sábado, 5 de mayo de 2018

Hellman y Hammett


Lillian Hellman (1905-1984) y Dashiel Hammett (1894-1961) se conocieron en 1930 y desde entonces mantuvieron una accidentada relación amorosa que, con grandes altibajos, duraría hasta la muerte de Hammett en 1961.
Dashiell Hammett y Lillian Hellman



Dashiell Hammett ya era famoso en el momento de su encuentro, Lillian Hellman todavía no. Durante las décadas de los treinta y cuarenta formarían una brillante pareja a caballo entre el Hollywood dorado y los bares de moda de Nueva York. Tenían mucho en común, inquietudes políticas, sociales, literarias; pasarían juntos y distanciados años de luces y sombras.

Hammett había empezado a beber al parecer a consecuencia de vivencias traumáticas en la primera guerra mundial, así que su adicción al alcohol era ya un hecho cuando ambos se encontraron. Otra huella nefasta que la guerra le dejó fue una tuberculosis pulmonar que arrastraría toda su vida. Todo ello es lo que le habría llevado a principios de los años veinte, tras un agravamiento de su enfermedad, a abandonar su anterior trabajo en la agencia de detectives Pinkerton, separarse de su mujer y sus dos hijas, y empezar una vida solitaria, dedicado a escribir historias relacionadas con las experiencias vividas en sus años de trabajo como detective. Esto sucede en 1922, y en 1928 ya es un escritor famoso, así que las mieles del éxito le llegan bastante pronto, y, saboreándolas está cuando ambos coinciden en una fiesta en la que según cuenta Lillian Hellman acabaron, completamente bebidos en un coche comentando la poesía de Thomas Stern Elliot.   

Así que, cuando coinciden por primera vez, Hammett ya había publicado tres exitosas novelas, Cosecha roja (1928), La maldición de los Dain (1929), y El halcón maltés (1930), que le habían situado como el creador del género negro, una nueva forma de enfocar el policíaco desde ángulos más acordes con la sociedad del momento. Y, aparte de La llave de cristal (1931) y El hombre delgado (1934), prácticamente no volvería a publicar nada más de verdadero interés, así que su carrera literaria se estaba extinguiendo cuando despega la de Hellman. 


La calumnia, 1961
Porque Hellman obtiene su primer éxito como dramaturga en 1934 con The children hour, una historia de dos maestras acusadas de lesbianismo por una de sus alumnas, historia que el reputado director William Wellman llevó en dos ocasiones al cine; la primera, algo cambiada por imperativo de la censura, con el título de These Three, (Esos tres), en el año 1937, y de nuevo en 1961, esta vez completamente fiel a la obra de teatro, como The children hour, (La calumnia), con dos espléndidas protagonistas, Audrey Herpburn y Shirley McLaine. 

William Wellman es también quien adapta a la pantalla otro de sus dramas, Little foxes, (La loba, 1939), un gran éxito de Bette Davis, ya en la cima de su carrera. 

Humphrey Bogart como Sam Spade
En cuanto a Hammett, también se había llevado al cine en diferentes ocasiones su novela El halcón maltés.(en 1931, 1939, 1941) La última versión, dirigida por John Houston se convirtió en paradigma del cine negro tal como la novela lo había hecho en la literatura. Y Humphrey Bogart, como Sam Spade, compone ese individuo inventado por Hammett solitario, desengañado e incorruptible bajo su gabardina y su sombrero, con tanto acierto, que crea un nuevo icono del cine mundial.

El alcoholismo de Hammett y su condición de mujeriego incorregible convertiría en tormentosa la relación de la pareja, que alternaba períodos de proximidad con otros de alejamiento de modo intermitente. Les unían en cambio sus ideales políticos. Los dos vivieron con enorme interés la evolución de la guerra en España y se implicaron de algún modo en ella; Lillian Hellman sobre todo, tanto de cerca, viniendo a nuestro país como corresponsal del bando republicano, y colaborando con Hemingway en el guión de The Spanish Earth,  (La tierra Española, Joris Ivens, 1937), como a distancia, apoyando con su amiga Dorothy Parker iniciativas para recaudar fondos a favor de la República  Española.


