No es muy conocido
entre nosotros el cine húngaro, pero si pensamos en cineastas húngaros entonces
en seguida encontramos alguno detrás de películas que hicieron época, como la
mítica Casablanca, dirigida por Michael Curtiz (1886-1962) en 1942 o la también
mítica Gilda, realizada por Charles Vidor (1900-1959) pocos años después.
Michael Curtiz rodando con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman Casablanca (1942)
Michael
Curtiz (Mano Kaminer) y Charles Vidor (Karoly Vidor) habían nacido en el
Budapest del Imperio Austrohúngaro, ambos judíos, ambos combatientes en la
primera guerra mundial y ambos en América ya en los veinte del veinte. Curtiz
llegó a Hollywood tras largos años de carrera en Budapest y Viena;Vidor, con la experiencia de unos años de
cine mudo como ayudante de Alexander Korda, cineasta húngaro también y que, al
igual que ellos, se exiliaría, éste definitivamente en Gran Bretaña.
Curtiz,
realizador prolífico y exitoso, aportó solidario parte de sus ingresos al Fondo
de Cine Europeo, una asociación profesional de ayuda a refugiados para establecerse en los Estados Unidos.
Aunque Casablanca fue su película más
celebrada tuvo una importante carrera, donde brillaron otros muchos trabajos notables
como Robin de los bosques (The Adventures
of Robin Hood,1939), La vida privada
de Elizabeth y Essex, (The Private Lives of Elizabeth y Essex,1939), Yankee
Doodle Dandy (1942) o Mildred Pierce (1945).
Charles Vidor con Rita Hayworth
En
cuanto a Vidor, había dado el salto al otro lado del Atlántico también muy
tempranamente.
Tras la primera gran guerra, Hungría había entrado primero en un caos
revolucionario y desembocado después en una monarquía antisemita que forzó al
exilio a numerosos judíos.
Ese fue el caso de Curtis, sería el de Vidor, el de Korda y el de tantos más.
Charles Vidor da el salto en 1924, trabajando primero
en Broadway y en seguida en Hollywood donde realizaría un buen número de
películas durante las décadas de los 30, 40 y 50. Gilda sin duda fue la más celebrada.
Murió mientras rodaba Sueño de Amor (Song witouth end, 1960), una romántica biografía del compositor
Franz Liszt, con Dick Bogarde como inolvidable protagonista, que terminaría
George Cukor.
Alexander Korda
Alexander
Korda (1893-1956) o Sándor László
Kellner, fue el mayor de tres hermanos. Los otros dos: Zoltan (1895-1961)
y Vincent (1897-1979) también como él desarrollaron sendas carreras en la
dirección de cine y asimismo en el exilio. Alexander había empezado como
cineasta al tiempo que estallaba la primera guerra mundial de modo que llevaba
ya una amplia trayectoria en el cine mudo cuando, tras ser encarcelado en 1919,
recobrara la libertad. Trabajaría a continuación en Viena, Berlín y Paris para
instalarse definitivamente en Londres adonde llega como representante de la
Paramount y donde realizaría la parte más importante de su doble carrera de
productor (Ser o no ser -To be or not to be-, 1942; El tercer hombre –The Third Man- 1949…)
y director (Rembrandt, 1936; El ladrón de Bagdad, 1940…).
También
a Londres iría a parar otro exiliado húngaro, Emeric Pressburguer (1901-1988),
en origen Imre József Pressburger. A Emeric Pressburger, quien había iniciado su trayectoria laboral como periodista y guionista en la UFA de Berlín, es el ascenso de los
nazis al poder lo que le obliga como a tantos a marchar. Se traslada a París y después
a Londres donde el ya influyente Alexander Korda lo contrata. Con nacionalidad
británica desde 1946, sus mejores momentos profesionales los viviría en común con
Michael Powell con quien efectuó para el sello The Archers una serie de obras
únicas, maravillosamente originales, verdaderas joyas del cine como Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) o Los cuentos de Hoffmann (The tales of Hoffmann,1951).
Ladislao Vadja
Otro
esplendido cineasta húngaro impelido al exiliofueLadislao Vadja, y
este se afincó en España, al menos durante la realización de lo más granado de su
producción.
Ladislao Vadja, nacido en
Budapest en 1906 y muerto en Barcelona en 1965 se mueve por diferentes países
de Europa, como refleja su obra realizada en Gran Bretaña,
Hungría, Francia, Italia, España, Portugal, Alemania y Suiza, pero, como ya
avanzamos, la mayor parte de su cine y desde luego casi todas sus mejores
películas las realizó entre nosotros.
Mi tío Jacinto (Vadja, 1956)
Sus títulos más interesantes, Barrio, basada en una novela del
escritor belga Georges Simenon, que en su día, paradójicamente, resultó todo un
fracaso de taquilla; y sus exitosas Carne de horca(1953), que
constituye un singular enfoque del bandolerismo andaluz abordado como si de un
western se tratase; Marcelino pan y vino, (1955), insospechado éxito
internacional; y dos películas que nos dan una doble e interesante visión del
mundo de los toros: Tarde de toros(1956) y la magnífica (1956).
