sábado, 14 de abril de 2018

Políticos vistos por el cine


Recientemente se han estrenado dos películas sobre Churchill. Como si después del Brexit los británicos quisieran recordarnos su papel de salvadores de Europa frente al nazismo. Y también, por el estilo de exaltación patriótica de una de ellas, como si experimentaran la necesidad de sentirse héroes.

Se trata de Churchill, (2017, Jonathan Teplitzky, con Bryan Cox y Miranda Richardson), y, El instante más oscuro, (2017, Joe Wright, con Gary Oldman y Kristin Scott Thomas).

El Churchill de Teplitzky parece que va a ser un retrato intimista, alejado de heroicidades y elegíacos perfiles de personaje ejemplar, pero se queda a medio camino, reflejándonos solo un anciano que no quiere repetir los errores que cometió en Gallipoli durante la primera guerra mundial y que por lo mismo se opone tercamente al proyecto de Eisenhower de desembarcar en Normandía, obstaculizando el trabajo de los aliados hasta el punto de resultar patético para unos espectadores que se saben el desenlace y por lo mismo conocen lo equivocado de su postura. Estupendos los actores en unas interpretaciones llenas de talento, especialmente la brillante Miranda RIchardson en el papel de esposa de Churchill.

La película de Joe Wright, El instante más oscuro cuenta también con una excelente actriz como la mujer del político, Kristin Scott Thomas, asimismo impecable en su papel, y un Gary Oldman como Churchill que logra el Oscar, a pesar de una caracterización en nada semejante al personaje y una interpretación sobreactuada.

Gary Oldman en El instante más oscuro, 2017

El relato se centra en el momento más difícil para Gran Bretaña, cuando se ha quedado sola frente a Hitler, y él, primer ministro, sometido por el rey y por su propio partido a fuertes presiones para abandonar la pelea, tiene que tomar la decisión de aceptar un acuerdo de paz o continuar la guerra. El instante más oscuro, puesto que a ciegas y casi en solitario tiene que elegir una opción trascendental que condicionará el curso de la historia. Sus éxitos levantando la moral de los británicos y reforzando sus ideales democráticos y su voluntad de lucha por la libertad es lo que la película nos cuenta, sin ahorrarnos desde luego esas exaltaciones patrióticas que vienen a reforzar la autoestima nacional.

Los británicos son notables recreando figuras de su historia. Ejemplos de su presente y su pasado reciente serían The Queen, (2006, Stephen Frears), con una espléndida Helen Mirren, admirable en el parecido físico que logra con la reina para componer su personaje de Isabel de Inglaterra,  o The Iron Lady (2011, Phyllida Lloyd), con una Meryl Streep de quien se puede afirmar lo mismo, espléndida recreando a Margaret Thatcher. Ambas, relatos biográficos que pasan de puntillas sobre la significación política de sus figuras, sin un análisis riguroso de las mismas, pero que consiguen, sí, transmitirnos la atmósfera que las rodea y nos las hace creíbles como seres humanos.

Los presidentes de los Estados Unidos también han despertado con frecuencia el interés del cine. Ahí está por ejemplo la figura de Nixon, abordada desde numerosos ángulos y en numerosas ocasiones, bien centrada en su individualidad o aludida de manera tangencial a través del retrato de personajes o acontecimientos sucedidos en la etapa de su presidencia: El caso Fischer,(Zwick, 2014), J. Edgar, (Clint Eastwood, 2012), El asesinato de Nixon, (Mueller, 2004), Aventuras de la Casa Blanca, (Fleming, 1999) Forrest Gump, (Zemeczquis, 1994) por citar algunas.

Pero atendiendo a las primeras, la más reciente hasta hoy, Elvis & Nixon, (Liza Johnson 2016), nos relata tan solo una anécdota: el empeño del rey del Rock & Roll en obtener una placa de agente federal y su recibimiento, a causa de esto por Nixon en el Despacho Oval de la Casa Blanca en diciembre de 1970.

Mas alcance tiene Nixon, (1994), donde Oliver Stone se detiene en su biografía y logra trazar, con la inestimable ayuda de Stephen Hopkins, no sólo un inteligente perfil del ambicioso y desconfiado presidente, sino también una estupenda estampa de los entresijos de la política americana. Y especialmente lograda está la tensión dramática de los últimos días de su presidencia, así como el momento de su dimisión por el escándalo del Watergate.

Dustin Hoffman y Robert Redford en Todos los hombres del presidente, 1976
De desmenuzarnos ese caso se ocupó con gran éxito Todos los hombres del presidente, (Pakula, 1976), un canto a la libertad de prensa y al periodismo de investigación, que en esta ocasión obligó al presidente de los Estados Unidos a dimitir de su cargo, cuando dos intrépidos periodistas lograron destapar un asunto de espionaje en el Comité Electoral de los Demócratas, el partido rival, poniendo en evidencia además los intentos desesperados de Nixon por entorpecer la labor de la justicia, hecho que precipitaría su caída. Un caso que pasó a la historia como el escándalo Watergate. La película resultó ágil de ritmo y sobria de concepción, sin concesiones a recursos fáciles y en un estilo entre ficción y documental que la hizo muy creíble. Y, por si fuera poco estuvo impecablemente interpretada por Redford y Hoffman como la pareja de reporteros así como por un magnífico Jason Robards en el papel de Ben Bradlee, el editor. 

Tres años después de su caída el británico David Frost logra convencer al expresidente para la realización de una serie de interesantes entrevistas televisivas que captaron en gran medida la atención del público y sirvieron de inspiración para una exitosa obra de teatro, El desafío: Frost contra Nixon, adaptada al cine con el mismo título, Frost/Nixon, por Ron Howard en 2008. También con los mismos actores, Frank Langella y Michael Sheen, que antes la habían representado con gran fortuna en los teatros de Londres y Broadway. Howard lograría con esta película realizar un cine político de altura.

