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viernes, 11 de octubre de 2019

Series fuera de serie


Entraron con fuerza las series de televisión y tuvieron desde los primeros años una muy buena acogida; probablemente en todas partes, pero en España, desde luego. Y además, las primeras se veían favorecidas por el hecho de que entonces sólo había dos cadenas, de manera que casi todo el mundo seguía la misma programación y la situación se prestaba para que cada día comentara la gente el episodio de la noche anterior como un asunto de todos.

Los Soprano
Entre nosotros dejaron fuerte impronta algunas series de producción propia como Fortunata y Jacinta (1980) o Los gozos y las sombras (1982), así como otras extranjeras, especialmente las firmadas por la BBC, las más valoradas, como Upstairs, Downstairs (1971-1975) o Yo Claudio (1976) Y ello por no remontarnos más atrás recordando aquella inefable Los intocables (The Untouchables, 1959-1963) que la televisión española proyectara allá por sus primeros balbuceos.

En la actualidad las series arrasan. Y tal vez no sea exagerado afirmar que están arrinconando al cine tradicional. Diferentes plataformas lanzan sus propuestas, algunas de las cuales quizá ni llegarán a la gran pantalla y desde luego todas se estrenarán antes en televisión. Y además se están produciendo series de gran calidad hechas con extremo cuidado y a veces sin escatimar fondos, lo cual en películas pensadas para las salas expositoras es menos frecuente.

Pero hay un punto de inflexión en esta valoración de las series que parece casi coincidir con el cambio de siglo. Nos referimos a la aparición de los Soprano, historia de una familia de mafiosos ambientada en New Jersey.

El argumento bebía mucho del éxito arrollador que el cine de gánsteres alcanzara en las décadas anteriores con la trilogía de El padrino de Francis Ford Coppola (1972, 1974, 1990), con El precio del poder, (Scarface, 1983) de Brian de Palma, con Sangre fácil (Blood Simple,  1984) de Joel Coen o con la película de Martin Scorsese, Uno de los nuestros, (Goodfellas, 1990); no las únicas, pero tal vez las más emblemáticas de este género. Claro que éstas a su vez recuperaban desde su propia óptica el soberbio cine de gánsteres de los años treinta y cuarenta (William Welmann: El enemigo público -The public enemy- 1931; Howard Hawks: Cara Cortada –Scarface-,1932;  Raoul Walsh : Al rojo vivo -White Heat- 1949). Así que cada tanto este género parece regresar para dar frutos espectaculares.

Con Los Soprano se vuelve al formato televisivo, el de aquellas historias seriadas de los primeros sesenta, historias sobre la mafia, como la antes citada Los intocables (The untouchables: 118 episodios de 50 minutos de duración desarrollados en cuatro temporadas entre 1959-1963). Y esta vez con una realización muy cuidada, tramas muy complejas, llenas de pliegues y matices, y aportando una visión insólita del criminal.

James Gandolfini como Tony Soprano en The Sopranos
Los Soprano (The Sopranos), ambientada en la actualidad, nos presenta al protagonista, Tony Soprano, como un hombre de mediana edad en crisis. Estresado, insatisfecho; sufre ataques de pánico y parece necesitar que alguien le aclare el porqué de su malestar. Y qué solución más lógica en nuestros días que acudir al psiquiatra con quien desmenuzar sus íntimas miserias: la presencia castradora de una madre autoritaria, los conflictos generacionales con los hijos, la incomunicación con su mujer, la rivalidad con su tío y socio en los negocios… Sólo que los negocios de Tony son negocios de sangre. Y detrás está la lucha por el poder entre las diferentes familias de gánsteres… e incluso está también su condición de italoamericano, que parece además influir en las cosas, determinándolas y complicándolas, tanto a escala familiar como social, es decir tanto en el ámbito de su familia propia como en el de la otra familia, el más amplio, el de su entorno, digamos, profesional.

