lunes, 15 de junio de 2020

Lobos de mar


Hay un tipo de cine de aventuras que bien merece reflexión aparte, ese que cuenta historias que suceden en los mares, lances de marinos, de cazadores de grandes cachalotes, de piratas y corsarios, y a veces también de orgullosos funcionarios de almirantazgos o incluso de cualquier otro espécimen de lobo de mar.

Gregory Peck y Ann Blyth en El mundo en sus manos (The World in His Arms,Walsh, 1952)

Si hubiera que elegir entre todas ellas no habría mejor opción que El mundo en sus manos (The World in His Arms,1952), relato de las andanzas de uno de estos seres en particular, el valiente cazador de focas conocido como El hombre de Boston, capitan de la goleta La Peregrina de Salem. Se estrenó en 1952, la dirigió Raul Walsh y cuenta las peripecias de este atrevido aventurero, hombre de buena presencia y buen temple, sólido y carismático, querido por su tripulación y admirado por su rival, el portugués, rápido y astuto personaje, siempre envidioso de todo lo que él posee y constantemente hostil y perseguidor de su sombra. Además de sus vicisitudes, la película recrea también su encuentro y enamoramiento de una princesa rusa, hecho que acabará por alterar sus planes iniciales y dará un giro a su vida.

Anthony Quinn y Ann Blyth en
El mundo en sus manos (Walsh, 1952)
La historia, bellísima en sus colores y perfecta en su desarrollo, de ritmo envidiable y diálogos ingeniosos, es una verdadera joya, que se disfruta con ánimo entregado, y se atiende con regocijo creciente al espectáculo de sus aconteceres. Y ese juego de rivalidades entre el leal hombre de Boston, un joven y atractivo Gregory Peck deslumbrante en su papel, y el tramposo portugués, un genial e inspirado Anthony Quinn; sus carreras en la mar, compitiendo por la primacía marinera, y sus luchas en tierra, verdaderas danzas de estupenda coreografía, en ese entrañable y lujoso hotel californiano… todo ello, y su constante buen humor, mantienen el ánimo expectante y el alma tan divertida que te gustaría que nunca terminara tan estupendo relato. Un canto a la libertad y al optimismo con sus pinceladas románticas para que nada le falte a esta cuento lleno de luz y alegría.

Escena de El mundo en sus manos

Aventuras de cazadores de focas como ésta, de pescadores de piezas desmesuradas como El viejo y el mar (The Old Man and the Sea, Sturges, King y Zinnemann, 1958) o de alucinados perseguidores de ballenas como Moby Dick (Huston, 1956) son trasuntos literarios que el cine nos ha recreado con fortuna.

El viejo y el mar, basado en la novela homónima del famoso Premio Nobel Ernest Hemingway, nos cuenta la historia de un anciano pescador en mala racha, que un día verá cambiar su suerte, al picar en su anzuelo un hermoso ejemplar de pez. Con Spencer Tracy en el papel protagonista, la película consiguió el Oscar en 1958.

Escena de Moby Dick

Por su parte Moby Dick, adaptación de la novela del mismo título de Herman Melville, es una estupenda película de John Huston, centrada en recrear en imágenes la obsesión del trastornado capitán Ahab por dar caza a la ballena blanca que años atrás le arrancara una pierna. De nuevo Gregory Peck dando vida brillantemente al alucinado protagonista. Y como complemento de la película, John Huston, en sus memorias, nos revela sabrosas anécdotas de su rodaje en las Navidades de 1954 en la preciosa playa de las Canteras allá en Gran Canaria así como de las tomas reales de caza de cachalotes que se hicieron en aguas de Canarias y Madeira.


Escena de La mujer pirata (Anne of the Indes, Tourneur, 1951)

Y muy cerca de estos lobos de mar quedan los numerosos relatos de piratas, tan de moda en aquellos mismos años cincuenta y de nuevo hoy en el candelero gracias a títulos como los de la saga de estos Piratas del Caribe que vuelven incansables con el cambio de siglo. Ya el cine mudo abordó esta temática (El pirata negro, 1926), pero seguramente fueron los años cincuenta los de apogeo del género con títulos como La mujer pirata (Tourneur, 1951), con una intrépida Jane Peters pilotando sabiamente el Reina de Saba y mandando con firmeza sobre una tripulación de rudos marineros;

