viernes, 2 de octubre de 2020

Viajando

Con frecuencia las películas nos narran asuntos que viven los personajes mientras viajan. Cualquier tipo de viaje, pueden ser viajes de trabajo (Green Book, Peter Farrelly, 2018), de placer (Thelma y Louise, Ridley Scott, 1991), misiones bélicas, (El salario del miedo, Clouzot, 1953), o huidas de la justicia, por ejemplo (Un mundo perfecto -A Perfect World, Clint Eastwood, 1993). Por cierto que estos últimos son los más numerosos.


                                          Susan Sarandon y Geena Davies en Thelma y Louise (Scott, 1991)

A veces se desarrollan en un barco (Las tres noches de Eva - The Lady Eve - Preston Sturgess, 1941) y en ocasiones sus héroes viajan en tren (Alarma en el expreso - Lady vanishes, Hitchcock, 1938), o en avión (El héroe solitario - The Spirit of Saint Louis- Billy Wilder1957) aunque lo más habitual para el cine son los viajes por carretera, puede que a pie (Pajaritos y pajarracos - Uccellacci e uccellini, Pasolini, 1966), pero habitualmente sobre ruedas, recurriendo al autostop (El desvío - Detour, Ulmer, 1945) o en vehículos más o menos propios, ya sea un camión, (El salario del miedo - La salaire de la peur- Clouzot, 1953), una moto (Diarios de una motocicleta - The motorcycle diaries, Walter Salles, 2004) y hasta en tractor (Una historia verdadera - The Straight Story, David Lynch, 1999), pero en general viajan en coche. Y son tantas estas aventuras en carretera que se han convertido en un género más con etiqueta propia, las road movies.



La reina de África, Alarma en el expreso, El héroe solitario

Diarios de moticicleta, El diablo sobre ruedas, Te querré siemprePajaritos y pajarracos, Sucedió una noche, Dos en la carretera

Abordan historias divertidas a veces (Sucedió una noche - It Happened One Night, Frank Capra, 1934), dramáticas otras (Las uvas de la ira - The Grapes of Wrath, John Ford, 1940) y en ocasiones hasta angustiosas, como esa persecución de pesadilla que un hombre sufre brutalmente acosado por un camión asesino en El diablo sobre ruedas, (Duel), opera prima de Spielberg con la que nos hizo pasar un mal rato en 2008. Muchas de ellas resultan verdaderos viajes iniciáticos, y, en cualquier caso, todas serán determinantes para sus protagonistas, para quienes el mundo después de vivirlas ya no será igual. O tal vez ya no será.

                                                             Easy Ryder (Hopper, 1969)

Se han hecho siempre estas películas, pero una en particular produjo tal impacto que pareció que el género hubiera comenzado con ella: Easy ryder, (Denis Hopper, 1969). No hay tal, pero eso sí, Easy ryder fue todo un símbolo para una generación, ya que reflejaba una estética y una música que definían los sueños hippies de aquellos años en que se realizó y aunque la estética quedó atrás la música permanece.

Algunos dicen que en ella se encuentran influencias de La escapada (Il sorpasso),  inolvidable película de Dino Risi estrenada en 1963. La escapada comienza en un ferragosto romano - ese día en que la ciudad se queda desierta, sus tiendas cerradas, sus habitantes huidos a las playas…- con el encuentro de dos personajes radicalmente distintos: un joven estudiante, serio y formal que siente que aún no ha vivido y un cuarentón tarambana, juerguista y ocioso, que no soporta la soledad y el aburrimiento. Una vuelta para matar el tiempo, una pequeña escapada de Roma, sólo unas horas de diversión sin más trascendencia es la idea que el segundo propone al primero, quien acepta intrigado y algo temeroso. Jean Louis Trintignant y Vittorio Gassman encarnan estos personajes, timorato y contenido el primero, alocado y arrollador el segundo, dotándolos de tantos matices que el relato se vuelve complejo.

La película compone un estupendo fresco social de la Italia de los sesenta, que superados los traumas de la guerra desborda alegría existencial, pero a la vez es también una comedia ácida, divertida y amarga, como cabe esperar del talento y estilo de Dino Risi. Y es además profunda porque debajo del festivo viaje, subyace una honda reflexión sobre la libertad personal.

El ángulo de comicidad desde el que se enfoca la historia, la fluidez con que discurre, su ritmo agitado y rápido, así como la perfecta y equilibrada alternancia de toques divertidos y dramáticos son todos elementos logrados de esta excelente farsa tragicómica donde la química entre los dos personajes, el hedonista y el pacato, funciona también a la perfección. Y las canciones de aquellos veranos de los sesenta, grabadas en la memoria colectiva, subrayan ese aire de retrato costumbrista que todo desprende.

También una corta escapada, un fin de semana, es el planteamiento inicial de Thelma y Louise, (Ridley Scott, 1991) dos apenas amigas hartas de su aperreada vida cotidiana que pretenden tomarse un pequeño respiro, pero a quienes el azar y el descontrol de sus emociones lleva inesperadamente por otros derroteros. Porque tras años de sentirse despreciadas, ignoradas y humilladas por los hombres parece que en este viaje ha llegado por fin el momento del desquite. Lo malo es que ese desquite precipitará la historia hacia una huida loca y sin futuro.

El desierto, el asfalto, el polvo, todo ese universo hostil que las rodea acentúan la sensación de libertad que despiden las dos mujeres, satisfechas de su estallido emocional. Y el tono grandioso con el que Ridley Scott nos lo contó hace que uno se olvide del lado trágico de la historia para quedarse con ese discurso de las chicas son guerreras que levanta el ánimo. Y sin duda por eso la película se ha convertido en un icono del feminismo.

Algo más largo será el viaje de esa pareja que nos presenta Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), un matrimonio en crisis que vuelve a los lugares donde se conocieron y fueron felices, mientras revisan entre reproches su vida en común, tratando de averiguar si todavía tiene o no futuro.

No muy distintas son las líneas argumentales de Viaggio en Italia, también una pareja viajando y emocionalmente en crisis, aunque la película de Rosellini, (superencumbrada por la crítica) presenta mayor hastío en los personajes y discurre por cauces más dramáticos. La de Donen en cambio se mueve en un exquisito tono de comedia, arropada con música de Henri Mancini y con un desarrollo muy moderno para su época, ajeno a toda exposición lineal de la historia, saltando de una situación a otra con independencia del antes y el después.  Magníficas las dos, son una buena prueba de lo que supone la personalidad del creador en la realización artística.

