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jueves, 2 de abril de 2020

Hollywood y el cine de juicios


El cine de juicios ha gozado con frecuencia de la general aceptación. Ya asistimos a un proceso en los tiempos del cine mudo con la extraordinaria película francesa La pasión de Juana de Arco  que el danés Theodor Dreyer realizara en su día allá por 1928. Pero, centrándonos en el cine que nos viene de Hollywood, serán especialmente los años cincuenta los que registren una nutrida cosecha de excelentes títulos desarrollados en torno a procesos judiciales.

Marlene Dietrich y Charles Laugthon en Testigo de Cargo (Billy Wilder, 1957)

Falso culpable, (The Wrong Man, Hitchcock, 1956); Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, Billy Wilder, 1957); 12 hombres sin piedad (12 Angry Men, Sidney Lumet, 1957); Quiero vivir, (I Want to Live!, Robert Wise,1958); Impulso criminal (Compulsion, Richard Fleischer, 1959)… son algunos de los más logrados. Se había puesto de moda ya antes esto de los juicios; de los últimos años cuarenta son títulos tan famosos como La costilla de Adán (Adam's Rib, Cukor, 1949), El proceso Paradine, (The Paradine Case, Hitchcock, 1949) o Llamad a cualquier puerta, (Knock on Any Door, Nicholas Ray, 1949). Y la corriente continuaría en los primeros sesenta, con otros tan señeros como Vencedores o vencidos (Judgement at Nuremberg, Kramer, 1961) y Matar a un ruiseñor, (To Kill a Mockingbird, Robert Mulligan, 1962). Después, y con escasas excepciones como Veredicto final (The Verdict, Sidney Lumet, 1982), el interés por este tipo de temas comienza a decaer para resurgir en los años 90 con nuevos bríos y continuar, con mayor o menor frecuencia, hasta nuestros días. Philadelphia (Jonathan Demme, 1990; Presunto inocente (Presumed Innocent, Alan Pakula, 1990) y El misterio Bon Bülow, (Reversal of Fortune, Barber Schroeder, 1990) marcan el inicio de esta recuperación.


                                       Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, Preminger, 1959)
Una obra extremadamente interesante de este género es Anatomía de un asesinato
, que Otto Preminger realiza en 1959 y que se mantiene fresca sin perder actualidad. Con James Stewart, Lee Remick y Ben Gazzara como protagonistas, la historia, magníficamente bien contada, gira en torno a un abogado casi retirado, que vuelve a ejercer su profesión para defender a un teniente del ejército en un juicio por asesinato, ya que éste ha matado a sangre fría y ante terceros al presunto violador de su mujer.

Desde la presentación de los títulos de crédito, espléndidos y en su día muy innovadores, la película atrapa al espectador. La música de Duke Ellington, las soberbias interpretaciones de los actores, de todos ellos; el estilo del relato, que no oculta los rasgos antipáticos de los personajes y que se mueve en una atmósfera de ambigüedad entre el bien y el mal… todo ello configura una narración que, bajo apariencia de no tomar partido, obliga al espectador a sacar sus propias conclusiones, cual si fuera parte del jurado. Pero en realidad lo que pone en tela de juicio es precisamente esa institución, desvelando cómo las destrezas de abogados y fiscales para manipular las emociones del jurado determinan el fallo. No se trata aquí de si el individuo es culpable o inocente, sino de la habilidad del defensor para, siempre dentro de la ley, manejar las pruebas a favor del defendido, preguntándose hasta qué punto merece el castigo, si su conducta está justificada y por lo mismo es excusable o al menos merecedora de una comprensión que atenúe la culpa… En definitiva, se trata de cómo el talento del abogado, frente a ciudadanos no avezados, condiciona seriamente el veredicto. Y, por lo mismo, si esto de los jurados es o no una solución acertada.


                                                             La caja de música (Music Box, Costa Gavras, 1989)

Otra forma de enfocar el género nos ofrece La caja de música (Music Box, Costa Gavras, 1989), una mezcla de drama judicial y thriller político que cuenta en clave de conflicto familiar cómo una prestigiosa abogada criminalista estadounidense, hija de un inmigrante húngaro, asume, desde el más absoluto convencimiento de su inocencia, la defensa de su padre, recientemente acusado de crímenes de guerra. Han pasado décadas desde aquello y ella está familiarizada desde la infancia con relatos edificantes sobre la lucha de su progenitor por abrirse camino en el país de adopción, conoce su condición de padre protector y su comportamiento de ciudadano honrado en este su nuevo hogar. La defensa del padre la llevará a investigar en Europa y descubrir en la Hungría natal de su progenitor cómo la imagen que de su pasado se ha formado para nada responde a las realidades que va descubriendo. La angustia, el dolor, el desengaño de la protagonista encaminan la película por las rutas de un melodrama intimista, pero paralelamente su lento desvelar de lo que pasó funciona a la perfección como cine de intriga y suspense. Y además, la denuncia de las redes de evasión y ocultamiento de criminales nazis que la película lleva a cabo hace también de ella una muestra de cine militante, de tal manera que el relato va mucho más allá del drama judicial para convertirse en una reflexión moral, política e histórica sobre realidades de nuestro entorno difíciles de asumir.

