martes, 20 de marzo de 2018

Truman Capote y Harper Lee, dos amigos de la infancia


Truman Capote y Nelle Harper Lee compartieron infancia en Monroeville, un pueblo de Alabama, donde Nelle residía y Truman pasaba largas temporadas. Él procedía de Nueva Orleans y su apellido Capote corresponde al segundo marido de la madre, un empresario canario que le adoptó. Se crió como su amiga en esa atmósfera de sur profundo de los años treinta, años de depresión económica y segregación racial

Él, un niño poco común, estrafalario y caprichoso; ella, una niña peculiar. Demasiado suave él, demasiado ruda ella, ambos amantes del misterio, de los libros y la lectura, ambos con una precoz vocación literaria. Esto lo sabemos porque Nelle Harper Lee nos lo cuenta en su novela Matar a un ruiseñor, una narración cargada de connotaciones autobiográficas.


Pronto emigrarían los dos a Nueva York, donde continuarían siendo amigos unas cuantas décadas más. Él, niño precoz, se reveló como escritor importante a los 24 años con Otras voces y otros ámbitos (1948), donde nos deja un retrato de su amiga Nelle. Siguieron nuevos éxitos como Color local (1950), El arpa de hierba (1951), Casa de flores (1954), y sobre todo Desayuno en Tiffany’s (1958), antes de que tomara la decisión de abordar la novela que se iba a convertir en su mayor éxito, A sangre fría, crónica novelada de un suceso real: el asesinato, sin móvil aparente, de una familia en un pueblecito de Kansas.

Esa década de éxitos literarios le ha conquistado un lugar privilegiado entre la alta sociedad neoyorquina, donde se mueve a su capricho y todo se le tolera. Extremadamente ingenioso y divertido, se le rifan en sociedad y él se sabe mimado y famoso. Es muy competitivo pero no tiene rival, así que disfruta paladeando sus éxitos sin sombras a la vista.
Truman Capote y Nelle Harper Lee
Estamos en 1959. Nelle acababa de entregar a una editorial el manuscrito de su primera novela cuando su amigo Truman le propone viajar juntos a Kansas, porque The New Yorker le financia la elaboraciòn de una crónica del atroz suceso recientemente ocurrido allí y que había conmovido a la sociedad estadounidense. Para ello tiene que desplazarse al lugar del crimen y recopilar datos de primera mano, manejar documentos del caso, hablar con los testigos, con los policías que arrestaron a los asesinos, incluso con los propios asesinos. No quiere hacer solo ese viaje y a su amiga Nelle le encanta la idea de unirse al plan; revisan juntos la documentación conseguida, le tutela en las visitas que efectúan en el pueblo y elimina las resistencias que sin duda sentían los del lugar frente a un individuo de aspecto tan inusual y provocador, hasta el punto de que probablemente sin ella no hubiera logrado ser atendido. Todo en su figura excéntrica, su forma de hablar, de vestir, de moverse, de comportarse, en suma, estaba declarando a gritos su homosexualidad en una sociedad extremadamente homófoba y convencional, así que la presencia de su amiga en esos primeros contactos tuvo que ser para él, más que positiva, determinante. 

El trasunto de este viaje, así como todo el proceso que sufrió la novela y la vida de Capote hasta el momento en que los asesinos de la familia fueron ejecutados y el relato publicado, está narrado en dos espléndidas películas que tuvieron la desgracia de aparecer casi simultáneamente, la magnífica Capote (2005), dirigida por Bennett Miller con el muy llorado Philip Seymour Hoffman, como protagonista, que recibió un merecidísimo Oscar por su interpretación; e Infamous (Historia de un crimen, 2006) de Douglas McGrath, que constituye también un trabajo muy notable.

Volviendo a aquello años, la novela de Harper Lee se publica en 1960; es a continuación premiada con el Pullitzer, (1961), y enseguida llevada al cine, con el mismo título: To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor, 1962), bajo la dirección de Robert Mulligan. Se trata de un relato autobiográfico donde la autora evoca el mundo de su infancia y traza paralelamente una denuncia del racismo. Una obra digna de ser leída que se acabó convirtiendo en manual de ciudadanía para las siguientes generaciones escolares de su país, aunque censurada hasta 2013 en el estado de Virginia, y bloqueada infinidad de veces en otros estados de la Unión, lo que en definitiva viene a abundar en su condición de obra de denuncia.

Gregory Peck como Atticus Finch en Matar a un ruiseñor, 1962
Por su parte el film, soberbia adaptación de la novela, lleno de matices, sensible sin caer en la sensiblería, delicado en su observación de la infancia y honesto retrato de esa sociedad injusta que describe, se convirtió enseguida en película de culto, y Gregory Peck, su protagonista, ya no podría nunca desligarse de ese personaje, Atticus Finch, que él nos hace inolvidable, y que para muchos constituye el mejor de una carrera tan llena de aciertos como fue la suya (Duelo al sol, El proceso Paradine, El mundo en sus manos, Vacaciones en Roma, Horizontes de grandeza… y tantas y tantas más).
Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, 1961
Mientras Nelle Harper Lee recogía su Pullitzer, se estrenaba la versión para el cine de la novela de Truman Capote Breakfast at Tifany’s, (Desayuno con diamantes, 1961), dirigida por Blake Edwards, con música de Mancini, (que alcanzó aquí con Moon River el Oscar a la mejor canción), y una también premiada Audrey Hepburn, cuya imagen en esta película  el tiempo convertiría en verdadero icono mundial. El escritor estaba en la cumbre del éxito, pero sufría con la construcción de esa novela de la que había dado algunas entregas a la prensa, y que nunca ultimaba. El final se demoraba en tanto no fueran ejecutados los asesinos, hecho que además debía desgarrarle en deseos contrapuestos, dada la implicación afectiva que llegó a sentir por uno de los criminales. El caso es que pasaron siete años antes de poder cerrar ese capítulo. Años que debió de vivir como de sequía creativa y que venían a coincidir con la cosecha de éxitos de su amiga.

