miércoles, 13 de diciembre de 2017

Parejas de hermanos: Los Taviani, los Coen, los Elkabetz

Parece que al cine le gustan las parejas de hermanos. De hecho, con una de ellos comenzó su andadura: con la formada por Auguste Marie y Louis Jean Lumière. Y parejas de hermanos aparecen de tanto en tanto haciendo cine al alimón; algunas además un cine espléndido. No son las únicas, pero este es el caso de las formadas por los Taviani, los Coen o los Elkabetz.


Vittorio y Paolo Taviani
Los Taviani, Vittorio y Paolo, son a la vez escritores, productores y directores de sus obras. Comenzaron a filmar, documentales primero y largometrajes después en los inicios
de los 60 y en la actualidad, ya octogenarios, siguen felizmente activos. Su primer largometraje, Un huomo da bruciare, (1962), desarrolla el tema de los conflictos obreros desde una perspectiva marxista. Desde esa misma óptica de cine militante, en la siguiente década realizarían dos películas más que alcanzaron notoriedad, San Michele aveva un gallo, (1972), a partir de un relato de Tolstoi que les sirve de pretexto para confrontar marxismo y anarquismo, y Allonsanfan, (1973), que, ambientada en las guerras napoleónicas, constituye una fábula sobre la derrota de la revolución.




El éxito internacional les llegaría de manera abrumadora en 1977 con Padre Padrone, palma de oro en el Festival de Cannes. Desde entonces sus películas han seguido con frecuencia cosechando premios (la notte di San Lorenzo, Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1982; Kaos, David de Donatello de la Academia del Cine Italiano de 1985; Cesar deve morire, Oso de Oro del Festival de Berlín de 2012…

El suyo es un cine de honda preocupación social, enfocado desde la óptica de una izquierda, militante primero y desengañada de utopías después. Amantes de la literatura a menudo se apoyan en grandes autores pero nunca para ilustrar sus obras.  Con frecuencia han partido de sus historias, sí: de Pirandello a Tolstoi, de Bocaccio a Goethe o a Shakespeare, pero no para serles fieles, sino para reinventarlas a partir de sus propias obsesiones.

Con el cambio de siglo parecen optar por primar la vía de la televisión sobre el cine Resurreccione, Luisa Sanfelice…), pero sin abandonar del todo la gran pantalla, adonde vuelven en diferentes ocasiones: Cesar deve morire (2012), una suerte de documental sobre la experiencia teatral de montar la obra de Shakespeare en una cárcel y representada por presidiarios; Maraviglioso Bocaccio, (2015), vuelta al Decamerón desde una visión más serena y menos provocadora que la de Pasolini, con la que guarda un paralelismo inevitable y, más recientemente, Una questione privata (2017), sobre la obra de Beppe Fenoglio, una historia de celos ambientada en el enfrentamiento entre partisanos y fascistas en la Toscana de 1943 y 1944, temática sobre la que habían ya reflexionado en la Noche de San Lorenzo, (duro enfoque de la guerra a partir de un hecho trágico acaecido en el verano de 1944) y que vuelve ahora a ocuparlos y preocuparlos.  

Los Taviani, en fin, nos obsequian con un cine de profundidad conceptual y gran belleza visual que responde a su poética personal, la de un mundo propio, inteligente y rico que les revela como dos grandes de la cinematografía universal.


Por su parte los Coen, Ethan y Joel, directores independientes por antonomasia, son también autores de todas sus películas en el sentido más amplio: guionistas, directores, montadores... Se rodean además de un equipo habitual, tanto de técnicos como de actores que sin duda pertenecen a su particular círculo de amigos y conocidos, ya que los vemos repetir una y otra vez en sus producciones.



Ethan y Joel Coen
Sus historias, siempre bien contadas, son tramas complejas, frecuentemente cargadas de humor negro y con un punto de ternura a la vez que sorprenden al espectador. Están llenas de giros inesperados; piruetas narrativas de un humor travieso que ellos despliegan hábilmente por su singular universo visual. Un mundo propio en el que habitan personajes insólitos, estrambóticos, disparatados, pero siempre sorprendentes y casi siempre divertidos, incluso cuando son truculentos. Personajes, por otra parte, encarnados por actores que parecen nacidos justamente para representarlos, hasta tal punto resultan acertados.




Enamorados del cine de género se pasean por todos los estilos, enmarcando sus historias, como buenos cinéfilos, en uno o en varios clichés consagrados: la road movie: Arizona Baby, (1987); la comedia alocada: Arizona Baby,  (1987));  el cine de espías: Quemar después de leer, (Burn after Reading, 2008)); el western: Valor de ley, (True Grit, 2010); pero sobre todo el género negro, sin duda su preferido a juzgar tanto por lo mucho que lo frecuentan, como por el acierto con que lo hacen: Sangre fácil, (Blood Simple, 1984), Muerte entre las flores, (Miller’s Crossing,1990), El hombre que nunca estuvo allí, (The man who wasn’t there, 2001), Fargo,(1996), No es país para viejos, (No Country for Old Men, 2007)…. Y siempre logran resultados auténticamente nuevos.

