miércoles, 1 de mayo de 2019

Alfred Hitchcock y Billy Wilder


Uno nos hizo pasar mucho miedo, el otro nos hizo reír hasta las lágrimas. Y pensar, también. Imposible aburrirse con ellos; nos atrapan en sus historias. Y si volvemos a su cine, esto sigue funcionando. Es lo que tiene el genio, que permanece en el tiempo.

Alfred Hitchcock                                                                                             Billy Wilder

A pesar de que los avances tecnológicos hayan podido afectar en algún caso a sus puestas en escena, de que la moral social haya cambiado, amortiguando a veces la carga transgresora de sus argumentos, y, en fin, de todo lo que el paso del tiempo pueda incidir en sus obras, éstas siguen frescas desvelando el genio que había detrás, y sus distintas personalidades nos siguen produciendo una inmensa admiración. Por supuesto que no actuaban solos; el cine es un arte global. Pero también supieron rodearse de colaboradores de talento en los guiones, la interpretación, la orquestación musical, la ambientación y en todas las múltiples facetas de las que el cine se sirve y compone.

Uno se especializó en el thriller y nos contó infinidad de historias de crímenes pero estaban también cargadas de intriga, de sorpresa e incluso de humor. El otro se dedicó casi siempre a la comedia, aunque con excepción del western tocara toda clase de historias: el cine negro (Perdición), el bélico, (Cinco tumbas al Cairo), el de juicios (Testigo de cargo) o el drama (El gran carnaval, Días sin huella). Pero fuera cual fuera el género siempre lo abordó desde su estupendo ingenio satírico y burlón, ácido y corrosivo sin la menor concesión a la sensiblería. 

Los dos jugaban con nosotros, cada uno a su manera. Hitchcock a que permaneciéramos en vilo, adelantándonos a lo que le va a pasar al personaje; Billy, manteniéndonos pendientes y atentos a la respuesta rápida, agudísima y sorprendente  (William Holden decía de él que tenía el cerebro lleno de cuchillas afiladas).

Ambos eran de procedencia europea, inglés Hitchcock, austríaco Wilder, y en Europa iniciarían sus carreras, pero los dos dieron lo mejor de sí en Hollywood, y ello en torno a las cuatro décadas que van de los cuarenta a los ochenta. Ciertamente sus mundos son muy distintos, pero en común tienen la fuerza con que nos conquistaron y nos ganaron para siempre.



Hitchcock,(1899-1980), londinense de ascendencia irlandesa y religión católica, estudió con los jesuitas que fomentarían su capacidad organizativa y de análisis, pero también sus miedos. Miedoso desde muy niño según confiesa, con ellos aprendió también a temer los castigos corporales. Desde muy joven se interesó por el cine, desarrollando una brillante carrera en Gran Bretaña, tanto en el mudo como en el sonoro, antes de emigrar a los Estados Unidos en 1939, contratado por el poderoso productor David O. Selznick, cuando ya era un director de prestigio en su país. Y ese miedo que él confesaba sentir sería sin duda el motor que le llevara a tratar de contagiárnoslo.





Billy Wilder,(1906-2002) judío austríaco, se traslada muy joven a Berlín, entonces capital cultural de Europa. Allí le encontraríamos en 1929, ejerciendo ya de guionista, pero la ascensión de Hitler en los primeros años treinta le obligó a cambiar de residencia, dirigiéndose primero a Francia y después a los Estados Unidos, donde enseguida formaría equipo con Charles Brackett para continuar elaborando guiones. Lo hicieron en comandita, y con gran fortuna, para Ernst Lubitsch (La octava mujer de Barba azul, 1938 y Ninotschka, 1939), Michael Leisen (Medianoche, 1939 y Si no amaneciera, 1941) y Howard Hawks, (Bola de fuego, 1941) y seguirían haciéndolo juntos algunos años más.

Sin duda, con frecuencia asociamos las figuras de Wilder y Hitchcock a alguno de sus colaboradores, por las numerosas veces en que los vemos trabajando con los mismos.

Alfred Hitchcock y Bernard Herrmann
Con Hitchcock colaboró en infinidad de ocasiones Bernard Herrmann, convirtiéndose en el inseparable autor de la banda sonora de muchos de sus grandes éxitos (La soga, Vértigo, El hombre que sabía demasiado, Psicosis, Pero quien mató a Harry, Falso culpable, Con la muerte en los talones, Los pájaros, Marnie la ladrona, Cortina rasgada), así como un buen número de episodios de su serie para TV Alfred Hitchkcock presenta.

James Steward y Kim Novack
En cuanto a sus intérpretes, James Stewart, (La soga, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, Vértigo) y Cary Grant (Sospecha, Encadenados, Atrapa a un ladrón, Con la muerte en los talones),  parecen ser sus actores favoritos, a juzgar por lo mucho que repiten en su cine.

Garce Kelly y Alfred Hitchcock
Y con respecto a las actrices, sentía, dicen, una absoluta predilección por las rubias, y en especial por Grace Kelly con quien realizaría tres películas seguidas (Crimen Perfecto, La ventana indiscreta, Atrapa a un ladrón) y sólo dejaría de trabajar con ella al abandonar ésta el cine para convertirse en princesa de Mónaco. E incluso después trataría, sin éxito, de convencerla para que actuara de nuevo en otra de sus películas, Marnie la ladrona, y parece que estuvo casi a punto de conseguirlo que, según Truffaut, ella llegó a aceptar la proposición, pero el mísmísimo De Gaulle obstaculizó el proyecto y éste finalmente no cuajó.

