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sábado, 2 de mayo de 2020

Llorar de risa: Ser o no ser y Con faldas y a lo loco


Impagable la habilidad de hacer reír. Por ahí empezó el cine a conectar con el público, con esos genios del humor que fueron los grandes cómicos del mudo como Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Lloyd o tantos otros algo menos famosos que hacían reír hasta las lágrimas con sus caídas, tartazos, golpes y contragolpes… El cine estaba en su infancia y el espectador funcionaba como un niño.

Harold Lloyd en su escena más famosa

Poco a poco dejaría de bastar con los porrazos, la demanda se volvería más exigente y las tramas más sutiles. Quizá de estos sus comienzos algo primitivos derivará el tópico de considerar menos valiosas las películas de humor respecto de las dramáticas, pero algún día se haría evidente que eso de hacer reír era lo más difícil de todo.

En una panorámica histórica rápida es fácil observar cómo, en el cine hecho en los Estados Unidos, (que, por lo demás antes o después se verá en toda Europa y más allá), a caballo entre el mudo y el hablado, Laurel y Harvey (el Gordo y el Flaco en España) continúan esa tradición de divertir con las torpezas y los actos fallidos, mientras los hermanos Marx inauguran un humor del absurdo extremadamente ingenioso, corrosivo, hilarante y revolucionario que desembocaría en la comedia alocada y la alta comedia (Capra, Sturges, Hawks, Lubitsch…). Después de la contienda, durante la llamada guerra fría, la sociedad se va volviendo más y más puritana, y así, a lo largo de los años cincuenta y primeros sesenta empiezan a proliferar en Hollywood comedias sosas y mojigatas que parece que fueran a arrinconar las estupendas precedentes, pero algunos genios como Billy Wilder salvan el humor de aquellos años y posteriores. Luego vendría Woody Allen a renovar el humor y muchas de sus películas supondrían también un soplo de aire fresco.

En Méjico destaca Mario Moreno, Cantinflas, que debutó en el cine a mediados de los años treinta y experimentó un fuerte impacto en todo el mundo de habla española, sobre todo en las tres décadas siguientes aunque continuaría en activo hasta principios de los ochenta.

En Europa sobresale ampliamente por su vena cómica la comedia italiana de los años sesenta. Peter Sellers en Gran Bretaña, Jacques Tati en Francia, y en el cine español, Berlanga primero y Almodóvar bastante después. Aunque muy afamados tanto Peter Sellers como Jacques Tati, sus respectivos sentidos del humor son muy particulares, por lo que quizá tampoco gocen del general aplauso y, vistas con perspectiva, sus visiones de lo cómico hayan perdido eficacia. Hay además toneladas de películas fácilmente etiquetadas como graciosas sin serlo, que es demasiado difícil hacer reír. Y lo peor de todo, que cuando no se logra la chispa se cae en el efecto contrario; por eso hay tantas historias clasificadas convencionalmente como de humor que resultan infumables, toscas, groseras, empalagosas... aplastando con su número verdaderas joyas de la comicidad.

Carol Lombard y Sig Ruman en To be or not to be (Lubitsch, 1942)

Rescatando alguna de estas joyas, qué divertido es recordar Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942) o volver una y otra vez a Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, Billy Wilder, 1959), dos títulos que jamás defraudan.

Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942)

El primero es obra de Ernest Lubitsch, un judío alemán emigrado a los Estados Unidos en 1922. Tenía 30 años y era ya un maestro consumado cuando llegó a su nuevo destino donde desarrollaría un tipo de comedia refinada e irónica, con un estilo personal mezcla de sutileza, ironía, frescura, cinismo y gracia sin igual. Y todo ello había que añadirlo a su enorme talento para sugerir con imágenes lo que de forma explícita no se mostraba. Realizó un buen número de películas con brillantes resultados, y de entre ellas Ser o no ser constituye sin duda su obra cumbre.

La trama gira en torno a una compañía teatral, que, en la Varsovia ocupada por los nazis, urde un plan para evitar que cierta información sobre los grupos de resistencia caiga en manos de los ocupantes. Disfrazándose de militares alemanes, suplantando personalidades y moviéndose en terreno enemigo se va desarrollando el argumento que nos cuentan estos cómicos, una historia de sátira política, heroísmo, celos y, vanidad extremadamente hilarante e ingeniosa.

