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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Free Cinema y Nouvelle vague


Casi contemporáneos, dos nuevos estilos de hacer cine comienzan a desarrollarse en Gran Bretaña y Francia a mediados de los cincuenta y a dar sus frutos a lo largo de los años sesenta, dos estilos destinados ambos a hacer historia: Free Cinema y Nouvelle Vague. 


El primero en el tiempo, el Free Cinema, se daría a conocer en 1956 con la lectura, en el Instituto Británico del Cine, del Manifiesto de los Jóvenes Airados (Angry Young Men) y el visionado a continuación de tres películas, dirigidas respectivamente por tres de sus máximos representantes, Lindsay Anderson, Karel Reisz y Tony Richardson. Todas ellas, muestras de un cine realista y sombrío que, muy influido por el documental y el neorrealismo italiano, denuncia con amarga ironía el aislamiento del ser humano y la tristeza de la vida cotidiana, poniendo su acento generalmente en las vivencias de la clase media baja o del proletariado urbano.

Aporta además este movimiento una clara renovación temática, deteniéndose en asuntos como la homosexualidad y la emancipación femenina, (Un sabor a miel -Taste of Honey-, Richardson, 1961), la enfermedad mental, (Morgan, un caso cínico -Morgan. A Suitable Case for Treatment- Reisz, 1966), los  cambios en las conductas sexuales, (Esa clase de amor -A Kind of Loving- Schlesinger, 1962), la alienación laboral (Saturday night, Sunday morning, Reisz, 1960) asuntos difíciles de abordar por las películas hasta aquel momento.

Es un cine de denuncia, que pretende expresarse libre de toda coacción moral y política del pensamiento entonces dominante para desarrollar un claro inconformismo social, de crítica de los valores burgueses establecidos, que tendrá su continuación, cuando decaiga, en las películas de  Ken Loach o Mike Leigh.

También se quiere libre de toda coacción formal, funcionando independiente de las estructuras en las que tradicionalmente se movía la realización de películas, y por ello se desarrollará al margen de los estudios, rodando en la calle, con pequeños equipos que permiten acercarse al ciudadano anónimo y filmar su cotidianidad como si de un documental se tratara.


Cosechó un buen número de películas interesantes, y entre las más emblemáticas: Saturday nigth, Sunday morning (Reisz, 1960), que refleja la insatisfacción de un obrero sin otra posible aspiración que divertirse los fines de semana; La soledad del corredor de fondo (Richardson, 1962), narración sobre las experiencias de un individuo en un reformatorio; o  If (Anderson, 1969), que cuenta la rebelión de un grupo de alumnos en un internado, resultando una ácida y violenta crítica de estos centros escolares y por extensión de la sociedad británica en su conjunto.


Dick Bogarde y James  Fox en El sirviente (Losey, 1963)
Sin pertenecer al grupo, pero respondiendo bastante a sus presupuestos formales, son de destacar cuatro excelentes películas que por las mismas fechas, el norteamericano Joseph Losey realiza en el Reino Unido cuando, perseguido por el Comité de Actividades Norteamericanas y huyendo de los Estados Unidos, se establece en Gran Bretaña. Se trata de Eva (1962), El sirviente (1963), Accidente (1967), y El mensajero (1971).

También Blow Up, (1966) película que Antonioni lleva a cabo en coproducción italobritánica y con protagonistas ingleses (Vanesa Redgrave y David Hemmings) sobre un cuento de Julio Cortázar, responde totalmente a las características de este movimiento.

Y, con un estilo espontáneo y desenfadado en la crítica de costumbres e instituciones inglesas, cabe citar también al norteamericano afincado en Gran Bretaña Richard Lester, que realiza con los Beatles en el Reino Unido, Qué noche la de aquel día (1965), película cercana al free cinema en su estética, aunque no en su tono, divertido y humorístico, que tendría su continuación en otras producciones de grupos de rock europeos.

Por su parte, la nouvelle vague se gesta en las páginas de algunas revistas cinematográficas francesas, Cahiers de Cinema sobre todo, donde una serie de críticos, que también ejercen de guionistas deciden dar el salto a la dirección. Truffaut, Godard, Rohmer y Chabrol se encuentran entre ellos. Son verdaderos cinéfilos, han teorizado mucho sobre el cine y son adictos a cineclubs a los que asisten con regularidad y a veces los crean y dirigen. Por otro lado, la presencia de André Malraux al frente del Ministerio de Cultura desde 1958 va a impulsar en Francia una legislación proteccionista que les será muy favorable en su desarrollo. Como movimiento estos realizadores empiezan a tomar forma ese mismo año y al siguiente se estrenan Los 400 golpes (Les 400 coups) película que puede considerarse como fundacional del grupo: la nouvelle vague.

