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domingo, 1 de diciembre de 2019

Cine de suspense


Decir suspense y pensar en Hitchcock es todo uno porque el género parece que quedara ya definido con cualquiera de sus numerosas y geniales películas, sea cual sea el asunto que aborden, ya que el suspense liga con todo tipo de historias: aventuras, crímenes, espionaje, terror… todo puede combinarse con la intriga que es lo que caracteriza a esta clase de cine. Pero no todo es Hitchcock, que son innumerables las películas en que se utiliza este recurso para lograr la atención del público.


Porque el suspense no es más que eso, un recurso que el realizador utiliza para mantener en estado de alerta al espectador frente a una determinada ficción. Claro que el fenómeno trasciende lo cinematográfico y se da también en la literatura o en la vida real, pero aquí nos referimos al que vivimos en el cine. El efecto surge cuando el espectador participando de la trama, sabe de antemano algo que el personaje desconoce y que le es vital para lo que está a punto de sucederle. O en otros casos no lo sabe, pero parece que le fuera a ser desvelado en la siguiente secuencia. O quizá algo inesperado le sacude con nuevos datos que obligan a replanteárselo todo... El caso es que no puede bajar la guardia, tiene que seguir indefinidamente a la expectativa en una situación de absoluta tensión.

Intriga, curiosidad y sorpresa son los tres elementos que la narración debe mantener funcionando para lograr este tipo de efecto en cualquier clase de relato, que las películas de suspense no se distinguen por su temática, sino por el modo de acercamiento a la trama. El cine policíaco y el de terror son los que más han utilizado este recurso, aunque el suspense puede estar presente en cualquier tipo de historia, tanto de hechos reales como imaginarios; lo mismo comedias que dramas… porque en definitiva constituye un elemento más añadido a lo narrado, ya sea un crimen, una aventura, una fantasía … Eso sí, un elemento más, pero un elemento determinante.

Ritmo rápido, héroes ingeniosos, acción trepidante… y de fondo una intriga que juegue a la vez con lo intelectivo y lo emocional del espectador, los dos componentes que le mantienen pendiente de lo que sucede en la pantalla, estimulando en él sensaciones de incertidumbre, ansiedad, atención, sorpresa… o una mezcla de todo ello, bien equilibrado para que no desaparezca su interés y siga disfrutando hasta el final con lo narrado.

Ahí van tres ejemplos de películas de suspense aplicadas a historias de lo más dispares: una, basada en hechos reales, Argo, (Ben Affleck, 2012); otra, en lo que podríamos considerar una historia de miedo Los otros, (Alejandro Amenabar, 2001) y otra más, que quizá quede bien definida como thriller político, La Cordillera, (Santiago Mitre, 2017).

La primera, Argo, narra un hecho acontecido en 1980, el rescate de un grupo de estadounidenses retenidos en Irán. Esto sucedió en un contexto más amplio, lo que se conoció como la crisis de los rehenes de Irán, cuando partidarios de Jomeini, en plena revolución, atacaron en el otoño de 1979 la embajada estadounidense en Teherán, apresando a varias decenas de personas y manteniéndolas secuestradas durante 444 días para exigir la entrega del sha Reza Palhevi, que se encontraba en Estados Unidos.

Asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán, 1979

La trama se centra en el plan para rescatar a este grupo que había logrado escapar de la toma de rehenes y refugiarse en la embajada canadiense. La noticia era conocida y por tanto se podía suponer que el espectador sabría de antemano el desenlace, pero aún así la habilidad y destreza con que se nos cuentan los hechos, el acierto en el ritmo de la narración, el cuidado en los detalles y en los perfiles de los personajes y sobre todo el pulso firme y certero con que se logra mantener la acción sin que decaiga la emoción del relato, hizo de ella una estupenda película de suspense, que nos mantendría en vilo durante toda la proyección y lograría amplio reconocimiento, alcanzando numerosos galardones, (Globos de Oro, Bafta…), y entre ellos, tres premios Oscar (a mejor película, guión y montaje) de 2013.