Su refinamiento narrativo, que a veces bordea el preciosismo, como en  Muerte entre las flores, (1990), la originalidad de sus movimientos de cámara, la elegancia de los encuadres, el cuidado exquisito de la fotografía… todo ello confiere a sus obras una pátina de originalidad y buen hacer.

Y así, los hermanos Coen, creadores íntegros, con éxito de crítica y de público y contrastado reconocimiento profesional, no sólo se han labrado por sus propios méritos el título de renovadores del clásico americano, sino que con su personalísima mirada han logrado alcanzar un lugar estimable en la historia del cine.

Por último los Elkabetz, Ronit, ella y Shlomi, él, nos sorprendieron con una interesante trilogía sobre la emancipación femenina en Israel: To take e Wife, (2004), Shiva: los siete días, (2008), y Gett: el divorcio de Viviane Amsalem, (2014).

Como su aparición en nuestra cartelera es bastante reciente, seguramente no vendrán mal algunos datos biográficos. Hijos de judíos sefarditas procedentes de Marruecos, nacen ambos en Beerseba,(Israel), ella  en 1964 y él en 1972.

Shlomi, el menor, después de aprender arte dramático en Nueva York durante siete años, regresa a su país, donde hasta hoy viene desarrollando una exitosa carrera de actor, director y productor, salpicada ya de premios (Mostra de Venecia, 2004; Festival del Film de Hamburgo, 2004; FIPRESCI de Ankara, 2005; Festival International de Film de Jerusalem, 2008)
Ronit y Shlomi Elkabetz
Ronit, la mayor, había empezado su carrera como modelo para pasar enseguida a la interpretación. Comenzó en el cine de protagonista en una coproducción franco-israelí y a mediados de los 90 era ya bastante popular en su país. En 1997 participó en Milim dirigida por Amos Gitaï, y posteriormente, se mudó a Francia donde acabaría rodando con autores como André Techiné (La chica del tren, 2009), Fanny Ardant (Cendres et sang, 2009), o Brigitte Sy (Les mains libres, 2010. A caballo entre París y Tel Aviv, siguió trabajando también en su país, colaborando a menudo con jóvenes cineastas interesados en renovar el cine israelí con nuevos contenidos y enfoques.

Su experiencia en la dirección se circunscribe a la trilogía realizada con su hermano, con quien comparte también la tarea de guionista, aportando además su excelente interpretación. El resultado es tan prometedor que era lógico esperar nuevas creaciones de esta pareja, pero desgraciadamente un cáncer terminó con la vida de Ronit en abril de 2016.

La trilogía es una mirada de denuncia de la situación de la mujer israelí, atrapada en una sociedad llena de contradicciones y arcaísmos religiosos, donde subsisten anacrónicos rasgos patriarcales y cuya supervivencia hoy, en una cultura de tan fuerte desarrollo económico y tecnológico, nos sorprende y escandaliza mayormente.


Los hermanos confiesan que partieron de datos de su propio medio familiar; la pareja protagonista tiene las mismas profesiones que sus padres y su ambiente es el que corresponde a una comunidad conservadora como aquella en que ambos se criaron. To take a wife, (2004), nos describe la infeliz vida matrimonial de Viviane Amsalem, casada demasiado joven como para saber exactamente por qué; Shiva: 7 Days, (2007), nos cuenta como la muerte de un miembro de la unidad familiar, lleva a Viviane a pasar por la Shiva, los siete días de duelo prescritos por la tradición judía; y Gett: el divorcio de Viviane Amsalem,(2014), el humillante trato al que se ve sometida por el tribunal rabínico que, como marca la ley de su país, sentencia los casos de divorcio. La trilogía constituye una seria denuncia de la situación de la mujer en Israel. Filmada con sobriedad y verdad, impresiona cómo prescinde de todo lo que pueda distraer del relato y cómo consigue cautivarnos en su desnudez.


La prematura muerte de Ronit en 2016 ha truncado el fructífero quehacer de una pareja muy prometedora. Shlomi tendrá que continuar la tarea sin su hermana, pero seguro que seguirá dándonos estupendas sorpresas, porque a juzgar por lo visto hasta ahora su cine tiene mucho que decir. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Los Mann

Estrenando siglo XX Thomas Mann, hijo de un acaudalado empresario alemán, publica los Buddenbrook, donde en esencia nos cuenta la historia de su propia familia. La novela alcanza un éxito inmediato que rebasa fronteras, porque pronto otras burguesías europeas vieron también su propia alma reflejada en esta historia de prosperidad y desplome del espíritu empresarial. El mismo autor, que consideraba su obra como genuinamente alemana, confesó su sorpresa ante la proyección internacional de su fama.