Hay que mencionar
además El cebo (Es Geschach am hellichten Tag, 1958), coproducida por la
española Producciones Chamartín y filmada en Suiza, adaptación de una novela de
Friedrich Dürrenmatt, que firmó también el guion, y que constituye un magnífico
thriller sobre un asesino en serie de niños; una historia estupendamente bien
contada y que con el paso del tiempo no ha perdido nada de su fuerza.
En cuanto a los que trabajaban en Hungría, las fronteras eran tan impermeables que apenas se tenían noticias, mas que sus escasas apariciones en algún que otro festival. En los años sesenta alcanzó cierta notoriedad en Occidente la obra de Miklos Jancsó, cineasta residente primero en Hungría y un tiempo en Italia, autor de un cine de trasfondo histórico o rural principalmente y cuya temática incidía sobre todo en los abusos del poder y las formas de opresión. Acusado por los críticos de repetirse, en los años ochenta y conforme perdía notoriedad, se fue eclipsando.
Istvan Szabo con
Klaus María Brandauer, habitual en sus películas
Precisamente en esa década Hollywood nos puso de nuevo ante la obra de otro brillante cineasta
húngaro residente en Hungría. Nos referimos a Istvan Szabo (1938),
cuyo Mephisto fue Oscar de Hollywood
de 1981 a la mejor película extranjera. Sus títulos inmediatamente
posteriores (Coronel Redl y Hanussen)
serían también premiados en Cannes. Y en las décadas siguientes rodaría
numerosas películas en coproducción que alcanzarían una mayor difusión y
facilidades de visionado en todo Occidente: Cita
con Venus (Meeting Venus, 1991); Dulce Emma, querida Bobe (Édes Emma drága Böbe, 1992); El amanecer de un siglo (Sunshine, 1999); Requiem por un imperio (Taking Sides,2001); Conociendo a Julia (Being Julia,2004); Parientes (Relatives,
2006); Tras la puerta (The Door, 2012); Final Report (2019).
La excelente obra de Szabo, rica, sugerente e
interesante, de alguna manera casi siempre vuelve desde distintos ángulos a
reflexionar sobre las propias vivencias de su creador, un europeo testigo de
graves cataclismos. Y lo hace, ya sea deteniéndose en momentos trascendentales:
la primera guerra mundial (Coronel Redl,
Hanussen) y la segunda (Confianza,
Mephisto, Taking Sides); desplegando
el relato en un friso que abarca la historia de Hungría a lo largo de todo la
centuria, como en Sunshine; o abordando
diferentes problemáticas de su país natal antes, durante y después de su etapa soviética
(25 Fireman’s Street,Dulce Emma querida Bobe, The door…). Enfoques
todos que aportan una mirada inteligente y enriquecedora sobre los avatares de Hungría
en particular, pero que trascienden ese marco para ayudarnos a entender la
Europa del siglo XX. También en sus comedias y restantes obras que no enfrentan
decididamente el contexto histórico se filtra asimismo en la trama la influencia de los hechos sociales que en su momento se desarrollan.
Un cine por tanto el de Itsvan Szabo
extremadamente interesante como análisis de nuestra historia reciente, y
notable además por su profundidad en el tratamiento de los temas y su impecable
factura.
Por último, mencionar a Bela Tarr, que ha realizado una obra muy estimada y reconocida en la Europa Occidental sobre todo desde que fue premiado en el festival de Cannes de 2005 como mejor director de cine extranjero. Su obra de madurez que algunos asocian a la de Tarkovski, se ha reflejado en cineastas posteriores como Guy Van Sant, que confiesa la profunda influencia que sobre él ha ejercido Tarr. Un cine difícil de planos muy largos y tramas oscuras no asequible a todos pero que levanta pasiones.
Las películas de vaqueros, que llegaron
a alcanzar tanta fortuna y difusión como para formar todo un género e incluso
ser copiadas por diferentes cinematografías europeas y asiáticas están
fuertemente entrelazadas con el despertar de Hollywood, ese barrio de Los Ángeles
que acogió a la industria estadounidense del cine desde su primera infancia y
llegaría a proyectarla al mundo de manera tan exitosa.
Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, Porter, 1903)
Para considerarla como película
de vaqueros, bastaba en principio con que la historia se desarrollara en el
Oeste de los Estados Unidos cuando aún era territorio recién anexionado y por
lo mismo inexplorado, que los personajes se vistieran como vaqueros y que se
liaran a tiros. Enseguida la cosa se convirtió en un enfrentamiento entre
buenos y malos, para ir derivando a la exaltación épica del nacimiento de una
nación, el proceso de fundación de los Estados Unidos, donde los buenos son los
colonos que van implantando su civilización y los malos los indios, salvajes
que hay que exterminar porque son un peligro para la vida de los pacíficos civilizadores.
Poco a poco las historias se van haciendo más ricas en contenido y van cargando
de matices psicológicos a sus personajes hasta generar un friso de caracteres
que trasciende lo local para presentar tramas que podrían trasplantarse a otros
diferentes escenarios.
