miércoles, 30 de junio de 2010

Patricia Highsmith y el cine negro, Graham Greene y el cine de espías

Patricia Plangman, conocida como Highsmith, apellido que adoptará de su padrastro, nace en Forth Worth (Texas) en 1921 y muere en Locarno (Suiza) en 1995. No parece que tuviera una infancia demasiado feliz: se crió con su abuela; hasta la adolescencia no conocería a su padre, y con su madre iba a mantener una intermitente relación de amor y odio a lo largo de la vida. 

Alain Delon en A pleno sol, 1960
Solitaria y de un carácter tan introvertido que acabarían acusándola de misantropía, no se identificaba con la sociedad estadounidense que le tocó vivir, quien por su parte, tampoco le perdonaba sus simpatías por la ideología comunista.

Desde fechas tempranas se sintió atraída por los mundos fronterizos de la mente y de la ética, donde más tarde se moverán sus ambiguos personajes, de moral indefinida, cuando no abiertamente amorales. Criaturas que tan pronto parecen normales como manifiestan inquietantes rasgos de locura, asustándonos con su verdadera personalidad, al principio insospechada.

Empezó a publicar en 1945, y cinco años más tarde la adaptación al cine de su novela Extraños en un tren por Hitchcock la consagra, en plena juventud, como un clásico del suspense.

Como su compatriota Henry James, también ella acabaría abandonando Estados Unidos para vivir en Europa: primero en Inglaterra, en Francia después y, por último y hasta su muerte, en Suiza; Europa supo en cierto modo corresponderla, ya que siempre gozó aquí de mayor consideración literaria que en su América natal.

Cuando empieza a escribir representa un curioso y brillante ejemplo de originalidad en el género. Hasta entonces el protagonista viene siendo un detective o un policía que trata de descubrir al criminal. Ella va a poner el acento en la personalidad del asesino, esforzándose por penetrar en sus interioridades anímicas y sus motivaciones. Hay un antecedente en este interés por la psicología del criminal, Vera Gaspary, la autora de la famosa Laura, con la que Otto Preminger realiza en 1944 una película de culto, pero va a ser la Highsmith quien consiga poner de manifiesto el terrible desfase que nos enfrenta con la autentica realidad de nuestra naturaleza humana. Ella es también quien rescata al relato policíaco del estrecho planteamiento de "novela-acertijo", lo renueva, apartándolo también del carácter sociológico de la serie negra, y lo revaloriza con su estilo agudo, penetrante y de gran calidad literaria.

En otras palabras, Patricia Highsmith encarna un estilo de novela negra extremadamente personal. No nos hace tratar de averigüar la identidad del asesino ni nos sumerge en mundos exóticos o violentos plagados de circunstancias enrevesadas; nos muestra a sus criaturas en situaciones aparentemente comunes y corrientes para ir desvelándonos poco a poco lo insólito de sus respuestas. Sin apenas percatarnos del tránsito, nos adentra en el universo claustrofóbico de sus protagonistas, dominados por la culpa y la mentira hasta un punto en que ya es imposible el retorno. Y entonces no podemos ya dejar de leer ni ellos de enfrentarse a ese entorno amenazador con una violencia que les destruye.

O a veces no, a veces salen cínicamente impunes de sus crímenes, como en el caso de Tom Ripley, personaje por el que debió de sentir especial predilección, ya que sobre él volvió una y otra vez hasta hacerle protagonista de cinco de sus novelas.

También el cine se ha dejado encandilar por la figura de Tom Ripley. En 1960 René Clement lleva a la pantalla, con resultados brillantes, la primera adaptación cinematográfica de esta serie de novelas (precisamente la primera de la serie), A pleno soluno de los films más logrados, a pesar de incluir, por imperativo del momento en que se rodó, un desenlace moralizante. Mas tarde El amigo americano de Wim Wenders, (1977), El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella (1999) o El juego de Ripley de Liliana Cavani (2002) constituirán nuevos e interesantes acercamientos a la figura ambigua, inquietante y escurridiza de este personaje, que nos seduce y fascina y nos lleva a sospechar que acaso nuestra moral no sea tan sólida como creíamos.

El cuchilloEl grito de la lechuza o La celda de cristal son otros tantos títulos de la novelística de Patricia Highsmith llevados al cine; otras tantas posibilidades de aproximación a su obra, que tal vez despierten, entre aquellos que aún no la hayan leído, el interés en abordar directamente sus novelas. No es fácil que salgan defraudados, porque su estilo, deliciosamente seco, de absorbente y amena lectura, entusiasma incluso al más exigente en lo literario.

