viernes, 2 de febrero de 2018

El cine negro español hoy


Aunque ha costado reconocerlo casi siempre se ha hecho buen cine negro en España, claro que durante el franquismo bastante condicionado por la censura. Pero aun así, y con la carga de tremenda limitación que ello suponía, son muy numerosos los títulos de interés que ese largo período nos ha dejado

Contra todo pronóstico y con pocas excepciones, (El Crack de Garci, por ejemplo), en los años ochenta se produce un parón en el género, como si la sociedad anduviera entonces algo desorientada para reconocerse en sus miserias. Por fortuna en la siguiente década se vuelve a abordar un cine capaz de mirarse en los aspectos más oscuros de la España del momento. Y ahí están como prueba Días contados, (1994), de Imanol Uribe, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, (1995), de Agustín Díaz Yanes, Adosados, (1996), de Mario Camus, o Tesis, (1996), de Amenábar. Con todo, será con el cambio de milenio cuando el género experimente el salto definitivo. Y lo hará de la mano de una generación que ya había comenzado a hacer cine antes, pero que ahora es cuando cosecha resultados verdaderamente sólidos.

Muy pronto, en 2002, coincidirán en cartelera dos espléndidos relatos criminales: El alquimista impaciente, de Patricia Ferreira y La caja 507 de Enrique Urbizu. La primera, adaptación de la novela de Lorenzo Silva del mismo título, nos muestra a sus habituales agentes, Bevilacqua y Chamorro, desentrañando crímenes en un recorrido policial que va despejando intrigas conforme el relato avanza por una trama bien urdida sobre mafias, especulación inmobiliaria, corrupción política y otras complejidades. Estupendos el guión y la dirección y estupendos también los actores que hacen del todo creíble una historia en la que, claro está, tampoco faltan componentes de crítica social. 

Enrique Urbizu, por su parte nos sorprendió muy  favorablemente también con La caja 507. Una trama contada con seriedad y concisión sobre aspectos inquietantes de la realidad de hoy. El relato se inicia con el atraco a una sucursal bancaria en un pueblo de la Costa del Sol. Allí, por azar, el director de la sucursal bancaria víctima del atraco descubre entonces que el incendio en que años antes había muerto su hija no había sido fortuito, sino intencionado. A partir de ese momento pondrá sus cinco sentidos en vengarse y siguiendo sus pasos nos iremos adentrando en un mundo alarmante y aterrador. La calidad tanto del guión de Michel Gaztambide como de la interpretación a cargo de José Coronado, el malo malísimo, y Antonio Resines, el justiciero, hacen todavía más creíble una historia muy bien contada.

Un año después, con el mismo guionista, Gaztambide, y el mismo intérprete, Coronado, Urbizu realiza La vida mancha, intimista historia de perdedores, que elude el pasado oscuro de los personajes, moviéndose con delicadeza por lo más hondo de sus sentimientos y mostrando su presente como algo a punto de quebrarse. Quizá sólo en parte se pueda considerar policiaca esta película tan sobria, tan triste y tan ambigua; de una ambigüedad calculada que desborda romanticismo.





Pero será con No habrá paz para los malvados con la que Enrique Urbizu nos conquistará definitivamente en 2011. Y lo hará otra vez de la mano de Michel Gaztambide y José Coronado con una historia muy negra, la que iremos destejiendo en torno a Santos Trinidad, un  inspector de policía involucrado en un triple asesinato. 

Hay un testigo a quien Santos Trinidad tratará de encontrar para eliminarlo. Y, en paralelo, una juez quien, al investigar el triple crimen, empezará a vislumbrar algo mucho más hondo que un simple ajuste de cuentas en lo que se le va desvelando.


Una trama compleja, contenida, bien contada, con un ritmo soberbio desde los primeros momentos y un final desolador. Urbizu logra darnos con esta película una prueba de buen cine. A Coronado, por su parte, lo encontramos en estado de gracia, en un papel que sin duda marcó un antes y un después en su trayectoria de actor.

Daniel Monzón nos había impactado dos años antes, en 2009, con su estupenda Celda 212, sobre novela homónima de Francisco Pérez Gandul, con guión propio y de Jorge Guerricaechevarria, además de  un acertado reparto, donde destaca Luis Tosar, de sobra ya conocido como excelente actor, y que ahora nos atrapa con la fuerza de su personaje. Mejor película del año, ganadora de un montón de Goyas y a partir de la cual ya no se podía dudar de la calidad de nuestro cine negro. 

Monzón revalidaría su título dos años después con El niño, sobre el tráfico de cocaína en las aguas del estrecho: “El niño” y “el compi” saben que no es un juego, que arriesgan la vida, pero si sale bien se hacen de oro. Claro que la policía no es tonta y trabaja para cerrar esa vía a la droga. Ésta es la trama. Monzón la desarrolla de manera brillante, en pantalla panorámica, con espléndidos efectos visuales y un aire muy cosmopolita en la realización.

En 2016 Daniel Calpalsoro volvería a confirmar la altura alcanzada por nuestro cine negro con Cien años de perdón, una historia con la crisis económica como telón de fondo y plagada de alusiones a la situación política del momento. El guión, bien trabado, es también de Jorge Guerricaechevarría y en el reparto volvemos a encontrarnos a Luis Tosar, esta vez en un papel completamente distinto del anterior. En la trama nada es lo que parece: un puñado de hombres, mandados por “el uruguayo” y su segundo “el gallego”, asaltan un banco en Valencia. El plan parece concebido como un golpe rápido, pero una serie de circunstancias hace que se vean rodeados de policías y desde ese momento se desvelarán nuevos y más peligrosos aspectos de la intriga. No es un relato de buenos y malos, como ya el título advierte, sino que todo está más matizado. Y el resultado es una película ingeniosa, inteligente, llena de crítica social y desalentadora en su mensaje. 

Por su parte Alberto Rodríguez ya había hecho otro policiaco en 2012, Grupo 7, pero será en 2014 con La isla mínima cuando consiga un sonado reconocimiento general. La isla mínima cuenta la historia de una pareja de policías, bien dispares en sus mentalidades y procedimientos, enviados, de alguna manera como castigo, a las Marismas del Guadalquivir para aclarar la desaparición de dos chicas adolescentes en las fiestas de su pueblo del año 1980.