Los 400 golpes, (Les 400 coups, Truffaut, 1959)
El término que les define es acuñado en una encuesta sobre la juventud francesa realizada en 1957, y pronto hará fortuna para nombrarlos a ellos, un puñado de jóvenes que defienden una nueva manera de hacer cine. Se trata de un cine realista, donde el director es autor indiscutible. Rodajes baratos, iluminación natural, espontaneidad, libertad narrativa… son los rasgos inequívocos de esta corriente que parece contar las historias de una manera más fresca y cercana al espectador.

Al igual que el free cinema, está surgiendo en un contexto de crisis del sector, ya que la televisión le está quitando espectadores al cine de forma alarmante. Además, las cinematografías nacionales tienen muy difícil rivalizar con la industria que viene de Hollywood. Van a contar por ello con el respaldo oficial; del Instituto Británico del Cine, el primero, del Ministerio de Cultura francés, el segundo. Asimismo, en su afán de resultar más auténticos y convincentes en sus historias, ambos rechazan los decorados y escenografías de estudio y recurren al manejo de pequeños equipos que permiten rodar cámara al hombro en escenarios naturales, al tiempo que el uso del magnetófono potencia el sonido directo; procedimientos todos ellos que abaratan la producción. Se inclinan además por la fotografía en blanco y negro aplicando nuevas técnicas que logran esplendidos matices en los interiores.

Jean Paul Belmondo y Jean Seberg en  Al final de la escapada (À bout de souffle, Godard, 1960)
Con Los 400 golpes  À bout de souffle (Godard, 1960) es la otra película emblemática de la nouvelle vague y la que mejor responde a esta nueva estética. Si Los 400 golpes estrena esa manera de filmar casi como si se tratara de un documental y lo hace con una desenvoltura narrativa que parece contar la historia libre de prejuicios y corsés morales, À bout de souffle consigue ir aún más lejos en la forma de acercarse a los personajes y desentenderse de sus conductas. Un aire de libertad parece soplar sobre cada escena; todo es fresco y ligero, casi como improvisado capricho en el relato.

Al final de la escapada (que así se llamó en España aunque la traducción literal del título original, Sin aliento, respondería mejor a su contenido) es sin duda la película clave de este movimiento de directores que compartieron otra forma peculiar de entender el cine; amigos muchos de ellos, jóvenes todos y en rebeldía con gran parte de los cineastas franceses consagrados.  Película clave porque contiene ya muchas de las constantes de este estilo y además porque de alguna manera reúne a parte de los más destacados componentes del grupo: Godard la dirige;  Godard y Truffaut la escriben, Chabrol ejerce como operador de cámara, Melville y el propio Godard hacen cameos en el film, Rohmer está influyendo con sus opiniones en el rodaje... pero sobre todo porque no hay película que mejor defina lo que significó este movimiento de renovación generacional, también.

Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda, 1962)
Contemporáneamente y muy cercanos a la nouvelle vague están trabajando en Francia otros realizadores muy creativos, inteligentes y renovadores como Jean Pierre Melville, algo mayor generacionalmente, Agnès Varda, belga de nacimiento pero criada en Francia o Louis Malle, tres cineastas difíciles de encasillar pero que también van a enriquecer con sus realizaciones el cine francés y por lo mismo el cine mundial.

En resumen, tanto el free cinema como la nouvelle vague son dos estilos paralelos de innovación cinematográfica con muchas características comunes y cuyo resultado es el surgimiento de un nuevo lenguaje que enriquece al cine, añadiendo otra manera de percibir la realidad; nuevas técnicas, otra estética, otras miradas y formas de decir e incluso otra moral, que aportan su granito de arena en el devenir de la realización cinematográfica.

viernes, 8 de marzo de 2019

Directoras de cine: europeas rompedoras


El nacimiento del cine corre casi paralelo al despertar del movimiento feminista y con alegría se constata la presencia de la mujer en la dirección cinematográfica desde sus inicios. Claro que en las primeras décadas de su andadura son pocas las dedicadas a este menester. No tiene por qué extrañar; son años en que la mujer ya lucha por hacerse un hueco fuera del hogar, pero la resistencia es grande.


