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jueves, 13 de septiembre de 2018

Vidas de escritores. Tostoi, Hannah Arendt


Hay películas que nos cuentan una vida memorable desde el principio hasta el final; otras se centran en los momentos fundamentales por los que el personaje es recordado y hay otras que se detienen en un acontecimiento en particular y nos dan así una visión del  famoso a través de un solo episodio de su vida, a manera de simple pincelada, que parece en su oportunidad retratar por entero al personaje o, al menos, complementar la idea que de él teníamos. Y este enfoque resulta particularmente enriquecedor porque, al no ambicionar abarcarlo todo, permite ahondar en la historia y sugerir nuevos matices, no necesariamente los más conocidos, en la personalidad del biografiado.


Esto es precisamente lo que hace con la figura de Tolstoi (1828-1910) la película de Mitchael Hoffman La última estación, (The last station, 2009), una coproducción germano-ruso-británica, basada en la novela del mismo título de Jay Parini y protagonizada por Christopher Plummer como León Tolstoi y una impagable Hellen Mirren como su esposa Sofía Andreyevna.

León Tostoi y Sofía Andreyevna
La película nos construye una semblanza panorámica del personaje a partir de una anécdota singular, la chispa que prende al final de la vida de Tolstoi en su matrimonio, provocando un loco incendio en las emociones y los actos de la pareja. Y el film nos lo cuenta sin caer en el melodrama y tiñendo en cambio el relato de melancolía. Estamos asistiendo a los últimos días de Tolstoi. El escritor y moralista, influido y presionado por su discípulo más aventajado, Valentin Bulgakov, que alienta sus filantropías, se está preguntando si no es más justo ceder sus derechos de autor al pueblo ruso en lugar de a su familia. El solo planteamiento de la cuestión pone en guardia a Sofía Andreyevna, su esposa,  y, a partir de ahí, el enfrentamiento de la pareja está cantado. El conflicto ético de León Tolstoi, debatiéndose entre la coherencia con sus presupuestos ideológicos y la lealtad a los suyos, así como la determinación de Sofía, persiguiéndole por toda Rusia para evitar que desherede a la familia es la anécdota que nos desentraña la película. La historia se cuenta en un elegante tono agridulce, recreando la atmósfera que rodeaba a Tolstoi en aquellos momentos de vejez, su generosidad con los desheredados de la fortuna, sus contrariedades domésticas, sus contradicciones, su confusión, su debilidad senil, el doloroso y cruel deterioro que el tiempo va produciendo en su persona.

El director define el tema como una historia de amor, y, de hecho, la pelea con la esposa nos sitúa en ese vaivén entre amor y desamor no infrecuente en la vida de las personas. El titulo, La última estación, juega con un doble significado, el metafórico, porque alude al último estadio de la vida del genio, y el literal, ya que su fin se produce en una estación de ferrocarril, la de Astapovo, a donde ha llegado el anciano en una loca huida no se sabe si en pos de la utopía o de su propia muerte.

También en un episodio de su vida se centra la película de la alemana Magarethe von Trotta, Hannah Arendt, realizada en 2012, para narrarnos los cuatro años (1961-1965) que la escritora empleó en elaborar y publicar su famoso informe Eichmann en Jerusalem, que tanto alboroto produjo en sus días.

Hannah Arendt
Estamos en 1961, Hannah Arendt, (1906-1975), a petición propia, es enviada a Israel por The New Yorker para cubrir el juicio que contra el criminal de guerra Adolf Eichmann, uno de los máximos responsables del genocidio judío, está a punto de celebrarse en Jerusalén.

Ella, judía alemana exiliada durante la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, es a la sazón profesora universitaria, periodista y pensadora de reconocido prestigio. Se trata, pues, cuando asume esta tarea, de una intelectual conocida y respetada y de algún modo se espera de ella una defensa ciega del pueblo judío, pero Hannah Arendt responde con una reflexión profunda y un análisis detallado del proceso y de la personalidad del asesino que produjeron entonces sorpresa y desagrado en gran parte de la opinión pública.

