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viernes, 8 de marzo de 2019

Directoras de cine: europeas rompedoras


El nacimiento del cine corre casi paralelo al despertar del movimiento feminista y con alegría se constata la presencia de la mujer en la dirección cinematográfica desde sus inicios. Claro que en las primeras décadas de su andadura son pocas las dedicadas a este menester. No tiene por qué extrañar; son años en que la mujer ya lucha por hacerse un hueco fuera del hogar, pero la resistencia es grande.


Alice Guy
Sólo su imprescindible incorporación al trabajo durante la primera guerra mundial, porque los hombres están en el frente, hace realidad su integración decisiva en el ámbito laboral. Con el discurrir del tiempo irá siendo gradualmente más aceptado su derecho al trabajo, pero aun así, haciendo balance, en determinadas profesiones, y en ésta en concreto, hasta fechas muy cercanas casi se pueden contar con los dedos las mujeres que han alcanzado un reconocimiento social. Habrá que esperar a las generaciones nacidas después de la segunda guerra mundial para poder confirmar una incorporación decidida de la mujer a esta profesión. Las anteriores se abrirán camino gradualmente con dificultad, que los muros irían cayendo despacio.


Las pioneras eran en su mayoría ignoradas e incluso eliminadas de los títulos de crédito de las películas, así que es difícil seguirles el rastro. Pero aún con todo nos han llegado algunos nombres del cine mudo, como el de la francesa Alice Guy (1873-1968), la primera en realizar un film narrativo, El hada de los repollos (La fée aux Choux, 1896), la primera película, por tanto de la historia del cine. Aunque perteneciente al círculo de los Lumière, no trabajaría con ellos, toda vez que estos entonces minimizaban el posible futuro de su flamante invento en la narración de historias. El éxito de su iniciativa les haría cambiar de opinión, pero ella continuaría su carrera en Estados Unidos no volviendo a Francia hasta los años veinte con más de 600 películas en su haber. Fundamental también en la historia del cine fue la alemana Lotte Reiniger (1899-1981), quien después de varios cortos y de trabajar en publicidad, introdujo el cine de animación en un largometraje.


A escala nacional merecen destacarse al menos, Elena Jordi (1882-1945) actriz, directora y productora de la que, por desgracia, no se conservaron sus películas y Helena Cortesina (1904-1984) bailarina y actriz, que tiene el mérito de haber sido la primera directora de cine española cuyas películas sí se conservan. Y tan sólo tenía 18 años cuando en 1922 dirigió Flor de España. Así estaban las cosas en tiempos del cine mudo.

Elena Jordi                                                                              Helena Cortesina 

Con la llegada del sonoro el cine empezó a convertirse en un espectáculo de masas y se multiplicó el número de creadores. Pero seguíamos en un mundo de hombres. Y hasta 1948, en que la ONU incorporara a los Derechos del Hombre el sufragio femenino, la sociedad no parecía sentir la necesidad de hacerle a la mujer un hueco en la vida pública, así que pongamos la segunda mitad del siglo veinte como límite para que la condición femenina dejara de ser obstáculo, al menos oficialmente, de su reconocimiento social. Esto significa que tendremos que esperar a las nacidas en los años treinta y cuarenta, que habrán alcanzado su mayoría de edad superada la mitad de la centuria, para entender que ya no se les discute su condición de ciudadanas, aunque algunos países, pocos, se hayan adelantado a este reconocimiento y otros muchos tardaran aún en hacerlo.


Teniendo esta fecha como referencia son de destacar por su contribución a esta actividad algunas europeas nacidas en la primera mitad del veinte. 