La preparación de la entrevista; la presentación del político que no se resigna a que toda su aventura de poder termine de manera tan lamentable y pone sus esperanzas de lavado de imagen en esta nueva aparición ante las cámaras; las motivaciones del periodista, ya exitoso por anteriores programas en el Reino Unido y Australia, pero que pretende con esto quitarse la fama de frívolo que le acompaña… todo ello envuelve con brillantez el encuentro de ambos ante las cámaras, dando densidad al acontecimiento.

De especial interés resulta también Il divo, (2007), una mirada fresca y algo burlona que Paolo Sorrentino lanza sobre la personalidad y significación política de Giulio Andreotti, personaje omnipotente y oscuro, siempre en el centro del poder en la Italia de la segunda mitad del siglo veinte, desde que en 1947 Alcide De Gasperi, fundador de la Democracia Cristiana, lo nombrara su segundo y hasta 1992, en que estalla el escándalo conocido como Tangentópolis (de tangente, soborno en italiano), que acaba con la Democracia Cristiana y de paso con el Partido Socialista de Bettino Craxi, envueltos ambos en los formidables casos de corrupción que entonces se destaparon. El asunto estalla cuando el socialista Mario Chiesa es sorprendido embolsándose un soborno, y su partido trata de aislar el hecho. El detenido, al sentirse abandonado por los suyos, empieza a confesar en la cárcel y otros empresarios y políticos tanto socialistas como democristianos le secundan, acabando también los líderes de sus formaciones en el banquillo de los acusados. El escándalo produjo además una treintena de suicidios y salpicó incluso a Berlusconi, quien milagrosamente consiguió salir indemne del caso.

Para mejor comprensión de la película, quizá no sobre recordar la trayectoria del protagonista: Andreotti, miembro de la Democracia Cristiana desde su fundación en los años cuarenta, desarrollaría dentro del partido toda su actividad política. Ejerció primero y hasta 1954 el cargo de subsecretario de la jefatura del Gobierno; fue presidente del consejo de ministros en siete ocasiones; ministro de diferentes carteras en muchas más: interior, finanzas y defensa entre otras; y, por último, senador vitalicio desde 1991. Plenamente identificado con la derecha católica, responder a los intereses del Vaticano fue una de sus tres prioridades. Los intereses de su partido y los de la OTAN fueron las otras dos, a veces confundidas en una sola, siempre alerta como estuvo a evitar que el partido comunista alcanzara el poder. No demasiado escrupuloso en la consecución de sus objetivos acabaría teniendo que enfrentarse con las consecuencias judiciales de sus actos, aunque extremadamente hábil, a la larga nunca saldría mal parado.

La película se detiene especialmente en dos de los asuntos más espinosos de la vivencia política de Andreotti: su postura contraria al pago de rescate en el secuestro y asesinato de su correligionario Aldo Moro por las Brigadas Rojas, y sus complicidades con el crimen organizado, que acabarían llevándole ante los tribunales en diferentes ocasiones y por distintos casos. El más grave para él y por el que fue condenado, fue su implicación en el asesinato, a manos de la Maffia, del periodista Mino Pecorelli, quien había denunciado la infiltración masónica en las altas esferas de la iglesia, (escándalos relativos a la logia P2 y la quiebra de la Banca Ambrosiana)  y decía tener documentos sobre el caso Moro que implicaban a Andreotti. Todo empezó para nuestro político en 1968, cuando se alía con el ala siciliana de la Democracia Cristiana, plagada de infiltrados de Cosa Nostra, y termina en 1980 cuando ésta organización criminal asesina a otro democristiano, Piersanti Mattarella, hermano del actual Presidente de la República Italiana. En lo sucesivo Andreotti se distanciará y empezará a hacerles frente. Son sin embargo un buen número de años y los múltiples hechos punibles acaecidos durante ese tiempo fueron aireados en diferentes procesos de los que no siempre salió absuelto, pero de todos se libró porque aquellos en que se probó su participación habían ya prescrito cuando fue juzgado.

Giulio Andreotti
Sorrentino lanza sobre el político una mirada inteligente, crítica, no exenta de ironía y paradójicamente también de cierta fascinación por la habilidad del individuo para salir siempre victorioso en ese enredado entorno, a menudo siniestro y oscuro, de atmósferas clericales, logias masónicas, conspiraciones y traiciones en que se mueve. Toni Servillo, por su parte, compone un personaje impasible e impenetrable, que esconde firmemente sus emociones y se muestra duro como una roca ante todo lo que se le viene encima, como si fuera intocable, que en verdad parece serlo, saliendo incólume de tanto asunto turbio. Un personaje imperturbable, inquietante, astuto y bien dotado para la intriga; un verdadero genio de la política, como sin duda fue Giulio Andreotti, destacado democristiano, muerto en 2013, a los 94 años de edad, después de sobrevivir a seis papas y dominar durante décadas la política italiana.



miércoles, 4 de abril de 2018

Familia



Desde aquella película inolvidable, La famiglia, (1987), en que Ettore Scola nos dibujó una típica familia burguesa romana para, a través de ella, contarnos el paso del tiempo en la Italia del siglo XX, hasta hoy, han transcurrido más de treinta años. 