Estamos en plena Transición, en un escenario de una belleza paisajística deslumbrante, contando una historia brutal, desplegando un análisis inteligente y sutil tanto de la sociedad que los policías encuentran como de sus propias personalidades: un policía demócrata y otro de la vieja guardia, paradojas no infrecuentes en los momentos de cambio. Un guión perfecto, unos intérpretes perfectos y una realización perfecta. La película es, sencillamente, redonda

Pero poco después, en 2016, todavía nos ofrecería algo tan bueno o mejor: El hombre de las mil caras, donde, basándose en los hechos reales nos cuenta el acuerdo sellado entre Luis Roldán, exdirector general de la Guardia Civil huido entonces de la justicia, y Francisco Paesa, aventurero, espía y fabulador insigne. 

Seguramente la mejor película de espías española y, desde luego, una historia de esas en que la realidad supera a la ficción. 



Raul Arévalo, con una trayectoria consolidada como actor se nos ha revelado recientemente también en su faceta de director. Su ópera prima, Tarde para la ira, (2016), ha alcanzado todo un éxito de crítica y público y se ha visto merecidamente recompensada en los Goyas. Se trata de una historia áspera y brutal, con un fuerte color local, que está rezumando rencor y violencia contenida hasta que todo estalla en una furibunda venganza. Bien narrada y bien interpretada por un Antonio de la Torre, inspiradísimo en el papel principal, y unos muy acertados secundarios.

Rodrigo Sorogoyen es el más joven de este grupo de creadores de buen cine negro. Que Dios nos perdone constituye su tercera película y su primera incursión en el thriller. Dirigida también en 2016, año de buenas cosechas en el género, y también con Antonio de la Torre como protagonista, junto a Roberto Álamo, Javier Pereira y Luis Zahera, todos ellos notables en sus interpretaciones. 

La película, moviéndose por el Madrid del 15 M y la visita del Papa, desarrolla una historia muy negra centrada en tres personajes a cual más oscuro, tanto el asesino como la pareja de policías. Sorogoyen construye con este título una obra muy sólida y personal.

Todo esto ocurre en casa. Mientras tanto otro español, Jaume Collet Serra sigue creando espectaculares  thrillers en América, con Liam Neeson, su actor fetiche de protagonista. Con él lleva ya realizados varios policiacos oscuros y claustrofóbicos, Unknown, (Sin identidad. 2011), Non Stop, (Sin escalas, 2014), Run all night, (Una noche para sobrevivir, 2015) y ahora estrena The Commuter, (El pasajero, 2017), siempre en la línea del cine comercial que él quiere hacer, pero siempre bien hecho y muy entretenido. Parece que el talento español para el cine negro desborda fronteras.

Recapitulando, los quince años que median entre El alquimista impaciente y Que dios nos perdone han supuesto el aterrizaje en nuestro cine de nuevos nombres con mucho que contar, la consagración de otros ya conocidos, y la aparición de un ramillete de policiacos tan buenos que si la tendencia no cambia, y nada hace presagiar que cambie, estamos asistiendo a la edad de oro del policiaco español.

Para los que estén en Madrid es un buen momento de repasar alguna de estas películas, ya que la Filmoteca Nacional dedica uno de sus ciclos de este mes al “Noir ibérico”, con la proyección de unas cuantos títulos entre los que figuran buena parte de los aquí citados. Y casi con toda probabilidad, como suele hacer el Doré con su programación, el ciclo se continúe en marzo. Que lo disfruten.

jueves, 25 de enero de 2018

La magia de la danza en el cine

Las zapatillas rojas (The Red Shoes) estrenada en Londres en 1948, es la primera película de la historia con el ballet como tema central. Powell y Pressburguer, sus directores, lograron con ella un éxito insospechado. La historia se apoya en un cuento de Hans Christian Andersen para, a partir de una muy libre interpretación del mismo, reflexionar sobre el arte y la fuerza irrefrenable de la pasión creadora.


Moira Shearer en Las zapatillas rojas

La película, con un tratamiento visual exquisito, resultó un espectáculo deslumbrante capaz de ejercer enorme fascinación en los espectadores de entonces, recién salidos de una espantosa guerra.

“Nos habían dicho durante diez años que debíamos ir a morir por la libertad y la democracia; ahora que la guerra había terminado, nos decía que debíamos salir a morir por el arte”.  

Esta cita de uno de sus directores refleja muy bien el estado de ánimo en que podría encontrarse su público cuando la obra se estrenó y, por lo mismo, explicar en parte su excelente acogida. Pero sin duda su éxito se debió a algo más:el exquisito tratamiento visual (impagable la fotografía de Jack Cardiff); las fastuosas composiciones de Brian Easdale; las brillantes coreografías de Robert Helpmann y Leonide Massine, que actúan también como bailarines; y dos espléndidas bailarinas, Ludmilla Tcherina y Moira Shearer. Esta última, la protagonista, que, tras algunas vacilaciones por temor a destruir con ello su carrera profesional debutaba entonces en el cine, acabaría contribuyendo con su decisión, a divulgar en gran manera el gusto por el ballet.



La obra, un drama musical sin canciones donde las emociones se expresan a través de la danza, mezcla baile y melodrama en un todo tan bien integrado que dota al conjunto de una dimensión cinematográfica ensoñadora y de un poder de sugestión que permanece en el espectador, haciendo del espectáculo algo inolvidable. El argumento del ballet, un cuento de Andersen, gira en torno a unas zapatillas embrujadas que obligan a su dueña a bailar infinitamente hasta la extenuación; la historia para el cine empuja a la joven a elegir entre el placer del arte y el de la vida, exigencia imposible que la llevará al desastre.

Moira Shearer en Los cuentos de Hofmann

Victoria Page, una joven bailarina que sólo vivía para su arte se enamora de un compositor, y anuncia su decisión de contraer matrimonio, levantando con ello las iras de su empresario, quien la obliga a elegir entre su vida amorosa y su vida profesional. Y todo el conflicto evoluciona alrededor de un ballet que Victoria ansía interpretar: las zapatillas rojas. La película desarrolla esta historia donde se despliegan en paralelo el argumento del cuento y las vivencias de la bailarina hasta desembocar en un trágico final.