Lenny Riefenstahl
Casi con el cambio de siglo nace la alemana Leny Riefenstahl (1902-2002) un caso excepcional de prestigio rápidamente reconocido, pero cuyo nombre tenemos fatalmente asociado al régimen hitleriano por los diferentes documentales propagandísticos que para aquel realizara, en especial Olimpia, el magnífico trabajo sobre los Juegos Olímpicos del Berlín de 1938. Su identificación con el nazismo funcionó como un estigma que, tras el resultado de la guerra, perjudicará seria y definitivamente a su carrera. En activo desde el año 1924 su última película Tiefland, adaptación al cine de una ópera alemana comenzada a rodar en 1940, no se estrenaría hasta 1954. Y después, casi medio siglo de silencio, porque no se le conoce otro trabajo hasta 2002 en que hace público Impresiones bajo el agua, un documental compuesto por filmaciones que había rodado en Papúa, Nueva Guinea, entre 1970 y 2000. Falleció en su casa de Baviera a orillas del Danubio a los 101 años de edad.

Ida Lupino
En la siguiente generación, aparece otra de estas adelantadas a su tiempo. Se llamó Ida Lupino (1918-1995), inglesa trabajando en Estados Unidos, que además de notable actriz ejerció como brillante directora en el Hollywood de los años cincuenta. Hija de artistas comenzó en la interpretación en 1931 y enseguida se revelaría como actriz sólida y segura de sus papeles. Aunque sin llegar a la categoría de estrella, ya en los cuarenta es muy solicitada para protagonizar numerosos films. En 1949 se atreve por primera vez con la dirección y a partir de entonces compaginaría ambas tareas hasta su retirada a fines de los setenta. Como actriz iba a trabajar con directores de la talla de Hathaway, Walsh, Vidor, Lang, Mamoulian, Ray o Negulesco, entre otros. Y con frecuencia en películas de cine negro. Como directora funcionó más para televisión que para el cine, pero en ambos medios nos dejaría un buen ramillete de títulos. De sus películas las más conocidas en España fueron probablemente Ultraje (1950) y El bígamo (1953). De sus realizaciones para televisión sus trabajos se inscriben en series como Bonanza; Alfred Hitchcock presenta; El fugitivo; Los ángeles de Charlie… y unas cuantas más.

Entre las nacidas en la década de los 20 las hay que entran ya pisando fuerte, como la cineasta checa Vera Tchytilova (1929-2014), perteneciente a la nueva ola de cine checo, y considerada una de sus integrantes más radicales. Con su película Las margaritas rebasó fronteras y marcó la ruptura con la estética soviética.
Ana Mariscal                                                                          Vera Tchitilova
La española Ana Mariscal, (1923-1995) debuta en el cine en 1940 por casualidad, siendo todavía estudiante de Ciencias Exactas. Y lo hace con tanta fortuna que ya no abandonaría la pantalla, compaginándola pronto con las tablas y, desde mediados de los cincuenta, con la producción, la dirección y el guión de sus propias películas. El Camino (1966), su primer gran éxito, la sitúa según los críticos entre las mejores directoras europeas del siglo veinte.

                         Agnes Varda                                                                         Lina Wertmuller                                                           
Y además de éstas, ya desaparecidas, otras dos realizadoras todavía en activo, la francesa Agnes Varda y la italiana Lina Wertmuller. 

Agnes Varda (1928) se daría a conocer en los años sesenta como miembro de la nouvelle vague y desarrollaría una carrera plagada de éxitos. El muy premiado documental Rostros y lugares (Visages villages) realizado en 2017 es, de momento, su última y esplendida aportación. 

Lina Wertmuller (1928) actriz, guionista y ayudante de dirección con Fellini, debutaría como directora en 1972, alcanzando una gran difusión con sus primeras películas, una de las cuales, Pascualino siete bellezas, le supuso el reconocimiento internacional. Anarquista y feminista militante, sus películas reflejan sus inquietudes y compromisos político sociales.

                Liliana Cavani                                                        Liv Ullman                                    Josefina Molina

Nacidas en la década de los treinta, la italiana Liliana Cavani (1933), la noruega Liv Ullman (1938)  y la española Josefina Molina (1938), que nos darán interesantes trabajos en la dirección.


Liliana Cavani, era ya muy conocida en Italia cuando saltó a la fama en 1974 con su controvertida Portero de noche, (Portiere di notte, 1974), y desde entonces ha realizado unas cuantas películas más de difusión internacional como Francesco, (1989), o Ripley´s Game, (2002), alternando su dedicación al cine con la dirección de óperas.


