lunes, 4 de abril de 2011

La destrucción o el amor

La capacidad destructora del amor constituye un tema recurrente en el cine y la literatura. Asunto sugerente y jugoso, parece estimulante abordarlo a través de películas que muestren cómo el amor o más bien el desamor puede destruir a un ser humano. Hay un par de figuras maltratadas por el amor pero bien tratadas por el cine interesantes de enfocar, Charles Swann y Adele Hugo, que vivieron, cada uno a su manera, experiencias devastadoras.


Charles Swann es el personaje central del primer volumen de En busca del tiempo perdido, que Marcel Proust publicara en 1913 con el título de Du coté de chez Swann y Volker Schlöndorff recreara para el cine, en 1983, como Un amor de Swann. La película contó con un ramillete de buenos actores: Jeremy Irons, reencarnando cabalmente al personaje principal; Alain Delon, soberbio como el libertino barón de Charlus; Fanny Ardant, que borda a la distante y distinguida duquesa de Guermantes; e, incluso, Ornella Muti, quien también acierta en su interpretación de una Odette de Crécy, rebosante de sensualidad.


Swann se nos presenta, en novela y en película, como un perfecto caballero, culto, refinado, exquisito, elegante y mundano de la belle époque francesa. No es un aristócrata, aunque es recibido en todos los salones del faubourg Saint Germain, y sus juicios estéticos son ley en ese ambiente elitista, lo que lleva muy a gala. Sin embargo, su condición de judío en un entorno antisemita juega en su contra, sobre todo cuando toma partido en el caso Dreyfus frente a la opinión de esa sociedad bienpensante que él tanto valora. 

Será aún más grave su situación cuando además se enamore perdidamente de Odette de Crécy, una cortesana insustancial y frívola, en cuyas manos Swann se convierte en juguete del destino. Esta pasión dominadora le llevará al declinar de su estrella en ese círculo cerrado de encopetadas damas y pundonorosos caballeros que él tanto estima. Y cuando la despose, disminuido por ese matrimonio desigual, saboreará las hieles del rechazo de ese "gran mundo", tan exclusivo y excluyente. Entonces, mortificado, arrastrará su existir, paladeando sorbo a sorbo la amargura de la humillación y el destierro de su paraíso. 

Pero aún es mayor el estrago que en él causan los celos, pues desvanecida la breve ilusión del goce que el amor de Odette le hace sentir, su pasión por esta cocotte, que le maneja a su antojo, le desvelará toda su capacidad para el sufrimiento, que apura casi con delectación. Y ya no habrá un momento de paz en su vida, desgarrada en las manos de esa insulsa pero lista mujer que le degrada y le trata sin miramientos. Lenta y dolorosamente se irá oscureciendo su vivir, deslucida su imagen en los ambientes mediocres de Odette y sus amigos, esos Verdurin, ricos y mundanos a la vez que toscos y pretenciosos. Ella sobre todo, Madame Verdurin, petulante y maligna, complaciente protectora de Odette y sonriente cómplice de sus engaños, que tiraniza a quienes frecuentan sus salones y parece tolerar apenas la presencia de Swann, bajo una necia sombra de burla y desprecio.

Cuando avancemos en la lectura de la obra completa, veremos hasta qué punto no es casual que la novela se abra con la evocación de este personaje, al que Proust conociera en su niñez, porque el doloroso tormento de los celos que sufre Swann corre paralelo al que nos confesará el autor haber experimentado a causa de Albertine, en el volumen que casi la cierra. Pero esto nos llevaría por otros derroteros. 

La película de Schlöndorff, aunque espléndida, queda a años luz de la obra literaria, un clásico de obligadísima lectura, al que además hay que acudir sin prisas, entregados en el tiempo y la voluntad, para que su atmósfera nos envuelva, filtrándose en nuestras venas hasta que un día somos conscientes de haber interiorizado su mundo; que Swann, Odette, los Verdurín, los Guermantes... van a seguir caminando con nosotros, porque ya no pueden abandonarnos, que si sólo se nos ha permitido asomarnos a sus vidas, ellos en cambio se nos han metido dentro por derecho. 
 

 El segundo personaje a describir, Adèle Hugo, tampoco es un ente de ficción, éste mucho menos; es un ser de carne y hueso. Su historia ha trascendido por las confesiones que la propia Adèle vuelca en su diario y que Truffaut recreó en una magnífica película en 1975. Se trata de la hija de Victor Hugo; su padre es tan famoso que no hay personaje en Francia que le iguale. Tiene una hermana brillante, sensible, prometedora; la favorita en casa, que muere ahogada, dejando un trágico vacío en el alma familiar.

Ella es la otra, indócil, excéntrica, casi absurda figura, que sus progenitores a duras penas toleran. Un episodio amoroso con un oficial inglés, el teniente Pinson, condicionará su vida. El militar es destinado a Halifax, Nueva Escocia, y ella, cual romántico personaje de las obras de su padre, le seguirá, ciega, hasta allí. Su familia no se opone y financia su viaje, tal vez porque cree o quiere creer que al llegar va a contraer matrimonio tal como ella ha asegurado. Pero hay un pequeño detalle con el que no contábamos, lo que para Adèle es el gran amor de su vida, su razón de existir, para el oficial es una aventura sin más trascendencia, e incluso enseguida, enfadosa.  
 
 

 Adèle, heroína de novela romántica, está dispuesta a seguirle al fin del mundo; él, ya la ha olvidado cuando llega a destino. A partir de ahí su vida será un calvario. Tampoco el teniente Pinson se encuentra cómodo con la insólita persecución a que se ve sometido; la rechaza una y otra vez, la ignora, escapa como puede a sus requerimientos, pero su sólo estar obstaculiza el libre desarrollo de su vida. Cambia de destino, tratando de alejarse de su persecutoria presencia, pero Adèle no ceja, sin duda irá tras él, ahora a las Barbados. Los años pasan; sus pretensiones no avanzan, pero no concibe su existir de otro modo que no sea correr tras su oficial hasta rendirlo. Está desesperada. Él no la acepta y sigue con su vida, alejándose cada vez más, si no en el espacio al menos emocionalmente. 

La razón de Adèle se va deteriorando. Por su parte, la familia ha perdido ya su pista, o tal vez prefiere ignorar las vicisitudes de esta hija estrafalaria. En cualquier caso llega un momento en que un alma piadosa, compadecida del deterioro mental y físico que ella va manifestando, escribe a los Hugo e inmediatamente la regresan a Francia. Adèle es internada en un manicomio. Morirá muchas décadas después, en 1915 en París, a la edad de 85 años. 

Angustia el aislamiento y el desamparo de Adèle, niña bien a quien la vida parecía reservar un destino fácil, sumergida en semejante infortunio. El relato que de sus amarguras hace esta mujer en su diario, es lo que recrea la película de Truffaut, La historia de Adèle H., estrenada en 1975. Truffaut lo refleja tan sin concesiones que asusta su desmesura. E Isabel Adjani, encarnando al personaje de Adèle, implica sabiamente al espectador en la historia, haciéndole sufrir con su infelicidad y conmoviéndole. La cámara persigue a esta perseguidora, imagen de la desolación, sumergida en su radical soledad, ajena a ese mundo lleno de exotismo que la rodea, incapaz como es de percibir realidades, ciega a todo lo que no sea alcanzar ese paraíso imposible de sus sueños. 