Lillian Hellamn y Dorothy Parker
La figura de Dorothy Parker (1893-1967), fina escritora de cuentos mordaces, aguda y ocurrente, merece también algún detenimiento. Por cronología  pertenece como Hemingway, Fitzgerald o Dos Passos a esa generación que Gertrud Stein bautizó como generación perdida, sólo que formaba parte de los escritores que, como el propio Hammett, no se fueron a Paris. Ella representa más bien a la joven neoyorkina, moderna, frívola, ingeniosa, elegante y desprejuiciada; que disfruta de la vida bohemia y literaria, frecuentando los garitos durante la ley seca y después, y actuando como alma de las famosas tertulias del Algonquin. Fumadora, bebedora, independiente, feminista, izquierdista y a la par culta y refinada. Amante del lujo y de la vida alegre, pero también políticamente comprometida y defensora de causas nobles. Y además inestable y depresiva. Como a su amiga Lillian Hellman, su izquierdismo le trajo brevemente a España, lo que a la larga le ocasionaría problemas cuando el senador McCarthy empezara a buscar rojos entre sus amigos y, aunque la cosa no llegara a mayores, estuvo como tantos otros en su punto de mira, situación nada tranquilizadora en los Estados Unidos de los años cincuenta, Alan Rudolph le dedicaría una interesante película en 1994, Mrs. Parker and Vicious Circle (La señora Parker y el Círculo Vicioso), - Vicious Circle era el nombre que se daba a las tertulias del hotel Algonquin-.

No muy diferente sería el perfil de Lilian Hellman: asimismo feminista, intelectualmente brillante, y socialmente comprometida. Ya adelantamos cómo en la década de los treinta desarrolla un enorme trabajo intelectual sin abandonar sus compromisos ideológicos. Por su parte Dashiell Hammett desde 1937, en la cumbre de su fama, se distancia de la literatura para dedicarse más intensamente al activismo político, y, en cuanto estalla la segunda guerra insiste en alistarse y sorprendentemente lo consigue, a pesar de su malísima salud y de su avanzada edad para el servicio activo.       

Lillian Hellmann y Dashiel Hammett
De modo que la pareja, muy comprometida en lo político con la realidad de su tiempo y muy neoyorquina en lo social, estaba también en lo laboral muy vinculada a Hollywood, donde se adaptaban sus obras al cine y donde además también participaban ellos como guionistas en obras propias o ajenas. Todo se vendría abajo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas se ocupara de ambos y les hiciera centro de sus dardos: seis meses de cárcel para Hammett en 1951 y el veto como guionista para Hellman en 1952 fueron los resultados.

Afiliados al partido comunista, simpatizantes o simplemente liberales de izquierda, los años de histeria macarthista en los Estados Unidos de la guerra fría, les afectarían tanto a ellos como a otros miles de profesionales, absorbidos en una pesadilla que tardó unos cuantos años en desvanecerse, lo impregnó todo de miedo y se llevó la presencia de ánimo y la autoestima de muchos.

Superada la Caza de Brujas, las cosas volverían más o menos a su ser. Dashiell, cada vez más enfermo, no lograría terminar ningún trabajo significativo; Lillian, separada ya de él, volvería a su lado para cuidarle hasta su muerte en 1961.

La figura de Hammett inspiró una original iniciativa de homenaje al escritor, una película, basada en la novela de Joe Gores, Hammett, producida por Coppola y dirigida por Win Wenders,  El hombre de Chinatown, (1982), con Frederic Forrest, esplendido encarnando al escritor. Las diferencias entre productor y director, más atento el primero a hacer una película de género y el segundo a ahondar en la figura de un novelista que le fascinaba, afectaron negativamente al proyecto, pero el resultado en cualquier caso fue una interesante película, que discurre envuelta en una estética notable y nos sumerge acertadamente en esos mundos enredados, oscuros y calientes hasta la asfixia de la novelística de Hammett. El argumento sitúa al escritor en  el San Francisco de los años veinte, alejado ya de la agencia Pinkerton y escribiendo novelas baratas, pero convertido en protagonista de una historia digna de su pluma para ayudar a un compañero de sus tiempos de detective a resolver un sucio asunto de chantaje y pornografía. Y ese juego tan logrado entre realidad y ficción  en que la película se mueve atrapa al espectador.