Armin Mueller-Sthal y Jessical Lange en Music Box, 1987
La trama profundiza además en un tipo de historias poco hollado como es el del descubrimiento del carácter criminal de un familiar, aunque ciertamente cuenta con un interesante antecedente, La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, Hitchcock, 1943), donde una sobrina sorprende la condición de asesino en serie de su adorado tío, un hombre cuya personalidad siempre la había fascinado. En este caso, aún más desgarrador, es una hija la que descubrirá la naturaleza asesina de su padre.

Un asunto interesante, una utilización eficaz de la música, excelentes interpretaciones, sobresaliente fotografía y adecuado ritmo narrativo… todo ello se combina en esta producción para hacer de ella una buena película, ejemplo notable del trabajo de Costa Gavras, su director, realizador siempre de un cine de denuncia políticamente comprometido en el que destacan otros títulos importantes como La confesión, (L’Aveu, 1970), un desvelamiento de las purgas estalinistas, o Desaparecido (Missing, 1982), que denuncia la complicidad de la CIA en el golpe de estado de Pinochet en Chile.

Otros muchos pueden ser los enfoques de este género cinematográfico: alegatos contra la pena de muerte, carestía de los procesos, errores judiciales, crímenes ecológicos. Como siempre cualquier asunto es susceptible de múltiples miradas. De momento, quedémonos con estas dos.

lunes, 27 de enero de 2020

La comedia romántica: Medianoche y Pretty Woman


Se entiende por comedia romántica aquella que trata el enamoramiento de una manera amable y ligera, rociado incluso con ciertas dosis de humor, porque su ingrediente indispensable es ése, el amor de pareja, fluctuando desde el idilio empalagoso (Cuando Harry encontró a Sally, 1989) a otros romances más contenidos, pero siempre vistos desde su lado más amable y que a ser posible conquisten con la sonrisa e incluso con la risa.

John Barrymore y Claudette Colbert en Medianoche (Midnight, Leisen, 1939)

Suelen ser por ello historias con final feliz, aunque algunas se levantan sobre la ruptura de la pareja (Annie Hall, W. Allen, 1977) y otras rozan el drama (Tu y yo - An Affair to Remember- Leo MacCarey, 1957) o se precipitan en él (El apartamento, Billy Wilder, 1960). Sus ambientes abarcan desde los más sofisticados a los más cotidianos y su motor resulta de lo más variopinto también: una rivalidad profesional (La costilla de Adán –Adam’s Rib- George Cukor, 1949); una mentira difícil de perdonar (Indicreta, Stanley Donen, 1958); el comienzo de una relación (Descalzos por el parque –Bareffot in the Park- Sacks, 1967); o el final (Dos en la carretera -Two for de Road- Stanley Donen, 1967) y hasta una trama de espías (Charada, Stanley Donen, 1963) o el más acendrado enfrentamiento político (Ninotchka,  Ernst Lubitsch, 1939), que todo vale para contar el amor de una pareja... o de un trío, porque a veces se complica y se cuela un tercero (Una mujer para dos -Desing for living- Ernst Lubitsch, 1933).

Muchas de estas películas explotan el filón de Cenicienta, agazapada en el fondo de sus tramas (Sabrina, Billy Wilder, 1954), aunque a veces el príncipe no es tal, que es ella la princesa (Vacaciones en Roma, Roman Holiday, William Wyler, 1953), porque el mito de Cenicienta es muy agradecido en este género. Puede esconderse detrás de una chica trabajadora (Armas de mujer, Working girl, Mike Nichols, 1988), una estafadora, (Las tres noches de Eva, The Lady Eve Preston Sturges,1944), una cazafortunas (Cómo casarse con un millonario, Jean Negulesco, 1953) o incluso alguien que pasaba por ahí (Una chica afortunada, Easy Living, Mitchel Leisen, 1937). En algunas películas es fácil de reconocer; en otras se ha retorcido tan sabiamente el mito que el cliché del que partimos no se corresponde con lo que veremos. Pero esto es parte de su gracia y así sucede por ejemplo en Medianoche.

