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martes, 16 de julio de 2019

El lector

El lector es una película sobre el primer encuentro sexual de un adolescente con una mujer, pero no se queda solo ahí, nos plantea algo más, más oscuro, más inquietante. Un pasado que no está libre de culpa y que vuelve para mancharlo todo con su horror. Y lo oscuro y lo culpable lo desata la historia de Hanna, la mujer con quien el lector ha vivido su despertar sexual.

Kate Winslet y David Frod en El lector (Stephen Daldry, 2008)
Hay muchas películas sobre el despertar sexual y si uno se detiene a pensar en ello en seguida le vendrá alguna a la mente: El diablo en el cuerpo (Le diable au corp, Autant Lara, 1947); El graduado, (The graduate, Mike Nichols, 1967); El soplo en el corazón (Soffio al cuore, Louis Malle, 1971) y La última película (Last Picture Show, Bodganovitch, 1971) son las primeras que me vienen a la memoria, además de ésta, El lector, (Der Vorleser, Stephen Daldry, 2008). Todas curiosamente en torno a experiencias iniciáticas del varón, como si ese momento en la vida de la mujer y lo que para ella pudiera tener de íntimamente determinante interesara menos. Claro, enseguida caemos en la cuenta de que, en el caso de la mujer, el tabú de la virginidad como objeto de valor social ha pesado durante siglos condicionando el enfoque y entorpeciendo cualquier intento de aproximación al tema desde una intención más intimista y subjetiva, distinta de la habitual.

Pero volviendo a la película que nos ocupa y cuyo asunto nuclear parece ser éste, la perdida de la virginidad de un adolescente, Michael, el lector que da título a la historia, enseguida vemos que no es sólo esto lo que nos quieren contar, sino más bien o también la enigmática personalidad de la mujer que le ha iniciado y mantenido con él una relación abusiva. Y más profundamente el tema de la culpa.

Esta es la trama: Alemania, años cincuenta. Hanna ha sido carcelera en un campo de concentración bajo el nazismo. Cuando nuestro protagonista, un chaval de quince años y ella, una avanzada treintañera, se encuentran por primera vez, la guerra ya ha terminado. Ella se gana ahora la vida como cobradora de billetes de autobús, él es todavía un escolar, que se ha puesto malo al salir del colegio. Ambos coinciden entonces en la calle, el está descompuesto y ella le socorre. Así es como se conocen. Meses después, curado de la escarlatina que era el mal que le aquejaba, el muchacho volverá a casa de Hanna a agradecerle su gesto y de ese modo empezará una relación íntima que mantendrán en secreto mientras dure. Hanna es analfabeta, le avergüenza no saber leer y sin embargo le gusta muchísimo que le lean historias. El será su lector; ella le iniciará en el sexo. La relación avanza sin que nadie más esté al tanto hasta que un buen día Hanna ha desaparecido sin dejar rastro. La historia entre ellos se corta bruscamente, pero lo que Michael, todavía un niño, ha vivido con Hanna, una mujer adulta, le condicionará a lo largo de toda su vida.

Kate Winslet y David Frod en El lector (Stephen Daldry, 2008)
Unos cuantos años después, el escolar, estudiante ahora de derecho, acudirá a un juicio con algunos compañeros. Se juzga a unas celadoras por haber dejado morir en tiempos del poder nazi a un grupo de mujeres judías atrapadas en una iglesia en llamas donde las tenían encerradas. Hanna es una de estas celadoras. Con horror la reconocerá entre las acusadas y oirá su declaración ante el tribunal. Ella no niega los hechos; su misión era custodiarlas y de haberlas dejado salir habrían escapado. Esa es su espeluznante respuesta. La ausencia total de empatía y la inexistencia de sentimientos de culpa desvelan el clima moral que el nazismo logró extender entonces en aquella sociedad. Es la moral que Hanna asumió, la que desde el poder se proponía e imponía.