Graham Greene dijo de ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".

En justa correspondencia, Patricia Highsmith, en su monografía Suspense, después de adelantarnos que no suele gustar de la lectura de otros escritores de novela de intriga, confiesa que Graham Greene es la excepción, que le lee con gusto y que envidia "su talento para le mot juste".

Y, a propósito de Greene, (1904-1991), pocos escritores resultan tan cinematográficos. La personalidad de Graham Greene, pariente de Robert Louis Stevenson, se nos presenta enseguida como atormentada: un carácter depresivo, tendencias suicidas y, desde muy pronto, una conciencia habitada por conflictos morales. Ya en el colegio tiene que optar entre la lealtad a sus iguales o a la autoridad, la dirección del Centro, que es además su padre. En su juventud se interesa por el catolicismo, la religión de su novia y también la suya a partir de 1926. Y en 1940, apenas terminada la guerra mundial ingresa en el Servicio Secreto de su país.

Decimos que está muy próximo al mundo del cine por su trabajo como guionista y como crítico también, pero, sobre todo, por la frecuencia con que su obra se lleva a la pantalla. Pasan de cuarenta las historias de Greene adaptadas al cine o a la televisión, y algunas en más de una ocasión, como El fin del romanceque Edward Dmytryk rodara en 1954 con el título Vivir un gran amor y Neil Jordan en 1999 con el mismo de la novela. Es el caso también de El americano tranquilo, versionada por Mankiewicz en 1958  y de nuevo en 2002 por Philip Noyce.



A lo largo de toda la etapa del sonoro, desde los años ‘30 a esta primera década del 2000, son muchas las ocasiones en que nos encontramos sus narraciones, luminosas y agobiadoras, adaptadas a la pantalla. Mencionemos algunas de las que abordan sus inquietudes morales: la lealtad, la compasión, la bondad... y sus contrarios, siempre bajo una mirada político-religiosa, más política que religiosa a partir de los años '50. Y a menudo en ambientes cosmopolitas, como corresponde al impenitente viajero que fue Graham Greene. Títulos como El agente confidencial, sobre la novela homónima inspirada en la guerra civil española y rodada por  Herman Sumlin en 1945 ; El fugitivo, por John Ford en 1947, basada en El poder y la gloria, que se desarrolla en Méjico y reflexiona sobre sus obsesiones religiosas. O las premonitorias Nuestro hombre en la Habana, de Carol Reed (1959), sobre la obra del mismo título publicada en 1958 y que parece anunciar la inminente revolución cubana, y la ya antes mencionada El americano impasible, ambientada en la Indochina francesa, cuando está a punto de producirse el relevo de esa guerra colonial que los americanos continúan como guerra de Vietnam. O también, en fin, El cónsul honorario, rodada por John Mackenzie en 1983, que fabula un chapucero secuestro en torno a la figura del embajador norteamericano, de visita en la ciudad argentina de Corrientes.

Graham Greene se mostraba particularmente contento de la película El ídolo caído, dirigida por Carol Reed en 1947, considerando que era la más lograda de sus historias en el cine. Pero en general sus narraciones, a pesar de contar con excelentes directores, no han tenido demasiada suerte en este medio. A veces porque sus complejos personajes han resultado planos en pantalla, (El ministerio del miedo, Fritz Lang ,1944); otras, porque los guiones se han alejado del original hasta el punto incluso de traicionarlos, (la primera versión de El americano impasible, donde el latente antiamericanismo de la novela se convierte por decisión del director en pura hagiografía del agente de la CIA); a causa de un reparto inadecuado, (El factor humano, Otto Preminger,1979); porque la historia ha envejecido, (Viajes con mi tía, Georges Cukor, 1972); o simple y llanamente porque el resultado no ha estado a la altura de las expectativas despertadas, (Los Comediantes, Peter Glenville, 1967).

Pero hay una excepción, ¡y qué excepción!, la mítica e imperecedera El tercer hombre de 1949, una de las pocas que, aunque luego hizo relato, empezó siendo guión precisamente. Un guión que baraja pocas pero complejas variables, las derivadas del dónde, el quien y el cómo.