Alice Guy
Sólo su imprescindible incorporación al trabajo durante la primera guerra mundial, porque los hombres están en el frente, hace realidad su integración decisiva en el ámbito laboral. Con el discurrir del tiempo irá siendo gradualmente más aceptado su derecho al trabajo, pero aun así, haciendo balance, en determinadas profesiones, y en ésta en concreto, hasta fechas muy cercanas casi se pueden contar con los dedos las mujeres que han alcanzado un reconocimiento social. Habrá que esperar a las generaciones nacidas después de la segunda guerra mundial para poder confirmar una incorporación decidida de la mujer a esta profesión. Las anteriores se abrirán camino gradualmente con dificultad, que los muros irían cayendo despacio.


Las pioneras eran en su mayoría ignoradas e incluso eliminadas de los títulos de crédito de las películas, así que es difícil seguirles el rastro. Pero aún con todo nos han llegado algunos nombres del cine mudo, como el de la francesa Alice Guy (1873-1968), la primera en realizar un film narrativo, El hada de los repollos (La fée aux Choux, 1896), la primera película, por tanto de la historia del cine. Aunque perteneciente al círculo de los Lumière, no trabajaría con ellos, toda vez que estos entonces minimizaban el posible futuro de su flamante invento en la narración de historias. El éxito de su iniciativa les haría cambiar de opinión, pero ella continuaría su carrera en Estados Unidos no volviendo a Francia hasta los años veinte con más de 600 películas en su haber. Fundamental también en la historia del cine fue la alemana Lotte Reiniger (1899-1981), quien después de varios cortos y de trabajar en publicidad, introdujo el cine de animación en un largometraje.


A escala nacional merecen destacarse al menos, Elena Jordi (1882-1945) actriz, directora y productora de la que, por desgracia, no se conservaron sus películas y Helena Cortesina (1904-1984) bailarina y actriz, que tiene el mérito de haber sido la primera directora de cine española cuyas películas sí se conservan. Y tan sólo tenía 18 años cuando en 1922 dirigió Flor de España. Así estaban las cosas en tiempos del cine mudo.

Elena Jordi                                                                              Helena Cortesina 

Con la llegada del sonoro el cine empezó a convertirse en un espectáculo de masas y se multiplicó el número de creadores. Pero seguíamos en un mundo de hombres. Y hasta 1948, en que la ONU incorporara a los Derechos del Hombre el sufragio femenino, la sociedad no parecía sentir la necesidad de hacerle a la mujer un hueco en la vida pública, así que pongamos la segunda mitad del siglo veinte como límite para que la condición femenina dejara de ser obstáculo, al menos oficialmente, de su reconocimiento social. Esto significa que tendremos que esperar a las nacidas en los años treinta y cuarenta, que habrán alcanzado su mayoría de edad superada la mitad de la centuria, para entender que ya no se les discute su condición de ciudadanas, aunque algunos países, pocos, se hayan adelantado a este reconocimiento y otros muchos tardaran aún en hacerlo.


Teniendo esta fecha como referencia son de destacar por su contribución a esta actividad algunas europeas nacidas en la primera mitad del veinte. 

Lenny Riefenstahl
Casi con el cambio de siglo nace la alemana Leny Riefenstahl (1902-2002) un caso excepcional de prestigio rápidamente reconocido, pero cuyo nombre tenemos fatalmente asociado al régimen hitleriano por los diferentes documentales propagandísticos que para aquel realizara, en especial Olimpia, el magnífico trabajo sobre los Juegos Olímpicos del Berlín de 1938. Su identificación con el nazismo funcionó como un estigma que, tras el resultado de la guerra, perjudicará seria y definitivamente a su carrera. En activo desde el año 1924 su última película Tiefland, adaptación al cine de una ópera alemana comenzada a rodar en 1940, no se estrenaría hasta 1954. Y después, casi medio siglo de silencio, porque no se le conoce otro trabajo hasta 2002 en que hace público Impresiones bajo el agua, un documental compuesto por filmaciones que había rodado en Papúa, Nueva Guinea, entre 1970 y 2000. Falleció en su casa de Baviera a orillas del Danubio a los 101 años de edad.

Ida Lupino
En la siguiente generación, aparece otra de estas adelantadas a su tiempo. Se llamó Ida Lupino (1918-1995), inglesa trabajando en Estados Unidos, que además de notable actriz ejerció como brillante directora en el Hollywood de los años cincuenta. Hija de artistas comenzó en la interpretación en 1931 y enseguida se revelaría como actriz sólida y segura de sus papeles. Aunque sin llegar a la categoría de estrella, ya en los cuarenta es muy solicitada para protagonizar numerosos films. En 1949 se atreve por primera vez con la dirección y a partir de entonces compaginaría ambas tareas hasta su retirada a fines de los setenta. Como actriz iba a trabajar con directores de la talla de Hathaway, Walsh, Vidor, Lang, Mamoulian, Ray o Negulesco, entre otros. Y con frecuencia en películas de cine negro. Como directora funcionó más para televisión que para el cine, pero en ambos medios nos dejaría un buen ramillete de títulos. De sus películas las más conocidas en España fueron probablemente Ultraje (1950) y El bígamo (1953). De sus realizaciones para televisión sus trabajos se inscriben en series como Bonanza; Alfred Hitchcock presenta; El fugitivo; Los ángeles de Charlie… y unas cuantas más.