Acababa de cumplir 25 años. Alemania, entonces en plena era guillermina, parece encontrarse en la cima de la prosperidad, bajo un bienestar material sólido y presumiblemente duradero. Él, por su parte, liquidada la empresa familiar tras la muerte de su padre, sucedida diez años antes, se había convertido en plena juventud en un hombre independiente, adinerado y ahora además famoso. Pocos años más tarde, en 1905, contrae matrimonio con una rica heredera judía, que será ya siempre su mayor apoyo en la vida, protegiéndole, gestionando los aspectos materiales de su actividad creadora, vigilando que ninguno de sus numerosos hijos perturbaran su paz, sufriendo en silencio su desafecciones, y en fin eliminando todo tipo de obstáculos que pudieran surgir en su camino.





Al contrario que Heinrich, su hermano mayor, conocido también en los círculos literarios alemanes, él se siente perfectamente identificado con los valores imperantes en su patria. Así, mientras avanza el siglo, su hermano se irá decantando hacia posturas de compromiso político y social muy críticas con el militarismo alemán y Thomas en cambio, ferviente admirador de todo lo germánico, se alineará ante la gran guerra con los partidarios de la contienda. Esto iba a distanciar a los hermanos durante años. Pero tras la derrota alemana en la gran guerra, nuestro autor revisaría su entusiasmo nacionalista, modificando posiciones y convirtiéndose en un destacado defensor de la república de Weimar. 

En lo material seguirá viviendo desahogadamente hasta que los bonos de guerra y la hiperinflación de 1923 reduzcan seriamente sus fondos, aunque incluso así, gracias a la fortuna de su mujer, su tren de vida no llegará a verse sustancialmente alterado. Además en esos años de la primera postguerra su fama ya era mundial y sus escritos no sólo le proporcionaban honores, sino también divisas; divisas y honores que culminarían en 1929 con la concesión del Nobel.

A lo largo de los años 20, conforme el nacionalsocialismo va tomando posiciones, la situación política se va volviendo irrespirable en Alemania y Thomas Mann, en abierto contraste con muchos intelectuales de tendencias conservadoras y nacionalistas como las suyas, deja desde muy pronto bien clara su oposición frontal al nazismo. Ya en 1921, cuando el movimiento estaba todavía en formación lo había calificado de «disparate con esvástica» y había denunciado como una infamia su antisemitismo. El ascenso de Hitler al poder en enero de 1933 le encuentra de gira por Europa. Ya no podrá volver. La situación le obliga como a tantos otros al exilio, fijando su residencia en Suiza. En Alemania, sus libros acabarán siendo prohibidos, su casa ocupada y sus bienes confiscados. Y, aunque al principio, tal vez para evitarlo, se resiste a pronunciarse públicamente contra el nuevo régimen, a partir del año 1936 desarrollará un infatigable activismo político que ya no abandonará hasta el final de la guerra. 

En 1938 se traslada a vivir a los Estados Unidos y continúa su lucha contra el nazismo. Era tan célebre que hasta los Roosevelt lo recibieron en la Casa Blanca en enero de 1941. En la difusión de sus ideas políticas sobre la guerra y sus consecuencias utiliza todos los medios a su alcance; de especial importancia fueron sus intervenciones radiofónicas en el programa de la BBC “¡Oyentes alemanes!” donde, desde fecha tan temprana como enero de 1942, no dejó de denunciar el proceso de exterminio de los judíos. Por su parte sus hijos varones, excepto el pequeño, demasiado joven aún, se alistan en el ejército de los Estados Unidos. El 23 de junio de 1944 Thomas Mann y Katia Pringsheim, su mujer, adquirieron la nacionalidad estadounidense. Ese mismo año apoya activamente a Roosevelt en la campaña para las elecciones presidenciales y sigue viajando e impartiendo conferencias desde posiciones cada vez más radicales. Parecían definitivamente asentados en aquel país los Mann, pero, a finales de la década de los 40, comienzan a sentirse incómodos. Se había desencadenado en los Estados Unidos la persecución macartista y los escritos más izquierdistas de Mann le hacían sospechoso de simpatizar con el comunismo. Todavía más preocupante era la situación de su hija mayor, Erika, mucho más radical que su padre, que había sido interrogada por el FBI acusada de ser miembro del partido comunista y posible agente a sueldo de Stalin. Así que, en julio de 1952, abandonan los Estados Unidos y se instalan en Suiza. El, tan alemán que gustaba de verse como un nuevo Goethe, sólo volvería a Alemania de visita, muriendo en Zurich en 1955.






