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sábado, 22 de junio de 2019

Guaperas


Hay actores de cine que por muy buenos que sean no te puedes quitar de la cabeza la fascinación que su belleza física produce en tu percepción de ellos. Al menos eso pasaba antes, sobre todo cuando tenías 13, 14 o 15 años. Es de todos conocido que Valentino provocó tales pasiones que su muerte fue la espoleta para varios suicidios de fans allá por los años veinte. Detrás vendrían un rosario interminable de chicos guapos mostrándonos su imagen al tamaño gigantesco que la sala de cine propicia.

Rodolfo Valentino (1895-1926)
Escojamos alguno de los más sonados: Clark Gable, Gary Cooper, Marlon Brando, Paul Newman, Robert Redford, Brad Pitt, Leonardo DiCaprio… Todos ellos y tantos otros se han venido escalonando en esa estela de guaperas irresistibles que se sucedieron en la gran pantalla entre los años treinta y el fin de siglo o más allá…, defendiendo ese estatus durante un tiempo de diferente duración según cada cual.

Aunque hay que reconocer que en este campo venían los actores perdiendo mucho protagonismo desde mitad de la centuria pasada a favor de otros seres míticos, especialmente provenientes de la canción (Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones…) y el nuevo siglo acabaría de quitarles presencia emocional a estas figuras del cine, incapaces ya del todo de rivalizar con otras que venían haciéndoles sombra desde la música o el deporte.

De los ejemplos elegidos, salta a la vista que el cine de Hollywood es el que nos ha proporcionado más tipos emblemáticos de varón seductor, al menos para la cultura occidental donde Hollywood ha ejercido tan fuerte predominio. 
Alain Delon (1935)



Pero nos gustaría señalar también alguno procedente del cine europeo, y a la hora de elegir seguramente nadie mejor que Alain Delon (1935), el Alain Delon de sus tiempos juveniles allá por los años sesenta, cuando era conocido como l’enfant terrible del cine europeo y reconocido como sucesor del deslumbrante Gérard Philipe (1922-1959), tan prematuramente desaparecido. Desde luego no se podía ser más guapo; incluso podía resultar excesivo. Era un buen actor; con frecuencia hacía un cine interesante; trabajaba con directores de la talla de René Clement (A pleno sol, 1959), Melville (Le Samuraï, 1960), Visconti (Rocco y sus hermanos, 1960; El Gatopardo, 1963), Antonioni (El eclipse, 1962) y tantos y tantos otros realizadores insignes. Nos gustaba su manera de interpretar, sus personajes eran totalmente creíbles… pero daba igual si se ocupaba del bueno o del malo de la historia, fuera como fuera no había forma de olvidarse ni por un momento de su impactante atractivo físico. Qué lejos quedan aquellos tiempos de sus años mozos de estos de hoy en que tiene que presenciar la bronca que la organización Osez Le Feminisme monta en Cannes con motivo del merecido homenaje que el Festival le rinde por su gran aportación al cine francés.

Clark Gable (1901-1960)
Pero volvamos a los anunciados. Según dicen Clark Gable (1901-1960) despertaba pasiones allá por los años treinta. Sucedió una noche (It happened one night, 1934), Rebelión a bordo (Mutiny on the Bounty, 1935) y, sobre todo, Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939) fueron sus grandes éxitos, los que le situaron en la más alta estima de sus fans. Todavía a mediados de siglo, en 1953, defiende con éxito cuestionable su papel de galán maduro en Mogambo frente a una preciosa Grace Kelly y una deslumbrante Ava Gardner. E incluso en 1960, en vísperas de su muerte, lo vuelve a hacer al lado del mito erótico del momento, Marylin Monroe, en The Misfits, titulada en España, Vidas Rebeldes.



Gary Cooper, (1901-1961)

Enseguida se destacaría también Gary Cooper (1901-1961), un tipo alto y desgarbado, que con su presencia sobria y natural, dibujaba otro patrón de guapo deseable. Había empezado en el cine mudo dando vida a seres taciturnos y románticos que hacían suspirar a las más impresionables del momento. Saltaría después a encarnar elegantes personajes de alta comedia (¡¡aquellas deliciosas e inolvidables películas de Lubitsch!!) y más tarde a interpretar héroes íntegros e incorruptibles. Una mezcla de todos ellos nos da ya cuajado en Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952) que, en el otoño de sus días, le convierte en personaje de leyenda. En lo sucesivo nunca se apearía de este acabado modelo.

Marlon Brando (1924-2004) le destrona sacando a flote un perfil que representa la contrafigura del suyo con su Kovalsky de Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, Kazan, 1951), un tipo bronco, rudo y primario cargado de erotismo. Sus siguientes películas, Viva Zapata (Kazan, 1952) y La ley del silencio (On the Waterfront, Kazan, 1954) revalidan ese patrón añadiéndole cierta ternura de individuo solitario y desamparado que redondea el mito.