Sus conclusiones, expuestas primero en varios artículos y publicadas cuatro años después del proceso en forma de libro, escandalizaron a muchos, porque la filósofa no reconoce en la figura del nazi al monstruo de crueldad que todos esperaban sino algo aún más inquietante, pero que en aquel momento no es comprendido, un burócrata al servicio del mal. Porque llega al convencimiento de que para ejercer tal grado de maldad no es imprescindible ser un monstruo, basta con que se dé la confluencia y fusión de dos factores terribles: inhibición de la capacidad de pensar y obediencia ciega a las órdenes recibidas, una amalgama que puede convertir a un individuo mediocre pero no necesariamente perverso en sumiso y diligente ejecutor de las mayores aberraciones. Y afirma que aquel fenómeno se produjo en el caso de Eichmann y en el de tantos otros individuos que sin presentar perfiles de malvados psicópatas ejecutaron las mayores atrocidades. Es lo que llamó la banalidad del mal, término que acabó convirtiéndose en tópico, pero que subraya algo que hasta entonces había pasado desapercibido, el peligro de renunciar a pensar.

La reflexión profunda es que la falta de criterio que generan en la sociedad las ideologías totalitarias nos coloca en serio riesgo, porque frente a ellas muchos individuos optan por renunciar a pensar, aceptando de manera indiscriminada los conceptos que la moral social dominadora les imponga, por muy aberrantes que estos sean. La maldad no está solo en las mentes diabólicas que proyectan planes infernales, está también en esas masas carentes de juicio, que, incapaces para la reflexión, pueden volverse incluso diligentes ejecutoras de esos planes.

Para más inri Hannah Arendt señaló también en el informe la responsabilidad que tuvieron en el magnicidio los Consejos Judíos que, como dirigentes de su pueblo, en muchos casos se comportaron como cómplices de la destrucción, porque en su pusilanimidad adoptaron la misma diligencia burocrática en facilitar los planes nazis que los propios verdugos en ejecutarlos. Y esta denuncia escandalizó también a gran parte de la comunidad judía que no quería enfrentarse a revelación tan dolorosa.

En definitiva que su informe Eichmann en Jerusalén cayó como una losa, generando en los sesenta todo un vendaval de opiniones enfrentadas y una fuerte condena de la escritora señalada por muchos como traidora a los suyos. Isaiah Berlin  y  Saul Bellow se contaron entre sus adversarios.

La película de Von Trotta nos vuelve a poner frente a esa profunda reflexión moral de la pensadora y nos recrea con seriedad el conflicto de Hannah Arendt, que, enfrentada a una opinión pública frecuentemente hostil a sus conclusiones, tuvo que sufrir la incomprensión de propios y extraños, muchos de los cuales le manifestaron un odio que la abocaba a la soledad del proscrito.

Margarethe von Trotta, pareja del cineasta Volker Schlöndorff, representantes ambos de lo que se llamó el nuevo cine alemán junto con Wim Wenders o Rainer Fassbinder, vuelve a ocuparse aquí de dos temas de su interés, el peso de las mujeres en la sociedad y la mirada autocrítica sobre la Alemania del siglo pasado, que ella tocó en diferentes ocasiones y aspectos, desde la pesadilla nazi al terrorismo de extrema izquierda de los años 70.

Había recreado ya varias historias de mujeres como la figura de Hildegarda de Binden, una de las más influyentes de la Baja Edad Media o la de Rosa Luxemburgo, teórica y activista revolucionaria de proyección mundial. La de Hannah Arendt a continuación, le sirve para volver de nuevo sobre el horror del holocausto y sobre otra de las voces femeninas con fuerte presencia en el pensamiento universal.