También sobre la pareja hay una coproducción angloamericana realizada para televisión en 1999, Dash and Lilly, dirigida por Kathy Bates, que recrea sin demasiado acierto su turbulenta relación amorosa.

Muerto Hammett, la Hellman continuaría escribiendo y, entre 1969 y 1976 publicaría tres autobiografías: Unfinished woman, Pentimento y Scoundrel Time, a partir de una de las cuales, Pentimento, Fred Zinnemann realiza en 1977 una hermosa película, Julia, con Jane Fonda premiada con un David de Donatello por su trabajo como protagonista, y Vanessa Redgrave y Jason Robards distinguidos con sendos Oscars como secundarios interpretando a Dashiell y Julia. La película se centra en un capítulo de Petimento que narra una dolorosa historia de amistad más o menos veraz: el reencuentro de la escritora con una amiga de infancia en la ciudad de Viena en pleno apogeo del nazismo.

Lillian Hellman seguiría publicando hasta poco antes de su muerte, producida por un ataque cardíaco el 1 de julio de 1984, tras una vida intensa, comprometida e independiente. Había sido dramaturga, periodista, guionista, memorialista, docente en Harvard y Yale y había obtenido reconocimiento social con dos premios prestigiosos, el New York Drama Critics Circle Award y la medalla de oro de la Academy of Arts and Letters for Distinguished Achievement in the Theater. Pero sobre todo había sido coherente consigo misma y siempre fiel a sus ideas.

Como colofón a la semblanza de esta pareja, sirva la siguiente anécdota, recogida en algún momento y en algún lugar perdidos en la memoria: Unos pocos meses antes de morir el escritor Dashiell Hammett, Lillian Hellman le comenta: “Nos ha ido muy bien, ¿no crees?”. A lo que Hammet responde: “Muy bien es una expresión excesiva para mí. ¿Por qué no decimos simplemente que nos ha ido mejor que a la mayoría?”.

sábado, 14 de abril de 2018

Políticos vistos por el cine


Recientemente se han estrenado dos películas sobre Churchill. Como si después del Brexit los británicos quisieran recordarnos su papel de salvadores de Europa frente al nazismo. Y también, por el estilo de exaltación patriótica de una de ellas, como si experimentaran la necesidad de sentirse héroes.

Se trata de Churchill, (2017, Jonathan Teplitzky, con Bryan Cox y Miranda Richardson), y, El instante más oscuro, (2017, Joe Wright, con Gary Oldman y Kristin Scott Thomas).

El Churchill de Teplitzky parece que va a ser un retrato intimista, alejado de heroicidades y elegíacos perfiles de personaje ejemplar, pero se queda a medio camino, reflejándonos solo un anciano que no quiere repetir los errores que cometió en Gallipoli durante la primera guerra mundial y que por lo mismo se opone tercamente al proyecto de Eisenhower de desembarcar en Normandía, obstaculizando el trabajo de los aliados hasta el punto de resultar patético para unos espectadores que se saben el desenlace y por lo mismo conocen lo equivocado de su postura. Estupendos los actores en unas interpretaciones llenas de talento, especialmente la brillante Miranda RIchardson en el papel de esposa de Churchill.

La película de Joe Wright, El instante más oscuro cuenta también con una excelente actriz como la mujer del político, Kristin Scott Thomas, asimismo impecable en su papel, y un Gary Oldman como Churchill que logra el Oscar, a pesar de una caracterización en nada semejante al personaje y una interpretación sobreactuada.

Gary Oldman en El instante más oscuro, 2017

El relato se centra en el momento más difícil para Gran Bretaña, cuando se ha quedado sola frente a Hitler, y él, primer ministro, sometido por el rey y por su propio partido a fuertes presiones para abandonar la pelea, tiene que tomar la decisión de aceptar un acuerdo de paz o continuar la guerra. El instante más oscuro, puesto que a ciegas y casi en solitario tiene que elegir una opción trascendental que condicionará el curso de la historia. Sus éxitos levantando la moral de los británicos y reforzando sus ideales democráticos y su voluntad de lucha por la libertad es lo que la película nos cuenta, sin ahorrarnos desde luego esas exaltaciones patrióticas que vienen a reforzar la autoestima nacional.