Kate Winslet en El lector (Stephen Daldry, 2008)
Pero hay otro asunto más; durante el juicio Hanna es acusada por otras celadoras de haber sido la máxima responsable, y, por ello, la encargada de escribir el informe sobre lo sucedido. Ella niega, pero cuando el tribunal le pide que escriba para comparar el informe con su letra, antes de confesar que es analfabeta, admite haberlo escrito y eso agrava su condena. Hanna no sabe escribir y a Michael le consta que esto es así, pero calla durante el juicio, ¿por respetar la decisión de Hanna, por vergüenza? ¿Por qué calla?... Su silencio le atormentará siempre. Una vez sentenciada y condenada, para ayudarla, Michael comienza a grabar sus lecturas y a mandárselas a la prisión, donde, a partir de sus envíos, ella aprende por su cuenta a leer y a escribir. Muchos años después le conceden la liberación; Michael, atormentado, la espera en la puerta. Esperará en vano.


La historia se basa en una novela de Bernhard Schlinke, publicada en Alemania en 1995 y llevada al cine en 2008 por Stephen Daldry con bastante éxito. Protagonizada por David Kross, y Ralph Fiennes en el papel de Michael adolescente y adulto respectivamente, y por Kate Winslet, como protagonista femenina, que ganaría el Óscar por su impactante interpretación de Hanna Schmitz.

La película es muchas cosas a la vez: trata de la seducción de un menor, del aniquilamiento de los judíos, del analfabetismo, de cómo los condicionamientos externos influyen en nuestras conciencias…, pero es sobre todo una reflexión sobre la culpa: la culpa de Hanna, la culpa de Michael.

Hanna ha dejado morir a un grupo de prisioneras cuando era su carcelera y esto, por mucho que pueda producirnos escalofríos, a ella no le hace sentirse culpable, en la medida en que el entorno social en que se produjeron los hechos no lo condenaba. En cambio no puede soportar la vergüenza de admitir que es analfabeta. Hasta el punto de aceptar una condena mayor con tal de no confesarlo. Sus años en prisión aprendiendo a leer y a escribir la hacen crecer y tal vez tomar conciencia de la monstruosidad de lo que hizo y desde luego de que esta sociedad de su presente sí lo juzga aberrante. Esto seguramente es lo que determinará su conducta ante la perspectiva de la vida en libertad.

Michael tiene que rodear de secreto su historia con Hanna, una mujer adulta que no se ha parado ante el hecho de que él era un niño. Sus vivencias con ella han sido determinantes en su evolución y con toda probabilidad han condicionado sus posteriores relaciones amorosas e incluso su actitud frente la vida. Cuando la vuelve a encontrar se horroriza ante ese pasado tan monstruoso de la mujer, y le espanta la posibilidad de que alguien pueda asociarle con ella. Sus sentimientos hacia Hanna en lo más recóndito no han dejado de ser intensos pero son también desasosegantes y confusos. No es capaz de declarar en el juicio que ella no ha podido escribir ese informe, pero íntimamente no está muy seguro de por qué no lo ha hecho. Se avergüenza al reconocerla; no quiere tener nada que ver con ella y sin embargo no puede romper los lazos que le atan a una mujer a la que niega y de la que sigue emocionalmente dependiente. Ella es su secreto tan bien guardado como Hanna guarda el suyo. Y se mortifica sin poder liberarse de su pasado, condenado a vivir con la culpa instalada entre sus sentimientos y sus actos.

Una historia en definitiva profundamente compleja y perturbadora.

sábado, 11 de mayo de 2019

Perdedores


La figura del perdedor lleva asociada un cierto atractivo romántico que quizá no desprenda tanto ella como el sentimiento de compasión que nos provoca, pero el caso es que siempre nos toca la fibra emocional sea cual sea la condición del sujeto del que se ocupa o el motivo de su mala suerte.