Marlon Brando, (1924-2004)
Paul Newman (1925-2008), que había empezado en el cine en los años cincuenta, obteniendo enseguida un gran éxito con Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me, Robert Wise, 1956), había coincidido con él en el famoso Actor´s Studio de Nueva York y se impondría como guapo incontestable durante décadas. En Europa le hicieron pronto famoso sus interpretaciones en dos películas de 1958, dos adaptaciones, de Tenessee Williams, La gata sobre el tejado de cinc caliente, (Cat on a Hot Tin Roof, Richard Brooks), y de Faulkner, El largo y cálido verano (The Long, Hot Summer, Martin Ritt), donde actúa como protagonista masculino con Liz Taylor y Jeanne Wooward respectivamente como oponentes. Con Jeanne Wooward se casaría poco después de aquel encuentro, formando un matrimonio que, cosa rara en ese medio, duraría hasta su muerte, lo que incluso le daba puntos como si la belleza aumentara los méritos de la constancia en la relación.

Robert Redford (1936) y Paul Newmann (1925-2008)
A fines de los sesenta llega el momento de pasar el testigo a un nuevo guapo oficial, Robert Redford, (1936) y lo hace, con cierta resistencia a ceder, en dos títulos que suponen un mano a mano entre ambos: Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, Roy Hill, 1969) y El golpe (The Sting, Roy Hill, 1973) grandes éxitos en que formaron pareja, demostrando para muchas que en el terreno de la belleza, Newman seguía siendo imbatible. Y de hecho, quien tuvo retuvo, que mantiene su atractivo físico en películas de los ochenta como Veredicto final (The Verdict, Sidney Lumet, 1982) o El color del dinero (The Color of Money, Martin Scorsese, 1986) y hasta en sus últimos trabajos, como el de malo malísimo de Camino a la perdición (Road to Perdition, Sam Mendes, 2002) donde nos regala, casi octogenario, una brillante interpretación de viejo todavía guapo.

Robert Redford cumplió también a fondo con su papel de símbolo erótico, mantenido con gallardía hasta bien superada su juventud. Y así resultaba todavía un muy atractivo galán maduro dando la réplica a Meryl Streep en aquella hermosa y exitosa biografía de Karen Blixen que se llamó Memorias de África (Out of Africa, Pollack, 1985) E incluso años después, en Habana (Pollack, 1990), saliendo airoso de un papel de hombre seductor en la Cuba de la Revolución.

Brad Pitt (1963) y Leonardo DiCaprio (1974)
En los años noventa se inclina más por la dirección y en 1992 rueda con Brad Pitt (1963) El río de la vida, (A River Runs Through It) como señalando sucesor en esa función de guapo oficial, aunque a Brad Pitt le reconoceríamos como tal más propiamente en Thelma y Louise (Ridley Scott, 1993), interpretando al novio ratero de Thelma, papel que sí le situó como sex symbol. Y su imperio se resentiría pronto, disputado por Leonardo DiCaprio (1974), cuando éste se dispusiera a levantar pasiones con Titanic (Cameron, 1997). DiCaprio había empezado muy pronto en cine. En el año 1993 ya había sido señalado como actor revelación por su papel de Tobías Wolff en Vida de este chico. (This boy’s Life, Caton Jones). Y en Vidas al límite (Total Eclipse, Agnieszka Holland, 1994) y Romeo y Julieta (Luhrmann, 1995) era ya un joven famoso e indiscutiblemente atractivo, pero el exitazo de Titanic le lanzó a primerísimo plano. Pitt y DiCaprio trabajarán juntos en The audition (2015) de Scorsese, y coinciden hoy de nuevo en la última de Tarantino, Once Upon a Time in Hollywood, cuyo estreno se anuncia para el próximo mes de julio. Actualmente nadie les discute su gran calidad como actores pero probablemente su carácter de sex symbol ha dejado de tener interés tanto en ellos como en los jóvenes que vienen apuntando en el cine de hoy. Esta función ha empalidecido. O tal vez definitivamente periclitado, que a nadie le importa ya demasiado si es guapo o feo el tipo que nos emociona en las películas y sí, en cambio, que sea capaz de conmovernos, tal vez porque hemos crecido como espectadores o porque esa misión de ejercer de mito erótico se ha trasladado a otras esferas que hoy gozan de más glamour. Y quizá por ambas cosas.

jueves, 30 de agosto de 2018

Confidencias de dos novelistas: Karen Blixen, Marguerite Duras


El cine recurre de tanto en tanto a retratos que los escritores hacen de sí mismos, autorretratos que a veces tienen una vocación más global de aspirar a integrar también lo que les rodea o, todo lo contrario, se limitan a una mirada narcisista sobre su propia individualidad. En ocasiones es pura añoranza por recordar tiempos perdidos lo que les lleva a escribir sobre su pasado; otras veces es la necesidad de desahogo o la confesión de una culpa nunca superada.