El primer western
cinematográfico se debe a Edwin S. Porter que en 1903 realizó Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery), pero su época
dorada se extiende entre los años 40 y 60 del siglo veinte. Ford, Hawks,
Wellman, Aldrich, Man, Walsh, Ray, Vidor,
Zinemann, Stevens y tantos otros nos han dejado ejemplos señeros en este
género; algunos cultivándolo con una dedicación casi exclusiva, como John Ford,
(La Diligencia,
Pasión de los fuertes, Centauros del
desierto o El hombre que mató a Liberty Valance,)
y otros, como Alfred Zinneman, solo en ocasiones pero ocasiones trascendentales
para el género como su legendaria Solo
ante el peligro.
El caso es que todos
ellos realizaron títulos inolvidables que gozan todavía de la aceptación
general: La trilogía de Hawks (Rio rojo, Río
bravo, Río lobo); Tambores lejanos
(Distant Drums,1951) de Raul Walsh; Caravana
de mujeres (Westward the Women, 1951) de William
Wellman; Johnny Guitar (1954) de Nicholas
Ray; Duelo al sol (1946) de King Vidor;Raices
profundas (Shan, 1953) de George Stevens;
Veracruz (1954) de Robert Aldrich; Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958) de William Wyler…
figuran entre las decenas de obras espléndidas que hemos visto repetidas veces
y siempre acaban enganchando de nuevo.
Con el cambio de década
la producción entra en decadencia, el género deja de estar de moda, el racismo
latente e incluso descaradamente manifiesto en tantas de ellas empieza a chocar
con la mentalidad del momento, la ingente cantidad de títulos del género
comienza también a saturar… en fin, el caso es que Hollywood va descartando el
desarrollo de sus tramas en aquellos escenarios y ambientaciones.
Sin embargo, en el sur de
Europa ha resurgido el género con extraordinaria vitalidad. Directores de cine
italianos como Sergio Leone, en escenarios españoles (parajes en las provincias
de Burgos y Huesca, la Sierra de Madrid, y sobre todo el desierto de Tabernas en
Almería…) están haciendo westerns muy originales, en los que, gracias a Ennio
Morricone, la música se ha convertido en personaje de primera. Se producen a
cientos y despectivamente empiezan a ser conocidos como Spaguetti Westerns, pero algunos de ellos son extraordinarios y
acaban imponiéndose por su calidad y originalidad, en especial la famosa
trilogía del dólar, con Clint Eastwood de protagonista.
Personajes rudos, turbios
y engañosos que reaccionan con extremada violencia en tramas que giran siempre
en torno al amor, la amistad y la muerte. Individuos solitarios y violentos que
encarnan nuevos mitos, antihéroes que desmitifican a los héroes de una pieza
del western clásico y que no carecen sin embargo de patrones morales. Historias
contadas con poco presupuesto y mucho ingenio, aprovechando en infinidad de
ocasiones decorados ya utilizados y generando una estética propia, naturalista
y estilizada a la vez. Historias en las que el acompañamiento musical se revela
como parte protagonista del film. Ya había pasado antes, recordemos la melodía
de Solo ante el peligro, por ejemplo,
tan evocadora de la película
Pero ahora se siente de manera consciente como
absolutamente fundamental y nuclear de la trama y desde el primer acorde se identifica intimamente con el relato.
Y en fin, el caso es que el espaguetti western, tan despreciado en
sus inicios, acaba convirtiéndose en un brillante episodio del cine europeo. La trilogía del dólar de
Sergio Leone: Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio(Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el malo y el feo (Il buono, il brutto, il cattivo,
1966) son los
títulos de culto por excelencia. Pero otros directores como Corbucci, Valeri, Castellari
o el español Romero Marchent realizaron otros westerns también interesantes.
La oferta comienza a
declinar en la década de los 70 y cuando parece que definitivamente el cine del
Oeste está ya muerto y enterrado, cierta nostalgia por aquellas historias le
hará renacer, esta vez de nuevo en América. Es lo que se ha denominado el western crepuscular que nos ha ido
ofreciendo un rosario de títulos interesantes desde los primeros 70 y a lo
largo del último cuarto del siglo veinte.
Títulos como Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970); La
puerta del cielo (Heaven’s Gate, Michel
Cimino, 1970); La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, Sam Pekimpah, 1970); Forajidos de leyenda (The Long Riders, Walter Hill, 1980), Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990) y, sobre todo, El jinete pálido (Pale Rider, 1985) y Sin perdón (Unforgiven, 1992), dos incursiones de Clint Eastwood en este género
que le revelan como el verdadero modernizador del cine del Oeste.
Y con respecto al siglo
XXI, Apaloosa(2008), de Ed Harris, Django desencadenado (Django unchained, 2012) y Los odiosos ocho (The Hateful Eight,2015), de Quentin Tarantino, así como No es país para viejos (No country for Old Men, 2007) o La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, 2018), de
los hermanos Coen, son también buena muestra de que el género no se resiste a
morir. Eso sí, convenientemente renovado con otros enfoques, que a su vez van
respondiendo a nuevas sensibilidades y valores.
Impagable la habilidad de hacer reír.