Charles Chaplin en Luces de la ciduad (1931)
Películas sobre perdedores las hay a miles y desde la más tierna infancia del cine. ¿Qué otra cosa pueden ser los héroes de Buster Keaton o de Charlot? Pero el perdedor presenta muchas caras diferentes, opuestas, contradictorias. Ahí está por ejemplo aquel que se ve impelido al fracaso por una adición, ya sea el juego, el alcohol, o cualquier otra. Estos han dado lugar a películas tan estupendas como El jugador (Le joueur, Autant Lara, 1957) sobre la ludopatía, o Días sin huella (The Lost Weekend, Billy Wilder, 1945) y Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962, Blake Edwards) acerca del alcoholismo, por ejemplo.

Jack Lemonn y Lee Remick en Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962)
También el cine social de Ken Loach y el de inadaptados de Aki Kaurismaki están llenos de perdedores. Por no referirnos al cine negro, donde los hay a montones. O a casi todas las películas en torno al boxeo, que a menudo nos retratan este tipo de antihéroes: Más dura será la caída (The Harder They Fall, Mark Robson, 1956), Toro salvaje (Raging Bull, Scorsese, 1980)… Y en fin, tantas y en tantos ámbitos que abordan también con maestría historias de individuos extremadamente frágiles en su indefensión.

Pero poniendo el foco en nuestro cine hay cuatro títulos que figuran seguramente entre los mejores y que especialmente nos conmueven. Ellos abordan un determinado perfil de perdedores, infelices sin culpa ni medios para mejorar su destino. Se trata de los protagonistas de dos películas que Berlanga realizó en los primeros años 60: Plácido y El verdugo; de la versión que, bajo el mismo título, Mario Camus realiza en 1984 de la novela de Delibes Los Santos Inocentes, nombre que lo dice ya todo; y de Solas, ópera prima de Benito Zambrano, estrenada en 1999, sobre dos mujeres desgraciadas y un vecino solitario, otro santo inocente.


Las dos primeras giran en torno a dos pobres diablos a quienes sus entornos sociales condenan sin remisión a una vida de apuros económicos. Plácido se gana la suya como transportista con su humilde vehículo, que aún es más del banco que suyo; su mujer cuida de unos lavabos públicos y tienen además a su cargo otras bocas: el abuelo, el hermano parado, el hijo... Han llegado las Navidades y los poderes locales han organizado una campaña de sensibilización hacia los desfavorecidos que reafirme la buena conciencia entre las gentes acomodadas de la ciudad. “Siente un pobre a su mesa” es más o menos el lema. Pero Plácido no figura entre ellos; él es empresario, tiene su negocio, su motocarro, y ha sido contratado para llevar a esos desheredados de la fortuna a las casas asignadas, donde por una vez comerán caliente y sobradamente. Sólo que la letra está a punto de vencer, y, si no paga antes, el banco se quedará con su vehículo. Y ahí, en medio de esa campaña de bondades oficiales no logrará conmover a ninguno de los que podrían ayudar y sacarle de su infortunio, entretenidos todos en esa falsa demostración de amor al prójimo.

La película es soberbia y como todas las de Berlanga, el personaje es solo uno más en ese mosaico de seres llenos de vida, de egoísmo y mezquindad, de estupidez e indiferencia que pululan en todas direcciones, hablando todos a la vez sin que nadie escuche a nadie ni se pare a ver al que tiene al lado. Personajes mostrados en su cruda realidad pero tratados sin embargo con ternura.


Esa misma sociedad refleja El verdugo, feroz alegato contra la pena de muerte. Su protagonista trabaja en una funeraria. Su mísero sueldo no le da para vivir por su cuenta y está de pupilo con su hermano y los suyos, que se avergüenzan un poco de su profesión, considerada macabra y poco presentable. Ha conocido por su trabajo a un verdugo y siente por ese hombre y por motivos semejantes el mismo rechazo que su cuñada hacia él; lo malo es que se ha enamorado de la hija del verdugo y la única manera de obtener vivienda para poder casarse es solicitar una vacante en el oficio de su futuro suegro. Hasta ahí el planteamiento. El desarrollo de la historia será otra vez esa fascinante mirada, cruel y tierna que Berlanga lanza sobre unas gentes enrocadas en sus egoísmos, insolidarias e indiferentes al dolor ajeno.
Dos películas cargadas de crítica social y narradas con un sentido del humor que lo impregna todo y nos hace más fácil digerir la acerada denuncia que contienen. En ambos casos, unos guiones llenos de talento, elaborados con la participación del genial Azcona, unas interpretaciones magistrales por parte de todos, que Berlanga era un maestro en la elección del reparto y la dirección de actores y, en fin, un ritmo narrativo y una realización perfecta que hace de ellas dos de los mayores logros de nuestro cine.

Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) 

Los santos inocentes es también una grandísima película. En su momento tuvo un éxito sonado y sigue siendo cine que no envejece. Su director, Mario Camus, uno de los grandes de nuestra pantalla, domina la adaptación de obras literarias, cosa que ha hecho a menudo, siempre con fortuna, sin menoscabo de tantas otras de su producción no basadas en la literatura con mayúscula. Aquí se trata de una novela de Miguel Delibes sobre una familia de campesinos, servidores en la finca de un rico hacendado. Paco, Régula, sus tres hijos y su cuñado Azarías, deficiente mental, integran esta familia. La dureza de su vivir cotidiano, sus desgracias, agravadas por la pobreza y la incultura, y la indiferencia de los señores, ciegos a sus necesidades más elementales, tejen en torno a estos desheredados de la fortuna un mundo de desamor que choca con la lealtad de Paco hacia sus amos o la inocencia de Azarías. Una familia de perdedores que, como los santos inocentes, parecen recibir sin merecerlo el castigo del cielo.

Las interpretaciones de los actores, extraordinarias. Rompiendo moldes, Alfredo Landa y Paco Rabal como protagonistas, que recibieron ambos un premio ex aequo. Pero también brillantes, Terele Pávez como Régula, Juan Diego como el señorito, Agustín González como el administrador, Mari Carrillo como la marquesa… en fin todos espléndidos y el resultado, magistral. Fue medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor película del año.

María Galiana y Carlos Álvarez Novoa en Solas (Benito Zambrano, 2000)

También lo había sido Plácido para 1962 y también lo sería Solas para el 2000. Benito Zambrano, su realizador alcanzó con ella además cinco Goyas, dos, a la dirección y el guión, ambos de su absoluta autoría, y los restantes concedidos a los intérpretes de sus tres personajes centrales: María Galiana, Ana Fernández y Carlos Álvarez-Novoa.

El argumento: la vida de dos mujeres, madre e hija, discurriendo en un ambiente de desdicha e infortunio. La madre, maltratada por un marido tirano, malvado y celoso a quien ella corresponde con paciencia y nobleza; la hija, embarazada de un hombre que no la ama y a quien no ama, malviviendo de un mal trabajo, y refugiada en la bebida sin esperar nada del futuro. La presencia de un vecino, solitario, en el declinar de su vida y ansioso de afecto, es el contrapunto al cotidiano transcurrir de estas dos mujeres. La bondad de la madre, firme a pesar de los pesares, irá infundiendo calor y esperanzas en estos seres abandonados a su suerte.

La película constituye un drama sobrio y duro sobre la soledad y la pobreza, que cautivó en su día por la verdad que la historia consigue transmitir y las emociones que despierta en el espectador; verdad y emoción a las que no son ajenas, claro, los intérpretes, soberbios también, como siempre que una película logra remover nuestros sentimientos más íntimos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Radiguet y Rimbaud: rebeldes y provocadores


Hacia 1920 un joven francés de 17 años, Raymond Radiguet, visionario y trágico, compone su primera novela, El diablo en el cuerpo, (Le diable au corps). Se trata de un relato autobiográfico donde describe su iniciación amorosa, una relación con la esposa de un soldado durante la primera guerra mundial cuando él contaba tan sólo 15 años de edad.

