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sábado, 11 de mayo de 2019

Perdedores


La figura del perdedor lleva asociada un cierto atractivo romántico que quizá no desprenda tanto ella como el sentimiento de compasión que nos provoca, pero el caso es que siempre nos toca la fibra emocional sea cual sea la condición del sujeto del que se ocupa o el motivo de su mala suerte.

Charles Chaplin en Luces de la ciduad (1931)
Películas sobre perdedores las hay a miles y desde la más tierna infancia del cine. ¿Qué otra cosa pueden ser los héroes de Buster Keaton o de Charlot? Pero el perdedor presenta muchas caras diferentes, opuestas, contradictorias. Ahí está por ejemplo aquel que se ve impelido al fracaso por una adición, ya sea el juego, el alcohol, o cualquier otra. Estos han dado lugar a películas tan estupendas como El jugador (Le joueur, Autant Lara, 1957) sobre la ludopatía, o Días sin huella (The Lost Weekend, Billy Wilder, 1945) y Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962, Blake Edwards) acerca del alcoholismo, por ejemplo.

Jack Lemonn y Lee Remick en Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962)
También el cine social de Ken Loach y el de inadaptados de Aki Kaurismaki están llenos de perdedores. Por no referirnos al cine negro, donde los hay a montones. O a casi todas las películas en torno al boxeo, que a menudo nos retratan este tipo de antihéroes: Más dura será la caída (The Harder They Fall, Mark Robson, 1956), Toro salvaje (Raging Bull, Scorsese, 1980)… Y en fin, tantas y en tantos ámbitos que abordan también con maestría historias de individuos extremadamente frágiles en su indefensión.

Pero poniendo el foco en nuestro cine hay cuatro títulos que figuran seguramente entre los mejores y que especialmente nos conmueven. Ellos abordan un determinado perfil de perdedores, infelices sin culpa ni medios para mejorar su destino. Se trata de los protagonistas de dos películas que Berlanga realizó en los primeros años 60: Plácido y El verdugo; de la versión que, bajo el mismo título, Mario Camus realiza en 1984 de la novela de Delibes Los Santos Inocentes, nombre que lo dice ya todo; y de Solas, ópera prima de Benito Zambrano, estrenada en 1999, sobre dos mujeres desgraciadas y un vecino solitario, otro santo inocente.


Las dos primeras giran en torno a dos pobres diablos a quienes sus entornos sociales condenan sin remisión a una vida de apuros económicos. Plácido se gana la suya como transportista con su humilde vehículo, que aún es más del banco que suyo; su mujer cuida de unos lavabos públicos y tienen además a su cargo otras bocas: el abuelo, el hermano parado, el hijo... Han llegado las Navidades y los poderes locales han organizado una campaña de sensibilización hacia los desfavorecidos que reafirme la buena conciencia entre las gentes acomodadas de la ciudad. “Siente un pobre a su mesa” es más o menos el lema. Pero Plácido no figura entre ellos; él es empresario, tiene su negocio, su motocarro, y ha sido contratado para llevar a esos desheredados de la fortuna a las casas asignadas, donde por una vez comerán caliente y sobradamente. Sólo que la letra está a punto de vencer, y, si no paga antes, el banco se quedará con su vehículo. Y ahí, en medio de esa campaña de bondades oficiales no logrará conmover a ninguno de los que podrían ayudar y sacarle de su infortunio, entretenidos todos en esa falsa demostración de amor al prójimo.

La película es soberbia y como todas las de Berlanga, el personaje es solo uno más en ese mosaico de seres llenos de vida, de egoísmo y mezquindad, de estupidez e indiferencia que pululan en todas direcciones, hablando todos a la vez sin que nadie escuche a nadie ni se pare a ver al que tiene al lado. Personajes mostrados en su cruda realidad pero tratados sin embargo con ternura.