En lo que se refiere a Billy Wilder, ya hemos señalado cómo desde sus inicios en Hollywood forma pareja con Charles Brackett para la realización de los guiones. Y cuando en 1942 debuta como director, seguiría componiéndolos con este colaborador con quien tantos éxitos llevaba cosechados. De la mano de ambos saldrían todavía joyas como Días sin huella y El crepúsculo de los dioses. De hecho, Billy Wilder nunca hizo él solo sus guiones, y, rota su relación con Brackett, a continuación los haría con Raymond Chandler (Perdición), en una experiencia muy exitosa, pero poco grata para ambos, y con algún otro después. Sin embargo, pronto encontraría un nuevo socio, esta vez inseparable, en A. L. Diamond. Juntos hicieron el guión para Arianne, donde descubren que sus hábitos de trabajo son muy compatibles; luego vendrían Con faldas y a loco, El apartamento, Un dos tres, Irma la dulce, Bésame tonto, En bandeja de plata, La vida privada de Sherlock Holmes, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, Primera plana, y Fedora.
    Charles Brackett y Billy Wilder                                                                 Billy Wilder y A.L Diamond 

Entre sus intérpretes también repiten en su cine en diferentes ocasiones William Holden (El crepúsculo de los dioses, Sabrina, Fedora),  Walter Mattau (Primera plana, En bandeja de plata, Aquí un amigo), Shirley Mclane (Irma la dulce, El apartamento), Marilyn Monroe (La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco) y por encima de todos, Jack Lemmon que lo haría al menos en siete de sus películas, algunas de las cuales se encuentran entre las mejores que llegó a realizar. (Con faldas y a lo loco, El apartamento, Irma la dulce, Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?, En bandeja de plata, Primera plana y Aquí un amigo).

Tony Curtis, Marilyn Monroe y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some like it hot, Billy Wilder, 1963)

De Marilyn, con fama de conflictiva en los rodajes, circulaban infinidad de  anécdotas, una a nuestro juicio particularmente divertida: parece que Wilder, a menudo quejoso de su impuntualidad y sus olvidos del texto, ante la pregunta de la prensa de por qué entonces insistía en trabajar con ella, siempre respondía que una vez terminada la película, todo había merecido la pena. Y además que, si quería a alguien que llegara siempre puntual y se supiera el dialogo de memoria, tenía una tía en Viena que estaría lista a las cinco de la mañana y nunca se saltaría una coma, pero ¿quién querría verla a ella?...

Jack Lemmon y Billy Wilder
Así que en la elección de colaboradores no siempre funcionaría el buen entendimiento, que, por supuesto, lo primordial era el resultado final. Aún con todo ambas cosas no estaban necesariamente reñidas como lo prueba lo mucho que trabajó con Jack Lemmon, a quien parece que le unía además una verdadera y larga relación de amistad.

Alfred Hitchcock y Billy Wilder, dos inmortales de la historia del cine: únicos, irrepetibles, irremplazables, inolvidables. A quienes generaciones y generaciones de espectadores sin duda les debemos mucho. Y aunque han pasado ya varias décadas desde que dejaron de contarnos historias, algunas de sus películas, muchas de ellas, revisitadas de nuevo en ciclos de recuperación del cine clásico, en TV, o repescadas en la red formarán para siempre parte de nuestro imaginario colectivo y sentimental.

lunes, 22 de abril de 2019

Superproducciones: Lawrence de Arabia, Titanic


Hoy se trata de evocar ese tipo de películas que hicieron (y siguen haciendo) nuestras delicias, aquellos grandes novelones, hermosas epopeyas, o historias en fin tratadas con un punto de grandiosidad que nos seducen desde el principio y que, siendo generalmente de larga duración, nunca queremos que terminen, porque nos sumergimos en ellas sin prisas, encandilados con el arte que sus realizadores saben infundir a la narración.

Lawrence de Arabia (David Lean, 1962)
Películas como Gigante (Stevens, 1952), Guerra y Paz (War and Peace, King Vidor, 1956), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Doctor Zhivago (David Lean, 1965), Ghandi (Attemborugh, 1982), Memorias de Africa (Out of Africa, Sydney Pollack, 1986), Regreso a Howards End (James Ivory, 1993), Titanic (James Cameron, 1997)… y tantas otras que desarrollan historias del gusto de casi todos y lo hacen sin escatimar medios, seguros de su triunfo. Grandes producciones que en efecto cosechan premios en cantidad y alcanzan en taquilla cifras descomunales de recaudación. Películas deslumbrantes algunas y de grato recuerdo todas porque no suelen defraudar a su muy numeroso público.

El cine acierta muy pronto con este género, que lo hace casi en los principios del sonoro con Lo que el viento se llevó, (1939), novelón que en su versión cinematográfica supera las tres horas de duración. Y esto de la larga duración parece también ser un requisito de casi todas las que responden a este perfil y desde luego así es al menos en el par de realizaciones elegidas para comentar: Lawrence de Arabia (222 minutos) y Titanic (195 minutos).

Lean y O`Toole en el rodaje de Lawrence de Arabia
La primera, Lawrence de Arabia, constituye una gran película salida de las manos de un director que si era magnífico contándonos historias intimistas, (inolvidables esas joyas de Breve Encuentro –Brief Encounter- o Locuras de verano -Summertime-), en este otro tipo de cine se reveló también como un fuera de serie. Nos referimos a David Lean, director, productor, guionista y editor de nacionalidad británica, que había desarrollado una interesante carrera en su país haciendo cine en blanco y negro. Tras la llegada del color, hacia 1955, se pasa a la industria de Hollywood, para dedicarse a la realización de grandes producciones. Lean llega a crear un cine espectacular de hermosos paisajes y estupendas ambientaciones, donde se encuadra esta película que nos ocupa así como otras suyas, también muy merecidamente premiadas, como El puente sobre el río Kwai (1957), Doctor Zhivago (1964), La hija de Ryan (1970) o Pasaje a la India, (1984).