Es una película hermosa, trágica, extremada. Desde la sentimentalidad de hoy puede incluso parecer exagerada; algunos quizá, molestos, responden con risas ante la estampa absurda y sorprendente de Adèle, su descabellada tenacidad, su infortunio, tan rotundo, tan increíble; no nos engañemos, es el miedo que produce semejante desventura. Porque Truffaut recrea sus avatares sin ahorrar emociones, mostrando descarnadamente a esa mujer en toda su perturbación; sola en el mundo, en tierra extraña, aferrada a una mentira, dominada par su obsesión. Su familia, o le ha perdido la pista o respira aliviada, desentendida de sus cuitas; descargada de la tozudez de este ser indómito, tan ajeno a las conveniencias y tan tenaz. Bien es verdad, que después de tantos rechazos llegará un momento en que olvide hasta su razón de existir. Y entonces vagará por la calles, cruzándose con el objeto de su amor, sin siquiera reconocerle... Se ha desentendido ya hasta de sí misma, es tan solo una figura patética, caminando sin rumbo; lo que daba sentido a su existir se ha desvanecido.

Dos vidas destrozadas las de Swann y Adèle. Swann, que parecía prometer éxitos y brillo social, se irá apagando entre engaños, hundiéndose cada vez más en el gozo masoquista del sufrimiento y oscureciéndose en ese ámbito familiar cada vez más ajeno y estrecho. Adèle, heroína romántica persiguiendo el amor más allá de la vida, frente a todo y frente a todos, irá enajenándose hasta perderse en la locura y la sinrazón. Dos formas entre tantas de destrucción: el tormento de los celos en Swann; en Adèle, el desgarro del desamor.

lunes, 14 de marzo de 2011

Las amistades peligrosas: una mirada libertina

Los intrincados caminos recorridos por el término "libertino" para acabar significando hombre de costumbres depravadas han enredado la madeja sin necesidad, porque este sentido estaba ya latente en el vocablo desde su aparición. Libertino era el nombre que Roma había dado al hijo del liberto o esclavo manumitido, y desde sus comienzos ya quería señalar al que no sabe usar la libertad de que goza.

En el discurrir de los tiempos el término va engrosando su contenido semántico y cargándose de matices y a partir del siglo XVI en su significado predominan ya, confundidos, dos conceptos: libertino es el impío, el ateo, el incrédulo; y también, el depravado, el licencioso, el disoluto. A lo largo del XVIII se va abriendo paso cierta concepción hedonista de la vida, que convierte el goce sensual en valor preferente, y esa moral se irá afirmando conforme nos acerquemos a 1789, cuando la Revolución Francesa liquide el sistema de valores sociales y religiosos del Antiguo Régimen.
Entonces, en medio de una atmósfera de carpe diem, frente a un mundo que se derrumba (caos económico, deterioro de la imagen del poder, rechazo del orden constituido...) y  a la entronización de nuevos valores, (razón, naturaleza, libertad), el libertino, en su doble vertiente de incrédulo y depravado, se irá descargando en gran medida de su rebeldía religiosa para enaltecer su búsqueda del placer,  nuevo dios y única meta de la existencia.
Se trata de una atmósfera moral que al principio se insinúa solamente en Versalles, pero que lentamente va a ir salpicando a toda la sociedad, francesa primero y europea después. Y en este contexto se mueven los personajes de la novela que nos ocupa, deudora, claro, de su tiempo y su reflejo.
El autor de la obra, Choderlos de Laclos, (1741-1803)  es un militar, frustrado en su carrera, tal vez también en su vida amorosa y fracasado además en su actividad como escritor,  hasta que le llega el éxito con la publicación en 1782 de esta joya. La estampa que nos ofrece de una aristocracia frívola y egocéntrica, ajena y despreocupada de las miserias de su entorno, paseando su vida ociosa por lujosas villas y palacios rococós, fue juzgada con severidad por sus superiores, que, conscientes enseguida del contenido incendiario de la obra, sancionaron al autor. Pero la novela obtuvo desde el primer momento un éxito abrumador y rescató definitivamente del olvido a su creador.
Echemos un vistazo a sus principales personajes, a sus andanzas y fechorías: El vizconde de Valmont, un libertino que pulula en ese ambiente prerrevolucionario, uno de tantos si no se tratara de un antiguo amante de la Marquesa de Merteuil a quien ésta enredará en un juego peligroso; y, la propia marquesa, una especie de Casanova femenino, diabólica, maquiavélica y astuta, poseída por una avasallante obsesión erótica y una ira contenida que desfoga corrompiendo tiernas e inocentes jovencitas; Valmont será el instrumento oportuno para su cínico ejercicio, una marioneta en sus manos.
La lectura de las cartas que ambos se cruzan desvela sus intrigas y su voluntad corruptora. En ellas brilla, nítida, la figura de sagaz y malvada de la marquesa, su mente racionalista, la frialdad de su carácter, su autodominio, el análisis lúcido y distante de sus más íntimos impulsos, dominando abrumadoramente la narración.
El perfil de su contrapunto, Valmont, es el de un profesional del erotismo dieciochesco, vanidoso, mas depravado que malo y con un punto de inconsciente ingenuidad. Valmont, a quien ella persuade y obliga a entrar en su pérfido juego, con la misión de seducir y corromper a la incauta doncella blanco de su venganza, que venganza parece su afán de corromperla y despojarla de la inocencia tan valorada en esa sociedad que ella desprecia y secretamente burla, tras una hipócrita apariencia de sumisión a sus valores.
Esta pareja despliega sus artes del disimulo, moviéndose con elegancia  y aparente honestidad por ese mundo, mientras urden sus maquinaciones y se lanzan sobre sus inexpertas víctimas, conscientes de que sus privilegios de cuna les garantizarán un alto grado de impunidad. 

El cine  y la televisión se han interesado con frecuencia en recrear esta novela e incluso hay una composición operística, The dangereous liasons de Conrad Sousa, estrenada en San Francisco en 1994. En televisión la historia ha sido objeto de diferentes series : una colombiana, estrenada en 1998, bajo el título de Perro amor, y dos francesas, con el mismo de la novela, Las relaciones peligrosas; la primera dirigida por Claude Barma en 1980 y la segunda por Josée Dayan en 2003, con Catherine Deneuve, Rupert Everett y Nastassja Kinski en sus papeles principales.

Y en cuanto al cine propiamente dicho existen al menos cinco versiones en los últimos cincuenta años. La más lejana en el tiempo, una adaptación titulada, Las relaciones peligrosas, realizada en 1959 por Roger Vadim, con un grande de la escena francesa, Gérard Philipe, en el papel del vizconde.Ya había asumido este inolvidable actor la apariencia de un personaje dieciochesco en la deliciosa Si Versalles pudiera hablar (1952), de Sacha Guitry, todo un icono del cine francés. Y  reencarnó también con arte y asombroso parecido físico la figura de Modigliani en una delicada versión que de su vida efectuara Jacques Bécquer, en 1957, Montparnasse 19. Inolvidable además en otras muchas, su interpretación de Valmont constituyó su penúltima aparición ante las cámaras, ya que desgraciadamente moriría, en plena juventud, a poco de terminar el rodaje de La Fièvre monte al Pao en 1959.  

