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jueves, 13 de septiembre de 2018

Vidas de escritores. Tostoi, Hannah Arendt


Hay películas que nos cuentan una vida memorable desde el principio hasta el final; otras se centran en los momentos fundamentales por los que el personaje es recordado y hay otras que se detienen en un acontecimiento en particular y nos dan así una visión del  famoso a través de un solo episodio de su vida, a manera de simple pincelada, que parece en su oportunidad retratar por entero al personaje o, al menos, complementar la idea que de él teníamos. Y este enfoque resulta particularmente enriquecedor porque, al no ambicionar abarcarlo todo, permite ahondar en la historia y sugerir nuevos matices, no necesariamente los más conocidos, en la personalidad del biografiado.


Esto es precisamente lo que hace con la figura de Tolstoi (1828-1910) la película de Mitchael Hoffman La última estación, (The last station, 2009), una coproducción germano-ruso-británica, basada en la novela del mismo título de Jay Parini y protagonizada por Christopher Plummer como León Tolstoi y una impagable Hellen Mirren como su esposa Sofía Andreyevna.

León Tostoi y Sofía Andreyevna
La película nos construye una semblanza panorámica del personaje a partir de una anécdota singular, la chispa que prende al final de la vida de Tolstoi en su matrimonio, provocando un loco incendio en las emociones y los actos de la pareja. Y el film nos lo cuenta sin caer en el melodrama y tiñendo en cambio el relato de melancolía. Estamos asistiendo a los últimos días de Tolstoi. El escritor y moralista, influido y presionado por su discípulo más aventajado, Valentin Bulgakov, que alienta sus filantropías, se está preguntando si no es más justo ceder sus derechos de autor al pueblo ruso en lugar de a su familia. El solo planteamiento de la cuestión pone en guardia a Sofía Andreyevna, su esposa,  y, a partir de ahí, el enfrentamiento de la pareja está cantado. El conflicto ético de León Tolstoi, debatiéndose entre la coherencia con sus presupuestos ideológicos y la lealtad a los suyos, así como la determinación de Sofía, persiguiéndole por toda Rusia para evitar que desherede a la familia es la anécdota que nos desentraña la película. La historia se cuenta en un elegante tono agridulce, recreando la atmósfera que rodeaba a Tolstoi en aquellos momentos de vejez, su generosidad con los desheredados de la fortuna, sus contrariedades domésticas, sus contradicciones, su confusión, su debilidad senil, el doloroso y cruel deterioro que el tiempo va produciendo en su persona.

El director define el tema como una historia de amor, y, de hecho, la pelea con la esposa nos sitúa en ese vaivén entre amor y desamor no infrecuente en la vida de las personas. El titulo, La última estación, juega con un doble significado, el metafórico, porque alude al último estadio de la vida del genio, y el literal, ya que su fin se produce en una estación de ferrocarril, la de Astapovo, a donde ha llegado el anciano en una loca huida no se sabe si en pos de la utopía o de su propia muerte.

También en un episodio de su vida se centra la película de la alemana Magarethe von Trotta, Hannah Arendt, realizada en 2012, para narrarnos los cuatro años (1961-1965) que la escritora empleó en elaborar y publicar su famoso informe Eichmann en Jerusalem, que tanto alboroto produjo en sus días.

Hannah Arendt
Estamos en 1961, Hannah Arendt, (1906-1975), a petición propia, es enviada a Israel por The New Yorker para cubrir el juicio que contra el criminal de guerra Adolf Eichmann, uno de los máximos responsables del genocidio judío, está a punto de celebrarse en Jerusalén.

Ella, judía alemana exiliada durante la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, es a la sazón profesora universitaria, periodista y pensadora de reconocido prestigio. Se trata, pues, cuando asume esta tarea, de una intelectual conocida y respetada y de algún modo se espera de ella una defensa ciega del pueblo judío, pero Hannah Arendt responde con una reflexión profunda y un análisis detallado del proceso y de la personalidad del asesino que produjeron entonces sorpresa y desagrado en gran parte de la opinión pública.

Sus conclusiones, expuestas primero en varios artículos y publicadas cuatro años después del proceso en forma de libro, escandalizaron a muchos, porque la filósofa no reconoce en la figura del nazi al monstruo de crueldad que todos esperaban sino algo aún más inquietante, pero que en aquel momento no es comprendido, un burócrata al servicio del mal. Porque llega al convencimiento de que para ejercer tal grado de maldad no es imprescindible ser un monstruo, basta con que se dé la confluencia y fusión de dos factores terribles: inhibición de la capacidad de pensar y obediencia ciega a las órdenes recibidas, una amalgama que puede convertir a un individuo mediocre pero no necesariamente perverso en sumiso y diligente ejecutor de las mayores aberraciones. Y afirma que aquel fenómeno se produjo en el caso de Eichmann y en el de tantos otros individuos que sin presentar perfiles de malvados psicópatas ejecutaron las mayores atrocidades. Es lo que llamó la banalidad del mal, término que acabó convirtiéndose en tópico, pero que subraya algo que hasta entonces había pasado desapercibido, el peligro de renunciar a pensar.