Raymond  Radiguet por Modigliani
Un año después, Radiguet abandona la escuela para llevar una vida bohemia. En seguida conoce y frecuenta a pintores como Modigliani, Picasso o Juan Gris; compositores como Milhaud y Poulenc; escritores como Max Jacob y sobre todo Jean Cocteau, que, fascinado con la personalidad del joven adolescente, se convirtió en su amigo inseparable, difundiendo sus poemas y contribuyendo de manera decisiva a su inmediato reconocimiento por la vanguardia intelectual y artística. 

Corrían los años veinte, años extravagantes y tensos de la postguerra reciente que el joven autor, de repente rico y famoso, quemó en un desorden febril. Le nouveau Rimbaud, como se le apodó a veces, se sumergió de lleno en el mundillo intelectual parisino, publicando algunos cuentos en el periódico satírico Le Canard enchaîné, y poemas y artículos en la revista Le Coq, que fundara con Cocteau y donde colaboraron también talentos de la talla de Paul Morand o Tristan Tzara. 


Lamentablemente no tuvo tiempo para saborear las mieles del éxito, sino que pasaría por aquellos círculos vanguardistas como una exhalación, ya que, con tan sólo veinte años de edad, unas fiebres tifoideas acabaron bruscamente con su vida. 

Le diable au corps, (El diablo en el cuerpo), su famosa novela -sólo alcanzó a escribir dos- se publicaría un año después de su muerte, suscitando desde el principio entusiasmos y rechazos encontrados. La guerra está aún reciente, las heridas siguen abiertas y el clima moral dominante desborda ardor patriótico. En semejante contexto la aventura de este adolescente, aromada de desencanto, irreverencia y amargura, es percibida como un desafío a los valores imperantes. Y el estilo cínico y exhibicionista en que el protagonista narra los hechos, el desprecio manifiesto por el conflicto bélico, dibujado sólo como un telón de fondo, más miserable que épico, para el desarrollo de su aventura amorosa... todo ello es juzgado por muchos como algo extremadamente transgresor y escandaloso. 

La obra, de lectura rápida y fácil, está escrita en un lenguaje elegante, seco y preciso, que desvela influencias literarias bien asimiladas, con ecos del cinismo de Laclos, la crueldad de Lautréamont, la lucidez destructiva de Rimbaud, la precisión emocional de Proust... y sólo tiene 17 años cuando la escribe.

El enfant terrible que narra en primera persona esta historia se da el lujo de vivirla y diseccionar al mismo tiempo lo vivido, porque lo que importa para él no son tanto los sucesos que acontecen sino el efecto que producen en su alma, que le marcan para siempre. Y lo hace exponiendo lo narrado en un estilo frío y cruel como un desafío a los convencionalismos de la época.

Casi un cuarto de siglo después, en 1946, recién terminada la segunda guerra mundial, se estrena en Francia, con el mismo título, una excelente versión de la novela, Le diable au corps, (El diablo en el cuerpo), dirigida por Autant-Lara.

Claude Autant Lara
Claude Autant-Lara, familiarizado desde niño con la vanguardia teatral, se había iniciado en el cine como escenógrafo, trabajando como tal para Jean Renoir y como asistente de dirección para René Clair, fundamental en su formación. Llegó la guerra y la ocupación alemana alejó de Francia a casi todos los directores consagrados de la cinematografía francesa aunque paradójicamente permitió la revelación de un buen número de realizadores nuevos: Robert Bresson, Henri-George Clouzot, Jacques Becker, René Clément... Y, de todos ellos, tal vez Autant-Lara fue quien mejor supo adaptarse a las exigencias de la Ocupación: temas sin contenido político, alejados en el tiempo o limitados a la aparentemente inofensiva comedia de costumbres.