Otra pareja de enamorados son los protagonistas de Malas tierras (Badlands, Malic, 1973); en este caso un par de desarraigados. Su historia parte de un flechazo entre un veinteañero y una adolescente en los Estados Unidos de los años cincuenta. Él, orgulloso de su parecido con James Dean, no se conforma con ser uno de tantos, sino que ambiciona ser famoso, ¿un criminal famoso, tal vez? Ella es una cría algo inquietante, o al menos eso nos va a parecer enseguida. Un asesinato gratuito e injustificado, él acaba de matar al padre de la chica, les obliga a vivir huyendo. Así, fuera de la sociedad, escondidos en medio de la naturaleza, viven una realidad percibida al principio por los dos como un paraíso. Pero, descubiertos en el bosque, el espejismo de libertad se rompe y conforme avanzan en la huida, se van sucediendo nuevos asesinatos sin sentido. Están perdidos, no se fían de nadie ni sienten apego por nada, no tienen rumbo, fines ni proyectos; él se ha convertido en un animal acorralado que sólo sabe matar, ella está harta de esa vida de fugitivos y presiente cómo se acerca el fin de una absurda espiral que le resulta cada vez más ajena y en la que no quiere seguir estando.

Escena de Malas tierras

Envuelto en un tono poético y salpicado de momentos mágicos, Terrence Malic nos ofrece un asunto basado en hechos reales, duro y amargo, que nos inquieta con su terrible carga de nihilismo y nos fascina con el talento particular con el que sabe emocionarnos. El realizador, un poco al modo de la nouvelle vague, no juzga las conductas de sus personajes, se limita a mostrar esa violencia fría y gratuita tal como se produce en aquellos lugares aparentemente tranquilos y de paisajes hermosos.  Esta fue su opera prima y enseguida se convirtió en película de culto.

La escapada, Thelma y Louise, Dos en la carretera, Viaggio in Italia, Malas tierras, y en fin, todas las mencionadas son historias que suceden por los caminos y cuentan cosas interesantes, diferentes, conmovedoras. Cada una abre una puerta a un mundo propio, sarcástico, divertido, estimulante, inquietante, aterrador. No importa; en cualquier caso, todas de no perderse, porque todas nos enriquecen.

martes, 8 de septiembre de 2020

Los mundos de Agatha Christie

Agatha Christie viene ocupando un lugar más que confortable en el imaginario cultural occidental durante casi los últimos cien años, si consideramos que su primer policíaco se publicó en 1920 y que en esa misma década se había llevado ya una de sus obras al cine, lo que parece confirmar que no tardó en hacerse famosa.



Traducida a más de un centenar de lenguas y con miles de millones de ejemplares vendidos, tal vez la lectura de su obra hoy no alcance el entusiasmo que despertó a mediados del veinte, pero a cambio es mucho más conocida. De hecho, estamos acostumbrados a oír hablar de Agatha Christie como de la escritora más leída mundialmente y sabemos que las adaptaciones al cine de sus relatos son innumerables, así que quizá no sobre un comentario en torno a su figura.

Ciertamente son muy numerosas las películas que nos recrean una y otra vez sus tramas de misterio, pero en general no hay grandes realizaciones del cine que destacar en la marea de versiones que sus obras han experimentado. Excepción hecha de la magnífica Testigo de Cargo (Witness for prosecution) con que Billy Wilder nos obsequió en 1957. En aquella ocasión una estupenda puesta en escena, esos diálogos geniales que le son propios al director, y los espléndidos actores que dieron vida al relato, potenciaron la intriga de la trama y nos hicieron disfrutar a fondo.


Excelente también fue la versión que Sidney Lumet hiciera en 1974 de Asesinato en el Orient Express, una novela de la saga de Poirot, llevada asimismo al cine infinidad de veces, pero en este caso de una manera inusualmente brillante, con Albert Finney como el detective belga y un reparto por lo demás glamuroso.

Habría que señalar asimismo Diez Negritos, pero más por el número de sus versiones que por la calidad de las mismas. Entre las más celebradas no obstante, la que René Clair realizara en 1945 y la de Peter Collinson, de 1974, aunque la que ha recibido mejores críticas es la rusa Desyat negrityat realizada por Stanislav Govorukhin en 1987.

En resumen, que aunque muy versionada son pocos los resultados destacables que sus misterios han alcanzado en cine. Y aún así algo tienen las historias de la Christie que producen adición, y mejor o peor contadas siempre estamos dispuestos a volver a verlas. El mundo decadente de sus personajes, el exotismo de sus lugares cuando no son intensamente british, la recreación de la época, generalmente bien conseguida, o el juego de adivinanzas que propone en torno al asesino son todos ellos elementos causantes de la fascinación que destilan sus intrigas. Por separado ninguno es suficiente, pero esa mezcla, ese contener un poco de todo, es quizá el secreto de su atractivo. Y en muchos casos también la brillantez del elenco de actores a los que a menudo se recurre en sus repartos.

Éstas son seguramente las claves de que, aunque en la gran pantalla no haya superado un éxito discreto, en el mundo de las series en cambio su obra esté resultando un verdadero filón. Y es fácil constatar cómo ha reverdecido últimamente el interés por sus tramas de crímenes, como muestran las sucesivas realizaciones en torno a sus ficciones. La casa torcida, El misterio de la guía de ferrocarriles, Inocencia trágica… son algunas de las miniseries más recientes con las que la BBC nos deleita, sin olvidar claro series de mayor tirada de años inmediatamente anteriores como Los pequeños asesinatos de Agatha Christie, o las que giran en torno a los mundos de la señorita Marple y el detective Hércules Poirot, los dos personajes más famosos de su novelística, cuyas historias siempre han interesado, a pesar de que tanto Poirot como Marple a veces defraudaran a sus espectadores, sobre todo el primero, con su perfil pomposo y estirado tan difícil de ser representado atinadamente.