La reflexión profunda es que la falta de criterio que generan en la sociedad las ideologías totalitarias nos coloca en serio riesgo, porque frente a ellas muchos individuos optan por renunciar a pensar, aceptando de manera indiscriminada los conceptos que la moral social dominadora les imponga, por muy aberrantes que estos sean. La maldad no está solo en las mentes diabólicas que proyectan planes infernales, está también en esas masas carentes de juicio, que, incapaces para la reflexión, pueden volverse incluso diligentes ejecutoras de esos planes.

Para más inri Hannah Arendt señaló también en el informe la responsabilidad que tuvieron en el magnicidio los Consejos Judíos que, como dirigentes de su pueblo, en muchos casos se comportaron como cómplices de la destrucción, porque en su pusilanimidad adoptaron la misma diligencia burocrática en facilitar los planes nazis que los propios verdugos en ejecutarlos. Y esta denuncia escandalizó también a gran parte de la comunidad judía que no quería enfrentarse a revelación tan dolorosa.

En definitiva que su informe Eichmann en Jerusalén cayó como una losa, generando en los sesenta todo un vendaval de opiniones enfrentadas y una fuerte condena de la escritora señalada por muchos como traidora a los suyos. Isaiah Berlin  y  Saul Bellow se contaron entre sus adversarios.

La película de Von Trotta nos vuelve a poner frente a esa profunda reflexión moral de la pensadora y nos recrea con seriedad el conflicto de Hannah Arendt, que, enfrentada a una opinión pública frecuentemente hostil a sus conclusiones, tuvo que sufrir la incomprensión de propios y extraños, muchos de los cuales le manifestaron un odio que la abocaba a la soledad del proscrito.

Margarethe von Trotta, pareja del cineasta Volker Schlöndorff, representantes ambos de lo que se llamó el nuevo cine alemán junto con Wim Wenders o Rainer Fassbinder, vuelve a ocuparse aquí de dos temas de su interés, el peso de las mujeres en la sociedad y la mirada autocrítica sobre la Alemania del siglo pasado, que ella tocó en diferentes ocasiones y aspectos, desde la pesadilla nazi al terrorismo de extrema izquierda de los años 70.

Había recreado ya varias historias de mujeres como la figura de Hildegarda de Binden, una de las más influyentes de la Baja Edad Media o la de Rosa Luxemburgo, teórica y activista revolucionaria de proyección mundial. La de Hannah Arendt a continuación, le sirve para volver de nuevo sobre el horror del holocausto y sobre otra de las voces femeninas con fuerte presencia en el pensamiento universal.

El asunto que aborda está contado sin extremismos, sin gritar, con miradas agudas y acertadas sobre la personalidad de la mujer que se esconde detrás de esta gran filósofa independiente, criticada e incomprendida en su época, pero valorada después.

La utilización de flashbacks para aludir a su paradójico pasado como amante de su maestro el gran filósofo Heidegger, indiscutiblemente pronazi; el enriquecedor empleo en la trama de escenas reales del juicio de Eichman, la atinada recreación de ese confortable entorno universitario norteamericano en que transcurre su vida de exiliada… Todo resulta acertado, descrito con habilidad, eficacia y sobriedad. Y Barbara Sukowa con su brillante interpretación de la conocida pensadora consiguió por su parte deslumbrar a crítica y público.

La historia además no ha perdido actualidad y nos invita también a reflexionar, haciéndola extensiva a nuestro tiempo, tan totalitario en muchos aspectos, sobre los peligros derivados de la ausencia de valores, la falta de criterio o la incapacidad de razonar, frecuentes también en nuestros días, porque la comodidad de aceptar sin analizarlas las premisas morales que nos vengan impuestas nos convierte en seres sin principios, individuos sin alma, fácilmente manipulables y en consecuencia instrumentos pintiparados para realizar el mal.

viernes, 13 de julio de 2018

Mujeres de armas tomar


Da pereza el cine mudo, pero si se consigue vencer para enfrentarse a una buena película, siempre ese pequeño esfuerzo habrá compensado. Si la película es la Juana de Arco de Dreyer quedamos tan fascinados que queremos más. Tal es la belleza y sugestión de sus imágenes.

La pasión de Juana de Arco, una de las primeras grandes películas de la historia del cine, nos deja subyugados con esos primeros planos de rostros singulares que destilan verdad, con esos interiores bellísimos en su desnudez y esa desgarradora interpretación de Jeanne Falconetti en la única película que hizo, tan impactante y tan veraz, transmitiéndonos angustia, indefensión, fragilidad y fuerza, determinación y espiritualidad.

La película se apoya en la historia de Juana de Arco, líder militar y personaje clave a favor del delfín de Francia en la Guerra de los Cien Años, heroína que antes de ver consumado el triunfo por el que luchó, fue capturada por el enemigo y condenada a muerte. Pero esto se da por sabido; lo que nos cuenta el film es primero el juicio a que fue sometida, recurriendo para ello a las actas originales del proceso, y la quema de Juana en la hoguera después.