Las zapatillas rojas supuso para sus directores la culminación formal de una colaboración iniciada en 1943 en la realización de numerosas películas de diferentes géneros, muchas de ellas memorables. Sólo después de este gran éxito se atreven a abordar de nuevo el musical, llevando al cine en 1951 la ópera de Jacques Offenbach y Jules Barbie Los cuentos de Hoffmann (The Tales of Hoffman), repitiendo en gran parte equipo (Moira Shearer, Leonide Massine; Robert Helpmann, Ludmila Tcherina…) y de nuevo con excelentes resultados.


También pudo influir en el éxito abrumador de estas películas el lugar privilegiado que el ballet había alcanzado en consideración social, gracias a la compañía de Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, que en las primeras décadas del siglo había catapultado esta disciplina a primer plano dentro del mundo del arte y de la cultura. Porque Diaghilev en 1909 había fundado en París los Ballets Rusos, compañía que aglutinó a los mejores bailarines y coreógrafos (Balanchine, Fokine, Karsavina, Massine, Nijinska, Nijinsky), pintores (Bakst, Benois, Braque, Derain, Matisse, Picasso) y compositores (Debussy, Falla, Prokofiev, Ravel, Satie, Strauss) del momento. Y con esos mimbres, como era de esperar, logró unos espectáculos asombrosos que entusiasmaron al público.

De aquella compañía, extinguida en 1929 con la muerte de Diaghilev, y de su continuación, la de los Ballets Rusos de Montecarlo, saldrían, pues, numerosos coreógrafos, bailarinas y bailarines que acabarían trabajando en el cine, primero en Europa, en América después, y haciendo que el ballet fuera un éxito en ese medio. Europa, en guerra desde 1939, no era el mejor escenario para vivir y América se mostraba como tierra de esperanza. 

Moira Shearer en Los cuentos de Hofmann
Leónidas Massine, que encontramos en estos musicales de Powell y Pressburger, había sido entre 1915 y 1921 el coreógrafo principal de la Compañía de Sergei Diaguilev. Por su parte, bailarinas que harían carrera en el celuloide como Tamara Toumanova y Ludmilla Tcherina darían también sus primeros pasos en los Ballets Rusos de Montecarlo. E incluso Cyd Charisse fue en los inicios de su carrera, fines de los años 30, integrante de los Ballets Rusos de Nijinski, trabajando con Leónidas Massine y Michael Fokine, miembros regulares que habían sido todos ellos de los ballets de Diaghilev como ya avanzamos.
Tamara Tourmanova con Gregory Peck en Días de gloria

A Tamara Toumanova (1919-1996) la llevaría a los Ballets rusos de Montecarlo George Balanchine en 1932. En el cine debutaría, junto a un principiante Gregory Peck, en una película de Jacques Tourneur, Días de Gloria (Days of Glory), de 1943, en plena Guerra Mundial. Y volvería a aparecer en la pantalla diez años después con Tonight we sing, un musical de Mitchell Leisen. Stanley Donen la dirigiría al año siguiente, en Deep in my heart y dos años más tarde Gene Kelly en Invitación a la danza (Invitation to the dance). En 1966, Toumanova aparecerá en un thriller de Hitchcock, Cortina rasgada (Torn Curtain) y en 1970 participará en su último film, La vida privada de Sherlock Holmes (The Private life of Sherlock Holmes), de Billy Wilder.

En cuanto a Ludmila Tcherina (1924-2004), debuta en el cine en 1946 con Un revenant, de Christian-Jaque, pero su aparición más famosa llegaría en 1948, junto a Moira Shearer en nuestras comentadas Las zapatillas rojas (The Red Shoes). Con su primer marido, un bailarín de los Ballets de Montecarlo, aparecería en películas como Fandango (1949), La Nuit s’achève (1950) o La Belle que voila (1950). En 1951 Tcherina participó también en una película española, Parsifal, codirigida por Carlos Serrano de Osma y Daniel Mangrané, y ese mismo año, al igual que la Shearer, repetiría éxito con Powell y Pressburger en Los cuentos de Hoffmann (The Tales of Hoffman). La opereta de esta misma pareja, Oh… Rosalinda (1955), y Luna de miel (1959), sólo de Michael Powell, serían sus últimas películas. Luna de miel, por cierto, rodada en España con Antonio el bailarín, Leónidas Massine, y música de Falla y Teodorakis. Durante la década de los sesenta y los setenta, Tcherina participó ocasionalmente en telefilmes franceses, pero prácticamente abandonó el cine, dedicándose a su carrera en los escenarios, a la pintura,  la escultura y la literatura.

Massine, Balanchine, Fokine y tantos otros coreógrafos de gran talento acabarían recalando en América, porque el éxito del musical en Hollywood abriría para cualquier profesional del ballet todo un mundo de  posibilidades. Cyd Charisse siempre afirmó que su sólida formación de ballet le había hecho fácil su adaptación a cualquier tipo de baile, y, desde luego, su técnica clásica asoma siempre en sus movimientos. 



Tula Ellice Finklea, que así se llamaba este prodigio de la danza, nace en Amarillo, Texas, el 8 de marzo de 1922. Se forma como bailarina de ballet y como tal comienza su carrera profesional. A principios de los cuarenta da también su salto al cine apareciendo en una película de 1943 y en 1947 logrará su primer papel protagonista. Hasta mediados de los sesenta florece el musical de Hollywood, y allí estará frecuentemente Cyd Charisse para mayor gloria del género.

Porque si una bailarina de ballet ha dejado huella en la pantalla ésa es ella. Su presencia en el cine en los años dorados del musical de Hollywood son palabras mayores. Su elegancia, su dominio técnico, sus piernas interminables… Cuando ella aparecía cualquier delicioso musical disparaba su calidad hasta las cotas más altas. Sus números con Ricardo Montalbán en Sombrero, En una isla contigo (On an island with you), Fiesta; con Fred Astaire, en Ziegfeld follies, Melodías de the Broadway (The band wagon), La bella de Moscú (Silk Stockings) o con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain), Brigadoon, Siempre hace buen tiempo (It's Always Fair Weather) … por citar sólo algunos de los más conocidos, son un prodigio de perfección y belleza y son, por descontado, inolvidables.