El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower Walsh, 1951), donde encontramos otra vez a Gregory Peck cruzando ahora los océanos como capitán de navío de la armada británica; La isla de los corsarios (Against All Flags, Sherman y Sirk, 1952) que nos cuenta los amores entre Errol Flinn, al servicio de su majestad británica, y Maureen O’Hara, aquí llamada Spitfire, única mujer pirata en la comuna de facinerosos donde el audaz corsario se ha infiltrado para cumplir delicada misión; El temible burlón (The Crimson Pirate, 1952), en que Burt Lancaster, encarnando a un peligroso pirata, capturaba un galeón español en aguas del Caribe; Su majestad de los mares del Sur (, 1954), donde de nuevo Burt Lancaster, naúfrago ahora en una isla, se hace allí con su absoluto dominio; Los contrabandistas de MoonFleet, (Fritz Lang, 1955), un canto a la amistad, cuyo protagonista iba a ser Marlon Brando pero acabó siendo Stewart Granger; o el Peter Pan (1953) de la factoría Disney, con su tenaz perseguidor el capitán Garfio, por siempre inolvidable. Pero es que aquel brillante tecnicolor dotaba a las historias de toda la magia del mundo. Y actores como Errol Flynn, Gregory Peck o Burt Lancaster daban vida de manera irreprochable a aquellos aguerridos personajes, mientras que en la dirección estaban cineastas de la talla de Jacques Tourneur, Raoul Walsh, Robert Siodmak o Fritz Lang para contarnos sus arriesgados hechos con todo su talento y buen hacer. Y de los soberbios dibujos animados de Peter Pan sobra todo comentario, que ellos hablan por sí mismos.

                                                                Peter Pan (Luske, Geromini, Jackson, 1954)

A veces, además de la calidad, son sus tramas las que resultan inagotables, como sucede con la estupenda narración de Stevenson, La isla del Tesoro, adaptada una y otra vez (1934, 1950, 1972, 1973, 1990, 1996, 2002, 2012) sin que se agote el deseo de volver a vivirla. Por su parte la saga de Piratas del Caribe, que ha puesto de nuevo en actualidad las películas de este género, está inspirada en la atracción del mismo nombre del Parque Temático de Walt Disney y cuenta hasta ahora con cinco episodios de una serie, de resultados desiguales pero exitosos en general, lo que hace esperar nuevas y emocionantes entregas.

Escena de Rebelión a bordo (L. Milestone y C, Reed, 1962)

Hay quizá otros lobos de mar, integrados esta vez en marinas nacionales, como sucede con el capitán de fragata de la marina británica William Bligh, protagonista de una historia real, que no producto de la ficción, cuando, al mando de la Bounty, sufrió en 1789 la rebelión de su tripulación, que hasta llegó a abandonarle en una lancha en medio del Pacifico con 18 de sus fieles y sin cartas de navegación. Y en esa tesitura fueron, con Bligh al mando, capaces de llegar hasta la isla de Timor a 6700 km. de distancia, proeza que figura con letras de oro en la historia de la Naútica. El cine nos ha contado esta sublevación en cinco diferentes ocasiones: Una primera versión, muda, de Raymond Longford de 1916 y cuatro sonoras, In the Wake of the Bounty (Chauvel, 1933); La tragedia de la Bounty (Franck Lloyd, 1935), con Charles Laugthon y Clark Gable en sus principales papeles;  Rebelión a bordo (L. Milestone y C. Reed, 1962) con Marlon Brando y Trevor Howard y, la última, Motín a Bordo (Donaldson, 1984) con un plantel de actores también de primera fila entre los que destacan Mel Gibson, Anthony Hopkins, Laurence Olivier, Edward Fox, Daniel Day-Lewis y Liam Neeson.



Este dramático acontecimiento, que se adscribe tal vez mejor al cine histórico, figura aquí porque sin duda constituye una estupenda historia de sucedidos en los mares cuyo contenido aventurero nos parece difícilmente discutible y recio también el temple de sus protagonistas.

domingo, 31 de mayo de 2020

Algunos cineastas húngaros


No es muy conocido entre nosotros el cine húngaro, pero si pensamos en cineastas húngaros entonces en seguida encontramos alguno detrás de películas que hicieron época, como la mítica Casablanca, dirigida por Michael Curtiz (1886-1962) en 1942 o la también mítica Gilda, realizada por Charles Vidor (1900-1959) pocos años después.

Michael Curtiz rodando con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman Casablanca (1942) 

Michael Curtiz (Mano Kaminer) y Charles Vidor (Karoly Vidor) habían nacido en el Budapest del Imperio Austrohúngaro, ambos judíos, ambos combatientes en la primera guerra mundial y ambos en América ya en los veinte del veinte. Curtiz llegó a Hollywood tras largos años de carrera en Budapest y Viena;  Vidor, con la experiencia de unos años de cine mudo como ayudante de Alexander Korda, cineasta húngaro también y que, al igual que ellos, se exiliaría, éste definitivamente en Gran Bretaña.

Curtiz, realizador prolífico y exitoso, aportó solidario parte de sus ingresos al Fondo de Cine Europeo, una asociación profesional de ayuda a refugiados para establecerse en los Estados Unidos. 



Aunque Casablanca fue su película más celebrada tuvo una importante carrera, donde brillaron otros muchos trabajos notables como Robin de los bosques (The Adventures of Robin Hood,1939), La vida privada de Elizabeth y Essex, (The Private Lives of Elizabeth y Essex,1939), Yankee Doodle Dandy (1942) o Mildred Pierce (1945).