Realizada en 1928 será la segunda (De Mille se adelantó en 1916) de un rosario de películas sobre la figura de la doncella de Orleans (Victor Fleming, 1948;  Roberto Rossellini, 1954; Otto Preminger, 1957;  Robert Bresson, 1962; Jacques Rivette, 1994; Luc Besson, 1999; Christian Duguay 1999). Correctas algunas, inspiradas otras, interesantes todas, pero ninguna ha logrado hasta hoy alcanzar el nivel al que Dreyer llegó con La pasión de Juana de Arco, indiscutible obra maestra que a los noventa años de su realización nos sigue estremeciendo como el primer día aunque el cine todavía no dispusiera de los muchos avances tecnológicos de los que el tiempo le fue dotando.

Dreyer cuenta que eligió el personaje en una terna donde figuraban también María Antonieta y Catalina de Medecis. Y, según dice, fue el azar el que decidió, pero la verdad es que la figura de Juana estaba entonces muy de actualidad, ya que había sido recientemente canonizada (en 1920), y elegida patrona de Francia. Está aún fresca en el recuerdo la exitosa película de Cecil B. De Mille, de grandes escenarios y gloriosas batallas sobre la vida de la santa francesa, pero Dreyer no quiere contarnos la gesta de Juana, sino sólo su indefensión frente a los jueces crueles e insensibles, su espiritualidad y su sufrimiento, así que se centra en las actas del proceso, también hechas públicas pocos años antes, y en su tormento en la hoguera.


Y se sirve para emocionarnos de su maestría de realizador genial: cuidadísimos escenarios de sobriedad espartana y una muy acertada iluminación natural, que subraya el dramatismo del relato; la fuerza visual de esas caras sin maquillar de los inquisidores, sus actitudes de acoso, subrayadas con contrapicados y la habilidad con que nos desvela el ensañamiento con la víctima, la perversa misoginia de sus jueces, al servicio de conveniencias políticas; todo ello acentuado por el ritmo pausado de la narración. Sin olvidar, la carga expresiva de la actriz, única transmitiendo el misticismo y el dolor de la joven. En fin una obra ejecutada y conseguida con un conocimiento de los medios que deslumbra y desarma.




Si la lucha de Juana la llevó a los altares, a Lucrecia su fama de mala la situó en el reverso de la moneda: de santa a pecadora, pero también mujer de armas tomar si hacemos caso a todas las maldades que de ella ha divulgado la leyenda.

Porque su persona ha sido casi siempre abordada desde una óptica sensacionalista, especialmente desde que Víctor Hugo la hiciera objeto de uno de sus dramas, que además sirvió de base para la famosa ópera de Donizetti, que lleva su nombre, y, que resultó asimismo vehículo eficaz para extender su mala imagen. Alejandro Dumas, Mario Puzzo,  Dario Fo y otros muchos han novelado también su vida y hasta en tebeos nos han contado sus peripecias (recordemos Los Borgia de Alejandro Jodorowski), pero no todos han dado una visión amable del personaje, sino que la mayoría han insistido en divulgar su fama de envenenadora, ninfómana… y otros epítetos por el estilo.

Lucrecia Borgia (1480-1519)por Bartolometo Veneto
Eran sus tiempos, tiempos de sobornos y de orgías; de ambiciones desmedidas, puñaladas y venenos. Y en aquella Roma donde los suyos moraban, los Borgia resultaban unos extranjeros demasiado poderosos y, por ello, fácil pasto de injurias, propagadas por familias nativas envidiosas de sus éxitos sociales.

Isolda Dichauk como Lucrecia Borgia
Porque Lucrecia pertenecía a una influyente familia española, oriunda de Valencia, los Borja que dio dos papas a la iglesia, (su padre uno de ellos, y su tío abuelo el otro), y que dos generaciones después darían también un santo, Francisco de Borja. Sus hermanos, bien situados socialmente por su todopoderoso progenitor, fueron hombres de mando temibles y crueles, sobre todo César que ha pasado a la historia como asesino sanguinario, con documentos que parecen acreditarlo, lo que no sucede con Lucrecia, acusada de conducta disoluta, incestuosa y hasta asesina sin que ninguna prueba lo confirme. Lo más probable es que fuera tan solo una dama noble e instruida, amante del arte y de la cultura, que paseó su persona por diferentes cortes italianas codeándose con lo más brillante y granado del renacimiento: Leonardo, Miguel Angel, Rafael, Copernico …; utilizada sin duda por su poderosa familia como moneda de cambio para sus intereses, y pasto de la maledicencia que con ella se cebó, aunque con toda probabilidad inocente de las barbaridades que se la han achacado y ajena a los tintes sombríos con que se ha adornado su imagen.