Scola nos dejó en ella una visión de la familia que trasciende lo romano e incluso lo italiano para reflejar un ámbito fácilmente traspasable a cualquier país, al menos a grandes trazos, y particularmente cualquier país del área latina. En aquel personaje, que encarnaba en su condición de patriarca la columna vertebral de esa familia retratada, (maravillosamente interpretado por Vittorio Gasmann, por cierto), era fácil reconocer los condicionantes sociales que actuaban sobre él, los lazos familiares que le fijan a la tierra, sus miedos, sus cobardías, sus realidades, sus renuncias, los vínculos de sangre que le atan a los suyos, le cortan las alas y le dan solidez y pertenencia. A través de su vida y en tanto que con él ensamblados, se barajan sus parientes; varias generaciones de parientes formando una red espesa que los mantiene unidos en un espacio común donde todos dependen de los demás y cada uno es prisionero de su historia y sus particulares condicionamientos.

Cierto que no en todas partes es igual de fuerte la institución familiar, pero a grandes rasgos funciona en casi todas las culturas como factor de cohesión. Y en nuestro caso, europeos del sur, la sociedad ha ido cambiando lo suficiente como para que esa visión que nos es tan cercana ya no nos sirva para explicar el presente. Sí, el pasado; sí podemos reconocer en ella la sociedad de nuestros mayores, con sus valores y sus miserias, pero la nuestra ha cambiado en tantos elementos que ya no nos reconocemos plenamente en esas realidades.

Juan Luis Galiardo con su singular parentela en Familia (1996)
Cuando León de Aranoa nos propuso una década después en Familia, (1996), esa opción de familia de pega, familia alquilada para rellenar la soledad radical del personaje que por un día quiere, con cierta perversidad, hacerse la ilusión de no estar solo, (y que al director le da pie para una lúcida crítica social y a Juan Luis Galiardo para componer un protagonista con brillantez), nos sorprendimos con la genial ocurrencia, precisamente por lo irreal de la propuesta. Pero hoy, veinte años más tarde, ya sabemos que hay agencias encargadas de proporcionarte amigos inexistentes para celebrar cumpleaños solitarios, consortes falsos para acudir a fiestas sociales simulando matrimonios felices. Es decir, la familia reducida a un puro convencionalismo, perdida en su realidad emocional y aceptando su supervivencia exclusivamente formal. Ya no parece una ocurrencia, sino un toque de atención, una lúcida visión de lo que le está pasando a ese pilar de la sociedad.

Así que ese retrato tan bien articulado que nos ofrece Scola donde, bajo un telón de fondo histórico social y político fluctuante, el sistema perdura mientras los años pasan y se cruzan la vidas y cambian las generaciones sin que la recia solidez de la institución familiar se inmute, ya no resulta tan obvio ni tan creíble.  

Hoy, cuando es bastante habitual que la gente se aleje de los suyos al menos físicamente, necesitamos otras miradas sobre la realidad de la familia.

Y en esa búsqueda de otras miradas se encuentra la que nos ofrece La familia Savages, (2002), de la directora Tamara Jenkins, apoyada en tres actores excepcionales que saben cargar de profundidad y riqueza de matices a sus personajes, para convertirlos en seres absolutamente creíbles.

La visión de Jenkins resulta interesante, lúcida y nada tranquilizadora. De entrada nos sitúa en un momento de prueba moral para dos hermanos, física y emocionalmente alejados entre sí y de un padre no demasiado querido, pero aquejado ahora de demencia senil y necesitado por ello de su ayuda. Dos personas estos hermanos que nunca sintieron que tenían familia, obligados ahora por ética a hacer lo correcto y colocados así en una tesitura difícil.

Por un lado está su lucha por vivir su vida cotidiana, con las habituales dificultades y desilusiones; por otro la exigencia de afrontar ese presente, indeseado pero inevitable, manteniendo la autoestima. La reflexión sobre un pasado que se presumía olvidado y que vuelve con todos sus sinsabores, el recuerdo de la crueldad del padre, de las diferencias entre los hermanos que saltan al primer contacto; su afecto, su ira, sus enconos que salen a relucir al primer roce, demostrando lo mucho que se conocen bajo esa capa de aparente distancia afectiva. 

La película se ocupa de una moderna familia estadounidense, de cultura occidental y burguesa como la italiana de Scola, pero sin duda de una sociedad donde el desarraigo familiar ha calado antes y más hondo. Y sin embargo hoy nosotros, europeos del sur, nos reconocemos casi más fácilmente en sus presupuestos que en la italiana, convertida en agridulce mirada nostálgica sobre un pasado ya no tan reciente. Así que nuestro mundo quizá se parece hoy más a ese anglosajón que se distancia de sus mayores que al otro del que veníamos.

Obligados ahora a convivir con la enfermedad del padre en una posición molesta e indefinida, estos hermanos, que tienen necesariamente que acercar posturas, compartir coyunturalmente techo, reconocer su vínculo de sangre y aceptarse a pesar de sus rencores latentes, se nos muestran así, como son, sin dulcificar sus conductas, y nos vemos a nuestro pesar reflejados en ellos, productos también de una sociedad individualista donde prima el interés propio y que no sabe cuando perdió su sentido del deber.

Es una película durísima, despiadada, desasosegante, cómica a veces, que no renuncia al humor ni en situaciones dolorosas; tan conmovedora como desoladora.   
     
Dando un paso más hacia el abismo, Sidney Lumet nos cuenta en Before the Devil Knows You're Dead, (Antes de que el diablo sepa que has muerto, 2007), otro retrato de familia. Terrible y brillante, Lumet nos pinta una historia de atracos sin salir del marco familiar: dos hermanos de familia burguesa que acuciados por necesidades materiales planean un golpe para conseguir dinero rápido. El mayor, un ejecutivo adicto a la heroína, aparentemente seguro de sí mismo, pero secretamente acomplejado por desamores y sentimientos de rechazo infantiles; el pequeño, débil y perdedor, atenazado por responsabilidades familiares que no sabe afrontar. Hay también una hija, lejana, viviendo en otra ciudad. Y los padres, que se supone que se quieren entre sí, pero duros con los hijos, al menos el hombre, poco dado a expansiones afectivas.  Y un negocio familiar. Esos son los elementos de una historia que arranca como cine negro para desembocar en una tremebunda tragedia familiar.   