En 1962 vuelve propiamente al ballet filmado en Black tights, película de Terence Joung, coreografiada por Roland Petit con decorados de Salvador Dalí y trajes de Yves Saint Laurent. Allí va a coincidir con Moira Shearer. Moira, la elegancia de la escuela inglesa y Cyd, la elegancia del musical americano, en una estupenda vuelta a sus raíces. A mediados de los sesenta, una década que había nacido con obras de este género tan extraordinarias como West Side Story (1961), asistimos al declive del musical, y Cyd Charisse continuaría en el mundo del cine, demostrándonos sus estimables dotes de actriz, pero su memoria estará para siempre ligada a la danza, su verdadero reino. Moira Shearer, prácticamente retirada de la pantalla desde mediados de los cincuenta, e incluso casi del ballet, seguiría desempeñando muchas actividades públicas: conferencias, radio, periodismo… pero su recuerdo irá siempre asociado a esas zapatillas rojas embrujadas que obligarían a Victoria Page a danzar hasta morir. 



Los años setenta registran todavía algunos musicales con éxito de público, como el excelente Cabaret, de Bob Fosse en 1972, pero cada vez son menos en número y en brillantez. Corazonada (One from de Heart), de Coppola en 1982 o Todos dicen I love you (Everyone Says I Love You), de Woody Allen, de 1996, son quizá los más destacados intentos en las últimas décadas del siglo por volver al género, que sigue languideciendo inexorablemente.

En 2003 el excelente Chicago, de Rob Marshall, nos ilusionó con la idea de que el musical se recuperaba. No fue así. Pero hoy día el interés despertado por una película con el ballet como tema central, Cisne Negro (Black Swan), de 2010, y sobre todo el sorprendente éxito de un musical tan flojito como La la land, (2016), nos hace concebir de nuevo esperanzas de que renazca el cine musical en su antiguo esplendor. 

Y al menos en lo que respecta al ballet, las esperanzas se confirman con el soberbio documental Dancing Beethoven que la española Arantxa Aguirre realiza en 2016. El film se centra en los trabajos preparatorios para volver a poner en pie la mítica coreografía que creara Béjart en 1964 para la Novena Sinfonía de Beethoven, todo un icono del ballet clásico. La reposición, concebida en homenaje a su creador, está interpretada por el Béjart Ballet Lausanne y el Ballet de Tokio, con la orquesta sinfónica de Israel y Zubin Mehta en su dirección. La obra se estrenó en Tokio en 2014 y sigue de gira por diferentes ciudades del mundo.




La película Dancing Beethoven, es un bellísimo trabajo que logra trasladar al cine toda la plasticidad y la armonía tanto de la obra de Beethoven como de la del genial Béjart. Dirigida con talento y sensibilidad y con una fotografía y un sonido plenamente al servicio de lo que nos muestra, de tal manera que su contemplación resulta un verdadero disfrute.

Cuentan que Las zapatillas rojas fueron la causa en su momento de un florecer de vocaciones en torno al ballet. No tendría nada de extraño que este Dancing Beethoven despertara de nuevo el deseo de emular a esos soberbios artistas a los que vemos tan enamorados de su trabajo.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Parejas de hermanos: Los Taviani, los Coen, los Elkabetz

Parece que al cine le gustan las parejas de hermanos. De hecho, con una de ellos comenzó su andadura: con la formada por Auguste Marie y Louis Jean Lumière. Y parejas de hermanos aparecen de tanto en tanto haciendo cine al alimón; algunas además un cine espléndido. No son las únicas, pero este es el caso de las formadas por los Taviani, los Coen o los Elkabetz.


Vittorio y Paolo Taviani
Los Taviani, Vittorio y Paolo, son a la vez escritores, productores y directores de sus obras. Comenzaron a filmar, documentales primero y largometrajes después en los inicios
de los 60 y en la actualidad, ya octogenarios, siguen felizmente activos. Su primer largometraje, Un huomo da bruciare, (1962), desarrolla el tema de los conflictos obreros desde una perspectiva marxista. Desde esa misma óptica de cine militante, en la siguiente década realizarían dos películas más que alcanzaron notoriedad, San Michele aveva un gallo, (1972), a partir de un relato de Tolstoi que les sirve de pretexto para confrontar marxismo y anarquismo, y Allonsanfan, (1973), que, ambientada en las guerras napoleónicas, constituye una fábula sobre la derrota de la revolución.




El éxito internacional les llegaría de manera abrumadora en 1977 con Padre Padrone, palma de oro en el Festival de Cannes. Desde entonces sus películas han seguido con frecuencia cosechando premios (la notte di San Lorenzo, Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1982; Kaos, David de Donatello de la Academia del Cine Italiano de 1985; Cesar deve morire, Oso de Oro del Festival de Berlín de 2012…

El suyo es un cine de honda preocupación social, enfocado desde la óptica de una izquierda, militante primero y desengañada de utopías después. Amantes de la literatura a menudo se apoyan en grandes autores pero nunca para ilustrar sus obras.  Con frecuencia han partido de sus historias, sí: de Pirandello a Tolstoi, de Bocaccio a Goethe o a Shakespeare, pero no para serles fieles, sino para reinventarlas a partir de sus propias obsesiones.

Con el cambio de siglo parecen optar por primar la vía de la televisión sobre el cine Resurreccione, Luisa Sanfelice…), pero sin abandonar del todo la gran pantalla, adonde vuelven en diferentes ocasiones: Cesar deve morire (2012), una suerte de documental sobre la experiencia teatral de montar la obra de Shakespeare en una cárcel y representada por presidiarios; Maraviglioso Bocaccio, (2015), vuelta al Decamerón desde una visión más serena y menos provocadora que la de Pasolini, con la que guarda un paralelismo inevitable y, más recientemente, Una questione privata (2017), sobre la obra de Beppe Fenoglio, una historia de celos ambientada en el enfrentamiento entre partisanos y fascistas en la Toscana de 1943 y 1944, temática sobre la que habían ya reflexionado en la Noche de San Lorenzo, (duro enfoque de la guerra a partir de un hecho trágico acaecido en el verano de 1944) y que vuelve ahora a ocuparlos y preocuparlos.  

Los Taviani, en fin, nos obsequian con un cine de profundidad conceptual y gran belleza visual que responde a su poética personal, la de un mundo propio, inteligente y rico que les revela como dos grandes de la cinematografía universal.