Tampoco es fácil acertar con la señorita Marple. Margaret Rutherford la interpretó con éxito en cuatro películas de los años cuarenta, dándonos un perfil de la perspicaz anciana que acentuaba su lado cómico y estrafalario, en realidad ausente de la novela. También Angela Lansbury un par de décadas después lo haría a gusto del público, y no sólo eso, sino que aquella serie titulada Se ha escrito un crimen (Murder, She Wrote, 1984-1996) que Angela protagonizaba está igualmente inspirada en el personaje de Miss Marple. Pero tal vez la mejor encarnación de esta maestra jubilada, perspicaz y curiosa, haya sido la que Geraldine McEwan realizara entre los años 2004-2009 en la conocida serie británica que aun vemos regularmente en nuestras pantallas, ahora con Julia Makenzie encabezando el reparto. 


Dos ámbitos paralelos los de Poirot y Miss Marple entre los que se mueve el mundo de la escritora y que constituyen su universo vital. Poirot, el prestigioso detective belga lo hará preferentemente en lugares exóticos o con encumbrados personajes, porque su entorno es el cosmopolitismo orgulloso del Imperio Británico; Marple, en cambio, lo hace en los ambientes provincianos del Reino Unido, entre gentes de vida aburrida y convencional, habitadas sólo por chismes, rencores y menudencias, entre las cuales esta anciana observadora y metomentodo, cuando el crimen salte y les salpique, florecerá despejando enigmas. Y ambos se prestan maravillosamente a estupendas recreaciones, aunque quizá hoy día interesen más las historias que transcurren en paisajes y ambientes británicos que las cargadas de exotismo. 

No son tampoco, aunque sí las más frecuentes, las únicas figuras a las que Agatha vuelve una y otra vez en diferentes novelas; ahí están además la pareja Beresford (Tommy y Tuppence), el coronel Race, Quin, Olivier… figuras cuyas aventuras tampoco descarta el mundo de las series. Y en general cualquiera de sus obras despierta de nuevo el interés de los realizadores. Y es que éste quizá resulte un formato más adecuado a sus intrigas o simplemente suceda que su novelística vuelve a interesar.

Y también su figura. Hay un momento enigmático en su vida personal que el cine tampoco quiso dejar pasar. Nos referimos a Agatha, película realizada por Michael Apted en 1978, con Vanessa Redgrave dando vida a la protagonista, la propia Agatha Christie, en un episodio de su biografía algo inexplicable y oscuro, aquel en que se vio envuelta cuando en 1926, dejara durante varios días de dar señales de vida. La película nos contaba su escapada y su reaparición, bajo el nombre de su rival, en un balneario, cuando un periodista americano la reconociera y publicara su hallazgo. Dustin Hoffman interpretaba al periodista.


El episodio sucedió en 1926 y respondía a un momento de crisis matrimonial. Su marido, enamorado de otra,  le acababa de pedir el divorcio y ella esa misma noche desaparecía dejando su coche junto a un lago. Su desaparición conmocionó a su entorno más intimo, pero, como corresponde a un personaje famoso, el hecho, claro, llegó también a la prensa internacional. Sus familiares intentaron que el asunto no trascendiera, pero reacción de tintes tan novelescos en una escritora de misterio no podía apagarse sin más. La película lo demuestra, aunque el asunto en cualquier caso no llegó a alcanzar gravedad ni revestir consecuencias serias. Agatha Christie volvería a casarse esta vez con un arqueólogo al que acompañó en sus viajes y en sus novelas nos dejó buena constancia de ello, como bien saben los aficionados a las historias de Poirot.

Y de nuevo hoy este asunto vuelve a ser objeto de atención ya que existe un proyecto de telefilme para contarlo otra vez, así que vida y obra de Christie parecen estar experimentando un nuevo renacer.








sábado, 29 de agosto de 2020

A lágrima viva: Iris y Tal como éramos

No hay nada que guste tanto como que alguien con su ingenio haga saltar la risa, pero tampoco hay nada más difícil, que si se pasa o no llega la cosa ya no tiene gracia. Es más fácil conmover hasta las lágrimas con un buen dramón. Y eso es algo que también gusta, siempre que sean tristezas de otros y no propias las que originen el llanto. Por eso una buena historia que toque la fibra sensible y remueva los más profundos sentimientos será un éxito seguro.

Tiempo de amar, tiempo de morir (A Time to Love and a Time to Die, Douglas SIrk, 1958)

Los muy sentidos llorarán a moco tendido y los algo más duros lucharán para que las lágrimas no lleguen a resbalar por las mejillas, pero en ambos casos todos saldrán aliviados después de haber sufrido un buen rato con penas ajenas, orgullosos de la capacidad de empatía demostrada y felices de saberse ajenos a ese drama que se acaba de vivir de refilón.
 
Alemania año cero (Germania, anno cero, Rosellini,1948)
Por eso hay tantas historias empeñadas en hacer sufrir al espectador: interesan, entretienen, emocionan y descargan de esa necesidad de experimentar intensa compasión… sin pagar precio por ello. Amores no correspondidos, enfermedades que matan, injusticias del destino…, cualquier desgracia que a un ser humano le pueda sobrevenir es buena para una historia que acongoje. Claro que hay muchos tipos de dramas, tanto colectivos como individuales. Entre los primeros, que más que dramas son verdaderas tragedias, abundan los de catástrofes naturales, (Lo imposible, 2012, Bayona, o, Tsunami, 2005, Oelsner); accidentes tecnológicos (Aeropuerto, 1970, Seaton, o, Titanic, 1997, Cameron), desastres de la guerra (Adios a las armas, Borzage, 1932, o, Tiempo de amar, tiempo de morir 1956, Sirk)… Aunque en estos casos de grandes cataclismos, abrumados por la enormidad del suceso, el individuo en su pequeñez apenas parece contar. A veces se da una mezcla de ambos casos: sufrimientos del individuo singular en esos contextos de daños colectivos. En Europa, el cine de postguerra contó historias desgarradoras producidas en esas situaciones. Lo llamaron neorrealismo y trataba de lo difícil que era salir adelante en aquel mundo en ruinas en que había que sobrevivir a tanta destrucción y tanta ira. Era complicado no conmoverse con esas historias de Rossellini (Alemania, año cero -Germania, anno zero- 1948), De Sica (Ladrón de bicicletas -Ladri di biciclette- 1948) y tantos otros, verdaderas tragedias más que dramas, donde el peso de lo colectivo abrumaba al desamparado ciudadano.