Un drama duro y seco; una película formidable, sombría, lúcida y trágica sobre el derrumbe de la familia, institución despojada de valores, minada como está ya desde dentro por sus propios componentes.

Y siguiendo en esta línea de familias burguesas, cómodamente instaladas en la sociedad e ignorantes del peligro al que su nihilismo moral puede llevarles, está La cena (The dinner, Oren Movermann, 2017), adaptación de la novela del mismo título del escritor holandés Herman Koch, declarada en 2009 libro del año. El novelista confesó que el punto de partida para su historia se lo dió un hecho repugnante sucedido en Barcelona (el apaleamiento de un mendigo), hecho que le sirvió de base para idear un thriller familiar que Oren Movermann desarrollaría desde su controvertido enfoque.

La cena, su película, señala con ferocidad lo más negro y peor que la familia puede ocultar. Se inicia con una cita de dos parejas en un elegante restaurante. Ellos son hermanos; uno, un político de altos vuelos, el otro, un profesor amargado y sarcástico, abandonado en las manos de una mujer dura y audaz. La agresividad manifiesta entre los hermanos ya empieza a darnos las claves de que no tratamos con una familia bien avenida y uno se pregunta qué hacen ahí reunidos si destilan tanto odio y desprecio mutuo. Tardamos en saberlo y cuando se nos descubre el motivo de la cita, la película ahonda aún más en las miserias y mezquindades que los lazos familiares pueden llegar a tejer. Como el relato se demora en revelar el meollo de la historia, no conviene entrar en el asunto que los convoca, pero sí apuntar que los enfrenta a un terrible dilema ético y nos muestra cómo en medio de esa sociedad permisiva y complaciente, esa familia que parece tenerlo todo carece de lo fundamental, unos principios éticos que orienten sus vidas. La institución familiar, ajena ya a su primitiva función de conformar con valores sólidos ciudadanos de bien, se ha ido vaciando de sentido y sólo parece quedar entre ellos el egoísmo más salvaje.


martes, 20 de marzo de 2018

Truman Capote y Harper Lee, dos amigos de la infancia


Truman Capote y Nelle Harper Lee compartieron infancia en Monroeville, un pueblo de Alabama, donde Nelle residía y Truman pasaba largas temporadas. Él procedía de Nueva Orleans y su apellido Capote corresponde al segundo marido de la madre, un empresario canario que le adoptó. Se crió como su amiga en esa atmósfera de sur profundo de los años treinta, años de depresión económica y segregación racial

Él, un niño poco común, estrafalario y caprichoso; ella, una niña peculiar. Demasiado suave él, demasiado ruda ella, ambos amantes del misterio, de los libros y la lectura, ambos con una precoz vocación literaria. Esto lo sabemos porque Nelle Harper Lee nos lo cuenta en su novela Matar a un ruiseñor, una narración cargada de connotaciones autobiográficas.


Pronto emigrarían los dos a Nueva York, donde continuarían siendo amigos unas cuantas décadas más. Él, niño precoz, se reveló como escritor importante a los 24 años con Otras voces y otros ámbitos (1948), donde nos deja un retrato de su amiga Nelle. Siguieron nuevos éxitos como Color local (1950), El arpa de hierba (1951), Casa de flores (1954), y sobre todo Desayuno en Tiffany’s (1958), antes de que tomara la decisión de abordar la novela que se iba a convertir en su mayor éxito, A sangre fría, crónica novelada de un suceso real: el asesinato, sin móvil aparente, de una familia en un pueblecito de Kansas.

Esa década de éxitos literarios le ha conquistado un lugar privilegiado entre la alta sociedad neoyorquina, donde se mueve a su capricho y todo se le tolera. Extremadamente ingenioso y divertido, se le rifan en sociedad y él se sabe mimado y famoso. Es muy competitivo pero no tiene rival, así que disfruta paladeando sus éxitos sin sombras a la vista.
Truman Capote y Nelle Harper Lee
Estamos en 1959. Nelle acababa de entregar a una editorial el manuscrito de su primera novela cuando su amigo Truman le propone viajar juntos a Kansas, porque The New Yorker le financia la elaboraciòn de una crónica del atroz suceso recientemente ocurrido allí y que había conmovido a la sociedad estadounidense. Para ello tiene que desplazarse al lugar del crimen y recopilar datos de primera mano, manejar documentos del caso, hablar con los testigos, con los policías que arrestaron a los asesinos, incluso con los propios asesinos. No quiere hacer solo ese viaje y a su amiga Nelle le encanta la idea de unirse al plan; revisan juntos la documentación conseguida, le tutela en las visitas que efectúan en el pueblo y elimina las resistencias que sin duda sentían los del lugar frente a un individuo de aspecto tan inusual y provocador, hasta el punto de que probablemente sin ella no hubiera logrado ser atendido. Todo en su figura excéntrica, su forma de hablar, de vestir, de moverse, de comportarse, en suma, estaba declarando a gritos su homosexualidad en una sociedad extremadamente homófoba y convencional, así que la presencia de su amiga en esos primeros contactos tuvo que ser para él, más que positiva, determinante. 