En su obra encontramos una serie de constantes que se repiten con insistencia. Por señalar las más evidentes, el carácter fuertemente biográfico de sus escritos; su impronta acusadamente alemana: su famosa frase «Donde yo esté está Alemania», no sólo resume su actitud ante el exilio, refleja también su profunda identificación con su patria; y, entrando en terrenos más perturbadores para su alma puritana, su latente homosexualidad, sugerida en alguna de sus novelas (Tonio Kroger, La muerte en Venezia…) y puesta de manifiesto en sus diarios personales, hechos públicos en 1975. Por último, una extraña y oscura fascinación por la muerte que, por lo demás pareció perseguirle a lo largo de toda su vida (el suicidio de su hermana Carla en la casa familiar en 1910; el de su hermana Julia en el verano de 1927, el de su cuñada Nelly en Los Angeles en 1944; el de su hijo Klaus en Cannes en 1949…). Todos estos aspectos se filtran de alguna manera en sus obras, pero lo verdaderamente determinante, lo que le define como un escritor de primera fila es la densidad intelectual y psicológica que alcanza en sus escritos y su extraordinario dominio de la narración.

Heinrich Breloer, autor de interesantes docudramas sobre la Alemania del siglo XX, realiza en 2001 la serie Los Mann, la novela del siglo, (Die Manns. Ein Jahrhundertroman). Y en 2008 volvería a interesarse por Thomas Mann; en aquella ocasión para llevar a la pantalla la novela que le hizo mundialmente famoso, Los Buddenbrooks


En Los Mann nos aproxima de manera impecable a la vida de este premio Nobel: de la mano de su hija menor, Elisabeth Mann, entonces todavía viva, nos introduce en el hogar familiar, recreado con absoluto rigor y precisión; recurriendo a imágenes documentales de la época nos sumerge en el clima de la historia; apoyado en un inteligente guión nos permite intuir el alma atormentada de este personaje tan introvertido y adivinar sus demonios, mientras va desplegando ante nuestros ojos su discurrir cotidiano; sus difíciles relaciones familiares (con su esposa, con sus hijos, con su hermano…); diferentes momentos claves en su existir, o su compromiso político. La serie se centra en el protagonista, pero nos acerca también a los otros dos escritores de la familia, su hermano Heinrich y su hijo Klaus.

Heinrich, cinco años mayor que Thomas fue también un escritor de talento. Valorado en los medios intelectuales por sus obras literarias desde antes del cambio de siglo, su activismo político contra el militarismo prusiano le granjeó una gran notoriedad en los círculos antiautoritarios. Pero fueron sobre todo su ensayo sobre Zola y su novela El súbdito, (Der Untertan), editada en 1914, las que le otorgarían el reconocimiento social mantenido durante la época de la república de Weimar. En 1931, los nazis lo declararon persona non grata y a partir de ese momento se verá obligado a salir del país. Afincado en Marsella, la evolución de la guerra después le forzará a huir de nuevo, esta vez desde la Francia de Vichy, cruzando penosamente los Pirineos para pasar a España y llegar por fin, vía Lisboa, a Estados Unidos en 1940. Durante la década de los 30 y más adelante en el exilio americano, su carrera literaria fue declinando sin remisión. Sus dificultades para adaptarse al país de acogida, el alcoholismo de su segunda esposa y problemas de índole económica le fueron amargando la vida. Moriría en Santa Mónica, California en 1950.






El cine eligió su novela Professor Unrat, relato no exento de ciertos tintes biográficos, para hacer El ángel azul, (Der blaue Engel), enseguida considerada como una de las mejores películas alemanas del primer sonoro. La dirigió, en 1930, Josef von Sternberg y supuso la primera aparición de Marlene Dietrich, como una sensual cantante de cabaret, bastante alejada todavía de la imagen sofisticada que la haría famosa. Novela y película nos desvelan el proceso de degradación de un individuo dominado por una oscura pasión, la que siente por una cabaretera que le hará sufrir y le arrastrará hasta la pérdida de su dignidad. Una historia que escarba en las profundidades del derrumbe moral y que no acaba de envejecer porque aborda un tópico siempre vigente, el de la mujer y el pelele.