Este enfoque tan inesperado hace que el argumento se desarrolle desde perspectivas asombrosas. Pero no es el único éxito de la serie. Es que todo en ella es genial empezando por el guión. La trama responde a un trabajo de equipo, ya que son varios los escritores que participaron en ella, aunque bajo un guionista jefe, David Chase, verdadero responsable de la idea nuclear y del perfil del protagonista, tan distanciado de todo lo anterior. Porque de entrada el protagonista es un reflejo distorsionado de estos malvados que siempre el cine ha elevado a la categoría de héroes. Él, por el contrario, es un tipo prosaico sin una gota de glamour, un individuo de aspecto vulgar que se ha limitado a continuar con el negocio de su padre y cuyas aspiraciones no pasan de querer modernizar la empresa familiar, aggiornando los procedimientos que juzga anticuados en su oficio.

El reparto está muy bien elegido, moviéndose entre buenos actores, pero no demasiado conocidos, lo que resulta otro gran acierto de la serie. Y también la música está brillantemente seleccionada, desde el tema de apertura, que siempre se repite, a las diferentes canciones que suenan a lo largo de la serie, a veces de manera continuada o asociada a algún personaje en particular.

Los directores que participaron en la realización tenían experiencia previa en la dirección de series o en el cine independiente y muchos de ellos repitieron en diferentes momentos a lo largo de los distintos años por los que se extendió la producción. Constó de 86 episodios de una hora de duración distribuidos en seis temporadas, la última dividida en dos partes. Se realizó entre los años 1999 y 2007.

Los críticos siempre le fueron muy favorables, desde los primeros momentos, llegando a  conceptuarla como la mejor serie de televisión de la historia. Por otra parte la gran difusión internacional alcanzada acentuó su condición de serie mundialmente reconocida.

Los Soprano además allanaría mucho el camino a las series que vinieran después, generando ya cierta adicción a este tipo de productos. Así sucedió con Mad Men estrenada en 2007, como si tomara el relevo, y que se extendería en 7 temporadas de 13 episodios cada una hasta 2014.



Mad Men se estructuraba también como narración de los avatares de un grupo de interesantes secundarios que giran en torno a un personaje principal, en este caso, al misterioso ejecutivo Don Draper. Individuos complejos todos ellos, que no pretenden en ningún caso gustar al espectador, sino reflejar unas vidas creíbles, obviamente marcadas por sus circunstancias y su momento.

Aquí no se habla de crímenes; el mundo de la publicidad es el entorno elegido y los neoyorquinos años sesenta su contexto. Seres aparentemente cortados por un mismo patrón, que trabajan en rascacielos, visten elegantemente, fuman y beben con compulsión y esconden sus miserias y sus prejuicios bajo una estética pulcra y estilosa de lujosa apariencia. Los personajes están bien escritos y los objetos cuidadosamente seleccionados para que todos nos den la clave de una época, la que la serie nos retrata. Y luego están los acontecimientos históricos que se cuelan en la trama de refilón, para ayudarnos a entender el mundo y las conductas de esos individuos a cuyo día a día asistimos. Toda un gama de prejuicios, de los que participan o se defienden como pueden, están ahí, suavemente insinuados o marcados con fuerza: racismo, hipocresía, machismo, represión sexual, mentiras…

Jon Hamm como Don Draper en Mad Men
Los diálogos, brillantes, están tan bien pensados que no resultan nada falsos; son, como en las películas de Hitchcock o de Billy Wilder, agudos, ingeniosos y certeros. Y tan hábilmente expresados también que suenan naturales.

Una serie de excelente factura que deslumbra desde sus maravillosos títulos de crédito, con un grafismo que nos recuerda presentaciones de películas de los años cincuenta (Anatomía de un asesinato -Anatomy of a murder-, 1959, de Preminger o cualquier Hitchcock, por ejemplo). Y a partir de ahí, llena de hallazgos y aciertos que la convierten en otra de las mejores series producidas hasta hoy.