El trasunto de este viaje, así como todo el proceso que sufrió la novela y la vida de Capote hasta el momento en que los asesinos de la familia fueron ejecutados y el relato publicado, está narrado en dos espléndidas películas que tuvieron la desgracia de aparecer casi simultáneamente, la magnífica Capote (2005), dirigida por Bennett Miller con el muy llorado Philip Seymour Hoffman, como protagonista, que recibió un merecidísimo Oscar por su interpretación; e Infamous (Historia de un crimen, 2006) de Douglas McGrath, que constituye también un trabajo muy notable.

Volviendo a aquello años, la novela de Harper Lee se publica en 1960; es a continuación premiada con el Pullitzer, (1961), y enseguida llevada al cine, con el mismo título: To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor, 1962), bajo la dirección de Robert Mulligan. Se trata de un relato autobiográfico donde la autora evoca el mundo de su infancia y traza paralelamente una denuncia del racismo. Una obra digna de ser leída que se acabó convirtiendo en manual de ciudadanía para las siguientes generaciones escolares de su país, aunque censurada hasta 2013 en el estado de Virginia, y bloqueada infinidad de veces en otros estados de la Unión, lo que en definitiva viene a abundar en su condición de obra de denuncia.

Gregory Peck como Atticus Finch en Matar a un ruiseñor, 1962
Por su parte el film, soberbia adaptación de la novela, lleno de matices, sensible sin caer en la sensiblería, delicado en su observación de la infancia y honesto retrato de esa sociedad injusta que describe, se convirtió enseguida en película de culto, y Gregory Peck, su protagonista, ya no podría nunca desligarse de ese personaje, Atticus Finch, que él nos hace inolvidable, y que para muchos constituye el mejor de una carrera tan llena de aciertos como fue la suya (Duelo al sol, El proceso Paradine, El mundo en sus manos, Vacaciones en Roma, Horizontes de grandeza… y tantas y tantas más).
Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, 1961
Mientras Nelle Harper Lee recogía su Pullitzer, se estrenaba la versión para el cine de la novela de Truman Capote Breakfast at Tifany’s, (Desayuno con diamantes, 1961), dirigida por Blake Edwards, con música de Mancini, (que alcanzó aquí con Moon River el Oscar a la mejor canción), y una también premiada Audrey Hepburn, cuya imagen en esta película  el tiempo convertiría en verdadero icono mundial. El escritor estaba en la cumbre del éxito, pero sufría con la construcción de esa novela de la que había dado algunas entregas a la prensa, y que nunca ultimaba. El final se demoraba en tanto no fueran ejecutados los asesinos, hecho que además debía desgarrarle en deseos contrapuestos, dada la implicación afectiva que llegó a sentir por uno de los criminales. El caso es que pasaron siete años antes de poder cerrar ese capítulo. Años que debió de vivir como de sequía creativa y que venían a coincidir con la cosecha de éxitos de su amiga.

La amistad entre ambos se resintió. ¿Quizá Truman no valoró en su medida la aportación de Nelle al viaje en común? ¿Tal vez él, que siempre se confesó muy competitivo, sintió celos del éxito enorme de Nelle, de ese Pullitzer que él nunca alcanzó, de esa película tan premiada (tres 0scars, tres Globos de oro, el David de Donatello...) sobre la novela de su amiga? El hecho es que tras ese viaje acabarían distanciándose y en la fiesta de celebración que Truman organizó cuando por fín pudo publicar A sangre fría, con doble dedicatoria a su pareja y a su amiga, Harper Lee brilló por su ausencia.

La novela de Capote tuvo también su adaptación cinematográfica, un trabajo sólido y bien construido que con el mismo título, A sangre fría, realizó Richard Brooks en 1967. Rodada en blanco y negro, en los escenarios naturales donde transcurrieron los hechos, la historia, constituye una interesante reflexión sobre la pena de muerte.

Tras la experiencia vivida en la gestación de esa novela, Truman Capote no volvería a ser el mismo. Seguiría escribiendo, viajando y desarrollando una intensa vida social, pero con un trasfondo mucho más amargo. Moriría en 1989, a los 64 años de edad, después de pasar por sucesivas clínicas de reposo y diferentes episodios de desintoxicación del alcohol y otras drogas.

Nelle Harper Lee reaccionó a su éxito literario de manera diametralmente opuesta al modo en que lo hacía su amigo; se mostraría siempre refractaria al éxito, huyendo de la fama y refugiándose en su casa de Alabama donde viviría con su padre y con su hermano, rehuyendo a la prensa y sin cambiar de residencia hasta su reciente muerte en 2016. Sólo publicó otra novela más que no ha alcanzado mayor repercusión.


domingo, 11 de marzo de 2018

Tango


Hacia 1860 aparece el tango en ambas márgenes del río de la Plata y rápidamente se extiende por los barrios bajos de Montevideo y Buenos Aires donde moran los inmigrantes europeos. Se trataba del tango arrabalero, bailado por parejas fuertemente abrazadas que escandalizó a la sociedad rioplatense.

Considerado lujurioso, la iglesia lo condena, la policía lo persigue y esto obliga a bailarlo en sitios oscuros, en antros y burdeles, quedando así asociado a lugares de vicio y placeres prohibidos, por lo que, al principio, pocas mujeres lo bailan, es casi sólo una danza de hombres, hombres procedentes de los estratos más humildes en los más pobres suburbios.

Pero los niños bien de las familias bonaerenses frecuentan también estos lugares. Ellos son los que lo darán a conocer en otras esferas sociales y sobre todo los que lo llevarán a Europa. Allí el tango, antes considerado vulgar, conquistará con su glamour a los sectores más altos de la sociedad y en poco tiempo se bailará en todas las capitales europeas. El tango arrabalero convertido ahora en tango de salón, seguirá evolucionando en sus coreografías, enriqueciéndose y manteniéndose vivo y vigente hasta nuestros días.