Por ahí empezó el cine a conectar con el público, con esos genios del humor que
fueron los grandes cómicos del mudo como Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold
Lloyd o tantos otros algo menos famosos que hacían reír hasta las lágrimas con
sus caídas, tartazos, golpes y contragolpes… El cine estaba en su infancia y el
espectador funcionaba como un niño.
Harold Lloyd en su escena más famosa
Poco a poco dejaría de
bastar con los porrazos, la demanda se volvería más exigente y las tramas más
sutiles. Quizá de estos sus comienzos algo primitivos derivará el tópico de
considerar menos valiosas las películas de humor respecto de las dramáticas,
pero algún día se haría evidente que eso de hacer reír era lo más difícil de
todo.
En una panorámica
histórica rápida es fácil observar cómo, en el cine hecho en los Estados Unidos,
(que, por lo demás antes o después se verá en toda Europa y más allá), a
caballo entre el mudo y el hablado, Laurel y Harvey (el Gordo y el Flaco en
España) continúan esa tradición de divertir con las torpezas y los actos
fallidos, mientras los hermanos Marx inauguran un humor del absurdo
extremadamente ingenioso, corrosivo, hilarante y revolucionario que
desembocaría en la comedia alocada y la alta comedia (Capra, Sturges, Hawks,
Lubitsch…). Después de la contienda, durante la llamada guerra fría, la sociedad
se va volviendo más y más puritana, y así, a lo largo de los años cincuenta y
primeros sesenta empiezan a proliferar en Hollywood comedias sosas y mojigatas
que parece que fueran a arrinconar las estupendas precedentes, pero algunos genios
como Billy Wilder salvan el humor de aquellos años y posteriores. Luego vendría
Woody Allen a renovar el humor y muchas de sus películas supondrían también un
soplo de aire fresco.
En Méjico destaca Mario
Moreno, Cantinflas, que debutó en el cine a mediados de los años treinta y experimentó
un fuerte impacto en todo el mundo de habla española, sobre todo en las tres
décadas siguientes aunque continuaría en activo hasta principios de los
ochenta.
En Europa sobresale ampliamente
por su vena cómica la comedia italiana de los años sesenta. Peter Sellers en
Gran Bretaña, Jacques Tati en Francia, y en el cine español, Berlanga primero y
Almodóvar bastante después. Aunque muy afamados tanto Peter Sellers como Jacques
Tati,sus respectivos sentidos del humor
son muy particulares, por lo que quizá tampoco gocen del general aplauso y,
vistas con perspectiva, sus visiones de lo cómico hayan perdido eficacia. Hay
además toneladas de películas fácilmente etiquetadas como graciosas sin serlo,
que es demasiado difícil hacer reír. Y lo peor de todo, que cuando no se logra la
chispa se cae en el efecto contrario; por eso hay tantas historias clasificadas
convencionalmente como de humorque
resultan infumables, toscas, groseras, empalagosas... aplastando con su número
verdaderas joyas de la comicidad.
Carol Lombard y Sig Ruman en To be or not to be (Lubitsch, 1942)
Rescatando alguna de
estas joyas, qué divertido es recordar Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942) o volver una y otra vez a Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot,
Billy Wilder, 1959), dos títulos que jamás defraudan.
Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch, 1942)
El primero es obra de
Ernest Lubitsch, un judío alemán emigrado a los Estados Unidos en 1922. Tenía
30 años y era ya un maestro consumado cuando llegó a su nuevo destino donde
desarrollaría un tipo de comedia refinada e irónica, con un estilo personal
mezcla de sutileza, ironía, frescura, cinismo y gracia sin igual. Y todo ello había
que añadirlo a su enorme talento para sugerir con imágenes lo que de forma
explícita no se mostraba. Realizó un buen número de películas con brillantes
resultados, y de entre ellas Ser o no ser constituye sin duda su obra cumbre.
La trama gira en torno a
una compañía teatral, que, en la Varsovia ocupada por los nazis, urde un plan
para evitar que cierta información sobre los grupos de resistencia caiga en
manos de los ocupantes. Disfrazándose de militares alemanes, suplantando
personalidades y moviéndose en terreno enemigo se va desarrollando el argumento
que nos cuentan estos cómicos, una historia de sátira política, heroísmo, celos
y, vanidad extremadamente hilarante e ingeniosa.
Realizada en los Estados
Unidos en plena guerra mundial, cuando estos acaban de incorporarse a la
contienda, la obra no puede abordar una trama más contemporánea, lo que
convierte a esta burla del nazismo, cargada de gracia e ingenio, en una
película además valiente. Los personajes creíbles, las situaciones divertidas, los
diálogos brillantes y la agilidad y desenvoltura en el desarrollo de la acción son
tales que suspenden y admiran al espectador. Carole Lombard, su guapa
protagonista femenina, casada entonces con el mítico Clark Gable, no llegaría a verla
estrenada. Con tan solo 33 años moriría en un accidente de aviación, cuando
regresaba de una actividad de apoyo a la guerra para acudir precisamente al
estreno de Ser o no ser. Su temprana
muerte pondría fin a una carrera muy prometedora.