Por su parte los Coen, Ethan y Joel, directores independientes por antonomasia, son también autores de todas sus películas en el sentido más amplio: guionistas, directores, montadores... Se rodean además de un equipo habitual, tanto de técnicos como de actores que sin duda pertenecen a su particular círculo de amigos y conocidos, ya que los vemos repetir una y otra vez en sus producciones.



Ethan y Joel Coen
Sus historias, siempre bien contadas, son tramas complejas, frecuentemente cargadas de humor negro y con un punto de ternura a la vez que sorprenden al espectador. Están llenas de giros inesperados; piruetas narrativas de un humor travieso que ellos despliegan hábilmente por su singular universo visual. Un mundo propio en el que habitan personajes insólitos, estrambóticos, disparatados, pero siempre sorprendentes y casi siempre divertidos, incluso cuando son truculentos. Personajes, por otra parte, encarnados por actores que parecen nacidos justamente para representarlos, hasta tal punto resultan acertados.




Enamorados del cine de género se pasean por todos los estilos, enmarcando sus historias, como buenos cinéfilos, en uno o en varios clichés consagrados: la road movie: Arizona Baby, (1987); la comedia alocada: Arizona Baby,  (1987));  el cine de espías: Quemar después de leer, (Burn after Reading, 2008)); el western: Valor de ley, (True Grit, 2010); pero sobre todo el género negro, sin duda su preferido a juzgar tanto por lo mucho que lo frecuentan, como por el acierto con que lo hacen: Sangre fácil, (Blood Simple, 1984), Muerte entre las flores, (Miller’s Crossing,1990), El hombre que nunca estuvo allí, (The man who wasn’t there, 2001), Fargo,(1996), No es país para viejos, (No Country for Old Men, 2007)…. Y siempre logran resultados auténticamente nuevos.

Su refinamiento narrativo, que a veces bordea el preciosismo, como en  Muerte entre las flores, (1990), la originalidad de sus movimientos de cámara, la elegancia de los encuadres, el cuidado exquisito de la fotografía… todo ello confiere a sus obras una pátina de originalidad y buen hacer.

Y así, los hermanos Coen, creadores íntegros, con éxito de crítica y de público y contrastado reconocimiento profesional, no sólo se han labrado por sus propios méritos el título de renovadores del clásico americano, sino que con su personalísima mirada han logrado alcanzar un lugar estimable en la historia del cine.

Por último los Elkabetz, Ronit, ella y Shlomi, él, nos sorprendieron con una interesante trilogía sobre la emancipación femenina en Israel: To take e Wife, (2004), Shiva: los siete días, (2008), y Gett: el divorcio de Viviane Amsalem, (2014).

Como su aparición en nuestra cartelera es bastante reciente, seguramente no vendrán mal algunos datos biográficos. Hijos de judíos sefarditas procedentes de Marruecos, nacen ambos en Beerseba,(Israel), ella  en 1964 y él en 1972.

Shlomi, el menor, después de aprender arte dramático en Nueva York durante siete años, regresa a su país, donde hasta hoy viene desarrollando una exitosa carrera de actor, director y productor, salpicada ya de premios (Mostra de Venecia, 2004; Festival del Film de Hamburgo, 2004; FIPRESCI de Ankara, 2005; Festival International de Film de Jerusalem, 2008)
Ronit y Shlomi Elkabetz
Ronit, la mayor, había empezado su carrera como modelo para pasar enseguida a la interpretación. Comenzó en el cine de protagonista en una coproducción franco-israelí y a mediados de los 90 era ya bastante popular en su país. En 1997 participó en Milim dirigida por Amos Gitaï, y posteriormente, se mudó a Francia donde acabaría rodando con autores como André Techiné (La chica del tren, 2009), Fanny Ardant (Cendres et sang, 2009), o Brigitte Sy (Les mains libres, 2010. A caballo entre París y Tel Aviv, siguió trabajando también en su país, colaborando a menudo con jóvenes cineastas interesados en renovar el cine israelí con nuevos contenidos y enfoques.

Su experiencia en la dirección se circunscribe a la trilogía realizada con su hermano, con quien comparte también la tarea de guionista, aportando además su excelente interpretación. El resultado es tan prometedor que era lógico esperar nuevas creaciones de esta pareja, pero desgraciadamente un cáncer terminó con la vida de Ronit en abril de 2016.

La trilogía es una mirada de denuncia de la situación de la mujer israelí, atrapada en una sociedad llena de contradicciones y arcaísmos religiosos, donde subsisten anacrónicos rasgos patriarcales y cuya supervivencia hoy, en una cultura de tan fuerte desarrollo económico y tecnológico, nos sorprende y escandaliza mayormente.


Los hermanos confiesan que partieron de datos de su propio medio familiar; la pareja protagonista tiene las mismas profesiones que sus padres y su ambiente es el que corresponde a una comunidad conservadora como aquella en que ambos se criaron. To take a wife, (2004), nos describe la infeliz vida matrimonial de Viviane Amsalem, casada demasiado joven como para saber exactamente por qué; Shiva: 7 Days, (2007), nos cuenta como la muerte de un miembro de la unidad familiar, lleva a Viviane a pasar por la Shiva, los siete días de duelo prescritos por la tradición judía; y Gett: el divorcio de Viviane Amsalem,(2014), el humillante trato al que se ve sometida por el tribunal rabínico que, como marca la ley de su país, sentencia los casos de divorcio. La trilogía constituye una seria denuncia de la situación de la mujer en Israel. Filmada con sobriedad y verdad, impresiona cómo prescinde de todo lo que pueda distraer del relato y cómo consigue cautivarnos en su desnudez.


La prematura muerte de Ronit en 2016 ha truncado el fructífero quehacer de una pareja muy prometedora. Shlomi tendrá que continuar la tarea sin su hermana, pero seguro que seguirá dándonos estupendas sorpresas, porque a juzgar por lo visto hasta ahora su cine tiene mucho que decir. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Los Mann

Estrenando siglo XX Thomas Mann, hijo de un acaudalado empresario alemán, publica los Buddenbrook, donde en esencia nos cuenta la historia de su propia familia. La novela alcanza un éxito inmediato que rebasa fronteras, porque pronto otras burguesías europeas vieron también su propia alma reflejada en esta historia de prosperidad y desplome del espíritu empresarial. El mismo autor, que consideraba su obra como genuinamente alemana, confesó su sorpresa ante la proyección internacional de su fama.