En ese contexto, Autant-Lara desarrolló una manera de decir refinada y transparente, sin arriesgar demasiado ni buscar la sorpresa del espectador. Progresivamente fue perfeccionando su estilo y al acabar la contienda había alcanzado una madurez que se pondría de manifiesto en esta película, Le diable au corps


Gérard Philipe y Micheline Preles en El diablo en el cuerpo
Desde el principio todos los que participaron en el proyecto fueron conscientes de que la obra podía levantar ampollas y se aprestaron a bregar con la censura para sacarlo adelante. El film modificaba el enfoque de la novela, transformándolo en una obra distinta. Fiel a sus aspectos emocionales, conservaba del original la pasión adolescente, el amor acechado por la muerte, el pueril desafío al mundo de los mayores, aunque envejeciendo algo al protagonista para suavizar su impacto. En cambio el peso de la guerra, alusión más que presencia en la novela, se refuerza en la película como marco obsesionante de una historia desarrollada con la sobriedad, la finura de narrar y el buen gusto que caracteriza al cine de Autant-Lara. El resultado fue que mientras la novela es deliberadamente cínica y cruel, el film es tierno y sentimental, pero atrevidamente antibelicista. 

La estructura del relato, muy sutil, con delicadas simetrías a lo largo de todo el film que facilitan la exposición; la recreación del mundo de 1918, exquisitamente estilizada. Los intérpretes, también magníficos, muy especialmente Gérard Philipe, quien, con su maestría para el juego escénico, nos regala un perfil de adolescente tierno, caprichoso y un poco cruel bastante fiel al personaje de Raymond Radiguet. Y, arropándolo todo, la música de René Cloerec subraya la intencionalidad dramática de lo narrado.

Aun con todas las matizaciones que paliaban la carga transgresora de la novela, de nuevo la obra provocó el escándalo. Se estrenaba también en un clima de postguerra, terreno abonado para levantar posturas de santa indignación. Atacada por la iglesia y los militares, pero también por el partido comunista, que le reprochaba haber retratado una juventud apolítica y descomprometida; contestada además por famosos del momento como el actor Noel-Noel, ofendido en su condición de excombatiente, la película se vio acosada desde los más variados y opuestos sectores. Visto con la perspectiva del tiempo el film supone un paso adelante en la cinematografía francesa; resulta una obra muy avanzada para el momento histórico en que se produce y de una modernidad que se manifiesta tanto en la interpretación suelta y fresca de los actores como en el tratamiento de los temas que plantea, que se anticipan en más de una década a la nouvelle vague

https://www.youtube.com/watch?v=d-rlAD13FrM

Resumiendo, Le diable au corps, independientemente de la novela de Raymond Radiguet, resultó también una obra vanguardista y provocadora, pero sobre todo constituye una película valiosa. Había un mundo que recrear, la Francia de la Gran Guerra, una historia interesante que contar y unos personajes con suficiente profundidad psicológica para emocionar, y Autant-Lara asumió el reto consiguiendo realizar un trabajo más que notable; casi una obra maestra. El sentimentalismo del enfoque, muy en consonancia con el momento de su creación, no la ha hecho envejecer y aunque la trama es frágil la autenticidad de los personajes y la excelente realización la sostienen con delicada firmeza.

Volviendo al autor de la historia, Raimond Radiguet, tan comparado en su momento con Arthur Rimbaud, sí presenta tanto en su perfil personal como en la atmósfera de sensibilidad y crueldad en que desarrolla su destructivo relato autobiográfico, rasgos del malditismo que habitualmente se atribuye al poeta simbolista. También como él Radiguet tuvo mucho de niño prodigio, de adolescente insolente y furioso. Y como él dejó tempranamente la escritura, aunque en su caso por una muerte solitaria y precoz. Además, así como Radiguet hechizó a Jean Cocteau, Rimbaud fascinó a Paul Verlaine. 
Radiguet dormido, dibujado por Cocteau

Estos son los elementos que perfilan el paralelismo entre ambas figuras, y al señalarlos resulta inevitable la mención de otra película interesante, en este caso de signo biográfico, que sobre la amistad Rimbaud/Verlaine filmara la polaca Agneska Holland en 1995 con el título Total Eclipse, en España Vidas al límite. Se trata de una excelente película, bien fotografiada, contada e interpretada, a la que sin embargo se le reprochó que no insistiera más en la trascendencia que sus protagonistas, dos de los grandes, tienen para las literaturas francesa y mundial, focalizando la atención en lo puramente vital de la historia. 