Volviendo a las amistades peligrosas y sus adaptaciones al cine, las más recientes son Scandal (2003) de Je Yong Lee, versión muy libre de la obra, y Crueles intenciones (1999), que Roger Kumble, siguiendo en lo esencial su línea argumental, traslada al Nueva York de hoy, ambientando la historia en un círculo de jóvenes adinerados. Su película, entretenida, fue bien recibida por crítica y público. Pero sería en la década de los ochenta cuando el cine lograra sus más brillantes adaptaciones de esta penetrante novela epistolar, en sendas películas que se estrenan casi a un tiempo: Las amistades peligrosas, (1988), del inglés Stephen Frears, y Valmont, (1989), del checo Milos Forman. Se trata en ambos casos de dos estupendas recreaciones de la novela bien contadas, bien ambientadas y bien interpretadas. La de Milos Forman cuenta desde luego con dos actores de primerísima fila, Anette Bening y Colin Firth, y, sin duda, es una buena película. Pero la de Frears en particular no sólo convence y emociona, porque se trata de una obra redonda, sino que acierta de lleno al recurrir además a dos monstruos del cine para dar vida a estos dos pérfidos: Glenn Close como la marquesa, y John Malkovich como Valmont, y ambos consiguen realizar un trabajo de altos vuelos, alcanzando niveles interpretativos de una profundidad y riqueza más que notables. También Michelle Pfeiffer, reencarnando a la devota y virtuosa señora de Tourvel, inocente víctima de sus intrigas, estuvo a la altura de las circunstancias, consiguiendo con ello consolidar su carrera que ya se anunciaba exitosa.   

Si hubiéramos de quedarnos con una sola de entre tantas versiones, sin duda recomendaríamos la de Stephen Frears, tan fiel al espíritu de la obra de Choderlos de Laclos. Pero como no es el caso animamos a ver además la de Milos Forman, que constituye asimismo un disfrute. Eso sí, no se pierdan la novela; si no la han leído todavía, no lo demoren más, que es lectura que te atrapa y no te suelta hasta el final.

martes, 1 de marzo de 2011

La Tía Tula: de Unamuno a Picazo

La tía Tula constituye un relato íntimo, estremecido y penetrante donde el autor nos presenta con profundidad y riqueza una serie de personajes entre los que resalta la figura de Tula: "esos ojazos de luto que se le meten a uno en el corazón" nos señala enseguida Unamuno. Y sólo con esa pincelada avisa ya de su magnetismo y su fuerza de carácter, que luego irá desvelando, ahondando en su alma, con una prodigiosa economía de medios y sobria eficacia. 



En 1964 Miguel Picazo, partiendo de esta historia, consiguió realizar una espléndida película que figura entre lo más importante de la producción cinematográfica de la España de entonces. Que aquella década no fué sólo la de las películas de Marisol, los spaghetti western o las superproducciones de Samuel Bronston; fue también la de una serie de creaciones interesantes y singulares, como las extraordinarias El verdugo y Plácido de Berlanga; Viridiana y "Tristana" de Buñuel; Los Tarantos de Rovira Veleta; La caza de Saura o las refrescantes y minusvaloradas Solo para hombres o La venganza de don Mendo de Fernán Gómez, muchas de las cuales, casi todas en realidad, pueden competir en pie de igualdad con el mejor cine europeo de entonces.

La tía Tula de Picazo nos ofrece un retrato soberbio de la realidad cotidiana de aquella España de los 60, porque el primer gran acierto del director fue ambientar en su presente la narración. Unamuno la había publicado varias décadas atrás, concretamente en 1920 y, aunque como es habitual en sus ficciones no da noticias del paisaje exterior, todo cuanto ocurre en el ámbito de la novela es marcadamente español y característico de una clase media provinciana como aquella en la que el escritor vivía. Ahora bien, como la moral social que la dictadura de Franco impuso suponía tal retroceso en las costumbres, seguramente no fue demasiado difícil ese desplazamiento histórico; era la sociedad la que había vuelto al pasado y Picazo lo que hace es darnos, a través del desarrollo de su trama, una imagen de esa sociedad tal como está siendo, como él la está sintiendo vivir.


Películas como El espíritu de la Colmena (1973), de Víctor Erice, o La colmena (1982), de Mario Camus, recrean con brillantez la atmósfera de la postguerra española, dándonos una visión retrospectiva de aquella España que convence. Otras, en cambio, reflejan el momento histórico en que se realizaron, ofreciéndonos un testimonio vivísimo del mismo; es el caso de ¡Bienvenido Mr. Marshall! para la España de los '50; Plácido para la de los '60; La escopeta nacional, para la de los '70 o Mujeres al borde de un ataque de nervios para los '80... por citar algunos ejemplos de buen cine español, que proponiéndoselo o sin proponérselo nos dan visiones de España ajustadas al momento de su realización, incluso a través de la caricatura o la exageración. Así sucede también con esta "tía Tula", ejemplo soberbio en este caso de realismo crítico en un cine para mayor dificultad asfixiado por la censura, que, por si fuera poco, se empleó a fondo con ella. 

Dicho está que en su película Picazo actualiza el mundo de Tula, llevándolo a su propia época, y, al hacerlo, lo convierte en símbolo de la represión que la cultura oficial imponía a su sociedad. De modo que a lo largo de todo su desarrollo argumental nos va desvelando la forma de estar y conducirse de la protagonista en el ambiente que entonces se respiraba, el de unas gentes condicionadas por un sistema de valores familiares y religiosos rígido y estrecho, donde todos son a la vez víctimas y verdugos.

Y nos muestra este sistema desmenuzando con talento cada uno de los elementos que lo configuran, deteniéndose en aquellos comportamientos tan determinados por la moral social impuesta: las apariencias, (la mirada pendiente de lo que los vecinos puedan oír, ver o decir); la separación de sexos de un puritanismo gazmoño y trasnochado (las chicas con las chicas, los chicos con los chicos); la represión sexual (el pretendiente que ronda las esquinas y persigue a su dama sin osar acercarse y recurriendo además a la influencia de terceros); el aburrimiento pacato de provincias; la ñoñería (¡impagable esa fiesta de amigas!...) la "formalidad", el luto y las constantes visitas al cementerio...

Una moral impregnada además de un estrecho catolicismo agobiante y omnipresente que él nos hace ver lanzando su mirada sobre los objetos y rituales cotidianos de la religión: el rosario, el velo, el misal; la misa, la primera comunión que se pospone por el luto; los cánticos religiosos, el círculo parroquial, el ropero de los pobres, los escrúpulos de conciencia.. y que llega a nosotros aromado por el tufo nacional católico que configuraba la estética franquista de los años cincuenta y primeros sesenta, volcada en mantener las tradiciones más rancias a contracorriente de su momento histórico.

Por todo ese mundo nos lleva Tula, la Tula de Unamuno, a la que Picazo no traiciona: una mujer de fuerte personalidad abnegada, piadosa, maternal siempre dispuesta a sacrificarse por los suyos y también rígida, severa, autoritaria, de sólidas convicciones morales que impone y se impone sin vacilar. Unamuno nos señala su enérgica rebeldía. Tampoco la Tula de Picazo es dócil, no quiere que le manden, quiere elegir no ser elegida. La vemos desenvolverse dirigiéndolo todo, dominando su entorno, imponiendo su manera de hacer, controlando cada aspecto, cada situación; también sus emociones, refrenando sus sentimientos amorosos, escondidos en los recovecos de su alma, negándolos, apartándose arisca de cualquier acercamiento a los placeres sensoriales.