La amistad entre ambos se resintió. ¿Quizá Truman no valoró en su medida la aportación de Nelle al viaje en común? ¿Tal vez él, que siempre se confesó muy competitivo, sintió celos del éxito enorme de Nelle, de ese Pullitzer que él nunca alcanzó, de esa película tan premiada (tres 0scars, tres Globos de oro, el David de Donatello...) sobre la novela de su amiga? El hecho es que tras ese viaje acabarían distanciándose y en la fiesta de celebración que Truman organizó cuando por fín pudo publicar A sangre fría, con doble dedicatoria a su pareja y a su amiga, Harper Lee brilló por su ausencia.

La novela de Capote tuvo también su adaptación cinematográfica, un trabajo sólido y bien construido que con el mismo título, A sangre fría, realizó Richard Brooks en 1967. Rodada en blanco y negro, en los escenarios naturales donde transcurrieron los hechos, la historia, constituye una interesante reflexión sobre la pena de muerte.

Tras la experiencia vivida en la gestación de esa novela, Truman Capote no volvería a ser el mismo. Seguiría escribiendo, viajando y desarrollando una intensa vida social, pero con un trasfondo mucho más amargo. Moriría en 1989, a los 64 años de edad, después de pasar por sucesivas clínicas de reposo y diferentes episodios de desintoxicación del alcohol y otras drogas.

Nelle Harper Lee reaccionó a su éxito literario de manera diametralmente opuesta al modo en que lo hacía su amigo; se mostraría siempre refractaria al éxito, huyendo de la fama y refugiándose en su casa de Alabama donde viviría con su padre y con su hermano, rehuyendo a la prensa y sin cambiar de residencia hasta su reciente muerte en 2016. Sólo publicó otra novela más que no ha alcanzado mayor repercusión.


domingo, 11 de marzo de 2018

Tango


Hacia 1860 aparece el tango en ambas márgenes del río de la Plata y rápidamente se extiende por los barrios bajos de Montevideo y Buenos Aires donde moran los inmigrantes europeos. Se trataba del tango arrabalero, bailado por parejas fuertemente abrazadas que escandalizó a la sociedad rioplatense.

Considerado lujurioso, la iglesia lo condena, la policía lo persigue y esto obliga a bailarlo en sitios oscuros, en antros y burdeles, quedando así asociado a lugares de vicio y placeres prohibidos, por lo que, al principio, pocas mujeres lo bailan, es casi sólo una danza de hombres, hombres procedentes de los estratos más humildes en los más pobres suburbios.

Pero los niños bien de las familias bonaerenses frecuentan también estos lugares. Ellos son los que lo darán a conocer en otras esferas sociales y sobre todo los que lo llevarán a Europa. Allí el tango, antes considerado vulgar, conquistará con su glamour a los sectores más altos de la sociedad y en poco tiempo se bailará en todas las capitales europeas. El tango arrabalero convertido ahora en tango de salón, seguirá evolucionando en sus coreografías, enriqueciéndose y manteniéndose vivo y vigente hasta nuestros días.

La evolución de los gustos sociales en relación con el tango es, pues, producto de su salto a Europa. No sólo se ha dado a conocer, es que Paris se ha entusiasmado con él, con su melodía también, pero sobre todo con su danza. Y con Paris, pionero en modas, todo el continente se dejará seducir por este baile sensual y atrevido. Por la América anglosajona tampoco tarda mucho en extenderse, y con mayor motivo por todos los países de habla española.



Así que la curiosidad y la pasión por el tango son muy tempranas en el tiempo; luego, con sus momentos altos y bajos, no han hecho más que crecer y extenderse por todo el mundo. De Buenos Aires a París, de Australia a Japón, de Italia a Finlandia, de Colombia a Palestina, el tango se ha infiltrado en las sociedades más dispares y se ha hecho un hueco  en sus diferentes sensibilidades.

Como danza estuvo de moda hasta los años sesenta en que fue relegada por otros ritmos y prácticamente olvidada hasta los noventa en que volvió a hacerse fuerte, no solo en su país de origen sino llamativamente en infinidad de capitales europeas.



En el cine hizo su aparición desde fechas bien tempranas, porque ya en 1897 Eugenio Puy dirige Tango argentino y con ese título no parece difícil suponer que la película va de tangos. A continuación, a lo largo de toda la historia del cine mudo son muy numerosos los films realizados en Argentina dedicados al tango. En ellos intervienen entre compositores e intérpretes prácticamente todos los grandes del tango del momento. Pero no sólo allí. En Francia bastante antes de que Valentino se marcara en Hollywood ese tango, (La cumparsita), de The four hoursement of the Apocalypse (Los 4 jinetes del apocalipsis, 1921, Rex Ingram), Max Linder interpretaba un corto titulado Max, profesor de tango, (1912).  Y otras grandes figuras del cine mudo como Chaplin o Mac Sennet le dedicaban también su atención.

Carlos Gardel y Rosita Moreno en Tango bar, 1935

Con la llegada del sonoro la presencia del tango en el cine se haría aún más nutrida. Al principio, reducida, claro, a Argentina: Tango, (1933), Los tres berretines, (1933), El alma del bandoneón, (1935), Tango bar, (1935), La muchachada de a bordo (1936),  Adios Buenos Aires, (1938), con la obligada presencia de Gardel, Libertad Lamarque, Tita Merello y otras estrellas que pronto se consagraron. No tardaría mucho en rebasar fronteras. De 1947 es la japonesa Anjo-ke-no A Butokai, dirigida por Kozaburo Yoshimura, que pone de manifiesto que no es sólo en América y Europa donde va ganando adeptos la pasión por el tango.