Charles Vidor con Rita Hayworth
En cuanto a Vidor, había dado el salto al otro lado del Atlántico también muy tempranamente. 

Tras la primera gran guerra,  Hungría había entrado primero en un caos revolucionario y desembocado después en una monarquía antisemita que forzó al exilio a numerosos judíos. 

Ese fue el caso de Curtis, sería el de Vidor, el de Korda y el de tantos más. 

Charles Vidor da el salto en 1924, trabajando primero en Broadway y en seguida en Hollywood donde realizaría un buen número de películas durante las décadas de los 30, 40 y 50. Gilda sin duda fue la más celebrada.



Murió mientras rodaba Sueño de Amor (Song witouth end, 1960), una romántica biografía del compositor Franz Liszt, con Dick Bogarde como inolvidable protagonista, que terminaría George Cukor.

   Alexander Korda      
Alexander Korda (1893-1956) o Sándor László Kellner, fue el mayor de tres hermanos. Los otros dos: Zoltan (1895-1961) y Vincent (1897-1979) también como él desarrollaron sendas carreras en la dirección de cine y asimismo en el exilio. Alexander había empezado como cineasta al tiempo que estallaba la primera guerra mundial de modo que llevaba ya una amplia trayectoria en el cine mudo cuando, tras ser encarcelado en 1919, recobrara la libertad. Trabajaría a continuación en Viena, Berlín y Paris para instalarse definitivamente en Londres adonde llega como representante de la Paramount y donde realizaría la parte más importante de su doble carrera de productor (Ser o no ser -To be or not to be-, 1942; El tercer hombre –The Third Man- 1949…) y director (Rembrandt, 1936; El ladrón de Bagdad, 1940…).

También a Londres iría a parar otro exiliado húngaro, Emeric Pressburguer (1901-1988), en origen Imre József Pressburger. A Emeric Pressburger, quien había iniciado su trayectoria laboral como periodista y guionista en la UFA de Berlín, es el ascenso de los nazis al poder lo que le obliga como a tantos a marchar. Se traslada a París y después a Londres donde el ya influyente Alexander Korda lo contrata. Con nacionalidad británica desde 1946, sus mejores momentos profesionales los viviría en común con Michael Powell con quien efectuó para el sello The Archers una serie de obras únicas, maravillosamente originales, verdaderas joyas del cine como Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) o Los cuentos de Hoffmann (The tales of Hoffmann,1951).


Ladislao Vadja
Otro esplendido cineasta húngaro impelido al exilio fue Ladislao Vadja, y este se afincó en España, al menos durante la realización de lo más granado de su producción. 

Ladislao Vadja, nacido en Budapest en 1906 y muerto en Barcelona en 1965 se mueve por diferentes países de Europa, como refleja su obra realizada en Gran Bretaña, Hungría, Francia, Italia, España, Portugal, Alemania y Suiza, pero, como ya avanzamos, la mayor parte de su cine y desde luego casi todas sus mejores películas las realizó entre nosotros.

Mi tío Jacinto (Vadja, 1956)


Sus títulos más interesantes, Barrio, basada en una novela del escritor belga Georges Simenon, que en su día, paradójicamente, resultó todo un fracaso de taquilla; y sus exitosas Carne de horca (1953), que constituye un singular enfoque del bandolerismo andaluz abordado como si de un western se tratase; Marcelino pan y vino, (1955), insospechado éxito internacional; y dos películas que nos dan una doble e interesante visión del mundo de los toros: Tarde de toros (1956) y la magnífica  (1956). 



Hay que mencionar además El cebo (Es Geschach am hellichten Tag, 1958), coproducida por la española Producciones Chamartín y filmada en Suiza, adaptación de una novela de Friedrich Dürrenmatt, que firmó también el guion, y que constituye un magnífico thriller sobre un asesino en serie de niños; una historia estupendamente bien contada y que con el paso del tiempo no ha perdido nada de su fuerza.

En cuanto a los que trabajaban en Hungría, las fronteras eran tan impermeables que apenas se tenían noticias, mas que sus escasas apariciones en algún que otro festival. En los años sesenta alcanzó cierta notoriedad en Occidente la obra de Miklos Jancsó, cineasta residente primero en Hungría y un tiempo en Italia, autor de un cine de trasfondo histórico o rural principalmente y cuya temática incidía sobre todo en los abusos del poder y las formas de opresión. Acusado por los críticos de repetirse, en los años ochenta y conforme perdía notoriedad, se fue eclipsando.