Don Ameche, Claudette Colbert y John Barriymore en Medianoche (Midnight, Leisen,1939)



Medianoche (Midnight, Mitchel Leisen, 1939) podría encuadrarse entre las historias de ambientes sofisticados, porque se mueve en un mundo de clases altas, sí, aunque es un mundo donde se cuelan personajes de la calle, un taxista y una vividora, que dan pie para burlarse de esos ambientes de privilegio y de esos tópicos forjados en torno a los manidos conceptos de arriba y abajo.

Su argumento: una aventurera  joven y despreocupada recala en Paris sin más recursos que lo puesto, pero dispuesta a labrarse a la mayor brevedad un futuro envidiable. Comienza la historia cuando acaba de bajarse del tren que la trae, desplumada, de Montecarlo y como se suele decir no tiene ni donde caerse muerta, pero la chica entra con buen pie, porque un taxista conmovido por su situación la protegerá al instante. Luego éste irá cayendo en sus redes y se enamorará perdidamente, pero aparecen otros hombres, otros acontecimientos y la historia se complica. A partir de aquí se sucederán situaciones divertidas, enredos sin cuento, equívocos regocijantes y entre peripecias y sorpresas se va desgranando esta historia que destila ingenio y sátira social. Unos diálogos brillantes y el buen hacer de todos convierten esta obra en una verdadera joya.

La película es del año 1939. Sus guionistas, nada menos que Billy Wilder y Charles Brackett; sus protagonistas, Claudette Colbert, Don Ameche y John Barrymore; su director, Mitchel Leisen… Todos brillantes y todos afamados, aunque su realizador, Mitchel Leisen, hoy en día menos que los demás, que está bastante olvidado en la actualidad. Y ello muy injustamente, ya que hizo un cine de calidad, elegante y divertido que no envejece, al contrario mantiene intacta toda su frescura.

Se trata en este caso de uno de sus films más celebrados, que componía con Candidata a millonaria (Hands Across the Table, 1935) y Una chica afortunada (Easy Living, 1937) una trilogía de estupendas comedias amables, todas ellas en esencia diferentes visiones de este cuento de hadas que hemos elegido para acercarnos al género. “Cada cenicienta tiene su medianoche”, dice nuestra protagonista en un momento de la película. Y es fácil adivinar detrás de esa frase la mano de Billy Wilder que tantas cenicientas puso en sus corrosivas y satíricas historias (Irma la dulce, Bésame tonto, El apartamento, Sabrina, Arianne…).

Medio siglo después un experto en comedias románticas, Garry Marshall,  realiza Pretty Woman (1990), que desde su estreno gozó también de gran fortuna. La historia venía envuelta en un formato atractivo, a un tiempo moderno y clásico, arropada por estupenda banda musical donde brillaba una bonita canción, del mismo título que la película, que arrasó. La trama evoluciona suavemente, sin meterse en honduras; aquí no hay ironía ni sátira sino estrictamente un cuento amable bien contado. Lo que empieza como una fría transacción comercial termina con un final feliz. En medio, el público disfruta de una historia agradable y divertida, con sus momentos de humor y su toque sentimental.

Este es el núcleo de la trama: una prostituta y un alto ejecutivo. Él, Edward Lewis, tiene que acudir en pareja a una serie de eventos sociales para cerrar un buen negocio, pero acaba de romper con su novia. Ella, Vivian Ward, se mueve por Hollywood Bulevard viviendo de alquilar su cuerpo. Se produce el encuentro y llegan a un acuerdo para que Vivian acompañe a Edward en calidad de pareja formal a todos los eventos de la agenda del ejecutivo durante los días que dure la negociación.

Parece que el argumento inicial no iba a ser precisamente una acaramelada historia de amor, pero el azar hizo que quebraran los estudios que se iban a encargar de la producción y al final fuese Disney quien lo llevara a término, dando un giro de 180 grados al guión de partida. Cierto o no, la historia que nos llegó fue un agradable y simpático relato rosa.