Los británicos son notables recreando figuras de su historia. Ejemplos de su presente y su pasado reciente serían The Queen, (2006, Stephen Frears), con una espléndida Helen Mirren, admirable en el parecido físico que logra con la reina para componer su personaje de Isabel de Inglaterra,  o The Iron Lady (2011, Phyllida Lloyd), con una Meryl Streep de quien se puede afirmar lo mismo, espléndida recreando a Margaret Thatcher. Ambas, relatos biográficos que pasan de puntillas sobre la significación política de sus figuras, sin un análisis riguroso de las mismas, pero que consiguen, sí, transmitirnos la atmósfera que las rodea y nos las hace creíbles como seres humanos.

Los presidentes de los Estados Unidos también han despertado con frecuencia el interés del cine. Ahí está por ejemplo la figura de Nixon, abordada desde numerosos ángulos y en numerosas ocasiones, bien centrada en su individualidad o aludida de manera tangencial a través del retrato de personajes o acontecimientos sucedidos en la etapa de su presidencia: El caso Fischer,(Zwick, 2014), J. Edgar, (Clint Eastwood, 2012), El asesinato de Nixon, (Mueller, 2004), Aventuras de la Casa Blanca, (Fleming, 1999) Forrest Gump, (Zemeczquis, 1994) por citar algunas.

Pero atendiendo a las primeras, la más reciente hasta hoy, Elvis & Nixon, (Liza Johnson 2016), nos relata tan solo una anécdota: el empeño del rey del Rock & Roll en obtener una placa de agente federal y su recibimiento, a causa de esto por Nixon en el Despacho Oval de la Casa Blanca en diciembre de 1970.

Mas alcance tiene Nixon, (1994), donde Oliver Stone se detiene en su biografía y logra trazar, con la inestimable ayuda de Stephen Hopkins, no sólo un inteligente perfil del ambicioso y desconfiado presidente, sino también una estupenda estampa de los entresijos de la política americana. Y especialmente lograda está la tensión dramática de los últimos días de su presidencia, así como el momento de su dimisión por el escándalo del Watergate.

Dustin Hoffman y Robert Redford en Todos los hombres del presidente, 1976
De desmenuzarnos ese caso se ocupó con gran éxito Todos los hombres del presidente, (Pakula, 1976), un canto a la libertad de prensa y al periodismo de investigación, que en esta ocasión obligó al presidente de los Estados Unidos a dimitir de su cargo, cuando dos intrépidos periodistas lograron destapar un asunto de espionaje en el Comité Electoral de los Demócratas, el partido rival, poniendo en evidencia además los intentos desesperados de Nixon por entorpecer la labor de la justicia, hecho que precipitaría su caída. Un caso que pasó a la historia como el escándalo Watergate. La película resultó ágil de ritmo y sobria de concepción, sin concesiones a recursos fáciles y en un estilo entre ficción y documental que la hizo muy creíble. Y, por si fuera poco estuvo impecablemente interpretada por Redford y Hoffman como la pareja de reporteros así como por un magnífico Jason Robards en el papel de Ben Bradlee, el editor. 

Tres años después de su caída el británico David Frost logra convencer al expresidente para la realización de una serie de interesantes entrevistas televisivas que captaron en gran medida la atención del público y sirvieron de inspiración para una exitosa obra de teatro, El desafío: Frost contra Nixon, adaptada al cine con el mismo título, Frost/Nixon, por Ron Howard en 2008. También con los mismos actores, Frank Langella y Michael Sheen, que antes la habían representado con gran fortuna en los teatros de Londres y Broadway. Howard lograría con esta película realizar un cine político de altura.

La preparación de la entrevista; la presentación del político que no se resigna a que toda su aventura de poder termine de manera tan lamentable y pone sus esperanzas de lavado de imagen en esta nueva aparición ante las cámaras; las motivaciones del periodista, ya exitoso por anteriores programas en el Reino Unido y Australia, pero que pretende con esto quitarse la fama de frívolo que le acompaña… todo ello envuelve con brillantez el encuentro de ambos ante las cámaras, dando densidad al acontecimiento.