El dónde, la Viena de los primeros años cuarenta, una ciudad destruida por las bombas y convertida en escombros, repartida entre los cuatro países vencedores, en la que el mercado negro opera a sus anchas y la vida parece haber perdido su sentido. El quien, un trío: el bueno, un antihéroe, vulnerable y contradictorio, a remolque siempre de los acontecimientos en una realidad mucho más negra de lo que podía sospechar.  El malo, un tipo envuelto en un aura de misterio y fascinación, adornado con una corteza de simpatía y brillantez; solitario cínico y perverso, criminal despiadado, prepotente y megalómano, que juega con los que le quieren y los maneja a su antojo. La chica, contrapunto romántico que humaniza la historia, dotándola de profundidad; un personaje pasivo y fatalista que sólo le pide a la vida que proteja al que ama, sin importarle lo que haya podido hacer. Y el clima emocional, una atmósfera, que desborda nostalgia de paraíso perdido y sólo conduce a la resignación: la guerra ha barrido los valores, llenándolo todo de desesperanza, destapando el lado oscuro de algunos y la impotencia de los más.

Y con esos mimbres, Carol Reed nos pasea, en un hermoso blanco y negro expresionista, por la sombría y caótica Viena de postguerra, llevándonos, de la mano de Joseph Cotten tras los pasos de Orson Welles, desde las alturas de la noria del Prater hasta las profundidades de las tenebrosas cloacas de la ciudad. O situándonos, impregnados de melancolía, frente a Alida Valli para verla avanzar entre cipreses y alejarse después, imperturbable, a los acordes de la bellísima melodía de Anton Karas, que nos ha mecido a lo largo de toda la película y que ya no nos abandonará.

miércoles, 16 de junio de 2010

Stefan Zweig (1881-1942) y Max Ophüls (1902-1957)































Stefan Zweig, nacido en 1881 a la sombra protectora del imperio austrohúngaro, pertenece a esa generación de centroeuropeos de entreguerras (Joseph Roth, Robert Musil, Rainer María Rilke, Kafka, Franz Werfel…) que tuvieron que presenciar el derrumbe de todo su mundo.

Judío en un ámbito infectado de antisemitismo, pacifista en tiempos de guerras, este intelectual enamorado de Europa influyó enormemente en la formación del gusto literario occidental. Editor, traductor, poeta, ensayista y novelista, dedicó especial atención a la biografía, deteniéndose en las vidas de personajes tan dispares como Magallanes, María Estuardo, Balzac, Dostoievski, Erasmo, Fouché  o María Antonieta, biografía la de esta última que Hollywood adaptaría al cine.  

Nos ha dejado también una obra póstuma de enriquecedora lectura, El mundo de ayer, valorada entre las grandes autobiografías del siglo XX. Escrita en plena guerra mundial, constituye una defensa ardorosa de la rica y varia cultura europea entendida como un todo, y una enérgica denuncia del carácter desintegrador que las exaltaciones nacionalistas están entonces ejerciendo sobre los europeos. 

Aunque había conseguido alejarse del escenario bélico fijando su residencia en Brasil, la evolución de la guerra a favor de la Alemania nazi, en estos primeros años en que está escribiendo su biografía, le convence de que su mundo está definitivamente perdido. Y seguramente ello será determinante en la decisión que toma de suicidarse, lo que por desgracia acaba haciendo, junto con su esposa, pocos meses después de concluir el trabajo, convertido así éste en su testamento político. 

Louis Jourdan y Joan Fontaine en Carta de una desconocida
























Sobre la base de una de sus novelas más conocidas y con el mismo título, Max Ophuls, otro judío, alemán en este caso, obligado como él al exilio, realiza en 1948 una de sus obras de arte, Carta de una desconocida. Recrea aquí con su personalísimo estilo de largos, barrocos y elaborados planos un mundo ya desaparecido, el de antes de la Gran Guerra, que hace revivir en su evocación, con la música como elemento determinante. Claro que Ophuls es un maestro en resucitar esos ambientes del cambio de siglo; lo haría de nuevo con La ronda (La ronde, 1950), brillante adaptación de la obra teatral del también judío austríaco de entreguerras, Arthur Schnittzler; con El placer (Le plaisir, 1952), sobre tres cuentos de Guy de Maupassant; con Madame de…, (1953), soberbia adaptación de la novela de Louise de Vilmorin; y con Lola Montes (1955), basada en la histórica de Cecil Saint-Laurent. Y ello siempre desde una perspectiva muy centroeuropea que ilustra la tragedia bajo la óptica de la ironía y en un estilo visual, el suyo, preciosista aunque nunca gratuito, intimista, elegante y sumamente efectivo.  