Claro que luego se siguieron haciendo muchas soberbias que están en la mente de todos.

viernes, 1 de marzo de 2019

Fariña


Me gustan las series españolas. No todas, claro; algunas son aburridas, están mal documentadas o ambientadas; tal vez hechas con descuido, prisas o escasez de medios, pero cuando salen bien son redondas. Y ello vale para todas, desde aquellas de los primeros años (Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, La huella del crimen, Juncal, La regenta…) a las realizadas ayer mismo. Este es el caso de Fariña que rebosa veracidad desde la primera imagen.

Javier Rey presentando la serie Fariña, 2018
Fariña lo tiene todo: es interesante y está bien contada. Con esto ya está todo dicho, pero se puede matizar. Está basada en la obra homónima de Nacho Carretero sobre un asunto real de narcotráfico sucedido en las costas gallegas en los años ochenta, un asunto del que la prensa nos iba dando noticias regularmente. Algo que comenzó como cosa de poca monta, contrabando de tabaco no a gran escala, y que la incuria, la falta de medios y en fin los mil motivos complejos que la serie nos va mostrando con verdadera maestría acabarán convirtiendo en un problema social de gran alcance. Un problema que degradaría la vida de tantas familias de un rincón de España tan hermoso como la costa gallega, y se llevaría a la tumba a un montón de jóvenes inadvertidos, enganchados estúpida y desdichadamente a la droga. Que la droga, que sigue haciendo estragos, fue extremadamente mortífera para esa generación de jóvenes españoles durante la primera década de la democracia, cuando aún no había ni mucha información, ni suficientes medios estatales para combatirla.

Son años difíciles los primeros ochenta. Y los anteriores también: crisis económica, escasez de trabajo… los pescadores lo tienen duro y alguno de ellos caerá en la tentación de utilizar sus barcas no para pescar sino para un comercio ilegal. En la Costa Brava y en Galicia ha surgido así un negocio turbio que parece fácil: comprar tabaco rubio americano legalmente en Suiza e introducirlo clandestinamente en España. Las autoridades no lo toman demasiado en serio; hacen la vista gorda y desde luego los delincuentes cuentan, entre los guardias, con la complicidad de más de uno. Además, traficar con un producto de consumo habitual parece poco delito y éste del tabaco ya tenía su historial en los sesenta, al menos en Galicia, cuando algunos lo pasaban clandestinamente de Portugal; incluso tipos importantes, cercanos al poder. Y así van prosperando estos “empresarios” con su negocio durante años. Sus actividades son secreto a voces y no parecen tener consecuencias, hasta que en los primeros años ochenta la legislación se endurece. Altadis, la empresa tabaquera nacional, cada vez es más sensible a sus pérdidas económicas por esta causa y además la Comisión Europea ya ha empezado a multar a las tabaqueras americanas por práctica tan abusiva.

Fariña: los capos gallegos
Y así, en 1983, el tráfico de rubio americano comienza a sancionarse en España con penas próximas a las de la introducción del hachís, que, sin embargo, dejaba diez veces más beneficio. Por ello, dar el paso al hachís no les parece una aventura desdeñable a los contrabandistas más jóvenes. El salto a la coca colombiana, sería lo siguiente. De forma que, con la nueva generación y casi insensiblemente, se cambia de manera radical el  modelo de negocio: de contrabandista de tabaco a narcotraficante.