Istvan Szabo con Klaus María Brandauer, habitual en sus películas

 Istvan Szabo con Klaus María Brandauer, habitual en sus películas

Precisamente en esa década Hollywood nos puso de nuevo ante la obra de otro brillante cineasta húngaro residente en Hungría. Nos referimos a Istvan Szabo (1938), cuyo Mephisto fue Oscar de Hollywood de 1981 a la mejor película extranjera. Sus títulos inmediatamente posteriores  (Coronel Redl y Hanussen) serían también premiados en Cannes. Y en las décadas siguientes rodaría numerosas películas en coproducción que alcanzarían una mayor difusión y facilidades de visionado en todo Occidente: Cita con Venus (Meeting Venus, 1991); Dulce Emma, querida Bobe (Édes Emma drága Böbe, 1992); El amanecer de un siglo (Sunshine, 1999); Requiem por un imperio (Taking Sides, 2001); Conociendo a Julia (Being Julia, 2004); Parientes (Relatives, 2006); Tras la puerta (The Door, 2012); Final Report (2019).



La excelente obra de Szabo, rica, sugerente e interesante, de alguna manera casi siempre vuelve desde distintos ángulos a reflexionar sobre las propias vivencias de su creador, un europeo testigo de graves cataclismos. Y lo hace, ya sea deteniéndose en momentos trascendentales: la primera guerra mundial (Coronel Redl, Hanussen) y la segunda (Confianza, Mephisto, Taking Sides); desplegando el relato en un friso que abarca la historia de Hungría a lo largo de todo la centuria, como en Sunshine; o abordando diferentes problemáticas de su país natal antes, durante y después de su etapa soviética (25 Fireman’s Street, Dulce Emma querida Bobe, The door…). Enfoques todos que aportan una mirada inteligente y enriquecedora sobre los avatares de Hungría en particular, pero que trascienden ese marco para ayudarnos a entender la Europa del siglo XX. También en sus comedias y restantes obras que no enfrentan decididamente el contexto histórico se filtra asimismo en la trama la influencia de los hechos sociales que en su momento se desarrollan.

Un cine por tanto el de Itsvan Szabo extremadamente interesante como análisis de nuestra historia reciente, y notable además por su profundidad en el tratamiento de los temas y su impecable factura.

Por último, mencionar a Bela Tarr, que ha realizado una obra muy estimada y reconocida en la Europa Occidental sobre todo desde que fue premiado en el festival de Cannes de 2005 como mejor director de cine extranjero. Su obra de madurez que algunos asocian a la de Tarkovski, se ha reflejado en cineastas posteriores como Guy Van Sant, que confiesa la profunda influencia que sobre él ha ejercido Tarr. Un cine difícil de planos muy largos y tramas oscuras no asequible a todos pero que levanta pasiones.  


martes, 12 de mayo de 2020

Las películas de vaqueros


Las películas de vaqueros, que llegaron a alcanzar tanta fortuna y difusión como para formar todo un género e incluso ser copiadas por diferentes cinematografías europeas y asiáticas están fuertemente entrelazadas con el despertar de Hollywood, ese barrio de Los Ángeles que acogió a la industria estadounidense del cine desde su primera infancia y llegaría a proyectarla al mundo de manera tan exitosa.

Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, Porter, 1903)

Para considerarla como película de vaqueros, bastaba en principio con que la historia se desarrollara en el Oeste de los Estados Unidos cuando aún era territorio recién anexionado y por lo mismo inexplorado, que los personajes se vistieran como vaqueros y que se liaran a tiros. Enseguida la cosa se convirtió en un enfrentamiento entre buenos y malos, para ir derivando a la exaltación épica del nacimiento de una nación, el proceso de fundación de los Estados Unidos, donde los buenos son los colonos que van implantando su civilización y los malos los indios, salvajes que hay que exterminar porque son un peligro para la vida de los pacíficos civilizadores. Poco a poco las historias se van haciendo más ricas en contenido y van cargando de matices psicológicos a sus personajes hasta generar un friso de caracteres que trasciende lo local para presentar tramas que podrían trasplantarse a otros diferentes escenarios.





El primer western cinematográfico se debe a Edwin S. Porter que en 1903 realizó Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery), pero su época dorada se extiende entre los años 40 y 60 del siglo veinte. Ford, Hawks, Wellman, Aldrich, Man, Walsh, Ray, Vidor, Zinemann, Stevens y tantos otros nos han dejado ejemplos señeros en este género; algunos cultivándolo con una dedicación casi exclusiva, como John Ford, (La Diligencia, Pasión de los fuertes, Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance,) y otros, como Alfred Zinneman, solo en ocasiones pero ocasiones trascendentales para el género como su legendaria Solo ante el peligro.























El caso es que todos ellos realizaron títulos inolvidables que gozan todavía de la aceptación general: La trilogía de Hawks (Rio rojo, Río bravo, Río lobo); Tambores lejanos (Distant Drums,1951) de Raul Walsh;  Caravana de mujeres (Westward the Women, 1951) de William Wellman; Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray; Duelo al sol (1946) de King Vidor; Raices profundas (Shan, 1953) de George Stevens; Veracruz (1954) de Robert Aldrich; Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958) de William Wyler… figuran entre las decenas de obras espléndidas que hemos visto repetidas veces y siempre acaban enganchando de nuevo.





