El asunto que aborda está contado sin extremismos, sin gritar, con miradas agudas y acertadas sobre la personalidad de la mujer que se esconde detrás de esta gran filósofa independiente, criticada e incomprendida en su época, pero valorada después.

La utilización de flashbacks para aludir a su paradójico pasado como amante de su maestro el gran filósofo Heidegger, indiscutiblemente pronazi; el enriquecedor empleo en la trama de escenas reales del juicio de Eichman, la atinada recreación de ese confortable entorno universitario norteamericano en que transcurre su vida de exiliada… Todo resulta acertado, descrito con habilidad, eficacia y sobriedad. Y Barbara Sukowa con su brillante interpretación de la conocida pensadora consiguió por su parte deslumbrar a crítica y público.

La historia además no ha perdido actualidad y nos invita también a reflexionar, haciéndola extensiva a nuestro tiempo, tan totalitario en muchos aspectos, sobre los peligros derivados de la ausencia de valores, la falta de criterio o la incapacidad de razonar, frecuentes también en nuestros días, porque la comodidad de aceptar sin analizarlas las premisas morales que nos vengan impuestas nos convierte en seres sin principios, individuos sin alma, fácilmente manipulables y en consecuencia instrumentos pintiparados para realizar el mal.

miércoles, 30 de junio de 2010

Patricia Highsmith y el cine negro, Graham Greene y el cine de espías

Patricia Plangman, conocida como Highsmith, apellido que adoptará de su padrastro, nace en Forth Worth (Texas) en 1921 y muere en Locarno (Suiza) en 1995. No parece que tuviera una infancia demasiado feliz: se crió con su abuela; hasta la adolescencia no conocería a su padre, y con su madre iba a mantener una intermitente relación de amor y odio a lo largo de la vida. 

Alain Delon en A pleno sol, 1960
Solitaria y de un carácter tan introvertido que acabarían acusándola de misantropía, no se identificaba con la sociedad estadounidense que le tocó vivir, quien por su parte, tampoco le perdonaba sus simpatías por la ideología comunista.

Desde fechas tempranas se sintió atraída por los mundos fronterizos de la mente y de la ética, donde más tarde se moverán sus ambiguos personajes, de moral indefinida, cuando no abiertamente amorales. Criaturas que tan pronto parecen normales como manifiestan inquietantes rasgos de locura, asustándonos con su verdadera personalidad, al principio insospechada.

Empezó a publicar en 1945, y cinco años más tarde la adaptación al cine de su novela Extraños en un tren por Hitchcock la consagra, en plena juventud, como un clásico del suspense.

Como su compatriota Henry James, también ella acabaría abandonando Estados Unidos para vivir en Europa: primero en Inglaterra, en Francia después y, por último y hasta su muerte, en Suiza; Europa supo en cierto modo corresponderla, ya que siempre gozó aquí de mayor consideración literaria que en su América natal.

Cuando empieza a escribir representa un curioso y brillante ejemplo de originalidad en el género. Hasta entonces el protagonista viene siendo un detective o un policía que trata de descubrir al criminal. Ella va a poner el acento en la personalidad del asesino, esforzándose por penetrar en sus interioridades anímicas y sus motivaciones. Hay un antecedente en este interés por la psicología del criminal, Vera Gaspary, la autora de la famosa Laura, con la que Otto Preminger realiza en 1944 una película de culto, pero va a ser la Highsmith quien consiga poner de manifiesto el terrible desfase que nos enfrenta con la autentica realidad de nuestra naturaleza humana. Ella es también quien rescata al relato policíaco del estrecho planteamiento de "novela-acertijo", lo renueva, apartándolo también del carácter sociológico de la serie negra, y lo revaloriza con su estilo agudo, penetrante y de gran calidad literaria.