La evolución de los gustos sociales en relación con el tango es, pues, producto de su salto a Europa. No sólo se ha dado a conocer, es que Paris se ha entusiasmado con él, con su melodía también, pero sobre todo con su danza. Y con Paris, pionero en modas, todo el continente se dejará seducir por este baile sensual y atrevido. Por la América anglosajona tampoco tarda mucho en extenderse, y con mayor motivo por todos los países de habla española.



Así que la curiosidad y la pasión por el tango son muy tempranas en el tiempo; luego, con sus momentos altos y bajos, no han hecho más que crecer y extenderse por todo el mundo. De Buenos Aires a París, de Australia a Japón, de Italia a Finlandia, de Colombia a Palestina, el tango se ha infiltrado en las sociedades más dispares y se ha hecho un hueco  en sus diferentes sensibilidades.

Como danza estuvo de moda hasta los años sesenta en que fue relegada por otros ritmos y prácticamente olvidada hasta los noventa en que volvió a hacerse fuerte, no solo en su país de origen sino llamativamente en infinidad de capitales europeas.



En el cine hizo su aparición desde fechas bien tempranas, porque ya en 1897 Eugenio Puy dirige Tango argentino y con ese título no parece difícil suponer que la película va de tangos. A continuación, a lo largo de toda la historia del cine mudo son muy numerosos los films realizados en Argentina dedicados al tango. En ellos intervienen entre compositores e intérpretes prácticamente todos los grandes del tango del momento. Pero no sólo allí. En Francia bastante antes de que Valentino se marcara en Hollywood ese tango, (La cumparsita), de The four hoursement of the Apocalypse (Los 4 jinetes del apocalipsis, 1921, Rex Ingram), Max Linder interpretaba un corto titulado Max, profesor de tango, (1912).  Y otras grandes figuras del cine mudo como Chaplin o Mac Sennet le dedicaban también su atención.

Carlos Gardel y Rosita Moreno en Tango bar, 1935

Con la llegada del sonoro la presencia del tango en el cine se haría aún más nutrida. Al principio, reducida, claro, a Argentina: Tango, (1933), Los tres berretines, (1933), El alma del bandoneón, (1935), Tango bar, (1935), La muchachada de a bordo (1936),  Adios Buenos Aires, (1938), con la obligada presencia de Gardel, Libertad Lamarque, Tita Merello y otras estrellas que pronto se consagraron. No tardaría mucho en rebasar fronteras. De 1947 es la japonesa Anjo-ke-no A Butokai, dirigida por Kozaburo Yoshimura, que pone de manifiesto que no es sólo en América y Europa donde va ganando adeptos la pasión por el tango.

En las décadas siguientes el gusto por el tango sufre fluctuaciones, y cuando todo indica que se ha ido apagando para no volver a encenderse se registra un nuevo florecer. La fama de El último tango en Paris (1972) parece que lo hubiera rescatado del olvido y así en esa década y la siguiente estará de nuevo presente en buen número de películas. Pero será sobre todo a partir de los años noventa, cuando en algunos países europeos parece estarse viviendo una tangomanía, cuando cada vez sea más frecuente que sus melodías participen, como leitmotiv, subrayando escenas, o, de algún otro modo, de la banda sonora de un buen número de películas.

Películas de las cinematografías más diversas, que son infinidad las que contienen algún tango en algún momento de su discurrir, La lista de Schindler, (Steven Spielberg, 1993; Quemado por el sol, (Mijalkov, 1987) y tantas otras.





Y no sólo la música, la magia del tango bailado se cuela también, y tal vez con más frecuencia, en las tramas de numerosas películas, muchas veces para convertirse en un momento señalado que busca emocionar fuertemente al espectador. En ocasiones con un estupendo número de tango, otras con exhibiciones medianas o exageradamente gimnásticas, pero siempre con resultados impactantes por su melodía y su carga erótica. (Beltenebros, Pilar Miro, 1991; Esencia de mujer, Martin Brest, 1992; ¿Bailamos?, Peter Chelsom 2004).

En cualquier caso y como quiera que se interprete es indudable que el tango ha remontado barreras y se ha instalado en todo el mundo, que cada país lo ha hecho suyo y lo ha cargado de significantes propios que se añaden a los de origen y lo ha utilizado ampliamente en sus cinematografías.




Hay al menos tres películas que sin embargo no utilizan la música del tango o el tango bailado como un componente más, sino que todo en ellas es puro tango: Dos realizadas a finales de los noventa: The Tango Lesson, (Una lección de tango, 1997) de Sally Potter, directora inglesa de la que ahora está en cartel entre nosotros The Party, (2017), su última película, y  Tango, (1998), de nuestro compatriota Carlos Saura, quien dedicó varias décadas de su producción a los musicales con resultados muy brillantes.



Tanto una como otra constituyen dos esplendidas y diferentes lecciones de tango. 


La tercera, Un tango más, (2015), rescata a una antigua y genial pareja de bailarines, la formada por María Nieves Rego y Juan Carlos Copes, hoy octogenarios, y en torno a sus trabajos en común y sus vivencias en derredor de esa maravillosa danza nos ofrece una tercera lección de tango.

La película de Sally Potter tiene un sorprendente carácter autobiográfico, porque relata una experiencia propia, su decidido, intenso y fervoroso acercamiento a esta danza. Sally Potter nos muestra su proceso de aprendizaje en manos de Pablo Verón como pareja de baile, nos pone de manifiesto su carácter tenaz y su fuerte determinación de aprenderlo, cosa que consigue de manera notable. Rodada en blanco y negro en París y Buenos Aires es un verdadero canto de amor al tango, que contagia al espectador.