Karen Blixen, en su casa en Kenia, a donde vivió ente 1914 y 1931.

Las historias que bajo el seudónimo de Isak Denisen publica en 1937 Karen Blixen (1885-1962) sobre su vida en África, Out of Africa, son un canto de añoranza de un tiempo, una tierra y unos paisajes mitificados en el recuerdo. Lo que Marguerite Duras (1914-1996) vuelca en La douleur es el sufrimiento que le causaron unos hechos en los duros tiempos de guerra. ¿Una confesión?, ¿una justificación?, ¿una disculpa? En cualquier caso un a modo de descargo de conciencia.

Out of África (Memorias de África, 1985) cuenta algo más que un episodio en el discurrir de la vida de Karen Blixen, cuenta 17 años de su existencia, los transcurridos desde que se embarca recién casada en la aventura singular de regentar con su marido una granja en Kenia, hasta el regreso a su Dinamarca natal, una vez arruinada la empresa africana.

Y asistimos a su llegada a la plantación como flamante esposa del barón Blixen, presenciamos cómo éste, escapista, mujeriego impenitente y carente por completo de habilidades empresariales, pronto la abandona, dejándola sola al frente del proyecto, eso sí, con el título de baronesa, el status de mujer casada y una sífilis que le contagia por todo capital. Mujer valiente, no se va a arredrar; levantará la empresa y la defenderá sola contra viento y marea, en un medio y una época poco favorable a aceptar a la mujer como una igual. Y vivirá allí años que le dejarán huella y que más tarde evocará en tono elegíaco en una excelente obra: Memorias de Africa, que Sidney Pollack adapta libremente al cine con éxito y brillantez en 1985.

Pollack conserva del libro el tono elegíaco, pero nos narra fundamentalmente una romántica historia de amor, la de nuestra baronesa, mujer independiente, y el cazador Denys Finch Hatton, personaje a la antigua usanza, aventurero y celoso de su libertad. La ambientación histórica, los decorados, el vestuario, la belleza paisajística y todo lo que rodea al relato ayudan con su perfección a dejarnos captar por la trama.

  Meryl Strep y Robert Redford en una secuencia de Memorias de África (1985)



Meryl Streep como la baronesa, Klaus Maria Brandahuer como el barón y Robert Redford en el papel del amante nos contaron magistralmente una historia preciosa, enmarcada en deslumbrantes panorámicas bañadas de luz, y mecidas por una banda sonora sensacional que nos hizo soñar y alcanzó numerosos premios. El tiempo la ha convertido en un clásico inolvidable. 


Varios episodios de la película se fijaron de manera imborrable en la sentimentalidad del espectador: uno, el lavado de cabeza de Denys a Karen al ritmo del poema de Coleridge que le va recitando; otro, la sobremesa en su casa cuando, a la luz de las velas y copa de coñac en mano, la escritora va envolviendo al amante y a su amigo en la embeleso de una narración improvisada, mientras la leña chisporrotea en la chimenea. Pero, sobre todo, el paseo en la avioneta que el amante se acaba de comprar, y al que Denys invita a Karen para vivir una experiencia radicalmente nueva: contemplar el mundo desde arriba. estrenando la cara, hasta entonces nunca vista, que la tierra presenta desde el cielo, un placer subrayado para el espectador por la música que ensancha el corazón y amplifica sabiamente la experiencia.


Tres momentos de fuerte corte romántico, muy conseguidos, en un melodrama en el que subyacen otros elementos menos dulces y espléndidos: la resistencia del cazador a ser cazado, a pesar de la fascinación mutua y los comunes gustos literarios: la persistente y aplastante soledad que atenaza a Karen; la ruina insalvable de la plantación, o el accidente de Denys que cierra definitivamente el no muy seguro, pero ansiado final feliz que la escritora soñaba para esa su historia de amor.

La película se alzó con siete de las once estatuillas del Oscar y otros tantos Globos de Oro, NAFTA y demás premios, potenciando sin duda nuevas traducciones de la obra a infinidad de lenguas y abriendo además un filón de ofertas para las agencias de viaje por Kenia, Tanzania y Zanzíbar que empezaron a bautizar sus excursiones con ese reclamo, Memorias de África.

Recuerdos propios de un tiempo pasado nos desvela también Marguerite Duras, seudónimo de Marguerite Donnadieu (1914-1996) en La Douleur, donde vuelca sus terribles vivencias de guerra. No hay aquí añoranza, ni idealización de épocas mejores obviamente;  hay más bien necesidad de desahogo, afán de liberarse de furias interiores que acosan sin piedad y sin descanso.