Con faldas y a lo loco se rodó en un contexto bien diferente. También en Estados
Unidos, pero en unos años muy conservadores cuando allí marcaban la tónica las
comedias ñoñas y almibaradas de Rock Hudson y Doris Day. Por fortuna quedaban
otros realizadores como Vincent Minnelli, Howard Hawks y sobre todo Billy
Wilder, su director, que seguían haciendo como siempre unas películas extremadamente
divertidas, inteligentes, elegantes y libres, ajenas a la gazmoñería ambiente.
Tony Curtis y Jac Lemond en Con faldas y a lo loco (Some like it hot, Billy Wilder, 1959)
Billy Wilder, también
judío centroeuropeo, austríaco en su caso, había emigrado a Estados Unidos en
1934 huyendo de los nazis. Allí comenzó a trabajar como guionista colaborando
como tal y en repetidas ocasiones con Ernest Lubitsch. Los argumentos de sus películas,
llenos de paradojas, ironías y giros sorprendentes responden desde luego a su ingenio,
que con frecuencia se nos antoja cercano al de éste. Él mismo comentaría cuando
pasó a la dirección que ante escenas difíciles de resolver siempre se preguntaba
cómo lo habría hecho su maestro Lubitsch.
Escenas de Con faldas y a lo loco (Some like it hot, Billy Wilder, 1959)
Con faldas y a lo loco es otra obra genial, otro tesoro del cine. Un juguete cómico
desternillante, parodia del género de gángsters y enredo delicioso, con diálogos
sutiles y regocijantes, que se suceden ágiles sin dar tregua al
espectador… lo tenía todo esta película para ser una obra redonda. Y lo logró con creces.
Escenas de Con faldas y a lo loco ((Some Like it Hot, Billiy Wilder, 1959)
Su argumento: dos músicos
de medio pelo han presenciado involuntariamente, durante la ley seca, una
matanza entre mafiosos, la famosa masacre de la noche de San Valentín,
verdadero hito en la historia del crimen organizado en EEUU. Sorprendidos por
los matones tendrán que escapar de sus garras, lo que les lleva a enrolarse en
una orquesta de señoritas, nada raras entonces cuando aún no las había mixtas.
Así, disfrazados de chicas, inician su escapada que les enredará en una serie
de hilarantes peripecias sin fin.
Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco (Some like it hot, Billy Wilder, 1959)
Tony Curtis, Marilyn
Monroe y sobre todo Jack Lemmon están esplendidos en esta historia tan bien
contada, que engancha al espectador desde su inicio y no le deja un respiro
hasta el final. Una película que vuelve a divertir y a atrapar como el primer
día a aquel que repite su visionado; cosa nada infrecuente por la gracia
inagotable que destila.
Genios del humor irrepetibles
a quienes generaciones y generaciones de espectadores seguiremos estando
profundamente reconocidos.
"Bond, mi nombre es James Bond" Cuando Ian Fleming en 1953 creó este personaje, un agente con licencia para matar, seguro que no pudo sospechar que traería tanta cola.
Apareció
ya en su primera novela Casino Royale y continuaría haciéndolo a lo largo de las doce posteriores y de sus dos
colecciones de cuentos. Pero además, exitoso desde el principio, el personaje
no se agota en su creador, que otros muchos escritores han seguido novelando
aventuras de Bond e incluso alguno se ha atrevido a contarnos su primera
juventud. Pero ha sido sin duda el cine quien ha acabado de catapultarlo a la
fama.
Veintiséis películas se han hecho hasta hoy del Agente 007, y más de ocho
actores han encarnado sucesivamente a este singular espía. Por lo demás, su
figura ha propiciado ríos de tinta y hasta se le ha dedicado un día: el 5 de
octubre. También un asteroide ha sido bautizado con su nombre. ¿Se puede pedir
más?...
El
personaje nace como uno de tantos productos de la guerra fría. Su creador
confiesa haberse inspirado en la inquietante figura de Porfirio Rubirosa, un diplomático dominicano representante del régimen de Trujillo, jugador de polo, piloto
de carreras y playboy internacional, mundialmente conocido y celebrado en los escenarios más cosmopolitas durante los años cuarenta y cincuenta
del siglo pasado. Fleming crea este su personaje en 1952, también sin duda con
componentes de su propia personalidad. Rubirosa, él mismo, y alguno más servirán
de modelo para perfilar su apariencia física y sus maneras de hombre cortés, educado y
sofisticado. Bond habría venido al mundo en los veinte del veinte, de padre
inglés y madre suiza, se habría educado fundamentalmente en Eton y sus
aventuras sucederían a mediados de siglo, siendo un treintañero alto, esbelto,
atractivo, valiente y seductor. Fumador empedernido y amante de la buena mesa
también, aunque en el cine estas dos últimas facetas irán cambiando o
atenuándose con el paso del tiempo para adaptarse a lo socialmente correcto en cada momento.