En las décadas siguientes el gusto por el tango sufre fluctuaciones, y cuando todo indica que se ha ido apagando para no volver a encenderse se registra un nuevo florecer. La fama de El último tango en Paris (1972) parece que lo hubiera rescatado del olvido y así en esa década y la siguiente estará de nuevo presente en buen número de películas. Pero será sobre todo a partir de los años noventa, cuando en algunos países europeos parece estarse viviendo una tangomanía, cuando cada vez sea más frecuente que sus melodías participen, como leitmotiv, subrayando escenas, o, de algún otro modo, de la banda sonora de un buen número de películas.

Películas de las cinematografías más diversas, que son infinidad las que contienen algún tango en algún momento de su discurrir, La lista de Schindler, (Steven Spielberg, 1993; Quemado por el sol, (Mijalkov, 1987) y tantas otras.





Y no sólo la música, la magia del tango bailado se cuela también, y tal vez con más frecuencia, en las tramas de numerosas películas, muchas veces para convertirse en un momento señalado que busca emocionar fuertemente al espectador. En ocasiones con un estupendo número de tango, otras con exhibiciones medianas o exageradamente gimnásticas, pero siempre con resultados impactantes por su melodía y su carga erótica. (Beltenebros, Pilar Miro, 1991; Esencia de mujer, Martin Brest, 1992; ¿Bailamos?, Peter Chelsom 2004).

En cualquier caso y como quiera que se interprete es indudable que el tango ha remontado barreras y se ha instalado en todo el mundo, que cada país lo ha hecho suyo y lo ha cargado de significantes propios que se añaden a los de origen y lo ha utilizado ampliamente en sus cinematografías.




Hay al menos tres películas que sin embargo no utilizan la música del tango o el tango bailado como un componente más, sino que todo en ellas es puro tango: Dos realizadas a finales de los noventa: The Tango Lesson, (Una lección de tango, 1997) de Sally Potter, directora inglesa de la que ahora está en cartel entre nosotros The Party, (2017), su última película, y  Tango, (1998), de nuestro compatriota Carlos Saura, quien dedicó varias décadas de su producción a los musicales con resultados muy brillantes.



Tanto una como otra constituyen dos esplendidas y diferentes lecciones de tango. 


La tercera, Un tango más, (2015), rescata a una antigua y genial pareja de bailarines, la formada por María Nieves Rego y Juan Carlos Copes, hoy octogenarios, y en torno a sus trabajos en común y sus vivencias en derredor de esa maravillosa danza nos ofrece una tercera lección de tango.

La película de Sally Potter tiene un sorprendente carácter autobiográfico, porque relata una experiencia propia, su decidido, intenso y fervoroso acercamiento a esta danza. Sally Potter nos muestra su proceso de aprendizaje en manos de Pablo Verón como pareja de baile, nos pone de manifiesto su carácter tenaz y su fuerte determinación de aprenderlo, cosa que consigue de manera notable. Rodada en blanco y negro en París y Buenos Aires es un verdadero canto de amor al tango, que contagia al espectador.

La de Saura, que evoluciona en torno a un argumento que le sirve de pretexto, constituye un verdadero homenaje al tango en particular y a la música popular argentina en su conjunto. Contó para ello con cantantes, bailarines y coreógrafos argentinos de primerísimo nivel (Juan Carlos Copes, Carlos Rivarola, Julio Boca, Cecilia Narova, Sandra Ballesteros); un buen reparto de actores argentinos y españoles, (Miguel Angel Solá, Juan Luis Galiardo, Mia Maestro); la maravillosa fotografía de Vittoro Storaro y la banda sonora del porteño Lalo Schiffrin, que además de componer varios temas para el filme seleccionó piezas consagradas de grandes compositores argentinos, desde los clásicos más remotos hasta Astor Piazzola, conformando con un conjunto de estilos y formas, una síntesis espléndida de esta danza. 


El resultado es una película de impecable factura, inteligente, elegante y bellísima, en la que para muchos sin embargo sobra esa manierista alusión a la emigración italiana, más propia de una zarzuela o de una ópera y sobre todo las terroríficas escenas de matanzas de la dictadura militar argentina, que desbordan el tema y lo llevan por terrenos terribles a precipitarse en un infierno, cuando creemos que Saura nos está contando otra cosa, que lo que se propone es mostrarnos el tango, su esencia, su capacidad de conmover, su erotismo, su atractivo. Y desde luego esto lo logra, desplegando ante nuestro ojos las diferentes formas en que se expresa su magia, los múltiples matices que atesora, la amplia gama de emociones que suscita y la penetrante belleza que desprende. Pero lo logra, no con la ayuda, sino a pesar de este par de incursiones en lo que parecen otras películas y a pesar también de una trama argumental muy floja que salvan los espléndidos actores que la interpretan.      

María Nieves Rego y Juan Carlos Copes en Un tango más, 2015

Por último Un tango más (Kral, 2015) nos acerca a esta danza con la lente fija en dos de sus intérpretes de culto: María Nieves Rego y Juan Carlos Copes. Germán Kral, su director, pretendía contarnos la peripecia histórica de estos famosos tangueros, que se conocieron en la adolescencia y bailaron juntos durante casi cincuenta años, pero no logra reunirlos de nuevo, porque su historia de amor y desamor sigue viva y punzante, así que tiene que replanteárselo todo, entrevistarlos por separado y recurrir a imágenes de archivo y nuevas coreografías para aproximarnos a lo que en su día llegaron a ser. Una lástima, pero, con todo, logra un muy interesante documental que te atrapa y no te suelta hasta el final.

martes, 27 de febrero de 2018

Algunos directores rusos

Llega poco cine ruso a nuestras pantallas y para colmo muy espaciado en el tiempo. Pero ¡qué bueno todo el que llega!