La de Saura, que evoluciona en torno a un argumento que le sirve de pretexto, constituye un verdadero homenaje al tango en particular y a la música popular argentina en su conjunto. Contó para ello con cantantes, bailarines y coreógrafos argentinos de primerísimo nivel (Juan Carlos Copes, Carlos Rivarola, Julio Boca, Cecilia Narova, Sandra Ballesteros); un buen reparto de actores argentinos y españoles, (Miguel Angel Solá, Juan Luis Galiardo, Mia Maestro); la maravillosa fotografía de Vittoro Storaro y la banda sonora del porteño Lalo Schiffrin, que además de componer varios temas para el filme seleccionó piezas consagradas de grandes compositores argentinos, desde los clásicos más remotos hasta Astor Piazzola, conformando con un conjunto de estilos y formas, una síntesis espléndida de esta danza. 


El resultado es una película de impecable factura, inteligente, elegante y bellísima, en la que para muchos sin embargo sobra esa manierista alusión a la emigración italiana, más propia de una zarzuela o de una ópera y sobre todo las terroríficas escenas de matanzas de la dictadura militar argentina, que desbordan el tema y lo llevan por terrenos terribles a precipitarse en un infierno, cuando creemos que Saura nos está contando otra cosa, que lo que se propone es mostrarnos el tango, su esencia, su capacidad de conmover, su erotismo, su atractivo. Y desde luego esto lo logra, desplegando ante nuestro ojos las diferentes formas en que se expresa su magia, los múltiples matices que atesora, la amplia gama de emociones que suscita y la penetrante belleza que desprende. Pero lo logra, no con la ayuda, sino a pesar de este par de incursiones en lo que parecen otras películas y a pesar también de una trama argumental muy floja que salvan los espléndidos actores que la interpretan.      

María Nieves Rego y Juan Carlos Copes en Un tango más, 2015

Por último Un tango más (Kral, 2015) nos acerca a esta danza con la lente fija en dos de sus intérpretes de culto: María Nieves Rego y Juan Carlos Copes. Germán Kral, su director, pretendía contarnos la peripecia histórica de estos famosos tangueros, que se conocieron en la adolescencia y bailaron juntos durante casi cincuenta años, pero no logra reunirlos de nuevo, porque su historia de amor y desamor sigue viva y punzante, así que tiene que replanteárselo todo, entrevistarlos por separado y recurrir a imágenes de archivo y nuevas coreografías para aproximarnos a lo que en su día llegaron a ser. Una lástima, pero, con todo, logra un muy interesante documental que te atrapa y no te suelta hasta el final.

martes, 27 de febrero de 2018

Algunos directores rusos

Llega poco cine ruso a nuestras pantallas y para colmo muy espaciado en el tiempo. Pero ¡qué bueno todo el que llega!

A fines de los ochenta descubrimos a Nikita Mijalkov, (1945), en una preciosa película de producción italo-rusa, Oci Ciorne, (Ojos negros, 1987), con guión del propio Mijalkov y del productor italiano Suso Cecchi D’Amico, sobre una amalgama de relatos de Chejov. Su protagonista principal, Marcello Mastroianni, nos deleita aquí con uno de los grandes papeles en su fértil carrera como actor, el de un anciano rememorando con nostalgia un amor de juventud, una ilusión perdida.

La historia, narrada en un clima de añoranza de lo nunca alcanzado está contada con parsimonia y delicadeza envolviéndonos en el perfume de los relatos de Chejov.

Mijalkov, procedente de una familia de artistas, había comenzado estudiando teatro para acabar desarrollando una larga carrera de actor tanto en las tablas como en el cine. En los años setenta actuaría en numerosas películas, entre ellas, Tío Vania (1972) de su hermano mayor Andrei Konchalovski, y en 1974 firma su primera obra como director: En casa entre extraños, ambientada en la Rusia de los años veinte, en plena guerra civil. Pronto famoso en su país, el salto a Europa no lo daría hasta el momento de esta coproducción, pero con tal éxito que alcanzaría a sus siguientes realizaciones.

Probablemente su mejor obra, al menos la que ha obtenido mayor reconocimiento en la cinematografía occidental sea Quemado por el sol, (1994), una historia ambientada en la época de las siniestras purgas de Stalin.

La película cuenta cómo en un cálido día del verano de 1936 el comandante Kotov, (Nikita Mijalkov), un respetado héroe de la revolución soviética, recibe en su dachá la visita inesperada de Mitia, (Oleg Menshikov), un antiguo amigo de la familia. En la casa rural del comandante se nos muestra el dulce transcurrir de su vida doméstica pintada con los más bellos colores: Nadia, la preciosa hijita; Maroussia, la joven esposa, algunos parientes cercanos… en suma, la felicidad del hogar evolucionando en torno a nuestro comandante, desplegada con morosidad y suaves pinceladas chejovianas. Todo se irá cargando de negros presagios conforme se acerca el momento de descubrir el por qué de la llegada del visitante al que confiadamente llaman Tío Mitia y quien, aunque se muestra amable, parece destilar algo inquietante de su sola presencia. Luego todo dará un vuelco.

La belleza de las imágenes; la naturalidad de los actores, (impactante la actuación de Menshikov y entrañable la complicidad ente Kotov y Nadia, padre e hija también en la vida real); la excelente banda musical, (ese tango que suena y suena, tiñéndolo todo de nostalgia y amargura) son algunos de los valores de una película que emociona y deja huella.

En el 2005 Mijalkov, volcado por algún tiempo en tareas de la cinematografía oficial de su país, retoma sus carreras de actor y director, y en 2007 presenta en el Festival de cine de Venecia, 12, adaptación del drama judicial de Sidney Lumet Doce hombre sin piedad, por la que obtendría, además de excelentes críticas, un León de Oro especial.