Ben Affleck rodando Argo

Aunque durante años negó su participación en el asunto, la CIA fue quien ideó el plan para sacarlos de Teherán y uno de sus agentes el encargado de llevarlo a cabo. Argo nos cuenta, a partir de la recreación del ataque a aquella entidad y de cómo este pequeño grupo escapa hasta la embajada canadiense, el desarrollo de ese ingenioso plan de rescate y sus dificultades de ejecución. En esencia el plan consistía en hacerlos pasar por integrantes de un equipo de profesionales del cine, de nacionalidad canadiense, ocasionalmente presentes en Teherán para la realización de una supuesta película de ciencia ficción, tratando de abandonar el país normalmente en un vuelo regular.

Protagonizada con verdadero acierto por Ben Affleck, director también de la cinta, la película, con las concesiones inevitables para hacer más excitante el relato como estirar el clímax de la acción en momentos decisivos, acentuar determinados componentes dramáticos, generar picos de tensión… y recursos semejantes consustanciales al género nos cuenta el hecho real con brillantez y veracidad.

Nicole Kidman en Los otros (Amenabar, 2001)

La segunda, Los otros, funciona como un cuento gótico a la manera de aquel extraordinario de Henry James, Otra vuelta de tuerca, llevado al cine entre otros por Jack Clayton en 1961 y por Eloy de la Iglesia en 1985. Esta película recrea también en una atmósfera de terror, con caserón ruinoso y sombrío, niños inquietantes, y débiles fronteras entre lo real y lo imaginario, una historia igual de perturbadora. Nada más tienen en común sus argumentos; aquí la protagonista es una madre encerrada en una solitaria mansión, esperando que vuelva su marido de la guerra. Sus hijos sufren una extraña enfermedad que les obliga a vivir en la penumbra, porque la luz del sol es para ellos mortífera. Y contamos además con la inquietante presencia de unos sirvientes recién llegados, que resultan ser antiguos criados de la mansión. 

Los otros (Amenabar, 2001)
En la casa pasan cosas que mantienen a la madre en un constante estado de pánico que los espectadores compartimos, aumentado con la sensación de claustrofobia que su tipo de vida y la oscuridad de los ambientes acentúan.

La niebla en los escasos exteriores y la penumbra en los interiores adensan una sensación opresiva que será en todo momento la atmósfera tenebrosa del relato. La intriga argumental, los intimidantes efectos del sonido, y las soberbias interpretaciones de todos, muy especialmente las de la niña, Alakina Mann, sorprendente en su misión de estremecernos, la madre, una impecable Nicole Kidman y la criada, Fionula Flanagan, magnífica también, nos mantienen pegados a la silla, atrapados en esa amalgama de miedo y suspense bien combinados y bien dosificados hasta el desenlace.

Muy exitosa en su día se hizo acreedora también de numerosos premios, entre ellos ocho Goyas 2001.

La Cordillera, (Santiago Mitre, 2017)

Por su parte, la tercera, La cordillera (Santiago Mitre, 2017), ya desde el primer fotograma empuja al espectador dentro de ese clima de suspense por medio de una música envolvente que le sumerge en la historia a la manera en que lo hacían las mejores películas de Hitchcock. El compositor, el español Alberto Iglesias, acierta plenamente con su creación, compenetrada a la perfección tanto con el relato como con la imagen, también excelente, que el responsable de fotografía Javier Julia consigue ofrecernos. Estupendos además los exteriores, vestuarios, actores… en fin una película muy lograda así en lo técnico como en la interpretación. Una película que se disfruta, porque desprende aromas de buen cine.