En otras palabras, Patricia Highsmith encarna un estilo de novela negra extremadamente personal. No nos hace tratar de averigüar la identidad del asesino ni nos sumerge en mundos exóticos o violentos plagados de circunstancias enrevesadas; nos muestra a sus criaturas en situaciones aparentemente comunes y corrientes para ir desvelándonos poco a poco lo insólito de sus respuestas. Sin apenas percatarnos del tránsito, nos adentra en el universo claustrofóbico de sus protagonistas, dominados por la culpa y la mentira hasta un punto en que ya es imposible el retorno. Y entonces no podemos ya dejar de leer ni ellos de enfrentarse a ese entorno amenazador con una violencia que les destruye.

O a veces no, a veces salen cínicamente impunes de sus crímenes, como en el caso de Tom Ripley, personaje por el que debió de sentir especial predilección, ya que sobre él volvió una y otra vez hasta hacerle protagonista de cinco de sus novelas.

También el cine se ha dejado encandilar por la figura de Tom Ripley. En 1960 René Clement lleva a la pantalla, con resultados brillantes, la primera adaptación cinematográfica de esta serie de novelas (precisamente la primera de la serie), A pleno soluno de los films más logrados, a pesar de incluir, por imperativo del momento en que se rodó, un desenlace moralizante. Mas tarde El amigo americano de Wim Wenders, (1977), El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella (1999) o El juego de Ripley de Liliana Cavani (2002) constituirán nuevos e interesantes acercamientos a la figura ambigua, inquietante y escurridiza de este personaje, que nos seduce y fascina y nos lleva a sospechar que acaso nuestra moral no sea tan sólida como creíamos.

El cuchilloEl grito de la lechuza o La celda de cristal son otros tantos títulos de la novelística de Patricia Highsmith llevados al cine; otras tantas posibilidades de aproximación a su obra, que tal vez despierten, entre aquellos que aún no la hayan leído, el interés en abordar directamente sus novelas. No es fácil que salgan defraudados, porque su estilo, deliciosamente seco, de absorbente y amena lectura, entusiasma incluso al más exigente en lo literario.

Graham Greene dijo de ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".

En justa correspondencia, Patricia Highsmith, en su monografía Suspense, después de adelantarnos que no suele gustar de la lectura de otros escritores de novela de intriga, confiesa que Graham Greene es la excepción, que le lee con gusto y que envidia "su talento para le mot juste".

Y, a propósito de Greene, (1904-1991), pocos escritores resultan tan cinematográficos. La personalidad de Graham Greene, pariente de Robert Louis Stevenson, se nos presenta enseguida como atormentada: un carácter depresivo, tendencias suicidas y, desde muy pronto, una conciencia habitada por conflictos morales. Ya en el colegio tiene que optar entre la lealtad a sus iguales o a la autoridad, la dirección del Centro, que es además su padre. En su juventud se interesa por el catolicismo, la religión de su novia y también la suya a partir de 1926. Y en 1940, apenas terminada la guerra mundial ingresa en el Servicio Secreto de su país.

Decimos que está muy próximo al mundo del cine por su trabajo como guionista y como crítico también, pero, sobre todo, por la frecuencia con que su obra se lleva a la pantalla. Pasan de cuarenta las historias de Greene adaptadas al cine o a la televisión, y algunas en más de una ocasión, como El fin del romanceque Edward Dmytryk rodara en 1954 con el título Vivir un gran amor y Neil Jordan en 1999 con el mismo de la novela. Es el caso también de El americano tranquilo, versionada por Mankiewicz en 1958  y de nuevo en 2002 por Philip Noyce.