Acababa de cumplir 25 años. Alemania, entonces en plena era guillermina, parece encontrarse en la cima de la prosperidad, bajo un bienestar material sólido y presumiblemente duradero. Él, por su parte, liquidada la empresa familiar tras la muerte de su padre, sucedida diez años antes, se había convertido en plena juventud en un hombre independiente, adinerado y ahora además famoso. Pocos años más tarde, en 1905, contrae matrimonio con una rica heredera judía, que será ya siempre su mayor apoyo en la vida, protegiéndole, gestionando los aspectos materiales de su actividad creadora, vigilando que ninguno de sus numerosos hijos perturbaran su paz, sufriendo en silencio su desafecciones, y en fin eliminando todo tipo de obstáculos que pudieran surgir en su camino.





Al contrario que Heinrich, su hermano mayor, conocido también en los círculos literarios alemanes, él se siente perfectamente identificado con los valores imperantes en su patria. Así, mientras avanza el siglo, su hermano se irá decantando hacia posturas de compromiso político y social muy críticas con el militarismo alemán y Thomas en cambio, ferviente admirador de todo lo germánico, se alineará ante la gran guerra con los partidarios de la contienda. Esto iba a distanciar a los hermanos durante años. Pero tras la derrota alemana en la gran guerra, nuestro autor revisaría su entusiasmo nacionalista, modificando posiciones y convirtiéndose en un destacado defensor de la república de Weimar. 

En lo material seguirá viviendo desahogadamente hasta que los bonos de guerra y la hiperinflación de 1923 reduzcan seriamente sus fondos, aunque incluso así, gracias a la fortuna de su mujer, su tren de vida no llegará a verse sustancialmente alterado. Además en esos años de la primera postguerra su fama ya era mundial y sus escritos no sólo le proporcionaban honores, sino también divisas; divisas y honores que culminarían en 1929 con la concesión del Nobel.

A lo largo de los años 20, conforme el nacionalsocialismo va tomando posiciones, la situación política se va volviendo irrespirable en Alemania y Thomas Mann, en abierto contraste con muchos intelectuales de tendencias conservadoras y nacionalistas como las suyas, deja desde muy pronto bien clara su oposición frontal al nazismo. Ya en 1921, cuando el movimiento estaba todavía en formación lo había calificado de «disparate con esvástica» y había denunciado como una infamia su antisemitismo. El ascenso de Hitler al poder en enero de 1933 le encuentra de gira por Europa. Ya no podrá volver. La situación le obliga como a tantos otros al exilio, fijando su residencia en Suiza. En Alemania, sus libros acabarán siendo prohibidos, su casa ocupada y sus bienes confiscados. Y, aunque al principio, tal vez para evitarlo, se resiste a pronunciarse públicamente contra el nuevo régimen, a partir del año 1936 desarrollará un infatigable activismo político que ya no abandonará hasta el final de la guerra. 

En 1938 se traslada a vivir a los Estados Unidos y continúa su lucha contra el nazismo. Era tan célebre que hasta los Roosevelt lo recibieron en la Casa Blanca en enero de 1941. En la difusión de sus ideas políticas sobre la guerra y sus consecuencias utiliza todos los medios a su alcance; de especial importancia fueron sus intervenciones radiofónicas en el programa de la BBC “¡Oyentes alemanes!” donde, desde fecha tan temprana como enero de 1942, no dejó de denunciar el proceso de exterminio de los judíos. Por su parte sus hijos varones, excepto el pequeño, demasiado joven aún, se alistan en el ejército de los Estados Unidos. El 23 de junio de 1944 Thomas Mann y Katia Pringsheim, su mujer, adquirieron la nacionalidad estadounidense. Ese mismo año apoya activamente a Roosevelt en la campaña para las elecciones presidenciales y sigue viajando e impartiendo conferencias desde posiciones cada vez más radicales. Parecían definitivamente asentados en aquel país los Mann, pero, a finales de la década de los 40, comienzan a sentirse incómodos. Se había desencadenado en los Estados Unidos la persecución macartista y los escritos más izquierdistas de Mann le hacían sospechoso de simpatizar con el comunismo. Todavía más preocupante era la situación de su hija mayor, Erika, mucho más radical que su padre, que había sido interrogada por el FBI acusada de ser miembro del partido comunista y posible agente a sueldo de Stalin. Así que, en julio de 1952, abandonan los Estados Unidos y se instalan en Suiza. El, tan alemán que gustaba de verse como un nuevo Goethe, sólo volvería a Alemania de visita, muriendo en Zurich en 1955.






En su obra encontramos una serie de constantes que se repiten con insistencia. Por señalar las más evidentes, el carácter fuertemente biográfico de sus escritos; su impronta acusadamente alemana: su famosa frase «Donde yo esté está Alemania», no sólo resume su actitud ante el exilio, refleja también su profunda identificación con su patria; y, entrando en terrenos más perturbadores para su alma puritana, su latente homosexualidad, sugerida en alguna de sus novelas (Tonio Kroger, La muerte en Venezia…) y puesta de manifiesto en sus diarios personales, hechos públicos en 1975. Por último, una extraña y oscura fascinación por la muerte que, por lo demás pareció perseguirle a lo largo de toda su vida (el suicidio de su hermana Carla en la casa familiar en 1910; el de su hermana Julia en el verano de 1927, el de su cuñada Nelly en Los Angeles en 1944; el de su hijo Klaus en Cannes en 1949…). Todos estos aspectos se filtran de alguna manera en sus obras, pero lo verdaderamente determinante, lo que le define como un escritor de primera fila es la densidad intelectual y psicológica que alcanza en sus escritos y su extraordinario dominio de la narración.