Pero cualquiera que fuese la realidad todos esos colores con que se ha pintado su existir resultan tentadores para el cine, que ha vuelto sobre su figura y la de su novelesca familia en diferentes ocasiones: 1922, Richard Oswald; 1935, Abel Gance; 1940, Hans Hinrich; 1947, Bayon Herrera; 1953, Christian Jaque; 1968, Osvaldo Civirani; 1982, Bianchi Montero; 2006, Antonio Hernández.

The Borgias, (Neil Jordan, 2011) 
Y también la TV que en 2011 registra dos series interesantes sobre su familia: la del canadiense Neil Jordan, The Borgias, y la coproducción franco italiana Borgia, dirigida por Oliver Hirschbiegel.

Si Juana, la doncella de Orleans, era una iluminada convencida de tener una misión en la vida y decidida a cumplirla a cualquier precio, y la bella Lucrecia nos ha llegado, con razón o sin ella, como un personaje peligroso por su capacidad para el mal, la voluntad de mando de Isabel Tudor y su falta de escrúpulos para manejar su inmenso poder, la convierten asimismo en una mujer de cuidado.

Isabel I de Inglaterra por George Gower, 1588
Su figura descuella también entre las favoritas del cine a juzgar por el gran número de películas y series de TV que se han inspirado en su vida. Celebrada como mujer independiente por un feminismo no muy riguroso, engrandecida y embellecida por la propaganda protestante en su papel de represora de papistas, o calificada, desde planteamientos más novelescos, de siniestra y malvada, por los actos más crueles de su reinado, su figura ha sido abordada desde diferentes y hasta opuestos ángulos, pero siempre mitificada como la dama poderosa, respetada y temida que sin duda llegó a ser.



Así que tratada con fiereza o con comprensión, querida u odiada, su tumultuosa biografía ha dado mucho juego para volver repetidamente sobre el personaje. Y el cine lo ha hecho una y otra vez recurriendo a actrices tan grandes como Bette Davis, Glenda Jackson, Vanessa Redgrave, Judy Dench, Helen Mirren, Kate Blanche, entre otras, y es un placer confrontar sus trabajos.

Bette Davis en La Reina Virgen, (1955)
La televisiva serie Los Tudor, (The Tudors, 2007), nos cuenta su infancia, pero en casi todas las restantes ocasiones se nos relatan sus amores. Así lo hace Henri Desfontaines en fechas tan tempranas como 1912 con Les Amours de la reine Elisabeth, cortometraje protagonizado, todavía en la infancia del cine, por la gran Sarah Bernhardt; Michael Curtiz en 1939 con La vida privada de Elisabeth y Essex, (The Private Lives of Elizabeth and Essex), donde Bette Davis y Errol Flynn encarnan a la reina y a su amante, el infortunado Robert Devereux (cantados también por Donizetti en su famosa ópera); George Sidney con La reina virgen (Young Bess, 1953), en la que una juvenil y dulce Jean Simmons da vida a Isabel en sus primeros años;  Henri Coster también con La Reina Virgen (The Virgin Queen, 1955), de nuevo con Bette Davis, ahora en el relato de sus amores con Sir Walter Raleigh, el pirata que asaltaba barcos españoles con el beneplácito real para robar el oro de la América Hispana; y, dando un gran salto en el tiempo, Tom Hooper con Elizabeth I (2005), donde Hellen Mirren en el papel de la reina interpreta sus últimas aventuras amorosas, tanto con el Conde de Essex primero, como con Robert Dudley después, quien, ennoblecido como duque de Leicester,  es retenido en la corte por la reina, abrumado con cargos y prebendas.
Helen Mirren como Isabel I de Inglaterra, (2005)
Amoríos aparte, otro aspecto interesante de su biografía, la relación con su prima María, la reina de Escocia, fue llevada a la pantalla por John Ford en 1936 con el título María Estuardo  (Mary of Scotland), Aquí se cambian las tornas con una puesta en escena a favor de una bellísima y pura María frente a una malvada y poco agraciada Isabel. Y en 1972 Charles Jarrot vuelve sobre el tema con María reina de Escocia, confíándole a Glenda Jackson la responsabilidad de interpretar de nuevo a Isabel I, repitiendo un papel que el año anterior le había proporcionado un Emmy por su trabajo en la serie Elizabeth R., y asignándole el de María a Vanessa Redgrave, regalándonos así un interesante dúo interpretativo.

Aspectos tangenciales de su reinado se tratan en Shakespeare in love, (John Madden 1998) donde se recrea la época del teatro isabelino y en la pseudohistórica Anonymous (Roland Emmerich, 2011), sobre la falsa autoría de William Shakespeare. En ambos filmes el personaje, interpretado por Judy Dench y Vanessa Redgrave, respectivamente, presenta a una reina que utiliza el teatro como  refuerzo de su imagen.



Judy Dench como Isabel I en 1988
A Judy Dench, su aparición en Shakespeare in love le haría merecedora de un Oscar como mejor actriz de reparto por esos espléndidos ocho minutos en que encarnó con tanta fuerza a este mítico personaje histórico.