Al igual que otros grandes éxitos internacionales de los años 60, Lawrence de Arabia nos resulta particularmente cercana, porque en nuestros lugares se ambientaron muchas de sus escenas; esos interiores sevillanos rodados en los reales alcázares, la casa de Pilatos, el palacio de Miguel de Mañara o el hotel Alfonso XIII; las secuencias en la también sevillana Plaza de España o los espléndidos paisajes almerienses del Cabo de Gata, resultaron gracias a la magia del cine un marco perfecto para simular los escenarios por donde se movía ese estrafalario inglés que fue Thomas Edward Lawrence. Y cuando Lean tuviera que abordar Doctor Zhivago, satisfecho de su experiencia anterior, y encontrando aquí también nieve de sobra, recurriría de nuevo a España para la mayor parte de sus localizaciones.

Pero, anécdotas aparte, lo importante es la gran calidad de esta película. Brillante la fotografía, hermosísima la música, soberbias las interpretaciones de los actores y perfecto el ritmo de la narración,  parece una obra al borde de alcanzar la perfección, y de hecho muchos la señalaron (el American Film Institute, por ejemplo) como una de las mejores películas de la historia.

Lawrence de Arabia está basada en Los siete pilares de la sabiduría, obra biográfica de Thomas Edward Lawrence donde éste narra sus experiencias durante la primera guerra mundial. Enviado entonces por su país al desierto para participar en una campaña de apoyo a los árabes contra Turquía, Lawrence llevará a cabo su misión a su aire y no siempre en sintonía con sus superiores.

Lawence de Arabia (David Lean, 1962)

La luz en los desnudos parajes del desierto, las interminables arenas, el misticismo que desprende la figura del protagonista, la prodigiosa banda sonora… todo envuelve la singular aventura que David Lean nos cuenta con el pulso adecuado y absoluto acierto, alcanzando tal perfección que nos transporta sin esfuerzo a ese mundo evocado y, por momentos, casi consigue hipnotizarnos.

Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en Titanic, (Cameron, 1997)

Otros, muy otros serán los paisajes en que se mueva Titanic, una romántica historia de amor a bordo del famoso transatlántico británico en su malhadado viaje. La pareja enamorada la integran seres de ficción, pero la película los mezcla con personajes reales que existieron y sufrieron aquel trágico naufragio, haciendo una amalgama de invención y realidad que funcionó estupendamente en pantalla, a pesar de algunos fallos históricos espinosos en los que incurrió el guión. El director, James Cameron, fascinado desde antiguo con la catástrofe del Titanic, buscó con éxito financiación para llevar su historia al cine, y a pesar de que en su tiempo fue considerada la producción más costosa realizada hasta el momento, cosa que haría temblar al proyecto, lograría al fin convertirse también en la más taquillera. Ganó infinidad de premios y su popularidad rebasó fronteras llevando a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet a las más altas cotas de la celebridad; especialmente a ella que era menos conocida, con sólo cuatro películas aún en su haber. DiCaprio era ya famoso, puesto que llevaba en el mundo del espectáculo desde su más tierna infancia, aunque esta película disparó su número de fans a extremos insospechados. En cualquier caso ambos acapararon con Titanic la primerísima línea del  famoseo.

Kate Winslet, James Cameron y Leonardo DiCaprio en los Oscar
La película consiguió once premios Oscar. Su preparación fue profunda, exquisita la reconstrucción histórica, supervisada por decenas de expertos para reproducir con escrupulosa fidelidad cada detalle, y brillantes los efectos especiales, que lograron una espectacular recreación del naufragio. Y esta combinación de conmovedora historia de amor bien contada y despliegue tecnológico deslumbrante para recrear la tragedia del hundimiento del barco, envuelto todo con una acertadísima banda musical, excelente fotografía, sabia interpretación… dio como resultado una obra sobresaliente con cierto sabor a cine de siempre.

Sería superfluo volver sobre su argumento, porque raro fue quien en su día no vio esta película. Y porque, remasterizada en 2012, volvió a reestrenarse, con abrumador éxito de público, para aquella generación llegada después, para los pocos que antes se la hubieran perdido y para tantos otros encantados con reencontrarla y volverla a ver.

domingo, 7 de abril de 2019

La Gaviota de Chéjov


Hace algunos años y casi por casualidad tuve ocasión de ver en la Casa de Rusia en Madrid una versión cinematográfica de La dama del perrito de Chéjov. Se trataba de una hermosa película que recreaba con absoluto acierto la atmósfera del propio cuento.

La dama del perrito, (1959, Iosif Yefimovich Kheifits)
Su director, para mí desconocido, la realizó en 1959. Luego supe que se trataba de Iosif Yefimovich Kheifits, bielorruso, nacido en Minsk en 1905 y muerto en San Petersburgo en 1995, quien había desarrollado en la Unión Soviética una importante carrera a lo largo de seis décadas y había dejado una buena cosecha de realizaciones, algunas de las cuales, como ésta, adaptaciones de relatos de escritores rusos; de Chéjov, pero también de  Turguenev y de  Kuprín. Lamentablemente no he logrado ver ninguna otra de sus películas, pero me impactó el buen hacer de este singular director, la sensibilidad, la gracia y la delicadeza que volcó en relatar este cuento, que seguro que hasta al propio Chéjov le habría entusiasmado. Porque está tan bien narrada la trama que el gran contador de historias que fue Chéjov sin duda hubiera reconocido y admirado la extraordinaria calidad de esta versión, hábil ilustración del que tal vez constituya su mejor relato.

Chéjov fue uno de los mejores cuentistas de la literatura universal. Su enorme habilidad para escribir narraciones cortas se puso muy pronto de manifiesto y ello le permitiría no solo pagarse su carrera de medicina, también ayudar a los suyos que no gozaban entonces de situación muy desahogada.

Una vez alcanzado el título de médico ya no abandonaría ninguna de las dos ocupaciones, aunque desde que comenzó a desarrollar una tercera faceta, la de dramaturgo, el veneno del teatro le acabaría invadiendo y tomando una presencia decisiva en su vida, porque su pasión por la escena fue desde el principio un amor correspondido a cuyo influjo se iría abandonando gradualmente.