Realizada en los Estados Unidos en plena guerra mundial, cuando estos acaban de incorporarse a la contienda, la obra no puede abordar una trama más contemporánea, lo que convierte a esta burla del nazismo, cargada de gracia e ingenio, en una película además valiente. Los personajes creíbles, las situaciones divertidas, los diálogos brillantes y la agilidad y desenvoltura en el desarrollo de la acción son tales que suspenden y admiran al espectador. Carole Lombard, su guapa protagonista femenina, casada entonces con el mítico Clark Gable, no llegaría a verla estrenada. Con tan solo 33 años moriría en un accidente de aviación, cuando regresaba de una actividad de apoyo a la guerra para acudir precisamente al estreno de Ser o no ser. Su temprana muerte pondría fin a una carrera muy prometedora.




Con faldas y a lo loco se rodó en un contexto bien diferente. También en Estados Unidos, pero en unos años muy conservadores cuando allí marcaban la tónica las comedias ñoñas y almibaradas de Rock Hudson y Doris Day. Por fortuna quedaban otros realizadores como Vincent Minnelli, Howard Hawks y sobre todo Billy Wilder, su director, que seguían haciendo como siempre unas películas extremadamente divertidas, inteligentes, elegantes y libres, ajenas a la gazmoñería ambiente.

Tony Curtis y Jac Lemond en Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Billy Wilder, también judío centroeuropeo, austríaco en su caso, había emigrado a Estados Unidos en 1934 huyendo de los nazis. Allí comenzó a trabajar como guionista colaborando como tal y en repetidas ocasiones con Ernest Lubitsch. Los argumentos de sus películas, llenos de paradojas, ironías y giros sorprendentes responden desde luego a su ingenio, que con frecuencia se nos antoja cercano al de éste. Él mismo comentaría cuando pasó a la dirección que ante escenas difíciles de resolver siempre se preguntaba cómo lo habría hecho su maestro Lubitsch.

 Escenas de Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Con faldas y a lo loco es otra obra genial, otro tesoro del cine. Un juguete cómico desternillante, parodia del género de gángsters y enredo delicioso, con diálogos sutiles y regocijantes, que se suceden ágiles sin dar tregua al espectador… lo tenía todo esta película para ser una obra redonda. Y lo logró con creces.

                             Escenas de Con faldas y a lo loco  ((Some Like it Hot, Billiy Wilder, 1959)

Su argumento: dos músicos de medio pelo han presenciado involuntariamente, durante la ley seca, una matanza entre mafiosos, la famosa masacre de la noche de San Valentín, verdadero hito en la historia del crimen organizado en EEUU. Sorprendidos por los matones tendrán que escapar de sus garras, lo que les lleva a enrolarse en una orquesta de señoritas, nada raras entonces cuando aún no las había mixtas. Así, disfrazados de chicas, inician su escapada que les enredará en una serie de hilarantes peripecias sin fin.

Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco (Some like it hot,  Billy Wilder, 1959)

Tony Curtis, Marilyn Monroe y sobre todo Jack Lemmon están esplendidos en esta historia tan bien contada, que engancha al espectador desde su inicio y no le deja un respiro hasta el final. Una película que vuelve a divertir y a atrapar como el primer día a aquel que repite su visionado; cosa nada infrecuente por la gracia inagotable que destila.



Genios del humor irrepetibles a quienes generaciones y generaciones de espectadores seguiremos estando profundamente reconocidos.

viernes, 14 de junio de 2019

La música en el cine


Siempre ha sido fundamental en el cine la música. Empezando por el cine mudo que se proyectaba incuestionablemente con acompañamiento musical, ya fuera piano, órgano u orquestina. Por otra parte, algunas melodías se han incorporado a muchos programas de cine o no de cine que, aunque no se hayan visto las películas para las que fueran compuestas, las hemos oído tanto que resultan más que familiares.

Bernard Herrmann 
Un ejemplo que no puede fallar es el tema de Tara de Steiner para Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939)




o el tercer movimiento de la Psycho Suite de Bernard Herrmann, 




los famosos cuchillos en la escena de la ducha de Psicosis (Hitchcock, 1960); la melodía que Anton Karas creó para El tercer hombre (The Third Man, Carol Red, 1949); 




Entertainer, ese ragtime compuesto por Scótt Joplin en 1902 que la película El Golpe (The Sting, George Roy Hill, 1973) convirtiera en gran éxito setenta años después. 