Y en otras ocasiones la desventura se circunscribe a la intimidad del individuo, encajado desde luego en su contexto histórico, pero enfocando prioritariamente su vivir cotidiano, donde el dolor busca algún respiro, cierto confort para el espíritu, entornos más amables, momentos dulces mezclados con la desgracia que nos cuentan… El personaje podrá estar viviendo una experiencia dolorosa, un amor desgraciado, una enfermedad o cualquier otra pena personal, que le hunda en su soledad, pero no tendrá todo en contra, el mundo no estará necesariamente derrumbándose a sus pies: es el melodrama, quizá dentro de este género el subgénero que más títulos ha venido dando y más sigue emocionando.

En el Hollywood de los años dorados vivió momentos muy felices. Lo hizo a manos de directores como Douglas Sirk, quien ostentó durante años el título de incontestable maestro del melodrama. Danés, nacionalizado alemán y huido a Estados Unidos en 1937, realizaría en las siguientes dos décadas un montón de historias que harían llorar a muchas gentes Obsesión (Magnificent Obsesion, 1954), Solo el cielo lo sabe (All that Eaven Allows, 1955), Escrito sobre el viento (Written of the Wind, 1956), Imitación a la vida (Imitation of Life, 1959)… No sería el único en conmover con eficacia; seguía la senda de John Stahl, un ruso tempranamente llegado a Estados Unidos, más de un cuarto de siglo antes, experto también en emocionar al personal con historias parecidas e incluso las mismas, Sublime obsesión (Magnificent Obsesion 1935), Que el cielo la juzgue (Leave Her to Heaven, 1945), Débil es la carne (The Foxes of Harrow, 1947). Y detrás, delante y alrededor, claro, tantos y tantos de todos los lugares y nacionalidades narrando con eficacia historias conmovedoras.

Películas como Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean; Vivir (Ikiru, 1952) de Akira Kurosawa; Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, Elia Kazan, 1961); La linterna roja (Da hong Deng long Gao gao Gua, 1991 Zhang Yimou); Kolya (Jan Sverak, 1996); La buena estrella, (1997, Ricardo Franco); Manchester frente al mar (Manchester by the Sea, Lonergan, 2016), tratan el drama individual en su infinita variedad y desde bien diferentes sensibilidades y culturas, mostrando mundos más o menos lejanos, hasta remotos a veces, y que sin embargo no parecen ajenos, porque es fácil la identificación con los protagonistas en sus desdichas, vivir sus vidas y sufrir con ellos. Se crece hacia dentro con sus historias.

Y precisamente porque son tantas y tan variadas sus temáticas es difícil poner el foco en alguna en particular. O demasiado fácil; basta quizá con pararse en una de tantas que haga surgir las lágrimas. De niños pudo ser Bambi la primera película en despertar esa emoción con el desgarro que el dolor de ese tierno cervatillo en su orfandad transmitía. O Marco, aquel chiquillo desamparado y solo, viajando de Italia a la Argentina en busca de su madre. Pero viniendo más cerca otras muchas pueden llenar de desconsuelo. Infinidad de títulos habría para elegir, algunos más desatados, otros más contenidos pero todos capaces de emocionarnos profundamente. Con frecuencia se trata de relaciones de parejas cuya felicidad se ve truncada por desencuentros o enfermedades.

Un ejemplo del primer caso Tal como éramos (The Way We Were, 1973, Sidney Pollack), nos muestra el enamoramiento entre dos estudiantes. Ambos se atraen, se admiran, se quieren. Inician una estrecha relación cargada de promesas pero enseguida chocan sus diferentes formas de ver la vida hasta obligarlos a romper para seguir sus caminos, tan distantes. Ella, activista política hondamente comprometida con sus ideales; él, en el otro extremo de la balanza, en paz con su medio y por completo ajeno a inquietudes políticas. Al deslumbramiento inicial seguirán los desencuentros, las rupturas, las reconciliaciones hasta que se impone la realidad de que, por muy profundamente enamorados que estén, sus ideologías, radicalmente opuestas, hacen inviable su día a día en común. Aunque nunca dejaran de amarse, su amor es imposible.


Robert Redford y Barbara Streisand nos lo cuentan conmoviéndonos en una película de Sidney Pollack de 1973, un drama romántico muy exitoso en sus días y que ha envejecido muy bien.

Un ejemplo del segundo caso puede ser Iris, película de Richard Eyre de 2001, también muy emotiva, sobre la historia de Iris Murdoch. En ella se cuenta la vida de la famosa escritora irlandesa desde la óptica de su marido, partiendo del momento en que se conocen, también cuando estudiantes, en plena juventud, y hasta sus días de dolor, cuando el mal de Alzheimer le vaya arrebatando cruelmente a la esposa la conciencia de sí misma y hasta el recuerdo de las palabras, esos símbolos que tanto y tan conscientemente significaron en su vida de escritora. Kate Winslet y Hugh Bonneville interpretan con acierto y calor a la pareja en sus momentos juveniles; Jim Broadvent y Judy Dent, dos genios de la escena inglesa, lo harán de mayores con tal sabiduría y sensibilidad que logran transmitir el drama en toda su hondura. Richard Eyre, desde luego, conduce la historia por terrenos sobrios, muy apartados de la blandenguería por donde se deslizan con frecuencia muchos de estos relatos y el resultado es magnífico.


La fuerza de los actores potencia extraordinariamente una historia bien contada por un cineasta, cuyo talento hasta entonces había brillado quizá más en las tablas de los teatros que en el cine y que en esta ocasión logra conmovernos intensamente.

domingo, 16 de agosto de 2020

Más Highsmith: Las dos caras de enero y Carol

Había aparecido en este blog, allá por sus inicios, Patricia Highsmith, y ya entonces se comentó cómo le cambió la vida que Hitchcock, en aquel lejano 1950 en que ella era una veinteañera prácticamente desconocida, eligiera su novela, la primera y recién publicada, como asunto para una de sus geniales películas.

Aquello fue un golpe de suerte que le allanó muchas dificultades, y que, en palabras de la escritora, le permitió seguir escribiendo y viviendo de escribir, aunque también la encasillara en el thriller donde a priori ella no encuadraba aquella novela suya, Extraños en un tren, que “en mi opinión”, decía, “no era una novela de género sino simplemente una novela con una historia interesante”.