Marguerite Duras en los años 40
En esta obra se basa la película de Emmanuel Finkiel "La douleur", realizada en 2017 y titulada en España “Marguerite Duras 1944”, para ilustrar el sufrimiento por la ausencia de un ser querido y la ansiedad en la inacabable  espera de su impreciso regreso. La trama nos describe el día a día, en plena Ocupación, de esta joven ciudadana francesa, activista de la Resistencia a lo largo de 1944, año en que su marido, miembro también de ese movimiento clandestino contra el invasor, es capturado y enviado a los campos de concentración. En su afán por recuperarle se relacionará con un colaboracionista, oficial de la Gestapo, y este asunto que siempre vivió como recuerdo persecutorio y que volcó para exorcizarlo en su autobiografía El dolor es parte de lo que la película recrea.


A continuación, finalizada la guerra, la narración se centra en la espera interminable de la vuelta del ser querido, un tormento insoportable. La incertidumbre del regreso, el caos organizativo en torno a los que quizá retornen de los campos de concentración, la dificultad de la búsqueda, el desorden emocional del reencuentro son aspectos que el cine, que tanto ha tratado la guerra mundial, ha ignorado habitualmente y que esta película para sorpresa de todos aborda con sensibilidad y originalidad.

            Melanie Thierry como Marguerite Duras; (2017)
La alegría del pueblo que desborda en las calles con la Liberación corre paralela a la ansiedad de las gentes que aguardan impotentes una incierta vuelta de los suyos. Y este contraste, bien marcado en el film, se hace más intenso al mostrarnos el dolor de la protagonista que se debate en un mar de confusos sentimientos encontrados, de amor y desamor, de impaciencia y temor al reencuentro, de ambigüedad, ambivalencia, cansancio, desasosiego. El buen hacer de la protagonista, Melanie Thierry, que sabe transmitir ese íntimo malestar, compensa del excesivo metraje y del uso asimismo excesivo de la voz en off, donde el film parece desequilibrarse.

La película también escamotea datos que surgen de repente sin haberse declarado a lo largo de su desarrollo y que sin embargo harían más comprensible el tormento de Marguerite ante el inminente reencuentro; datos que nos desvelarían sin ambigüedades cómo el amor del esposo se ha desvanecido en la espera y el del amigo ha ido ocupando el lugar de la ternura, del sexo y de la unión. Nos deja verlo sin abordarlo con franqueza, como si se negara a admitirlo o confesarlo, siquiera ante sí misma, pero mostrando el tormento de la culpa que por ello arrastra. Toda la narración parece querer moverse en la bruma del recuerdo y quizá por eso no es más explícita con los hechos, confirmados de golpe en dos frases que cierran la historia bruscamente en un momento en que se sugiere además un terrible desenlace. Y esta elección narrativa oscurece demasiado la trama.

Aun con todo, interesante en su planteamiento, y salvo por lo señalado acertada en su ejecución, la película es obra a tener en cuenta, por su originalidad al abordar aspectos de la Segunda Guerra Mundial poco atendidos, por la complejidad e interés de lo relatado, por su estupenda interpretación y la excelencia de una fotografía que subraya la oscuridad emocional en que su protagonista se mueve, así como la agonía inacabable de la espera, acentuada, quizá con exceso, por el tempo inusualmente lento de las escenas.

sábado, 14 de abril de 2018

Políticos vistos por el cine


Recientemente se han estrenado dos películas sobre Churchill. Como si después del Brexit los británicos quisieran recordarnos su papel de salvadores de Europa frente al nazismo. Y también, por el estilo de exaltación patriótica de una de ellas, como si experimentaran la necesidad de sentirse héroes.

Se trata de Churchill, (2017, Jonathan Teplitzky, con Bryan Cox y Miranda Richardson), y, El instante más oscuro, (2017, Joe Wright, con Gary Oldman y Kristin Scott Thomas).

El Churchill de Teplitzky parece que va a ser un retrato intimista, alejado de heroicidades y elegíacos perfiles de personaje ejemplar, pero se queda a medio camino, reflejándonos solo un anciano que no quiere repetir los errores que cometió en Gallipoli durante la primera guerra mundial y que por lo mismo se opone tercamente al proyecto de Eisenhower de desembarcar en Normandía, obstaculizando el trabajo de los aliados hasta el punto de resultar patético para unos espectadores que se saben el desenlace y por lo mismo conocen lo equivocado de su postura. Estupendos los actores en unas interpretaciones llenas de talento, especialmente la brillante Miranda RIchardson en el papel de esposa de Churchill.

La película de Joe Wright, El instante más oscuro cuenta también con una excelente actriz como la mujer del político, Kristin Scott Thomas, asimismo impecable en su papel, y un Gary Oldman como Churchill que logra el Oscar, a pesar de una caracterización en nada semejante al personaje y una interpretación sobreactuada.