Las diferencia algún aspecto: Unamuno después de inventarla descubre en ella sus raíces quijotescas y teresianas, su soledad final es su soledad de siempre; su elección no puede ser otra. Tula es fiel a sí misma actuando como lo hace. Picazo, sin negarlos, al recrearla incide más en cómo su identificación con los valores dominantes, asumidos sin duda con absoluto convencimiento y fervor, la van a condenar a una vida estéril y acentúa esa soledad final como fracaso, mostrándola víctima de sus propias convicciones.

La película no nos cuenta toda la novela: su núcleo argumental gira en torno a las relaciones de Tula y su cuñado, a partir del momento en que habiendo enviudado éste, Tula se vuelca en la familia de su hermana, del gobierno de su casa y el cuidado de sus hijos y su viudo. Cuando el cuñado le muestra su interés en rehacer su vida con ella, Tula reacciona con horror ante este nunca asumido, aunque sí sugerido, objeto de deseo. Y la reserva de Tula, reforzada por el tabú de traicionar a la hermana muerta, por sus propios prejuicios y su afán de responder ejemplarmente a los exigentes patrones de la moral social imperante, la conducirán sin remedio a la soledad, a la renuncia y la pérdida de sus afectos.

Y el paisaje en que se desarrolla la historia es ese mundo íntimo del discurrir de lo cotidiano, con la mujer ocupándose de todo en el ámbito doméstico (la limpieza de la casa, la plancha, la costura, el cuidado de los enfermos, los niños...) donde el hombre es casi un intruso y con seguridad un inútil; intimidad del hogar casi claustrofóbica, reforzando con ello la aguda sensación de encierro que producen las relaciones sociales en ese medio provinciano ya de por sí hermético.

Y todo ello narrado con la mayor sobriedad y con un reparto excelente donde todos deslumbran: Tula, una Aurora Bautista espléndida en sus ansias de perfeccionismo; el cuñado, Carlos Estrada, en su mejor momento y su mejor papel; el cura, soberbio José María Prada; la amigas, Lali Soldevilla, siempre inmejorable; la Gutiérrez Caba, perfecta... todos nos convencen y nos transportan a la España de los años sesenta como si no fuera una película sino un pedazo de la realidad de entonces a la que nos has sido dado asomarnos en vivo desafiando al tiempo.

Una película de obligado visionado para quien no lo haya hecho antes y que quien ya la conozca puede volver a ver con el mismo interés del primer día, porque se mantiene fresca sin que el transcurrir de los días la haya lastimado.

martes, 11 de enero de 2011

La ingeniosa agudeza de Oscar Wilde

 "El único medio de desembarazarse de una tentación es ceder a ella".
Esta una entre las muchas frases afiladas, cínicas y divertidas que salpican la obra de Wilde. Sus comedias sobre todo, pero casi todas sus obras están cuajadas de ocurrencias refrescantes, comentarios intencionados que satirizan a los personajes de ese mundo, que no es otro que su propio mundo. Paradojas e ironías son los componentes de la penetrante mirada que Oscar Wilde dirige a su sociedad con el desenfado y la vanidosa insolencia de un niño mimado.

Porque esa es su condición; lo ha mimado la naturaleza, dotándole de un talento y un ingenio poco común, lo mimaron probablemente sus padres, y también el éxito, que le acompaña casi desde la cuna y parece que nunca va a abandonarle. Así habría sido seguramente si él no hubiera desafiado al destino de manera tan temeraria.

De origen irlandés, familia acomodada, niño enmadrado y escolar brillante, su gran personalidad se impone en seguida en los medios que frecuenta. Es audaz y desenvuelto, de palabra incisiva y respuesta rápida; poseedor de una riquísima vena humorística y unas excepcionales dotes de conversador. Es también amante del lujo y del derroche, y, por si fuera poco, todo un dandy de estudiados modales aristocráticos y elegante descuido que marcarían una estética. En definitiva, por todo ello, un provocador que despierta por doquier admiración y rechazo.

Empieza a publicar a los 24 años y a los 26 está ya recorriendo, mientras imparte un ciclo de conferencias, los Estados Unidos. De allí regresa cargado de anécdotas burlescas, sobre el primitivismo de la sociedad americana, (como la archiconocida del cartel de aquel salón que anunciaba "no disparéis al pianista, lo hace lo mejor que puede"). Acontece luego su matrimonio con Constance Lloyd, que le da dos hijos y le proporciona un gran desahogo económico y, a continuación, los sucesivos y exitosos estrenos de sus comedias. En 1891 aparece su única novela, El retrato de Dorian Gray, que levanta feroces críticas entre los sectores más puritanos y ultraconservadores. Sin embargo, hace ya muchos años que es famoso y no parece que estas críticas vayan a perjudicarle demasiado; está en realidad en el apogeo de su gloria y en ella seguirá durante los años inmediatos en que continúa estrenando sus mejores piezas teatrales.

El público le sigue adorando, se divierte con sus sátiras y admira su inteligencia. Pero está también ese sector de la sociedad que se siente herido por sus burlas, que se escandaliza ante su desenfado y lo juzga con dureza. Algún crítico literario se ha rasgado ya las vestiduras y ha acusado de inmoral a Dorian Gray, el protagonista de su novela. Así que no todo son rosas; sólo que Wilde desdeña las espinas y sigue estando seguro de sí. Tan seguro que incluso será él mismo quien encienda la mecha del fuego que prenda y acabe abrasándolo.

Así, a esta época brillante en que vive como un príncipe y que parece tan sólida, le llegará un final trágico. La ocasión, bastante nimia: el marqués de Queensberry, padre de su amante, Lord Douglas, le viene acusando públicamente de homosexual y Wilde, crecido y mal aconsejado, (sobre todo por el propio lord Douglas), entabla con su enemigo un proceso por difamación. Y en una sociedad como la inglesa de entonces en que la homosexualidad es delito que se castiga duramente y cuando tan fácil resulta a su adversario probar los hechos que afirma, ese proceso será su ruina. Más aún si consideramos que Wilde pretende basar su defensa en que el arte es ajeno a la moral, como si no se estuviera cuestionando la suya en particular, sino la de su personaje, Dorian Gray, y él tuviera que responder ante el puritanismo de su entorno no de su propia conducta sino de la de un ser de ficción, tal como en su día le sucediera a Flaubert en el proceso seguido contra su Madame Bovary.

Pero no; es a él a quien se juzga. Y lo hace una sociedad vengativa e hipócrita, que no le perdona ni su talento ni su descaro, y a quien él le ha puesto muy fácil la ocasión de pasarle factura. Así que bruscamente Oscar Wilde pasa de acusador a acusado. Cuando todo está perdido, los más prudentes entre sus amigos le aconsejan e incluso le preparan la huida, pero Wilde, ensoberbecido, se niega a escapar; quiere arrostrar aquel peligroso proceso. Finalmente es condenado por indecencia grave a dos años de trabajos forzados. De nada servirán las sucesivas peticiones de clemencia.