Pero sea como fuere, y con una sola excepción, su segunda obra, que luego se abordará, en adelante sus tramas tratarán de asesinatos y se convertirán en una fuente nada desdeñable a tener en cuenta por el cine negro. Y en efecto mirando hacia atrás es fácil constatar que muchos de sus argumentos han sido llevados a la pantalla, tanto grande como pequeña, en sucesivas ocasiones. Y muy especialmente aquellos que integran la saga de Tom Ripley, su personaje favorito, sobre el que volverá una y otra vez, como con ninguno de sus restantes protagonistas hiciera.

Aunque no solo ella siente especial predilección por este personaje, también sus lectores y desde luego el cine han demostrado sentirlo: Alain Delon, Dennis Hopper, Matt Damon, John Malkovich y Barry Pepper le han dado vida en las diferentes versiones que René Clair (A pleno sol, Plein soleil, 1960), Wim Wenders (El amigo americano, Der Amerikanische Freund, 1977), Anthony Minghella (El talento de Mr. Ripley, The Talented Mr. Ripley, 1999), Liliana Cavani (El juego de Ripley, Ripley's Game, 2002), y Roger Spottiswoods (Mr. Ripley, el regreso, Rypley Under Ground, 2005) nos han venido ofreciendo a lo largo del tiempo acerca de sus fechorías. Y quedan todavía un par de títulos de esta serie por adaptar, por si alguien se ve tentado en volver sobre el personaje y quiere hacerlo con asuntos nuevos.


Matt Damon en El talento de Mr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, Minghella 1999) 

Y es que Ripley, ese tipo complejo, frío, amoral, impenetrable, oscuro y ambiguo; ese individuo hermético y escurridizo, siempre ocultando su verdadero ser, sus inclinaciones y sus afectos, si acaso los tiene, emana un atractivo al parecer irresistible. Sin duda para su creadora, que volvía intermitentemente a narrar nuevas maldades de este psicópata, pero también para sus lectores, y además para aquellos cineastas que, como los citados, insisten en contarnos una y otra vez sus andanzas, contagiados de la fascinación que parece emanar del personaje. El Ripley del francés René Clair, espléndidamente recreado por Alain Delon, fue tan solo el primero en abrir brecha a ese rosario de excelentes reencarnaciones que vendrían después.

Pero es que el cine francés en particular ha sido siempre especialmente receptivo a la novelística de Patricia Highsmith, como lo prueban además de esta película de René Clair las que Claude Autant-Lara, Claude Miller, Jean Pierre Melville o Claude Chabrol realizaran en distintas ocasiones sobre otras novelas de la autora como El cuchillo, Ese dulce mal, Mar de fondo… en la segunda mitad del siglo XX. No está mal para incursionarse en una cinematografía donde tenía que competir en ese género con novelistas de la talla del belga Georges Simenon, tan querido y versionado también por los realizadores franceses.

En lo que va del presente siglo, el cine ha seguido interesándose en sus obras ofreciéndonos nuevas adaptaciones de algunas de sus novelas más conocidas. Además de las ya señaladas que volvieron sobre los pasos de Ripley, la de Liliana Cavani en 2002 y Spottiswoods en 2005, Jamie Thraves vuelve sobre El grito de la lechuza con una adaptación de 2009 que no consigue sin embargo superar a la anterior versión, la de Claude Chabrol de 1987. En 2014 Amini nos ofrece también nueva adaptación de Las dos caras de enero y en 2015 se estrena otra más, la única de sus novelas que no trata de crímenes: Carol.

Viggo Mortensen y Kirsten Dunst en Las dos caras de enero  (The Two Faces of January, ,Amini, 2014)

La nueva adaptación de Las dos caras de enero sí supera ampliamente a la versión anterior, la de Wolfgang Storh y Gabriele Zerhau de 1987, y va a resultar una interesante película. Hossein Amini la realiza en 2014 bajo el mismo título de la novela, título alusivo a Jano, el dios de las dos caras que da nombre al mes de enero.

Y dos caras también muestran los personajes protagonistas, fatalmente enredados en la mentira para ocultar lo más oscuro de su conducta y de su miseria moral. Como siempre el mundo perturbador de Patricia Higshmith es el sustrato de una historia donde los personajes aparentemente normales tratan de esconder su oscuro secreto como medio de escapar al castigo, pero que, cada vez más enredados en sus mentiras, no podrán evitar que, contra sus deseos, éste acabe aflorando y señalándoles en toda su indignidad.

Cuenta esta película con algunos grandes aciertos: el reparto, estupendo ese trío formado por el matrimonio Mcfarland (Viggo Mortensen y Kirsten Duns) y su ocasional guía (Oscar Isaac); la utilización del paisaje, ese escenario griego tan importante en el relato que parece alcanzar la fuerza de un personaje más; la espléndida música del español Alberto Iglesias, compositor brillante, habitual en nuestro cine y con una trayectoria internacional también muy sólida.

Y en 2015 se estrena en cine la versión de otra de sus publicaciones, añadiendo la particularidad de no haberse llevado antes a la pantalla. Y por primera vez además ésta no habla de crímenes. Se trata de Carol, adaptación de la segunda novela de la escritora. La escribiría en 1948 con 27 años y la publicaría en 1952 bajo el seudónimo de Claire Morgan y con título diferente al de su reedición décadas después. El precio de la sal, que fue su primera denominación, nada tiene de novela policíaca. En ella, a partir de una experiencia propia, la novelista cuenta el encuentro y enamoramiento de dos mujeres, tema arriesgado cuando la compuso y editó por primera vez. Tres décadas después, cuando ya Patricia Highsmith juzgara oportuna su reedición con su propio nombre, lo hará así y bajo un nuevo título, Carol, el mismo que llevará su versión cinematográfica.