Ricardo Darín y Dolores Fonzi en La Cordillera, (Mitre, 2017)

La historia gira en torno a un político, presidente de un país iberoamericano, acudiendo a una cumbre regional en que se van a decidir importantes asuntos determinantes para el equilibrio geopolítico de la zona. Presentado de entrada como un personaje de grises perfiles, recién llegado al cargo y previsiblemente poco ducho en la complejidad de sus funciones, se nos irán revelando paulatinamente facetas de su personalidad que desmientan esa imagen. Las relaciones familiares del protagonista, entremezcladas con el momento profesional que éste está viviendo, destapan otras claves más oscuras y alarmantes de su personalidad, y nos ayudan con nuevas revelaciones de hechos pasados a ir ahondando en las profundidades de su ser y descubriendo un tipo no tan inexperto e inocente como parecía y sí profundamente ambicioso, luchador y oscuro. Ciertos toques de ambigüedad en el relato inciden en mantener al espectador en una constante incertidumbre, acentuando el desasosiego que la historia narrada produce.

En definitiva, otro inequívoco ejemplo de buen suspense, entre tantos posibles, que son infinidad las historias de este género que con todos combina y que goza de tanta aceptación entre los amantes del cine.

viernes, 1 de marzo de 2019

Fariña


Me gustan las series españolas. No todas, claro; algunas son aburridas, están mal documentadas o ambientadas; tal vez hechas con descuido, prisas o escasez de medios, pero cuando salen bien son redondas. Y ello vale para todas, desde aquellas de los primeros años (Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, La huella del crimen, Juncal, La regenta…) a las realizadas ayer mismo. Este es el caso de Fariña que rebosa veracidad desde la primera imagen.

Javier Rey presentando la serie Fariña, 2018
Fariña lo tiene todo: es interesante y está bien contada. Con esto ya está todo dicho, pero se puede matizar. Está basada en la obra homónima de Nacho Carretero sobre un asunto real de narcotráfico sucedido en las costas gallegas en los años ochenta, un asunto del que la prensa nos iba dando noticias regularmente. Algo que comenzó como cosa de poca monta, contrabando de tabaco no a gran escala, y que la incuria, la falta de medios y en fin los mil motivos complejos que la serie nos va mostrando con verdadera maestría acabarán convirtiendo en un problema social de gran alcance. Un problema que degradaría la vida de tantas familias de un rincón de España tan hermoso como la costa gallega, y se llevaría a la tumba a un montón de jóvenes inadvertidos, enganchados estúpida y desdichadamente a la droga. Que la droga, que sigue haciendo estragos, fue extremadamente mortífera para esa generación de jóvenes españoles durante la primera década de la democracia, cuando aún no había ni mucha información, ni suficientes medios estatales para combatirla.

Son años difíciles los primeros ochenta. Y los anteriores también: crisis económica, escasez de trabajo… los pescadores lo tienen duro y alguno de ellos caerá en la tentación de utilizar sus barcas no para pescar sino para un comercio ilegal. En la Costa Brava y en Galicia ha surgido así un negocio turbio que parece fácil: comprar tabaco rubio americano legalmente en Suiza e introducirlo clandestinamente en España. Las autoridades no lo toman demasiado en serio; hacen la vista gorda y desde luego los delincuentes cuentan, entre los guardias, con la complicidad de más de uno. Además, traficar con un producto de consumo habitual parece poco delito y éste del tabaco ya tenía su historial en los sesenta, al menos en Galicia, cuando algunos lo pasaban clandestinamente de Portugal; incluso tipos importantes, cercanos al poder. Y así van prosperando estos “empresarios” con su negocio durante años. Sus actividades son secreto a voces y no parecen tener consecuencias, hasta que en los primeros años ochenta la legislación se endurece. Altadis, la empresa tabaquera nacional, cada vez es más sensible a sus pérdidas económicas por esta causa y además la Comisión Europea ya ha empezado a multar a las tabaqueras americanas por práctica tan abusiva.

Fariña: los capos gallegos
Y así, en 1983, el tráfico de rubio americano comienza a sancionarse en España con penas próximas a las de la introducción del hachís, que, sin embargo, dejaba diez veces más beneficio. Por ello, dar el paso al hachís no les parece una aventura desdeñable a los contrabandistas más jóvenes. El salto a la coca colombiana, sería lo siguiente. De forma que, con la nueva generación y casi insensiblemente, se cambia de manera radical el  modelo de negocio: de contrabandista de tabaco a narcotraficante.