El escándalo que ha supuesto el proceso es abrumador; su nombre desaparece de la vida pública y citarlo se convierte en un escándalo. Los que le han aplaudido, callan; los periódicos le ignoran. Se desvanecen los días dorados del aplauso y el éxito. Su familia se esconde tras otro apellido, sus amigos, los más, se distancian. Y Wilde sufre su encierro en medio de un tremendo abandono. En su celda escribe la Balada de la cárcel de Reading, donde revela el dolor de la prisión; es sin duda su canto del cisne, que la humillación y el castigo han secado su vena creativa, reidora, frívola y festiva. 

La cárcel resulta así una prueba insuperable. Sale físicamente devastado y moralmente destruido. Esta experiencia le ha despojado de su rebeldía y le ha reducido a un estado de total indefensión. En suma, le ha hundido. Comprendiendo que no puede vivir en Inglaterra se marcha a Francia y allí, en Paris morirá, apenas tres años después de ser excarcelado y tras pasar sus últimos días en una oscura pobreza, que hiere su vanidad y le mortifica en sus afanes de elegancia.

Había dicho en sus tiempos prósperos "Vivir en la sociedad es un aburrimiento, pero vivir fuera de ella es una tragedia" Y él ahora, desarraigado, y con el alma perdida se ha convertido en una figura trágica.

"Era tan de la alegría, de la despreocupación y de la posición excepcional su arte que en cuanto perdió esa posición y esos arrumacos de la vida se quedó sin estética" dice Gómez de la Serna a propósito de su desgracia. 

Al menos tres películas se han ocupado de su trayectoria vital,  "The trials of Oscar Wilde", que sobre el proceso realizara Ken Hugues en 1960; "Oscar Wilde", dirigida por Gregory Ratoff en 1960, y "Wilde", donde Brian Gilbert, en 1997, recrea con brillantez la etapa de su vida que va, desde el viaje por América a la salida de prisión. Pero lo que más se ha llevado al cine y a la televisión han sido y son sus comedias, que mantienen la gracia y la frescura con que fueron escritas. Las más versionadas, las más conocidas y celebradas, "El abanico de Lady Windemare", "La importancia de llamarse Ernesto" y "Un marido ideal".

Respecto de la primera nos constan tres interesantes adaptaciones. Para quien se atreva con el cine mudo está la que en 1925 llevara a cabo el genial Ernst Lubitsch, bajo el mismo título. Estupenda también, The fan, dirigida por otro austríaco de excelente trayectoria cinematográfica, Otto Preminger en 1949. Y, por último la adaptación que en 2004 hiciera Mike Barker, esta vez con el título de  A good woman.

 
En cuanto a la segunda, "La importancia de llamarse Ernesto", goza también de numerosas versiones cinematográficas. Entre ellas nos vienen a la memoria la de Anthony Asquit de 1952, o la de Oliver Parker de 2005, además de la que Juan Guerrero Zamora dirigiera en los años sesenta para el celebrado programa de TVE Estudio Uno, de tan grata memoria. Y en lo relativo a la tercera, Un marido ideal, tenemos noticia de al menos dos filmaciones, la de Alexander Korda de 1947 y la de Oliver Parker de 1997.

Sobre su restante producción literaria ahí están adaptaciones de su cuento "El fantasma de Canterville" (Jules Dassin, 1944) y de su novela "El retrato de Dorian Gray". De ésta última, tres versiones, una de Albert Lewin de 1945, otra de Jaime Chavarri de 1996 y la más reciente, 2009, de Oliver Parker, entusiasta de Wilde a juzgar por su producción. Finalmente su Salomé, que no sólo ha sido utilizada para el libreto de la famosa ópera de Strauss, sino que también cuenta con adaptaciones cinematográficas: la Salomé de Dieterle de 1953, la de Claude D'Anna de 1985 o la de Ken Rusell, "Salome, the last dance" de 1988.

Y las que vendrán, porque la chispa de sus juicios, tan estimulante, y la gracia con que perfuma de ironía las situaciones de sus historias invitan a nuevas representaciones y recreaciones de su obra.

lunes, 11 de octubre de 2010

Dos mujeres rebeldes: Emma Bovary y Ana Karenina,

Dos obras capitales de la literatura universal se ocupan de mujeres enfrentadas a su medio. La primera, Madame Bovary, publicada en 1857 por Gustav Flaubert, es una de las novelas que dieron principio a la narrativa moderna; la segunda, Ana Karenina, publicada por Tolstoi en 1887, está encuadrada entre las obras señeras del realismo.

Jenifer Jones en Madame Bovary, (Minelli, 1949)
Entre ambas median treinta años de distancia. La primera provocó tal controversia en la sociedad de su tiempo que su autor, tachado de inmoral, tuvo incluso que comparecer a juicio. Cuando se publica la segunda los peores críticos del momento la consideran sólo un romance de la alta sociedad. Parece, pues, que en ese intervalo de tiempo la sociedad ha ido suavizando sus juicios morales; pero no hay que hacerse ilusiones, en ambos casos las heroínas se ven impelidas, irremediablemente, al suicidio, ya que el clima social en que transcurren sus historias no ofrece vías de escape a sus conductas fuera de norma.

Emma y Ana, enfrentadas con su sociedad, están solas, así que su rebeldía está abocada al fracaso. Pero sus posturas ante la vida son radicalmente distintas: Emma es una novelera que se ha creído el mundo ideal de sus lecturas. Casada con un médico rural, no le gusta la vida que le ha tocado vivir y sueña una realidad distinta, toda goces y emociones. Su historia es un rechazo desesperado y tenaz de su ambiente, de su clase social de gentes cuya mediocridad y prejuicios desprecia; rechazo en definitiva de su vida provinciana, trufada de pequeñeces y miserias, pero aún más de su condición femenina consciente de vivir en un mundo en el que todo le está vedado a la  mujer. Emma sabe de su hiriente
Greta Garbo en Ana Karenina (Brown, 1935)
inferioridad social. Vive siempre insatisfecha y siempre en rebeldía. Ambiciona amor y lujo y placer, las claves de su visión del éxito. Y lucha infatigable contra una realidad muy por debajo de sus ansias, tratando de llenar ese vacío con objetos. Y este afán de riquezas que confunde con sus amores, sus desengaños y su aburrimiento es el que acabará por destruirla.

Ana, en cambio, se mueve como pez en el agua bajo fórmulas aprendidas en su refinado entorno aristocrático finisecular. No cuestiona su medio, sino que acepta su juego. Ha nacido en ese ambiente y, acostumbrada a imponer su voluntad, se sabe autorizada a ejercer ciertas excentricidades en ese dificilísimo equilibrio entre un mundo de apariencias rígidamente codificado y otro libre al que su elevado status le brinda acceso. Su aventura casi parece un deber mundano y una contribución al juego de transgresiones de esa sociedad refinada y ávida de emociones intensas. Pero el juego consiste en acercarse al peligro sin caer en él, porque quien caiga estará perdido. Ana cae y pierde. Su drama surge por verse expulsada de su medio, pero no es verdaderamente rebelde como Emma, ella sigue siendo una figura del gran mundo. Por eso, cuando éste le de la espalda, se sabrá sin lugar y aniquilada.   