Cate Blanchett en Carol (Haynes, 2015)

Ésta, adaptación dirigida por Todd Haynes en 2015, rompe en efecto la línea habitual de las historias de Patricia Highsmith, a las que el cine tenía acostumbrados a los espectadores, para ofrecer una historia de amor narrada con naturalidad, elegancia y contenida sensualidad. Situada en el Nueva York de los años cincuenta hace una denuncia delicada, sin caer en lo melodramático, de las trabas sociales que entonces dificultaban la relación entre dos mujeres, componiendo una trama que huye de sensacionalismos y de intenciones panfletarias. Un guión exquisito, unos diálogos inteligentes, desarrollados en medio de silencios que potencian su efecto, nos van conquistando poco a poco hasta que nos dejamos cautivar por el relato.

Película armoniosa, perfectamente ambientada, desarrollada con un ritmo apropiado y contando además con dos excelentes actrices como protagonistas, Cate Blanchett y Rooney Mara, que potencian con su buen hacer los excelentes resultados finales.

Crímenes imaginarios, Cadáveres exquisitos, El diario de Edith, La celda de cristal y El temblor de la falsificación son otras tantas obras de la novelística de Patricia Highsmith adaptadas al cine. De momento, que sin duda directores y productores seguirán recurriendo a sus obras en busca de tramas y argumentos para contarnos con imágenes y recrearnos a su particular modo el inquietante mundo de esta estupenda escritora, americana de origen y europea de vocación, que tanto magnetismo logra infundir a sus historias.


sábado, 11 de julio de 2020

Cine histórico: La inglesa y el duque, Doctor Zhivago, El gatopardo


Si por histórico nos referimos al que refleja una época anterior, casi todo el cine lo es porque incluso lo más actual enseguida se vuelve pasado y por lo mismo documento de otra época por muy involuntario que esto sea. A veces definimos así sólo a las películas que narran hechos trascendentes del pasado, pero casi siempre entendemos por históricas a aquellas que nos cuentan cualquier trama ambientada en tiempos que ya fueron, cuando el contexto histórico se hace sentir tanto en el relato que parece determinarlo, como si la peripecia que nos cuenta sólo hubiera podido suceder en ese entorno y de esa manera. Y esta ilusión se siente en muchas ocasiones en la medida en que las circunstancias inciden siempre en los hechos.

Escena de La inglesa y el duque (L'Anglaise et le Duc, 2001, Rohmer) 

Ahí van tres ejemplos de cine histórico: La inglesa y el duque, Doctor Zhivago y El gatopardo.

En 2001 Eric Rohmer realizó una esplendida película muy denostada en Francia por los poderes oficiales y también muy premiada allí por la crítica de vanguardia, sector en el que Rohmer podría decirse que militaba. Nos referimos a La inglesa y el duque, inspirada en Diario de mi vida durante la Revolución francesa, memorias en realidad de la británica Grace Elliott, que relatan las vivencias y sucedidos de esta aristócrata en el París de la época del Terror.

Considerado en su momento políticamente incorrecto, el film fue rechazado en el festival de Cannes, pero también presentado a continuación en el de Venecia con gran éxito de su director, Eric Rohmer, cineasta anticonvencional y combativo, acabaría ganando la partida. La historia nos habla de la Revolución francesa desde la óptica de una dama inglesa de clase alta, amante del príncipe Felipe de Orleans, conocido entonces como Felipe Igualdad por sus simpatías revolucionarias, y aún así decapitado bajo el mandato de Robespierre. Aristócrata como él, también la dama inglesa contemporiza en principio con estos nuevos aires renovadores que acabaron destruyéndolos. En su caso, poco faltó para subir al cadalso, aunque rescatada a tiempo pudo regresar a su país, salvando así la vida.




La película dirige una mirada sobre la historia de Francia muy alejada de la historiografía oficial, que de alguna manera ha sacralizado ese acontecimiento revolucionario desde la óptica de los vencedores, minimizando la violencia, la crueldad, la sinrazón y las contradicciones inherentes a este tipo de procesos. A ningún país le agrada enfrentarse con el lado oscuro de su historia, por eso la visión crítica de Rohmer no gustó en las altas instancias de la vida francesa, acostumbrada a esa interpretación edulcorada de la historia que, ignorando lo tenebroso, glorifica el acontecimiento, y que, asentada cómodamente en la enseñanza escolar, se ha adueñado del imaginario nacional. Visión canónica inesperadamente contestada en esta ocasión por una postura libre de prejuicios y lista para enfocar lo acaecido desde otros ángulos, muy lejanos del de la óptica del vencedor. Postura valiente la de Rohmer, arrostrando que se le tildara de reaccionario y se le acusara de hacer propaganda monárquica. Denuncias ambas de las que desde luego no se salvó.

También técnicamente la película de Rohmer fue innovadora al incorporar métodos informáticos para el tratamiento de la imagen, jugando con fondos que no son ni reales ni producto de un decorado tradicional, sino resultados obtenidos a partir de imágenes de cuadros y grabados, con las técnicas digitales más vanguardistas de su momento, logrando secuencias de gran belleza plástica. Así que esta película es también sin duda pionera en el género de digitalizar con éxito imágenes utilizadas como escenografías, lo que animaría a otros directores a seguir sus pasos.

En conclusión un film tanto valiente en lo ideológico, reivindicando la libre circulación de ideas por mucho que éstas choquen con lo generalmente aceptado, como vanguardista en lo técnico, apostando desde muy pronto por la incorporación de métodos digitales en el cine.

Otra narración que no puede soslayar los acontecimientos históricos que la rodean y condicionan, es la que nos cuenta la película Doctor Zhivago, dirigida con mano maestra por David Lean. Se rodó fundamentalmente en España: Sierra Nevada en Granada, los pinares de Valsaín en Segovia, las llanuras sorianas, la estación de Delicias de Madrid y uno de sus barrios, se convertirían como por arte de magia en estepas nevadas, bosques, ciudades y ferrocarriles rusos. Fue en su momento superpremiada por la crítica, alcanzando cinco óscars y otros tantos globos de oro y aunque no gustó al principio, que su estreno resultó un profundo fracaso, enseguida pasó a convertirse en muy estimada por el público logrando mantener su popularidad durante décadas.

Su argumento, una romántica historia de amor entre Yuri Zhivago y Larisa Antipova, historia que nos contó Boris Pasternak en una novela que le valdría el premio Nobel del año 1957, galardón al que los poderes públicos de su país le obligaron a renunciar y que recogería su hijo treinta años después cuando se levantara la prohibición y la memoria de su padre fuera finalmente rehabilitada en la Unión Soviética. Porque la novela, cargada de elementos autobiográficos, estuvo vetada por largo tiempo en su país, y su publicación en Italia se produjo de manera semiclandestina y en medio de grandes dificultades. Pasternak moriría en 1960 marginado por las autoridades políticas que jamás le perdonaron esta narración, considerada algo absurdamente antisoviética.