Heinrich Breloer, autor de interesantes docudramas sobre la Alemania del siglo XX, realiza en 2001 la serie Los Mann, la novela del siglo, (Die Manns. Ein Jahrhundertroman). Y en 2008 volvería a interesarse por Thomas Mann; en aquella ocasión para llevar a la pantalla la novela que le hizo mundialmente famoso, Los Buddenbrooks


En Los Mann nos aproxima de manera impecable a la vida de este premio Nobel: de la mano de su hija menor, Elisabeth Mann, entonces todavía viva, nos introduce en el hogar familiar, recreado con absoluto rigor y precisión; recurriendo a imágenes documentales de la época nos sumerge en el clima de la historia; apoyado en un inteligente guión nos permite intuir el alma atormentada de este personaje tan introvertido y adivinar sus demonios, mientras va desplegando ante nuestros ojos su discurrir cotidiano; sus difíciles relaciones familiares (con su esposa, con sus hijos, con su hermano…); diferentes momentos claves en su existir, o su compromiso político. La serie se centra en el protagonista, pero nos acerca también a los otros dos escritores de la familia, su hermano Heinrich y su hijo Klaus.

Heinrich, cinco años mayor que Thomas fue también un escritor de talento. Valorado en los medios intelectuales por sus obras literarias desde antes del cambio de siglo, su activismo político contra el militarismo prusiano le granjeó una gran notoriedad en los círculos antiautoritarios. Pero fueron sobre todo su ensayo sobre Zola y su novela El súbdito, (Der Untertan), editada en 1914, las que le otorgarían el reconocimiento social mantenido durante la época de la república de Weimar. En 1931, los nazis lo declararon persona non grata y a partir de ese momento se verá obligado a salir del país. Afincado en Marsella, la evolución de la guerra después le forzará a huir de nuevo, esta vez desde la Francia de Vichy, cruzando penosamente los Pirineos para pasar a España y llegar por fin, vía Lisboa, a Estados Unidos en 1940. Durante la década de los 30 y más adelante en el exilio americano, su carrera literaria fue declinando sin remisión. Sus dificultades para adaptarse al país de acogida, el alcoholismo de su segunda esposa y problemas de índole económica le fueron amargando la vida. Moriría en Santa Mónica, California en 1950.






El cine eligió su novela Professor Unrat, relato no exento de ciertos tintes biográficos, para hacer El ángel azul, (Der blaue Engel), enseguida considerada como una de las mejores películas alemanas del primer sonoro. La dirigió, en 1930, Josef von Sternberg y supuso la primera aparición de Marlene Dietrich, como una sensual cantante de cabaret, bastante alejada todavía de la imagen sofisticada que la haría famosa. Novela y película nos desvelan el proceso de degradación de un individuo dominado por una oscura pasión, la que siente por una cabaretera que le hará sufrir y le arrastrará hasta la pérdida de su dignidad. Una historia que escarba en las profundidades del derrumbe moral y que no acaba de envejecer porque aborda un tópico siempre vigente, el de la mujer y el pelele.

El otro escritor de la familia, su hijo mayor, Klaus Mann, brillante e inteligente, conoció una adolescencia rica en experiencias. A los dieciocho años ya ejerce como crítico teatral en un periódico de Berlín y a los diecinueve, en 1925, publica su primer libro de cuentos e interpreta en Hamburgo, junto a su hermana Erika y su futuro cuñado el actor Gustaf Gründgens, su primera comedia. En los años sucesivos viaja por el ancho mundo: Paris, Nueva York, Los Ángeles, Hollywood…, codeándose con famosos, mientras sigue escribiendo. El advenimiento del nazismo en 1933 dispersa a su familia, como a tantos escritores alemanes liberales o judíos. Así, mientras su padre se refugia en Suiza, él se mueve por Europa con André Gide, Aldous Huxley y su tío Heinrich, alentando activamente la oposición contra el régimen hitleriano. En 1936 emigra a Nueva York. Ese mismo año publica Mefistófeles y tres años después, El volcán, a su juicio su mejor obra. Cuando los Estados Unidos entran en guerra se alista en el ejército combatiendo en Roma. Antes había comenzado una autobiografía, que revisará en Italia y titulará El recodo. Y en sus páginas hará revivir a personajes como Cocteau, Greta Garbo, Richard Strauss o Stefan Zweig. Al término de la guerra no se siente feliz; la deriva de la inmediata postguerra hacia el enfrentamiento en nuevos bloques le defrauda. Por otra parte, hay que observar que, además de sus muchas cualidades, era también una personalidad atormentada; en temprano y sempiterno conflicto con el padre, adicto además a las drogas y homosexual declarado en una época tan profundamente homófoba, su vida fue resbalando por la pendiente hasta acabar suicidándose en Cannes en 1949. 

Aquella novela, Mefistófeles, que él compuso denunciando la evolución de su cuñado, un excelente actor alemán a su juicio manipulado por los nazis, sería llevada al cine por el prestigioso director húngaro István Szabó en 1981, consiguiendo con ella, en ese mismo año, el Oscar de Hollywood a la mejor película extranjera.

https://www.youtube.com/watch?v=Yvmaed1PDlI

Mefisto, como su título indica, es una alusión al tema del pacto con el diablo, de tanta tradición literaria y musical. Narra la lucha de un actor desde sus comienzos teatrales por alcanzar la gloria; cómo, tras un primer triunfo interpretando a Mefistófeles, el público asociará persona y personaje, y cómo, a punto de lograr sus aspiraciones, los nazis asumen el poder. Nada más opuesto a su pensamiento, pero, encerrándose en sí mismo y en su arte, nuestro protagonista no quiere ni pensar en abandonar Alemania. “Yo necesito de la lengua alemana, mi patria”, le dice a su mujer, ésta sí, obligada a marcharse por su ascendencia judía. Cuanto más famoso, más presionado por el poder que le manipula en función de sus intereses. Nuestro actor irá desempeñando brillantemente su labor de portavoz de un régimen en el que no cree, intentando compaginarlo con una discreta labor de auxilio a compañeros perseguidos, pero la situación se irá volviendo cada vez más opresora para el artista hasta acabar aplastándolo. ¿Acaso puede el hombre salvar su arte violentando sus más intimas convicciones?... O, dicho de otro modo, ¿acaso nuestro actor no ha vendido su conciencia a cambio de la gloria?...

Coronel Redl




El pasado 2014 ha sido el año del recuerdo de la primera guerra mundial, ese momento en que Europa empezó a suicidarse sin saberlo y cuyo primer resultado político supuso la desmembración del imperio austrohúngaro. 