Ambas obras han sido objeto de diferentes adaptaciones cinematográficas. 

Louis Jourdan y Jenifer Jones en Madame Bovary (Minnelli, 1949)
Con respecto a la novela de Flaubert, después de las versiones de Renoir en 1933 y Schlieper en 1946, Vincent Minnelli realiza, en 1949 y en su estilo siempre elegante, una estupenda adaptación de Madame Bovary. Su original enfoque, el ritmo que consigue imprimir a la narración y, sobre todo, las brillantes escenas del baile, en las que se alcanza el clímax de la historia, resultan inolvidables.

Pero el talento de Minnelli se puso de manifiesto en todos los géneros y es tan desbordante que cuesta pasarlo por alto sin apuntar a otros dramas dentro de su producción como Cautivos del malCon el llegó el escándalo, o Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ésta sobre novela de Blasco Ibáñez. Y sin mencionar alguna de sus comedias, como la risueña El padre de la novia, con esa curiosa colaboración de Dalí para el episodio de la pesadilla. Imposible olvidar además su aportación a la biografía de Van Gogh en la espléndida El loco del pelo rojo... Y, por encima de todo su contribución al musical, porque Vincent Minnelli es reconocido y admirado como padre del musical americano (eternas e irrepetibles sus geniales Melodías de Broadway, Un americano en París, Cita en San Louis, El pirataBrigadoon o la deliciosa Gigi).

Isabelle Huppert Madame Bovary (Chabrol, 1991)

Volviendo a la Bovary, ahora de la mano de Mario Vargas Llosa, autor de un penetrante estudio sobre esta novela, La orgía perpetua, cuya lectura es una fiesta, nos adentramos en la condición de Emma. Vargas Llosa confiesa que este personaje le removió estratos profundos de su ser. Y analiza "...su personalidad atormentada y su mediocre peripecia vital... (su carácter) ...capaz de fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas...(su) insatisfacción.. audacia...(su entrega al) ... consumismo como desfogue de la angustia..." 

Así, insatisfecha, audaz, consumista... nos la pinta, en 1991, el gran maestro del cine negro Claude Chabrol, Su  Madame Bovary, encarnada por una de sus actrices predilectas, Isabel Huppert fue sin duda adaptación fiel, rigurosa e impecable de la novela, y aunque no tuvo demasiada suerte con la crítica vista con la perspectiva del tiempo es indiscutible su valía, el cuidado con que está tratada la recreación de ambientes y la belleza y perfección del resultado final.

Haciendo también justicia a Claude Chabrol, exponente en sus inicios de la nouvelle vague, y  en activo casi hasta su reciente desaparición, no sobra precisar cómo fue cuajando a lo largo de su carrera una estructura de relato cinematográfico muy personal. Aunque en este caso se ocupó de una de las obras capitales de la literatura francesa y mundial, en general sus historias solían partir de los clásicos de la novela policíaca (Ellery Queen, Simenon, Patricia Highsmith, Ruth Rendell...) y se desarrollaban con brillantez y un punto de ironía. Como muestra ahí están creaciones tan logradas como El carnicero, La mujer infiel, Un asunto de mujeres o La ceremonia.

Respecto a Madame Bovary, habrá que esperar a 2002 para contar con una nueva puesta en escena, porque en aquel año Fywell vuelve a llevarla a la pantalla, consiguiendo un resultado que se sigue con interés, pero que no alcanza la fuerza y elegancia de la versión de Minnelli ni el nervio de la de Chabrol.

En lo que atañe a la obra de Tolstoi hay diferentes adaptaciones cinematográficas, desde la mítica Ana Karenina del año 1935 a la serie británica que David Blair en 2000 dirige y desarrolla en cuatro episodios.

La  Karenina de 1935 fue producida, derrochando lujo, por O'Selznicquien tanto poder ejerciera en el Hollywood del momento y tan famoso le hiciera su peso como productor de sobre Lo que el viento se llevó. La realizó, con gran competencia, Clarence Brownconsiguiendo en su versión envolvernos en una atmósfera de desdicha, que va intensificando progresivamente el drama hasta su abrupto final. Y la interpretó, de manera sublime, Greta Garbo que consolida aquí su estrellato.

Vivian Leight en Ana Karenina, (Julien Duvivier, 1945)

Interesantes también son otras dos adaptaciones: la de Julien Duvivier, en 1945, con Vivian Leight, (la inolvidable Escarlata O'Hara de Lo que el viento se llevó), en una recreación muy convincente del personaje, y la de Bertrand Rosse en 1997, con Sofie Marceau como Ana Karenina. Este último film fue muy controvertido, obteniendo críticas contrapuestas, desde las que lo exaltan como hermosa película de bellos paisajes rusos, cuidada ambientación y adecuada música de Tchaikovski, a las que lo reducen a versión academicista, fría y aburrida de la novela. 
  
Y por aproximación, puesto que de alguna manera se trata de Tolstoi y el cine, señalar además las numerosas y magníficas adaptaciones cinematográficas de Guerra y paz (las de King Vidor, 1963; Sergei Bondarchuk, 1965/1968; John Howard Davies, 1972; Robert Dornhelm, 2007), así como recordar la interesante novela histórica de Jay Parini, La última estación, que nos relata los años finales de la vida de Tolstoi y que ha sido llevada a la pantalla con el mismo título por Michael Hoffman en 2009, logrando una película llena de talento.

lunes, 2 de agosto de 2010

Henry James y el cine

A Henry James, (1843-1916), un estadounidense enamorado de Europa y en ella afincado gran parte de su vida, le costó su adquisición de la nacionalidad inglesa el rechazo y la crítica desdeñosa de sus compatriotas americanos, que minimizaron entonces su valía. 



Hoy todos reconocen su extraordinario dominio del lenguaje y la calidad de su obra está fuera de discusión. Muy hábil en la utilización del estilo indirecto y sutil en la descripción de sus personajes, sus narraciones avanzan a ritmo lento, desvelándonos la trama con diálogos y observaciones minuciosas que van adensando la historia, donde parece que los hechos nunca asumen la gravedad esperada. Su empleo de narradores múltiples y los monólogos interiores de sus criaturas son recursos estilísticos con los que se anticipa a su tiempo y sus lúcidos estudios psicológicos constituyen también rasgo dominante de su manera de hacer.

Pero es sobre todo su capacidad para crear buenas historias que nunca aburren lo que le ha hecho tan interesante para el cine. La moral y las costumbres pueden cambiar, sus personajes comportarse con actitudes hoy pasadas de moda, pero la curiosidad que despiertan y mantienen los argumentos de sus cuentos y novelas pesa más que todos estos avatares que trae consigo el paso del tiempo.

Aunque son muchos los géneros que frecuenta, (novela, cuento, teatro y crítica literaria), han sido algunas de sus narraciones las que han acaparado la mayor atención por parte de los cineastas que han hecho a partir de sus relatos muchas historias de interés y alguna obra maestra en su género, como es el caso de La heredera (The Heiress), película, que en 1949 hiciera William Wyler versionando su relato Washington Square. 