En 1965 fue llevada a la pantalla por David Lean, con esa perfección que este cineasta sabía alcanzar en todas sus realizaciones. En la Unión Soviética no se podría estrenar hasta 1994. La trama, la historia de un hombre solitario con el corazón dividido entre dos mujeres y su vida traspasada por los acontecimientos históricos que constantemente le arrebatan su felicidad romántica. Un asunto en definitiva intimista, un drama personal pero que acaece con el telón de fondo de la primera guerra mundial y de la revolución de octubre, con lo cual la narración oscila necesariamente entre los tonos épicos de los acontecimientos sociales y los intimistas del drama subjetivo.

Muchos profesionales de cine españoles colaboraron en esta producción tan esmerada e imaginativa, porque Lean, que ya recientemente había rodado en España numerosas escenas de Lawrence de Arabia volvió a elegir sus parajes y sus gentes para Zhivago. Una puesta en escena magistral, un ritmo impecable en la narración, un original uso del paisaje y de los objetos, impregnados de los sentimientos que inundan a sus personajes y la bellísima banda sonora de Maurice Jarre, con ese inolvidable tema de Lara que se hizo tan popular.


Pero además, su exquisita escenografía, la fotografía, espléndida, y unos actores que bordean la perfección, empezando por Julie Christie, hechizante como Lara, pero el resto del reparto también, excelentes todos y ninguno aún en la cumbre de su celebridad. En resumen, cantidad de elementos que han hecho de esta película un clásico del cine que, superado con creces el medio siglo, seguimos frecuentando con delectación.

También basada en una novela de fuerte éxito editorial y autor prácticamente desconocido El gatopardo es película de Luchino Visconti que asimismo hizo época. Estrenada en Italia en 1963, el argumento gira en torno a la visión que el príncipe de Salina, personaje influyente en Sicilia, tiene acerca de los turbulentos momentos por los que la isla pasa: la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi. Tiempos de disturbios desestabilizadores que anuncian alteraciones radicales de la vida italiana; aires de guerra que vienen a trastocarlo todo y que este personaje, acostumbrado a mandar y ser obedecido, y todavía en el cenit de su poder, afronta con la decidida intención de amoldarse a los cambios para que nada cambie; esto es para seguir en la cumbre, cediendo lo necesario e imprescindible para que los nuevos vientos no le arrastren ni le destronen, consciente de que la antigua aristocracia, la del terrateniente, que él representa, tiene que dar paso a la nueva, la del dinero, que viene a sustituirla, porque solo aliándose con ella evitará ser totalmente barrida de la escena.
   
Drama, romance y guerra se amalgaman también en esta historia bajo la melancólica mirada de Fabrizio Salina, personaje desgarrado entre la añoranza por una era que irremediablemente se va y a la que él pertenece, y el ímpetu arrollador de unos nuevos tiempos imparables e inexorables. Y subrayando el conflicto, la percepción de su propio declinar físico poniendo acentos de drama personal a los acontecimientos históricos. Y la trama avanza en dos ámbitos paralelos: lo que a la vista de todos sucede (el cambio de manos del poder de la aristocracia a la burguesía), desdramatizado, banalizado y amoldado a los requerimientos del momento, y el mundo interior del protagonista, escindido entre el pasado añorado y el presente ineludible, cargado de incertidumbres y de renuncias  por el paso del tiempo que se lleva su juventud y su poder personal, contestado también por una generación más joven, fresca y con nuevas energías, lista para desplazarle. 

Visconti se rodeó para la ocasión de grandes profesionales en todos los campos: los actores, excelentes, la fotografía de Giuseppe Rotunno, la bellísima banda sonora de Nino Rota, el acertado vestuario de Piero Tosi, la cuidada ambientación del más mínimo detalle, algo a lo que el director nunca renunciaría… en fin, todos estos elementos perfectamente integrados en una historia bien contada, que constituye una de las mejores películas no sólo de Visconti sino seguramente del cine europeo de su época. 

lunes, 15 de junio de 2020

Lobos de mar


Hay un tipo de cine de aventuras que bien merece reflexión aparte, ese que cuenta historias que suceden en los mares, lances de marinos, de cazadores de grandes cachalotes, de piratas y corsarios, y a veces también de orgullosos funcionarios de almirantazgos o incluso de cualquier otro espécimen de lobo de mar.

Gregory Peck y Ann Blyth en El mundo en sus manos (The World in His Arms,Walsh, 1952)

Si hubiera que elegir entre todas ellas no habría mejor opción que El mundo en sus manos (The World in His Arms,1952), relato de las andanzas de uno de estos seres en particular, el valiente cazador de focas conocido como El hombre de Boston, capitan de la goleta La Peregrina de Salem. Se estrenó en 1952, la dirigió Raul Walsh y cuenta las peripecias de este atrevido aventurero, hombre de buena presencia y buen temple, sólido y carismático, querido por su tripulación y admirado por su rival, el portugués, rápido y astuto personaje, siempre envidioso de todo lo que él posee y constantemente hostil y perseguidor de su sombra. Además de sus vicisitudes, la película recrea también su encuentro y enamoramiento de una princesa rusa, hecho que acabará por alterar sus planes iniciales y dará un giro a su vida.

Anthony Quinn y Ann Blyth en
El mundo en sus manos (Walsh, 1952)
La historia, bellísima en sus colores y perfecta en su desarrollo, de ritmo envidiable y diálogos ingeniosos, es una verdadera joya, que se disfruta con ánimo entregado, y se atiende con regocijo creciente al espectáculo de sus aconteceres. Y ese juego de rivalidades entre el leal hombre de Boston, un joven y atractivo Gregory Peck deslumbrante en su papel, y el tramposo portugués, un genial e inspirado Anthony Quinn; sus carreras en la mar, compitiendo por la primacía marinera, y sus luchas en tierra, verdaderas danzas de estupenda coreografía, en ese entrañable y lujoso hotel californiano… todo ello, y su constante buen humor, mantienen el ánimo expectante y el alma tan divertida que te gustaría que nunca terminara tan estupendo relato. Un canto a la libertad y al optimismo con sus pinceladas románticas para que nada le falte a esta cuento lleno de luz y alegría.