Gary Oldman en El instante más oscuro, 2017

El relato se centra en el momento más difícil para Gran Bretaña, cuando se ha quedado sola frente a Hitler, y él, primer ministro, sometido por el rey y por su propio partido a fuertes presiones para abandonar la pelea, tiene que tomar la decisión de aceptar un acuerdo de paz o continuar la guerra. El instante más oscuro, puesto que a ciegas y casi en solitario tiene que elegir una opción trascendental que condicionará el curso de la historia. Sus éxitos levantando la moral de los británicos y reforzando sus ideales democráticos y su voluntad de lucha por la libertad es lo que la película nos cuenta, sin ahorrarnos desde luego esas exaltaciones patrióticas que vienen a reforzar la autoestima nacional.

Los británicos son notables recreando figuras de su historia. Ejemplos de su presente y su pasado reciente serían The Queen, (2006, Stephen Frears), con una espléndida Helen Mirren, admirable en el parecido físico que logra con la reina para componer su personaje de Isabel de Inglaterra,  o The Iron Lady (2011, Phyllida Lloyd), con una Meryl Streep de quien se puede afirmar lo mismo, espléndida recreando a Margaret Thatcher. Ambas, relatos biográficos que pasan de puntillas sobre la significación política de sus figuras, sin un análisis riguroso de las mismas, pero que consiguen, sí, transmitirnos la atmósfera que las rodea y nos las hace creíbles como seres humanos.

Los presidentes de los Estados Unidos también han despertado con frecuencia el interés del cine. Ahí está por ejemplo la figura de Nixon, abordada desde numerosos ángulos y en numerosas ocasiones, bien centrada en su individualidad o aludida de manera tangencial a través del retrato de personajes o acontecimientos sucedidos en la etapa de su presidencia: El caso Fischer,(Zwick, 2014), J. Edgar, (Clint Eastwood, 2012), El asesinato de Nixon, (Mueller, 2004), Aventuras de la Casa Blanca, (Fleming, 1999) Forrest Gump, (Zemeczquis, 1994) por citar algunas.

Pero atendiendo a las primeras, la más reciente hasta hoy, Elvis & Nixon, (Liza Johnson 2016), nos relata tan solo una anécdota: el empeño del rey del Rock & Roll en obtener una placa de agente federal y su recibimiento, a causa de esto por Nixon en el Despacho Oval de la Casa Blanca en diciembre de 1970.

Mas alcance tiene Nixon, (1994), donde Oliver Stone se detiene en su biografía y logra trazar, con la inestimable ayuda de Stephen Hopkins, no sólo un inteligente perfil del ambicioso y desconfiado presidente, sino también una estupenda estampa de los entresijos de la política americana. Y especialmente lograda está la tensión dramática de los últimos días de su presidencia, así como el momento de su dimisión por el escándalo del Watergate.

Dustin Hoffman y Robert Redford en Todos los hombres del presidente, 1976
De desmenuzarnos ese caso se ocupó con gran éxito Todos los hombres del presidente, (Pakula, 1976), un canto a la libertad de prensa y al periodismo de investigación, que en esta ocasión obligó al presidente de los Estados Unidos a dimitir de su cargo, cuando dos intrépidos periodistas lograron destapar un asunto de espionaje en el Comité Electoral de los Demócratas, el partido rival, poniendo en evidencia además los intentos desesperados de Nixon por entorpecer la labor de la justicia, hecho que precipitaría su caída. Un caso que pasó a la historia como el escándalo Watergate. La película resultó ágil de ritmo y sobria de concepción, sin concesiones a recursos fáciles y en un estilo entre ficción y documental que la hizo muy creíble. Y, por si fuera poco estuvo impecablemente interpretada por Redford y Hoffman como la pareja de reporteros así como por un magnífico Jason Robards en el papel de Ben Bradlee, el editor. 

Tres años después de su caída el británico David Frost logra convencer al expresidente para la realización de una serie de interesantes entrevistas televisivas que captaron en gran medida la atención del público y sirvieron de inspiración para una exitosa obra de teatro, El desafío: Frost contra Nixon, adaptada al cine con el mismo título, Frost/Nixon, por Ron Howard en 2008. También con los mismos actores, Frank Langella y Michael Sheen, que antes la habían representado con gran fortuna en los teatros de Londres y Broadway. Howard lograría con esta película realizar un cine político de altura.

La preparación de la entrevista; la presentación del político que no se resigna a que toda su aventura de poder termine de manera tan lamentable y pone sus esperanzas de lavado de imagen en esta nueva aparición ante las cámaras; las motivaciones del periodista, ya exitoso por anteriores programas en el Reino Unido y Australia, pero que pretende con esto quitarse la fama de frívolo que le acompaña… todo ello envuelve con brillantez el encuentro de ambos ante las cámaras, dando densidad al acontecimiento.