El otro escritor de la familia, su hijo mayor, Klaus Mann, brillante e inteligente, conoció una adolescencia rica en experiencias. A los dieciocho años ya ejerce como crítico teatral en un periódico de Berlín y a los diecinueve, en 1925, publica su primer libro de cuentos e interpreta en Hamburgo, junto a su hermana Erika y su futuro cuñado el actor Gustaf Gründgens, su primera comedia. En los años sucesivos viaja por el ancho mundo: Paris, Nueva York, Los Ángeles, Hollywood…, codeándose con famosos, mientras sigue escribiendo. El advenimiento del nazismo en 1933 dispersa a su familia, como a tantos escritores alemanes liberales o judíos. Así, mientras su padre se refugia en Suiza, él se mueve por Europa con André Gide, Aldous Huxley y su tío Heinrich, alentando activamente la oposición contra el régimen hitleriano. En 1936 emigra a Nueva York. Ese mismo año publica Mefistófeles y tres años después, El volcán, a su juicio su mejor obra. Cuando los Estados Unidos entran en guerra se alista en el ejército combatiendo en Roma. Antes había comenzado una autobiografía, que revisará en Italia y titulará El recodo. Y en sus páginas hará revivir a personajes como Cocteau, Greta Garbo, Richard Strauss o Stefan Zweig. Al término de la guerra no se siente feliz; la deriva de la inmediata postguerra hacia el enfrentamiento en nuevos bloques le defrauda. Por otra parte, hay que observar que, además de sus muchas cualidades, era también una personalidad atormentada; en temprano y sempiterno conflicto con el padre, adicto además a las drogas y homosexual declarado en una época tan profundamente homófoba, su vida fue resbalando por la pendiente hasta acabar suicidándose en Cannes en 1949. 

Aquella novela, Mefistófeles, que él compuso denunciando la evolución de su cuñado, un excelente actor alemán a su juicio manipulado por los nazis, sería llevada al cine por el prestigioso director húngaro István Szabó en 1981, consiguiendo con ella, en ese mismo año, el Oscar de Hollywood a la mejor película extranjera.

https://www.youtube.com/watch?v=Yvmaed1PDlI

Mefisto, como su título indica, es una alusión al tema del pacto con el diablo, de tanta tradición literaria y musical. Narra la lucha de un actor desde sus comienzos teatrales por alcanzar la gloria; cómo, tras un primer triunfo interpretando a Mefistófeles, el público asociará persona y personaje, y cómo, a punto de lograr sus aspiraciones, los nazis asumen el poder. Nada más opuesto a su pensamiento, pero, encerrándose en sí mismo y en su arte, nuestro protagonista no quiere ni pensar en abandonar Alemania. “Yo necesito de la lengua alemana, mi patria”, le dice a su mujer, ésta sí, obligada a marcharse por su ascendencia judía. Cuanto más famoso, más presionado por el poder que le manipula en función de sus intereses. Nuestro actor irá desempeñando brillantemente su labor de portavoz de un régimen en el que no cree, intentando compaginarlo con una discreta labor de auxilio a compañeros perseguidos, pero la situación se irá volviendo cada vez más opresora para el artista hasta acabar aplastándolo. ¿Acaso puede el hombre salvar su arte violentando sus más intimas convicciones?... O, dicho de otro modo, ¿acaso nuestro actor no ha vendido su conciencia a cambio de la gloria?...

Coronel Redl




El pasado 2014 ha sido el año del recuerdo de la primera guerra mundial, ese momento en que Europa empezó a suicidarse sin saberlo y cuyo primer resultado político supuso la desmembración del imperio austrohúngaro. 

Una película de István Szabó, Coronel Redl, nos asoma a la realidad política de ese imperio, a las interioridades de su ejecutivo en sus últimos momentos, y nos revela cómo sus propias fuerzas lo van socavando por dentro y esforzándose irresponsablemente por dinamitarlo.


El cine nos venía acostumbrando a contemplar Austría-Hungría desde sus ángulos más dulces: valses, sosiego, estabilidad. Desde las rosas biografías de la emperatriz Isabel (Sissi y toda su secuelas: El destino de Sissi, Sissi emperatriz...) a la mirada nostálgica, de paraíso perdido, de la Viena de Ophuls, (Amoríos, Carta a una desconocida, La ronda, De Mayerling a Sarajevo…) todo nos sugería un mundo amable, sonriente y seguro. Pero ese sólido existir, que parecía alcanzado ya para siempre, se derrumba de golpe, como castillo de naipes, sin motivo aparente y sin posible marcha a atrás.


Aquella Europa feliz y confiada, tan segura de sí misma y de su superioridad mundial ya no volverá. Con el imperio todo se ha venido abajo, no sólo el poderío austríaco, toda Europa se ha hundido, aunque tendrá que sufrir otro descalabro aún mayor, la segunda guerra mundial, para empezar a creérselo.


István Szabó, director de Coronel Redl, es un húngaro nacido en 1938 en Budapest y graduado en artes escénicas en 1961. En lo personal le ha tocado vivir la infancia bajo un duro y terrible estalinismo; ser testigo en su primera juventud de la revolución de 1956 y, en definitiva, estar siempre influido por sucesos políticos que le afectan de cerca: familia, vecinos o conocidos que han sufrido tragedias terribles, emigraciones forzosas… Profesionalmente ha crecido bajo la influencia del neorrealismo italiano primero y de la nouvelle vague francesa después. De Sica le ha desvelado desde muy pronto la sinceridad y la honestidad en el cine; los realizadores franceses de los años 60 por su parte le descubren la libertad de escribir con la cámara. Y ambos, franceses e italianos, lo importante que es hacer un cine personal.