A lo largo de toda la etapa del sonoro, desde los años ‘30 a esta primera década del 2000, son muchas las ocasiones en que nos encontramos sus narraciones, luminosas y agobiadoras, adaptadas a la pantalla. Mencionemos algunas de las que abordan sus inquietudes morales: la lealtad, la compasión, la bondad... y sus contrarios, siempre bajo una mirada político-religiosa, más política que religiosa a partir de los años '50. Y a menudo en ambientes cosmopolitas, como corresponde al impenitente viajero que fue Graham Greene. Títulos como El agente confidencial, sobre la novela homónima inspirada en la guerra civil española y rodada por  Herman Sumlin en 1945 ; El fugitivo, por John Ford en 1947, basada en El poder y la gloria, que se desarrolla en Méjico y reflexiona sobre sus obsesiones religiosas. O las premonitorias Nuestro hombre en la Habana, de Carol Reed (1959), sobre la obra del mismo título publicada en 1958 y que parece anunciar la inminente revolución cubana, y la ya antes mencionada El americano impasible, ambientada en la Indochina francesa, cuando está a punto de producirse el relevo de esa guerra colonial que los americanos continúan como guerra de Vietnam. O también, en fin, El cónsul honorario, rodada por John Mackenzie en 1983, que fabula un chapucero secuestro en torno a la figura del embajador norteamericano, de visita en la ciudad argentina de Corrientes.

Graham Greene se mostraba particularmente contento de la película El ídolo caído, dirigida por Carol Reed en 1947, considerando que era la más lograda de sus historias en el cine. Pero en general sus narraciones, a pesar de contar con excelentes directores, no han tenido demasiada suerte en este medio. A veces porque sus complejos personajes han resultado planos en pantalla, (El ministerio del miedo, Fritz Lang ,1944); otras, porque los guiones se han alejado del original hasta el punto incluso de traicionarlos, (la primera versión de El americano impasible, donde el latente antiamericanismo de la novela se convierte por decisión del director en pura hagiografía del agente de la CIA); a causa de un reparto inadecuado, (El factor humano, Otto Preminger,1979); porque la historia ha envejecido, (Viajes con mi tía, Georges Cukor, 1972); o simple y llanamente porque el resultado no ha estado a la altura de las expectativas despertadas, (Los Comediantes, Peter Glenville, 1967).

Pero hay una excepción, ¡y qué excepción!, la mítica e imperecedera El tercer hombre de 1949, una de las pocas que, aunque luego hizo relato, empezó siendo guión precisamente. Un guión que baraja pocas pero complejas variables, las derivadas del dónde, el quien y el cómo.

El dónde, la Viena de los primeros años cuarenta, una ciudad destruida por las bombas y convertida en escombros, repartida entre los cuatro países vencedores, en la que el mercado negro opera a sus anchas y la vida parece haber perdido su sentido. El quien, un trío: el bueno, un antihéroe, vulnerable y contradictorio, a remolque siempre de los acontecimientos en una realidad mucho más negra de lo que podía sospechar.  El malo, un tipo envuelto en un aura de misterio y fascinación, adornado con una corteza de simpatía y brillantez; solitario cínico y perverso, criminal despiadado, prepotente y megalómano, que juega con los que le quieren y los maneja a su antojo. La chica, contrapunto romántico que humaniza la historia, dotándola de profundidad; un personaje pasivo y fatalista que sólo le pide a la vida que proteja al que ama, sin importarle lo que haya podido hacer. Y el clima emocional, una atmósfera, que desborda nostalgia de paraíso perdido y sólo conduce a la resignación: la guerra ha barrido los valores, llenándolo todo de desesperanza, destapando el lado oscuro de algunos y la impotencia de los más.

Y con esos mimbres, Carol Reed nos pasea, en un hermoso blanco y negro expresionista, por la sombría y caótica Viena de postguerra, llevándonos, de la mano de Joseph Cotten tras los pasos de Orson Welles, desde las alturas de la noria del Prater hasta las profundidades de las tenebrosas cloacas de la ciudad. O situándonos, impregnados de melancolía, frente a Alida Valli para verla avanzar entre cipreses y alejarse después, imperturbable, a los acordes de la bellísima melodía de Anton Karas, que nos ha mecido a lo largo de toda la película y que ya no nos abandonará.