Reencarnaciones en cine del agente 007
En
1954, con autorización de su creador, aparece puntualmente el personaje
(interpretado por Barry Nelson) en un capítulo de la serie americana Climax,
precisamente el titulado Casino Royale, pero
su verdadero lanzamiento en la pantalla comenzará con Sean Connery encarnándolo
en una primera entrega de películas de EONS Production, que despuntan con Agente 007 contra el Dr. No, (Dr. No, Terence Young)realizada en 1962 y seguirían hasta La espía que me amó, (The Spy Who
Loved Me, Gilbert) de
1977. Roger Moore tomará luego el testigo y, como los actores envejecen pero el
personaje no, a éste seguirán toda una saga de nuevos intérpretes de las
siguientes generaciones, cogiendo el relevo: Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel
Craig y encarnándolo sucesivamente en toda una gradual relación de películas que llegan
hasta hoy mismo. Sin tiempo para morir
(No Time to Die, 2020) de Jim
Jarmusch constituye por el momento la última de este rosario de más de una
veintena de títulos, siempre de la misma productora, a los que habría que
añadir algún otro ajeno a la casa como Casino
Royale (Huston, 1967), donde David Niven parodia con eficacia al mítico
personaje.
John Le Carré en su casa de Mallorca en octubre de 2019
Otro
referente fundamental para el cine de espías es sin duda el escritor John Le
Carré, en activo aún a sus 88 años, quien, aunque últimamente ha modernizado
sus temas para adaptarse a la compleja realidad internacional actual, en la
mayor parte de las veinticinco novelas publicadas hasta hoy ha desarrollado tramas ambientadas
en la guerra fría. También en sus cuentos y relatos cortos. Y siempre, en cualquier
caso, nos ha narrado asuntos de espionaje, muchos de ellos llevados al cine y a la televisión.
El
primero, El espía que surgió del frío (The
Spy Who Came In from the Cold, Martin Ritt, 1965)perfilaba ya la tónica de
su visión realista del tema, desmarcándose de la imagen estándar de malos
malísimos y chicas espectaculares a las que las ficciones de James Bond había acostumbrado al público, para enfrentarle con una realidad más cruda, gris, fría y
solitaria de la figura del agente secreto.
John
Le Carre obliga a sus lectores a poner los pies en la tierra para acercarse a individuos más
creíbles que los de Ian Fleming. Espía confeso él mismo como otros dos espléndidos
escritores británicos, Somerset Maugam y Graham Greene, cuenta al igual que
ellos con un conocimiento de primera mano del mundo que describe.
Cartel anunciador de Llamada para un muerto (The Deadly Affair, Lumet, 1967)
Su
siguiente novela adaptada al cine Llamada para un muerto (The Deadly Affair, Lumet, 1967) fue realizada, con el mismo título y resultados brillantes
por Sidney Lumet. Con James Mason, Simone Signoret y Maximilliam Schell,
soberbios en sus trabajos, el director logra recrear con brillantez en la
pantalla esa historia melancólica, desengañada y por momentos trágica de
agentes secretos cansados ya de su oficio, que John Le Carré desvelaba en su obra.
El espejo de los
espías (The Looking Glass War, Pierson, 1970),La
chica del tambor
(The Little Drummer Girl, Roy
Hill,1984), La casa Rusia (The Russia House, Schepisi, 1990), El sastre de Panamá, (The Tailor of Panama, Boorman, 2001), El jardinero fiel, (The Constant Gardener, Meirelles, 2005), El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy,Alfredson,
2011), El hombre más buscado (A Most Wanted Man, Corbijn, 2014), y Un traidor como los nuestros, (Our Kind of Traitor, White, 2016) son
otras tantas películas realizadas hasta hoy a partir de sus novelas. Todas
estupendas también. Y en casi todas predomina una mirada desencantada sobre individuos
egoístas e insensibles, preocupados solo por sus propios intereses; moviéndose
en esa atmósfera de traiciones personales y políticas, de corrupción y de doble
moral, y, en fin, sobre toda la complejidad de un oficio con muchas sombras por
él lucidamente desmitificado.
https://www.youtube.com/watch?v=TaEE68g-qLU
Recapitulando,
el espionaje es actividad tan antigua que se pierde en la noche de los tiempos,
pero su reflejo literario, con honrosos precedentes, se sitúa más bien a partir
del siglo XIX, con la aparición de las Agencias de Información. Ya señalamos al
mencionar a Somerset Maugham y Graham Greene cómo con la segunda guerra mundial
empiezan a surgir relatos escritos por antiguos agentes secretos. O, más
recientemente podríamos referirnos el norteamericano Charles Cumming.