Estos son los parámetros en que se mueve Itsván Szabó, cineasta introspectivo, siempre interesado por lo sucedido en su Europa en los últimos cien años: la primera guerra mundial, el período revolucionario, el nacionalista que llevó a la segunda...; experiencias recién vividas que él lleva a la pantalla no para juzgarlas, sino para ayudarnos a comprenderlas y no repetirlas.


Coronel Redl nos cuenta la historia de un personaje real, un oficial del ejército austrohúngaro, Alfred Redl, (1864-1913), ascendido hasta convertirse en coronel y ocupar el cargo de jefe de estado mayor del VIII Cuerpo (Praga). Destinado durante un tiempo a los servicios de contraespionaje, fue acusado de haber ejercido de espía ruso y haber entregado a diferentes potencias enemigas (Rusia, sobre todo, pero también Francia e Italia) secretos que incidirían decisivamente en el resultado de la contienda. La opinión pública, escandalizada, le odió como gran traidor, achacándole la pérdida de la guerra y de millones de vidas de sus compatriotas.


La versión de Szabó está inspirada en Un patriota para mi, (A patriot for me), pieza teatral del dramaturgo inglés John Osborne. Basada también en los hechos reales pero en las antípodas de la verdad oficial, nos sitúa al personaje realizando un impecable trabajo dentro de los servicios de contraespionaje y atribuye a su homosexualidad, que trata de mantener oculta, el detonante de su estrepitosa caída en desgracia. 


Para una mejor compresión del individuo y su medio, Szabó se detiene también en su infancia y adolescencia, enmarcada en un imperio muy liberal a su modo, donde el talento personal tiene oportunidad de logros sociales siempre que se acepten las rígidas normas del juego. Alfred Redl, educado para ser leal, asimila los valores imperantes y se identifica plenamente con ellos. Y sin embargo acabará contemplando con estupor cómo su vida ha resultado mal encaminada, no por su causa, sino por la propia sociedad, que ya no es leal a los valores que le había inculcado. El poder en la película significa traición y más traición. Nadie, excepto el anciano emperador, cree ya en la monarquía, ni siquiera el heredero al trono, que conspira como todos. El poder con mayúscula, el verdadero poder, utiliza a la gente de manera despiadada si es preciso. Y Redl está confuso, atrapado en un laberinto de intereses que no comprende y que le desborda, incapaz de escapar de esa pesadilla que sólo le deja un camino a seguir, un camino trágico.

La película fue muy bien recibida por la crítica, obteniendo además el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1985. Con la perspectiva del tiempo podemos englobarla junto con Mephisto (1981) y Hanussen (1988) como parte de una trilogía que reflexiona sobre la Europa del XX. No serían sus únicas aproximaciones al tema; en el año 1991 estrenaría El amanecer de un siglo (Sunshine), donde recrea la saga de una familia judía a lo largo del siglo XX y, con ella, la historia de Hungría que es su marco natural. Y todavía volvería a repensar desde nuevos ángulos el pasado próximo. 


El cine de István Szabo, intimista y sensible, elegante y descarnado, interesa y emociona. Desde los años sesenta y setenta en que realizó sus primeras cintas centradas en la historia reciente de su Hungría natal hasta alguna de sus últimas producciones, la tragedia europea del siglo XX casi siempre está presente, bien como núcleo de la historia o, al menos, como telón de fondo. Dos ejemplos más: En 2001, con Requiem por un imperio, (Taking sides), se detiene en la figura de Wilhelm Furwangler, (1886-1954), famoso director de orquesta de la Filarmónica de Berlín, reflexionando sobre su conducta durante el Tercer Reich. Y en su última película, Tras la puerta, (The door), realizada en 2012 con Hellen Mirren en el personaje principal, vuelve a ofrecernos un drama histórico ambientado en la ensombrecida Hungría de la segunda posguerra. 


Parece evidente que el director, en definitiva hijo de la segunda guerra mundial, siente la necesidad de explicarse su historia una y otra vez, ahondando a veces en los rincones más diabólicos o perversos; mostrando en otras la dureza de sobrevivir en un régimen con el que uno no puede identificarse; tratando siempre en definitiva de comprender. Y lo hace con tanta verdad y con tal maestría y diversidad de enfoques que nos aclara mucho las cosas, nos enriquece y nos hace pensar.





miércoles, 6 de febrero de 2013

Scott Fitzgerald y su gran Gatsby

 


En 1925 Francis Scott Fitzgerald publica El gran Gatsby, considerada hoy por muchos como su novela más lograda. Es todavía un veinteañero pero lleva ya perteneciendo a esa clase de seres conocidos como ricos y famosos los últimos cinco años de su existencia.