Con el cambio de década la producción entra en decadencia, el género deja de estar de moda, el racismo latente e incluso descaradamente manifiesto en tantas de ellas empieza a chocar con la mentalidad del momento, la ingente cantidad de títulos del género comienza también a saturar… en fin, el caso es que Hollywood va descartando el desarrollo de sus tramas en aquellos escenarios y ambientaciones.

Sin embargo, en el sur de Europa ha resurgido el género con extraordinaria vitalidad. Directores de cine italianos como Sergio Leone, en escenarios españoles (parajes en las provincias de Burgos y Huesca, la Sierra de Madrid, y sobre todo el desierto de Tabernas en Almería…) están haciendo westerns muy originales, en los que, gracias a Ennio Morricone, la música se ha convertido en personaje de primera. Se producen a cientos y despectivamente empiezan a ser conocidos como Spaguetti Westerns, pero algunos de ellos son extraordinarios y acaban imponiéndose por su calidad y originalidad, en especial la famosa trilogía del dólar, con Clint Eastwood de protagonista.


Personajes rudos, turbios y engañosos que reaccionan con extremada violencia en tramas que giran siempre en torno al amor, la amistad y la muerte. Individuos solitarios y violentos que encarnan nuevos mitos, antihéroes que desmitifican a los héroes de una pieza del western clásico y que no carecen sin embargo de patrones morales. Historias contadas con poco presupuesto y mucho ingenio, aprovechando en infinidad de ocasiones decorados ya utilizados y generando una estética propia, naturalista y estilizada a la vez. Historias en las que el acompañamiento musical se revela como parte protagonista del film. 

Ya había pasado antes, recordemos la melodía de Solo ante el peligro, por ejemplo, tan evocadora de la película



Pero ahora se siente de manera consciente como absolutamente fundamental y nuclear de la trama y desde el primer acorde se identifica intimamente con el relato. 



Y en fin, el caso es que el espaguetti western, tan despreciado en sus inicios, acaba convirtiéndose en un brillante episodio del cine europeo. La trilogía del dólar de Sergio Leone: Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el malo y el feo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966) son los títulos de culto por excelencia. Pero otros directores como Corbucci, Valeri, Castellari o el español Romero Marchent realizaron otros westerns también interesantes.

La oferta comienza a declinar en la década de los 70 y cuando parece que definitivamente el cine del Oeste está ya muerto y enterrado, cierta nostalgia por aquellas historias le hará renacer, esta vez de nuevo en América. Es lo que se ha denominado el western crepuscular que nos ha ido ofreciendo un rosario de títulos interesantes desde los primeros 70 y a lo largo del último cuarto del siglo veinte. 


      
                           
Títulos como Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970); La puerta del cielo (Heaven’s Gate, Michel Cimino, 1970); La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, Sam Pekimpah, 1970);  Forajidos de leyenda (The Long Riders, Walter Hill, 1980), Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990) y, sobre todo, El jinete pálido (Pale Rider, 1985) y Sin perdón (Unforgiven, 1992), dos incursiones de Clint Eastwood en este género que le revelan como el verdadero modernizador del cine del Oeste.
















Y con respecto al siglo XXI, Apaloosa (2008), de Ed Harris, Django desencadenado (Django unchained, 2012) y Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015), de Quentin Tarantino, así como No es país para viejos (No country for Old Men, 2007) o La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs2018), de los hermanos Coen, son también buena muestra de que el género no se resiste a morir. Eso sí, convenientemente renovado con otros enfoques, que a su vez van respondiendo a nuevas sensibilidades y valores.


sábado, 2 de mayo de 2020

Llorar de risa: Ser o no ser y Con faldas y a lo loco


Impagable la habilidad de hacer reír. Por ahí empezó el cine a conectar con el público, con esos genios del humor que fueron los grandes cómicos del mudo como Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Lloyd o tantos otros algo menos famosos que hacían reír hasta las lágrimas con sus caídas, tartazos, golpes y contragolpes… El cine estaba en su infancia y el espectador funcionaba como un niño.

Harold Lloyd en su escena más famosa

Poco a poco dejaría de bastar con los porrazos, la demanda se volvería más exigente y las tramas más sutiles. Quizá de estos sus comienzos algo primitivos derivará el tópico de considerar menos valiosas las películas de humor respecto de las dramáticas, pero algún día se haría evidente que eso de hacer reír era lo más difícil de todo.

En una panorámica histórica rápida es fácil observar cómo, en el cine hecho en los Estados Unidos, (que, por lo demás antes o después se verá en toda Europa y más allá), a caballo entre el mudo y el hablado, Laurel y Harvey (el Gordo y el Flaco en España) continúan esa tradición de divertir con las torpezas y los actos fallidos, mientras los hermanos Marx inauguran un humor del absurdo extremadamente ingenioso, corrosivo, hilarante y revolucionario que desembocaría en la comedia alocada y la alta comedia (Capra, Sturges, Hawks, Lubitsch…). Después de la contienda, durante la llamada guerra fría, la sociedad se va volviendo más y más puritana, y así, a lo largo de los años cincuenta y primeros sesenta empiezan a proliferar en Hollywood comedias sosas y mojigatas que parece que fueran a arrinconar las estupendas precedentes, pero algunos genios como Billy Wilder salvan el humor de aquellos años y posteriores. Luego vendría Woody Allen a renovar el humor y muchas de sus películas supondrían también un soplo de aire fresco.