De especial interés resulta también Il divo, (2007), una mirada fresca y algo burlona que Paolo Sorrentino lanza sobre la personalidad y significación política de Giulio Andreotti, personaje omnipotente y oscuro, siempre en el centro del poder en la Italia de la segunda mitad del siglo veinte, desde que en 1947 Alcide De Gasperi, fundador de la Democracia Cristiana, lo nombrara su segundo y hasta 1992, en que estalla el escándalo conocido como Tangentópolis (de tangente, soborno en italiano), que acaba con la Democracia Cristiana y de paso con el Partido Socialista de Bettino Craxi, envueltos ambos en los formidables casos de corrupción que entonces se destaparon. El asunto estalla cuando el socialista Mario Chiesa es sorprendido embolsándose un soborno, y su partido trata de aislar el hecho. El detenido, al sentirse abandonado por los suyos, empieza a confesar en la cárcel y otros empresarios y políticos tanto socialistas como democristianos le secundan, acabando también los líderes de sus formaciones en el banquillo de los acusados. El escándalo produjo además una treintena de suicidios y salpicó incluso a Berlusconi, quien milagrosamente consiguió salir indemne del caso.

Para mejor comprensión de la película, quizá no sobre recordar la trayectoria del protagonista: Andreotti, miembro de la Democracia Cristiana desde su fundación en los años cuarenta, desarrollaría dentro del partido toda su actividad política. Ejerció primero y hasta 1954 el cargo de subsecretario de la jefatura del Gobierno; fue presidente del consejo de ministros en siete ocasiones; ministro de diferentes carteras en muchas más: interior, finanzas y defensa entre otras; y, por último, senador vitalicio desde 1991. Plenamente identificado con la derecha católica, responder a los intereses del Vaticano fue una de sus tres prioridades. Los intereses de su partido y los de la OTAN fueron las otras dos, a veces confundidas en una sola, siempre alerta como estuvo a evitar que el partido comunista alcanzara el poder. No demasiado escrupuloso en la consecución de sus objetivos acabaría teniendo que enfrentarse con las consecuencias judiciales de sus actos, aunque extremadamente hábil, a la larga nunca saldría mal parado.

La película se detiene especialmente en dos de los asuntos más espinosos de la vivencia política de Andreotti: su postura contraria al pago de rescate en el secuestro y asesinato de su correligionario Aldo Moro por las Brigadas Rojas, y sus complicidades con el crimen organizado, que acabarían llevándole ante los tribunales en diferentes ocasiones y por distintos casos. El más grave para él y por el que fue condenado, fue su implicación en el asesinato, a manos de la Maffia, del periodista Mino Pecorelli, quien había denunciado la infiltración masónica en las altas esferas de la iglesia, (escándalos relativos a la logia P2 y la quiebra de la Banca Ambrosiana)  y decía tener documentos sobre el caso Moro que implicaban a Andreotti. Todo empezó para nuestro político en 1968, cuando se alía con el ala siciliana de la Democracia Cristiana, plagada de infiltrados de Cosa Nostra, y termina en 1980 cuando ésta organización criminal asesina a otro democristiano, Piersanti Mattarella, hermano del actual Presidente de la República Italiana. En lo sucesivo Andreotti se distanciará y empezará a hacerles frente. Son sin embargo un buen número de años y los múltiples hechos punibles acaecidos durante ese tiempo fueron aireados en diferentes procesos de los que no siempre salió absuelto, pero de todos se libró porque aquellos en que se probó su participación habían ya prescrito cuando fue juzgado.

Giulio Andreotti
Sorrentino lanza sobre el político una mirada inteligente, crítica, no exenta de ironía y paradójicamente también de cierta fascinación por la habilidad del individuo para salir siempre victorioso en ese enredado entorno, a menudo siniestro y oscuro, de atmósferas clericales, logias masónicas, conspiraciones y traiciones en que se mueve. Toni Servillo, por su parte, compone un personaje impasible e impenetrable, que esconde firmemente sus emociones y se muestra duro como una roca ante todo lo que se le viene encima, como si fuera intocable, que en verdad parece serlo, saliendo incólume de tanto asunto turbio. Un personaje imperturbable, inquietante, astuto y bien dotado para la intriga; un verdadero genio de la política, como sin duda fue Giulio Andreotti, destacado democristiano, muerto en 2013, a los 94 años de edad, después de sobrevivir a seis papas y dominar durante décadas la política italiana.



miércoles, 4 de abril de 2018

Familia



Desde aquella película inolvidable, La famiglia, (1987), en que Ettore Scola nos dibujó una típica familia burguesa romana para, a través de ella, contarnos el paso del tiempo en la Italia del siglo XX, hasta hoy, han transcurrido más de treinta años. 