También en el film Orlando (Sally Potter, 1993) aparece puntualmente la figura de Isabel I, esta vez interpretada por el conocido icono gay Quentin Crisp en una personificación de la reina muy elogiada en su día por la crítica y el público.

Glenda Jackson en Elizabeth R, (1971)
La televisión británica ha recogido, asímismo, como ya avanzamos, el retrato de Isabel en la teatral producción de la BBC, Elizabeth R (Roderick Graham, 1971), con Glenda Jackson interpretando, a lo largo de seis capítulos, la etapa más significativa de la vida de la reina, desde su llegada al trono hasta la proclamación de Jacobo VI como su sucesor. Serie tan exitosa que dio lugar a una parodia de Graham Chapman en un sketch del programa Monthy Python’s Flying Circus. 

Y abarcando también todo su reinado, pero desde una óptica beatamente hagiográfica, el hindú Shekhar Kapur realizó en 1998 Elizabeth y, veinte años después, Elizabeth, la Edad de Oro, (Elizabeth, the Golden Age, 2008), donde, en su afán de elogiar la figura de la reina, el realizador cede a la tentación simplista de contarnos una historia de buenos y malos alentando la leyenda negra de Felipe II y su malvada corte española, oscurantista y cruel; visión maniquea y simplona de la historia que resta méritos al relato. Tolerado este enfoque edulcorado y reductor, la apropiada recreación de vestuario y decorados y la buena interpretación de Kate Blanchett salvan una película que prometía más.

Kate Blanchett como Isabel I de Inglaterra (2008)
Entre medias de las dos realizaciones de Kapur, en 2005 otra soberbia actriz británica tomaría el testigo de Blanchett y Dench, en el papel de la reina, la extraordinaria Helen Mirren esta vez para la miniserie: Elizabeth I.

Y a continuación, Anne Marie-Duff volvería a encarnar a la reina en otra miniserie más, El Favorito de la Reina, lanzada en 2006 por la BBC, para que no coincidiera con la anterior.

Resumiendo,  tres impactantes figuras: por la capacidad de entrega a su causa, la de Juana de Orleans, que levantó todo un ejército victorioso en defensa del delfín de Francia; la de Lucrecia Borgia, por esa imagen de mujer peligrosa, perversa y degenerada que de ella han divulgado, tal vez injustamente, el tiempo y la historia; y la de Isabel I de Inglaterra, por su poder omnímodo y tiránico, y su voluntad férrea de ejercerlo. Personajes que no parecen tener demasiado en común pero que sin duda responden totalmente al enunciado.

sábado, 14 de abril de 2018

Políticos vistos por el cine


Recientemente se han estrenado dos películas sobre Churchill. Como si después del Brexit los británicos quisieran recordarnos su papel de salvadores de Europa frente al nazismo. Y también, por el estilo de exaltación patriótica de una de ellas, como si experimentaran la necesidad de sentirse héroes.

Se trata de Churchill, (2017, Jonathan Teplitzky, con Bryan Cox y Miranda Richardson), y, El instante más oscuro, (2017, Joe Wright, con Gary Oldman y Kristin Scott Thomas).

El Churchill de Teplitzky parece que va a ser un retrato intimista, alejado de heroicidades y elegíacos perfiles de personaje ejemplar, pero se queda a medio camino, reflejándonos solo un anciano que no quiere repetir los errores que cometió en Gallipoli durante la primera guerra mundial y que por lo mismo se opone tercamente al proyecto de Eisenhower de desembarcar en Normandía, obstaculizando el trabajo de los aliados hasta el punto de resultar patético para unos espectadores que se saben el desenlace y por lo mismo conocen lo equivocado de su postura. Estupendos los actores en unas interpretaciones llenas de talento, especialmente la brillante Miranda RIchardson en el papel de esposa de Churchill.

La película de Joe Wright, El instante más oscuro cuenta también con una excelente actriz como la mujer del político, Kristin Scott Thomas, asimismo impecable en su papel, y un Gary Oldman como Churchill que logra el Oscar, a pesar de una caracterización en nada semejante al personaje y una interpretación sobreactuada.

Gary Oldman en El instante más oscuro, 2017

El relato se centra en el momento más difícil para Gran Bretaña, cuando se ha quedado sola frente a Hitler, y él, primer ministro, sometido por el rey y por su propio partido a fuertes presiones para abandonar la pelea, tiene que tomar la decisión de aceptar un acuerdo de paz o continuar la guerra. El instante más oscuro, puesto que a ciegas y casi en solitario tiene que elegir una opción trascendental que condicionará el curso de la historia. Sus éxitos levantando la moral de los británicos y reforzando sus ideales democráticos y su voluntad de lucha por la libertad es lo que la película nos cuenta, sin ahorrarnos desde luego esas exaltaciones patrióticas que vienen a reforzar la autoestima nacional.