De especial interés resulta también Il divo, (2007), una mirada fresca y algo burlona que Paolo Sorrentino lanza sobre la personalidad y significación política de Giulio Andreotti, personaje omnipotente y oscuro, siempre en el centro del poder en la Italia de la segunda mitad del siglo veinte, desde que en 1947 Alcide De Gasperi, fundador de la Democracia Cristiana, lo nombrara su segundo y hasta 1992, en que estalla el escándalo conocido como Tangentópolis (de tangente, soborno en italiano), que acaba con la Democracia Cristiana y de paso con el Partido Socialista de Bettino Craxi, envueltos ambos en los formidables casos de corrupción que entonces se destaparon. El asunto estalla cuando el socialista Mario Chiesa es sorprendido embolsándose un soborno, y su partido trata de aislar el hecho. El detenido, al sentirse abandonado por los suyos, empieza a confesar en la cárcel y otros empresarios y políticos tanto socialistas como democristianos le secundan, acabando también los líderes de sus formaciones en el banquillo de los acusados. El escándalo produjo además una treintena de suicidios y salpicó incluso a Berlusconi, quien milagrosamente consiguió salir indemne del caso.

Para mejor comprensión de la película, quizá no sobre recordar la trayectoria del protagonista: Andreotti, miembro de la Democracia Cristiana desde su fundación en los años cuarenta, desarrollaría dentro del partido toda su actividad política. Ejerció primero y hasta 1954 el cargo de subsecretario de la jefatura del Gobierno; fue presidente del consejo de ministros en siete ocasiones; ministro de diferentes carteras en muchas más: interior, finanzas y defensa entre otras; y, por último, senador vitalicio desde 1991. Plenamente identificado con la derecha católica, responder a los intereses del Vaticano fue una de sus tres prioridades. Los intereses de su partido y los de la OTAN fueron las otras dos, a veces confundidas en una sola, siempre alerta como estuvo a evitar que el partido comunista alcanzara el poder. No demasiado escrupuloso en la consecución de sus objetivos acabaría teniendo que enfrentarse con las consecuencias judiciales de sus actos, aunque extremadamente hábil, a la larga nunca saldría mal parado.

La película se detiene especialmente en dos de los asuntos más espinosos de la vivencia política de Andreotti: su postura contraria al pago de rescate en el secuestro y asesinato de su correligionario Aldo Moro por las Brigadas Rojas, y sus complicidades con el crimen organizado, que acabarían llevándole ante los tribunales en diferentes ocasiones y por distintos casos. El más grave para él y por el que fue condenado, fue su implicación en el asesinato, a manos de la Maffia, del periodista Mino Pecorelli, quien había denunciado la infiltración masónica en las altas esferas de la iglesia, (escándalos relativos a la logia P2 y la quiebra de la Banca Ambrosiana)  y decía tener documentos sobre el caso Moro que implicaban a Andreotti. Todo empezó para nuestro político en 1968, cuando se alía con el ala siciliana de la Democracia Cristiana, plagada de infiltrados de Cosa Nostra, y termina en 1980 cuando ésta organización criminal asesina a otro democristiano, Piersanti Mattarella, hermano del actual Presidente de la República Italiana. En lo sucesivo Andreotti se distanciará y empezará a hacerles frente. Son sin embargo un buen número de años y los múltiples hechos punibles acaecidos durante ese tiempo fueron aireados en diferentes procesos de los que no siempre salió absuelto, pero de todos se libró porque aquellos en que se probó su participación habían ya prescrito cuando fue juzgado.

Giulio Andreotti
Sorrentino lanza sobre el político una mirada inteligente, crítica, no exenta de ironía y paradójicamente también de cierta fascinación por la habilidad del individuo para salir siempre victorioso en ese enredado entorno, a menudo siniestro y oscuro, de atmósferas clericales, logias masónicas, conspiraciones y traiciones en que se mueve. Toni Servillo, por su parte, compone un personaje impasible e impenetrable, que esconde firmemente sus emociones y se muestra duro como una roca ante todo lo que se le viene encima, como si fuera intocable, que en verdad parece serlo, saliendo incólume de tanto asunto turbio. Un personaje imperturbable, inquietante, astuto y bien dotado para la intriga; un verdadero genio de la política, como sin duda fue Giulio Andreotti, destacado democristiano, muerto en 2013, a los 94 años de edad, después de sobrevivir a seis papas y dominar durante décadas la política italiana.



miércoles, 6 de febrero de 2013

Scott Fitzgerald y su gran Gatsby

 


En 1925 Francis Scott Fitzgerald publica El gran Gatsby, considerada hoy por muchos como su novela más lograda. Es todavía un veinteañero pero lleva ya perteneciendo a esa clase de seres conocidos como ricos y famosos los últimos cinco años de su existencia.