A fines de los ochenta descubrimos a Nikita Mijalkov, (1945), en una preciosa película de producción italo-rusa, Oci Ciorne, (Ojos negros, 1987), con guión del propio Mijalkov y del productor italiano Suso Cecchi D’Amico, sobre una amalgama de relatos de Chejov. Su protagonista principal, Marcello Mastroianni, nos deleita aquí con uno de los grandes papeles en su fértil carrera como actor, el de un anciano rememorando con nostalgia un amor de juventud, una ilusión perdida.

La historia, narrada en un clima de añoranza de lo nunca alcanzado está contada con parsimonia y delicadeza envolviéndonos en el perfume de los relatos de Chejov.

Mijalkov, procedente de una familia de artistas, había comenzado estudiando teatro para acabar desarrollando una larga carrera de actor tanto en las tablas como en el cine. En los años setenta actuaría en numerosas películas, entre ellas, Tío Vania (1972) de su hermano mayor Andrei Konchalovski, y en 1974 firma su primera obra como director: En casa entre extraños, ambientada en la Rusia de los años veinte, en plena guerra civil. Pronto famoso en su país, el salto a Europa no lo daría hasta el momento de esta coproducción, pero con tal éxito que alcanzaría a sus siguientes realizaciones.

Probablemente su mejor obra, al menos la que ha obtenido mayor reconocimiento en la cinematografía occidental sea Quemado por el sol, (1994), una historia ambientada en la época de las siniestras purgas de Stalin.

La película cuenta cómo en un cálido día del verano de 1936 el comandante Kotov, (Nikita Mijalkov), un respetado héroe de la revolución soviética, recibe en su dachá la visita inesperada de Mitia, (Oleg Menshikov), un antiguo amigo de la familia. En la casa rural del comandante se nos muestra el dulce transcurrir de su vida doméstica pintada con los más bellos colores: Nadia, la preciosa hijita; Maroussia, la joven esposa, algunos parientes cercanos… en suma, la felicidad del hogar evolucionando en torno a nuestro comandante, desplegada con morosidad y suaves pinceladas chejovianas. Todo se irá cargando de negros presagios conforme se acerca el momento de descubrir el por qué de la llegada del visitante al que confiadamente llaman Tío Mitia y quien, aunque se muestra amable, parece destilar algo inquietante de su sola presencia. Luego todo dará un vuelco.

La belleza de las imágenes; la naturalidad de los actores, (impactante la actuación de Menshikov y entrañable la complicidad ente Kotov y Nadia, padre e hija también en la vida real); la excelente banda musical, (ese tango que suena y suena, tiñéndolo todo de nostalgia y amargura) son algunos de los valores de una película que emociona y deja huella.

En el 2005 Mijalkov, volcado por algún tiempo en tareas de la cinematografía oficial de su país, retoma sus carreras de actor y director, y en 2007 presenta en el Festival de cine de Venecia, 12, adaptación del drama judicial de Sidney Lumet Doce hombre sin piedad, por la que obtendría, además de excelentes críticas, un León de Oro especial.

Los hermanos Andrei Konchalovski y Nikita Mijalkov 
También en los ochenta descubrimos el cine de su hermano  Andréi Konchalovski, (1937), apellido de su madre que él adopta para su vida profesional. Unos años mayor que Nikita, Andréi está ya haciendo cine en los sesenta y desde muy pronto alcanza la fama en su país. 

En Europa era ya conocido por su colaboración con Tarkovski, pero ignorado en su faceta de director hasta que en 1979 presentara su película Siberiada en el festival de Cannes, obteniendo con ella el premio especial del jurado. Este éxito le permite emigrar a continuación a Estados Unidos, donde realizaría algunas películas de acción, pero en los noventa regresará de nuevo a su país de origen.

Si exceptuamos los títulos de su etapa americana, y a pesar de contar con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, (1989), y  el León de plata del Venecia, (2002), Siberiada es seguramente su película más conocida en Europa. Concebida como una verdadera epopeya épica, la mirada de Siberiada fija la atención sobre una saga familiar, o, mejor dicho, sobre dos familias a través de las cuales se nos va mostrando, paralelamente a sus vivencias,  la historia de su tierra, a lo largo de los primeros sesenta y cinco años del siglo XX. Acontecimientos históricos, amores y odios de los personajes y la extremada belleza de un paisaje tratado con sensibilidad y rezumando poesía. Los muchos medios y la libertad de que gozó para su realización sin duda no son ajenos al resultado. 

Konchalovsi había trabajado con Andréi Tarkovski, (1932-1986), absoluto genio del cine truncado por una muerte temprana, a quien también descubriríamos a fines de los ochenta, justo cuando acababa de morir. No es que no hubiera antes noticias de su obra, sino que no fue valorada en España hasta 1987, cuando La Semana Internacional de Cine de Valladolid proyectara, in memoriam, sus dos últimas películas, El espejo y Nostalghia.
Andréi Tarkovski
Antes, por supuesto no sólo se conocían sus numerosos éxitos en Cannes y Venecia, sino que además, el festival de Benalmádena había presentado en ocasiones sucesivas gran parte de su obras: Andréi Rublev, en 1972,  Solaris en 1973, y Stalker en 1984. Pero en ninguna de estas ocasiones hubo críticas favorables, de manera que su aportación permaneció ignorada, y habría que esperar todos estos años a que se produjera un cambio de tendencia.

Ciertamente su cine no es fácil: diálogos intrincados, escenas larguísimas… un lenguaje en las antípodas de cualquier concesión comercial; y que, por eso mismo, no gustará a todos, ya que no responde a lo que el espectador está acostumbrado a ver.