Una película de István Szabó, Coronel Redl, nos asoma a la realidad política de ese imperio, a las interioridades de su ejecutivo en sus últimos momentos, y nos revela cómo sus propias fuerzas lo van socavando por dentro y esforzándose irresponsablemente por dinamitarlo.


El cine nos venía acostumbrando a contemplar Austría-Hungría desde sus ángulos más dulces: valses, sosiego, estabilidad. Desde las rosas biografías de la emperatriz Isabel (Sissi y toda su secuelas: El destino de Sissi, Sissi emperatriz...) a la mirada nostálgica, de paraíso perdido, de la Viena de Ophuls, (Amoríos, Carta a una desconocida, La ronda, De Mayerling a Sarajevo…) todo nos sugería un mundo amable, sonriente y seguro. Pero ese sólido existir, que parecía alcanzado ya para siempre, se derrumba de golpe, como castillo de naipes, sin motivo aparente y sin posible marcha a atrás.


Aquella Europa feliz y confiada, tan segura de sí misma y de su superioridad mundial ya no volverá. Con el imperio todo se ha venido abajo, no sólo el poderío austríaco, toda Europa se ha hundido, aunque tendrá que sufrir otro descalabro aún mayor, la segunda guerra mundial, para empezar a creérselo.


István Szabó, director de Coronel Redl, es un húngaro nacido en 1938 en Budapest y graduado en artes escénicas en 1961. En lo personal le ha tocado vivir la infancia bajo un duro y terrible estalinismo; ser testigo en su primera juventud de la revolución de 1956 y, en definitiva, estar siempre influido por sucesos políticos que le afectan de cerca: familia, vecinos o conocidos que han sufrido tragedias terribles, emigraciones forzosas… Profesionalmente ha crecido bajo la influencia del neorrealismo italiano primero y de la nouvelle vague francesa después. De Sica le ha desvelado desde muy pronto la sinceridad y la honestidad en el cine; los realizadores franceses de los años 60 por su parte le descubren la libertad de escribir con la cámara. Y ambos, franceses e italianos, lo importante que es hacer un cine personal.


Estos son los parámetros en que se mueve Itsván Szabó, cineasta introspectivo, siempre interesado por lo sucedido en su Europa en los últimos cien años: la primera guerra mundial, el período revolucionario, el nacionalista que llevó a la segunda...; experiencias recién vividas que él lleva a la pantalla no para juzgarlas, sino para ayudarnos a comprenderlas y no repetirlas.


Coronel Redl nos cuenta la historia de un personaje real, un oficial del ejército austrohúngaro, Alfred Redl, (1864-1913), ascendido hasta convertirse en coronel y ocupar el cargo de jefe de estado mayor del VIII Cuerpo (Praga). Destinado durante un tiempo a los servicios de contraespionaje, fue acusado de haber ejercido de espía ruso y haber entregado a diferentes potencias enemigas (Rusia, sobre todo, pero también Francia e Italia) secretos que incidirían decisivamente en el resultado de la contienda. La opinión pública, escandalizada, le odió como gran traidor, achacándole la pérdida de la guerra y de millones de vidas de sus compatriotas.


La versión de Szabó está inspirada en Un patriota para mi, (A patriot for me), pieza teatral del dramaturgo inglés John Osborne. Basada también en los hechos reales pero en las antípodas de la verdad oficial, nos sitúa al personaje realizando un impecable trabajo dentro de los servicios de contraespionaje y atribuye a su homosexualidad, que trata de mantener oculta, el detonante de su estrepitosa caída en desgracia. 


Para una mejor compresión del individuo y su medio, Szabó se detiene también en su infancia y adolescencia, enmarcada en un imperio muy liberal a su modo, donde el talento personal tiene oportunidad de logros sociales siempre que se acepten las rígidas normas del juego. Alfred Redl, educado para ser leal, asimila los valores imperantes y se identifica plenamente con ellos. Y sin embargo acabará contemplando con estupor cómo su vida ha resultado mal encaminada, no por su causa, sino por la propia sociedad, que ya no es leal a los valores que le había inculcado. El poder en la película significa traición y más traición. Nadie, excepto el anciano emperador, cree ya en la monarquía, ni siquiera el heredero al trono, que conspira como todos. El poder con mayúscula, el verdadero poder, utiliza a la gente de manera despiadada si es preciso. Y Redl está confuso, atrapado en un laberinto de intereses que no comprende y que le desborda, incapaz de escapar de esa pesadilla que sólo le deja un camino a seguir, un camino trágico.

La película fue muy bien recibida por la crítica, obteniendo además el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1985. Con la perspectiva del tiempo podemos englobarla junto con Mephisto (1981) y Hanussen (1988) como parte de una trilogía que reflexiona sobre la Europa del XX. No serían sus únicas aproximaciones al tema; en el año 1991 estrenaría El amanecer de un siglo (Sunshine), donde recrea la saga de una familia judía a lo largo del siglo XX y, con ella, la historia de Hungría que es su marco natural. Y todavía volvería a repensar desde nuevos ángulos el pasado próximo. 


El cine de István Szabo, intimista y sensible, elegante y descarnado, interesa y emociona. Desde los años sesenta y setenta en que realizó sus primeras cintas centradas en la historia reciente de su Hungría natal hasta alguna de sus últimas producciones, la tragedia europea del siglo XX casi siempre está presente, bien como núcleo de la historia o, al menos, como telón de fondo. Dos ejemplos más: En 2001, con Requiem por un imperio, (Taking sides), se detiene en la figura de Wilhelm Furwangler, (1886-1954), famoso director de orquesta de la Filarmónica de Berlín, reflexionando sobre su conducta durante el Tercer Reich. Y en su última película, Tras la puerta, (The door), realizada en 2012 con Hellen Mirren en el personaje principal, vuelve a ofrecernos un drama histórico ambientado en la ensombrecida Hungría de la segunda posguerra. 


Parece evidente que el director, en definitiva hijo de la segunda guerra mundial, siente la necesidad de explicarse su historia una y otra vez, ahondando a veces en los rincones más diabólicos o perversos; mostrando en otras la dureza de sobrevivir en un régimen con el que uno no puede identificarse; tratando siempre en definitiva de comprender. Y lo hace con tanta verdad y con tal maestría y diversidad de enfoques que nos aclara mucho las cosas, nos enriquece y nos hace pensar.