Francis Scot Fitzgerald

Sólo los últimos cinco, que no le venía de familia la riqueza. Hasta entonces iba tirando, trabajando en publicidad, escribiendo… Ni siquiera había conseguido terminar su carrera, abandonada en 1917 para alistarse en el ejército, en uno de cuyos campos de entrenamiento, por cierto, había conocido a Zelda Sayre, una joven de la mejor sociedad de quien se había enamorado locamente y con quien se había comprometido. Pero al fin Zelda, considerando insuficiente el status social del pretendiente, rompió el compromiso y él volvió al hogar paterno.

Zelda Sayre y Francis Scot Fitzgerald
Estando así las cosas, una casa editorial accede a publicarle su primera novela This side of Paradise, (A este lado del paraíso), convertida en superventas desde que ve la luz en marzo de 1920.  Este golpe de fortuna acaba de la noche a la mañana con todos sus problemas. Se casa con Zelda y en la euforia del triunfo se embarcan ambos en una escalada de fiestas y ginebra, de lujo y diversión. Dos años después su segunda novela, The Beautiful and the Bad, (Hermosos y malditos) es recibida también con las mejores críticas. Y The Great Gatsby, (El gran Gatsby), la tercera, resulta una nueva prueba, la más madura, del dominio expresivo del narrador.

Las tres reflejan el mundo alocado de aquella década que salida de la Gran Guerra parece afrontar la vida con alegre irresponsabilidad. Las tres son intensamente románticas y sentimentales. Y, de alguna manera, las tres giran en torno al éxito como puerta del placer y el fracaso como anticipo de la muerte.

Escena de El Gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1972)
En definitiva, Fitzgerald en ellas despliega un mundo fastuoso de abundancia y desenfreno: el de los ricos de vida vertiginosa, derrochando energía y dilapidando fortunas. Y es que ése es el medio en que él se mueve: un entorno de millonarios hermosos y malditos, de rubias excéntricas y sofisticadas, de charlestón y descapotables, de americanos ociosos a caballo entre Long Island y la Riviera Francesa. Es su mundo, aquel que había soñado y tempranamente alcanzado. Y lo apuraría a lo largo de toda esa década que pasó a la historia como la Era del Jazz.

Tender is the night, (Suave es la noche), su cuarta novela, editada en 1934, es de todas la más autobiográfica. Y es también la más amarga. Con el cambio de década a la alegría de vivir ha seguido una ola de desesperanza. Ahora el público, que sin duda le asocia con ambientes rutilantes y frívolos, acoge su obra con indiferencia. Pero se engañan; esta vez no nos ofrece burbujas de champán, sino una desoladora historia de las miserias y trampas del amor, donde nos desnuda su bancarrota moral y material, en perfecta sintonía con la depresión colectiva que arrancara del crac del ’29.

Porque su vida también ha cambiado de una manera trágica: las dificultades económicas que han sucedido a su irreflexivo despilfarro, la esquizofrenia de Zelda, manifiesta desde fines de 1929, el alcohol que le va minando progresivamente… todo le va hundiendo en su noche oscura y sumiendo en un estado de infelicidad.

Sus últimos años, años duros, los pasa en Hollywood escribiendo guiones para la Metro y componiendo, en medio de graves problemas financieros, su postrer novela, The Last Tycoon, (El último magnate), una descripción de la mítica fábrica de sueños en que se ha convertido Hollywood; obra que no llega a terminar porque un ataque al corazón acaba antes con su vida. Corría 1940. 

Y si Fitzgerald, arruinado y alcoholizado en esos años negros de su fracaso pone sus miras en Hollywood para sobrevivir, también Hollywood se va a ocupar de mostrarnos a Fitzgerald después, tanto recurriendo a la biografía como a través de su obra, que rezuma en gran medida trasuntos de su existir.

Gregory Peck y Deborah Kerr en Días sin vida (Belover Infidel, King 1959)
Con el primer procedimiento nos recreó los últimos años en la vida del escritor en Beloved infidel, (Días sin vida) realizada por Henry King en 1959, con Gregory Peck y Deborah Kerr, como protagonistas. Y a través de su obra, profundamente autobiográfica recrea también retazos de su vida. En La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris) un conmovedor melodrama dirigido por Richard Brooks, basado en su relato corto Babylon revisited, seguramente el más autobiográfico de todos sus escritos, refleja sus vivencias en Europa, y en otras narraciones, sobre todo en sus grandes novelas, las que más se adaptaron al cine, otros aspectos de su peripecia vital.

Van Johnson y Liz Taylor en La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris, Brooks, 1959)
Pero entre todas ellas la favorita de este medio fue claramente El gran Gatsby, tal vez la más lograda, un libro fresco y hermoso que el tiempo ha convertido en símbolo de aquella época de locura festiva e irresponsable alegría. Su argumento, una historia romántica y melodramática: el amor imposible entre un muchacho modesto, Jay Gatsby, y una hermosa heredera, Daysy Buchanan, en un marco de decadente encanto.