En Méjico destaca Mario Moreno, Cantinflas, que debutó en el cine a mediados de los años treinta y experimentó un fuerte impacto en todo el mundo de habla española, sobre todo en las tres décadas siguientes aunque continuaría en activo hasta principios de los ochenta.

En Europa sobresale ampliamente por su vena cómica la comedia italiana de los años sesenta. Peter Sellers en Gran Bretaña, Jacques Tati en Francia, y en el cine español, Berlanga primero y Almodóvar bastante después. Aunque muy afamados tanto Peter Sellers como Jacques Tati, sus respectivos sentidos del humor son muy particulares, por lo que quizá tampoco gocen del general aplauso y, vistas con perspectiva, sus visiones de lo cómico hayan perdido eficacia. Hay además toneladas de películas fácilmente etiquetadas como graciosas sin serlo, que es demasiado difícil hacer reír. Y lo peor de todo, que cuando no se logra la chispa se cae en el efecto contrario; por eso hay tantas historias clasificadas convencionalmente como de humor que resultan infumables, toscas, groseras, empalagosas... aplastando con su número verdaderas joyas de la comicidad.

Carol Lombard y Sig Ruman en To be or not to be (Lubitsch, 1942)

Rescatando alguna de estas joyas, qué divertido es recordar Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942) o volver una y otra vez a Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, Billy Wilder, 1959), dos títulos que jamás defraudan.

Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942)

El primero es obra de Ernest Lubitsch, un judío alemán emigrado a los Estados Unidos en 1922. Tenía 30 años y era ya un maestro consumado cuando llegó a su nuevo destino donde desarrollaría un tipo de comedia refinada e irónica, con un estilo personal mezcla de sutileza, ironía, frescura, cinismo y gracia sin igual. Y todo ello había que añadirlo a su enorme talento para sugerir con imágenes lo que de forma explícita no se mostraba. Realizó un buen número de películas con brillantes resultados, y de entre ellas Ser o no ser constituye sin duda su obra cumbre.

La trama gira en torno a una compañía teatral, que, en la Varsovia ocupada por los nazis, urde un plan para evitar que cierta información sobre los grupos de resistencia caiga en manos de los ocupantes. Disfrazándose de militares alemanes, suplantando personalidades y moviéndose en terreno enemigo se va desarrollando el argumento que nos cuentan estos cómicos, una historia de sátira política, heroísmo, celos y, vanidad extremadamente hilarante e ingeniosa.

Realizada en los Estados Unidos en plena guerra mundial, cuando estos acaban de incorporarse a la contienda, la obra no puede abordar una trama más contemporánea, lo que convierte a esta burla del nazismo, cargada de gracia e ingenio, en una película además valiente. Los personajes creíbles, las situaciones divertidas, los diálogos brillantes y la agilidad y desenvoltura en el desarrollo de la acción son tales que suspenden y admiran al espectador. Carole Lombard, su guapa protagonista femenina, casada entonces con el mítico Clark Gable, no llegaría a verla estrenada. Con tan solo 33 años moriría en un accidente de aviación, cuando regresaba de una actividad de apoyo a la guerra para acudir precisamente al estreno de Ser o no ser. Su temprana muerte pondría fin a una carrera muy prometedora.




Con faldas y a lo loco se rodó en un contexto bien diferente. También en Estados Unidos, pero en unos años muy conservadores cuando allí marcaban la tónica las comedias ñoñas y almibaradas de Rock Hudson y Doris Day. Por fortuna quedaban otros realizadores como Vincent Minnelli, Howard Hawks y sobre todo Billy Wilder, su director, que seguían haciendo como siempre unas películas extremadamente divertidas, inteligentes, elegantes y libres, ajenas a la gazmoñería ambiente.

Tony Curtis y Jac Lemond en Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Billy Wilder, también judío centroeuropeo, austríaco en su caso, había emigrado a Estados Unidos en 1934 huyendo de los nazis. Allí comenzó a trabajar como guionista colaborando como tal y en repetidas ocasiones con Ernest Lubitsch. Los argumentos de sus películas, llenos de paradojas, ironías y giros sorprendentes responden desde luego a su ingenio, que con frecuencia se nos antoja cercano al de éste. Él mismo comentaría cuando pasó a la dirección que ante escenas difíciles de resolver siempre se preguntaba cómo lo habría hecho su maestro Lubitsch.