Los hermanos Andrei Konchalovski y Nikita Mijalkov 
También en los ochenta descubrimos el cine de su hermano  Andréi Konchalovski, (1937), apellido de su madre que él adopta para su vida profesional. Unos años mayor que Nikita, Andréi está ya haciendo cine en los sesenta y desde muy pronto alcanza la fama en su país. 

En Europa era ya conocido por su colaboración con Tarkovski, pero ignorado en su faceta de director hasta que en 1979 presentara su película Siberiada en el festival de Cannes, obteniendo con ella el premio especial del jurado. Este éxito le permite emigrar a continuación a Estados Unidos, donde realizaría algunas películas de acción, pero en los noventa regresará de nuevo a su país de origen.

Si exceptuamos los títulos de su etapa americana, y a pesar de contar con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, (1989), y  el León de plata del Venecia, (2002), Siberiada es seguramente su película más conocida en Europa. Concebida como una verdadera epopeya épica, la mirada de Siberiada fija la atención sobre una saga familiar, o, mejor dicho, sobre dos familias a través de las cuales se nos va mostrando, paralelamente a sus vivencias,  la historia de su tierra, a lo largo de los primeros sesenta y cinco años del siglo XX. Acontecimientos históricos, amores y odios de los personajes y la extremada belleza de un paisaje tratado con sensibilidad y rezumando poesía. Los muchos medios y la libertad de que gozó para su realización sin duda no son ajenos al resultado. 

Konchalovsi había trabajado con Andréi Tarkovski, (1932-1986), absoluto genio del cine truncado por una muerte temprana, a quien también descubriríamos a fines de los ochenta, justo cuando acababa de morir. No es que no hubiera antes noticias de su obra, sino que no fue valorada en España hasta 1987, cuando La Semana Internacional de Cine de Valladolid proyectara, in memoriam, sus dos últimas películas, El espejo y Nostalghia.
Andréi Tarkovski
Antes, por supuesto no sólo se conocían sus numerosos éxitos en Cannes y Venecia, sino que además, el festival de Benalmádena había presentado en ocasiones sucesivas gran parte de su obras: Andréi Rublev, en 1972,  Solaris en 1973, y Stalker en 1984. Pero en ninguna de estas ocasiones hubo críticas favorables, de manera que su aportación permaneció ignorada, y habría que esperar todos estos años a que se produjera un cambio de tendencia.

Ciertamente su cine no es fácil: diálogos intrincados, escenas larguísimas… un lenguaje en las antípodas de cualquier concesión comercial; y que, por eso mismo, no gustará a todos, ya que no responde a lo que el espectador está acostumbrado a ver.

A Tarkovski lo que le interesa es el mundo interior del ser humano, viajar por su psique donde según él se esconde el universo entero. Obsesionado con crear imágenes puras que conecten con el ámbito más recóndito de la persona, su obra es una mirada profunda sobre la naturaleza, el arte, lo espiritual, lo onírico, lo trascendente en la medida en que todo eso constituye la realidad emocional del hombre. 

Hizo un cine único, de gran calidad estética y cargado de emoción. Sin duda una pérdida enorme la de este artista irrepetible, este creador tan personal y tan libre, que nos ha legado su riquísimo mundo interior en una obra corta, (solo conseguiría rodar siete películas), pero profunda, extremadamente poética y de gran belleza plástica.

El nuevo siglo nos trae los trabajos de otro interesante director ruso, Andrey Zvyagintsev, (1964).
Andrey Zvyagintsev
El regreso, (2003), El destierro, (2007), Elena, (2011), Leviatán, (2014), y Sin amor, (2017) son las películas que ha realizado hasta ahora. Zvyagintsev reflexiona en ellas sobre la vida de los individuos y sus dificultades, temas que trascienden lo nacional, pero sin rehuir la crítica local, por lo que a veces le han tachado de antirruso, confundiendo lo nacional con lo nacionalista. Y claro que él es todo lo contrario y hace un cine nada complaciente con la sociedad que retrata; sus historias están bien enraizadas en su país, pero trascienden fronteras justamente porque señala movimientos, contradicciones, conflictos, dinámicas de la vida de alcance universal.

Zvyagintsev reflexiona sobre la nueva Rusia, la que ha surgido tras el derrumbe de la Unión Soviética y la asunción del modelo capitalista en sus aspectos más duros e insolidarios. La corrupción, el caciquismo, la injusticia… son constantes que denuncia en sus películas, recreando si es preciso ambientes atemorizados y depresivos; atmosferas turbias o frías donde se mueven sus personajes impotentes a veces, duros de corazón otras.

Loveless, 2017.
Una sociedad deseosa de lujos y comodidades, egoísta e insensible es por ejemplo la que nos retrata en su última película, Sin amor, (Loveless, 2017), la de unos seres atentos solos a su placer y sus intereses, sin valores, incapaces de amar, moviéndose en un entorno burgués confortable, sin carencias materiales; sin ideales tampoco. Y nos cuenta su día a día entre pinceladas alusivas a su entramado social de organizaciones ineficaces y corruptas ante las que se saben impotentes; a los conflictos bélicos que se suceden alrededor y que perciben impasibles por muy tremendos y cercanos que estén; a sus propios problemas que parecen ignorar, acorazados como pretenden estar frente a la desgracia. Y sin embargo ésta en ocasiones se cebará en ellos precisamente por su afán de mantenerse emocionalmente a salvo, cerrando su alma a la compasión y a la empatía. Personajes duros e insensibles en un entorno social frío e insolidario.