En definitiva, toda su obra, tanto sus cuentos como sus comedias, mantiene frescura y actualidad. Es como si por Chéjov no pasara el tiempo. Constantemente se producen reediciones de sus narraciones y en teatro es habitual encontrar al menos una obra suya en cartel en cualquier lugar del mundo occidental. También en cine son numerosas las adaptaciones de sus cuentos y de sus dramas. La dama del perrito entre los primeros; Tres hermanas (con cuatro adaptaciones) o Tío Vania (con otras cuatro) entre los segundos, son tal vez sus títulos más versionados en cine, con algunas adaptaciones que constituyeron en su día verdaderas obras maestras. Como la arriba celebrada del ruso Josef Kheifits para La dama del perrito y, para ese cuento y algunos más, la brillante Oci Ciorne (Ojos negros, 1987) de Nikita Mijalkov de 1987. Y, asimismo, la que realizara su hermano Andréi Konchalovski  para el drama Tío Vania en 1971.

Pero es en su obra La gaviota donde vamos ahora a poner el foco. Estrenada en 1896 en el teatro Aleksansdrinski de San Petersburgo, empezó mal su andadura, esto es, con un fracaso total, pero cuando un par de años más tarde Konstantin Stanislavski, (cuyo método de interpretación implantado en el Actor’s Studio de Nueva York en 1947 gozaría de tanto prestigio entre los actores estadounidenses), la volvió a poner en escena, esta vez en el Teatro de Arte de Moscú, resultó tal éxito que el teatro adoptó la gaviota por emblema. Éxito desde entonces revalidado en infinidad de ocasiones en que la obra se ha vuelto a llevar a las tablas, y que, superado con creces el siglo de existencia, se sigue hoy representando en los teatros de medio mundo.







Ocurren pocas cosas en la obra porque, como en toda la dramaturgia de Chéjov, tan importantes son los sentimientos y las reflexiones de los personajes como lo que en las historias acontece. Centrémonos en ésta: una casa de campo, su dueña, la famosa Irina Nicolaevna Arcadina llega con su amante Boris Trigorin a pasar el verano; allí encuentra a su hermano,  Sorín, enfermo y cansado, a su hijo, Kostia, al administrador con su mujer Selina y su hija Masha, áspera y desencantada. Sirvientes, y algunos amigos más, como el maestro o el médico que les acompañan, y, por último, Nina, joven, libre y feliz como una gaviota, la gaviota que vemos sobrevolar por el campo hasta que una mano torpe y estúpida interrumpa su vuelo con un disparo certero.

La rutina del discurrir cotidiano, los sentimientos que esconden los personajes en su interior, sus sueños, sus tormentos, sus ilusiones, el dolor del amor no correspondido presente en casi todos como una herida siempre abierta son los temas que vemos crecer. Selina ama al médico que no la corresponde; el maestro ama a Masha; Masha ama a Kostia; Kostia a Nina; Nina a Boris; Boris está con Irina… Asuntos y dolores de cada uno que el drama nos va desgranando, y que se van apoderando de nosotros mientras una mano invisible nos conduce lentamente al desenlace.

Annette Bening como Irina en La Gaviota (2018, Mayer)
Irina es soberbia y egoísta; su amante Boris Trigorin, superficial y fatuo; su hijo Kostia, un joven torturado y acomplejado por el peso de la poderosa madre; Masha, una amargada; Nina, inocente, hermosa y llena de ilusiones… Están ahí, hablan, pero parece que en escena no sucediera nada, nada que no fuera el tiempo sucediéndose a sí mismo. Y sin embargo, Konstantin Gavrilich, Kostia, se acabará pegando un tiro, y la dulce Nina terminará como la gaviota, destrozada también por una mano torpe, estúpida e irresponsable que torcerá para siempre su vuelo alegre y confiado.

Hay al menos cuatro versiones de La gaviota en cine: Sidney Lumet la adaptó en 1968, con Vanessa Redgrave, James Mason y Simone Signoret en los papeles principales. Hoy es película difícil de encontrar. Por su parte, en 1977, el italiano Marco Bellochio la volvió a adaptar a su manera, libre y personal. Y en 2003 el francés Claude Miller realizaría, bajo el título de La petite Lili, otra versión no menos libre del drama de Chejov. Por último, recientemente, el estadounidense Michael Mayer ha llevado a cabo su propia versión de La gaviota, estrenada en 2018, contando con un reparto destacable, encabezado por Annette Bening, impecable en su papel de diva. No ha gustado unánimemente a la crítica, parte de la cual le recrimina haber errado en lograr la intensidad dramática que la obra exige, dibujando en cambio un clima ligero, más propicio para una novela de Jane Austen que para un drama de Chéjov. Pero todos coinciden en afirmar que se trata de un montaje ágil,  estéticamente grato, y que al menos la elección del reparto ha sido acertadísima, dejando los actores tras de sí un trabajo sobresaliente y logrando en fin una película que se ve con gusto. 

El teatro de Chéjov, tan rompedor en su día, y especialmente esta obra con la que revolucionó la escena e infundió de vida y literatura un medio entonces acartonado, es hoy un clásico y como tal, atemporal e imprescindible. La belleza de sus textos, su hondura, su sello personal fascinó en sus días, sigue emocionándonos hoy y no es difícil augurarle un largo futuro todavía.

lunes, 1 de abril de 2019

El Berlin de entreguerras: Cabaret


Un lugar y un período de la historia que despierta mucho interés y curiosidad en el mundo occidental de hoy, porque Berlín está experimentando en aquellos momentos, en paralelo con una enorme conflictividad social y política, una etapa de gran creatividad artística y literaria.