 Escenas de Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Con faldas y a lo loco es otra obra genial, otro tesoro del cine. Un juguete cómico desternillante, parodia del género de gángsters y enredo delicioso, con diálogos sutiles y regocijantes, que se suceden ágiles sin dar tregua al espectador… lo tenía todo esta película para ser una obra redonda. Y lo logró con creces.

                             Escenas de Con faldas y a lo loco  ((Some Like it Hot, Billiy Wilder, 1959)

Su argumento: dos músicos de medio pelo han presenciado involuntariamente, durante la ley seca, una matanza entre mafiosos, la famosa masacre de la noche de San Valentín, verdadero hito en la historia del crimen organizado en EEUU. Sorprendidos por los matones tendrán que escapar de sus garras, lo que les lleva a enrolarse en una orquesta de señoritas, nada raras entonces cuando aún no las había mixtas. Así, disfrazados de chicas, inician su escapada que les enredará en una serie de hilarantes peripecias sin fin.

Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Tony Curtis, Marilyn Monroe y sobre todo Jack Lemmon están esplendidos en esta historia tan bien contada, que engancha al espectador desde su inicio y no le deja un respiro hasta el final. Una película que vuelve a divertir y a atrapar como el primer día a aquel que repite su visionado; cosa nada infrecuente por la gracia inagotable que destila.



Genios del humor irrepetibles a quienes generaciones y generaciones de espectadores seguiremos estando profundamente reconocidos.

domingo, 19 de abril de 2020

El Bond de Fleming y los agentes secretos de John Le Carré


                                                                        "Bond, mi nombre es James Bond"

Cuando Ian Fleming en 1953 creó este personaje, un agente con licencia para matar, seguro que no pudo sospechar que traería tanta cola.





















Apareció ya en su primera novela Casino Royale y continuaría haciéndolo a lo largo de las doce posteriores y de sus dos colecciones de cuentos. Pero además, exitoso desde el principio, el personaje no se agota en su creador, que otros muchos escritores han seguido novelando aventuras de Bond e incluso alguno se ha atrevido a contarnos su primera juventud. Pero ha sido sin duda el cine quien ha acabado de catapultarlo a la fama.



Veintiséis películas se han hecho hasta hoy del Agente 007, y más de ocho actores han encarnado sucesivamente a este singular espía. Por lo demás, su figura ha propiciado ríos de tinta y hasta se le ha dedicado un día: el 5 de octubre. También un asteroide ha sido bautizado con su nombre. ¿Se puede pedir más?...

El personaje nace como uno de tantos productos de la guerra fría. Su creador confiesa haberse inspirado en la inquietante figura de Porfirio Rubirosa, un diplomático dominicano representante del régimen de Trujillo, jugador de polo, piloto de carreras y playboy internacional, mundialmente conocido y celebrado en los escenarios más cosmopolitas durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Fleming crea este su personaje en 1952, también sin duda con componentes de su propia personalidad. Rubirosa, él mismo, y alguno más servirán de modelo para perfilar su apariencia física y sus maneras de hombre cortés, educado y sofisticado. Bond habría venido al mundo en los veinte del veinte, de padre inglés y madre suiza, se habría educado fundamentalmente en Eton y sus aventuras sucederían a mediados de siglo, siendo un treintañero alto, esbelto, atractivo, valiente y seductor. Fumador empedernido y amante de la buena mesa también, aunque en el cine estas dos últimas facetas irán cambiando o atenuándose con el paso del tiempo para adaptarse a lo socialmente correcto en cada momento.

Reencarnaciones en cine del agente 007

En 1954, con autorización de su creador, aparece puntualmente el personaje (interpretado por Barry Nelson) en un capítulo de la serie americana Climax, precisamente el titulado Casino Royale, pero su verdadero lanzamiento en la pantalla comenzará con Sean Connery encarnándolo en una primera entrega de películas de EONS Production, que despuntan con Agente 007 contra el Dr. No, (Dr. No, Terence Young) realizada en 1962 y seguirían hasta La espía que me amó, (The Spy Who Loved Me, Gilbert) de 1977. Roger Moore tomará luego el testigo y, como los actores envejecen pero el personaje no, a éste seguirán toda una saga de nuevos intérpretes de las siguientes generaciones, cogiendo el relevo: Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig y encarnándolo sucesivamente en toda una gradual relación de películas que llegan hasta hoy mismo. Sin tiempo para morir (No Time to Die, 2020) de Jim Jarmusch constituye por el momento la última de este rosario de más de una veintena de títulos, siempre de la misma productora, a los que habría que añadir algún otro ajeno a la casa como Casino Royale (Huston, 1967), donde David Niven parodia con eficacia al mítico personaje.


John Le Carré en su casa de Mallorca en octubre de 2019

Otro referente fundamental para el cine de espías es sin duda el escritor John Le Carré, en activo aún a sus 88 años, quien, aunque últimamente ha modernizado sus temas para adaptarse a la compleja realidad internacional actual, en la mayor parte de las veinticinco novelas publicadas hasta hoy ha desarrollado tramas ambientadas en la guerra fría. También en sus cuentos y relatos cortos. Y siempre, en cualquier caso, nos ha narrado asuntos de espionaje, muchos de ellos llevados al cine y  a la televisión.