Diferentes looks de Julia Roberts en Pretty Woman (1990)



Seguimos con el argumento: para hacerla creíble en su papel, habrá que darle un giro transformador a su imagen y de ello se ocupará el ejecutivo, dotándola, como un hada buena, de todo el ornato necesario. Y Vivian, como cualquier cenicienta, asistirá fascinada a la transformación de su imagen. La trama va evolucionando entre anécdotas más o menos graciosas mientras surge el amor. Finalmente, tal como esperábamos, el hombre poderoso cae rendidamente enamorado de la preciosa mujer que gracias a su inteligencia y encanto, con solo unas cuantas indicaciones suyas, se transforma en una distinguida acompañante y en un ser maravilloso. Él, sin discusión es el prototipo de príncipe azul, joven, guapo y rico, al que obviamente ella, desde su evidente perfil marginal, no puede más que adorar identificándole claramente como el héroe que la rescata de una vida oscura. La película nos va desvelando con eficacia cómo se produce el milagro y todos contentos asistimos al deseado final feliz.

Otra vez cenicienta ha encontrado a su príncipe.

Muy exitosa desde el momento de su estreno, lanzó a su protagonista, Julia Roberts, ya conocida pero aún en los inicios de su carrera, al estrellato más definitivo. También su oponente, Richard Gere, ya veterano entonces como actor, vio notablemente incrementada su popularidad con esta película que gozó de la general aceptación y supuso un antes y un después en sus respectivas carreras. Oh! Pretty woman, la canción que acompañó a la película, en su lanzamiento primero y en su fortuna después, la superaría incluso en premios y celebridad. Se trataba de un rock de Roy Orbison estrenado exitosamente en 1964. Su utilización como leitmotiv en la película de Marshall le regaló un cuarto de siglo después una segunda juventud y la convirtió en un clásico que incluso hoy en día sigue sonando como uno de esos títulos que a todo el mundo resulta placentero y familiar.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Vidas de músicos y cantantes

Que en la biografía encuentra el cine un verdadero filón de temas ya quedó anteriormente ejemplificado con algunas excelentes películas sobre las vidas de diversos pintores consagrados.
Podría haber sido cualquier otro el campo de la actividad humana elegido, porque abundan las historias de interés bien llevadas al cine: vidas de escritoras, (Memorias de África,Sidney Pollack, 1985; Las hermanas Bronte, André Techiné, 1979); o de criminales (Scarface, Howard  Hawks, 1932; Bonnie and CLyde, Arthur Penn, 1967). De toreros, (Belmonte, Juan Bollaín 1995); o de aventureras (Lola Montes, Max Ophuls, 1955). Vidas de políticos, (Le promeneur du Champ du Mars -Presidente Miterrand, Robert Guediguian, 2005; John Adams, Tom Hooper, 2008) o de bailarinas (Isadora, Karel Reisz, 1968)... En fin, es inacabable el muestrario de actividades, benéficas o maléficas, en que algunos se han destacado del común de los mortales y cuyas peripecias vitales hemos revivido en pantalla.

Quizá resulte interesante insistir en esta fuente y dirigir ahora la mirada al mundo de la música para contemplar a personajes que han brillado en ella tanto en la interpretación vocal o instrumental como en la composición.

La vida de un cantante es lo que nos cuenta la primera historia seleccionada, Gayarre, película dirigida por Domingo Viladomat en 1959, que tiene el encanto de ofrecernos a un jovencísimo Alfredo Krauss dando vida a aquel magnífico tenor que alumbró la música española de la segunda mitad de XIX, Julián Gayarre. Esta discreta realización sin grandes pretensiones se convierte hoy en todo un documento sentimental para quienquiera que siga añorando la maravillosa presencia de aquel genio de la lírica que fue Alfredo Krauss. Verlo aquí, casi en los inicios de su carrera, es un privilegio que nos ayuda a pasar por alto los resabios patrioteriles de casticismo rancio que se cuelan en el guión, tan consustanciales, por otra parte, a la época en que se rodó. No es la única película sobre la vida de Gayarre; Forqué volvería sobre el personaje en 1986 con su Romanza final, donde encontramos a José Carreras encarnando al tenor navarro, acompañado en el reparto nada menos que por Montserrat Caballé.

De factura más cuidada, pero desilusionante en sus resultados Callas for ever es un homenaje que Zeffirelli, gran director artístico de óperas, quiso rendir a María Callas, a quien conoció, trató, apreció y dirigió en diversas ocasiones. Estrenada en 2002, se trata de una ficción  ambientada en los últimos años de la vida de la cantante, cuando ya ha perdido la voz y parece interesarse en actividades complementarias. Con un reparto de primera y una buena realización, esta fantasía histórica no logra sin embargo emocionar al espectador.

Tal vez injustamente olvidada, Song without end (Sueño de Amor, 1960), que Charles Vidor comenzara a dirigir y Georges Cukor finalizara tras la muerte del primero, nos muestra algunos momentos de la vida del compositor húngaro Franz Liszt, deteniéndose especialmente en sus amores y en su condición de virtuoso del piano. Maravillosamente interpretada por Dirk Bogarde, que nos ofrece una acabada estampa de seductor músico romántico, fue una película que gozó en su momento de gran éxito de público y obtuvo el Oscar a la mejor banda sonora.