A Tarkovski lo que le interesa es el mundo interior del ser humano, viajar por su psique donde según él se esconde el universo entero. Obsesionado con crear imágenes puras que conecten con el ámbito más recóndito de la persona, su obra es una mirada profunda sobre la naturaleza, el arte, lo espiritual, lo onírico, lo trascendente en la medida en que todo eso constituye la realidad emocional del hombre. 

Hizo un cine único, de gran calidad estética y cargado de emoción. Sin duda una pérdida enorme la de este artista irrepetible, este creador tan personal y tan libre, que nos ha legado su riquísimo mundo interior en una obra corta, (solo conseguiría rodar siete películas), pero profunda, extremadamente poética y de gran belleza plástica.

El nuevo siglo nos trae los trabajos de otro interesante director ruso, Andrey Zvyagintsev, (1964).
Andrey Zvyagintsev
El regreso, (2003), El destierro, (2007), Elena, (2011), Leviatán, (2014), y Sin amor, (2017) son las películas que ha realizado hasta ahora. Zvyagintsev reflexiona en ellas sobre la vida de los individuos y sus dificultades, temas que trascienden lo nacional, pero sin rehuir la crítica local, por lo que a veces le han tachado de antirruso, confundiendo lo nacional con lo nacionalista. Y claro que él es todo lo contrario y hace un cine nada complaciente con la sociedad que retrata; sus historias están bien enraizadas en su país, pero trascienden fronteras justamente porque señala movimientos, contradicciones, conflictos, dinámicas de la vida de alcance universal.

Zvyagintsev reflexiona sobre la nueva Rusia, la que ha surgido tras el derrumbe de la Unión Soviética y la asunción del modelo capitalista en sus aspectos más duros e insolidarios. La corrupción, el caciquismo, la injusticia… son constantes que denuncia en sus películas, recreando si es preciso ambientes atemorizados y depresivos; atmosferas turbias o frías donde se mueven sus personajes impotentes a veces, duros de corazón otras.

Loveless, 2017.
Una sociedad deseosa de lujos y comodidades, egoísta e insensible es por ejemplo la que nos retrata en su última película, Sin amor, (Loveless, 2017), la de unos seres atentos solos a su placer y sus intereses, sin valores, incapaces de amar, moviéndose en un entorno burgués confortable, sin carencias materiales; sin ideales tampoco. Y nos cuenta su día a día entre pinceladas alusivas a su entramado social de organizaciones ineficaces y corruptas ante las que se saben impotentes; a los conflictos bélicos que se suceden alrededor y que perciben impasibles por muy tremendos y cercanos que estén; a sus propios problemas que parecen ignorar, acorazados como pretenden estar frente a la desgracia. Y sin embargo ésta en ocasiones se cebará en ellos precisamente por su afán de mantenerse emocionalmente a salvo, cerrando su alma a la compasión y a la empatía. Personajes duros e insensibles en un entorno social frío e insolidario.

jueves, 22 de febrero de 2018

Él, una novela de Mercedes Pinto, una película de Luis Buñuel

En torno a la primera guerra mundial se producen infinidad de cambios que modifican radicalmente el paisaje social y las formas del vivir tradicionales. Una nueva generación aparece en escena, en España la conocemos como generación del 14. Vienen con ideas nuevas y afirmando otras que están empezando a crecer.


Una de éstas va a sacar a las mujeres de su casa; el feminismo, que gana terreno por momentos. Las mujeres se quieren hacer oír ya; mujeres conscientes de su capacidad intelectual y que no están dispuestas a cargar con el acostumbrado papel de sumisas. Mujeres cultivadas, con vocación profesional y conciencia política, que quieren participar y participan activamente en la vida pública. Son las primeras que han podido acceder a la universidad; algunas, como María Goyri o Zenobia Camprubí, bastante ensombrecidas por la fama de sus maridos; otras como María de Maeztu, María Zambrano, Victoria Kent o Clara Campoamor, que logran hacerse un lugar en el mundo laboral o político sin que nadie las eclipse. 



Mercedes Pinto

Mercedes Pinto, pertenece a esta generación de mujeres, las que van a atreverse a pensar por su cuenta y decirlo. Miembro de una distinguida familia de la sociedad canaria, a los 26 años está contrayendo matrimonio en Tenerife, donde reside, con un capitán de la marina. Le siguen años de malos tratos por parte de un marido patológicamente celoso, pero prestigiado en su ambiente y a quien sociedad y familia disculpan y protegen mientras le aconsejan a ella paciencia y resignación. Tres hijos y un suplicio que se resuelve con el marido internado en un psiquiátrico y la mujer huyendo con sus criaturas a Madrid es el balance de aquellos años de vida en común. En Madrid se moverá en el círculo de Ortega, se relacionará con Carmen de Burgos, y frecuentará la Residencia de Estudiantes. Y en Madrid también conocerá a su segundo marido, un jovencísimo abogado que le gestiona sus pleitos con el primero. Mujer valiente y muy trabajadora ni se rinde ni pierde las ganas de luchar; escribirá en periódicos, dará conferencias y se revelará enseguida como la feminista militante que lleva dentro. 


En 1923 lee en la Universidad Central El divorcio como medida higiénica. Son los años de la primera dictadura, la de Primo de Rivera, que no va a tolerar ideas tan rompedoras. Había que ser valiente para hablar del divorcio en un entorno tan conservador; de hecho, le cuesta el destierro a Fernando Poo, en la antigua Guinea Española, (hoy, Bioko, Guinea Ecuatorial), así que habrá que seguir huyendo. La pareja opta por marcharse a Uruguay, donde puede casarse y allí Mercedes intenta reproducir la experiencia de la Residencia de Estudiantes organizando en su propia casa encuentros con invitados de la talla de Rabindranath Tagore, Luigi Pirandello o Alfonsina Storni.