El
caso es que desde mediados del siglo veinte el género, ya sólido con numerosos
escritores de relieve cultivándolo, no hace más que extenderse por Europa y
América. Nos hemos centrado en uno de sus momentos de esplendor; aquel en que
el inicial predominio británico se consolida con estos dos novelistas de
difusión internacional, Fleming y Le Carré. Vendrían después escritores tan famosos como Frederick Forsyth y Ken Follet, a mantener esa hegemonía para ceder
luego el testigo a novelistas en lengua inglesa del otro lado del Atlántico,
como Noel Ben, Trevanian, Donald Hamilton, Robert Littell, Tom Clancy, Norman
Mailer… y tantos otros, muchas de cuyas novelas se adaptaron al cine, sobre
todo las de Clancy (La caza del octubre rojo, Juego de patriotas, Peligro inminente, Pánico nuclear...), pero también de Mailer (El
fantasma de Harlot), Grady (Los 6
días del cóndor), Alan Furst (El
oficial polaco)… Al tiempo que fuera del mundo anglosajón van proliferando nuevos
títulos a cargo de escritores de primera fila narrando historias de espías en
sus diferentes lenguas. Por poner solo un ejemplo, la lengua española, se constata que en ella han abordado el género novelistas de la talla de Javier
Marías, Pérez Reverte y una veintena larga de otros estupendos escritores, esto solo en España, también llevados a la pantalla en diferentes
ocasiones. Y en esta última década empiezan a publicar novelas de espías además diferentes narradores iberoamericanos. El chileno Roberto Ampuero, el peruano
Alejandro Neyra o el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez son algunos de ellos, ampliando el marco de la novela de espías a todo el continente americano.
Pero
tal vez lo más interesante sea comprobar más allá de su extensión geográfica y
su incorporación a diferentes lenguas, literaturas y cinematografías nacionales,
que también, en qué manera un género que había sido lanzado como de puro
entretenimiento va evolucionando hacia análisis más profundos y de mayor carga
crítica.
Amor, humor, intriga, momentos de
tensión irrepetibles… de todo hay en las numerosas películas de espionaje que
Hitchcock nos ofreció. También en los entornos que las envuelven hay de todo: escenarios
de callejones estrechos y oscuros o amplias llanuras peladas a pleno sol,
porque no tiene que ceñirse a los cánones acostumbrados, todo le vale a este
genio del cine, único en su capacidad de asombrar, para contarnos sus historias.
Escena de Con la muerte en los talones (North by northwest, 1959
De estas historias, las cuatro primeras, todas, claro, en blanco y
negro, corresponden a su etapa inglesa, las demás están realizadas en los
Estados Unidos; en blanco y negro, las rodadas en los años cuarenta; en color,
las restantes, con excepción de Psicosis,
donde vuelve al blanco y negro. Todas entretenidas, interesantes, que te
mantienen en vilo y con ese aire genial e inconfundible del cine de Hitchcock.
La
primera que realiza de este género, El hombre que sabía demasiado, (The Man Who Knew Too Much) acumula
ya casi todas las claves habituales del maestro:
el amor, (una pareja desgarrada
por el rapto del hijo); la intriga, (¿por qué?, ¿qué quieren?); el suspense (la
angustia y ansiedad de la búsqueda); el inocente enredado a su pesar (¿por qué
yo?, por qué a mí?... En este caso, una inofensiva familia anónima envuelta en
una trama de espionaje internacional)…
Una película interesante, entretenida y
con un Peter Lorre en el papel de malo malísimo, inolvidable. La volvería a
hacer en América veintidós años después, también con excelentes resultados,
incluso aún mejores que la primera… Y entre las aportaciones de la segunda versión no fue la menor el descubrimiento de
una espléndida Doris Day en el que sin duda resultó uno de sus mejores papeles,
demostrando estar mejor dotada para el drama que para la comedia donde
habitualmente se la acabó encasillando.
Su siguiente historia
de espías,39 escalones(The 39 Steps), aparecería un año después yresultó,
si cabe, aún más
entretenida. Por puro azar del destino un anónimo canadiense de paso por
Londres se ve sin querer implicado en asunto espinoso: una joven desconocida le
ha desvelado la existencia de un complot para robar importantes secretos
militares del Reino Unido y él no tendrá más opción que tratar de evitarlo.
Para ello habrá de localizar y desactivar a Los
39 escalones, una peligrosa red de espionaje que está detrás del siniestro
proyecto. Otra vez un inocente víctima azarosa del destino.
En 1936 realizaLa mujer solitaria (Sabotage), basada en la novela de Joseph
Conrad, El agente secreto, donde una
esposa, inquieta con la conducta de su marido empieza a sospechar que éste le
es infiel para luego descubrir que se trata de algo aún peor, algo que afecta a
la seguridad nacional. En realidad lo que él pretende es colocar una bomba en
Londres.
Este es el planteamiento de una trama de impecable
realización, que nos mantiene con los nervios a flor de piel a lo largo de toda
la proyección, sufriendo sobre todo ansiosamente durante el tiempo,
interminable en que un niño, ignorante del peligro, cruza la ciudad, con la
bomba lista para estallar, en ese paquete que le han encargado entregar…
La
última incursión en el espionaje durante su etapa inglesa, Alarma en el expreso, (The Lady Vanish, 1938) fue un
divertidísimo enredo que nos hizo vivir dentro de un tren y por mediación de un
variopinto grupo de personajes. Una anciana ha desaparecido ¿será posible?, ¿pero,
seguro? ¿alguien la ha visto antes?, ¿lo habremos soñado?... Un misterio que se
desarrolla entre situaciones de pura comedia donde la aventura, la intriga, el
asesinato, el humor y el amor se entrelazan de manera sorprendente para encandilarnos.
Un lenguaje afilado y punzante es la nota complementaria que los diálogos
añaden al divertimento.