Fariña: el recambio generacional
Habíamos visto antes bastantes películas españolas en torno al narcotráfico. Ya en 1983 Eloy de la Iglesia se adelanta a todos con El pico, donde trata con dramatismo el efecto devastador de las drogas. Y en 1989 Colomo vuelve a abordar el tema en su divertida Bajarse al moro, aunque aquí el comercio de hachís no pasa de puro trapicheo de cuatro infelices mientras el fin buscado por la película es hacer reír y no la malignidad de las drogas ni la denuncia de las mafias organizadas. Desde mediados de los noventa son ya frecuentes las obras que tocan el tema desde el ángulo dramático de los efectos de su consumo y nos dan además a veces estampas de narcos como individuos peligrosos, (Salto al vacío, Calparsoro, 1995; Airbag, Bajo Ulloa, 1997; Todo es silencio, Cuerda, 2012), pero quizá hay que esperar a fechas más cercanas para encontrar una película que haya abordado el tema con una visión más panorámica de lo que supone el comercio ilícito de las drogas. Es lo conseguido en El niño, que Monzón realizó en 2014 partiendo de una historia real donde nos muestra magistralmente las proporciones que el asunto ha alcanzado, logrando una aproximación al tema más esclarecedora.

Fariña: las madres de los destruidos por la droga
Pero esta serie de Fariña aporta algo nuevo a todo esto que el cine nos ha ido mostrando antes y es la respuesta a esa pregunta que muchos se hicieron ¿Y esto cómo ha podido suceder? Fariña asume el trabajo de ponernos ante el problema desde su surgimiento y contarnos su evolución y el paulatino desarrollo de sus efectos en nuestra sociedad. Lentamente vemos crecer el asunto desde el negocio de poca monta hasta el monstruo descomunal en que se ha convertido, capaz de infectarlo todo y amenazar seriamente la salud pública. Y ello poniendo el foco en tan solo uno de sus puntos de entrada, esa ría gallega, para diseccionarlo y acercarlo a nuestros ojos en toda su dramática realidad.

La serie nos cuenta este cambio y lo que sucedió a continuación. Está ambientada en los lugares reales y con actores que se expresan en un español con acento gallego, decisión que será su primer acierto, al menos a escala nacional, donde la hace todavía más creíble. El ritmo; la calidad del guión; la excelencia de los actores; en definitiva, lo bien contada que está para lograr acercarnos a un asunto de todos conocido por la prensa, y motivo de preocupación, pero vivido con la distancia de lo que no parecía tan alarmante… todo se confabula y entrecruza para hacer de esta historia algo que nos engancha, nos hace seguirla con los cinco sentidos y nos obliga a tomar conciencia de la gravedad de lo narrado.

La serie, creada por Ramón Campos, ha sido bien dirigida por Carlos Sedes y Jorge Torregrossa.  Javier Rey, como Sito Miñanco, y, Bajo Ulloa, como el sargento Darío Castro, encabezan un plantel de actores donde todos rivalizan por hacer creíbles a sus personajes. Y desde luego lo consiguen sobradamente. Rodada en los escenarios reales, nos da un perfecto retrato de la Galicia de los ochenta, arropada con música de grupos autóctonos e interpretada por actores gallegos que hacen aún más creíble el sabor local que la serie borda.

Consta de diez episodios, uno por año, que abordan los hechos ocurridos entre 1981 y 1990, abarcando así toda la década de los ochenta. Estrenada entre febrero y mayo de 2018, resultó muy exitosa desde el primer día, tanto de público como de crítica, haciéndose enseguida con un montón de galardones correspondientes a los siguientes premios para 2018: el Ondas a la mejor serie y cuatro Iris que premian las siguientes categorías: mejor ficción, dirección, actor protagonista y guión. No se puede pedir más.

Una serie, en fin, que a nuestro juicio puede competir con lo mejor de la producción mundial.

viernes, 24 de junio de 2011

Las mujeres de Galdós en el cine

La presencia de lo femenino constituye un elemento determinante en la vida de Galdós.  

Noveno hijo de un padre ya en edad avanzada cuando él nace, su niñez transcurre bajo la vigilante mirada de su madre. Y su vida adulta, vida de soltería, fluye también entre las diversas mujeres de la familia que gobiernan su casa y sus numerosísimas aventuras eróticas, de muchas de las cuales tenemos noticia, e incluso de algunas abundante documentación, a pesar del empeño que el autor puso en mantener un clima de discreto callar en torno a su vida privada.