Otros directores como Agnieszka Holland volverían a llevarla a la pantalla, ésta en 1997 y bajo el mismo título de la obra literaria, Washington Square, con resultados más que aceptables, aunque seguramente no tan brillantes como los de la versión anterior. La de William Wyler constituye un clásico imperecedero que uno no puede ignorar. El argumento, a partir del encuentro entre una dama poco agraciada y un cazafortunas, habla de amor y desamor, de hipocresía y de interés, de engaños y desengaños, de traición, de rencor y de venganza, sin salirse de los estrechos márgenes que la sociedad burguesa decimonónica impone a una señorita de buena familia. Si el relato de James cautiva, su puesta en escena por Wyler logra sumergir al espectador en este atormentado melodrama, atrapándolo con su manera elegante y meticulosa de llevarnos por la historia. La película contó además con un reparto de lujo, bellos diálogos y la espléndida música de Aaron Copland, componentes todos que se suman a la gran sensibilidad artística del director y dan como resultado una obra capital.


En 1961 Jacques Clayton rueda otro de sus relatos que en España se tituló Suspense (Innocents) y constituyó una interesante película de género gótico. Recreaba con inteligencia y sabiduría The turn of the screw, (Otra vuelca de tuerca), asunto de fantasmas con niños e institutriz contado de forma ambivalente, de manera que nunca se aclara si asistimos a algo que está sucediendo en la realidad o que sólo ocurre en la mente de la niñera. En 1972 y a partir de la misma narración, el inglés Michael Winner dirige The Nightcomers, (Los últimos juegos prohibidos), poniendo más el acento en el aspecto dramático y pasional de la historia, aunque lindando también con el terror. En 2006 volvería a llevarse al cine, esta vez por Donato Rottuno bajo el título In a dark place, (Atrapados en la oscuridad).Y entremedias, Eloy de la Iglesia en 1985, Graeme Clifford en 1989, la pareja formada por Rusty Lemorande y Peter Weigh en 1992, y Antonio Eloy en 1999, nos entregaron también sus particulares versiones de este cuento de terror que, por lo demás, es sin duda  y probablemente seguirá siendo, su narración más versionada

Diferentes películas abordan otra de sus constantes temáticas, la relativa a los estadounidenses en Europa. Es el caso de las que, con títulos homónimos y diferentes resultados, realizan Peter Bogdanovich en 1974, Daisy Miller; Jane Campion, en 1996, The Portrait of a Lady, (Retrato de una dama); Iain Softley en 1997, The Wings of the Dove, (Las alas de la paloma; y James Ivory en 2000, The Golden Bowl, (La copa dorada).

Ivory había realizado con anterioridad otras dos adaptaciones de James al cine, la primera, en 1979, de Los europeos, sobre dos hermanos criados en Europa que regresan a Nueva Inglaterra con la intención de mejorar fortuna a través del matrimonio con alguna de sus adineradas primas, y la segunda, en 1989, de The Bostonians, (Las bostonianas), cuyo argumento gira en torno al feminismo apuntando además otro aspecto, la personalidad arribista, ya desarrollada en varias ocasiones, pero sobre todo en Washington Square, antes mencionada, donde trazaba de manera magistral el agudo perfil de joven ambicioso y ávido de ascenso en la escala social.

También su novela Los papeles de Aspern cuenta con una versión en cine; la realizó Martín Gabel en 1947 bajo el título The Lost Moment  (Viviendo el pasado) y constituye una interesante rareza injustamente olvidada: ¿melodrama romántico?, ¿cuento gótico? De todo tiene esta interesante película desarrollada en un envolvente clima de misterio y romanticismo como requiere la narración, y efectuada con elegancia y sobriedad.  Y no hay que olvidar La chambre verte, (La habitación verde), una  desolada recreación de diversos relatos de Henry James como El altar de los muertos, Los amigos de los amigos y La bestia en la jungla efectuada por François Truffaut el año 1978 en la más extraña de sus películas.

Patricia Highsmith hace a propósito de James este agridulce comentario: “Henry James, que fracasó estrepitosamente como autor teatral, debería vivir ahora para ver el partido que otros dramaturgos sacan de sus obras. Se sentiría orgulloso”. Comentario lacerante, irónico y oportuno si tenemos en cuenta que el gran sueño jamás alcanzado por James, que admiraba y envidiaba a Oscar Wilde, fué triunfar en el teatro  .Nunca hubiera podido imaginar el papel que el cine iba a reservar a su narrativa.
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miércoles, 30 de junio de 2010

Patricia Highsmith y el cine negro, Graham Greene y el cine de espías

Patricia Plangman, conocida como Highsmith, apellido que adoptará de su padrastro, nace en Forth Worth (Texas) en 1921 y muere en Locarno (Suiza) en 1995. No parece que tuviera una infancia demasiado feliz: se crió con su abuela; hasta la adolescencia no conocería a su padre, y con su madre iba a mantener una intermitente relación de amor y odio a lo largo de la vida. 

Alain Delon en A pleno sol, 1960
Solitaria y de un carácter tan introvertido que acabarían acusándola de misantropía, no se identificaba con la sociedad estadounidense que le tocó vivir, quien por su parte, tampoco le perdonaba sus simpatías por la ideología comunista.

Desde fechas tempranas se sintió atraída por los mundos fronterizos de la mente y de la ética, donde más tarde se moverán sus ambiguos personajes, de moral indefinida, cuando no abiertamente amorales. Criaturas que tan pronto parecen normales como manifiestan inquietantes rasgos de locura, asustándonos con su verdadera personalidad, al principio insospechada.

Empezó a publicar en 1945, y cinco años más tarde la adaptación al cine de su novela Extraños en un tren por Hitchcock la consagra, en plena juventud, como un clásico del suspense.

Como su compatriota Henry James, también ella acabaría abandonando Estados Unidos para vivir en Europa: primero en Inglaterra, en Francia después y, por último y hasta su muerte, en Suiza; Europa supo en cierto modo corresponderla, ya que siempre gozó aquí de mayor consideración literaria que en su América natal.

Cuando empieza a escribir representa un curioso y brillante ejemplo de originalidad en el género. Hasta entonces el protagonista viene siendo un detective o un policía que trata de descubrir al criminal. Ella va a poner el acento en la personalidad del asesino, esforzándose por penetrar en sus interioridades anímicas y sus motivaciones. Hay un antecedente en este interés por la psicología del criminal, Vera Gaspary, la autora de la famosa Laura, con la que Otto Preminger realiza en 1944 una película de culto, pero va a ser la Highsmith quien consiga poner de manifiesto el terrible desfase que nos enfrenta con la autentica realidad de nuestra naturaleza humana. Ella es también quien rescata al relato policíaco del estrecho planteamiento de "novela-acertijo", lo renueva, apartándolo también del carácter sociológico de la serie negra, y lo revaloriza con su estilo agudo, penetrante y de gran calidad literaria.

En otras palabras, Patricia Highsmith encarna un estilo de novela negra extremadamente personal. No nos hace tratar de averigüar la identidad del asesino ni nos sumerge en mundos exóticos o violentos plagados de circunstancias enrevesadas; nos muestra a sus criaturas en situaciones aparentemente comunes y corrientes para ir desvelándonos poco a poco lo insólito de sus respuestas. Sin apenas percatarnos del tránsito, nos adentra en el universo claustrofóbico de sus protagonistas, dominados por la culpa y la mentira hasta un punto en que ya es imposible el retorno. Y entonces no podemos ya dejar de leer ni ellos de enfrentarse a ese entorno amenazador con una violencia que les destruye.

