con algunas excelentes películas sobre las vidas de diversos pintores consagrados.
Podría haber sido cualquier otro el campo de la actividad humana elegido, porque abundan las historias de interés bien llevadas al cine: vidas de escritoras, (Memorias de África,Sidney Pollack, 1985; Las hermanas Bronte, André Techiné, 1979); o de criminales (Scarface, Howard  Hawks, 1932; Bonnie and CLyde, Arthur Penn, 1967). De toreros, (Belmonte, Juan Bollaín 1995); o de aventureras (Lola Montes, Max Ophuls, 1955). Vidas de políticos, (Le promeneur du Champ du Mars -Presidente Miterrand, Robert Guediguian, 2005; John Adams, Tom Hooper, 2008) o de bailarinas (Isadora, Karel Reisz, 1968)... En fin, es inacabable el muestrario de actividades, benéficas o maléficas, en que algunos se han destacado del común de los mortales y cuyas peripecias vitales hemos revivido en pantalla.

Quizá resulte interesante insistir en esta fuente y dirigir ahora la mirada al mundo de la música para contemplar a personajes que han brillado en ella tanto en la interpretación vocal o instrumental como en la composición.

La vida de un cantante es lo que nos cuenta la primera historia seleccionada, Gayarre, película dirigida por Domingo Viladomat en 1959, que tiene el encanto de ofrecernos a un jovencísimo Alfredo Krauss dando vida a aquel magnífico tenor que alumbró la música española de la segunda mitad de XIX, Julián Gayarre. Esta discreta realización sin grandes pretensiones se convierte hoy en todo un documento sentimental para quienquiera que siga añorando la maravillosa presencia de aquel genio de la lírica que fue Alfredo Krauss. Verlo aquí, casi en los inicios de su carrera, es un privilegio que nos ayuda a pasar por alto los resabios patrioteriles de casticismo rancio que se cuelan en el guión, tan consustanciales, por otra parte, a la época en que se rodó. No es la única película sobre la vida de Gayarre; Forqué volvería sobre el personaje en 1986 con su Romanza final, donde encontramos a José Carreras encarnando al tenor navarro, acompañado en el reparto nada menos que por Montserrat Caballé.

De factura más cuidada, pero desilusionante en sus resultados Callas for ever es un homenaje que Zeffirelli, gran director artístico de óperas, quiso rendir a María Callas, a quien conoció, trató, apreció y dirigió en diversas ocasiones. Estrenada en 2002, se trata de una ficción  ambientada en los últimos años de la vida de la cantante, cuando ya ha perdido la voz y parece interesarse en actividades complementarias. Con un reparto de primera y una buena realización, esta fantasía histórica no logra sin embargo emocionar al espectador.

Tal vez injustamente olvidada, Song without end (Sueño de Amor, 1960), que Charles Vidor comenzara a dirigir y Georges Cukor finalizara tras la muerte del primero, nos muestra algunos momentos de la vida del compositor húngaro Franz Liszt, deteniéndose especialmente en sus amores y en su condición de virtuoso del piano. Maravillosamente interpretada por Dirk Bogarde, que nos ofrece una acabada estampa de seductor músico romántico, fue una película que gozó en su momento de gran éxito de público y obtuvo el Oscar a la mejor banda sonora.

Mucho más cercana en el tiempo, La vida de Verdi es una serie dirigida con oficio en 1982 para la televisión italiana por Renato Castellani. En elIa se reconstruye a lo largo de ocho capítulos la peripecia vital de este enorme compositor, genio indiscutido e indiscutible de la ópera. La serie, bien ambientada, bien interpretada y narrada sin fisuras, capta la atención del espectador y logra mantener su interés en todo su desarrollo.

También digna de mención resulta Inmortal beloved, (Amor inmortal), dirigida por Bernard Rose en 1994, que nos muestra diferentes momentos de la vida de Beethoven: aspectos de su infancia, pleitos familiares, la aparición de la sordera y el sufrimiento que le ocasiona... todo ello acompañando al núcleo central de la trama que gira en torno a la búsqueda de una misteriosa mujer, que a la muerte de Beethoven su abogado se viera forzado a realizar para cumplir el mandato testamentario del compositor. La historia aunque algo rebuscada y tortuosa se sigue con curiosidad.

Y cierra esta serie de personajes relacionados con la música clásica la versión que de Mozart nos da Milos Forman, en su Amadeus de 1984, considerada entonces uno de los mejores estrenos de la década y profusamente premiada. En ella se enfoca a nuestro genio desde la óptica de su pretendido rival, Salieri, enfermo de celos ante el talento abrumador de un jovencísimo Mozart. La película, aun contando con unos niveles excelentes en la dirección artística, la fotografía, el montaje y la banda sonora y aunque plagada de momentos memorables de buen cine, se quiebra en la visión extremadamente caricaturesca y excesivamente histriónica que nos ofrece de Mozart, presentándole como una especie de cretino infantiloide para subrayar la mirada envidiosa del compositor rival. Es éste un aspecto que resulta cargante y por momentos al espectador se le hace insufrible, rebajando el resultado final, aunque sorprendentemente no le pasara factura en el momento de su estreno.


Cambiando de ámbitos musicales también el riquísimo mundo del jazz nos ofrece títulos dignos de ser recordados. He aquí algunos: The Glenn Miller Story (Música y lágrimas, 1954) donde Anthony Mann nos hace gozar con temas inolvidables interpretados por grandes estrellas como Gene Krupa o Louis Armstrong, mientras nos da una dulcificada versión de la vida de este gran compositor de la era del swing que fue Glenn Miller. Ray (2005), sobre la figura de Ray Charles, con la que su director, Taylor Hackford,obtuvo, contra todo pronóstico, un resultado brillante. Y sobre todo, Bird, que Clint Eastwood dirige en 1988 sobre la carrera del genial saxofonista y compositor, Charlie Parker, amigo y compañero de Dizzie Gillespie y una de las figuras más grandes del género, a pesar de que sólo contaba 34 años cuando le llegó la muerte.

El mismo año en que se estrena Bird, Chet Baker, trompetista genial y cantante de voz dulce y estilo intimista se tiraba por la ventana de un hotel de Amsterdam. Un año después, en 1989, estrena Bruce Weber su documental sobre este intérprete convertido ya en leyenda, Let's get lost, con el que obtendría el Premio de la Crítica del Festival de Venecia. El excelente documental recoge materiales de la última gira del intérprete así como entrevistas al propio Baker y sus allegados, reflejando brillantemente lo que resultarían sus últimos días de vida.

Si la mirada se dirige a la música popular ahí está La mome, (La vida en rosa, 2007), de Oliver Dahan, que constituye a día de hoy la última de las numerosas biografías en cine de Edith Piaff; una película configurada como retrato impresionista de esta mujer de vida trágica y procedencia humilde que llegó a ser mundialmente famosa y a convertirse en un verdadero icono de la música  francesa.

Y por último dos producciones más recientes que giran en torno al mundo de los Beatles, Nowhere boy, dirigida en 2009 por Sam Taylor-Wood sobre la adolescencia y primeros pasos musicales de John Lenon y el documental de Scorsese, George Harrison: Living in the material world, estrenada en España en diciembre de 2011.

Un buen número de títulos evocando figuras de compositores e intérpretes que nos enriquecen y conmueven, geniales todos ellos, cualquiera que sean sus universos musicales... Sirvan las películas mencionadas sobre sus vidas como nuevos botones de muestra de lo que para el cine comporta el género biográfico.