Mia Farow y Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
En sus últimos años Fitzgerald nos dejó esta confesión respecto de su personaje de Gatsby:

Es lo que siempre fui, un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en un club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.”

Y sí, hay sin duda en esta novela un componente autobiográfico lacerante, pero, además, un acertadísimo retrato de época y por encima de todo un muy personal modo de narrar que la hace única y la llena de atractivo.

La atmósfera de ensoñación que flota en la historia, la manera sutil de desvelarnos el relativismo moral de sus personajes, de dibujar el mundo de bellas apariencias en que sus conductas monstruosas se suceden… son quizá alguno de los elementos que explican el por qué de semejante predilección, el porqué de haber sido la más versionada de sus obras. Y ello desde 1926 en que Herbert Brenon dirige en pleno cine mudo su visión de la novela (lástima que de ésta sólo nos hayan llegado escenas sueltas), hasta la de 2013 en que Baz Luhrmann nos la vuelve a contar en una adaptación que ni la presencia del excelente Leonardo DiCaprio logró salvar del fracaso comercial, Entre medias, se realizan otras dos más interesantes, la de Eliot Nugent de 1949 con Alan Ladd como protagonista y la de Clayton de 1974.

Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
La versión de Clayton, la más lograda, parte de un guión que inicia Truman Capote y termina Francis Ford Coppola. Con Robert Redford y Mia Farrow como protagonistas, contó con una exagerada campaña de lanzamiento que paradójicamente perjudicó a la película: se bombardeó con una moda Gatsby de peinados, ropa, zapatos… en una promoción tan desbordante que creó expectativas desmesuradas e hizo que en su estreno defraudara un tanto al público, abrumado con semejante alarde publicitario, y también a la crítica del momento, que estuvo injustamente durísima. Pero lo cierto es que la imagen enigmática de Gatsby quedó desde entonces asociada a Redford, y vista con perspectiva es sin duda una bella película sugerente y sugeridora.

Se vuelve a su argumento en el 2000 con una interesante serie televisiva, The Great Gatsby, (El gran Gatsby: su historia), dirigida por Robert Markowitz, con Mira Sorvino y Toby Stephens en los papeles de Daysy y Gatsby.

Jenifer Jones en Suave es la noche, (Tender is the Night, Henry King,1962)
De su novela Suave es la noche, también trufada de experiencias personales, hay asimismo dos versiones, la de 1962 realizada por Henry King, con Jennifer Jones y Jason Robards, que a pesar de tratarse de un film narrado con densidad e inteligencia, al igual que sucediera en 1934 con la novela no logró despertar demasiado interés, y la dirigida en 1985 por Robert Knight para la TV americana, también bajo el mismo título de la novela, con Peter Strauss, Mary Steenburgen y Sean Young.

En 1976 se estrena The Last Tycoon (El último magnate), adaptación de su novela homónima que Harold Pinter versionó y Elia Kazan dirigió, donde desentraña ese mundo de Hollywood en que él malvivía al final escribiendo guiones. No es su historia, desde luego, pero sí es su personaje, su afán de gloria, su ambición desmedida, su fracaso amoroso… De alguna manera otra vez Gatsby con quien tanto se identificaba. La película contó con una espléndida música de Maurice Jarre, excelente fotografía, y un plantel de actores estupendos como Robert de Niro, Robert Mitchum, Jack Nicholson, Tony Curtis, Jeanne Moreau … a pesar de lo cual tampoco resultó la obra redonda que cabía esperar.

El último magnate (The last Tycoon, Elia Cazan, 1976)
Y por último en 2008 David Fincher llevó a la pantalla uno de sus cuentos, quizá el único relato de Fitzgerald en cine donde no se encuentran elementos biográficos, El curioso caso de Benjamin Button, (The courious case of Benjamin Button), con Brad Pitt como protagonista. Y esta vez, sí, alcanza un éxito clamoroso, tal vez inexplicablemente clamoroso.

Interesantes cada una de ellas, algunas geniales, salpicadas siempre de fragmentos de su vida, ricas casi todas en personajes sugestivos,  pero ninguno como esa figura de Gatsby que el cine fijó con la imagen de Redford para el recuerdo, una criatura James Gatz, alias Jay Gatsby que el talento de Scott Fitzgerald ha colocado por derecho en la nómina de las figuras literarias inmortales.

El genio precoz de Scott Fitzgerald que tanto prometía cuando se conoció A este lado del paraíso brilló por poco tiempo y su enorme talento de alguna manera se frustró. Dejó una obra importante, sí, pero también, como en sus novelas, una vaga sensación de añoranza por lo que pudo llegar a ser. Y el cine ha sabido reflejarlo.