Kirchner, Fragmento de escena berlinesa callejera, 1914-1922
Es este un paréntesis de dos décadas entre dos gigantescas conflagraciones, y, en sus comienzos, se experimenta allí, junto al peso de la condena material y moral por haber perdido la llamada gran guerra, el alivio, la alegría y las ganas de vivir que trae la paz. En la primera década que sucede a la caída del imperio alemán, los años veinte, a pesar de los conflictos extremadamente serios que se viven, como el levantamiento espartaquista y el primer golpe de Estado de Hitler, las cosas parecen evolucionar hacia terrenos de esperanza. El golpe fracasó y gracias a la "Ley del Gran Berlín" de 1 de octubre de 1920, la capital se convierte en la mayor ciudad industrial de Europa, telón de fondo de un florecimiento de la vida cultural, facilitada por las libertades que la recién estrenada Republica de Weimar propiciaba. Y las ganas de disfrute y diversión refrenadas por los largos años de la contienda estallan también.

En fin todo parecía acabar confluyendo a favor de esa explosión de creatividad que atraía a las gentes a Berlín y convertía a la ciudad en centro de la vida artística; arte y cultura experimentan un auge hasta entonces desconocido y la vida nocturna berlinesa se dispara también hasta cotas nunca alcanzadas. Sin embargo, gradualmente, acontecimientos tan serios como el crack del 29, decisivo para el hundimiento económico alemán, y la vertiginosa ascensión del nazismo, irán agravando la situación a lo largo de los años treinta y precipitándola finalmente otra vez en la tragedia de la guerra. Así que pronto se acabarán las razones para el optimismo. Pero el caso es que, visto hoy con la distancia del tiempo, este período aparece a nuestro ojos como particularmente interesante, despierta nuestra curiosidad y, en la medida en que veamos reflejado el presente, nuestras alarmas también.

Babylon Berlin, (Tom Tykwer, 2017)
El cine, como no, se ocupa de recrearlo y nos facilita el reflexionar sobre aquella sociedad y sus gentes, centradas en vivir su presente y ajenas a la tragedia que les aguardaba a la vuelta de la esquina. Muchas películas nos darán una estampa ajustada de aquel período y a veces lograrán hacerlo con notable brillantez, como es el caso de la series alemanas Berlín Alexanderplatz, (realizada en 1980 por Fassbinder a partir de la novela homónima de Alfred Döblin y restaurada hace unos diez años) y de la muy reciente Babylon Berlin (basada en una trilogía de novelas policíacas de Volker Kutscher, estrenada en octubre de 2017, y que de momento ya va por su segunda temporada). O también de la película que ahora centra nuestra atención: Cabaret.

Liza Minnelli y Bob Fosse en el rodaje de Cabaret
Realizada por Bob Fosse en 1972, se trata de un musical lanzado cuando ya este género era sólo un recuerdo del pasado. En común con aquel de la edad dorada tendrá muchos puntos: la calidad de su acabado, sus espléndidas escenografías, su buen repertorio musical, sus muy  brillantes interpretaciones … y es que detrás de todo ello está el talento de Robert Louis Fosse, bailarín y coreógrafo perfeccionista y apasionado, que logra aquí su mejor creación.

Pero a la vez la película aporta singularidades más en consonancia con los nuevos tiempos, en especial la amargura de la historia, también muy propia de Fosse; la magnífica recreación ambiental, a cargo de Rolf Zehetbauer, estilizada a la vez que realista y verosímil;  la elegancia de su desarrollo argumental; el acierto con que nos va mostrando el nacimiento y crecimiento del nacional socialismo, que lo vemos agrandarse amenazante a medida que avanza la trama que el film desarrolla.




Ocho premios Oscar obtuvo Cabaret, verdadera hazaña si además recordamos que competía con El padrino de Coppola y que, por si fuera poco, se trataba tan solo de un musical, un género que parecía ya totalmente pasado de moda.

Liza Minnelly como Sally Bowles en Cabaret, (Fosse, 1972)
La historia está basada en la obra autobiográfica del británico Christopher Isherwood, Adios a Berlín, relato novelado de sus vivencias durante los tiempos transcurridos como profesor de inglés en el Berlín de los primeros años treinta, y nos dibuja, con fuertes colores, sobre el fondo de una sociedad en creciente conflicto, el personaje de su amiga Sally Bowles, una bohemia americana que lucha por hacerse famosa en el mundo de la farándula berlinesa. Sus carencias afectivas, sus amores desprejuiciados, su carrera profesional y en definitiva, su lucha por sobrevivir en un país arruinado y sin futuro donde el miedo y la violencia se van adueñando de todo. Y los espectadores seguimos la trama desde los ojos de este profesor inglés, su mirada algo pasmada sobre las complejas relaciones de sus extravagantes amigos, seres marginales que asisten, incrédulos como él, al ascenso del nazismo.

Y nos interesamos en lo que nos cuenta, conmocionados por la habilidad con que se nos retrata el contexto histórico, pero sobre todo fascinados por el mundo de ese decadente y hedonista cabaré, el Kit Kat Klub, al que acude la gente para escapar de una dura realidad que irónicamente aflora, porque se cuela, inevitable, en sus espectáculos con toda la carga de la pesadilla diaria: la inflación, el antisemitismo, el miedo… Un cabaré que desborda de libertinaje, en el que la alocada Sally florece y donde a su lado brilla ese impactante maestro de ceremonias con quien comparte escenario. Lo interpretó con singular talento Joel Grey y su figura, aparentemente secundaria en la trama, crece a primer plano por la fuerza de su creación. También Liza Minnelli está en su mejor momento y logra darnos la estampa de una mujer vital y frágil, amoral y tierna, llena de fuerza y contradicciones, que tampoco nos deja indiferentes. Ambos lograrían sendos merecidísimos Oscars por sus interpretaciones.

Joel Grey en Cabaret (Bob Fosse, 1972)
Entre novela y película, Cabaret se ha estrenado ya en teatro en el Broadway de 1966, y ese cabaré teatral servirá también de inspiración para la película a Bob Fosse, quien, hijo de actor teatral, y bailarín sobre las tablas desde los trece años, venía de este medio cuando comenzó a adaptar al cine los éxitos musicales del teatro neoyorkino. Lo había hecho ya, sin demasiado éxito, con la versión teatral de Las noches de Cabiria, en Sweet Charity (1969) y después de Cabaret dirigiría otros tres musicales más (Lenny, All that´s jazz y Star 80), pero ésta fue sin duda su mayor creación.