Esta presencia de lo femenino asume de igual modo en su novelística un papel hegemónico. Infinidad de tipos de mujer cargados de vida pueblan su imaginario narrativo, que el cine nos ha acercado en algunas ocasiones, sorprendentemente pocas en relación al potencial argumental que la fertilísima imaginación de Galdós nos ofrece. Mujeres de todo tipo y condición se asoman rebosantes de vida a sus páginas y se graban en la pupila del lector como seres que habitaran un mundo real. Qué serie inacabable de figuras, a centenares se pasean por sus novelas, saltando a veces de una a otra, para que volvamos a encontrarlas, ellas mismas, observadas desde otros ángulos, que no se agotan en una mirada: parecen mujeres de carne y hueso, con vida propia y acusada singularidad como la Benigna de Misericordia, toda bondad y abnegación; la Nela de Marianela, capaz de sublimar su erotismo por vía del sacrificio; la Isidora de La desheredada, tan alocada y tan desdichada; la doña Cándida de El amigo Manso, enredadora y megalómana. O fanáticas como Doña Perfecta, intransigente y soberbia; hermosas como las hermanas Refugio y Amparo, que conoceremos en El doctor Centeno y más a fondo en Tormento... A todas ellas las vemos vivir sus vidas tan dispares con una naturalidad admirable. Y entre todas, ninguna quizá tan lograda como esa Rosalía Pipaón de la Barca, La de Bringas, aparentando siempre un estatus superior al que tiene, envidiosa y consumista, compradora compulsiva y quintaesencia del quiero y no puedo.

Y ¿qué decir de la riqueza de tipos femeninos que surgen por doquier en Fortunata y Jacinta? Sólo con centrarnos en esta novela ya tenemos un buen puñado de mujeres singulares pletóricas de vida: desde la propia Fortunata, amante desdichada;  la apocada Jacinta, mártir resignada del mismo niño bonito que arruina la vida de Fortunata; su suegra, doña Barbarita, madre amorosa y agobiante; la beata Guillermina Pacheco, encendida de caridad y siempre importuna arañando dádivas; doña Casta Moreno, presumida y cotilla, con sus hijas, la romántica Olimpia y la elegante Aurora; Doña Lupe, "la de los pavos", enfangada en negocios turbios o esa Mauricia la dura, recia y brutal... todas ellas conforman algunas de las más atractivas criaturas de esta novela, que figura entre las más importantes del XIX español.

El cine las ha hecho vivir de nuevo en diferentes ocasiones. Si nos fijamos en los personajes de Fortunata y Jacinta en seguida nos vienen a la memoria interpretaciones soberbias como aquella enérgica doña Lupe que compone con sabiduría María Luisa Ponte en la serie que Mario Camus realizara para TVE en 1979. O, en la misma serie, la doña Barbarita de Mari Carrillo; o la pedigüeña beata de Berta Riaza... por citar solo algunos de los muchos perfiles femeninos que pueblan la historia, magistralmente adaptada por un cineasta que acierta con todo: un reparto de primera, cuidadísima ambientación, adecuado ritmo narrativo... Merece especial mención esta serie porque supuso una prometedora iniciativa de TVE en la naciente democracia española, un gran esfuerzo coronado por el éxito que tendría que haber dado lugar a un larguísimo rosario de producciones de calidad, continuando en la línea de esta primera adaptación. Pero, aunque en efecto le siguieron algunas otras producciones notables, no se llegó a explotar suficientemente camino tan fructífero.

Volviendo a Fortunata y Jacinta, no fue ésta la primera vez que se filmaba. Existe una versión anterior, la de Angelino Fons de 1969, que contó con un reparto desigual, desde una Emma Penella, excelente actriz pero algo mayor para encarnar a la protagonista, a Terele Pávez, su hermana en la vida real, y ésta sí acertadísima, dando vida a aquella Mauricia con quien se amigara Fortunata en las Micaelas.