Liv Ullmann, actriz de teatro desde 1957 y de cine desde 1966, última musa de Ingmar Bergman y protagonista de muchas de sus películas, se iniciará en la dirección en 1992, compaginando desde entonces con sus trabajos de interpretación los de realización. Sofie, Encuentros privados, Kristin Lavransdatter, Infiel y La señorita Julia son hasta ahora sus logros como realizadora.


También la española Josefina Molina, aunque menos conocida fuera de nuestras fronteras, merece especial mención pues cuenta en su haber con obras tan destacadas como Función de noche (1981) o Esquilache (1988) y series de TV tan brillantes como Teresa de Jesús (1984).


Margarette Von Trotta

Pilar Miró

Respecto de las nacidas en los años cuarenta, rompiendo moldes y fronteras y alcanzando fama internacional, ahí están algunos nombres como los de la alemana Margarette Von Trotta, (1942), la polaca Agneszca Holland, (1948), la francesa Coline Serrau, (1947), la británica Sally Potter, (1949), y, un poquito menos conocida por su temprana muerte, la española Pilar Miró (1940-1997), que nos regalan un montón de trabajos inteligentes e interesantes y nos acostumbran a la idea de que tras una buena película puede estar la mirada de una mujer.


Habría que esperar a las nacidas de los cincuenta en adelante para que la presencia femenina empezara a hacerse bastante más frecuente en esta actividad. Hoy esto felizmente es un hecho, y así aunque aún está lejos de alcanzarse la paridad, son ya centenares las europeas que dirigen cine y la mujeres cineastas en general son ya tantas, y tanto el talento que aportan al acerbo común que afortunadamente va dejando de ser noticia si detrás de la cámara es un hombre o una mujer quien nos está contando una historia.


No ha sido un camino fácil; nuestro reconocimiento a su valor y a su valía.


miércoles, 30 de junio de 2010

Patricia Highsmith y el cine negro, Graham Greene y el cine de espías

Patricia Plangman, conocida como Highsmith, apellido que adoptará de su padrastro, nace en Forth Worth (Texas) en 1921 y muere en Locarno (Suiza) en 1995. No parece que tuviera una infancia demasiado feliz: se crió con su abuela; hasta la adolescencia no conocería a su padre, y con su madre iba a mantener una intermitente relación de amor y odio a lo largo de la vida. 

Alain Delon en A pleno sol, 1960
Solitaria y de un carácter tan introvertido que acabarían acusándola de misantropía, no se identificaba con la sociedad estadounidense que le tocó vivir, quien por su parte, tampoco le perdonaba sus simpatías por la ideología comunista.

Desde fechas tempranas se sintió atraída por los mundos fronterizos de la mente y de la ética, donde más tarde se moverán sus ambiguos personajes, de moral indefinida, cuando no abiertamente amorales. Criaturas que tan pronto parecen normales como manifiestan inquietantes rasgos de locura, asustándonos con su verdadera personalidad, al principio insospechada.

Empezó a publicar en 1945, y cinco años más tarde la adaptación al cine de su novela Extraños en un tren por Hitchcock la consagra, en plena juventud, como un clásico del suspense.

Como su compatriota Henry James, también ella acabaría abandonando Estados Unidos para vivir en Europa: primero en Inglaterra, en Francia después y, por último y hasta su muerte, en Suiza; Europa supo en cierto modo corresponderla, ya que siempre gozó aquí de mayor consideración literaria que en su América natal.

Cuando empieza a escribir representa un curioso y brillante ejemplo de originalidad en el género. Hasta entonces el protagonista viene siendo un detective o un policía que trata de descubrir al criminal. Ella va a poner el acento en la personalidad del asesino, esforzándose por penetrar en sus interioridades anímicas y sus motivaciones. Hay un antecedente en este interés por la psicología del criminal, Vera Gaspary, la autora de la famosa Laura, con la que Otto Preminger realiza en 1944 una película de culto, pero va a ser la Highsmith quien consiga poner de manifiesto el terrible desfase que nos enfrenta con la autentica realidad de nuestra naturaleza humana. Ella es también quien rescata al relato policíaco del estrecho planteamiento de "novela-acertijo", lo renueva, apartándolo también del carácter sociológico de la serie negra, y lo revaloriza con su estilo agudo, penetrante y de gran calidad literaria.