Entre las nacidas en la década de los 20 las hay que entran ya pisando fuerte, como la cineasta checa Vera Tchytilova (1929-2014), perteneciente a la nueva ola de cine checo, y considerada una de sus integrantes más radicales. Con su película Las margaritas rebasó fronteras y marcó la ruptura con la estética soviética.
Ana Mariscal                                                                          Vera Tchitilova
La española Ana Mariscal, (1923-1995) debuta en el cine en 1940 por casualidad, siendo todavía estudiante de Ciencias Exactas. Y lo hace con tanta fortuna que ya no abandonaría la pantalla, compaginándola pronto con las tablas y, desde mediados de los cincuenta, con la producción, la dirección y el guión de sus propias películas. El Camino (1966), su primer gran éxito, la sitúa según los críticos entre las mejores directoras europeas del siglo veinte.

                         Agnes Varda                                                                         Lina Wertmuller                                                           
Y además de éstas, ya desaparecidas, otras dos realizadoras todavía en activo, la francesa Agnes Varda y la italiana Lina Wertmuller. 

Agnes Varda (1928) se daría a conocer en los años sesenta como miembro de la nouvelle vague y desarrollaría una carrera plagada de éxitos. El muy premiado documental Rostros y lugares (Visages villages) realizado en 2017 es, de momento, su última y esplendida aportación. 

Lina Wertmuller (1928) actriz, guionista y ayudante de dirección con Fellini, debutaría como directora en 1972, alcanzando una gran difusión con sus primeras películas, una de las cuales, Pascualino siete bellezas, le supuso el reconocimiento internacional. Anarquista y feminista militante, sus películas reflejan sus inquietudes y compromisos político sociales.

                Liliana Cavani                                                        Liv Ullman                                    Josefina Molina

Nacidas en la década de los treinta, la italiana Liliana Cavani (1933), la noruega Liv Ullman (1938)  y la española Josefina Molina (1938), que nos darán interesantes trabajos en la dirección.


Liliana Cavani, era ya muy conocida en Italia cuando saltó a la fama en 1974 con su controvertida Portero de noche, (Portiere di notte, 1974), y desde entonces ha realizado unas cuantas películas más de difusión internacional como Francesco, (1989), o Ripley´s Game, (2002), alternando su dedicación al cine con la dirección de óperas.


Liv Ullmann, actriz de teatro desde 1957 y de cine desde 1966, última musa de Ingmar Bergman y protagonista de muchas de sus películas, se iniciará en la dirección en 1992, compaginando desde entonces con sus trabajos de interpretación los de realización. Sofie, Encuentros privados, Kristin Lavransdatter, Infiel y La señorita Julia son hasta ahora sus logros como realizadora.


También la española Josefina Molina, aunque menos conocida fuera de nuestras fronteras, merece especial mención pues cuenta en su haber con obras tan destacadas como Función de noche (1981) o Esquilache (1988) y series de TV tan brillantes como Teresa de Jesús (1984).


Margarette Von Trotta

Pilar Miró

Respecto de las nacidas en los años cuarenta, rompiendo moldes y fronteras y alcanzando fama internacional, ahí están algunos nombres como los de la alemana Margarette Von Trotta, (1942), la polaca Agneszca Holland, (1948), la francesa Coline Serrau, (1947), la británica Sally Potter, (1949), y, un poquito menos conocida por su temprana muerte, la española Pilar Miró (1940-1997), que nos regalan un montón de trabajos inteligentes e interesantes y nos acostumbran a la idea de que tras una buena película puede estar la mirada de una mujer.


Habría que esperar a las nacidas de los cincuenta en adelante para que la presencia femenina empezara a hacerse bastante más frecuente en esta actividad. Hoy esto felizmente es un hecho, y así aunque aún está lejos de alcanzarse la paridad, son ya centenares las europeas que dirigen cine y la mujeres cineastas en general son ya tantas, y tanto el talento que aportan al acerbo común que afortunadamente va dejando de ser noticia si detrás de la cámara es un hombre o una mujer quien nos está contando una historia.


No ha sido un camino fácil; nuestro reconocimiento a su valor y a su valía.