En ocasiones son canciones, como la de Joplin, que no habían sido creadas para el cine. Se trata de piezas preexistentes de la música popular seleccionadas por los cineastas para introducirlas en sus historias. En estos casos a veces ellas solas hablan de los gustos musicales del director, como es el caso de Woody Allen, cuyo cine rara vez deja de envolverse en piezas de jazz, preferiblemente del jazz de su infancia y adolescencia. O también de Pedro Almodóvar, con su música de raigambre claramente española, española de España o de Hispanoamérica, claro.

Woody Allen
Y aunque la gran mayoría de las veces se recurre a componer música específicamente para cada película, aun así diferentes géneros y estilos de la música popular y diferentes temas de la música clásica son añadidos a la banda sonora combinando música original y piezas preexistentes.

Recurrir a temas de la música clásica se ha hecho muy a menudo y siempre con excelentes resultados. Recordemos el uso que hace Kubrick del Así Habló Zaratustra de Strauss en 2001: una odisea del espacio (1968), de tal fuerza que volvió a poner de actualidad en el cine a la música clásica cuando ésta empezaba a ser solución casi en desuso. Se había utilizado con frecuencia antes; Buñuel introduce a Händel y a Mozart en diferentes momentos de Viridiana (1960), por ejemplo. Y para los estupendos melodramas Sueño de amor (Song Without End, Vidor, 1960) o No me digas adiós (Aimez vous Brahms?, Anton Livack, 1961) resultaban tan indispensables Liszt y Brahms como Rachmaninov para la romántica Breve encuentro (Brief Encounter, David Lean, 1945) o para la divertida La tentación vive arriba (The Seven Year Itch, Billy Wilder, 1955). Pero en muchas otras sonaban también temas y motivos de Verdi (Una noche en la ópera, Sam Wood, 1935), Vivaldi (La carroza de oro, Renoir, 1953), Brukner (Senso, Visconti, 1954) Bach, (Como en un espejo, Bergman, 1961), Albinoni (El proceso, Orson Wells, 1961) y en fin un interminable número de consagrados compositores. Con todo, el efecto logrado en 2001 es tan impactante que vuelve a parecer casi imperativo contar con la música, que tanta presencia logra con su fuerza emocional en las historias narradas. Y especial protagonismo llegará a alcanzar en algunas películas posteriores, como la música de Mahler en La muerte en Venecia (Visconti, 1971), la de Wagner en Apocalipsis Now (1979), la de Mozart en Cadena Perpetua (Darabont, 1994) o la de Chaikovsky en Cisne Negro (Arnofski, 2010) por citar algunas.

Con todo, lo más habitual es la composición de bandas sonoras expresamente pensadas para cada película en cuestión. Excelentes compositores han dedicado su vida profesional total o parcialmente a crear este tipo de obras que se configuran como parte decisiva en el resultado final. Y no solo es trascendental para la película su banda sonora, sino que muchas de ellas constituyen verdaderas obras de arte. Muy conscientes de ello son los cineastas, que suelen elegir con gran cuidado a sus creadores. Y trabajarán a menudo con los mismos cuando los resultados sean satisfactorios, de manera que vemos con frecuencia estas prolongadas colaboraciones de directores con músicos brillantes. A ellos pertenecen muchas de las melodías que, con independencia de la calidad de las películas para las que fueron compuestas, viven frescas en nuestro imaginario musical, sin llegar a envejecer. Sin duda así sucede con gran número piezas; melodías y canciones de ayer, de hoy y de siempre, ideadas por compositores geniales a lo largo de la historia del cine.

Evoquemos a alguno de ellos. Uno con un fuerte sello personal fue sin duda Nino Rota, autor también de música clásica, pero, sobre todo recordado por su aportación al cine. Gran parte del mejor cine italiano, el de Lattuada, (Anna), Castellani (Due soldi di speranza), Monicelli (La grande guerra), Visconti, (El gatopardo, Rocco e i suoi fratelli…), Lina Westmuller (Film d´amore e anarchia ) o Zeffirelli (Romeo y Julieta) cuenta con sus composiciones. Y sus bandas sonoras acompañan también a películas francesas, René Clement (A pleno sol); suecas, Jan Troell (Hurricane) o estadounidenses, desde King Vidor (Guerra y paz) a Coppola (El padrino).