Esa misma sociedad refleja El verdugo, feroz alegato contra la pena de muerte. Su protagonista trabaja en una funeraria. Su mísero sueldo no le da para vivir por su cuenta y está de pupilo con su hermano y los suyos, que se avergüenzan un poco de su profesión, considerada macabra y poco presentable. Ha conocido por su trabajo a un verdugo y siente por ese hombre y por motivos semejantes el mismo rechazo que su cuñada hacia él; lo malo es que se ha enamorado de la hija del verdugo y la única manera de obtener vivienda para poder casarse es solicitar una vacante en el oficio de su futuro suegro. Hasta ahí el planteamiento. El desarrollo de la historia será otra vez esa fascinante mirada, cruel y tierna que Berlanga lanza sobre unas gentes enrocadas en sus egoísmos, insolidarias e indiferentes al dolor ajeno.
Dos películas cargadas de crítica social y narradas con un sentido del humor que lo impregna todo y nos hace más fácil digerir la acerada denuncia que contienen. En ambos casos, unos guiones llenos de talento, elaborados con la participación del genial Azcona, unas interpretaciones magistrales por parte de todos, que Berlanga era un maestro en la elección del reparto y la dirección de actores y, en fin, un ritmo narrativo y una realización perfecta que hace de ellas dos de los mayores logros de nuestro cine.

Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) 

Los santos inocentes es también una grandísima película. En su momento tuvo un éxito sonado y sigue siendo cine que no envejece. Su director, Mario Camus, uno de los grandes de nuestra pantalla, domina la adaptación de obras literarias, cosa que ha hecho a menudo, siempre con fortuna, sin menoscabo de tantas otras de su producción no basadas en la literatura con mayúscula. Aquí se trata de una novela de Miguel Delibes sobre una familia de campesinos, servidores en la finca de un rico hacendado. Paco, Régula, sus tres hijos y su cuñado Azarías, deficiente mental, integran esta familia. La dureza de su vivir cotidiano, sus desgracias, agravadas por la pobreza y la incultura, y la indiferencia de los señores, ciegos a sus necesidades más elementales, tejen en torno a estos desheredados de la fortuna un mundo de desamor que choca con la lealtad de Paco hacia sus amos o la inocencia de Azarías. Una familia de perdedores que, como los santos inocentes, parecen recibir sin merecerlo el castigo del cielo.

Las interpretaciones de los actores, extraordinarias. Rompiendo moldes, Alfredo Landa y Paco Rabal como protagonistas, que recibieron ambos un premio ex aequo. Pero también brillantes, Terele Pávez como Régula, Juan Diego como el señorito, Agustín González como el administrador, Mari Carrillo como la marquesa… en fin todos espléndidos y el resultado, magistral. Fue medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor película del año.

María Galiana y Carlos Álvarez Novoa en Solas (Benito Zambrano, 2000)

También lo había sido Plácido para 1962 y también lo sería Solas para el 2000. Benito Zambrano, su realizador alcanzó con ella además cinco Goyas, dos, a la dirección y el guión, ambos de su absoluta autoría, y los restantes concedidos a los intérpretes de sus tres personajes centrales: María Galiana, Ana Fernández y Carlos Álvarez-Novoa.

El argumento: la vida de dos mujeres, madre e hija, discurriendo en un ambiente de desdicha e infortunio. La madre, maltratada por un marido tirano, malvado y celoso a quien ella corresponde con paciencia y nobleza; la hija, embarazada de un hombre que no la ama y a quien no ama, malviviendo de un mal trabajo, y refugiada en la bebida sin esperar nada del futuro. La presencia de un vecino, solitario, en el declinar de su vida y ansioso de afecto, es el contrapunto al cotidiano transcurrir de estas dos mujeres. La bondad de la madre, firme a pesar de los pesares, irá infundiendo calor y esperanzas en estos seres abandonados a su suerte.

La película constituye un drama sobrio y duro sobre la soledad y la pobreza, que cautivó en su día por la verdad que la historia consigue transmitir y las emociones que despierta en el espectador; verdad y emoción a las que no son ajenas, claro, los intérpretes, soberbios también, como siempre que una película logra remover nuestros sentimientos más íntimos.

viernes, 24 de junio de 2011

Las mujeres de Galdós en el cine

La presencia de lo femenino constituye un elemento determinante en la vida de Galdós.  