Fariña: el recambio generacional
Habíamos visto antes bastantes películas españolas en torno al narcotráfico. Ya en 1983 Eloy de la Iglesia se adelanta a todos con El pico, donde trata con dramatismo el efecto devastador de las drogas. Y en 1989 Colomo vuelve a abordar el tema en su divertida Bajarse al moro, aunque aquí el comercio de hachís no pasa de puro trapicheo de cuatro infelices mientras el fin buscado por la película es hacer reír y no la malignidad de las drogas ni la denuncia de las mafias organizadas. Desde mediados de los noventa son ya frecuentes las obras que tocan el tema desde el ángulo dramático de los efectos de su consumo y nos dan además a veces estampas de narcos como individuos peligrosos, (Salto al vacío, Calparsoro, 1995; Airbag, Bajo Ulloa, 1997; Todo es silencio, Cuerda, 2012), pero quizá hay que esperar a fechas más cercanas para encontrar una película que haya abordado el tema con una visión más panorámica de lo que supone el comercio ilícito de las drogas. Es lo conseguido en El niño, que Monzón realizó en 2014 partiendo de una historia real donde nos muestra magistralmente las proporciones que el asunto ha alcanzado, logrando una aproximación al tema más esclarecedora.

Fariña: las madres de los destruidos por la droga
Pero esta serie de Fariña aporta algo nuevo a todo esto que el cine nos ha ido mostrando antes y es la respuesta a esa pregunta que muchos se hicieron ¿Y esto cómo ha podido suceder? Fariña asume el trabajo de ponernos ante el problema desde su surgimiento y contarnos su evolución y el paulatino desarrollo de sus efectos en nuestra sociedad. Lentamente vemos crecer el asunto desde el negocio de poca monta hasta el monstruo descomunal en que se ha convertido, capaz de infectarlo todo y amenazar seriamente la salud pública. Y ello poniendo el foco en tan solo uno de sus puntos de entrada, esa ría gallega, para diseccionarlo y acercarlo a nuestros ojos en toda su dramática realidad.

La serie nos cuenta este cambio y lo que sucedió a continuación. Está ambientada en los lugares reales y con actores que se expresan en un español con acento gallego, decisión que será su primer acierto, al menos a escala nacional, donde la hace todavía más creíble. El ritmo; la calidad del guión; la excelencia de los actores; en definitiva, lo bien contada que está para lograr acercarnos a un asunto de todos conocido por la prensa, y motivo de preocupación, pero vivido con la distancia de lo que no parecía tan alarmante… todo se confabula y entrecruza para hacer de esta historia algo que nos engancha, nos hace seguirla con los cinco sentidos y nos obliga a tomar conciencia de la gravedad de lo narrado.

La serie, creada por Ramón Campos, ha sido bien dirigida por Carlos Sedes y Jorge Torregrossa.  Javier Rey, como Sito Miñanco, y, Bajo Ulloa, como el sargento Darío Castro, encabezan un plantel de actores donde todos rivalizan por hacer creíbles a sus personajes. Y desde luego lo consiguen sobradamente. Rodada en los escenarios reales, nos da un perfecto retrato de la Galicia de los ochenta, arropada con música de grupos autóctonos e interpretada por actores gallegos que hacen aún más creíble el sabor local que la serie borda.

Consta de diez episodios, uno por año, que abordan los hechos ocurridos entre 1981 y 1990, abarcando así toda la década de los ochenta. Estrenada entre febrero y mayo de 2018, resultó muy exitosa desde el primer día, tanto de público como de crítica, haciéndose enseguida con un montón de galardones correspondientes a los siguientes premios para 2018: el Ondas a la mejor serie y cuatro Iris que premian las siguientes categorías: mejor ficción, dirección, actor protagonista y guión. No se puede pedir más.

Una serie, en fin, que a nuestro juicio puede competir con lo mejor de la producción mundial.