En 1926 escribe Él, novela autobiográfica sobre la dolorosa experiencia vivida con su primer marido. Vendrían luego otras novelas, como Ella, y poesía, y teatro y en su momento programas de radio también. En México, último de los países en que residió llegó a tener un programa de radio, que concitaba a un montón de seguidoras, donde abordaba problemas del mundo y la sociedad, donde incluso se atreve con la educación sexual, tema entonces tabú. 

Mercedes Pinto con su hijo Gustavo Rojo

En Uruguay funda además su propia compañía teatral, empresa familiar en la que debutan todos sus hijos, y, trabajadora incansable, desarrolla simultáneamente infinidad de actividades culturales a lo largo y ancho de Hispanoamérica, (Argentina, Paraguay, Bolivia…). En 1933 se traslada a Chile y unos años después a Cuba. Muerto su segundo marido fija su residencia en México, realizando a partir de entonces esporádicos viajes a España, donde su hijo Gustavo Rojo está alcanzando fama como actor en el cine español. En resumen, toda una vida de intensa tarea como oradora, dramaturga e incansable activista en defensa de los derechos de la mujer en particular, y de los oprimidos en general, que también la vemos plantando cara al antisemitismo en momentos clave, hecho que la comunidad judía le reconoció dedicándole un bosque en Israel. Moriría en México D.F. en octubre de 1976, a los 93 años de edad.


En su novela Él narra en primera persona la experiencia traumatizante de su primer matrimonio. Describir esos hechos de los que nadie se atrevía a decir nada por entonces fue algo revolucionario, y Mercedes se mostró con ello particularmente adelantada a su época.

Buñuel confiesa que cuando leyó la novela de esta compatriota suya le fascinó ese personaje de alucinado que la autora retrata, que “lo estudió como a un insecto”, según sus propias palabras, y que la película, que rodó en solo tres semanas, se convirtió enseguida en su favorita. “Quizá es la película dónde más he puesto yo, hay algo de mí en el protagonista”, parece que reconoció el director en alguna ocasión. Desde luego, era de sobra conocido su carácter celoso, y así lo confirma Jeanne Rucar, su esposa, en su autobiografía Memorias de una mujer sin piano. Así que, como buen celoso no es de extrañar que a Buñuel le impactara esa acertada y compleja descripción de semejante patología
Delia Garcés y Arturo de Córdova en Él
que la novela diseccionaba y que, por lo mismo, decidiera acometer el proyecto de llevarla al cine, reconociéndose muy probablemente en rasgos de su protagonista, tal vez incluso exorcizando en ella sus propios demonios. Lo desde luego evidente es que Él es, con mucho una de las películas más logradas de su etapa mejicana, que es a su vez sin duda la de su mejor momento creativo


El guión lo escribe al alimón con Luis Alcoriza, su colaborador en tantas de sus obras, y para la fotografía contó con Gabriel Figueroa, que ya había demostrado su valía profesional con directores como John Houston y John Ford. Los actores fueron también excelentes intérpretes de la cinematografía mejicana: Arturo de Córdova, Delia Garcés, Luis Beristaín y José Pidal (da miedo la intensidad de Arturo de Córdova metiéndose en la piel del personaje). 




Delia Garcés y Arturo de Córdova en Él

La historia avanza con fluidez y está contada con la genialidad característica de Buñuel, con su sentido del humor, feroz y estimulante, tan bien reflejado en esa irónica descripción del ambiente extremadamente conservador y clerical de la sociedad que describe, y con su maestría para subrayar lo asfixiante de la trama, que la cámara acentúa encerrándola a veces en interiores agobiantes. O su lucidez para mostrarnos la soledad radical de la mujer, moviéndose en un entorno insensible a su drama; su miedo, su terror que incluso llega a contagiar al espectador en momentos en que cualquiera puede ser la reacción de ese loco. Pero es aún más agudo perfilando la personalidad del marido, su megalomanía, su temperamento despótico, su paradójica habilidad para ganarse la estima social o sus recurrentes episodios paranoides, como la fantasía de ser el hazmerreir de la gente, contada con ese inconfundible sarcasmo tan personalísimo de este genio del cine. 


Y luego, claro está, el modo singular en que incorpora Buñuel sus mundos surreales y sus propias obsesiones: los rituales religiosos y el fetichismo, por ejemplo. Es sumamente Interesante cómo los aúna en esa escena en que el celoso, católico practicante y especialmente devoto, participa en el ritual de Jueves Santo del lavado de pies a los feligreses, y cómo la cámara va pasando de unos pies a otros hasta llegar a las piernas de la protagonista, cuya revelación enamora al instante a ese hombre alucinado. 


Un par de veces más insiste la película en la obsesión por los pies. El momento en que el celoso guarda en el armario cuidadosamente y casi con devoción los zapatos de su mujer  o cuando, durante una comida, se agacha a recoger la servilleta caída y al tropezar la vista con esos pies femeninos estalla en un gesto de amor apasionado hacia su esposa.


Es admirable también la forma en que recrea la sociedad que disculpa y protege al celoso, impregnada como él de machismo. El sacerdote que secunda la mirada censora del marido porque también a su juicio la esposa es ligera y desenvuelta en demasía; la madre de la víctima tomando partido por el yerno, porque a éste le avala una desahogada posición económica y un sólido prestigio social; el criado cómplice del amo, abusando impunemente de la doncella que será despedida en su lugar sin que nadie se escandalice del hecho. Mil claves de una sociedad culpable que Buñuel coloca bajo su dedo acusador y borda en su descripción. 