Francis Scot Fitzgerald

Sólo los últimos cinco, que no le venía de familia la riqueza. Hasta entonces iba tirando, trabajando en publicidad, escribiendo… Ni siquiera había conseguido terminar su carrera, abandonada en 1917 para alistarse en el ejército, en uno de cuyos campos de entrenamiento, por cierto, había conocido a Zelda Sayre, una joven de la mejor sociedad de quien se había enamorado locamente y con quien se había comprometido. Pero al fin Zelda, considerando insuficiente el status social del pretendiente, rompió el compromiso y él volvió al hogar paterno.

Zelda Sayre y Francis Scot Fitzgerald
Estando así las cosas, una casa editorial accede a publicarle su primera novela This side of Paradise, (A este lado del paraíso), convertida en superventas desde que ve la luz en marzo de 1920.  Este golpe de fortuna acaba de la noche a la mañana con todos sus problemas. Se casa con Zelda y en la euforia del triunfo se embarcan ambos en una escalada de fiestas y ginebra, de lujo y diversión. Dos años después su segunda novela, The Beautiful and the Bad, (Hermosos y malditos) es recibida también con las mejores críticas. Y The Great Gatsby, (El gran Gatsby), la tercera, resulta una nueva prueba, la más madura, del dominio expresivo del narrador.

Las tres reflejan el mundo alocado de aquella década que salida de la Gran Guerra parece afrontar la vida con alegre irresponsabilidad. Las tres son intensamente románticas y sentimentales. Y, de alguna manera, las tres giran en torno al éxito como puerta del placer y el fracaso como anticipo de la muerte.

Escena de El Gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1972)
En definitiva, Fitzgerald en ellas despliega un mundo fastuoso de abundancia y desenfreno: el de los ricos de vida vertiginosa, derrochando energía y dilapidando fortunas. Y es que ése es el medio en que él se mueve: un entorno de millonarios hermosos y malditos, de rubias excéntricas y sofisticadas, de charlestón y descapotables, de americanos ociosos a caballo entre Long Island y la Riviera Francesa. Es su mundo, aquel que había soñado y tempranamente alcanzado. Y lo apuraría a lo largo de toda esa década que pasó a la historia como la Era del Jazz.

Tender is the night, (Suave es la noche), su cuarta novela, editada en 1934, es de todas la más autobiográfica. Y es también la más amarga. Con el cambio de década a la alegría de vivir ha seguido una ola de desesperanza. Ahora el público, que sin duda le asocia con ambientes rutilantes y frívolos, acoge su obra con indiferencia. Pero se engañan; esta vez no nos ofrece burbujas de champán, sino una desoladora historia de las miserias y trampas del amor, donde nos desnuda su bancarrota moral y material, en perfecta sintonía con la depresión colectiva que arrancara del crac del ’29.

Porque su vida también ha cambiado de una manera trágica: las dificultades económicas que han sucedido a su irreflexivo despilfarro, la esquizofrenia de Zelda, manifiesta desde fines de 1929, el alcohol que le va minando progresivamente… todo le va hundiendo en su noche oscura y sumiendo en un estado de infelicidad.

Sus últimos años, años duros, los pasa en Hollywood escribiendo guiones para la Metro y componiendo, en medio de graves problemas financieros, su postrer novela, The Last Tycoon, (El último magnate), una descripción de la mítica fábrica de sueños en que se ha convertido Hollywood; obra que no llega a terminar porque un ataque al corazón acaba antes con su vida. Corría 1940. 

Y si Fitzgerald, arruinado y alcoholizado en esos años negros de su fracaso pone sus miras en Hollywood para sobrevivir, también Hollywood se va a ocupar de mostrarnos a Fitzgerald después, tanto recurriendo a la biografía como a través de su obra, que rezuma en gran medida trasuntos de su existir.

Gregory Peck y Deborah Kerr en Días sin vida (Belover Infidel, King 1959)
Con el primer procedimiento nos recreó los últimos años en la vida del escritor en Beloved infidel, (Días sin vida) realizada por Henry King en 1959, con Gregory Peck y Deborah Kerr, como protagonistas. Y a través de su obra, profundamente autobiográfica recrea también retazos de su vida. En La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris) un conmovedor melodrama dirigido por Richard Brooks, basado en su relato corto Babylon revisited, seguramente el más autobiográfico de todos sus escritos, refleja sus vivencias en Europa, y en otras narraciones, sobre todo en sus grandes novelas, las que más se adaptaron al cine, otros aspectos de su peripecia vital.

Van Johnson y Liz Taylor en La última vez que vi Paris (Last time I saw Paris, Brooks, 1959)
Pero entre todas ellas la favorita de este medio fue claramente El gran Gatsby, tal vez la más lograda, un libro fresco y hermoso que el tiempo ha convertido en símbolo de aquella época de locura festiva e irresponsable alegría. Su argumento, una historia romántica y melodramática: el amor imposible entre un muchacho modesto, Jay Gatsby, y una hermosa heredera, Daysy Buchanan, en un marco de decadente encanto.