Noveno hijo de un padre ya en edad avanzada cuando él nace, su niñez transcurre bajo la vigilante mirada de su madre. Y su vida adulta, vida de soltería, fluye también entre las diversas mujeres de la familia que gobiernan su casa y sus numerosísimas aventuras eróticas, de muchas de las cuales tenemos noticia, e incluso de algunas abundante documentación, a pesar del empeño que el autor puso en mantener un clima de discreto callar en torno a su vida privada.

Esta presencia de lo femenino asume de igual modo en su novelística un papel hegemónico. Infinidad de tipos de mujer cargados de vida pueblan su imaginario narrativo, que el cine nos ha acercado en algunas ocasiones, sorprendentemente pocas en relación al potencial argumental que la fertilísima imaginación de Galdós nos ofrece. Mujeres de todo tipo y condición se asoman rebosantes de vida a sus páginas y se graban en la pupila del lector como seres que habitaran un mundo real. Qué serie inacabable de figuras, a centenares se pasean por sus novelas, saltando a veces de una a otra, para que volvamos a encontrarlas, ellas mismas, observadas desde otros ángulos, que no se agotan en una mirada: parecen mujeres de carne y hueso, con vida propia y acusada singularidad como la Benigna de Misericordia, toda bondad y abnegación; la Nela de Marianela, capaz de sublimar su erotismo por vía del sacrificio; la Isidora de La desheredada, tan alocada y tan desdichada; la doña Cándida de El amigo Manso, enredadora y megalómana. O fanáticas como Doña Perfecta, intransigente y soberbia; hermosas como las hermanas Refugio y Amparo, que conoceremos en El doctor Centeno y más a fondo en Tormento... A todas ellas las vemos vivir sus vidas tan dispares con una naturalidad admirable. Y entre todas, ninguna quizá tan lograda como esa Rosalía Pipaón de la Barca, La de Bringas, aparentando siempre un estatus superior al que tiene, envidiosa y consumista, compradora compulsiva y quintaesencia del quiero y no puedo.

Y ¿qué decir de la riqueza de tipos femeninos que surgen por doquier en Fortunata y Jacinta? Sólo con centrarnos en esta novela ya tenemos un buen puñado de mujeres singulares pletóricas de vida: desde la propia Fortunata, amante desdichada;  la apocada Jacinta, mártir resignada del mismo niño bonito que arruina la vida de Fortunata; su suegra, doña Barbarita, madre amorosa y agobiante; la beata Guillermina Pacheco, encendida de caridad y siempre importuna arañando dádivas; doña Casta Moreno, presumida y cotilla, con sus hijas, la romántica Olimpia y la elegante Aurora; Doña Lupe, "la de los pavos", enfangada en negocios turbios o esa Mauricia la dura, recia y brutal... todas ellas conforman algunas de las más atractivas criaturas de esta novela, que figura entre las más importantes del XIX español.

El cine las ha hecho vivir de nuevo en diferentes ocasiones. Si nos fijamos en los personajes de Fortunata y Jacinta en seguida nos vienen a la memoria interpretaciones soberbias como aquella enérgica doña Lupe que compone con sabiduría María Luisa Ponte en la serie que Mario Camus realizara para TVE en 1979. O, en la misma serie, la doña Barbarita de Mari Carrillo; o la pedigüeña beata de Berta Riaza... por citar solo algunos de los muchos perfiles femeninos que pueblan la historia, magistralmente adaptada por un cineasta que acierta con todo: un reparto de primera, cuidadísima ambientación, adecuado ritmo narrativo... Merece especial mención esta serie porque supuso una prometedora iniciativa de TVE en la naciente democracia española, un gran esfuerzo coronado por el éxito que tendría que haber dado lugar a un larguísimo rosario de producciones de calidad, continuando en la línea de esta primera adaptación. Pero, aunque en efecto le siguieron algunas otras producciones notables, no se llegó a explotar suficientemente camino tan fructífero.

Volviendo a Fortunata y Jacinta, no fue ésta la primera vez que se filmaba. Existe una versión anterior, la de Angelino Fons de 1969, que contó con un reparto desigual, desde una Emma Penella, excelente actriz pero algo mayor para encarnar a la protagonista, a Terele Pávez, su hermana en la vida real, y ésta sí acertadísima, dando vida a aquella Mauricia con quien se amigara Fortunata en las Micaelas.