El primero, El espía que surgió del frío (The Spy Who Came In from the Cold, Martin Ritt, 1965) perfilaba ya la tónica de su visión realista del tema, desmarcándose de la imagen estándar de malos malísimos y chicas espectaculares a las que las ficciones de James Bond había acostumbrado al público, para enfrentarle con una realidad más cruda, gris, fría y solitaria de la figura del agente secreto.

John Le Carre obliga a sus lectores a poner los pies en la tierra para acercarse a individuos más creíbles que los de Ian Fleming. Espía confeso él mismo como otros dos espléndidos escritores británicos, Somerset Maugam y Graham Greene, cuenta al igual que ellos con un conocimiento de primera mano del mundo que describe.

Cartel anunciador de Llamada para un muerto (The Deadly Affair, Lumet, 1967)

Su siguiente novela adaptada al cine Llamada para un muerto (The Deadly Affair, Lumet, 1967) fue realizada, con el mismo título y resultados brillantes por Sidney Lumet. Con James Mason, Simone Signoret y Maximilliam Schell, soberbios en sus trabajos, el director logra recrear con brillantez en la pantalla esa historia melancólica, desengañada y por momentos trágica de agentes secretos cansados ya de su oficio, que John Le Carré desvelaba en su obra.

El espejo de los espías (The Looking Glass War, Pierson, 1970), La chica del tambor (The Little Drummer Girl, Roy Hill,1984), La casa Rusia (The Russia House, Schepisi, 1990), El sastre de Panamá, (The Tailor of Panama, Boorman, 2001), El jardinero fiel, (The Constant Gardener,  Meirelles, 2005), El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, Alfredson, 2011), El hombre más buscado (A Most Wanted Man, Corbijn, 2014), y Un traidor como los nuestros, (Our Kind of Traitor, White, 2016) son otras tantas películas realizadas hasta hoy a partir de sus novelas. Todas estupendas también. Y en casi todas predomina una mirada desencantada sobre individuos egoístas e insensibles, preocupados solo por sus propios intereses; moviéndose en esa atmósfera de traiciones personales y políticas, de corrupción y de doble moral, y, en fin, sobre toda la complejidad de un oficio con muchas sombras por él lucidamente desmitificado.



https://www.youtube.com/watch?v=TaEE68g-qLU

Recapitulando, el espionaje es actividad tan antigua que se pierde en la noche de los tiempos, pero su reflejo literario, con honrosos precedentes, se sitúa más bien a partir del siglo XIX, con la aparición de las Agencias de Información. Ya señalamos al mencionar a Somerset Maugham y Graham Greene cómo con la segunda guerra mundial empiezan a surgir relatos escritos por antiguos agentes secretos. O, más recientemente podríamos referirnos el norteamericano Charles Cumming.

El caso es que desde mediados del siglo veinte el género, ya sólido con numerosos escritores de relieve cultivándolo, no hace más que extenderse por Europa y América. Nos hemos centrado en uno de sus momentos de esplendor; aquel en que el inicial predominio británico se consolida con estos dos novelistas de difusión internacional, Fleming y Le Carré. Vendrían después escritores tan famosos como Frederick Forsyth y Ken Follet, a mantener esa hegemonía para ceder luego el testigo a novelistas en lengua inglesa del otro lado del Atlántico, como Noel Ben, Trevanian, Donald Hamilton, Robert Littell, Tom Clancy, Norman Mailer… y tantos otros, muchas de cuyas novelas se adaptaron al cine, sobre todo las de Clancy (La caza del octubre rojo, Juego de patriotas, Peligro inminente, Pánico nuclear...), pero también de Mailer (El fantasma de Harlot), Grady (Los 6 días del cóndor), Alan Furst (El oficial polaco)… Al tiempo que fuera del mundo anglosajón van proliferando nuevos títulos a cargo de escritores de primera fila narrando historias de espías en sus diferentes lenguas. Por poner solo un ejemplo, la lengua española, se constata que en ella han abordado el género novelistas de la talla de Javier Marías, Pérez Reverte y una veintena larga de otros estupendos escritores, esto solo en España, también llevados a la pantalla en diferentes ocasiones. Y en esta última década empiezan a publicar novelas de espías además diferentes narradores iberoamericanos. El chileno Roberto Ampuero, el peruano Alejandro Neyra o el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez son algunos de ellos, ampliando el marco de la novela de espías a todo el continente americano.

Pero tal vez lo más interesante sea comprobar más allá de su extensión geográfica y su incorporación a diferentes lenguas, literaturas y cinematografías nacionales, que también, en qué manera un género que había sido lanzado como de puro entretenimiento va evolucionando hacia análisis más profundos y de mayor carga crítica.