Los británicos son notables recreando figuras de su historia. Ejemplos de su presente y su pasado reciente serían The Queen, (2006, Stephen Frears), con una espléndida Helen Mirren, admirable en el parecido físico que logra con la reina para componer su personaje de Isabel de Inglaterra,  o The Iron Lady (2011, Phyllida Lloyd), con una Meryl Streep de quien se puede afirmar lo mismo, espléndida recreando a Margaret Thatcher. Ambas, relatos biográficos que pasan de puntillas sobre la significación política de sus figuras, sin un análisis riguroso de las mismas, pero que consiguen, sí, transmitirnos la atmósfera que las rodea y nos las hace creíbles como seres humanos.

Los presidentes de los Estados Unidos también han despertado con frecuencia el interés del cine. Ahí está por ejemplo la figura de Nixon, abordada desde numerosos ángulos y en numerosas ocasiones, bien centrada en su individualidad o aludida de manera tangencial a través del retrato de personajes o acontecimientos sucedidos en la etapa de su presidencia: El caso Fischer,(Zwick, 2014), J. Edgar, (Clint Eastwood, 2012), El asesinato de Nixon, (Mueller, 2004), Aventuras de la Casa Blanca, (Fleming, 1999) Forrest Gump, (Zemeczquis, 1994) por citar algunas.

Pero atendiendo a las primeras, la más reciente hasta hoy, Elvis & Nixon, (Liza Johnson 2016), nos relata tan solo una anécdota: el empeño del rey del Rock & Roll en obtener una placa de agente federal y su recibimiento, a causa de esto por Nixon en el Despacho Oval de la Casa Blanca en diciembre de 1970.

Mas alcance tiene Nixon, (1994), donde Oliver Stone se detiene en su biografía y logra trazar, con la inestimable ayuda de Stephen Hopkins, no sólo un inteligente perfil del ambicioso y desconfiado presidente, sino también una estupenda estampa de los entresijos de la política americana. Y especialmente lograda está la tensión dramática de los últimos días de su presidencia, así como el momento de su dimisión por el escándalo del Watergate.

Dustin Hoffman y Robert Redford en Todos los hombres del presidente, 1976
De desmenuzarnos ese caso se ocupó con gran éxito Todos los hombres del presidente, (Pakula, 1976), un canto a la libertad de prensa y al periodismo de investigación, que en esta ocasión obligó al presidente de los Estados Unidos a dimitir de su cargo, cuando dos intrépidos periodistas lograron destapar un asunto de espionaje en el Comité Electoral de los Demócratas, el partido rival, poniendo en evidencia además los intentos desesperados de Nixon por entorpecer la labor de la justicia, hecho que precipitaría su caída. Un caso que pasó a la historia como el escándalo Watergate. La película resultó ágil de ritmo y sobria de concepción, sin concesiones a recursos fáciles y en un estilo entre ficción y documental que la hizo muy creíble. Y, por si fuera poco estuvo impecablemente interpretada por Redford y Hoffman como la pareja de reporteros así como por un magnífico Jason Robards en el papel de Ben Bradlee, el editor. 

Tres años después de su caída el británico David Frost logra convencer al expresidente para la realización de una serie de interesantes entrevistas televisivas que captaron en gran medida la atención del público y sirvieron de inspiración para una exitosa obra de teatro, El desafío: Frost contra Nixon, adaptada al cine con el mismo título, Frost/Nixon, por Ron Howard en 2008. También con los mismos actores, Frank Langella y Michael Sheen, que antes la habían representado con gran fortuna en los teatros de Londres y Broadway. Howard lograría con esta película realizar un cine político de altura.

La preparación de la entrevista; la presentación del político que no se resigna a que toda su aventura de poder termine de manera tan lamentable y pone sus esperanzas de lavado de imagen en esta nueva aparición ante las cámaras; las motivaciones del periodista, ya exitoso por anteriores programas en el Reino Unido y Australia, pero que pretende con esto quitarse la fama de frívolo que le acompaña… todo ello envuelve con brillantez el encuentro de ambos ante las cámaras, dando densidad al acontecimiento.

De especial interés resulta también Il divo, (2007), una mirada fresca y algo burlona que Paolo Sorrentino lanza sobre la personalidad y significación política de Giulio Andreotti, personaje omnipotente y oscuro, siempre en el centro del poder en la Italia de la segunda mitad del siglo veinte, desde que en 1947 Alcide De Gasperi, fundador de la Democracia Cristiana, lo nombrara su segundo y hasta 1992, en que estalla el escándalo conocido como Tangentópolis (de tangente, soborno en italiano), que acaba con la Democracia Cristiana y de paso con el Partido Socialista de Bettino Craxi, envueltos ambos en los formidables casos de corrupción que entonces se destaparon. El asunto estalla cuando el socialista Mario Chiesa es sorprendido embolsándose un soborno, y su partido trata de aislar el hecho. El detenido, al sentirse abandonado por los suyos, empieza a confesar en la cárcel y otros empresarios y políticos tanto socialistas como democristianos le secundan, acabando también los líderes de sus formaciones en el banquillo de los acusados. El escándalo produjo además una treintena de suicidios y salpicó incluso a Berlusconi, quien milagrosamente consiguió salir indemne del caso.