En otras palabras, Patricia Highsmith encarna un estilo de novela negra extremadamente personal. No nos hace tratar de averigüar la identidad del asesino ni nos sumerge en mundos exóticos o violentos plagados de circunstancias enrevesadas; nos muestra a sus criaturas en situaciones aparentemente comunes y corrientes para ir desvelándonos poco a poco lo insólito de sus respuestas. Sin apenas percatarnos del tránsito, nos adentra en el universo claustrofóbico de sus protagonistas, dominados por la culpa y la mentira hasta un punto en que ya es imposible el retorno. Y entonces no podemos ya dejar de leer ni ellos de enfrentarse a ese entorno amenazador con una violencia que les destruye.

O a veces no, a veces salen cínicamente impunes de sus crímenes, como en el caso de Tom Ripley, personaje por el que debió de sentir especial predilección, ya que sobre él volvió una y otra vez hasta hacerle protagonista de cinco de sus novelas.

También el cine se ha dejado encandilar por la figura de Tom Ripley. En 1960 René Clement lleva a la pantalla, con resultados brillantes, la primera adaptación cinematográfica de esta serie de novelas (precisamente la primera de la serie), A pleno soluno de los films más logrados, a pesar de incluir, por imperativo del momento en que se rodó, un desenlace moralizante. Mas tarde El amigo americano de Wim Wenders, (1977), El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella (1999) o El juego de Ripley de Liliana Cavani (2002) constituirán nuevos e interesantes acercamientos a la figura ambigua, inquietante y escurridiza de este personaje, que nos seduce y fascina y nos lleva a sospechar que acaso nuestra moral no sea tan sólida como creíamos.

El cuchilloEl grito de la lechuza o La celda de cristal son otros tantos títulos de la novelística de Patricia Highsmith llevados al cine; otras tantas posibilidades de aproximación a su obra, que tal vez despierten, entre aquellos que aún no la hayan leído, el interés en abordar directamente sus novelas. No es fácil que salgan defraudados, porque su estilo, deliciosamente seco, de absorbente y amena lectura, entusiasma incluso al más exigente en lo literario.

Graham Greene dijo de ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".

En justa correspondencia, Patricia Highsmith, en su monografía Suspense, después de adelantarnos que no suele gustar de la lectura de otros escritores de novela de intriga, confiesa que Graham Greene es la excepción, que le lee con gusto y que envidia "su talento para le mot juste".

Y, a propósito de Greene, (1904-1991), pocos escritores resultan tan cinematográficos. La personalidad de Graham Greene, pariente de Robert Louis Stevenson, se nos presenta enseguida como atormentada: un carácter depresivo, tendencias suicidas y, desde muy pronto, una conciencia habitada por conflictos morales. Ya en el colegio tiene que optar entre la lealtad a sus iguales o a la autoridad, la dirección del Centro, que es además su padre. En su juventud se interesa por el catolicismo, la religión de su novia y también la suya a partir de 1926. Y en 1940, apenas terminada la guerra mundial ingresa en el Servicio Secreto de su país.

Decimos que está muy próximo al mundo del cine por su trabajo como guionista y como crítico también, pero, sobre todo, por la frecuencia con que su obra se lleva a la pantalla. Pasan de cuarenta las historias de Greene adaptadas al cine o a la televisión, y algunas en más de una ocasión, como El fin del romanceque Edward Dmytryk rodara en 1954 con el título Vivir un gran amor y Neil Jordan en 1999 con el mismo de la novela. Es el caso también de El americano tranquilo, versionada por Mankiewicz en 1958  y de nuevo en 2002 por Philip Noyce.