Hitchcock dejó constancia de su admiración por Buñuel en su película Vértigo,(1958), creando en ella imágenes que claramente recuerdan escenas de El: el campanario de la misión, el traje de chaqueta de Kim Novack, obviamente inspirado en el de Delia Garcés, la tensión emocional latente que anticipa los momentos de violencia extrema. 


La película, realizada en 1953, tuvo poca fortuna en su estreno, quizá a esa sociedad tan machista le costaba aceptar este relato, porque al igual que su director se veía muy reflejada en las situaciones descritas, demasiado reflejada. El día del estreno, al parecer, la gente se reía durante la proyección, claro que la risa, que no deja de ser un mecanismo de defensa, puede delatar algo más hondo. Fue solo la fama del protagonista la que impidió que la película fuera retirada fulminantemente y se mantuviera al menos tres semanas en cartel. La perspectiva del tiempo no tardó en cambiar esa valoración inicial y hoy su condición de obra de arte resulta incuestionable. 


El interés de Buñuel por esta historia rescató la novela del olvido. A Mercedes Pinto, grupos feministas la están también tratando de recuperar de un silencio inmerecido, gracias a diferentes iniciativas de difusión de su figura y de su obra que comenzaron a producirse a comienzos de este siglo y que siguen hoy día celebrándose. Es de esperar que muy pronto ésta, su novela más conocida y agotada desde tiempo inmemorial, experimente una reedición, algo que algunas otras de sus obras ya han conseguido. 


Y en cuanto a su persona, su condición de pionera en la defensa de los derechos de la mujer serviría de guía para las que vinieron inmediatamente después, las de la generación del 27, muchas de las cuales se encontrarían también empujadas al exilio


Y, en fin, su carácter de mujer valiente, tenaz y comprometida con su tiempo sigue siendo un claro ejemplo a seguir.

viernes, 2 de febrero de 2018

El cine negro español hoy


Aunque ha costado reconocerlo casi siempre se ha hecho buen cine negro en España, claro que durante el franquismo bastante condicionado por la censura. Pero aun así, y con la carga de tremenda limitación que ello suponía, son muy numerosos los títulos de interés que ese largo período nos ha dejado

Contra todo pronóstico y con pocas excepciones, (El Crack de Garci, por ejemplo), en los años ochenta se produce un parón en el género, como si la sociedad anduviera entonces algo desorientada para reconocerse en sus miserias. Por fortuna en la siguiente década se vuelve a abordar un cine capaz de mirarse en los aspectos más oscuros de la España del momento. Y ahí están como prueba Días contados, (1994), de Imanol Uribe, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, (1995), de Agustín Díaz Yanes, Adosados, (1996), de Mario Camus, o Tesis, (1996), de Amenábar. Con todo, será con el cambio de milenio cuando el género experimente el salto definitivo. Y lo hará de la mano de una generación que ya había comenzado a hacer cine antes, pero que ahora es cuando cosecha resultados verdaderamente sólidos.

Muy pronto, en 2002, coincidirán en cartelera dos espléndidos relatos criminales: El alquimista impaciente, de Patricia Ferreira y La caja 507 de Enrique Urbizu. La primera, adaptación de la novela de Lorenzo Silva del mismo título, nos muestra a sus habituales agentes, Bevilacqua y Chamorro, desentrañando crímenes en un recorrido policial que va despejando intrigas conforme el relato avanza por una trama bien urdida sobre mafias, especulación inmobiliaria, corrupción política y otras complejidades. Estupendos el guión y la dirección y estupendos también los actores que hacen del todo creíble una historia en la que, claro está, tampoco faltan componentes de crítica social. 

Enrique Urbizu, por su parte nos sorprendió muy  favorablemente también con La caja 507. Una trama contada con seriedad y concisión sobre aspectos inquietantes de la realidad de hoy. El relato se inicia con el atraco a una sucursal bancaria en un pueblo de la Costa del Sol. Allí, por azar, el director de la sucursal bancaria víctima del atraco descubre entonces que el incendio en que años antes había muerto su hija no había sido fortuito, sino intencionado. A partir de ese momento pondrá sus cinco sentidos en vengarse y siguiendo sus pasos nos iremos adentrando en un mundo alarmante y aterrador. La calidad tanto del guión de Michel Gaztambide como de la interpretación a cargo de José Coronado, el malo malísimo, y Antonio Resines, el justiciero, hacen todavía más creíble una historia muy bien contada.

Un año después, con el mismo guionista, Gaztambide, y el mismo intérprete, Coronado, Urbizu realiza La vida mancha, intimista historia de perdedores, que elude el pasado oscuro de los personajes, moviéndose con delicadeza por lo más hondo de sus sentimientos y mostrando su presente como algo a punto de quebrarse. Quizá sólo en parte se pueda considerar policiaca esta película tan sobria, tan triste y tan ambigua; de una ambigüedad calculada que desborda romanticismo.





Pero será con No habrá paz para los malvados con la que Enrique Urbizu nos conquistará definitivamente en 2011. Y lo hará otra vez de la mano de Michel Gaztambide y José Coronado con una historia muy negra, la que iremos destejiendo en torno a Santos Trinidad, un  inspector de policía involucrado en un triple asesinato. 

Hay un testigo a quien Santos Trinidad tratará de encontrar para eliminarlo. Y, en paralelo, una juez quien, al investigar el triple crimen, empezará a vislumbrar algo mucho más hondo que un simple ajuste de cuentas en lo que se le va desvelando.


Una trama compleja, contenida, bien contada, con un ritmo soberbio desde los primeros momentos y un final desolador. Urbizu logra darnos con esta película una prueba de buen cine. A Coronado, por su parte, lo encontramos en estado de gracia, en un papel que sin duda marcó un antes y un después en su trayectoria de actor.