Para mejor comprensión de la película, quizá no sobre recordar la trayectoria del protagonista: Andreotti, miembro de la Democracia Cristiana desde su fundación en los años cuarenta, desarrollaría dentro del partido toda su actividad política. Ejerció primero y hasta 1954 el cargo de subsecretario de la jefatura del Gobierno; fue presidente del consejo de ministros en siete ocasiones; ministro de diferentes carteras en muchas más: interior, finanzas y defensa entre otras; y, por último, senador vitalicio desde 1991. Plenamente identificado con la derecha católica, responder a los intereses del Vaticano fue una de sus tres prioridades. Los intereses de su partido y los de la OTAN fueron las otras dos, a veces confundidas en una sola, siempre alerta como estuvo a evitar que el partido comunista alcanzara el poder. No demasiado escrupuloso en la consecución de sus objetivos acabaría teniendo que enfrentarse con las consecuencias judiciales de sus actos, aunque extremadamente hábil, a la larga nunca saldría mal parado.

La película se detiene especialmente en dos de los asuntos más espinosos de la vivencia política de Andreotti: su postura contraria al pago de rescate en el secuestro y asesinato de su correligionario Aldo Moro por las Brigadas Rojas, y sus complicidades con el crimen organizado, que acabarían llevándole ante los tribunales en diferentes ocasiones y por distintos casos. El más grave para él y por el que fue condenado, fue su implicación en el asesinato, a manos de la Maffia, del periodista Mino Pecorelli, quien había denunciado la infiltración masónica en las altas esferas de la iglesia, (escándalos relativos a la logia P2 y la quiebra de la Banca Ambrosiana)  y decía tener documentos sobre el caso Moro que implicaban a Andreotti. Todo empezó para nuestro político en 1968, cuando se alía con el ala siciliana de la Democracia Cristiana, plagada de infiltrados de Cosa Nostra, y termina en 1980 cuando ésta organización criminal asesina a otro democristiano, Piersanti Mattarella, hermano del actual Presidente de la República Italiana. En lo sucesivo Andreotti se distanciará y empezará a hacerles frente. Son sin embargo un buen número de años y los múltiples hechos punibles acaecidos durante ese tiempo fueron aireados en diferentes procesos de los que no siempre salió absuelto, pero de todos se libró porque aquellos en que se probó su participación habían ya prescrito cuando fue juzgado.

Giulio Andreotti
Sorrentino lanza sobre el político una mirada inteligente, crítica, no exenta de ironía y paradójicamente también de cierta fascinación por la habilidad del individuo para salir siempre victorioso en ese enredado entorno, a menudo siniestro y oscuro, de atmósferas clericales, logias masónicas, conspiraciones y traiciones en que se mueve. Toni Servillo, por su parte, compone un personaje impasible e impenetrable, que esconde firmemente sus emociones y se muestra duro como una roca ante todo lo que se le viene encima, como si fuera intocable, que en verdad parece serlo, saliendo incólume de tanto asunto turbio. Un personaje imperturbable, inquietante, astuto y bien dotado para la intriga; un verdadero genio de la política, como sin duda fue Giulio Andreotti, destacado democristiano, muerto en 2013, a los 94 años de edad, después de sobrevivir a seis papas y dominar durante décadas la política italiana.



jueves, 4 de agosto de 2016

Coronel Redl




El pasado 2014 ha sido el año del recuerdo de la primera guerra mundial, ese momento en que Europa empezó a suicidarse sin saberlo y cuyo primer resultado político supuso la desmembración del imperio austrohúngaro. 

Una película de István Szabó, Coronel Redl, nos asoma a la realidad política de ese imperio, a las interioridades de su ejecutivo en sus últimos momentos, y nos revela cómo sus propias fuerzas lo van socavando por dentro y esforzándose irresponsablemente por dinamitarlo.


El cine nos venía acostumbrando a contemplar Austría-Hungría desde sus ángulos más dulces: valses, sosiego, estabilidad. Desde las rosas biografías de la emperatriz Isabel (Sissi y toda su secuelas: El destino de Sissi, Sissi emperatriz...) a la mirada nostálgica, de paraíso perdido, de la Viena de Ophuls, (Amoríos, Carta a una desconocida, La ronda, De Mayerling a Sarajevo…) todo nos sugería un mundo amable, sonriente y seguro. Pero ese sólido existir, que parecía alcanzado ya para siempre, se derrumba de golpe, como castillo de naipes, sin motivo aparente y sin posible marcha a atrás.


Aquella Europa feliz y confiada, tan segura de sí misma y de su superioridad mundial ya no volverá. Con el imperio todo se ha venido abajo, no sólo el poderío austríaco, toda Europa se ha hundido, aunque tendrá que sufrir otro descalabro aún mayor, la segunda guerra mundial, para empezar a creérselo.