Mia Farow y Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
En sus últimos años Fitzgerald nos dejó esta confesión respecto de su personaje de Gatsby:

Es lo que siempre fui, un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en un club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví.”

Y sí, hay sin duda en esta novela un componente autobiográfico lacerante, pero, además, un acertadísimo retrato de época y por encima de todo un muy personal modo de narrar que la hace única y la llena de atractivo.

La atmósfera de ensoñación que flota en la historia, la manera sutil de desvelarnos el relativismo moral de sus personajes, de dibujar el mundo de bellas apariencias en que sus conductas monstruosas se suceden… son quizá alguno de los elementos que explican el por qué de semejante predilección, el porqué de haber sido la más versionada de sus obras. Y ello desde 1926 en que Herbert Brenon dirige en pleno cine mudo su visión de la novela (lástima que de ésta sólo nos hayan llegado escenas sueltas), hasta la de 2013 en que Baz Luhrmann nos la vuelve a contar en una adaptación que ni la presencia del excelente Leonardo DiCaprio logró salvar del fracaso comercial, Entre medias, se realizan otras dos más interesantes, la de Eliot Nugent de 1949 con Alan Ladd como protagonista y la de Clayton de 1974.

Robert Redford en El gran Gatsby (The Great Gatsby, Clayton, 1974)
La versión de Clayton, la más lograda, parte de un guión que inicia Truman Capote y termina Francis Ford Coppola. Con Robert Redford y Mia Farrow como protagonistas, contó con una exagerada campaña de lanzamiento que paradójicamente perjudicó a la película: se bombardeó con una moda Gatsby de peinados, ropa, zapatos… en una promoción tan desbordante que creó expectativas desmesuradas e hizo que en su estreno defraudara un tanto al público, abrumado con semejante alarde publicitario, y también a la crítica del momento, que estuvo injustamente durísima. Pero lo cierto es que la imagen enigmática de Gatsby quedó desde entonces asociada a Redford, y vista con perspectiva es sin duda una bella película sugerente y sugeridora.

Se vuelve a su argumento en el 2000 con una interesante serie televisiva, The Great Gatsby, (El gran Gatsby: su historia), dirigida por Robert Markowitz, con Mira Sorvino y Toby Stephens en los papeles de Daysy y Gatsby.

Jenifer Jones en Suave es la noche, (Tender is the Night, Henry King,1962)
De su novela Suave es la noche, también trufada de experiencias personales, hay asimismo dos versiones, la de 1962 realizada por Henry King, con Jennifer Jones y Jason Robards, que a pesar de tratarse de un film narrado con densidad e inteligencia, al igual que sucediera en 1934 con la novela no logró despertar demasiado interés, y la dirigida en 1985 por Robert Knight para la TV americana, también bajo el mismo título de la novela, con Peter Strauss, Mary Steenburgen y Sean Young.

En 1976 se estrena The Last Tycoon (El último magnate), adaptación de su novela homónima que Harold Pinter versionó y Elia Kazan dirigió, donde desentraña ese mundo de Hollywood en que él malvivía al final escribiendo guiones. No es su historia, desde luego, pero sí es su personaje, su afán de gloria, su ambición desmedida, su fracaso amoroso… De alguna manera otra vez Gatsby con quien tanto se identificaba. La película contó con una espléndida música de Maurice Jarre, excelente fotografía, y un plantel de actores estupendos como Robert de Niro, Robert Mitchum, Jack Nicholson, Tony Curtis, Jeanne Moreau … a pesar de lo cual tampoco resultó la obra redonda que cabía esperar.

El último magnate (The last Tycoon, Elia Cazan, 1976)
Y por último en 2008 David Fincher llevó a la pantalla uno de sus cuentos, quizá el único relato de Fitzgerald en cine donde no se encuentran elementos biográficos, El curioso caso de Benjamin Button, (The courious case of Benjamin Button), con Brad Pitt como protagonista. Y esta vez, sí, alcanza un éxito clamoroso, tal vez inexplicablemente clamoroso.

Interesantes cada una de ellas, algunas geniales, salpicadas siempre de fragmentos de su vida, ricas casi todas en personajes sugestivos,  pero ninguno como esa figura de Gatsby que el cine fijó con la imagen de Redford para el recuerdo, una criatura James Gatz, alias Jay Gatsby que el talento de Scott Fitzgerald ha colocado por derecho en la nómina de las figuras literarias inmortales.

El genio precoz de Scott Fitzgerald que tanto prometía cuando se conoció A este lado del paraíso brilló por poco tiempo y su enorme talento de alguna manera se frustró. Dejó una obra importante, sí, pero también, como en sus novelas, una vaga sensación de añoranza por lo que pudo llegar a ser. Y el cine ha sabido reflejarlo.