Su talento para hacer de este Kit Kut Klub, de su atmósfera y de sus números musicales, un reflejo de esa sociedad que camina irremediablemente hacia la guerra, le revela como coreógrafo genial, pero también como estupendo cineasta. Y aquellas canciones que  seleccionó y coreografió tan sabiamente, Cabaret, Welcome, Money, money… han pasado ya al acerbo cultural de todos. Una película que hizo, claro, historia en el cine musical, pero que, al margen de consideraciones de géneros, constituye sin duda una gran película.

viernes, 8 de marzo de 2019

Directoras de cine: europeas rompedoras


El nacimiento del cine corre casi paralelo al despertar del movimiento feminista y con alegría se constata la presencia de la mujer en la dirección cinematográfica desde sus inicios. Claro que en las primeras décadas de su andadura son pocas las dedicadas a este menester. No tiene por qué extrañar; son años en que la mujer ya lucha por hacerse un hueco fuera del hogar, pero la resistencia es grande.


Alice Guy
Sólo su imprescindible incorporación al trabajo durante la primera guerra mundial, porque los hombres están en el frente, hace realidad su integración decisiva en el ámbito laboral. Con el discurrir del tiempo irá siendo gradualmente más aceptado su derecho al trabajo, pero aun así, haciendo balance, en determinadas profesiones, y en ésta en concreto, hasta fechas muy cercanas casi se pueden contar con los dedos las mujeres que han alcanzado un reconocimiento social. Habrá que esperar a las generaciones nacidas después de la segunda guerra mundial para poder confirmar una incorporación decidida de la mujer a esta profesión. Las anteriores se abrirán camino gradualmente con dificultad, que los muros irían cayendo despacio.


Las pioneras eran en su mayoría ignoradas e incluso eliminadas de los títulos de crédito de las películas, así que es difícil seguirles el rastro. Pero aún con todo nos han llegado algunos nombres del cine mudo, como el de la francesa Alice Guy (1873-1968), la primera en realizar un film narrativo, El hada de los repollos (La fée aux Choux, 1896), la primera película, por tanto de la historia del cine. Aunque perteneciente al círculo de los Lumière, no trabajaría con ellos, toda vez que estos entonces minimizaban el posible futuro de su flamante invento en la narración de historias. El éxito de su iniciativa les haría cambiar de opinión, pero ella continuaría su carrera en Estados Unidos no volviendo a Francia hasta los años veinte con más de 600 películas en su haber. Fundamental también en la historia del cine fue la alemana Lotte Reiniger (1899-1981), quien después de varios cortos y de trabajar en publicidad, introdujo el cine de animación en un largometraje.


A escala nacional merecen destacarse al menos, Elena Jordi (1882-1945) actriz, directora y productora de la que, por desgracia, no se conservaron sus películas y Helena Cortesina (1904-1984) bailarina y actriz, que tiene el mérito de haber sido la primera directora de cine española cuyas películas sí se conservan. Y tan sólo tenía 18 años cuando en 1922 dirigió Flor de España. Así estaban las cosas en tiempos del cine mudo.

Elena Jordi                                                                              Helena Cortesina 

Con la llegada del sonoro el cine empezó a convertirse en un espectáculo de masas y se multiplicó el número de creadores. Pero seguíamos en un mundo de hombres. Y hasta 1948, en que la ONU incorporara a los Derechos del Hombre el sufragio femenino, la sociedad no parecía sentir la necesidad de hacerle a la mujer un hueco en la vida pública, así que pongamos la segunda mitad del siglo veinte como límite para que la condición femenina dejara de ser obstáculo, al menos oficialmente, de su reconocimiento social. Esto significa que tendremos que esperar a las nacidas en los años treinta y cuarenta, que habrán alcanzado su mayoría de edad superada la mitad de la centuria, para entender que ya no se les discute su condición de ciudadanas, aunque algunos países, pocos, se hayan adelantado a este reconocimiento y otros muchos tardaran aún en hacerlo.


Teniendo esta fecha como referencia son de destacar por su contribución a esta actividad algunas europeas nacidas en la primera mitad del veinte. 

Lenny Riefenstahl
Casi con el cambio de siglo nace la alemana Leny Riefenstahl (1902-2002) un caso excepcional de prestigio rápidamente reconocido, pero cuyo nombre tenemos fatalmente asociado al régimen hitleriano por los diferentes documentales propagandísticos que para aquel realizara, en especial Olimpia, el magnífico trabajo sobre los Juegos Olímpicos del Berlín de 1938. Su identificación con el nazismo funcionó como un estigma que, tras el resultado de la guerra, perjudicará seria y definitivamente a su carrera. En activo desde el año 1924 su última película Tiefland, adaptación al cine de una ópera alemana comenzada a rodar en 1940, no se estrenaría hasta 1954. Y después, casi medio siglo de silencio, porque no se le conoce otro trabajo hasta 2002 en que hace público Impresiones bajo el agua, un documental compuesto por filmaciones que había rodado en Papúa, Nueva Guinea, entre 1970 y 2000. Falleció en su casa de Baviera a orillas del Danubio a los 101 años de edad.