Scola nos dejó en ella una visión de la familia que trasciende lo romano e incluso lo italiano para reflejar un ámbito fácilmente traspasable a cualquier país, al menos a grandes trazos, y particularmente cualquier país del área latina. En aquel personaje, que encarnaba en su condición de patriarca la columna vertebral de esa familia retratada, (maravillosamente interpretado por Vittorio Gasmann, por cierto), era fácil reconocer los condicionantes sociales que actuaban sobre él, los lazos familiares que le fijan a la tierra, sus miedos, sus cobardías, sus realidades, sus renuncias, los vínculos de sangre que le atan a los suyos, le cortan las alas y le dan solidez y pertenencia. A través de su vida y en tanto que con él ensamblados, se barajan sus parientes; varias generaciones de parientes formando una red espesa que los mantiene unidos en un espacio común donde todos dependen de los demás y cada uno es prisionero de su historia y sus particulares condicionamientos.

Cierto que no en todas partes es igual de fuerte la institución familiar, pero a grandes rasgos funciona en casi todas las culturas como factor de cohesión. Y en nuestro caso, europeos del sur, la sociedad ha ido cambiando lo suficiente como para que esa visión que nos es tan cercana ya no nos sirva para explicar el presente. Sí, el pasado; sí podemos reconocer en ella la sociedad de nuestros mayores, con sus valores y sus miserias, pero la nuestra ha cambiado en tantos elementos que ya no nos reconocemos plenamente en esas realidades.

Juan Luis Galiardo con su singular parentela en Familia (1996)
Cuando León de Aranoa nos propuso una década después en Familia, (1996), esa opción de familia de pega, familia alquilada para rellenar la soledad radical del personaje que por un día quiere, con cierta perversidad, hacerse la ilusión de no estar solo, (y que al director le da pie para una lúcida crítica social y a Juan Luis Galiardo para componer un protagonista con brillantez), nos sorprendimos con la genial ocurrencia, precisamente por lo irreal de la propuesta. Pero hoy, veinte años más tarde, ya sabemos que hay agencias encargadas de proporcionarte amigos inexistentes para celebrar cumpleaños solitarios, consortes falsos para acudir a fiestas sociales simulando matrimonios felices. Es decir, la familia reducida a un puro convencionalismo, perdida en su realidad emocional y aceptando su supervivencia exclusivamente formal. Ya no parece una ocurrencia, sino un toque de atención, una lúcida visión de lo que le está pasando a ese pilar de la sociedad.

Así que ese retrato tan bien articulado que nos ofrece Scola donde, bajo un telón de fondo histórico social y político fluctuante, el sistema perdura mientras los años pasan y se cruzan la vidas y cambian las generaciones sin que la recia solidez de la institución familiar se inmute, ya no resulta tan obvio ni tan creíble.  

Hoy, cuando es bastante habitual que la gente se aleje de los suyos al menos físicamente, necesitamos otras miradas sobre la realidad de la familia.

Y en esa búsqueda de otras miradas se encuentra la que nos ofrece La familia Savages, (2002), de la directora Tamara Jenkins, apoyada en tres actores excepcionales que saben cargar de profundidad y riqueza de matices a sus personajes, para convertirlos en seres absolutamente creíbles.

La visión de Jenkins resulta interesante, lúcida y nada tranquilizadora. De entrada nos sitúa en un momento de prueba moral para dos hermanos, física y emocionalmente alejados entre sí y de un padre no demasiado querido, pero aquejado ahora de demencia senil y necesitado por ello de su ayuda. Dos personas estos hermanos que nunca sintieron que tenían familia, obligados ahora por ética a hacer lo correcto y colocados así en una tesitura difícil.

Por un lado está su lucha por vivir su vida cotidiana, con las habituales dificultades y desilusiones; por otro la exigencia de afrontar ese presente, indeseado pero inevitable, manteniendo la autoestima. La reflexión sobre un pasado que se presumía olvidado y que vuelve con todos sus sinsabores, el recuerdo de la crueldad del padre, de las diferencias entre los hermanos que saltan al primer contacto; su afecto, su ira, sus enconos que salen a relucir al primer roce, demostrando lo mucho que se conocen bajo esa capa de aparente distancia afectiva. 