István Szabó, director de Coronel Redl, es un húngaro nacido en 1938 en Budapest y graduado en artes escénicas en 1961. En lo personal le ha tocado vivir la infancia bajo un duro y terrible estalinismo; ser testigo en su primera juventud de la revolución de 1956 y, en definitiva, estar siempre influido por sucesos políticos que le afectan de cerca: familia, vecinos o conocidos que han sufrido tragedias terribles, emigraciones forzosas… Profesionalmente ha crecido bajo la influencia del neorrealismo italiano primero y de la nouvelle vague francesa después. De Sica le ha desvelado desde muy pronto la sinceridad y la honestidad en el cine; los realizadores franceses de los años 60 por su parte le descubren la libertad de escribir con la cámara. Y ambos, franceses e italianos, lo importante que es hacer un cine personal.


Estos son los parámetros en que se mueve Itsván Szabó, cineasta introspectivo, siempre interesado por lo sucedido en su Europa en los últimos cien años: la primera guerra mundial, el período revolucionario, el nacionalista que llevó a la segunda...; experiencias recién vividas que él lleva a la pantalla no para juzgarlas, sino para ayudarnos a comprenderlas y no repetirlas.


Coronel Redl nos cuenta la historia de un personaje real, un oficial del ejército austrohúngaro, Alfred Redl, (1864-1913), ascendido hasta convertirse en coronel y ocupar el cargo de jefe de estado mayor del VIII Cuerpo (Praga). Destinado durante un tiempo a los servicios de contraespionaje, fue acusado de haber ejercido de espía ruso y haber entregado a diferentes potencias enemigas (Rusia, sobre todo, pero también Francia e Italia) secretos que incidirían decisivamente en el resultado de la contienda. La opinión pública, escandalizada, le odió como gran traidor, achacándole la pérdida de la guerra y de millones de vidas de sus compatriotas.


La versión de Szabó está inspirada en Un patriota para mi, (A patriot for me), pieza teatral del dramaturgo inglés John Osborne. Basada también en los hechos reales pero en las antípodas de la verdad oficial, nos sitúa al personaje realizando un impecable trabajo dentro de los servicios de contraespionaje y atribuye a su homosexualidad, que trata de mantener oculta, el detonante de su estrepitosa caída en desgracia. 


Para una mejor compresión del individuo y su medio, Szabó se detiene también en su infancia y adolescencia, enmarcada en un imperio muy liberal a su modo, donde el talento personal tiene oportunidad de logros sociales siempre que se acepten las rígidas normas del juego. Alfred Redl, educado para ser leal, asimila los valores imperantes y se identifica plenamente con ellos. Y sin embargo acabará contemplando con estupor cómo su vida ha resultado mal encaminada, no por su causa, sino por la propia sociedad, que ya no es leal a los valores que le había inculcado. El poder en la película significa traición y más traición. Nadie, excepto el anciano emperador, cree ya en la monarquía, ni siquiera el heredero al trono, que conspira como todos. El poder con mayúscula, el verdadero poder, utiliza a la gente de manera despiadada si es preciso. Y Redl está confuso, atrapado en un laberinto de intereses que no comprende y que le desborda, incapaz de escapar de esa pesadilla que sólo le deja un camino a seguir, un camino trágico.

La película fue muy bien recibida por la crítica, obteniendo además el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1985. Con la perspectiva del tiempo podemos englobarla junto con Mephisto (1981) y Hanussen (1988) como parte de una trilogía que reflexiona sobre la Europa del XX. No serían sus únicas aproximaciones al tema; en el año 1991 estrenaría El amanecer de un siglo (Sunshine), donde recrea la saga de una familia judía a lo largo del siglo XX y, con ella, la historia de Hungría que es su marco natural. Y todavía volvería a repensar desde nuevos ángulos el pasado próximo. 


El cine de István Szabo, intimista y sensible, elegante y descarnado, interesa y emociona. Desde los años sesenta y setenta en que realizó sus primeras cintas centradas en la historia reciente de su Hungría natal hasta alguna de sus últimas producciones, la tragedia europea del siglo XX casi siempre está presente, bien como núcleo de la historia o, al menos, como telón de fondo. Dos ejemplos más: En 2001, con Requiem por un imperio, (Taking sides), se detiene en la figura de Wilhelm Furwangler, (1886-1954), famoso director de orquesta de la Filarmónica de Berlín, reflexionando sobre su conducta durante el Tercer Reich. Y en su última película, Tras la puerta, (The door), realizada en 2012 con Hellen Mirren en el personaje principal, vuelve a ofrecernos un drama histórico ambientado en la ensombrecida Hungría de la segunda posguerra. 


Parece evidente que el director, en definitiva hijo de la segunda guerra mundial, siente la necesidad de explicarse su historia una y otra vez, ahondando a veces en los rincones más diabólicos o perversos; mostrando en otras la dureza de sobrevivir en un régimen con el que uno no puede identificarse; tratando siempre en definitiva de comprender. Y lo hace con tanta verdad y con tal maestría y diversidad de enfoques que nos aclara mucho las cosas, nos enriquece y nos hace pensar.