Arthur Rimbaud, nacido a mediados del XIX en el seno de una familia de la pequeña burguesía francesa acomodada, conformista y severamente religiosa, fue un estudiante brillante, que ya desde los 14 años escribía buenos poemas, con una despreocupada violencia donde afloraba su rebeldía. Apenas cumplidos los quince, escapa de su casa y vagabundea por Francia y Bélgica, mientras a través de febriles meditaciones va exasperando su rebelión adolescente. 

https://www.youtube.com/watch?v=eQCFhmsWQOE

Rimbaud había nacido a mediados del XIX en el seno de una familia de la pequeña burguesía
Terminada la composición de El barco ebrio, un pequeño poema que llegaría a convertirse en una de las obras capitales de la poesía simbolista, envía el texto a Paul Verlaine, escritor ya consagrado, quien, entusiasmado, inmediatamente le invita a visitarle. Este es el origen de la tormentosa amistad que surgió entre ambos y escandalizó a sus contemporáneos. Verlaine, diez años mayor, seducido por el genio salvaje de ese arcángel demoníaco, se embarca con él en una loca aventura que dura casi un año hasta que Rimbaud, satisfecho ya de su poder corruptor, decide abandonar al amigo, quien desesperado le hiere ligeramente de un pistoletazo, dando con sus huesos en la cárcel. 



En este período compone Rimbaud entre otras Una temporada en el infierno y Verlaine, sus Romanzas sin palabras. En 1873 Rimbaud edita en Bruselas, pero no paga, Saison, que quedó en el almacén del impresor sin distribuirse. Al año siguiente compone todavía nuevas Iluminations y aún otras en 1875 cuando decide romper definitivamente con el ejercicio de la poesía. Contaba tan solo 20 años.

Por entonces se ganaba el sustento como preceptor en Stuttgart lugar que abandona para dirigirse a pie a Milán donde enfermó. Refugiándose entonces en su ciudad natal, Charleville, dedica el año a aprender italiano, español, árabe, griego moderno y holandés. En 1876 se encuentra en Batavia enrolado como voluntario en el ejército colonial de Holanda, pero pronto desertó y en seguida le vemos regresando a Europa. En los años siguientes vagabundea por Austria, Suecia, Dinamarca; vuelve a Italia, se traslada a Chipre… Finalmente en 1880 consigue que le contraten como agente de una compañía comercial y durante la década siguiente intenta hacerse rico en Abisinia.

Detalle de Verlaine y Rimbaud en Un rincon de la mesa,
de Fantin-Latour
Mientras tanto Verlaine, otro enfant terrible, espíritu torturado siempre  en lucha entre el arrepentimiento y el pecado pero siempre fiel a su vocación poética, le consagraba un capítulo de sus Poetas malditos; citaba alguno de sus versos y empezaba a crear leyenda en torno a este escritor apenas conocido, publicando además sus Iluminations, que permanecían hasta entonces inéditas. Estaba, en fin, logrando hacer de él un personaje famoso, cosa que su antiguo amigo menospreciaba.

Un tumor en la rodilla obliga a Rimbaud a volver a Francia. Es atendido en un hospital de Marsella donde, gangrenada ya la herida, se procede como último recurso a amputarle la pierna sin lograr salvarle la vida. Tenía 36 años. 
Arthur Rimbaud

Su impaciencia adolescente y su genio rebelde y aventurero, file reflejo de aquella oleada del nihilismo post-romántico europeo, le llevan a producir una poesía vigorosa de enorme repercusión, que responde exactamente a la estética simbolista de la que Rimbaud es uno de los máximos exponentes. Pero además queda ya en él sugerido también el movimiento surrealista que haría furor en las vanguardias del siglo siguiente; aquella época y aquellos ámbitos en que se movería Raymond Radiguet.