Mucho más cercana en el tiempo, La vida de Verdi es una serie dirigida con oficio en 1982 para la televisión italiana por Renato Castellani. En elIa se reconstruye a lo largo de ocho capítulos la peripecia vital de este enorme compositor, genio indiscutido e indiscutible de la ópera. La serie, bien ambientada, bien interpretada y narrada sin fisuras, capta la atención del espectador y logra mantener su interés en todo su desarrollo.

También digna de mención resulta Inmortal beloved, (Amor inmortal), dirigida por Bernard Rose en 1994, que nos muestra diferentes momentos de la vida de Beethoven: aspectos de su infancia, pleitos familiares, la aparición de la sordera y el sufrimiento que le ocasiona... todo ello acompañando al núcleo central de la trama que gira en torno a la búsqueda de una misteriosa mujer, que a la muerte de Beethoven su abogado se viera forzado a realizar para cumplir el mandato testamentario del compositor. La historia aunque algo rebuscada y tortuosa se sigue con curiosidad.

Y cierra esta serie de personajes relacionados con la música clásica la versión que de Mozart nos da Milos Forman, en su Amadeus de 1984, considerada entonces uno de los mejores estrenos de la década y profusamente premiada. En ella se enfoca a nuestro genio desde la óptica de su pretendido rival, Salieri, enfermo de celos ante el talento abrumador de un jovencísimo Mozart. La película, aun contando con unos niveles excelentes en la dirección artística, la fotografía, el montaje y la banda sonora y aunque plagada de momentos memorables de buen cine, se quiebra en la visión extremadamente caricaturesca y excesivamente histriónica que nos ofrece de Mozart, presentándole como una especie de cretino infantiloide para subrayar la mirada envidiosa del compositor rival. Es éste un aspecto que resulta cargante y por momentos al espectador se le hace insufrible, rebajando el resultado final, aunque sorprendentemente no le pasara factura en el momento de su estreno.


Cambiando de ámbitos musicales también el riquísimo mundo del jazz nos ofrece títulos dignos de ser recordados. He aquí algunos: The Glenn Miller Story (Música y lágrimas, 1954) donde Anthony Mann nos hace gozar con temas inolvidables interpretados por grandes estrellas como Gene Krupa o Louis Armstrong, mientras nos da una dulcificada versión de la vida de este gran compositor de la era del swing que fue Glenn Miller. Ray (2005), sobre la figura de Ray Charles, con la que su director, Taylor Hackford,obtuvo, contra todo pronóstico, un resultado brillante. Y sobre todo, Bird, que Clint Eastwood dirige en 1988 sobre la carrera del genial saxofonista y compositor, Charlie Parker, amigo y compañero de Dizzie Gillespie y una de las figuras más grandes del género, a pesar de que sólo contaba 34 años cuando le llegó la muerte.

El mismo año en que se estrena Bird, Chet Baker, trompetista genial y cantante de voz dulce y estilo intimista se tiraba por la ventana de un hotel de Amsterdam. Un año después, en 1989, estrena Bruce Weber su documental sobre este intérprete convertido ya en leyenda, Let's get lost, con el que obtendría el Premio de la Crítica del Festival de Venecia. El excelente documental recoge materiales de la última gira del intérprete así como entrevistas al propio Baker y sus allegados, reflejando brillantemente lo que resultarían sus últimos días de vida.

Si la mirada se dirige a la música popular ahí está La mome, (La vida en rosa, 2007), de Oliver Dahan, que constituye a día de hoy la última de las numerosas biografías en cine de Edith Piaff; una película configurada como retrato impresionista de esta mujer de vida trágica y procedencia humilde que llegó a ser mundialmente famosa y a convertirse en un verdadero icono de la música  francesa.

Y por último dos producciones más recientes que giran en torno al mundo de los Beatles, Nowhere boy, dirigida en 2009 por Sam Taylor-Wood sobre la adolescencia y primeros pasos musicales de John Lenon y el documental de Scorsese, George Harrison: Living in the material world, estrenada en España en diciembre de 2011.

Un buen número de títulos evocando figuras de compositores e intérpretes que nos enriquecen y conmueven, geniales todos ellos, cualquiera que sean sus universos musicales... Sirvan las películas mencionadas sobre sus vidas como nuevos botones de muestra de lo que para el cine comporta el género biográfico.