Daniel Monzón nos había impactado dos años antes, en 2009, con su estupenda Celda 212, sobre novela homónima de Francisco Pérez Gandul, con guión propio y de Jorge Guerricaechevarria, además de  un acertado reparto, donde destaca Luis Tosar, de sobra ya conocido como excelente actor, y que ahora nos atrapa con la fuerza de su personaje. Mejor película del año, ganadora de un montón de Goyas y a partir de la cual ya no se podía dudar de la calidad de nuestro cine negro. 

Monzón revalidaría su título dos años después con El niño, sobre el tráfico de cocaína en las aguas del estrecho: “El niño” y “el compi” saben que no es un juego, que arriesgan la vida, pero si sale bien se hacen de oro. Claro que la policía no es tonta y trabaja para cerrar esa vía a la droga. Ésta es la trama. Monzón la desarrolla de manera brillante, en pantalla panorámica, con espléndidos efectos visuales y un aire muy cosmopolita en la realización.

En 2016 Daniel Calpalsoro volvería a confirmar la altura alcanzada por nuestro cine negro con Cien años de perdón, una historia con la crisis económica como telón de fondo y plagada de alusiones a la situación política del momento. El guión, bien trabado, es también de Jorge Guerricaechevarría y en el reparto volvemos a encontrarnos a Luis Tosar, esta vez en un papel completamente distinto del anterior. En la trama nada es lo que parece: un puñado de hombres, mandados por “el uruguayo” y su segundo “el gallego”, asaltan un banco en Valencia. El plan parece concebido como un golpe rápido, pero una serie de circunstancias hace que se vean rodeados de policías y desde ese momento se desvelarán nuevos y más peligrosos aspectos de la intriga. No es un relato de buenos y malos, como ya el título advierte, sino que todo está más matizado. Y el resultado es una película ingeniosa, inteligente, llena de crítica social y desalentadora en su mensaje. 

Por su parte Alberto Rodríguez ya había hecho otro policiaco en 2012, Grupo 7, pero será en 2014 con La isla mínima cuando consiga un sonado reconocimiento general. La isla mínima cuenta la historia de una pareja de policías, bien dispares en sus mentalidades y procedimientos, enviados, de alguna manera como castigo, a las Marismas del Guadalquivir para aclarar la desaparición de dos chicas adolescentes en las fiestas de su pueblo del año 1980.



Estamos en plena Transición, en un escenario de una belleza paisajística deslumbrante, contando una historia brutal, desplegando un análisis inteligente y sutil tanto de la sociedad que los policías encuentran como de sus propias personalidades: un policía demócrata y otro de la vieja guardia, paradojas no infrecuentes en los momentos de cambio. Un guión perfecto, unos intérpretes perfectos y una realización perfecta. La película es, sencillamente, redonda

Pero poco después, en 2016, todavía nos ofrecería algo tan bueno o mejor: El hombre de las mil caras, donde, basándose en los hechos reales nos cuenta el acuerdo sellado entre Luis Roldán, exdirector general de la Guardia Civil huido entonces de la justicia, y Francisco Paesa, aventurero, espía y fabulador insigne. 

Seguramente la mejor película de espías española y, desde luego, una historia de esas en que la realidad supera a la ficción. 



Raul Arévalo, con una trayectoria consolidada como actor se nos ha revelado recientemente también en su faceta de director. Su ópera prima, Tarde para la ira, (2016), ha alcanzado todo un éxito de crítica y público y se ha visto merecidamente recompensada en los Goyas. Se trata de una historia áspera y brutal, con un fuerte color local, que está rezumando rencor y violencia contenida hasta que todo estalla en una furibunda venganza. Bien narrada y bien interpretada por un Antonio de la Torre, inspiradísimo en el papel principal, y unos muy acertados secundarios.

Rodrigo Sorogoyen es el más joven de este grupo de creadores de buen cine negro. Que Dios nos perdone constituye su tercera película y su primera incursión en el thriller. Dirigida también en 2016, año de buenas cosechas en el género, y también con Antonio de la Torre como protagonista, junto a Roberto Álamo, Javier Pereira y Luis Zahera, todos ellos notables en sus interpretaciones. 

La película, moviéndose por el Madrid del 15 M y la visita del Papa, desarrolla una historia muy negra centrada en tres personajes a cual más oscuro, tanto el asesino como la pareja de policías. Sorogoyen construye con este título una obra muy sólida y personal.

Todo esto ocurre en casa. Mientras tanto otro español, Jaume Collet Serra sigue creando espectaculares  thrillers en América, con Liam Neeson, su actor fetiche de protagonista. Con él lleva ya realizados varios policiacos oscuros y claustrofóbicos, Unknown, (Sin identidad. 2011), Non Stop, (Sin escalas, 2014), Run all night, (Una noche para sobrevivir, 2015) y ahora estrena The Commuter, (El pasajero, 2017), siempre en la línea del cine comercial que él quiere hacer, pero siempre bien hecho y muy entretenido. Parece que el talento español para el cine negro desborda fronteras.

Recapitulando, los quince años que median entre El alquimista impaciente y Que dios nos perdone han supuesto el aterrizaje en nuestro cine de nuevos nombres con mucho que contar, la consagración de otros ya conocidos, y la aparición de un ramillete de policiacos tan buenos que si la tendencia no cambia, y nada hace presagiar que cambie, estamos asistiendo a la edad de oro del policiaco español.

Para los que estén en Madrid es un buen momento de repasar alguna de estas películas, ya que la Filmoteca Nacional dedica uno de sus ciclos de este mes al “Noir ibérico”, con la proyección de unas cuantos títulos entre los que figuran buena parte de los aquí citados. Y casi con toda probabilidad, como suele hacer el Doré con su programación, el ciclo se continúe en marzo. Que lo disfruten.