La película se ocupa de una moderna familia estadounidense, de cultura occidental y burguesa como la italiana de Scola, pero sin duda de una sociedad donde el desarraigo familiar ha calado antes y más hondo. Y sin embargo hoy nosotros, europeos del sur, nos reconocemos casi más fácilmente en sus presupuestos que en la italiana, convertida en agridulce mirada nostálgica sobre un pasado ya no tan reciente. Así que nuestro mundo quizá se parece hoy más a ese anglosajón que se distancia de sus mayores que al otro del que veníamos.

Obligados ahora a convivir con la enfermedad del padre en una posición molesta e indefinida, estos hermanos, que tienen necesariamente que acercar posturas, compartir coyunturalmente techo, reconocer su vínculo de sangre y aceptarse a pesar de sus rencores latentes, se nos muestran así, como son, sin dulcificar sus conductas, y nos vemos a nuestro pesar reflejados en ellos, productos también de una sociedad individualista donde prima el interés propio y que no sabe cuando perdió su sentido del deber.

Es una película durísima, despiadada, desasosegante, cómica a veces, que no renuncia al humor ni en situaciones dolorosas; tan conmovedora como desoladora.   
     
Dando un paso más hacia el abismo, Sidney Lumet nos cuenta en Before the Devil Knows You're Dead, (Antes de que el diablo sepa que has muerto, 2007), otro retrato de familia. Terrible y brillante, Lumet nos pinta una historia de atracos sin salir del marco familiar: dos hermanos de familia burguesa que acuciados por necesidades materiales planean un golpe para conseguir dinero rápido. El mayor, un ejecutivo adicto a la heroína, aparentemente seguro de sí mismo, pero secretamente acomplejado por desamores y sentimientos de rechazo infantiles; el pequeño, débil y perdedor, atenazado por responsabilidades familiares que no sabe afrontar. Hay también una hija, lejana, viviendo en otra ciudad. Y los padres, que se supone que se quieren entre sí, pero duros con los hijos, al menos el hombre, poco dado a expansiones afectivas.  Y un negocio familiar. Esos son los elementos de una historia que arranca como cine negro para desembocar en una tremebunda tragedia familiar.   

Un drama duro y seco; una película formidable, sombría, lúcida y trágica sobre el derrumbe de la familia, institución despojada de valores, minada como está ya desde dentro por sus propios componentes.

Y siguiendo en esta línea de familias burguesas, cómodamente instaladas en la sociedad e ignorantes del peligro al que su nihilismo moral puede llevarles, está La cena (The dinner, Oren Movermann, 2017), adaptación de la novela del mismo título del escritor holandés Herman Koch, declarada en 2009 libro del año. El novelista confesó que el punto de partida para su historia se lo dió un hecho repugnante sucedido en Barcelona (el apaleamiento de un mendigo), hecho que le sirvió de base para idear un thriller familiar que Oren Movermann desarrollaría desde su controvertido enfoque.

La cena, su película, señala con ferocidad lo más negro y peor que la familia puede ocultar. Se inicia con una cita de dos parejas en un elegante restaurante. Ellos son hermanos; uno, un político de altos vuelos, el otro, un profesor amargado y sarcástico, abandonado en las manos de una mujer dura y audaz. La agresividad manifiesta entre los hermanos ya empieza a darnos las claves de que no tratamos con una familia bien avenida y uno se pregunta qué hacen ahí reunidos si destilan tanto odio y desprecio mutuo. Tardamos en saberlo y cuando se nos descubre el motivo de la cita, la película ahonda aún más en las miserias y mezquindades que los lazos familiares pueden llegar a tejer. Como el relato se demora en revelar el meollo de la historia, no conviene entrar en el asunto que los convoca, pero sí apuntar que los enfrenta a un terrible dilema ético y nos muestra cómo en medio de esa sociedad permisiva y complaciente, esa familia que parece tenerlo todo carece de lo fundamental, unos principios éticos que orienten sus vidas. La institución familiar, ajena ya a su primitiva función de conformar con valores sólidos ciudadanos de bien, se ha ido vaciando de sentido y sólo parece quedar entre ellos el egoísmo más salvaje.