O a veces no, a veces salen cínicamente impunes de sus crímenes, como en el caso de Tom Ripley, personaje por el que debió de sentir especial predilección, ya que sobre él volvió una y otra vez hasta hacerle protagonista de cinco de sus novelas.

También el cine se ha dejado encandilar por la figura de Tom Ripley. En 1960 René Clement lleva a la pantalla, con resultados brillantes, la primera adaptación cinematográfica de esta serie de novelas (precisamente la primera de la serie), A pleno soluno de los films más logrados, a pesar de incluir, por imperativo del momento en que se rodó, un desenlace moralizante. Mas tarde El amigo americano de Wim Wenders, (1977), El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella (1999) o El juego de Ripley de Liliana Cavani (2002) constituirán nuevos e interesantes acercamientos a la figura ambigua, inquietante y escurridiza de este personaje, que nos seduce y fascina y nos lleva a sospechar que acaso nuestra moral no sea tan sólida como creíamos.

El cuchilloEl grito de la lechuza o La celda de cristal son otros tantos títulos de la novelística de Patricia Highsmith llevados al cine; otras tantas posibilidades de aproximación a su obra, que tal vez despierten, entre aquellos que aún no la hayan leído, el interés en abordar directamente sus novelas. No es fácil que salgan defraudados, porque su estilo, deliciosamente seco, de absorbente y amena lectura, entusiasma incluso al más exigente en lo literario.

Graham Greene dijo de ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".

En justa correspondencia, Patricia Highsmith, en su monografía Suspense, después de adelantarnos que no suele gustar de la lectura de otros escritores de novela de intriga, confiesa que Graham Greene es la excepción, que le lee con gusto y que envidia "su talento para le mot juste".

Y, a propósito de Greene, (1904-1991), pocos escritores resultan tan cinematográficos. La personalidad de Graham Greene, pariente de Robert Louis Stevenson, se nos presenta enseguida como atormentada: un carácter depresivo, tendencias suicidas y, desde muy pronto, una conciencia habitada por conflictos morales. Ya en el colegio tiene que optar entre la lealtad a sus iguales o a la autoridad, la dirección del Centro, que es además su padre. En su juventud se interesa por el catolicismo, la religión de su novia y también la suya a partir de 1926. Y en 1940, apenas terminada la guerra mundial ingresa en el Servicio Secreto de su país.

Decimos que está muy próximo al mundo del cine por su trabajo como guionista y como crítico también, pero, sobre todo, por la frecuencia con que su obra se lleva a la pantalla. Pasan de cuarenta las historias de Greene adaptadas al cine o a la televisión, y algunas en más de una ocasión, como El fin del romanceque Edward Dmytryk rodara en 1954 con el título Vivir un gran amor y Neil Jordan en 1999 con el mismo de la novela. Es el caso también de El americano tranquilo, versionada por Mankiewicz en 1958  y de nuevo en 2002 por Philip Noyce.



A lo largo de toda la etapa del sonoro, desde los años ‘30 a esta primera década del 2000, son muchas las ocasiones en que nos encontramos sus narraciones, luminosas y agobiadoras, adaptadas a la pantalla. Mencionemos algunas de las que abordan sus inquietudes morales: la lealtad, la compasión, la bondad... y sus contrarios, siempre bajo una mirada político-religiosa, más política que religiosa a partir de los años '50. Y a menudo en ambientes cosmopolitas, como corresponde al impenitente viajero que fue Graham Greene. Títulos como El agente confidencial, sobre la novela homónima inspirada en la guerra civil española y rodada por  Herman Sumlin en 1945 ; El fugitivo, por John Ford en 1947, basada en El poder y la gloria, que se desarrolla en Méjico y reflexiona sobre sus obsesiones religiosas. O las premonitorias Nuestro hombre en la Habana, de Carol Reed (1959), sobre la obra del mismo título publicada en 1958 y que parece anunciar la inminente revolución cubana, y la ya antes mencionada El americano impasible, ambientada en la Indochina francesa, cuando está a punto de producirse el relevo de esa guerra colonial que los americanos continúan como guerra de Vietnam. O también, en fin, El cónsul honorario, rodada por John Mackenzie en 1983, que fabula un chapucero secuestro en torno a la figura del embajador norteamericano, de visita en la ciudad argentina de Corrientes.

Graham Greene se mostraba particularmente contento de la película El ídolo caído, dirigida por Carol Reed en 1947, considerando que era la más lograda de sus historias en el cine. Pero en general sus narraciones, a pesar de contar con excelentes directores, no han tenido demasiada suerte en este medio. A veces porque sus complejos personajes han resultado planos en pantalla, (El ministerio del miedo, Fritz Lang ,1944); otras, porque los guiones se han alejado del original hasta el punto incluso de traicionarlos, (la primera versión de El americano impasible, donde el latente antiamericanismo de la novela se convierte por decisión del director en pura hagiografía del agente de la CIA); a causa de un reparto inadecuado, (El factor humano, Otto Preminger,1979); porque la historia ha envejecido, (Viajes con mi tía, Georges Cukor, 1972); o simple y llanamente porque el resultado no ha estado a la altura de las expectativas despertadas, (Los Comediantes, Peter Glenville, 1967).

Pero hay una excepción, ¡y qué excepción!, la mítica e imperecedera El tercer hombre de 1949, una de las pocas que, aunque luego hizo relato, empezó siendo guión precisamente. Un guión que baraja pocas pero complejas variables, las derivadas del dónde, el quien y el cómo.

El dónde, la Viena de los primeros años cuarenta, una ciudad destruida por las bombas y convertida en escombros, repartida entre los cuatro países vencedores, en la que el mercado negro opera a sus anchas y la vida parece haber perdido su sentido. El quien, un trío: el bueno, un antihéroe, vulnerable y contradictorio, a remolque siempre de los acontecimientos en una realidad mucho más negra de lo que podía sospechar.  El malo, un tipo envuelto en un aura de misterio y fascinación, adornado con una corteza de simpatía y brillantez; solitario cínico y perverso, criminal despiadado, prepotente y megalómano, que juega con los que le quieren y los maneja a su antojo. La chica, contrapunto romántico que humaniza la historia, dotándola de profundidad; un personaje pasivo y fatalista que sólo le pide a la vida que proteja al que ama, sin importarle lo que haya podido hacer. Y el clima emocional, una atmósfera, que desborda nostalgia de paraíso perdido y sólo conduce a la resignación: la guerra ha barrido los valores, llenándolo todo de desesperanza, destapando el lado oscuro de algunos y la impotencia de los más.

Y con esos mimbres, Carol Reed nos pasea, en un hermoso blanco y negro expresionista, por la sombría y caótica Viena de postguerra, llevándonos, de la mano de Joseph Cotten tras los pasos de Orson Welles, desde las alturas de la noria del Prater hasta las profundidades de las tenebrosas cloacas de la ciudad. O situándonos, impregnados de melancolía, frente a Alida Valli para verla avanzar entre cipreses y alejarse después, imperturbable, a los acordes de la bellísima melodía de Anton Karas, que nos ha mecido a lo largo de toda la película y que ya no nos abandonará.