Y ya en Hollywood dos de sus primeras
películas serán también historias de espías. La primera, Enviado especial(Foreign Correspondent, 1940)
está muy en la línea con muchas de las que se hicieron por entonces, verdadero cine
militante, justo antes de que los Estados Unidos entrasen en la segunda guerra
mundial. De hecho, bordea el género propagandístico, pero Hitchcock lo soslaya
con habilidad. El protagonista, un corresponsal americano interpretado por Joel
McCrea (que Gary Cooper, para su pesar después, había rechazado interpretar), es
enviado a Europa para informar de la inminente contienda, viéndose enseguida
implicado en una intriga en que tiene que tomar partido: el rapto de un
político holandés por parte de agentes nazis. Como era de esperar la trama se
va complicando en situaciones llenas de fuerza y tensión dramática. La elegante
puesta en escena, las originales soluciones con que el director resuelve las sucesivas
acciones, la sabia combinación de humor y suspense más las indispensables gotas
de amor convierten esta película casi propagandística en una deliciosa trama de
aventuras.
Sabotaje(Saboteur), que rueda en 1942, es muy
conocida porque se hizo célebre su secuencia final del hombre encaramado a la
estatua de la libertad. Tiene, además de esta idea de recurrir a monumentos
como marcos insólitos para el desarrollo de la acción, otras muchas semejanzas
con títulos posteriores. Este es su
argumento: un ciudadano anónimo, un hombre de la calle, es sospechoso de
cometer un terrible acto de sabotaje en la fábrica en que trabaja y ello le
obligará a huir por todo el país, tratando a la vez de desenmascarar a los
culpables para demostrar su inocencia.
Sorpresa y tensión en
una trama que vista en perspectiva resulta sin duda un precedente de su obra
más madura, Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959),película que debió de realizar en
estado de gracia, porque es con certeza una obra maestra.
Empezando por el acierto en
el reparto, sobre todo en la elección de Cary Grant para el papel del
protagonista; perfecto él en una historia redonda que no podía estar mejor
contada y en la que su estampa, distinguida y elegante, fijaría para siempre el
perfil del agente 007, esa serie que vino después y que seguiría viniendo en
sucesivas entregas hasta hoy, resurgiendo una y otra vez de sus cenizas, siempre respetando la apariencia pulcra y bien
vestida del modelo inicial. Otra vez aquí las constantes del cine de Hitchcock:
intriga, aventura, amor, humor (y de nuevo en el humor, irrepetible Cary Grant)
para un argumento que gira en torno a una figura también muy querida del
director, la del falso culpable.
No es la única historia que nos cuenta dos veces,
también El hombre que sabía demasiado
la había vuelto a filmar en 1956 y en esa ocasión aún con mayor fidelidad a la versión
anterior.
Y tampoco era la primera vez que Cary Grant se movía en una trama de
espías de Hitchcock, lo había hecho ya en 1946 con brillantez en Encadenados (Notorious) interpretando
con Ingrid Bergman a una pareja de agentes que se enamoran mientras cumplen su
misión de vigilar, apenas acabada la guerra, a un grupo de nazis que tratan de
reorganizarse en Brasil.
Cortina rasgada (Torn
Curtain, 1966) y Topaz (1969) fueron
sus dos últimas incursiones en el género. A pesar de coincidir con un momento
de apogeo del cine de espías no alcanzaron las alturas de las anteriores,
especialmente la última, cuyo estreno coincidió con un momento de máxima
popularidad de Fidel Castro, por lo que el declarado anticomunismo del guión,
que se desarrollaba en la Cuba de la revolución, no fue bien recibido por
todos. Con respecto a la primera, quizá la elección de Paul Newman, encasillado
siempre en papeles de bueno, no resultara el perfil más adecuado para la
historia y desde luego su personalidad no parece encajar con la del director
como sin duda lo habían hecho las de intérpretes de anteriores generaciones. Newman,
como todos los actores del método, insiste en entender las motivaciones del
personaje y parece que esto contrariaba bastante al director, constantemente importunado con preguntas al efecto. Tal vez el cine
estaba cambiando y el tiempo de Hitchcock quedando irremediablemente
atrás, aunque todavía realizaría un par de películas estupendas. O puede que
fuera el género de espías el que había variado sus enfoques.
Y
hasta aquí hablábamos de espías funcionando en entornos internacionales y en
temas de seguridad nacional, pero Alfred Hitchcock también trato otro tipo de
espía: el cotilla, el voyer, que no
otra cosa es sin duda su protagonista de La
ventana indiscreta, (Rear Window,
1954) un mirón invirtiendo su forzado tiempo de ocio (que un accidente le ha
inmovilizado temporalmente), en vigilar a sus vecinos y curiosear en sus vidas.
Una estupenda historia que Hitchcock logra recrear maravillosamente en cine a
partir de un cuento de Cornell Woolrich.
Espías,
mirones, ladrones, asesinos o cualquier otra clase de individuos, hasta el ser
más corriente, anónimo y gris; todos le valen a este genio del cine para tejer
a partir de alguna de sus peripecias y sucedidos una historia emocionante.