Max Oppenheimer, conocido como Max Ophüls, era, al decir de sus colaboradores, intuitivo, delicadísimo de sentimientos, seductor, elegante y cautivador. Hombre de teatro empeñado en llevar las tablas al cine había empezado en los años veinte como actor en el Burgtheater de Viena, llegando a convertirse en un formidable director de actores. Supo además rodearse de un equipo homogéneo, perfectamente identificado con su estética de corte clasicista, donde la belleza formal se perseguía tenazmente, cuidando el detalle de manera minuciosa y respetuosa en extremo. Mimaba a sus actores, con quienes preparaba concienzudamente los ensayos a plató vacío antes del rodaje. Cuidaba especialmente los movimientos de cámara, (se hicieron famosos sus largos travellings), y a la hora del montaje suprimía sin vacilación todo lo que consideraba superfluo hasta quedarse con la pura esencia. 

Hizo un cine romántico y sentimental, en el que los personajes llegan a perecer por la frustración de no lograr lo que anhelan, dominados por un deseo, tal vez un capricho, que los atrapa con la fuerza de una pasión obsesionante y avasalladora sentida como la esencia ardiente de la vida. Y esta emoción invencible se expresa como algo en incesante movimiento: sus criaturas se desplazan por interiores o paisajes eludiendo en lo posible el primer plano y escondiéndose casi tras los objetos, precisos y preciosos. Suben y bajan escaleras, giran, se marean, caen, danzan y danzan, (componía sus películas como valses), e, incansables, evolucionan en movimientos circulares y envolventes, hasta el desenlace, haciéndonos girar con ellos y atrapándonos en el ritmo de su historia.. 

Sus primeros éxitos cinematográficos los obtuvo en Berlín con un intenso drama, Amoríos (Liebelei, 1932). Después, el ascenso de Hitler le impele a abandonar Alemania y durante años trabaja en diferentes países de Europa: en Italia realiza con gran éxito La mujer de todos (La signora di tutti, 1934), en Francia, varios títulos más como Divina, (1935, sobre novela homónima de Colette), en Bélgica, en Suiza… hasta que el estallido de la segunda guerra mundial le obliga como a tantos cineastas centroeuropeos (Billy Wilder, Fritz Lang, Otto Preminger o Ernst Lubitsch…) a trasladarse a Estados Unidos. 

Allí pasa casi toda la década de los cuarenta realizando películas como La conquista del reino (1947), un tema de capa y espada bastante alejado de sus verdaderas motivaciones; el film de cine negro Almas desnudas (1949), y sobre todo, Carta de una desconocida, (1948), melodrama romántico donde desarrolla, por medio de una brillante puesta en escena, una hermosa historia de amor no correspondido, que comienza con un flechazo en un encuentro fortuito y precipita en drama. La fatalidad del encuentro y el dominio destructor del amor son, por otra parte, temas recurrentes en las historias de Ophüls. En 1949 regresa a Europa, se instala en Francia y realiza allí su cine más acabado. 

Su mejor creación es probablemente “Madame de…” retrato de una parisina coqueta, frívola, superficial y frágil, que actúa con esa ligereza con que la mujer de la alta burguesía finisecular responde a la consideración del hombre, quien oscila en verla como a una niña o considerarla solo como objeto de deseo, pero que nunca la trata como una igual. Y con esas armas de encanto y fragilidad intenta sobrellevar nuestro personaje su aventura emocional, ignorante del profundo dolor que ha de causar y causarse. 

Su última película, Lola Montes, sobre la vida aventurera de la famosa bailarina, amante de Luis I de Baviera, de Chopin y de tantos otros personajes ricos y famosos de su tiempo, le da pretexto para abordar el perfil de esta femme fatale desde una perspectiva poco convencional; no en sus momentos de esplendor, sino exhibida como espectáculo de feria, en el declive ya de su carrera. La visión desde este ángulo monstruoso convierte la historia en un alegato contra la curiosidad malsana sobre la intimidad de los otros, en una denuncia de la banalización que la publicidad ejerce sobre las vidas de los que caen bajo su mirada.

Ophüls y Zweig, dos inolvidables grandes de la cultura europea que han enriquecido nuestro mundo.