Ida Lupino
En la siguiente generación, aparece otra de estas adelantadas a su tiempo. Se llamó Ida Lupino (1918-1995), inglesa trabajando en Estados Unidos, que además de notable actriz ejerció como brillante directora en el Hollywood de los años cincuenta. Hija de artistas comenzó en la interpretación en 1931 y enseguida se revelaría como actriz sólida y segura de sus papeles. Aunque sin llegar a la categoría de estrella, ya en los cuarenta es muy solicitada para protagonizar numerosos films. En 1949 se atreve por primera vez con la dirección y a partir de entonces compaginaría ambas tareas hasta su retirada a fines de los setenta. Como actriz iba a trabajar con directores de la talla de Hathaway, Walsh, Vidor, Lang, Mamoulian, Ray o Negulesco, entre otros. Y con frecuencia en películas de cine negro. Como directora funcionó más para televisión que para el cine, pero en ambos medios nos dejaría un buen ramillete de títulos. De sus películas las más conocidas en España fueron probablemente Ultraje (1950) y El bígamo (1953). De sus realizaciones para televisión sus trabajos se inscriben en series como Bonanza; Alfred Hitchcock presenta; El fugitivo; Los ángeles de Charlie… y unas cuantas más.

Entre las nacidas en la década de los 20 las hay que entran ya pisando fuerte, como la cineasta checa Vera Tchytilova (1929-2014), perteneciente a la nueva ola de cine checo, y considerada una de sus integrantes más radicales. Con su película Las margaritas rebasó fronteras y marcó la ruptura con la estética soviética.
Ana Mariscal                                                                          Vera Tchitilova
La española Ana Mariscal, (1923-1995) debuta en el cine en 1940 por casualidad, siendo todavía estudiante de Ciencias Exactas. Y lo hace con tanta fortuna que ya no abandonaría la pantalla, compaginándola pronto con las tablas y, desde mediados de los cincuenta, con la producción, la dirección y el guión de sus propias películas. El Camino (1966), su primer gran éxito, la sitúa según los críticos entre las mejores directoras europeas del siglo veinte.

                         Agnes Varda                                                                         Lina Wertmuller                                                           
Y además de éstas, ya desaparecidas, otras dos realizadoras todavía en activo, la francesa Agnes Varda y la italiana Lina Wertmuller. 

Agnes Varda (1928) se daría a conocer en los años sesenta como miembro de la nouvelle vague y desarrollaría una carrera plagada de éxitos. El muy premiado documental Rostros y lugares (Visages villages) realizado en 2017 es, de momento, su última y esplendida aportación. 

Lina Wertmuller (1928) actriz, guionista y ayudante de dirección con Fellini, debutaría como directora en 1972, alcanzando una gran difusión con sus primeras películas, una de las cuales, Pascualino siete bellezas, le supuso el reconocimiento internacional. Anarquista y feminista militante, sus películas reflejan sus inquietudes y compromisos político sociales.

                Liliana Cavani                                                        Liv Ullman                                    Josefina Molina

Nacidas en la década de los treinta, la italiana Liliana Cavani (1933), la noruega Liv Ullman (1938)  y la española Josefina Molina (1938), que nos darán interesantes trabajos en la dirección.


Liliana Cavani, era ya muy conocida en Italia cuando saltó a la fama en 1974 con su controvertida Portero de noche, (Portiere di notte, 1974), y desde entonces ha realizado unas cuantas películas más de difusión internacional como Francesco, (1989), o Ripley´s Game, (2002), alternando su dedicación al cine con la dirección de óperas.


Liv Ullmann, actriz de teatro desde 1957 y de cine desde 1966, última musa de Ingmar Bergman y protagonista de muchas de sus películas, se iniciará en la dirección en 1992, compaginando desde entonces con sus trabajos de interpretación los de realización. Sofie, Encuentros privados, Kristin Lavransdatter, Infiel y La señorita Julia son hasta ahora sus logros como realizadora.


También la española Josefina Molina, aunque menos conocida fuera de nuestras fronteras, merece especial mención pues cuenta en su haber con obras tan destacadas como Función de noche (1981) o Esquilache (1988) y series de TV tan brillantes como Teresa de Jesús (1984).


Margarette Von Trotta

Pilar Miró

Respecto de las nacidas en los años cuarenta, rompiendo moldes y fronteras y alcanzando fama internacional, ahí están algunos nombres como los de la alemana Margarette Von Trotta, (1942), la polaca Agneszca Holland, (1948), la francesa Coline Serrau, (1947), la británica Sally Potter, (1949), y, un poquito menos conocida por su temprana muerte, la española Pilar Miró (1940-1997), que nos regalan un montón de trabajos inteligentes e interesantes y nos acostumbran a la idea de que tras una buena película puede estar la mirada de una mujer.


Habría que esperar a las nacidas de los cincuenta en adelante para que la presencia femenina empezara a hacerse bastante más frecuente en esta actividad. Hoy esto felizmente es un hecho, y así aunque aún está lejos de alcanzarse la paridad, son ya centenares las europeas que dirigen cine y la mujeres cineastas en general son ya tantas, y tanto el talento que aportan al acerbo común que afortunadamente va dejando de ser noticia si detrás de la cámara es un hombre o una mujer quien nos está contando una historia.


No ha sido un camino fácil; nuestro reconocimiento a su valor y a su valía.


viernes, 1 de marzo de 2019

Fariña


Me gustan las series españolas. No todas, claro; algunas son aburridas, están mal documentadas o ambientadas; tal vez hechas con descuido, prisas o escasez de medios, pero cuando salen bien son redondas. Y ello vale para todas, desde aquellas de los primeros años (Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, La huella del crimen, Juncal, La regenta…) a las realizadas ayer mismo. Este es el caso de Fariña que rebosa veracidad desde la primera imagen.

Javier Rey presentando la serie Fariña, 2018
Fariña lo tiene todo: es interesante y está bien contada. Con esto ya está todo dicho, pero se puede matizar. Está basada en la obra homónima de Nacho Carretero sobre un asunto real de narcotráfico sucedido en las costas gallegas en los años ochenta, un asunto del que la prensa nos iba dando noticias regularmente. Algo que comenzó como cosa de poca monta, contrabando de tabaco no a gran escala, y que la incuria, la falta de medios y en fin los mil motivos complejos que la serie nos va mostrando con verdadera maestría acabarán convirtiendo en un problema social de gran alcance. Un problema que degradaría la vida de tantas familias de un rincón de España tan hermoso como la costa gallega, y se llevaría a la tumba a un montón de jóvenes inadvertidos, enganchados estúpida y desdichadamente a la droga. Que la droga, que sigue haciendo estragos, fue extremadamente mortífera para esa generación de jóvenes españoles durante la primera década de la democracia, cuando aún no había ni mucha información, ni suficientes medios estatales para combatirla.