Dos son también las versiones cinematográficas de Doña Perfecta, ambas con el mismo título de la novela, una dirigida por Alejandro Galindo en 1950 y otra por César Fernández Ardavín en 1977. De Marianela conocemos tres, realizadas en los años 1940, 1955 y 1972 respectivamente. La primera y la última, producciones españolas, dirigidas por Benito Perojo la más antigua y por Angelino Fons la más reciente, mientras que la de 1955 es obra del argentino Julio Porter.

Nazarín, Tristana y Tormento son las restantes novelas adaptadas a la pantalla hasta hoy. Nazarín (1958) y Tristana 1970) constituyen dos espléndidas creaciones de Buñuel. En la primera, junto a un soberbio Francisco Rabal, como el angelical Nazarín, Ofelia Guilman nos recrea con talento otro de los estupendos tipos femeninos de Galdós, el de Estefanía Chanfaina, protectora de ese santo varón, mujer de genio violento pero caritativa y servicial.

En la versión de Tristana Catherine Deneuve realiza una inquietante composición, fría y perversa, de esa desgraciada joven, tempranamente seducida por su tutor, a punto después de encontrar la salvación por el amor y definitivamente frustrada por su invalidez; vencida, amargada y obligada a someterse a una realidad que detesta.   

Tormento, dirigida en 1974 por Pedro Olea resultó también una excelente película, bien contada y con certeras interpretaciones entre las que destaca la de Concha Velasco dando vida a una ambiciosa y presumida Rosalía Pipaón, la de Bringas, que aparece aquí en su condición de tía de Amparo, Tormento, cuya historia nos narran novela y película.

Este mundo galdosiano poblados de tipos a los que vemos vivir, sentir y hasta respirar recompone más de un cuarto de siglo de nuestro discurrir. En él palpita la España de "La Gloriosa", de la Primera República, de Alfonso XII y de la Regencia, maravilloso universo en que nada falta ni sobra. Y ello por hablar sólo de su novelística, ignorando el enorme esfuerzo narrativo de nuestra historia decimonónica que suponen sus monumentales Episodios Nacionales e ignorando también su teatro y el resto de su producción literaria. Con razón Galdós ocupa lugar tan preferente en la literatura española. Y el cine desde luego, tiene un filón inagotable en sus obras, un filón algo olvidado hoy, pero al que sin duda volverán otra vez su mirada nuestros cineastas.

viernes, 14 de mayo de 2010

Mario Camus y la literatura


El Festival de Cine de Torrelavega, que se está celebrando ahora en su décimo primera edición,  anuncia, como actividad paralela al Certamen, un curso magistral (los días 17 a 19 de mayo) impartido por Mario Camus sobre el lenguaje de las adaptaciones literarias.


La elección no puede ser más acertada, ya que es de sobra conocida y reconocida su maestría en la adaptación de textos literarios. Un gran número de sus trabajos, tanto para cine como para TV están basados en nuestra literatura, desde Calderón de la Barca (La leyenda del alcalde de Zalamea, –adaptación para televisión en 1972-) a Eduardo Mendoza (La ciudad de los prodigios, 1999), pasando por Pérez Galdós (extraordinaria su recreación de Fortunata y Jacinta para TV en 1980), García Lorca (La casa de Bernarda Alba, 1987), Cela (La Colmena, 1982), Ignacio Aldecoa (Con el viento solano, 1967; Young Sánchez, 1964), Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1987,-serie para TV-) o Miguel Delibes (Los santos inocentes, 1984). 

Cuatro décadas de acercamiento a nuestra literatura, logrando  a veces transmitir todo el perfume de la obra recreada (¡que brillante resultado el de su “colmena” o sus “santos inocentes” que tanto viene conmoviendo desde su estreno!). Y logrando siempre un resultado sólido, una historia bien contada que nos atrapa hasta el final sin dejar en ningún momento de interesarnos. Este  puede ser un buen momento para volver sobre sus creaciones.