Nino Rota y Federico Fellini
Sin embargo sobre todo le asociamos con el cine de Federico Fellini. Con él mantuvo una estrecha colaboración que duró más de un cuarto de siglo y casi todas sus obras más celebradas fueron las que creara para sus películas (La strada, La dolce Vita, Amarcord o Roma…). Su grado de compenetración era tan alto que se percibía una íntima conexión entre música e imagen; parecía como que la música traducía totalmente lo que la imagen quería decir, aportando además nuevos coloridos y matices a la escena, sensaciones a veces contrapuestas, emociones coincidentes o contradictorias, pero sugerentes y enriquecedoras siempre. Y sí; los espectadores le asociábamos necesariamente a Fellini, aun a pesar de que alguna de sus melodías más conocidas acompañen a otras cinematografías, como sucede con la música que compuso para El padrino de Coppola, tal vez la que ha alcanzado una mayor difusión mundial.

Nino Rota, en fin, poseía una notable inventiva melódica y su música, delicada y marcadamente romántica, sugiere mundos propios absolutamente originales que nos seducen a todos y nuestra memoria se las apropia para que nos acompañen siempre.

Especialmente oportuno resulta ahora señalar la figura de Ennio Morricone (1928) quien, superados los noventa años de edad, ha comenzado a despedirse del cine con una gira de conciertos iniciada este pasado mes de mayo de 2019 precisamente en Madrid. Ennio Morricone es autor de las bandas sonoras de más de quinientas películas y series de televisión, muchas de ellas, claro está mundialmente famosas.


Ennio Morricone y Sergio Leone
Empezamos a conocerlo por sus espléndidos trabajos en los años sesenta para los spaghetti western de Sergio Leone que en España asociamos tanto a Almería porque allí, en el desierto de Tabernas, se solían rodar esas hermosas panorámicas del Far West que volvieron a poner este género, en aquel momento en franca decadencia, de nuevo de moda. Un cine que también lanzó a la fama a Clint Eastwood hasta entonces medianamente conocido. Las magníficas partituras de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari); La muerte tenía un precio (Per qualque dollaro in più); El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo) o Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West) enseguida destacaron, y muchos de sus preciosos motivos pasaron pronto a formar parte del acerbo común. Pero no se quedaría ahí, que Ennio Morricone, uno de los compositores más versátiles de la historia del cine, ha seguido creando obras brillantes, tanto para su amigo Sergio Leone (Erase una vez en América, Once Upon a Time in America, 1984) como para otros muchos cineastas. Partituras muy diferentes y reconocidas, hasta convertirse en uno de los más influyentes creadores de música de cine. Sirvan la banda sonora de La misión (1986) o la de Cinema Paradiso (1989) como botón de muestra para corroborarlo.

Y entre los compositores inolvidables figuran además muchos otros. Que no falte un recuerdo también para el estadounidense Henri Mancini, (1924-1994), quien, desde que firma su primer trabajo en solitario para Sed de mal (Touch of Evil, Orson Wells, 1958), y a lo largo de toda su carrera después, consiguió regalarnos una serie de temas soberbios, inspirados en el jazz, con los que va perfilando su personalidad musical, en tantas ocasiones puesta de relieve. Muy especialmente pero no solo, en algunas películas de Blake Edwards, (La pantera rosa, Desayuno con diamantes, Días de vino y rosas) y Stanley Donen (Arabesco, Charada, Dos en la carretera), alguno de cuyos números musicales ocuparán lugar de honor en la memoria sentimental de tantos. ¿Alguien desconoce Moon River o los compases del tema central de La pantera rosa?...




Cartel publicitario alusivo al agente 007
También cualquiera puede haber tarareado en algún momento la melodía que sirve de presentación al agente 007, esa música que el británico David Arnold ligara estrechamente a la figura, siempre resucitada y constantemente remozada, de James Bond.

O las archiconocidas y bellísimas canciones que el ruso afincado en USA Dimitri Tiomkin (1894-1979) escribiera para Solo ante el peligro (High noon, Alfred Zinnemann, 1952), El Álamo (John Wayne, 1960) o Los siete magníficos (John Sturges, 1960).

Y menos lejanas en el tiempo tantas otras, como Oh! Pretty Woman canción de Roy Orbison que Marshall utiliza en 1990 como leitmotiv en su película del mismo nombre, Pretty Woman. O I Will Love You, escrita por Dolly Parton y maravillosamente interpretada por Whitney Houston en El guardaespaldas (The Bodyguard, Jackson, 1992). 

Y eso que hemos dejado de lado el cine musical, tan plagado de talentos del género. Y que tampoco hacemos mención a compositores revelados después del cambio de siglo, que están produciendo ya una música insuperable.