Escena de El mundo en sus manos

Aventuras de cazadores de focas como ésta, de pescadores de piezas desmesuradas como El viejo y el mar (The Old Man and the Sea, Sturges, King y Zinnemann, 1958) o de alucinados perseguidores de ballenas como Moby Dick (Huston, 1956) son trasuntos literarios que el cine nos ha recreado con fortuna.

El viejo y el mar, basado en la novela homónima del famoso Premio Nobel Ernest Hemingway, nos cuenta la historia de un anciano pescador en mala racha, que un día verá cambiar su suerte, al picar en su anzuelo un hermoso ejemplar de pez. Con Spencer Tracy en el papel protagonista, la película consiguió el Oscar en 1958.

Escena de Moby Dick

Por su parte Moby Dick, adaptación de la novela del mismo título de Herman Melville, es una estupenda película de John Huston, centrada en recrear en imágenes la obsesión del trastornado capitán Ahab por dar caza a la ballena blanca que años atrás le arrancara una pierna. De nuevo Gregory Peck dando vida brillantemente al alucinado protagonista. Y como complemento de la película, John Huston, en sus memorias, nos revela sabrosas anécdotas de su rodaje en las Navidades de 1954 en la preciosa playa de las Canteras allá en Gran Canaria así como de las tomas reales de caza de cachalotes que se hicieron en aguas de Canarias y Madeira.


Escena de La mujer pirata (Anne of the Indes, Tourneur, 1951)

Y muy cerca de estos lobos de mar quedan los numerosos relatos de piratas, tan de moda en aquellos mismos años cincuenta y de nuevo hoy en el candelero gracias a títulos como los de la saga de estos Piratas del Caribe que vuelven incansables con el cambio de siglo. Ya el cine mudo abordó esta temática (El pirata negro, 1926), pero seguramente fueron los años cincuenta los de apogeo del género con títulos como La mujer pirata (Tourneur, 1951), con una intrépida Jane Peters pilotando sabiamente el Reina de Saba y mandando con firmeza sobre una tripulación de rudos marineros;

El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower Walsh, 1951), donde encontramos otra vez a Gregory Peck cruzando ahora los océanos como capitán de navío de la armada británica; La isla de los corsarios (Against All Flags, Sherman y Sirk, 1952) que nos cuenta los amores entre Errol Flinn, al servicio de su majestad británica, y Maureen O’Hara, aquí llamada Spitfire, única mujer pirata en la comuna de facinerosos donde el audaz corsario se ha infiltrado para cumplir delicada misión; El temible burlón (The Crimson Pirate, 1952), en que Burt Lancaster, encarnando a un peligroso pirata, capturaba un galeón español en aguas del Caribe; Su majestad de los mares del Sur (, 1954), donde de nuevo Burt Lancaster, naúfrago ahora en una isla, se hace allí con su absoluto dominio; Los contrabandistas de MoonFleet, (Fritz Lang, 1955), un canto a la amistad, cuyo protagonista iba a ser Marlon Brando pero acabó siendo Stewart Granger; o el Peter Pan (1953) de la factoría Disney, con su tenaz perseguidor el capitán Garfio, por siempre inolvidable. Pero es que aquel brillante tecnicolor dotaba a las historias de toda la magia del mundo. Y actores como Errol Flynn, Gregory Peck o Burt Lancaster daban vida de manera irreprochable a aquellos aguerridos personajes, mientras que en la dirección estaban cineastas de la talla de Jacques Tourneur, Raoul Walsh, Robert Siodmak o Fritz Lang para contarnos sus arriesgados hechos con todo su talento y buen hacer. Y de los soberbios dibujos animados de Peter Pan sobra todo comentario, que ellos hablan por sí mismos.

                                                                Peter Pan (Luske, Geromini, Jackson, 1954)

A veces, además de la calidad, son sus tramas las que resultan inagotables, como sucede con la estupenda narración de Stevenson, La isla del Tesoro, adaptada una y otra vez (1934, 1950, 1972, 1973, 1990, 1996, 2002, 2012) sin que se agote el deseo de volver a vivirla. Por su parte la saga de Piratas del Caribe, que ha puesto de nuevo en actualidad las películas de este género, está inspirada en la atracción del mismo nombre del Parque Temático de Walt Disney y cuenta hasta ahora con cinco episodios de una serie, de resultados desiguales pero exitosos en general, lo que hace esperar nuevas y emocionantes entregas.

Escena de Rebelión a bordo (L. Milestone y C, Reed, 1962)

Hay quizá otros lobos de mar, integrados esta vez en marinas nacionales, como sucede con el capitán de fragata de la marina británica William Bligh, protagonista de una historia real, que no producto de la ficción, cuando, al mando de la Bounty, sufrió en 1789 la rebelión de su tripulación, que hasta llegó a abandonarle en una lancha en medio del Pacifico con 18 de sus fieles y sin cartas de navegación. Y en esa tesitura fueron, con Bligh al mando, capaces de llegar hasta la isla de Timor a 6700 km. de distancia, proeza que figura con letras de oro en la historia de la Naútica. El cine nos ha contado esta sublevación en cinco diferentes ocasiones: Una primera versión, muda, de Raymond Longford de 1916 y cuatro sonoras, In the Wake of the Bounty (Chauvel, 1933); La tragedia de la Bounty (Franck Lloyd, 1935), con Charles Laugthon y Clark Gable en sus principales papeles;  Rebelión a bordo (L. Milestone y C. Reed, 1962) con Marlon Brando y Trevor Howard y, la última, Motín a Bordo (Donaldson, 1984) con un plantel de actores también de primera fila entre los que destacan Mel Gibson, Anthony Hopkins, Laurence Olivier, Edward Fox, Daniel Day-Lewis y Liam Neeson.



Este dramático acontecimiento, que se adscribe tal vez mejor al cine histórico, figura aquí porque sin duda constituye una estupenda historia de sucedidos en los mares cuyo contenido aventurero nos parece difícilmente discutible y recio también el temple de sus protagonistas.