Son años difíciles los primeros ochenta. Y los anteriores también: crisis económica, escasez de trabajo… los pescadores lo tienen duro y alguno de ellos caerá en la tentación de utilizar sus barcas no para pescar sino para un comercio ilegal. En la Costa Brava y en Galicia ha surgido así un negocio turbio que parece fácil: comprar tabaco rubio americano legalmente en Suiza e introducirlo clandestinamente en España. Las autoridades no lo toman demasiado en serio; hacen la vista gorda y desde luego los delincuentes cuentan, entre los guardias, con la complicidad de más de uno. Además, traficar con un producto de consumo habitual parece poco delito y éste del tabaco ya tenía su historial en los sesenta, al menos en Galicia, cuando algunos lo pasaban clandestinamente de Portugal; incluso tipos importantes, cercanos al poder. Y así van prosperando estos “empresarios” con su negocio durante años. Sus actividades son secreto a voces y no parecen tener consecuencias, hasta que en los primeros años ochenta la legislación se endurece. Altadis, la empresa tabaquera nacional, cada vez es más sensible a sus pérdidas económicas por esta causa y además la Comisión Europea ya ha empezado a multar a las tabaqueras americanas por práctica tan abusiva.

Fariña: los capos gallegos
Y así, en 1983, el tráfico de rubio americano comienza a sancionarse en España con penas próximas a las de la introducción del hachís, que, sin embargo, dejaba diez veces más beneficio. Por ello, dar el paso al hachís no les parece una aventura desdeñable a los contrabandistas más jóvenes. El salto a la coca colombiana, sería lo siguiente. De forma que, con la nueva generación y casi insensiblemente, se cambia de manera radical el  modelo de negocio: de contrabandista de tabaco a narcotraficante.

Fariña: el recambio generacional
Habíamos visto antes bastantes películas españolas en torno al narcotráfico. Ya en 1983 Eloy de la Iglesia se adelanta a todos con El pico, donde trata con dramatismo el efecto devastador de las drogas. Y en 1989 Colomo vuelve a abordar el tema en su divertida Bajarse al moro, aunque aquí el comercio de hachís no pasa de puro trapicheo de cuatro infelices mientras el fin buscado por la película es hacer reír y no la malignidad de las drogas ni la denuncia de las mafias organizadas. Desde mediados de los noventa son ya frecuentes las obras que tocan el tema desde el ángulo dramático de los efectos de su consumo y nos dan además a veces estampas de narcos como individuos peligrosos, (Salto al vacío, Calparsoro, 1995; Airbag, Bajo Ulloa, 1997; Todo es silencio, Cuerda, 2012), pero quizá hay que esperar a fechas más cercanas para encontrar una película que haya abordado el tema con una visión más panorámica de lo que supone el comercio ilícito de las drogas. Es lo conseguido en El niño, que Monzón realizó en 2014 partiendo de una historia real donde nos muestra magistralmente las proporciones que el asunto ha alcanzado, logrando una aproximación al tema más esclarecedora.

Fariña: las madres de los destruidos por la droga
Pero esta serie de Fariña aporta algo nuevo a todo esto que el cine nos ha ido mostrando antes y es la respuesta a esa pregunta que muchos se hicieron ¿Y esto cómo ha podido suceder? Fariña asume el trabajo de ponernos ante el problema desde su surgimiento y contarnos su evolución y el paulatino desarrollo de sus efectos en nuestra sociedad. Lentamente vemos crecer el asunto desde el negocio de poca monta hasta el monstruo descomunal en que se ha convertido, capaz de infectarlo todo y amenazar seriamente la salud pública. Y ello poniendo el foco en tan solo uno de sus puntos de entrada, esa ría gallega, para diseccionarlo y acercarlo a nuestros ojos en toda su dramática realidad.

La serie nos cuenta este cambio y lo que sucedió a continuación. Está ambientada en los lugares reales y con actores que se expresan en un español con acento gallego, decisión que será su primer acierto, al menos a escala nacional, donde la hace todavía más creíble. El ritmo; la calidad del guión; la excelencia de los actores; en definitiva, lo bien contada que está para lograr acercarnos a un asunto de todos conocido por la prensa, y motivo de preocupación, pero vivido con la distancia de lo que no parecía tan alarmante… todo se confabula y entrecruza para hacer de esta historia algo que nos engancha, nos hace seguirla con los cinco sentidos y nos obliga a tomar conciencia de la gravedad de lo narrado.

La serie, creada por Ramón Campos, ha sido bien dirigida por Carlos Sedes y Jorge Torregrossa.  Javier Rey, como Sito Miñanco, y, Bajo Ulloa, como el sargento Darío Castro, encabezan un plantel de actores donde todos rivalizan por hacer creíbles a sus personajes. Y desde luego lo consiguen sobradamente. Rodada en los escenarios reales, nos da un perfecto retrato de la Galicia de los ochenta, arropada con música de grupos autóctonos e interpretada por actores gallegos que hacen aún más creíble el sabor local que la serie borda.

Consta de diez episodios, uno por año, que abordan los hechos ocurridos entre 1981 y 1990, abarcando así toda la década de los ochenta. Estrenada entre febrero y mayo de 2018, resultó muy exitosa desde el primer día, tanto de público como de crítica, haciéndose enseguida con un montón de galardones correspondientes a los siguientes premios para 2018: el Ondas a la mejor serie y cuatro Iris que premian las siguientes categorías: mejor ficción, dirección, actor protagonista y guión. No se puede pedir más.

Una serie, en fin, que a nuestro juicio puede competir con lo mejor de la producción mundial.