A lo largo de toda la etapa del sonoro, desde los años ‘30 a esta primera década del 2000, son muchas las ocasiones en que nos encontramos sus narraciones, luminosas y agobiadoras, adaptadas a la pantalla. Mencionemos algunas de las que abordan sus inquietudes morales: la lealtad, la compasión, la bondad... y sus contrarios, siempre bajo una mirada político-religiosa, más política que religiosa a partir de los años '50. Y a menudo en ambientes cosmopolitas, como corresponde al impenitente viajero que fue Graham Greene. Títulos como El agente confidencial, sobre la novela homónima inspirada en la guerra civil española y rodada por  Herman Sumlin en 1945 ; El fugitivo, por John Ford en 1947, basada en El poder y la gloria, que se desarrolla en Méjico y reflexiona sobre sus obsesiones religiosas. O las premonitorias Nuestro hombre en la Habana, de Carol Reed (1959), sobre la obra del mismo título publicada en 1958 y que parece anunciar la inminente revolución cubana, y la ya antes mencionada El americano impasible, ambientada en la Indochina francesa, cuando está a punto de producirse el relevo de esa guerra colonial que los americanos continúan como guerra de Vietnam. O también, en fin, El cónsul honorario, rodada por John Mackenzie en 1983, que fabula un chapucero secuestro en torno a la figura del embajador norteamericano, de visita en la ciudad argentina de Corrientes.

Graham Greene se mostraba particularmente contento de la película El ídolo caído, dirigida por Carol Reed en 1947, considerando que era la más lograda de sus historias en el cine. Pero en general sus narraciones, a pesar de contar con excelentes directores, no han tenido demasiada suerte en este medio. A veces porque sus complejos personajes han resultado planos en pantalla, (El ministerio del miedo, Fritz Lang ,1944); otras, porque los guiones se han alejado del original hasta el punto incluso de traicionarlos, (la primera versión de El americano impasible, donde el latente antiamericanismo de la novela se convierte por decisión del director en pura hagiografía del agente de la CIA); a causa de un reparto inadecuado, (El factor humano, Otto Preminger,1979); porque la historia ha envejecido, (Viajes con mi tía, Georges Cukor, 1972); o simple y llanamente porque el resultado no ha estado a la altura de las expectativas despertadas, (Los Comediantes, Peter Glenville, 1967).

Pero hay una excepción, ¡y qué excepción!, la mítica e imperecedera El tercer hombre de 1949, una de las pocas que, aunque luego hizo relato, empezó siendo guión precisamente. Un guión que baraja pocas pero complejas variables, las derivadas del dónde, el quien y el cómo.

El dónde, la Viena de los primeros años cuarenta, una ciudad destruida por las bombas y convertida en escombros, repartida entre los cuatro países vencedores, en la que el mercado negro opera a sus anchas y la vida parece haber perdido su sentido. El quien, un trío: el bueno, un antihéroe, vulnerable y contradictorio, a remolque siempre de los acontecimientos en una realidad mucho más negra de lo que podía sospechar.  El malo, un tipo envuelto en un aura de misterio y fascinación, adornado con una corteza de simpatía y brillantez; solitario cínico y perverso, criminal despiadado, prepotente y megalómano, que juega con los que le quieren y los maneja a su antojo. La chica, contrapunto romántico que humaniza la historia, dotándola de profundidad; un personaje pasivo y fatalista que sólo le pide a la vida que proteja al que ama, sin importarle lo que haya podido hacer. Y el clima emocional, una atmósfera, que desborda nostalgia de paraíso perdido y sólo conduce a la resignación: la guerra ha barrido los valores, llenándolo todo de desesperanza, destapando el lado oscuro de algunos y la impotencia de los más.

Y con esos mimbres, Carol Reed nos pasea, en un hermoso blanco y negro expresionista, por la sombría y caótica Viena de postguerra, llevándonos, de la mano de Joseph Cotten tras los pasos de Orson Welles, desde las alturas de la noria del Prater hasta las profundidades de las tenebrosas cloacas de la ciudad. O situándonos, impregnados de melancolía, frente a Alida Valli para verla avanzar entre cipreses y alejarse después, imperturbable, a los acordes de la bellísima melodía de Anton Karas, que nos ha mecido a lo largo de toda la película y que ya no nos abandonará.