Dos son también las versiones cinematográficas de Doña Perfecta, ambas con el mismo título de la novela, una dirigida por Alejandro Galindo en 1950 y otra por César Fernández Ardavín en 1977. De Marianela conocemos tres, realizadas en los años 1940, 1955 y 1972 respectivamente. La primera y la última, producciones españolas, dirigidas por Benito Perojo la más antigua y por Angelino Fons la más reciente, mientras que la de 1955 es obra del argentino Julio Porter.

Nazarín, Tristana y Tormento son las restantes novelas adaptadas a la pantalla hasta hoy. Nazarín (1958) y Tristana 1970) constituyen dos espléndidas creaciones de Buñuel. En la primera, junto a un soberbio Francisco Rabal, como el angelical Nazarín, Ofelia Guilman nos recrea con talento otro de los estupendos tipos femeninos de Galdós, el de Estefanía Chanfaina, protectora de ese santo varón, mujer de genio violento pero caritativa y servicial.

En la versión de Tristana Catherine Deneuve realiza una inquietante composición, fría y perversa, de esa desgraciada joven, tempranamente seducida por su tutor, a punto después de encontrar la salvación por el amor y definitivamente frustrada por su invalidez; vencida, amargada y obligada a someterse a una realidad que detesta.   

Tormento, dirigida en 1974 por Pedro Olea resultó también una excelente película, bien contada y con certeras interpretaciones entre las que destaca la de Concha Velasco dando vida a una ambiciosa y presumida Rosalía Pipaón, la de Bringas, que aparece aquí en su condición de tía de Amparo, Tormento, cuya historia nos narran novela y película.

Este mundo galdosiano poblados de tipos a los que vemos vivir, sentir y hasta respirar recompone más de un cuarto de siglo de nuestro discurrir. En él palpita la España de "La Gloriosa", de la Primera República, de Alfonso XII y de la Regencia, maravilloso universo en que nada falta ni sobra. Y ello por hablar sólo de su novelística, ignorando el enorme esfuerzo narrativo de nuestra historia decimonónica que suponen sus monumentales Episodios Nacionales e ignorando también su teatro y el resto de su producción literaria. Con razón Galdós ocupa lugar tan preferente en la literatura española. Y el cine desde luego, tiene un filón inagotable en sus obras, un filón algo olvidado hoy, pero al que sin duda volverán otra vez su mirada nuestros cineastas.

viernes, 14 de mayo de 2010

Mario Camus y la literatura


El Festival de Cine de Torrelavega, que se está celebrando ahora en su décimo primera edición,  anuncia, como actividad paralela al Certamen, un curso magistral (los días 17 a 19 de mayo) impartido por Mario Camus sobre el lenguaje de las adaptaciones literarias.


La elección no puede ser más acertada, ya que es de sobra conocida y reconocida su maestría en la adaptación de textos literarios. Un gran número de sus trabajos, tanto para cine como para TV están basados en nuestra literatura, desde Calderón de la Barca (La leyenda del alcalde de Zalamea, –adaptación para televisión en 1972-) a Eduardo Mendoza (La ciudad de los prodigios, 1999), pasando por Pérez Galdós (extraordinaria su recreación de Fortunata y Jacinta para TV en 1980), García Lorca (La casa de Bernarda Alba, 1987), Cela (La Colmena, 1982), Ignacio Aldecoa (Con el viento solano, 1967; Young Sánchez, 1964), Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1987,-serie para TV-) o Miguel Delibes (Los santos inocentes, 1984). 

Cuatro décadas de acercamiento a nuestra literatura, logrando  a veces transmitir todo el perfume de la obra recreada (¡que brillante resultado el de su “colmena” o sus “santos inocentes” que tanto viene conmoviendo desde su estreno!). Y logrando siempre un resultado sólido, una historia bien contada que nos atrapa hasta el final sin dejar en ningún momento de interesarnos. Este  puede ser un buen momento para volver sobre sus creaciones.